Escrito en octubre de 1901.

Publicado por primera vez en diciembre de 1901 en la revista *Zariá* n.º 2–3. Firmado: T. X.

Se reproduce según el texto de la revista

**I. El hambre{102}**

¡Otra vez el hambre! En el último decenio no es ya sólo la ruina, sino la extinción directa del campesinado ruso lo que avanza con asombrosa rapidez, y probablemente ninguna guerra, por prolongada y encarnizada que fuese, ha segado jamás tantas víctimas. Contra el mujik se han coaligado las fuerzas más poderosas de la época contemporánea: de un lado, el capitalismo mundial, que se desarrolla cada vez más rápido y ha creado la competencia de ultramar, dotando a una pequeña minoría de agricultores, capaces de sobrevivir en la desesperada lucha por la existencia, de los más perfeccionados procedimientos e instrumentos de producción; de otro, el Estado militarista, que practica una política de aventuras en sus posesiones coloniales, en el Lejano Oriente y en Asia Central, cargando todo el peso desmedido de esa política, que cuesta un dinero loco, sobre las masas obreras y montando además, a costa del pueblo, cada vez más baterías de «prevención» y «represión» policíacas contra el creciente descontento e indignación de esas masas.

Después de haberse convertido el hambre en un fenómeno habitual entre nosotros, era natural esperar que el gobierno intentara formalizar y consolidar también su política habitual en materia de abastecimiento. Si en 1891–1892 el gobierno fue tomado por sorpresa y al principio anduvo bastante desconcertado, ahora es ya rico en experiencia y sabe con firmeza adónde (y cómo) ir. «En este momento —escribía *Iskra* en julio (n.º 6)— se cierne sobre el país la negra nube de la calamidad popular, y el gobierno se dispone a representar de nuevo su abominable papel de fuerza desalmada que aparta el pedazo de pan de la población hambrienta y castiga toda manifestación de preocupación por los hambrientos que no entre en los planes de las autoridades».

Los preparativos del gobierno fueron muy rápidos y muy enérgicos. El espíritu con que se llevaron a cabo quedó suficientemente al descubierto con la historia de Elisavetgrado. El príncipe Obolenski, gobernador de la provincia de Jersón, declaró de pronto la guerra a todos los que fueran tan audaces como para escribir y hablar sobre el hambre de Elisavetgrado, llamar a la sociedad a socorrer a los hambrientos, crear círculos privados e invitar a particulares a organizar esa ayuda. Los médicos del zemstvo escribían en los periódicos que en el distrito había hambre, que la población enfermaba y moría, que el «pan» que consumía era algo increíble y no merecía en absoluto el nombre de pan. El gobernador entra en polémica con los médicos del zemstvo y publica desmentidos oficiales. Quien conozca medianamente las condiciones generales de nuestra prensa y se tome la molestia de recordar la saña con que han sido perseguidos últimamente órganos muy moderados y literatos aún incomparablemente más moderados, comprenderá lo que significaba esa «polémica» del gobernador de provincia con unos médicos del zemstvo que ni siquiera estaban al servicio del Estado. Era simplemente un tapar la boca, la declaración más clara y cínica de que el gobierno no toleraría la verdad sobre la hambruna. ¡Y qué declaración! A quien menos se puede reprochar es al gobierno ruso que se limite a declaraciones cuando existe la posibilidad de «usar el poder». Y el príncipe Obolenski no tardó en usar el poder, presentándose personalmente en el teatro de la guerra —la guerra contra los hambrientos y contra quienes, sin figurar en ningún departamento, querían prestarles ayuda efectiva— y prohibiendo la instalación de comedores a varias personas particulares que ya habían llegado allí para ayudar a los hambrientos (entre ellas la señora Uspénskaya). Como Julio César, el príncipe Obolenski llegó, vio y venció, y los telegramas anunciaron de inmediato a toda la Rusia lectora esta victoria. Sólo sorprende una cosa: que esta victoria, este insolente desafío a todos los rusos en quienes quede aún una gota de decencia o un ápice de valor cívico, no haya encontrado réplica alguna en el seno de las personas, si puede decirse, más interesadas. En la provincia de Jersón muchos conocían y conocen sin duda todos los entresijos de este silenciamiento del hambre y de la lucha contra la ayuda a los hambrientos, pero nadie ha publicado ni una exposición de este instructivo asunto, ni los documentos referentes a él, ni siquiera un simple llamamiento a protestar contra la monstruosa prohibición de instalar comedores. Los obreros van a la huelga cuando el gobierno ejecuta su amenaza de despedir a quienes «holgaron» el Primero de Mayo; la intelectualidad calla cuando a sus representantes se les prohíbe... prestar ayuda a los hambrientos.

Como animado por el éxito de esta primera escaramuza con los «perturbadores» que osan ayudar a los hambrientos, el gobierno pasó en breve al ataque en toda la línea. La valiente hazaña del príncipe Obolenski se eleva a principio rector, a ley que regula en lo sucesivo las relaciones de todos los administradores con todas las personas «relacionadas» con el abastecimiento (la palabra «relacionado» es, en rigor, un término penal, perteneciente especialmente a nuestro código de penas, pero ya hemos visto y veremos más abajo que en la actualidad la ayuda no autorizada a los hambrientos entra de lleno en el concepto de delito). Tal ley no se hizo esperar, esta vez bajo la forma simplificada de una «circular del ministro del Interior a los gobernadores de las provincias afectadas por la mala cosecha de 1901» (17 de agosto de 1901, n.º 20).

Esta circular quedará, hay que pensarlo, durante mucho tiempo como monumento de hasta qué columnas de Hércules{103} conduce el miedo policíaco ante la terrible calamidad popular, ante el acercamiento de los hambrientos a los «intelectuales» que los ayudan, junto con la firme intención de ahogar todo «ruido» sobre el hambre y limitar la ayuda a las proporciones más insignificantes. Sólo cabe lamentar que la desmedida extensión de esta circular y la pesadez del estilo cancilleresco en que está redactada impidan quizás que el gran público se entere de ella.

Se sabe que la ley del 12 de junio de 1900 sustrajo el abastecimiento a la competencia del zemstvo y lo entregó en manos de los jefes de distrito y las asambleas distritales. Al parecer, ya nada podría ser más seguro: el elemento electivo está eliminado, las personas medianamente independientes de las autoridades no se encargarán del asunto y, por tanto, no armarán ruido. Pero, después de la campaña del príncipe Obolenski, todo esto pareció poco: es preciso subordinar más estrictamente todo el asunto al ministerio y a los funcionarios que ejecutan directamente sus instrucciones, es preciso eliminar definitivamente la posibilidad de toda exageración. Por eso, decidir qué distritos están «en mala situación de cosecha» será en adelante competencia exclusiva del propio ministerio[139], en el cual se organizará, evidentemente, el estado mayor de las acciones bélicas contra los hambrientos. Y por mediación de los señores gobernadores, ese estado mayor dirigirá la actividad de aquellas personas (principalmente los mariscales distritales de la nobleza) en cuyas manos se concentra la «dirección central distrital de abastecimiento». Al iniciador de las acciones bélicas contra los hambrientos, el príncipe Obolenski, le tocó ir personalmente al lugar para cortar, reprimir y reducir. Ahora esto está «regularizado», y bastará un simple intercambio de telegramas (con la suerte de que para gastos de oficina se ha asignado ya unos mil rublos por distrito) entre la dirección central distrital y la dirección central de Petersburgo para «dar las órdenes». El terrateniente civilizado de Turguénev no sólo no iba personalmente a la cuadra, sino que se limitaba a hacer una observación en voz baja por medio de un lacayo vestido de frac y guantes blancos: «Respecto a Fiódor… ¡que se tomen medidas!»{104}. Así también entre nosotros ahora, «sin ruido», callada y noblemente, se «tomarán medidas» para reprimir los apetitos desmedidos de la población hambrienta.

Y que el señor Sipiaguin está convencido de lo desmedido de los apetitos del mujik hambriento se ve por la insistencia con que la circular no sólo previene contra las «exageraciones», sino que crea directamente nuevas y nuevas reglas que eliminan toda posibilidad de exageración. Respecto a la confección de listas de necesitados: no os apresuréis, eso suscita en la población «esperanzas exageradas» —dice abiertamente el ministro—, y prescribe confeccionar las listas sólo inmediatamente antes de la distribución del grano. Además, sobre cuándo se debe considerar un distrito en mala situación de cosecha, la circular considera superfluo hablar, pero en cambio determina con precisión cuándo no se debe considerar un distrito en mala situación (por ejemplo, cuando ha sufrido no más de un tercio de los volosts, cuando existen ocupaciones habituales, etc.). Por último, respecto a las normas de socorro a los hambrientos, el ministro establece reglas que muestran más claro que claro que el gobierno quiere, cueste lo que cueste, recortar esos socorros hasta lo imposible y librarse con unas limosnas que en modo alguno preserven a la población de la extinción. En efecto: la norma es 48 puds de grano por familia (calculando según la cosecha media en la aldea de que se trate); quien tiene no menos de eso no pasa necesidad. De qué manera se ha obtenido esta cifra, se desconoce. Sólo se sabe que en un año sin hambre, incluso los campesinos más pobres consumen el doble de grano (véanse las investigaciones estadísticas de los zemstvos sobre los presupuestos campesinos). La desnutrición se considera, por tanto, como fenómeno normal, según la prescripción del señor ministro. Pero incluso esta norma se reduce, primero, a la mitad, para que no pueda recibir préstamo el elemento obrero, que constituye cerca de la mitad de la población; y, segundo, en 1/3–1/5–1/10 «en atención al número aproximado de campesinos acomodados que tienen reservas del año pasado o bien algún (¡así mismo: “o bien algún”!) bienestar material». Cabe juzgar por esto qué fracción insignificante debe representar la parte del grano realmente faltante a la población que el gobierno se propone prestarle. Y, como recreándose en su propio cinismo, el señor Sipiaguin, después de exponer este increíble sistema de recorte de socorros, declara que ese cálculo aproximado «rara vez resulta exagerado en medida considerable». Los comentarios están casi de más.

