El Congreso rechaza de manera resuelta el terror, es decir, el sistema de asesinatos políticos individuales, como método de lucha política, sumamente inoportuno en la actualidad, que desvía las mejores fuerzas del trabajo organizativo y de agitación urgente y perentoriamente necesario, destruye el vínculo de los revolucionarios con las masas de las clases revolucionarias de la población e introduce, tanto entre los propios revolucionarios como entre la población en general, las concepciones más tergiversadas sobre las tareas y los métodos de lucha contra la autocracia.