La burla produce su efecto útil. En los artículos titulados «Aventurerismo revolucionario»[11] expresamos la firme convicción de que nuestros socialrevolucionarios jamás desearán definir directa y precisamente su posición teórica. Para refutar esta malévola e injusta suposición, «Révolutionnaya Rossíya»{21} inicia en el n.º 11 una serie de artículos bajo el título «Cuestiones programáticas». ¡En hora buena! Más vale tarde que nunca. Saludamos por anticipado todos los artículos de «Rev. Rossíya» sobre «cuestiones programáticas» y prometemos seguir atentamente si de ellos se puede deducir realmente algún programa.

Examinemos con este fin el primer artículo: «La lucha de clases en la aldea», pero antes observemos que nuestros adversarios una y otra vez se... «entusiasman» en exceso, declarando (n.º 11, pág. 6) «nuestro programa está expuesto». ¡Pues no es cierto, señores! Ustedes todavía no han expuesto ningún programa, es decir, no sólo no han dado una exposición acabada y oficial de partido de sus concepciones (un programa en el sentido estricto de la palabra, o al menos un proyecto de programa), sino que ni siquiera han definido en absoluto su actitud ante «cuestiones programáticas» tan fundamentales como la cuestión del marxismo y su crítica oportunista, del capitalismo ruso y de la situación, significación y tareas del proletariado engendrado por este capitalismo, etc. Todo lo que sabemos de «su programa» es que ocupan una posición completamente indefinida entre la socialdemocracia revolucionaria y la corriente oportunista, por un lado, y entre el marxismo ruso y la corriente liberal-narodnik rusa, por el otro.

En qué contradicciones sin salida se enredan ustedes a causa de este empeño de nadar entre dos aguas, se lo mostraremos ahora mismo en la cuestión que han elegido. «No es que no comprendamos, es que no reconocemos la pertenencia del campesinado actual, como un todo, a las capas pequeñoburguesas», escribe «Rev. Rossíya» (n.º 11). «Para nosotros, el campesinado se divide en dos categorías de principio diferentes: 1) el campesinado trabajador, que vive de la explotación de su propia fuerza de trabajo (!??), y 2) la burguesía rural —media y pequeña—, que en mayor o menor grado vive de la explotación de la fuerza de trabajo ajena». Viendo el «rasgo distintivo fundamental» de la clase burguesa en la «fuente de ingreso» (el uso del trabajo no pagado de otras personas), los teóricos socialrevolucionarios perciben una «enorme afinidad de principio» entre el proletariado rural y los «agricultores independientes» que viven de la aplicación de su propio trabajo a los medios de producción. «La base de la existencia de unos y otros es el trabajo, como categoría político-económica determinada. Esto, por un lado. Por otro lado, unos y otros son despiadadamente explotados en las condiciones actuales». Por ello, deben ser unidos en una sola categoría de campesinado trabajador.

Hemos expuesto adrede el razonamiento de «Rev. Rossíya» tan detalladamente para que el lector pueda reflexionar bien sobre él y valorar sus premisas teóricas. La inconsistencia de estas premisas salta a la vista. Buscar el rasgo distintivo fundamental de las diferentes clases de la sociedad en la fuente de ingreso significa poner en primer plano las relaciones de distribución, que en realidad son resultado de las relaciones de producción. Este error lo señaló hace tiempo Marx, quien llamó socialistas vulgares a las personas que no lo veían. El rasgo fundamental de la diferencia entre las clases es su lugar en la producción social y, por consiguiente, su relación con los medios de producción. La apropiación de una u otra parte de los medios sociales de producción y su aplicación a la hacienda privada, a la hacienda para la venta del producto: he aquí la diferencia fundamental entre una clase de la sociedad moderna (la burguesía) y el proletariado, que está privado de los medios de producción y vende su fuerza de trabajo.

Sigamos adelante. «La base de la existencia de unos y otros es el trabajo, como categoría político-económica determinada». No es el trabajo una categoría político-económica determinada, sino únicamente la forma social del trabajo, la organización social del trabajo o, en otras palabras: las relaciones entre los hombres en cuanto a su participación en el trabajo social. Aquí se repite en otra forma el mismo error del socialismo vulgar que ya hemos analizado. Cuando los socialrevolucionarios declaran: «La esencia de las relaciones mutuas entre el agricultor y el peón, por un lado, y entre el agricultor independiente y los prestamistas, los kuláks, por el otro, es completamente idéntica», repiten de punta a cabo el error, por ejemplo, del socialismo vulgar alemán, el cual, en la persona de Mühlberger, declaró que la esencia de las relaciones del patrono con el obrero es la misma que la del propietario de la casa con el inquilino. Nuestros Mühlbergers son igualmente incapaces de distinguir las formas fundamentales y las derivadas de explotación, limitándose a declamar acerca de la «explotación» en general. Nuestros Mühlbergers tampoco comprenden que es precisamente la explotación del trabajo asalariado la base de todo el régimen rapaz contemporáneo, precisamente ella provoca la división de la sociedad en clases irreconciliablemente opuestas, y sólo desde el punto de vista de esta lucha de clases se puede valorar consecuentemente todas las demás manifestaciones de la explotación, sin caer en la vaguedad y en la carencia de principios. Por ello, nuestros Mühlbergers deben encontrar por parte de los socialistas rusos, que aprecian la integridad de su movimiento y el «buen nombre» de su bandera revolucionaria, un rechazo tan decidido y despiadado como el que encontró el Mühlberger alemán.