Las declaraciones oficiales del gobierno ruso, cuando además de las prescripciones escuetas contienen algún intento de explicarlas, encierran casi siempre —es una especie de ley mucho más estable que la mayoría de nuestras leyes— dos motivos básicos o dos tipos básicos de motivos. Por un lado, se tropieza invariablemente con varias frases generales que proclaman en forma ampulosa la solicitud de las autoridades, su deseo de tener en cuenta las exigencias de los tiempos y los deseos de la opinión pública. Por ejemplo, se habla de la «importante tarea de prevenir la necesidad de abastecimiento en la población rural», de la «responsabilidad moral por el bienestar de la población local», etc. De por sí, se entiende que estas generalidades no significan nada en realidad y a nada positivo obligan; en cambio, se parecen como dos gotas de agua a los inmortales discursos del inmortal Iúdushka Golovliov cuando sermoneaba a los campesinos a quienes despojaba. Dicho sea entre paréntesis, estas generalidades las explota siempre (en parte por ingenuidad, en parte por «deber de servicio») la prensa liberal censurada, para construir una solidaridad de principio del gobierno con su punto de vista.

Pero si observáis con más atención los otros motivos, no tan generales y no tan evidentemente vacíos, de las disposiciones gubernamentales, encontraréis siempre explicaciones concretas que repiten fielmente los argumentos consagrados de los órganos más reaccionarios de nuestra prensa (por ejemplo, *Moskóvskie Védomosti*). Rastrear y señalar en cada caso esa solidaridad del gobierno con *Moskóvskie Védomosti* sería, a nuestro juicio, una labor no inútil (y no del todo inaccesible incluso para los militantes legales). En la circular que examinamos, por ejemplo, encontramos la repetición de las acusaciones más viles procedentes de los más «salvajes terratenientes»: que la confección prematura de las listas de necesitados suscita «el afán de algunos cabezas de familia acomodados de dar a su hacienda aspecto empobrecido mediante la venta de reservas, excedentes e inventario». El ministro dice que esto «lo ha demostrado la experiencia de anteriores campañas de abastecimiento». ¿En consecuencia? En consecuencia, el ministro extrae su experiencia política de las enseñanzas de los más empedernidos defensores de la servidumbre, que tanto vociferaron en los años de hambre anteriores y vociferan ahora sobre los engaños de los campesinos, y que tan indignados están por el «ruido» a propósito de las epidemias de tifus del hambre.

De esos mismos servidumnales aprendió el señor Sipiaguin a hablar de desmoralización: «Es muy importante —escribe— que… las instituciones locales… coadyuven al ahorro de los medios asignados y, lo principal (*sic!!*[140]), —prevengan los casos, de nociva influencia desmoralizadora, de concesión infundada de socorros gubernamentales a personas acomodadas». Y esta desvergonzada prescripción de coadyuvar al ahorro de medios se refuerza con la siguiente instrucción de principio: «… la amplia distribución de socorros alimentarios a familias que pueden pasarse sin ellos» (¿que pueden pasarse con 24 puds de grano al año por familia?) «independientemente de la improductividad (!) de los gastos del erario en esos casos, tiene, por sus perniciosas consecuencias para el futuro, una importancia no menos nociva desde el punto de vista de los intereses y necesidades del Estado que el dejar sin la debida ayuda a los verdaderamente necesitados». Antaño, los monarcas sentimentales decían: «Más vale absolver a diez culpables que condenar a un inocente». Y ahora el más inmediato colaborador del zar declara: no es menos nocivo dar socorro a una familia que puede pasarse con 24 puds de grano al año que dejar sin socorro a un necesitado «verdadero». ¡Qué lástima que este «punto de vista» sobre los «intereses y necesidades del Estado», magnífico por su franqueza, esté oculto al gran público por una circular larguísima y aburridísima! Queda una esperanza: quizás la prensa socialdemócrata y la agitación oral socialdemócrata familiaricen más de cerca al pueblo con el contenido de la circular ministerial.

Pero con particular energía «ataca» la circular a los filántropos particulares: se ve a las claras que los administradores que hacen la guerra a los hambrientos consideran que la posición más importante del «enemigo» son los círculos privados de ayuda, los comedores privados, etc. El señor Sipiaguin, con una franqueza que merece pleno reconocimiento, explica por qué esa filantropía privada quita el sueño desde hace tiempo al ministerio del Interior. «Desde la mala cosecha de 1891 y 1892 —dice la circular— y en todas las calamidades similares posteriores, se ha revelado con frecuencia que ciertos filántropos, a la par que prestan ayuda material a los habitantes de las localidades en mala situación, se esfuerzan por suscitar en su seno el descontento contra el orden existente y una exigencia injustificada frente al gobierno. Al mismo tiempo, la necesidad no plenamente satisfecha, las inevitables enfermedades y la desorganización de la hacienda crean un terreno muy favorable para la agitación antigubernamental, y este terreno es aprovechado gustosamente por personas de dudosa fiabilidad política para sus fines criminales bajo el disfraz de la ayuda al prójimo. De ordinario, tan pronto como se tienen las primeras noticias de una mala cosecha considerable, afluyen a la localidad afectada personas con un pasado político no intachable, procuran entrar en relaciones con los comisionados de las sociedades e instituciones filantrópicas que vienen de las capitales y, por desconocimiento, son tomados por éstos como colaboradores sobre el terreno, con lo cual se crean considerables dificultades a los intereses del orden y de la administración».

¡En qué estrechez vive, sin embargo, el gobierno ruso en la tierra rusa! Hubo un tiempo en que el único medio especialmente protegido era la juventud estudiosa: para ella se establecía una vigilancia particularmente estricta, las relaciones con ella por parte de personas con un pasado político no intachable se consideraban como gran culpa, se sospechaba de todos los círculos y sociedades, aunque persiguieran sólo fines de ayuda material, etc. En aquellos tiempos —y tiempos muy recientes— no había otra capa, y menos otra clase de la población, que representara a los ojos del gobierno «un terreno muy favorable para la agitación antigubernamental». Pero desde mediados de la década de 1890 se encuentra ya en los comunicados oficiales del gobierno la indicación de otra clase de la población, incomparablemente más numerosa, que requiere especial protección: los obreros industriales. El auge del movimiento obrero obligó a crear sistemas enteros de instituciones para vigilar al nuevo elemento turbulento; en la lista de localidades prohibidas como residencia a las personas sospechosas en el sentido político empezaron a figurar, junto a las capitales y las ciudades universitarias, los centros fabriles, los poblados, los distritos y provincias enteras[141]. Resultaron especialmente protegidas contra los poco fiables dos tercios de la Rusia europea, y el tercio restante lo atesta de tal modo la masa de «personas con un pasado político no intachable», que incluso la más remota provincia se vuelve inquieta[142]. Ahora resulta que, según el juicio autorizado de persona tan competente como el señor ministro del Interior, «terreno favorable» para la agitación antigubernamental lo representa también la aldea más remota, en la medida en que en ella tienen lugar casos de necesidad no plenamente satisfecha, enfermedades y desorganización de la hacienda. ¿Y son muchas las aldeas rusas donde esos «casos» no son permanentes? ¿Y no deberíamos nosotros, los socialdemócratas rusos, aprovechar de inmediato esta instructiva indicación del señor Sipiaguin sobre el terreno «favorable»? Precisamente ahora, por un lado, la aldea está interesada por los rumores que, a veces y de algún modo, han llegado hasta ella sobre los choques de febrero y marzo del proletariado urbano y la juventud intelectual con la opríchnina gubernamental; y, por otro lado, ¿acaso cualquier frase como la de la «exigencia injustificada» del mujik, etc., no proporciona un riquísimo programa para la más amplia y completa agitación?

Debemos aprovechar la instructiva indicación del señor Sipiaguin, y reírnos de su ingenuidad. Es realmente una ingenuidad divertida imaginar que el someter la filantropía privada a la vigilancia y control del gobernador dificultará la posibilidad de influencia de personas «poco fiables» sobre la aldea. Los verdaderos filántropos jamás se han planteado fines políticos, de modo que las nuevas medidas de prevención y represión recaerán sobre todo en quienes menos peligrosos son para el gobierno. En cambio, las personas que quieran abrir los ojos a los campesinos sobre el significado de las nuevas medidas y la actitud del gobierno hacia el hambre en general, seguramente ya no necesitarán entrar en relaciones con los delegados de la Cruz Roja ni presentarse a los señores gobernadores. Pues, por ejemplo, cuando se vio que el medio fabril es un «terreno favorable», los que querían acercarse a él no entraron en relaciones con los gerentes de las fábricas para informarse de los reglamentos fabriles, ni se presentaron a los señores inspectores de fábrica para obtener permiso para organizar reuniones con los obreros. No olvidamos en absoluto, por supuesto, que la agitación política entre los campesinos presenta enormes dificultades, tanto más cuanto que desviar para ella fuerzas revolucionarias de las ciudades es imposible e irracional; pero tampoco debemos perder de vista que hazañas gubernamentales como la restricción de la filantropía privada eliminan una buena mitad de esas dificultades y nos quitan la mitad del trabajo.

No nos detendremos en una «bagatela» tal, en comparación con la circular analizada, como la circular del mismo ministro sobre el reforzamiento de la vigilancia de los conciertos, representaciones, etc., benéficos (cf. *Iskra* n.º 9, «Nuevas trabas»).

