La asamblea de la nobleza del distrito de Oriol ha adoptado un proyecto interesante, y aún más interesantes fueron los debates en torno a dicho proyecto.

He aquí la esencia del asunto. El mariscal de la nobleza del distrito, M. A. Stajóvich, presentó un informe proponiendo celebrar un contrato con el departamento de finanzas para otorgar a los nobles de Oriol puestos de recaudadores. Con la introducción del monopolio del aguardiente se abren en el distrito 40 puestos de recaudadores de dinero de las tiendas estatales de aguardiente. La remuneración de los recaudadores es de 2.180 rublos al año (900 rublos de sueldo, 600 rublos para viajes y 680 rublos para un guardia). Así que sería bueno que los nobles ocuparan estos puestos, y para ello formar un artel y celebrar un contrato con el fisco. En lugar de la fianza exigida (de 3 a 5 mil rublos), efectuar descuentos al principio de 300 rublos al año a cada recaudador y constituir con ese dinero un capital de la nobleza como garantía para el departamento de bebidas.

El proyecto, como ven, se distingue por una indudable practicidad y demuestra que nuestro alto estamento posee a la perfección el olfato para saber dónde se puede arrancar un pedazo del pastel estatal. Pero fue precisamente esta practicidad la que a muchos nobles terratenientes les pareció excesiva, indecorosa, indigna de un noble. Se encendieron los debates, que revelaron con especial claridad tres puntos de vista sobre la cuestión.

El primero, el punto de vista del practicismo. Hay que alimentarse, el estamento pasa necesidades… al fin y al cabo es un ingreso… ¿acaso se puede negar ayuda a los nobles pobres? Y, además, ¡los recaudadores pueden contribuir a la sobriedad del pueblo! El segundo punto de vista, el de los románticos. ¡¿Servir en el ramo de bebidas, apenas un poco por encima de los taberneros, subordinados a simples administradores de almacenes, «a menudo personas de estamentos inferiores»?! Y brotaron encendidos discursos sobre la gran vocación de la nobleza. Nos proponemos detenernos precisamente en estos discursos, pero antes señalemos el tercer punto de vista: el de los hombres de Estado. Por un lado, no se puede negar que parece algo vergonzoso, pero por otro lado, hay que reconocer que es ventajoso. Se puede, sin embargo, adquirir el capital y conservar la inocencia: el administrador de impuestos indirectos puede nombrar sin fianzas, y los mismos 40 nobles pueden obtener los puestos mediante una solicitud del mariscal de la nobleza del distrito, sin artel ni contrato alguno; de lo contrario, quizás «el ministro del Interior detenga la resolución en salvaguarda de la regularidad del régimen estatal general». Esta sabia opinión probablemente habría triunfado si el mariscal de la nobleza no hubiera hecho dos declaraciones de importancia esencial: en primer lugar, que el contrato ya se había presentado al consejo del ministro de Finanzas, el cual lo reconoció como posible y en principio estuvo de acuerdo con él. Y, en segundo lugar, que «obtener estos puestos únicamente mediante una solicitud del mariscal de la nobleza del distrito es imposible». Y el informe fue aprobado.

¡Pobres románticos! Sufrieron una derrota. Y con qué belleza hablaban.

«Hasta ahora, la nobleza sólo ha proporcionado dirigentes. Pero el informe propone formar una especie de artel. ¿Corresponde esto al pasado, al presente y al futuro de la nobleza? Según la ley de recaudadores, en caso de descubrirse malversación por parte del expendedor, el noble debe ponerse tras el mostrador. ¡Antes morir que ocupar tal cargo!».

¡Vaya por Dios, cuánta nobleza en el hombre! ¡Antes morir que comerciar con vodka! Comerciar con trigo, eso sí es una ocupación noble, sobre todo en años de malas cosechas, cuando uno puede enriquecerse a costa de los hambrientos. Y una ocupación aún más noble es practicar la usura con el trigo, prestarlo en invierno a los campesinos hambrientos a cambio de trabajo en verano y pagar ese trabajo tres veces más barato que los precios libres. Precisamente en esa franja central de tierras negras, a la que pertenece el distrito de Oriol, nuestros terratenientes siempre se han dedicado y se dedican con especial celo a esta nobilísima forma de usura. Bueno, y para distinguir bien la usura noble de la innoble, hay que gritar, por supuesto, lo más alto posible sobre la ocupación de tabernero, indigna de un noble.