Para mostrar más claramente la confusión de la «teoría» de nuestros socialrevolucionarios, abordaremos la misma cuestión desde el lado práctico e intentaremos ilustrar el problema examinado con ejemplos concretos. En primer lugar, la inmensa mayoría de la pequeña burguesía trabaja y es explotada siempre y en todas partes. ¿Por qué otra razón si no se la clasificaría entre las capas transitorias e intermedias? En segundo lugar, exactamente igual que los campesinos en la sociedad de economía mercantil, trabajan y son explotados los pequeños artesanos y comerciantes. ¿Acaso nuestros socialrevolucionarios quieren crear también una «categoría» de población «trabajadora» comercial e industrial en lugar de la «estrecha» categoría del proletariado? En tercer lugar, que prueben los socialrevolucionarios, para comprender la importancia del «dogma» que tanto detestan, a imaginarse a un campesino periurbano que, sin contratar obreros, vive de su trabajo y de la venta de toda clase de productos agrícolas. Nos atrevemos a esperar que ni siquiera los narodniks más fanáticos se decidirán a negar la pertenencia de semejante campesino a la pequeña burguesía ni la imposibilidad de «unificarlo» en una sola clase (obsérvese, se trata precisamente de clase, no de partido) con el obrero asalariado. ¿Y acaso existe alguna diferencia de principio en la situación del mercachifle agricultor periurbano y la de cualquier pequeño agricultor en la sociedad de economía mercantil en desarrollo?

Cabe preguntarse ahora: ¿cómo explicar esta aproximación (por decirlo suavemente) de los señores socialrevolucionarios al socialismo vulgar? ¿Acaso es una particularidad casual del autor en cuestión? Para refutar tal suposición, basta citar el siguiente pasaje del n.º 11 de «Rev. Rossíya»: «¡Como si aquí todo —exclama el autor— consistiera en las dimensiones de una misma categoría económica» (la burguesía grande y pequeña), «y no en la diferencia de principio» (¡escuchen!) «de dos categorías: ¡la hacienda trabajadora y la hacienda burguesa-capitalista!». Difícilmente podríamos imaginar una confirmación más completa y palmarla de lo dicho por nosotros en el artículo «Aventurerismo revolucionario»: escarbad al socialrevolucionario y encontraréis al señor V. V. Para cualquiera que esté algo familiarizado con la evolución del pensamiento social y político ruso, la posición de los socialrevolucionarios se aclara con una sola de estas frases. Es sabido que la base de aquel cuasi-socialismo de color de rosa pálido que adornaba (y aún ahora adorna) a la corriente liberal-narodnik dominante en nuestra sociedad culta, era la idea de la oposición diametral entre la «hacienda trabajadora» campesina y la hacienda burguesa. Esta idea, en sus diferentes matices, elaborada detalladamente por los señores Mijailovski, V. V., Nik.-on y otros, fue uno de los baluartes contra los que se dirigió la crítica del marxismo ruso. Para ayudar al campesinado arruinado y oprimido —decíamos nosotros—, hay que saber renunciar a las ilusiones y mirar directamente a la realidad, que destruye los nebulosos sueños sobre la hacienda trabajadora (¿o la «producción popular»?) y nos muestra el régimen pequeñoburgués de la hacienda campesina. También entre nosotros, como en todas partes, el desarrollo y la consolidación de la pequeña hacienda trabajadora es posible únicamente a través de su transformación en hacienda pequeñoburguesa. Esta transformación ocurre realmente, y la verdadera tendencia real del campesino trabajador hacia la pequeña empresa ha sido probada de manera irrefutable por los hechos de la vida. Como todos los pequeños productores, nuestros campesinos caen por ello mismo bajo la categoría de pequeños burgueses en la medida en que se desarrolla la economía mercantil: se escinden en una minoría de empresarios y una masa de proletariado, que está ligada a los «patroncitos» por toda una serie de escalones transitorios de semiobreros y semipatronos (estas formas transitorias existen en todos los países capitalistas y en todas las ramas de la industria).

¿Cómo reaccionaron los socialrevolucionarios ante esta sustitución de dos corrientes del pensamiento socialista, ante la lucha del viejo socialismo ruso y el marxismo? Sencillamente intentaron eludir, mientras fue posible, el análisis de la cuestión en su esencia. Y cuando eludirlo ya no fue posible, cuando de las personas que desearon crear un «partido» especial se exigieron explicaciones definidas, cuando se les obligó a responder, se les obligó tanto con la burla como con la acusación directa de falta de principios, sólo entonces se pusieron a repetir la vieja teoría narodnik de la «hacienda trabajadora» y los viejos errores del socialismo vulgar. Repetimos: no podíamos esperar mejor confirmación de nuestra acusación a los socialrevolucionarios de completa falta de principios que el artículo del n.º 11, que intenta «unir» tanto la teoría de la «hacienda trabajadora» como la teoría de la lucha de clases.