Tratemos de ver en qué relación se halla hoy la ayuda gubernamental a la población, asignada y distribuida según las nuevas reglas, con la magnitud real de la necesidad. Es cierto que los datos sobre esto son extremadamente escasos. La prensa está ahora embridada hasta lo sumo, las voces de los organizadores privados de comedores enmudecieron junto con la «prohibición» de su actividad, y para informar al aturdido público ruso por las nuevas severidades sirven sólo las anotaciones oficiales-policíacas sobre la marcha satisfactoria de la campaña de abastecimiento, los articulitos en el mismo espíritu en *Moskóvskie Védomosti* y las conversaciones que a veces relata algún reportero ocioso con tal o cual pompadour{105}, que expone con toda prosopopeya «sus pensamientos sobre la uniformidad de criterio de los gobernadores, así como sobre la autoridad única de los gobernadores y demás»{106}. Por ejemplo, *Nóvoe Vremia*, en su n.º 9195, relata que el gobernador de Sarátov (antes de Arjángelsk), A. P. Engelgardt, recibió a un colaborador del periódico local y le declaró, entre otras cosas, que él, el gobernador, había celebrado personalmente sobre el terreno una reunión de los mariscales de la nobleza, representantes de las juntas del zemstvo, jefes de distrito y representantes de la Cruz Roja, y «distribuyó las tareas».

«El escorbuto —dijo A. P. Engelgardt— no se presenta aquí en la forma en que yo lo observé en la provincia de Arjángelsk: allí uno no puede acercarse al enfermo a menos de cinco pasos; allí esa enfermedad es realmente “pútrida”; aquí se trata sobre todo de las consecuencias de una fuerte anemia, desarrollada debido a las terribles condiciones de la vida doméstica. Los únicos signos casi de enfermedad escorbútica aquí son los labios blancos, las encías blancas… Un enfermo así se restablece en una semana con una alimentación correcta. Ahora se está llevando a cabo esa sobrealimentación. En total se distribuyen 1.000 raciones al día, aunque no se han registrado más de 400 personas extremadamente necesitadas.

Además de las enfermedades escorbúticas, en toda la comarca se han señalado sólo tres casos de tifus. Cabe esperar que la cosa no pase de ahí, pues en todas partes se han abierto ya obras públicas y la población dispone de ocupación».

¡He aquí la dicha: en todo el distrito de Jvalinsk (del que habla el señor pompadour) sólo 400 extremadamente necesitados (los demás, probablemente, «pueden pasarse», en opinión de los señores Sipiaguin y Engelgardt, ¡con 24 puds de grano al año por familia!), y la población ya está asegurada y los enfermos se restablecen en una semana! ¿Cómo no creer después de esto a *Moskóvskie Védomosti*, que en un editorial especial (n.º 258) nos inculca que «según las últimas noticias de las 12 provincias afectadas por la mala cosecha, en ellas hierve la activa labor de la administración para organizar la ayuda. Muchos distritos han sido ya examinados a fin de reconocerlos en situación desfavorable en cuanto al abastecimiento, se nombran los encargados distritales de abastecimiento, etc. Al parecer, los funcionarios del gobierno hacen todo lo posible para prestar una ayuda oportuna y suficiente».

«Hierve la activa labor» y… «no se han registrado más de 400 extremadamente necesitados»… En el distrito de Jvalinsk hay 165.000 habitantes de población rural, y se distribuyen mil raciones. El déficit de centeno este año alcanza en toda la región del sudeste (incluida la provincia de Sarátov) el 34%. En la provincia de Sarátov, del total de la siembra en tierras campesinas (11/2 millones de desiátinas), el 15% está afectado por la pérdida total de la cosecha (según datos de la junta provincial del zemstvo{107}) y el 75% por cosecha mala; y el distrito de Jvalinsk, junto con el de Kamyshin, figuran entre los más afectados de la provincia de Sarátov. Por consiguiente, el déficit total de grano entre los campesinos del distrito de Jvalinsk no es inferior al 30%. Supongamos que la mitad de ese déficit recae sobre el campesinado acomodado, al que esto aún no ha llevado a pasar hambre (aunque esta suposición es más que aventurada, pues el campesinado acomodado posee las mejores tierras y las cultiva mejor, de modo que sufre siempre menos que los pobres por la mala cosecha). Incluso con tal suposición resultará que las personas hambrientas deberían ser un 15%, es decir, hasta 25.000. ¡Y nos quieren consolar con que el escorbuto de Jvalinsk está aún lejos del de Arjángelsk, con que al parecer ha habido sólo tres casos de tifus (¡aunque mintieran con más arte!) y con que se distribuyen mil raciones (calculadas y medidas, seguramente, según el sistema de Sipiaguin de lucha… contra las exageraciones)!

En cuanto a aquellas «ocupaciones» que el señor Sipiaguin en su circular se esforzó tres veces en descontar para evitar exageraciones (primero, prescribiendo no considerar en mala situación los distritos con ocupaciones habitualmente desarrolladas; segundo, prescribiendo reducir la norma de 48 puds a la mitad, porque el 50% de la población obrera «debe» ganar algo; y tercero, prescribiendo disminuir esta última cifra en 1/3–1/10, según las condiciones locales), en lo que respecta a las ocupaciones, en la provincia de Sarátov han decaído no sólo las agrícolas sino también las no agrícolas. «Las consecuencias de la mala cosecha —nos informa el mencionado informe de la junta— se han reflejado también en los artesanos, debido a la disminución de la venta de sus productos. En virtud de estas circunstancias, en los distritos con industrias artesanales más desarrolladas se observan crisis». Y entre esos distritos figura también el más afectado, el de Kamyshin, en el cual, por cierto, muchos y muchos miles de pobres se ocupan en la famosa producción de sarpinka. Ya en años normales, las condiciones en esta industria, arrinconada en un remoto lugar campesino, eran de lo más monstruoso: trabajaban, por ejemplo, niños de 6–7 años, recibiendo de 7 a 8 kopeks al día. Cabe imaginar lo que allí ocurre en un año de enorme mala cosecha y de crisis especial de la artesanía.

La mala cosecha de cereales viene acompañada en la provincia de Sarátov (como en todas las provincias de mala cosecha, naturalmente) de escasez de forrajes. En los últimos meses (es decir, ya en la segunda mitad del verano) se ha observado un desarrollo extraordinario de diversas epizootias que aceleran la mortalidad del ganado. «Según comunicación del veterinario del distrito de Jvalinsk (tomamos este dato del mismo periódico que exponía el contenido del informe arriba mencionado de la junta provincial del zemstvo), en la autopsia de los animales muertos no se halló en sus estómagos nada más que tierra».

En la «comunicación del departamento del zemstvo del ministerio del Interior» sobre la prosecución de la campaña de abastecimiento se hizo, entre otras cosas, la declaración de que, de los distritos declarados en mala situación, «sólo en Jvalinsk, desde el mes de julio, se manifestó en dos aldeas una serie de enfermedades epidémicas de escorbuto, para cuya extinción se han dirigido los esfuerzos del personal médico local, habiéndose destacado, en ayuda de las fuerzas locales, dos destacamentos de la sociedad de la Cruz Roja que actúan, según el parte del gobernador —(ese mismo A. P. Engelgardt que ya conocemos)— con gran éxito; en todos los demás distritos declarados en situación desfavorable en cuanto al abastecimiento, según los datos que obran en el ministerio al 12 de este mes de septiembre, no se han producido casos de aguda necesidad alimentaria insatisfecha y no se observa desarrollo de enfermedades por causa de la alimentación insuficiente».

Para mostrar qué crédito puede merecer esta afirmación de que no ha habido casos de aguda necesidad insatisfecha (¿y la necesidad crónica sí la hubo?) y de que no se observa desarrollo de enfermedades, nos limitaremos a contraponer datos de otras dos provincias.

En la provincia de Ufá se han declarado en mala situación los distritos de Menzelinsk y Belébei, y el departamento del zemstvo del ministerio del Interior comunica que el préstamo gubernamental «propiamente para la alimentación» se necesitará, «según declaración del gobernador», por un monto de 800.000 puds. Sin embargo, la asamblea extraordinaria del zemstvo provincial de Ufá, convocada el 27 de agosto para discutir la cuestión de la ayuda a los damnificados por la mala cosecha, determinó la necesidad de esos distritos para la alimentación en 2,2 millones de puds de grano, más 1 millón para los restantes distritos, independientemente del préstamo para la siembra (3,2 millones de puds para la provincia) y para la alimentación del ganado (600.000 puds). El préstamo para la alimentación, por consiguiente, ha sido determinado por el ministerio en una cuarta parte de lo que determinó el zemstvo.

Otro ejemplo. En la provincia de Viatka, en el momento en que el departamento del zemstvo publicó su comunicación, no había distritos declarados en mala situación, y el monto del préstamo para la alimentación lo determinaba el mismo departamento en 782.000 puds. Ésa es la misma suma que calculó, según las noticias de los periódicos, la diputación provincial de abastecimiento de Viatka en su sesión del 28 de agosto (calculada conforme a las decisiones de las asambleas distritales del 18 al 25 de agosto). Esas mismas asambleas, hacia el 12 de agosto, determinaron el monto del préstamo de otro modo, a saber: 1,1 millones de puds para la alimentación y 1,4 millones de puds para la siembra. ¿De dónde esa diferencia? ¿Qué ocurrió entre el 12 y el 28 de agosto? Ocurrió que apareció la circular del señor Sipiaguin del 17 de agosto sobre la lucha contra los hambrientos. La circular surtió, pues, un efecto instantáneo, y la pequeña suma de 230 mil puds de grano fue tachada del cálculo elaborado —obsérvese esto— por las asambleas distritales, es decir, por las instituciones que sustituyeron (según la ley del 12 de junio de 1900) al poco fiable zemstvo, instituciones compuestas por funcionarios en general y por jefes de distrito en particular… ¿Acaso llegaremos realmente a ver que también los jefes de distrito sean acusados de liberalismo? ¡Quién sabe! Por lo menos, en *Moskóvskie Védomosti* leímos no hace mucho una reprimenda a cierto señor Om., que se atrevió a proponer en *Priazovski Kray*{108} que se publicaran en los periódicos las actas de las sesiones de las diputaciones provinciales de asuntos urbanos (ya que no se puede admitir a las sesiones a los representantes de la prensa):

«El objetivo es demasiado transparente: el funcionario ruso teme con frecuencia parecer no liberal, y la publicidad puede obligarlo, a veces incluso contra su conciencia, a apoyar cualquier empresa liberal-fantástica de la ciudad o del zemstvo. El cálculo no es del todo erróneo».