«Hay que salvaguardar estrictamente nuestra vocación, expresada en el conocido altísimo manifiesto, de servir desinteresadamente al pueblo. El servicio interesado contradice esto…». «El estamento que tiene en su pasado méritos tales como el servicio militar de sus antepasados, que sacó adelante sobre sus hombros las grandes reformas del emperador Alejandro II, tiene base para cumplir también en el futuro con sus deberes ante el Estado».

¡Sí, servicio desinteresado! La distribución de fincas, la concesión de propiedades pobladas, es decir, los regalos de miles de desiatinas de tierra y miles de almas de siervos, la formación de una clase de grandes terratenientes que poseen cientos, miles y decenas de miles de desiatinas de tierra y que con su explotación reducen a millones de campesinos a la miseria total, he ahí las manifestaciones de ese desinterés. Pero especialmente graciosa es la referencia a las «grandes» reformas de Alejandro II. Por ejemplo, la emancipación de los campesinos: ¡con qué desinterés nuestros nobles señores los desplumaron por completo! Les obligaron a redimir su propia tierra, les obligaron a pagar por ella el triple de su verdadero precio, se apropiaron de tierras campesinas en forma de toda clase de recortes, canjearon sus arenales, barrancos y baldíos por buenas tierras campesinas, ¡y ahora aún tienen la desvergüenza de jactarse de semejantes hazañas!

«La esfera patriótica del negocio de bebidas no representa nada…». «Nuestras tradiciones no se basan en rublos, sino en el servicio al Estado. La nobleza no debe convertirse en bolsa».

¡Están verdes las uvas! La nobleza «no debe» convertirse en bolsa porque en la bolsa se requieren capitales sólidos, y los señores esclavistas de ayer se han arruinado por completo. Para su amplia masa, no la conversión en bolsa, sino la subordinación a la bolsa, la subordinación al rublo, se ha convertido hace tiempo en un hecho consumado. Y en pos del rublo, el «alto estamento» se dedica desde hace tiempo a asuntos tan altamente patrióticos como la producción de aguardiente de baja calidad, la instalación de refinerías de azúcar y otras fábricas, la participación en toda clase de empresas comerciales e industriales infladas, el desgastar los umbrales de representantes de las altas esferas cortesanas, de grandes duques, ministros, etc., etc. con el fin de obtener concesiones y garantías gubernamentales para tales empresas, de mendigar dádivas en forma de privilegios para el banco de la nobleza, primas por la exportación de azúcar, pedacitos (¡de miles de desiatinas!) de alguna tierra bashkiria, «puestos lucrativos» ventajosos y cómodos, y cosas por el estilo.

«La ética de la nobleza lleva en sí las huellas de la historia, de la posición social…», y las huellas de la caballeriza, que acostumbró a los nobles a la violencia y a la humillación del mujik. Por lo demás, la costumbre secular de mandar ha desarrollado en los nobles también algo más sutil: la habilidad de revestir sus intereses explotadores con frases pomposas, calculadas para embrutecer al oscuro «pueblo llano». Escuchen más:

«¿Por qué acelerar la veleidad de los tiempos? Aunque sea un prejuicio, las viejas tradiciones no permiten ayudar a esta veleidad…».

En estas palabras del señor Naryshkin (uno de los hombres de consejo que defendían el punto de vista estatal) se percibe un certero instinto de clase. Por supuesto, el temor al cargo de recaudador (o incluso de tabernero) es, en los tiempos actuales, un prejuicio, pero ¿acaso no es gracias a los prejuicios de las masas oscuras del campesinado como se sostiene la explotación inaudita y desvergonzada de los campesinos por los terratenientes en nuestra aldea? Los prejuicios desaparecen de todos modos; ¿para qué acelerar su desaparición, aproximando abiertamente al noble con el tabernero, facilitando al campesino, mediante esta comparación, el proceso (proceso ya iniciado) de asimilación de esa simple verdad de que el noble terrateniente es el mismo usurero, saqueador y depredador que cualquier voraz kulak local, sólo que inconmensurablemente más fuerte, fuerte por su propiedad de la tierra, por sus privilegios forjados a lo largo de siglos, por su cercanía al poder zarista, por su hábito de dominación y por su capacidad de encubrir sus entrañas de Judushka con toda una doctrina de romanticismo y generosidad?

