Tan sólo ha transcurrido un año desde que la bala de Karpóvich, abatiendo a Bogolépov, despejó el camino para el «nuevo rumbo» en la política universitaria del gobierno. Durante este año, hemos presenciado sucesivamente un ascenso extraordinario de la indignación social, una amabilidad extraordinaria en el tono de los discursos de nuestros gobernantes, y, por desgracia, un entusiasmo demasiado ordinario de la sociedad por esos nuevos discursos, entusiasmo que también se apoderó de una parte conocida del estudiantado y, por último, tras la materialización de las pomposas promesas de Vannovski, un nuevo estallido de la protesta estudiantil. Para quienes la primavera pasada esperaban una «nueva era» y creían seriamente que el sargento zarista cumpliría, aunque fuera en una dosis ínfima, las aspiraciones de los estudiantes y de la sociedad —en una palabra, para los liberales rusos—, ahora ha de quedar claro cuán equivocados estaban al conceder crédito al gobierno una vez más, qué pocos fundamentos había para interrumpir en primavera el movimiento en favor de la reforma, que empezaba a adquirir formas impresionantes, y para dejarse arrullar por los dulces cantos de las sirenas gubernamentales. Después de que se violara la promesa de reintegrar a las universidades a todos los damnificados del año pasado, después de que una nueva serie de medidas reaccionarias desafiara a todos aquellos que exigían una reforma real del orden académico, después de una nueva serie de represiones a puñetazos contra los manifestantes que reclamaban al malicioso quebrado el cumplimiento de sus obligaciones, después de todo esto, el gobierno de la «solicitud cordial» publica las «normas provisionales» sobre las organizaciones estudiantiles{99}, concebidas con fines de «pacificación», y… en vez de «pacificación», obtiene el cuadro de un incendio generalizado de «desórdenes», que vuelve a abarcar todos los establecimientos docentes.

Nosotros, los revolucionarios, no creímos ni por un momento en la seriedad de las reformas prometidas por Vannovski. No dejamos de repetir a los liberales que las circulares del general «cordial» y los rescriptos de Nikolái Obmánov{100} constituían tan solo una nueva manifestación de esa misma política liberal en la que la autocracia ha tenido tiempo de ejercitarse a lo largo de los 40 años de lucha contra el «enemigo interno», es decir, contra todos los elementos progresistas de Rusia. Preveníamos a los liberales contra los «sueños insensatos» a los que comenzaron a entregarse tras los primeros pasos del gobierno en el espíritu del «nuevo rumbo», desenmascarábamos la mentira premeditada de las promesas gubernamentales y decíamos a la sociedad: si tu adversario está aturdido por el primer embate serio, no te canses de asestarle nuevos golpes, redobla su fuerza y su frecuencia… La caricatura del derecho de organización que ahora se ofrece a los estudiantes mediante las «normas provisionales» había sido vaticinada por los revolucionarios desde el comienzo mismo de las conversaciones sobre ese nuevo obsequio del gobierno. Sabíamos qué se puede y se debe esperar de la autocracia y de sus intentos reformadores. Sabíamos que Vannovski no «pacificaría» nada ni a nadie, que no satisfaría esperanza progresista alguna y que los «desórdenes» se reanudarían de manera inevitable en una u otra forma.

Ha pasado un año, y la sociedad se encuentra otra vez en el mismo punto muerto. Los centros de enseñanza superior, que en un Estado bien ordenado funcionan normalmente, vuelven a negarse a funcionar. De nuevo decenas de miles de jóvenes han sido sacados de su cauce habitual, y de nuevo se plantea a la sociedad la misma pregunta: «¿Y ahora qué?».

La mayoría considerable de los estudiantes se niega a aceptar las «normas provisionales» y las organizaciones permitidas por ellas. Los profesores expresan, con una nitidez mayor que la acostumbrada, un descontento manifiesto ante este obsequio del gobierno. Y, a fe, no se necesita ser revolucionario, ni radical, para reconocer que semejante, dicho sea con perdón, «reforma» no solo no otorga a los estudiantes nada parecido a la libertad, sino que, desde el punto de vista de introducir alguna tranquilidad en la vida universitaria, no sirve en absoluto para nada. Pues ¿acaso no salta a la vista, con solo echar un vistazo a estas «normas provisionales», que con ellas se crea de antemano toda una serie de motivos para choques entre los estudiantes y las autoridades? ¿Acaso no es evidente que la aplicación de estas normas amenaza con convertir cada asamblea legalmente convocada por el más pacífico de los motivos en el punto de partida de nuevos «desórdenes»? ¿Se puede dudar, por ejemplo, de que la inspección, que cumple funciones policiales, al presidir las asambleas ha de irritar eternamente a unos, provocar a otros a la protesta e infundir temor y amordazar a terceros? ¿Y no está claro que el estudiantado ruso no tolerará que el contenido de los debates en esas asambleas sea toscamente determinado por «el criterio» de las autoridades?