¿No habría que establecer una vigilancia especial sobre los jefes de distrito de Viatka, quienes —evidentemente por temor a parecer no liberales— revelaron una ligereza imperdonable al «exagerar» la necesidad de abastecimiento?[143]

Por lo demás, la «empresa liberal-fantástica» del zemstvo de Viatka (si el sabio gobierno ruso no lo hubiera apartado de la gestión del abastecimiento) llegó a determinar la necesidad en dimensiones aún mucho mayores. Al menos, la asamblea provincial extraordinaria, celebrada del 30 de agosto al 2 de septiembre, determinó el déficit de grano respecto a la cantidad necesaria en un 17%, y el de forrajes en un 15%. Y esa cantidad necesaria es de 105 millones de puds (la cosecha habitual es de 134 millones de puds, y en el presente año es de 84 millones de puds). El déficit, por tanto, asciende a 21 millones de puds. «El número total de volosts en la provincia que no están abastecidos con la cosecha del año en curso es de 158 de 310. Su población es de 1.566 mil almas de ambos sexos». Sí, indudablemente «hierve la activa labor de la administración»… en disminuir las dimensiones reales de la necesidad y en reducir todo el asunto de la ayuda a los hambrientos a una especie de acrobacia de caridad de kopeks.

Por otra parte, «acróbatas de la caridad» sería todavía un nombre demasiado lisonjero para los administradores agrupados bajo la bandera de la circular de Sipiaguin. Lo que tienen de común con los acróbatas de la caridad es la miseria de su ayuda y el afán de hinchar sus dimensiones. Pero los acróbatas de la caridad consideran a las personas a quienes benefician, en el peor de los casos, como un juguete que cosquillea agradablemente su amor propio, mientras que la administración de Sipiaguin los considera como enemigos, como personas que atentan contra algo ilegalmente («exigencia injustificada frente al gobierno») y que por tanto merecen represión. Esta mirada se expresó con pleno relieve en las notables «Reglas Provisionales», aprobadas por su majestad imperial el 15 de septiembre de 1901.

Es toda una ley, compuesta de 20 artículos, y contiene tantas cosas notables que no vacilaríamos en contarla entre los actos legislativos más importantes de comienzos del siglo XX. Empecemos por el título: «Reglas provisionales sobre la participación de la población de las localidades afectadas por la mala cosecha en los trabajos que se realicen por disposición de los departamentos de Vías de Comunicación, de Agricultura y de Bienes del Estado». ¿Acaso esos trabajos representan algo hasta tal punto atiborrado de privilegios que la «participación» en ellos es una merced especial? ¿Acaso de otro modo el primer artículo de la nueva ley no repetiría: «se concede a los habitantes rurales de las localidades afectadas por la mala cosecha la participación en la realización de trabajos», etc.?

Pero de esos «privilegios» la ley habla ya en su segunda mitad; primero se establece la organización de todo el asunto. Las direcciones competentes «proyectan los trabajos más adecuados» (art. 2), «ateniéndose al procedimiento establecido por la ley» (art. 3, el cual, a semejanza del título de capítulos en algunas novelas de Dickens, podría llamarse: «El artículo de la nueva ley en el que se habla de la necesidad de atenerse a las viejas leyes»). Los trabajos se abren ya sea con cargo a los presupuestos normales, ya con cargo a créditos especiales; la dirección general de la organización de los trabajos corresponde al ministro del Interior, quien puede nombrar comisionados especiales y bajo el cual, bajo la presidencia de su viceministro, se forma una «conferencia especial de abastecimiento» compuesta por representantes de diferentes ministerios. Entre las obligaciones de esta conferencia figuran: a) autorizar excepciones al procedimiento establecido; b) discutir las propuestas de asignación de medios; c) «establecer los límites máximos de remuneración de los obreros, así como determinar las demás condiciones de concesión a la población de la participación en dichos trabajos»; d) distribuir los contingentes de obreros por las zonas de trabajo, y e) encargarse del traslado de esos contingentes a los lugares de trabajo. Las conclusiones de la conferencia las aprueba el ministro del Interior, así como, «en los casos que corresponda», los ministros de otros departamentos. Además, la indicación de los trabajos y la determinación del número de pobladores necesitados de ellos se encomienda a los jefes de distrito, que comunican todos esos datos a los gobernadores, y éstos, con su dictamen, al ministerio del Interior, «y a indicación de éste, disponen por medio de los jefes de distrito el envío de los obreros a los lugares de trabajo…»

¡Uf! ¡Por fin hemos acabado con toda la «organización» del nuevo asunto! Cabe preguntar ahora: ¿cuánto lubricante hará falta para poner en movimiento todas las ruedas de esta pesada maquinaria administrativa, puramente rusa? Intentad tan sólo imaginar este asunto en concreto: inmediatamente junto a los hambrientos se encuentra un jefe de distrito. A él le corresponde, pues, la iniciativa. Escribe un papelito —¿a quién?—. Al gobernador, reza el artículo de las reglas provisionales del 15 de septiembre. Pero, sobre la base de la circular del 17 de agosto, se ha creado la «dirección central distrital de abastecimiento», cuyo cometido es «concentrar la gestión de todo el ramo de abastecimiento en el distrito en manos de un solo funcionario» (circular del 17 de agosto; para este cargo debe designarse preferentemente al mariscal distrital de la nobleza). Surge un «conflicto de competencia» que, desde luego, se resuelve rápidamente sobre la base de los «principios» notablemente claros y sencillos expuestos en los seis puntos del artículo 175 del «reglamento general de las provincias», que determina el «procedimiento para resolver los conflictos de competencia… entre las oficinas y los funcionarios». Al fin y al cabo, el papelito llega a la oficina del gobernador, donde se procede a redactar el «dictamen». Luego todo se envía a Petersburgo y pasa a examen de la conferencia especial. Pero el representante del ministerio de Vías de Comunicación que participa en la conferencia no está en condiciones de resolver la cuestión de la conveniencia de un trabajo como la reparación de los caminos del distrito de Buguruslán, y entonces otro papelito viaja de Petersburgo a la provincia y de vuelta. Y cuando por fin la cuestión de la conveniencia del trabajo, etc., etc., queda resuelta en principio, entonces la conferencia de Petersburgo se ocupará de la «distribución de los contingentes obreros» entre los distritos de Buzuluk y Buguruslán.

¿Y para qué se ha creado semejante maquinaria? ¿Acaso por la novedad del asunto? De ningún modo. Antes de las reglas provisionales del 15 de septiembre las obras públicas podían organizarse de modo mucho más sencillo «sobre la base de las disposiciones vigentes», y la misma circular del 17 de agosto, al hablar de las obras públicas organizadas por los zemstvos, los patronatos de casas de trabajo y las autoridades provinciales, no prevé la necesidad de ninguna organización especial. Como veis, la «campaña de abastecimiento» del gobierno consiste en que los departamentos de Petersburgo se pasaron un mes entero (del 17 de agosto al 15 de septiembre) inventando y al fin inventaron una infinita complicación de papeleo burocrático. En cambio, la conferencia de Petersburgo, seguramente, no caerá en el peligro de incurrir en exageraciones del que no están a salvo los funcionarios locales, «que temen parecer no liberales»…

Pero el meollo de las nuevas «Reglas Provisionales» son las disposiciones sobre los «habitantes rurales» contratados para los trabajos. Cuando los trabajos se realizan «fuera de las zonas de su domicilio», los obreros, en primer lugar, forman arteles especiales, «bajo la vigilancia del jefe de distrito», quien designa también al jefe para la vigilancia del orden; en segundo lugar, se confecciona una lista especial de los obreros que ingresan en ese artel, lista que «sustituye para los obreros incluidos en ella (“en la misma”, como dice la ley) —durante el traslado y el tiempo de participación en los trabajos— a los documentos de identidad establecidos por la ley, y se conserva hasta la llegada al lugar en poder del funcionario que acompaña a los obreros en el camino o, en caso de ausencia de éste, en poder del jefe del artel, y después en poder de la persona encargada de la dirección de los trabajos».

¿Para qué ha hecho falta sustituir los pasaportes ordinarios, que todo campesino que desea ausentarse tiene derecho a recibir gratuitamente, por una lista especial? Para el obrero es una restricción indudable, pues, viviendo con su pasaporte particular, es mucho más libre tanto en la elección de vivienda, como en la distribución de su tiempo y en el cambio de un trabajo por otro más ventajoso o más cómodo para él. Veremos en lo sucesivo que esto se ha hecho, sin duda, con toda intención y no sólo por amor a la reglamentación estatal, sino precisamente para restringir a los obreros y asemejarlos a partidas de siervos, transportados «según inventario», según una especie de «lista de artículos»{109}. Resulta que, por ejemplo, la preocupación «por el mantenimiento del debido orden durante el viaje y la transmisión (¡sic!) de las partidas de obreros entregadas a los encargados de los trabajos se encomienda a funcionarios especialmente comisionados por el ministerio del Interior». Cuanto más se adentra uno en el bosque, más leña. La sustitución de los pasaportes por listas trae consigo la sustitución de la libertad de desplazamiento por el «envío y transmisión de partidas». ¿De qué se trata, acaso de partidas de presidiarios? ¿Se han abolido ya (quizás como castigo por la «exageración» del hambre) todas las leyes que disponen que el campesino, provisto de un pasaporte, puede ir donde quiera y como quiera? ¿Acaso la aceptación del transporte a costa del erario es fundamento suficiente para la privación de derechos civiles?