Sí, el señor Naryshkin es, indudablemente, un hombre de consejo, y por su boca habla la sabiduría de Estado. No me sorprende que el «mariscal» de la nobleza de Oriol le respondiera, con tal refinamiento de expresión que honraría a un lord inglés, lo siguiente:

«Rebatir las autoridades que aquí hemos escuchado sería una osadía por mi parte, si no estuviera convencido de que, al rebatir sus opiniones, no rebato sus convicciones».

Esto es cierto, y lo es además en un sentido mucho más amplio de lo que imaginaba el señor Stajóvich, quien, en verdad, dijo la verdad sin querer. Las convicciones de los señores nobles son las mismas en todos, desde los prácticos hasta los románticos. Todos creen firmemente en su «derecho sagrado» a cientos o miles de desiatinas de tierra, saqueadas por sus antepasados o concedidas por saqueadores, en el derecho a explotar a los campesinos y a desempeñar un papel dominante en el Estado, en el derecho a los trozos más suculentos (y en caso de necesidad, también a los menos suculentos) del pastel estatal, es decir, del dinero del pueblo. Sólo divergen en las opiniones sobre la conveniencia de ciertas medidas, y sus debates al discutir estas opiniones son tan instructivos para el proletariado como cualquier disputa doméstica en el campo de los explotadores. En tales disputas se destaca con claridad la diferencia entre los intereses generales de toda la clase de los capitalistas o terratenientes y los intereses de personalidades aisladas o de grupos aislados; en tales disputas se deja escapar a menudo aquello que, en general, se oculta cuidadosamente.

Pero, aparte de esto, el episodio de Oriol arroja también cierta luz sobre el carácter del famoso monopolio del aguardiente. ¡Qué de bondades no esperaba de él nuestra prensa oficial y oficiosa: el aumento de los ingresos del fisco, la mejora del producto y la disminución de la embriaguez! Pero en realidad, en lugar del aumento de los ingresos, hasta ahora sólo se ha obtenido el encarecimiento del aguardiente, la confusión del presupuesto, la imposibilidad de determinar con precisión los resultados financieros de toda la operación; en lugar de la mejora del producto, se ha obtenido su empeoramiento, y difícilmente el gobierno logrará impresionar mucho al público con aquel comunicado sobre los exitosos resultados de la «degustación» del nuevo «aguardiente estatal» que hace poco recorrió todos los periódicos. En lugar de la disminución de la embriaguez, el aumento del número de locales de venta clandestina de aguardiente, el aumento de los ingresos policiales procedentes de estos locales, la apertura de tiendas de aguardiente en contra de la voluntad de la población que solicita lo contrario[163], el aumento de la embriaguez en las calles[164]. Y, lo principal, ¡qué nuevo y gigantesco campo para la arbitrariedad y el despotismo burocrático, para la adulonería y el latrocinio abre esta creación de una nueva rama de la economía estatal multimillonaria, la creación de todo un ejército de nuevos funcionarios! Es una verdadera invasión de nubes enteras de langosta burocrática que adula, intriga, roba, consume una y otra vez mares de tinta y montañas de papel. El proyecto de Oriol no es más que un intento de revestir de formas legales ese afán de arrancar trozos más o menos suculentos del pastel estatal que se apodera de nuestra provincia y amenaza inevitablemente al país, bajo las condiciones de la autocracia burocrática y la mudez social, con un ulterior fortalecimiento de la arbitrariedad y el latrocinio. He aquí un pequeño ejemplo: ya en otoño se deslizó en los periódicos una nota sobre una «anécdota constructiva en el ámbito del monopolio del aguardiente». En Moscú se construyen tres almacenes de aguardiente que deben abastecer a todo el distrito. Para la construcción de estos almacenes, el ministerio había asignado 1.637.000 rublos. Y resulta que «se ha determinado la necesidad de un crédito adicional por un importe de dos millones y medio»[165]. ¡Es evidente que aquí los funcionarios a quienes se les confió la propiedad estatal metieron mano a algo más que a 50 pantalones y unas cuantas piezas de material para botas!