Y, sin embargo, el «derecho» de asambleas y organizaciones concedido por el gobierno, en la forma absurda en que lo crean las «normas provisionales», es el máximo que la autocracia puede dar a los estudiantes sin dejar de ser autocracia. Cualquier paso ulterior en esta dirección significaría una violación suicida del equilibrio sobre el que descansan las relaciones del poder con los «súbditos». O resignarse a ese máximo posible para el gobierno, o reforzar el carácter político, revolucionario, de su protesta: tal es el dilema que los estudiantes deben resolver. Y la mayoría de ellos toma la segunda decisión. En las proclamas y resoluciones estudiantiles suena, con más fuerza que nunca antes, la nota revolucionaria. La política de alternar represiones bestiales y besos de Judas hace su labor y revolucióniza a la masa estudiantil.

Sí, los estudiantes han resuelto de uno u otro modo el problema que se les planteaba y han declarado que el arma que habían dejado a un lado (bajo la influencia de los cantos sedantes) están dispuestos a empuñarla de nuevo. Pero ¿qué piensa hacer la sociedad, que para entonces ya debe de haberse quedado adormilada al son de esos cantos traicioneros? ¿Por qué continúa callando y «simpatizando en silencio»? ¿Por qué no se oye nada sobre sus protestas, sobre su apoyo activo a las agitaciones reanudadas? ¿Acaso está dispuesta a esperar «tranquilamente» la llegada de esos inevitables fenómenos trágicos con los que hasta ahora se ha acompañado todo movimiento estudiantil? ¿Acaso piensa limitarse al lamentable papel de contador de las víctimas de la lucha y de espectador pasivo de sus cuadros estremecedores? ¿Por qué no se oye la voz de los «padres» en el momento en que los «hijos» han anunciado sin ambigüedades su intención de ofrecer nuevos sacrificios en el altar de la libertad rusa? ¿Por qué nuestra sociedad no apoya a los estudiantes al menos como ya los han apoyado los obreros? Pues no son ellos, no son los proletarios, cuyos hijos y hermanos estudian en los centros de enseñanza superior, y sin embargo los obreros, tanto en Kiev como en Járkov y Yekaterinoslav, ya han manifestado abiertamente su simpatía hacia los protestantes, pese a una serie de «medidas preventivas» de las autoridades policiales, pese a sus amenazas de emplear la fuerza armada contra los manifestantes. ¿Acaso esta manifestación del idealismo revolucionario del proletariado ruso no influirá sobre la conducta de la sociedad, directa e indirectamente interesada en la suerte de los estudiantes, y no la impulsará a una enérgica protesta?

Los «desórdenes» estudiantiles de este año comienzan bajo augurios bastante favorables. Tienen asegurada la simpatía de la «muchedumbre», de la «calle». Sería un error criminal por parte de la sociedad liberal no hacer todos los esfuerzos para, brindando oportunamente su apoyo a los estudiantes, desmoralizar definitivamente al gobierno y arrancarle verdaderas concesiones.

El futuro inmediato mostrará en qué medida nuestra sociedad liberal es capaz de desempeñar semejante papel. Del desenlace de esta cuestión depende, en grado considerable, el resultado del actual movimiento estudiantil. Pero cualquiera que sea ese resultado, una cosa sigue siendo indudable: la reanudación de los desórdenes estudiantiles a escala general después de un período tan corto de calma es un síntoma de la bancarrota política del régimen actual. Durante tres años la vida universitaria no logra encauzarse, las labores académicas se desarrollan a trompicones, una de las ruedas del mecanismo estatal deja de funcionar y, tras haber girado inútilmente algún tiempo, vuelve a detenerse por largo. Y ya no cabe ninguna duda de que dentro de los límites del régimen político actual no hay medios para curar radicalmente este mal. El difunto Bogolépov intentó salvar la patria con un remedio «heroico», tomado del arsenal de la medicina antediluviana, la de Nikolái. Bien se sabe lo que resultó de la aplicación de ese remedio. Es evidente que en este sentido no se puede ir más lejos. Ahora ha sufrido un fiasco la política de coqueteo con los estudiantes. Y es que, aparte de la violencia y del coqueteo, no existe un tercer camino. Y cada nueva manifestación de esta bancarrota indudable del régimen actual socavará sus cimientos cada vez más profundamente, despojando al gobierno de toda autoridad ante los ojos de los ciudadanos indiferentes y multiplicando el número de personas conscientes de la necesidad de luchar contra él.