Continúa. Resulta que los funcionarios del departamento que ejecuta los trabajos, encargados de la distribución de los obreros, del pago del salario, etc., «según comunicación de las autoridades provinciales de las localidades donde quedaron las familias de los obreros, retienen, en caso de ser posible, una parte del salario y la remiten a su destino para el sustento de esas familias». Nueva privación de derechos. ¿Cómo se atreven los funcionarios a retener el dinero ganado? ¿Cómo se atreven a inmiscuirse en los asuntos familiares de los obreros y decidir por ellos, como por siervos, a quiénes y en qué medida desean ayudar? ¿Permitirán además los obreros que se les retenga, sin su consentimiento, el dinero que han ganado? Esta pregunta seguramente vino a la cabeza también a los redactores de las nuevas «reglas de presidiarios», porque el artículo de la ley que sigue inmediatamente al antes citado dice: «La vigilancia sobre el mantenimiento por los obreros del debido orden en los lugares de trabajo se encomienda, por disposición del ministro del Interior, a los jefes de distrito locales, a los oficiales del cuerpo especial de gendarmes, a los funcionarios de policía o a las personas especialmente designadas al efecto». Positivamente, se trata de castigar a los campesinos con privación de derechos por las «exageraciones» del hambre y la «exigencia injustificada frente al gobierno». No contentos con que a todos los obreros rusos en general los vigile la policía general, la policía fabril y la policía secreta, aquí se prescribe además el establecimiento de una vigilancia especial. ¡Se diría que el gobierno ha perdido por completo la cabeza por miedo ante esas partidas de campesinos hambrientos enviadas, transportadas y transmitidas con mil precauciones!

Continúa. «En los casos de perturbación de la quietud y tranquilidad públicas, de actitud manifiestamente deshonesta hacia el trabajo o de incumplimiento de las exigencias legales de las personas encargadas de la dirección de los trabajos o de la vigilancia del orden en los mismos, los obreros culpables podrán ser sometidos, sin procedimiento judicial especial, por disposición de los funcionarios mencionados en el artículo 16 (el que acabamos de citar), a arresto de hasta tres días; en caso de elusión pertinaz del trabajo, podrán ser enviados, por disposición de los mismos funcionarios, por etapas a su lugar de residencia permanente».

¿Cabe después de esto dar a las reglas provisionales del 15 de septiembre otro nombre que el de reglas temporales de trabajos forzados? Represalias sin juicio, envío por etapas… Grande, muy grande es la ignorancia y el estado de abatimiento del campesino ruso, pero todo tiene un límite. Además, las ininterrumpidas hambrunas y las ininterrumpidas expulsiones de obreros de las ciudades no han podido pasar sin dejar huella. Y nuestro gobierno, al que tanto ha gustado gobernar mediante «reglas provisionales»[144], acabará por topar con la horma de su zapato.

Que nos sirvan las «Reglas Provisionales» del 15 de septiembre de motivo para la más amplia agitación en los círculos obreros y en el campesinado; dediquémonos a difundir el texto mismo de estas reglas y hojas con su explicación; organicemos reuniones con la lectura de esta ley y la explicación de su contenido en relación con toda la política «alimentaria» del gobierno. Consigamos que todo obrero medianamente consciente, al ir de un modo u otro a la aldea, tenga una idea precisa de las «reglas de trabajos forzados» y esté en condiciones de contar a todos y a cada uno de qué se trata y qué hay que hacer para librarse de los trabajos forzados del hambre, de la arbitrariedad y de la falta de derechos.

Y a aquellos intelectuales rusos de buen corazón que andan a vueltas con toda clase de arteles y demás sociedades legales permitidas o fomentadas por el gobierno, que les sirvan estas reglas provisionales sobre los arteles obreros de constante reproche y seria advertencia: reproche por la ingenuidad con que creían en la sinceridad del permiso o fomento gubernamental, sin ver la más vil esencia de servidumbre tras el letrero de «desarrollo del trabajo popular», etc. Advertencia, para que en adelante, al hablar de los arteles y demás sociedades permitidas por los señores Sipiaguin, no se olviden nunca de decir, y decir toda la verdad, sobre los arteles obreros según las reglas provisionales del 15 de septiembre; o bien, si no pueden hablar de tales arteles, que callen por completo.

**II. Actitud hacia la crisis y hacia el hambre**

Paralelamente a la nueva hambruna, se prolonga aún la vieja crisis comercial e industrial, ya crónica, que ha arrojado a la calle a decenas de miles de obreros que no encuentran trabajo. La necesidad entre ellos es terriblemente grande y tanto más llama la atención la actitud completamente diferente del gobierno y de la «sociedad» culta hacia esta necesidad y hacia la necesidad de los campesinos. Ni el menor intento, por parte de las instituciones públicas ni de la prensa, de determinar el número de obreros necesitados y el grado de necesidad, siquiera sea tan aproximadamente como se determina la necesidad de los campesinos. Ninguna medida sistemática para organizar la ayuda a los obreros hambrientos.

¿De qué depende esta diferencia? A nuestro parecer, depende en último término de que la necesidad de los obreros sale menos a la superficie y se manifiesta en formas menos agudas. Es cierto que los habitantes urbanos que no pertenecen a la clase obrera saben poco de cómo penan ahora los obreros fabriles, hacinándose aún más en sótanos, buhardillas y tugurios, desnutriéndose aún más que de ordinario, vendiendo a los usureros los últimos restos de sus ajuares domésticos; es cierto que el aumento del número de vagabundos y mendigos, de concurrentes a los albergues nocturnos y de habitantes de las cárceles y hospitales no atrae una atención particular, porque «todos» están tan acostumbrados a que en la gran ciudad deben estar atestados los albergues nocturnos y todo género de antros de la miseria más desesperada; es cierto que los obreros sin trabajo no están nada atados al lugar, como los campesinos, y o bien se dispersan por su cuenta por diversos confines del Estado en busca de ocupación, o bien son enviados «a su lugar de origen» por la administración, que teme la acumulación de parados. Pero, a pesar de todo eso, cualquiera que tenga contacto con la vida industrial observa con sus propios ojos, y cualquiera que siga la vida pública sabe por los periódicos, que el paro forzoso crece y crece.

No, las causas de la diferencia señalada son más profundas: hay que buscarlas en que la hambruna rural y el paro urbano pertenecen a formas completamente diferentes de la vida económica del país y están condicionadas por relaciones mutuas completamente diferentes entre la clase de los explotadores y la clase de los explotados. En la aldea, las relaciones entre estas dos clases están en general sumamente embrolladas y complicadas por una masa de formas transicionales, en las que la hacienda agrícola se combina ya con la usura, ya con el trabajo a jornal, etc., etc. Y, además, los que pasan hambre no son los obreros agrícolas asalariados, cuya oposición de intereses con los terratenientes y los campesinos acomodados es clara para todos y en medida considerable para los propios obreros, sino que pasan hambre los pequeños campesinos, a quienes se acostumbra considerar (y que ellos mismos se consideran) como agricultores independientes que sólo casualmente caen a veces en una u otra dependencia «temporal». La causa inmediata del hambre —la mala cosecha— es una calamidad que, a los ojos de la masa, es puramente natural, un castigo divino. Y como esas malas cosechas acompañadas de hambrunas se arrastran desde tiempos inmemoriales, también la legislación se ha visto obligada desde hace mucho a contar con ellas. Existen desde antiguo (principalmente sobre el papel) estatutos completos de la alimentación popular que prescriben todo un sistema de «medidas». Y por muy poco que respondan a las necesidades de la época actual esas medidas, tomadas en su mayor parte de los tiempos de la servidumbre y del predominio de la economía patriarcal natural, con todo, cada hambre pone en movimiento todo un mecanismo administrativo y de los zemstvos. Y a ese mecanismo, incluso con todo el deseo de las personas que detentan el poder, le es difícil, casi imposible, pasarse sin la ayuda múltiple de esos odiosos «terceras personas», los intelectuales, que aspiran a levantar «ruido». Por otro lado, el vínculo de la hambruna con la mala cosecha y el abatimiento del campesino —que no tiene conciencia (o la tiene hasta el más sumo grado confusa) de que sólo la creciente opresión del capital, en relación con la política de saqueo del gobierno y de los terratenientes, lo ha llevado a tal ruina— hacen que los hambrientos se sientan completamente desamparados y no manifiesten no ya una «exigencia» excesiva, sino absolutamente ninguna.

Y cuanto más bajo es en la clase oprimida el nivel de conciencia de su opresión y de exigencia frente a los opresores, tanto más aparecen entre las clases poseedoras personas inclinadas a la filantropía, y tanto menor es comparativamente la resistencia a esta filantropía por parte de los terratenientes locales directamente interesados en la miseria del campesino. Si se toma en consideración este hecho indudable, resultará que el aumento de la resistencia terrateniente, el aumento de los gritos sobre la «desmoralización» del mujik y, por último, la adopción por el gobierno, «aleccionado» en ese espíritu, de medidas puramente bélicas contra los hambrientos y contra los filántropos, todo esto atestigua claramente la completa decadencia y descomposición de aquel ancestral, patriarcal modo de vida campesina, santificado por los siglos y supuestamente inquebrantable, del que se entusiasmaban los más furibundos eslavófilos, los reaccionarios más conscientes y los más ingenuos «populistas» de viejo cuño. A nosotros, los socialdemócratas, nos han acusado siempre: los populistas, de que trasladamos artificialmente el concepto de lucha de clases a un terreno donde no es en absoluto aplicable; los reaccionarios, de que encendemos el odio de clase y azuzamos a «una parte de la población contra otra». Sin repetir las docenas de veces que ya hemos respondido a estas acusaciones, notemos tan sólo que el gobierno ruso va por delante de todos nosotros en la apreciación de la profundidad de la lucha de clases y en la energía de las medidas que de tal apreciación se derivan. Todo aquel que haya tenido contacto de un modo u otro con el público que se dirigía en los años de hambre a «alimentar» a los campesinos —¿y quién de nosotros no ha tenido contacto?— sabe que a ese público lo movía un simple sentimiento de compasión humana y de piedad, que cualesquiera planes «políticos» le eran completamente ajenos, que la propaganda de las ideas de la lucha de clases dejaba a ese público completamente frío, que los argumentos de los marxistas en su ardorosa guerra con las concepciones populistas de la aldea no convencían a ese público. ¡Qué tiene que ver la lucha de clases! —decían—. Simplemente los campesinos pasan hambre, y hay que ayudarlos.