Como curiosidad, señalemos también que en el n.º 11 de «Rev. Rossíya» se hacen intentos de explicar «decorosamente» la decisión de eludir la polémica de principio. En el artículo «Aventurerismo revolucionario», «Iskra» —según parece— cita incorrectamente. ¿Por ejemplo? Por ejemplo, omite la palabra «en algunos lugares» (la tierra en algunos lugares pasa del capital al trabajo). ¡Qué horror! ¡Omiten una palabra que no viene al caso! ¿O acaso «Rev. Rossíya» pretenderá afirmar que la palabra «en algunos lugares» tiene alguna relación con la cuestión de la valoración del paso de la tierra en general (si es o no un proceso burgués)? Que lo intente.

Además. «Iskra» interrumpió la cita en la palabra «Estado», aunque más adelante está «por supuesto, no el actual». «Iskra» actuó incluso más malévolamente (agregamos por nuestra cuenta): se atrevió a llamar a este Estado un Estado de clase. ¿Acaso nuestros adversarios, «ofendidos en sus mejores sentimientos», afirmarán que en la «programa-mínimum» que analizamos podía tratarse de algo que no fuera un Estado de clase?

Finalmente, «Iskra» citó la proclama del 3 de abril, en la que la propia «Révolutionnaya Rossíya» encontró exagerada la valoración del terror. — Sí, y nosotros reproducimos esta salvedad de «Rev. Rossíya», pero agregamos por nuestra cuenta que vemos ahí «equilibrismo» y alusiones poco claras. «Rev. Rossíya» está muy descontenta con esto y se lanza a dar explicaciones y comunicar detalles (confirmando así, de hecho, que existía una falta de claridad que requería explicaciones). ¿Y cuáles son estas explicaciones? En la proclama del 3 de abril se hicieron —según parece— correcciones a petición del partido. Estas correcciones, sin embargo, «fueron reconocidas como insuficientes», y por eso las palabras «del partido» fueron eliminadas de la proclama. Pero las palabras «edición del partido» permanecieron, y la otra proclama (la «verdadera») de ese mismo 3 de abril no mencionó ni una palabra sobre discrepancias o exageraciones. Al aducir estas explicaciones y sentir que éstas sólo confirman la legitimidad de la exigencia de explicaciones presentada por «Iskra» (con las palabras: equilibrismo y alusiones), la propia «Rev. Rossíya» se plantea la pregunta: ¿cómo pudo el partido editar en su imprenta una proclama con la que no está de acuerdo? La respuesta de «Révolutionnaya Rossíya» reza: «Pues exactamente igual que bajo la firma del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia se editan "Ráboechee Dielo", "Iskra", "Rábochaya Mysl"»{22} y "Borbá"»{23}. Muy bien. Pero, en primer lugar, entre nosotros las publicaciones heterogéneas ni siquiera se imprimen en la imprenta del «partido», sino en las imprentas de los grupos. En segundo lugar, cuando entre nosotros salían juntos «R. Mysl», y «R. D.» e «Iskra», nosotros mismos lo llamábamos dispersión. Miren, pues, lo que resulta de ello: la socialdemocracia pone al descubierto y fustiga ella misma su dispersión y se esfuerza por eliminarla mediante un serio trabajo teórico, mientras que los socialrevolucionarios empiezan a reconocer su dispersión sólo después de que se les desenmascara, y en esta ocasión alardean una vez más de su amplitud, que les permitió, a propósito de un mismo acontecimiento político, editar en un mismo día dos proclamas en las que la significación política de este acontecimiento (un nuevo acto terrorista) se interpreta de manera directamente opuesta. — Sabiendo que de la dispersión ideológica no saldrá nada bueno, los socialdemócratas prefirieron «primero deslindarse y después unificarse»[12], asegurando así a la futura unificación tanto solidez como fecundidad. Y los socialrevolucionarios, interpretando su «programa» de diferentes maneras «cada cual a su antojo»[13], juegan a la ficción de la unidad «práctica» y nos declaran con altanería: eso de los diferentes «grupos» es cosa sólo de ustedes, los socialdemócratas, ¡nosotros tenemos un partido! Perfectamente cierto, señores, pero la historia nos enseña que a veces la relación entre «grupos» y partidos es semejante a la relación entre las vacas flacas y las gordas del faraón. Diferentes son los partidos que existen. Existió, por ejemplo, el «Partido Obrero para la Liberación Política de Rusia», y sin embargo, su existencia de dos años transcurrió tan sin dejar huella como su desaparición.

«Iskra» n.º 27, 1 de noviembre de 1902

Se imprime según el texto del periódico «Iskra»