Sí, la bancarrota de la autocracia es indudable, y ella se apresura a comunicarlo a todo el mundo. ¿Acaso no es una declaración de bancarrota la proclamación de la «vigilancia reforzada» en un buen tercio del imperio y la simultánea aparición, en todos los rincones de Rusia, de «decretos obligatorios» de las autoridades locales que prohíben, bajo amenaza de castigos reforzados, actos que de por sí tampoco están permitidos por las leyes rusas? Por su propia naturaleza, cualquier regla excepcional que derogue la vigencia de las leyes generales se supone en vigor dentro de límites restringidos de tiempo y espacio. Se supone que las condiciones extraordinarias exigen la aplicación temporal, en una localidad determinada, de medidas extraordinarias para restablecer ese equilibrio violado bajo el cual es posible la acción sin trabas de las leyes generales. Tal es el razonamiento de los representantes del régimen actual. Hace ya más de 20 años que se introdujo el estatuto de vigilancia reforzada. 20 años de aplicación en los principales centros del imperio no han conducido a la «pacificación» del país, al restablecimiento del orden público. Después de 20 años de aplicación de este remedio tan enérgico, resulta que la enfermedad de la «falta de fiabilidad», para combatir contra la cual fue creado, se ha extendido tanto y ha echado raíces tan profundas, que se hace necesario extender su aplicación a todas las ciudades y centros fabriles mínimamente importantes. ¿No es esto una bancarrota, declarada abiertamente por el mismo quebrado? Los defensores convencidos del orden actual (que los hay, indudablemente) deben pensar con horror en cómo la población se habitúa poco a poco a este remedio tan enérgico y se vuelve insensible a las inyecciones de nuevas dosis del mismo.

Al mismo tiempo, y ya sin quererlo el gobierno, se pone de manifiesto la bancarrota de su política económica. La economía depredadora de la autocracia descansaba en la monstruosa explotación del campesinado. Esa economía presuponía, como consecuencia inevitable, hambrunas que se repetirían de tanto en tanto entre los campesinos de una u otra localidad. En tales momentos, el Estado depredador intentaba exhibirse ante la población en el luminoso papel de alimento solícito del pueblo al que él mismo había despojado. A partir de 1891, las hambrunas adquirieron proporciones gigantescas por el número de víctimas, y desde 1897, se han seguido una tras otra casi ininterrumpidamente. En 1892, Tolstói decía con mordaz sarcasmo que «el parásito se disponía a alimentar a la planta de cuyos jugos se nutre»{101}. Aquello era, realmente, una idea absurda. Hoy los tiempos han cambiado y, con la conversión de la hambruna en un estado normal de la aldea, nuestro parásito no tanto se obsesiona con la idea utópica de dar de comer al campesinado despojado, sino que declara esa misma idea un crimen de Estado. El objetivo se ha logrado: la actual y grandiosa hambruna transcurre en un ambiente inusitado hasta para nosotros de silencio sepulcral. No se oyen los gemidos de los campesinos hambrientos, no hay intento de iniciativa social en la lucha contra el hambre, los diarios callan sobre lo que sucede en la aldea. Un silencio envidiable, pero ¿no sienten los señores Sipiáguin que esa tranquilidad recuerda en grado sumo a la calma que precede a la tormenta?

El régimen estatal que desde siempre se sostuvo sobre el apoyo pasivo de millones de campesinos ha llevado a estos últimos a tal estado que año tras año se ven imposibilitados de alimentarse. Esta bancarrota social de la monarquía de los señores Obmánov no es menos instructiva que su bancarrota política.

¿Cuándo llegará la liquidación de los asuntos de nuestro malicioso quebrado? ¿Cuánto tiempo más logrará vivir, remendando día a día los agujeros de su presupuesto político y financiero con la piel del cuerpo vivo del organismo popular? De muchos factores dependerá la mayor o menor duración de la prórroga que la historia conceda a nuestro quebrado; pero uno de los más importantes será el grado de actividad revolucionaria que manifiesten las gentes conscientes de la completa bancarrota del régimen actual. Su descomposición ha avanzado mucho, ha superado considerablemente la movilización política de aquellos elementos sociales a los que ha de tocar en suerte ser sus enterradores. Esta movilización política será realizada del modo más seguro por la socialdemocracia revolucionaria, que es la única capaz de asestar a la autocracia el golpe mortal. El nuevo choque de los estudiantes con el gobierno nos brinda a todos la posibilidad, y nos impone el deber, de acelerar esta labor de movilización de todas las fuerzas sociales hostiles a la autocracia. En la vida política, los meses de tiempo de guerra son contados por la historia como años. Y el tiempo que vivimos es, efectivamente, tiempo de guerra.

«Iskra», N° 17, 15 de febrero de 1902.

Se publica según el texto del periódico «Iskra».