Pero a quienes no convencieron los argumentos de los marxistas, quizás los convenzan los «argumentos» del señor ministro del Interior. No, no «simplemente pasan hambre» —anuncia él a los filántropos—, y sin permiso de las autoridades no se puede «simplemente» ayudar, porque eso desarrolla la desmoralización y una exigencia injustificada. Entrometerse en la campaña de abastecimiento significa entrometerse en los designios divinos y policíacos que aseguran a los señores terratenientes obreros dispuestos a trabajar casi gratis, y al erario el ingreso de los impuestos recaudados a golpes. Y quien reflexione con atención sobre la circular de Sipiaguin, tendrá que decirse: sí, en nuestra aldea se desarrolla una guerra social, y, como en toda guerra, no hay por qué negar el derecho de las partes beligerantes a inspeccionar la carga de las naves que se dirigen a los puertos enemigos, aunque sea bajo bandera neutral. La diferencia con otras guerras es sólo que aquí una de las partes, obligada a trabajar siempre y a pasar hambre siempre, ni siquiera combate en absoluto, sino que tan sólo es combatida… por ahora.

En la esfera de la industria fabril, la existencia de esta guerra no está sujeta desde hace mucho a ninguna duda, y al filántropo «neutral» no le hace falta que con circulares le expliquen que, sin preguntar por el vado (es decir, sin el permiso de las autoridades y de los señores fabricantes), no hay que meterse en el agua. Ya en 1885, cuando no podía hablarse de una agitación socialista medianamente perceptible entre los obreros, incluso en la región central, donde los obreros están más cerca del campesinado que en la capital, la crisis industrial cargó de tal modo la atmósfera fabril de electricidad, que las explosiones se producían constantemente aquí y allá. La filantropía, en tal estado de cosas, está condenada de antemano a la impotencia, y por eso sigue siendo un asunto casual y puramente individual de unas u otras personas, sin adquirir ni sombra de significación social.

Señalemos otra particularidad en la actitud de la sociedad hacia las hambrunas. Hasta los últimos tiempos predominaba entre nosotros, puede decirse sin exageración, la opinión de que todo el régimen económico ruso, e incluso el estatal, se sostenía únicamente sobre la masa del campesinado que posee la tierra y cultiva la tierra de modo independiente. Hasta qué punto esta concepción penetraba incluso en los círculos avanzados de las gentes pensantes, menos inclinadas a caer en el anzuelo de la glorificación oficial, lo puso de relieve con particular nitidez el libro, que todos recuerdan, de Nikolai—on, aparecido después del hambre de 1891–1892{110}. La ruina de un enorme número de haciendas campesinas parecía a todos un absurdo tal, un salto tan imposible a la nada, que la necesidad de la más amplia ayuda, capaz de «curar realmente las heridas», se convirtió en consigna casi general. Y una vez más, no otro que el señor Sipiaguin se tomó el trabajo de disipar las últimas ilusiones. ¿En qué se sostiene «Rusia», de qué viven las clases agrícolas y comerciales e industriales, sino de la ruina y la miseria del pueblo? ¡Intentar no ya sobre el papel curar esa «herida»… eso es un crimen de Estado!

El señor Sipiaguin, indudablemente, contribuirá a difundir y consolidar la verdad de que, fuera de la lucha de clases del proletariado revolucionario contra todo el régimen capitalista, no hay ni puede haber otro medio ni contra el paro y las crisis, ni contra las formas asiáticamente salvajes y crueles de expropiación del pequeño productor que ha adoptado entre nosotros ese proceso. A los dueños del Estado capitalista les importan tan poco las víctimas masivas del hambre y de las crisis como a una locomotora le importan poco aquellos a quienes aplasta a su paso. Los cadáveres frenan las ruedas, el tren se detiene, puede incluso (si el maquinista es demasiado enérgico) descarrilar, pero en todo caso prosigue, tras unas u otras demoras, su camino. Oís hablar de muerte por hambre y ruina de decenas y centenares de miles de pequeños agricultores, pero al mismo tiempo oís hablar de los progresos de la agricultura nacional, de la exitosa conquista de los mercados extranjeros por los terratenientes rusos que han enviado una expedición de agricultores rusos a Inglaterra, de la ampliación de la venta de aperos perfeccionados y la difusión de la siembra de pastos, etcétera. Para los dueños de la agricultura rusa (como para todos los dueños capitalistas) la intensificación de la ruina y de las hambrunas no es más que una pequeña demora pasajera a la que apenas prestan atención, si los hambrientos no obligan a que se les preste atención. Todo sigue su curso habitual… incluso la especulación con la venta de tierras por parte de los campesinos acomodados.

He aquí, por ejemplo, el distrito de Buguruslán de la provincia de Samara declarado «poco fiable en cuanto a la cosecha». Eso significa que la ruina de la masa campesina y la hambruna han alcanzado aquí el grado más alto. Pero la calamidad de la masa no sólo no impide, sino que casi parece favorecer la consolidación de la posición económica de la minoría burguesa del campesinado. He aquí lo que leemos sobre ese mismo distrito en una correspondencia de septiembre de *Rússkie Védomosti*{111} (n.º 244):

«Distrito de Buguruslán de la provincia de Samara. La comidilla del día es entre nosotros el crecimiento general y rápido de los precios de la tierra y la enorme especulación con ella provocada por ese crecimiento. Hace apenas 15 o 20 años, las magníficas tierras de los valles se vendían a 10–15 rublos la desiátina; había localidades alejadas del ferrocarril en las que apenas hace tres años el precio de 35 rublos por desiátina se consideraba alto y sólo por la mejor tierra, con una magnífica hacienda y mercado, se había pagado una vez 60 rublos por desiátina. Ahora, en cambio, por la peor tierra dan 50–60 rublos, y por las mejores el precio ha subido a 80 y hasta 100 rublos por desiátina. Las especulaciones provocadas por esta subida de los precios de la tierra son de dos tipos: primero, acaparamiento de tierra para revenderla de inmediato (hay casos de que la tierra se compró a 40 rublos y al año se revendió a los campesinos locales a 55 rublos); venden de ordinario los terratenientes a quienes o no les apetece o ya no les queda tiempo para andar con los engorros y formalidades de la venta de tierra a los campesinos por medio del Banco Campesino; compran comerciantes capitalistas y revenden a los mismos mujiks del lugar. Segundo, una multitud de diversos intermediarios se ocupa de endosar a campesinos de provincias lejanas (preferentemente de la Pequeña Rusia) toda clase de tierras inservibles, por lo cual reciben de los propietarios de las fincas buenos porcentajes (de 1 a 2 rublos por desiátina). De lo dicho se desprende ya que el principal objeto de la especulación con la tierra es el campesino, y sobre su sed de tierra se basa todo este inimaginable e inexplicable salto de los precios de la tierra por simples causas económicas; desde luego, han jugado un papel también los ferrocarriles, pero no tal, puesto que el principal comprador de tierra es entre nosotros el campesinado, para el cual el ferrocarril es un factor ni mucho menos primordial».

Esos tenaces «mujiks económicos», que tan ávidamente invierten sus «ahorros» (y sus rapiñas) en la compra de tierras, acabarán de rematar también a aquellos campesinos de pocos recursos que aún se hayan salvado de la actual hambruna.

Si para la sociedad burguesa el medio contra la ruina y el hambre de los campesinos desposeídos es la compra de tierra por los campesinos acomodados, el medio contra la crisis, contra la saturación del mercado de productos industriales, es la búsqueda de nuevos mercados. La prensa rastrera (*Nóvoe Vremia*, n.º 9188) se entusiasma con los éxitos del nuevo comercio con Persia; se discuten animadamente las perspectivas comerciales sobre Asia Central y especialmente sobre Manchuria. Los magnates de la siderurgia y otras industrias se frotan las manos de gusto al oír hablar de la animación de la construcción de ferrocarriles. Se ha decidido construir grandes líneas: Petersburgo–Viatka, Bológoe–Siedlce, Orenburgo–Tashkent; el gobierno ha garantizado empréstitos ferroviarios por 37 millones (para las sociedades de los ferrocarriles de Moscú–Kazán, Lódz y del Sudeste); se han proyectado las líneas: Moscú–Kyshtym, Kamyshin–Astracán y la del Mar Negro. Los campesinos hambrientos y los obreros sin trabajo pueden consolarse: los dineros del erario (si es que el erario consigue más dinero) no se gastarán, por supuesto, «improductivamente» (cf. la circular de Sipiaguin) en socorros; no, irán a parar a los bolsillos de los ingenieros y contratistas, como aquellos virtuosos del peculado que durante años y años robaron y robaron en Nizhni durante la construcción de la presa de Sórmovo y que sólo ahora han sido condenados (a título de excepción) por la sesión de la Sala Judicial de Moscú{112} en Nizhni Nóvgorod[145].

**III. El tercer elemento**

La expresión «tercer elemento» o «terceras personas» fue puesta en circulación, si no nos equivocamos, por el vicegobernador de Samara, señor Kondoidí, en su discurso de apertura de la asamblea provincial del zemstvo de Samara en 1900, para designar a las personas «que no pertenecen ni a la administración ni al número de los representantes de los estamentos». El crecimiento del número y de la influencia de esas personas que sirven en el zemstvo como médicos, técnicos, estadísticos, agrónomos, pedagogos, etc., llama desde hace tiempo la atención de nuestros reaccionarios, quienes han apodado también a esos odiosos «terceras personas» la «burocracia del zemstvo».

Hay que decir en general que nuestros reaccionarios —y entre ellos, por supuesto, toda la alta burocracia— manifiestan un buen olfato político. Están tan curtidos en toda clase de experiencia en la lucha contra la oposición, contra los «motines» populares, contra los sectarios, contra las insurrecciones, contra los revolucionarios, que se mantienen constantemente «alerta» y comprenden, mucho mejor que cualquier cándido simplón y «caballejo honrado», la incompatibilidad de la autocracia con cualquier género de independencia, honradez, firmeza de convicciones, orgullo del verdadero saber. Habiendo asimilado perfectamente el espíritu de bajeza servil y de actitud formulista hacia el trabajo que impera en toda la jerarquía de la burocracia rusa, miran con suspicacia a todo el que no se parezca al Akaki Akákievich gogoliano{113} o, empleando una comparación más moderna, al hombre enfundado{114}.

Y, en efecto: si las personas que desempeñan unas u otras funciones sociales van a ser valoradas no por su posición en el servicio, sino por sus conocimientos y sus méritos, ¿acaso ello no lleva lógicamente de modo inevitable a la libertad de opinión pública y de control público, que discute esos conocimientos y esos méritos? ¿Acaso no mina de raíz los privilegios de los estamentos y de los rangos, sobre los cuales únicamente se sostiene la Rusia autocrática? Escuchad cómo motivaba su descontento el mismo señor Kondoidí:

«Sucede —dice— que los representantes de los estamentos, sin fundamentos suficientemente comprobados, prestan oídos a la palabra de los intelectuales, aunque no sean más que simples empleados a sueldo de la junta, sólo por su invocación a la ciencia o a las enseñanzas de los escritores de periódicos y revistas». ¡Vaya! ¡Simples «empleados a sueldo» y se permiten enseñar a los «representantes de los estamentos»! Entre paréntesis: los vocales del zemstvo de quienes habla el señor vicegobernador son en realidad miembros de una institución sin estamentos; pero como entre nosotros todo y todos están impregnados de espíritu estamental, como también los zemstvos, según el nuevo reglamento, han perdido una gran parte de su carácter no estamental, para abreviar puede decirse realmente que en Rusia hay dos «clases» gobernantes: 1. la administración y 2. los representantes de los estamentos. Al tercer elemento no hay lugar en la monarquía estamental. Y si el díscolo desarrollo económico mina cada vez más los fundamentos estamentales con el propio crecimiento del capitalismo y suscita la necesidad de «intelectuales», cuyo número no cesa de aumentar, es inevitable esperar que el tercer elemento tratará de ensanchar los marcos estrechos para él.

«Los ensueños de las personas que no pertenecen ni a la administración ni a los representantes de los estamentos en el zemstvo —decía el mismo señor Kondoidí— tienen un carácter solamente fantástico, pero pueden, si en su base se admiten tendencias políticas, tener también un lado perjudicial».

La admisión de las «tendencias políticas» no es más que una expresión diplomática de la convicción de que existen. Y «ensueños» se denominan aquí, si se quiere, todas las suposiciones que se derivan para el médico de los intereses del ramo médico, para el estadístico de los intereses de la estadística, y que no tienen en cuenta los intereses de los estamentos gobernantes. De por sí esos ensueños son fantásticos, pero alimentan el descontento político, véase usted.

He aquí el intento de otro administrador, gobernador de una de las provincias centrales, de dar otra motivación del descontento contra el tercer elemento. Según sus palabras, la actividad del zemstvo de la provincia a su cargo «se aleja cada año más y más de aquellos principios básicos sobre los que se asienta el Reglamento de las instituciones de los zemstvos{115}». Por ese Reglamento, la población local está llamada a la gestión de los asuntos de los intereses y necesidades locales; sin embargo, a consecuencia de la actitud indiferente de la mayoría de los terratenientes hacia el derecho que les ha sido concedido, «las asambleas de los zemstvos han adoptado el carácter de una mera formalidad, y los asuntos los despachan las juntas, cuyo carácter deja mucho que desear». Esto «ha traído consigo la formación en las juntas de extensas oficinas y la invitación al servicio del zemstvo de especialistas —estadísticos, agrónomos, pedagogos, médicos sanitarios, etc.—, quienes, sintiendo su superioridad en instrucción, y a veces intelectual, sobre los hombres del zemstvo, han empezado a manifestar una independencia cada vez mayor, lo que se consigue especialmente mediante la apertura en la provincia de diversos congresos, y en las juntas de consejos. En resumidas cuentas, toda la economía de los zemstvos ha ido a parar a manos de personas que nada tienen de común con la población local». Aunque «entre esas personas hay muchas personalidades plenamente bien intencionadas y que merecen todo respeto, no pueden considerar su servicio sino como un medio de subsistencia, y los intereses y necesidades locales pueden interesarles sólo en la medida en que de ellos depende su bienestar personal». — «En el asunto del zemstvo, a juicio del gobernador de la provincia, el asalariado no puede sustituir al propietario». Esta motivación puede ser calificada de más astuta y de más franca, según como se mire. Es más astuta, porque silencia las tendencias políticas y trata de reducir los fundamentos de su juicio exclusivamente a los intereses de las necesidades e intereses locales. Es más franca, porque contrapone abiertamente el «asalariado» al propietario. Es el punto de vista ancestral de los Kit Kítyches rusos{116}, quienes al contratar a un «maestrillo» se guían ante todo y sobre todo por los precios de mercado de ese tipo de servicios profesionales. Los verdaderos amos de todo son los propietarios, así pregona el representante de ese mismo campo desde el que incesantemente se lanzan loas a Rusia con su poder firme, independiente de todos y por encima de las clases, libre, gracias a Dios, de ese dominio de los intereses egoístas sobre la vida popular que vemos en los países corruptos de Occidente por el parlamentarismo. Y si el propietario es el amo, entonces debe ser amo también del ramo médico, del estadístico y del educativo: nuestro pompadour no se avergüenza de sacar esta conclusión que encierra el reconocimiento directo de la hegemonía política de las clases poseedoras. Es más: no se avergüenza —y esto es en particular curioso— de reconocer que esos «especialistas» sienten su superioridad en instrucción, y a veces intelectual, sobre los hombres del zemstvo. Pues sí, contra la superioridad intelectual, por supuesto, no hay más medios que las medidas de rigor…

Y he aquí que no hace mucho se presentó a nuestra prensa reaccionaria una ocasión particularmente propicia para reiterar el llamamiento a esas medidas de rigor. La renuencia de los intelectuales a dejarse tratar como simples asalariados, como vendedores de fuerza de trabajo (y no como ciudadanos que desempeñan determinadas funciones públicas), ha conducido siempre, de tiempo en tiempo, a conflictos de los caciques de las juntas ya con los médicos, que presentaban colectivamente la dimisión, ya con los técnicos, etc. Pero en los últimos tiempos los conflictos de las juntas con los estadísticos han adquirido un carácter directamente epidémico.

En *Iskra* se señaló ya en mayo (n.º 4) que las autoridades locales (en Yaroslavl) miraban de reojo desde hacía tiempo a la estadística y después de los acontecimientos de marzo en San Petersburgo procedieron a la «limpieza» del buró y propusieron al director que «en lo sucesivo aceptara a los estudiantes con una selección rigurosa, de modo que no se pudiera ni pensar que pudieran resultar alguna vez poco fiables». En la correspondencia «Sedición en Vladímir del Kliazma» (*Iskra*, n.º 5, junio) se describía la situación general de la estadística bajo sospecha y las causas de la inquina hacia ella por parte del gobernador, los fabricantes y los terratenientes. El despido de los estadísticos de Vladímir por haber enviado un telegrama expresando simpatía a Annenski (golpeado en la plaza de Kazán el 4 de marzo) condujo al cierre de hecho del buró, y como los estadísticos de otras ciudades se negaban a servir en un zemstvo que no sabía defender los intereses de sus empleados, la gendarmería local tuvo que actuar como intermediaria entre los estadísticos despedidos y el gobernador. «El gendarme se presentó en las viviendas de algunos estadísticos y les propuso que presentaran de nuevo la solicitud de ingreso en el servicio del buró», pero su misión sufrió un completo fracaso. Por último, en el número de agosto (n.º 7) de *Iskra* se narró el «incidente en el zemstvo de Ekaterinoslav», donde el «bajá» señor Rodzianko (presidente de la junta provincial del zemstvo) despidió a los estadísticos por no cumplir la «orden» de llevar un diario, y con este despido provocó la dimisión de todos los demás miembros del buró y cartas de protesta de los estadísticos de Járkov (reproducidas en el mismo número de *Iskra*). Cuanto más se interna uno en el bosque, más leña. Intervino el bajá de Járkov, señor Gordéenko (también presidente de la junta provincial del zemstvo) y declaró a los estadísticos de «su» zemstvo que no toleraría «dentro de los muros de la junta ninguna reunión de empleados sobre cuestiones que no atañan a sus obligaciones de servicio». No hubieron acabado los estadísticos de Járkov de cumplir su propósito de exigir el despido del espía que se encontraba entre ellos (Antonóvich), cuando la junta despidió al director del buró de estadística, provocando con ello una vez más la marcha de todos los estadísticos.

Hasta qué punto agitaron estos sucesos a toda la masa de los empleados de estadística de los zemstvos se ve, por ejemplo, por la carta de los estadísticos de Viatka, que intentaron motivar circunstanciadamente su deseo de no adherirse al movimiento, y por ello fueron con justicia llamados en *Iskra* (n.º 9) «rompehuelgas de Viatka».

Pero *Iskra*, naturalmente, señaló sólo algunos casos, ni mucho menos todos los conflictos que, según las noticias de los periódicos legales, se produjeron además en las provincias de Petersburgo, Olónets, Nizhni Nóvgorod, Táurida, Samara (a los conflictos añadimos aquí también los casos de despido de varios estadísticos de golpe, ya que estos casos provocaban fuerte descontento y efervescencia). Hasta qué punto llegaba en general la suspicacia de las autoridades provinciales y su desvergüenza se ve, por ejemplo, por lo siguiente:

«El director del buró de Táurida, S. M. Bléklov, en la “Memoria sobre la investigación del distrito de Dniéper durante mayo y junio de 1901” presentada a la junta, relata que los trabajos en ese distrito estuvieron acompañados de condiciones sin precedentes: aunque admitidos al desempeño de sus obligaciones por el gobernador, provistos de los documentos correspondientes y con derecho, basándose en la disposición de la autoridad provincial, a la cooperación de las autoridades locales, los investigadores se vieron rodeados de la extrema suspicacia de la policía distrital, que los seguía paso a paso y expresaba su desconfianza en las formas más groseras, llegando al extremo de que, según palabras de un campesino, detrás de los estadísticos iba el uradnik y preguntaba a los campesinos “si los estadísticos no propagan ideas nocivas contra el Estado y la patria”. Los estadísticos, según palabras del señor Bléklov, tenían que “tropezar con diversos obstáculos y dificultades que no sólo estorbaban el trabajo, sino que herían profundamente los sentimientos de la propia dignidad… A menudo los estadísticos se hallaban en la situación de una especie de personas sometidas a investigación, sobre las cuales se practicaba una indagatoria secreta, por cierto bien conocida de todos, y respecto a la cual se consideraba necesario advertir. De aquí puede comprender cada cual qué estado moral insoportablemente penoso tenían que vivir con frecuencia”».

¡No está mal como ilustración de la historia de los conflictos de los zemstvos con los estadísticos y para caracterizar la vigilancia sobre el «tercer elemento» en general!

No es de extrañar que la prensa reaccionaria se haya lanzado sobre los nuevos «amotinados». *Moskóvskie Védomosti* insertó un tronante editorial: «La huelga de los estadísticos de los zemstvos» (n.º 263, 24 de sept.) y un artículo especial «El tercer elemento» del señor N. A. Znamenski (n.º 279, 10 de oct.). «El tercer elemento» «se ha insolentado» —escribía el periódico— y responde con una «oposición sistemática y la huelga» a los intentos de introducir «la necesaria disciplina de servicio». La culpa de todo la tienen los liberales de los zemstvos, que han consentido a los empleados.

«No hay la menor duda de que cierta regularización de los trabajos de valoración estadística de los zemstvos ha sido emprendida por los hombres más sensatos y razonables de los zemstvos, que no han querido tolerar por más tiempo el relajamiento en las dependencias a su cargo bajo la bandera liberal-opositora. Tanto la oposición como las huelgas deben, por fin, abrirles los ojos sobre quiénes son aquellos con quienes tienen que habérselas en la persona de ese proletariado intelectual que, vagando de una provincia a otra, se ocupaba no tanto de investigaciones estadísticas cuanto de ilustrar a los adolescentes locales en el espíritu socialdemócrata.

En todo caso, en la forma de los “conflictos de los estadísticos de los zemstvos”, la parte sensata de los hombres de los zemstvos recibe para sí una lección útil. Creemos que ella verá ahora con toda claridad qué serpiente, bajo la apariencia del “tercer elemento”, han calentado en su seno las instituciones de los zemstvos»[146].

Por nuestra parte, tampoco dudamos de que esos clamores y aullidos del fiel perro guardián de la autocracia (se sabe que así se llamó a sí mismo «don» Katkov, que supo «cargar» por tanto tiempo a *Moskóvskie Védomosti* con su espíritu) «abrirán los ojos» a muchos que aún no comprendían del todo toda la incompatibilidad de la autocracia con los intereses del desarrollo social, con los intereses de la intelectualidad en general, con los intereses de toda verdadera causa pública que no consista en el peculado y la traición.

Para nosotros, los socialdemócratas, este pequeño cuadro de la campaña contra el «tercer elemento» y de los «conflictos de los estadísticos de los zemstvos» debe servirnos de importante lección. Debemos sacar nueva fe en la omnipotencia del movimiento obrero dirigido por nosotros, viendo cómo la agitación en la clase revolucionaria de vanguardia se transmite también a otras clases y capas de la sociedad; cómo ha conducido ya no sólo a un auge sin precedentes del espíritu revolucionario entre los estudiantes[147], sino también al inicio del despertar de la aldea y al aumento de la confianza en sí mismos y de la disposición a la lucha en grupos sociales que (como grupos) se habían mostrado hasta ahora poco sensibles.

La excitación social crece en Rusia en todo el pueblo, en todas sus clases, y nuestro deber, el deber de los socialdemócratas revolucionarios, es dirigir todos los esfuerzos a saber aprovecharla, a explicar a la intelectualidad obrera de vanguardia qué aliado tiene en el campesinado, en los estudiantes y en la intelectualidad en general, a enseñarla a aprovechar los destellos de protesta social que brotan aquí y allá. Sólo podremos cumplir el papel de luchador de vanguardia por la libertad cuando la clase obrera, dirigida por un partido revolucionario de combate, sin olvidar ni un minuto su posición particular en la sociedad moderna y su particular misión histórico-universal de liberar a la humanidad de la esclavitud económica, levante al mismo tiempo la bandera de todo el pueblo en la lucha por la libertad y atraiga bajo esa bandera a todos aquellos a quienes ahora los señores Sipiaguin, Kondoidí y toda esa pandilla empujan con tanto celo a las filas de los descontentos de las más diversas capas de la sociedad.

Para ello sólo hace falta que incorporemos a nuestro movimiento no sólo la inflexible teoría revolucionaria elaborada por el desarrollo secular del pensamiento europeo, sino también la energía revolucionaria y la experiencia revolucionaria legadas por nuestros predecesores de Europa occidental y de Rusia, y no copiemos servilmente toda clase de formas de oportunismo de las que empiezan ya a desprenderse nuestros camaradas occidentales, que han sufrido relativamente poco por ellas, y que tan fuertemente retrasan nuestro camino hacia la victoria.

Ante el proletariado ruso se alza ahora la más difícil, pero también la más fecunda tarea revolucionaria: aplastar al enemigo que no pudo abatir la sufrida intelectualidad rusa y ocupar un puesto en las filas del ejército internacional del socialismo.

**IV. Dos discursos de mariscales de la nobleza**

«Un hecho tristemente significativo, sin precedentes hasta hoy, y muchas desgracias sin precedentes presagian a Rusia tales hechos, posibles sólo cuando está ya muy avanzada nuestra desmoralización social…» Así escribía *Moskóvskie Védomosti* en el editorial del n.º 268 (29 de sept.) a propósito del discurso del mariscal provincial de la nobleza de Oriol, M. A. Stajóvich, en el congreso de misiones de Oriol (congreso que terminó el 24 de septiembre)… Pues bien, si ya en el seno de los mariscales de la nobleza, esas primeras personas en el distrito y segundas en la provincia, ha penetrado la «desmoralización social», ¿dónde está realmente el fin de la «úlcera moral espiritual que abarca a Rusia»?

¿De qué se trata? Pues de que ese señor Stajóvich (el mismo que quiso ofrecer a los nobles de Oriol plazas de recaudadores del monopolio de las bebidas alcohólicas: véase n.º 1 de *Zariá*, «Notas sueltas»[148]) pronunció un encendido discurso en defensa de la libertad de conciencia, llegando «en su falta de tacto, por no decir cinismo, hasta presentar la siguiente propuesta»[149]:

«A nadie en Rusia incumbe más que al congreso de misiones el deber de proclamar la necesidad de la libertad de conciencia, la necesidad de abolir toda pena criminal por la apostasía de la ortodoxia y por la adopción y confesión de otra fe. ¡Y propongo al congreso de misiones de Oriol que se pronuncie así abiertamente y que promueva esta solicitud por el conducto adecuado!…»

Por supuesto, tan ingenuo era por parte de *Moskóvskie Védomosti* convertir al señor Stajóvich en un Robespierre (¡este M. A. Stajóvich, tan vital y alegre, a quien conozco desde hace tanto, un Robespierre! —escribía en *Nóvoe Vremia* el señor Súvorin—, y era difícil leer sin risa su discurso «de defensa»), como ingenuo fue en su género el señor Stajóvich al proponer a los curas que solicitaran «por el conducto adecuado» la libertad de conciencia. ¡Es como si en un congreso de comisarios de policía rural se propusiera pedir la libertad política!

Apenas hay necesidad de añadir al lector que «la pléyade del clero con el archipastor a la cabeza» rechazó la propuesta del señor Stajóvich «tanto por el fondo de la ponencia como por no corresponder a las tareas del congreso local de misiones», después de escuchar «serias objeciones» de parte del eminentísimo obispo de Oriol, Nikanor, del profesor de la Academia Teológica de Kazán, N. I. Ivanovski, del redactor-editor de la revista *Misionérskoe Obozrénie*{117}, V. M. Skvortsov, de los misioneros-sacerdotes tales y cuales y de los candidatos de la universidad V. A. Ternávtsev y M. A. Novosiólov. ¡Se puede decir: la alianza de la «ciencia» y la Iglesia!

Pero el señor Stajóvich nos interesa, por supuesto, no como modelo de persona con un pensamiento político claro y consecuente, sino como modelo del más «vital» caballerito ruso, siempre dispuesto a apañar un pedacito del pastel del erario. ¡Y hasta qué grado ilimitado debe llegar la «desmoralización» que introducen en la vida rusa en general, y en la vida de nuestra aldea en particular, la arbitrariedad policíaca y la persecución inquisitorial del sectarismo, para que incluso las piedras clamen! ¡Para que los mariscales de la nobleza hablen con ardor de la libertad de conciencia!

He aquí del discurso del señor Stajóvich pequeños ejemplos de esos procedimientos y de esos fenómenos monstruosos que indignan por fin hasta a los más «vitales».

«Tomen ahora mismo —dice el orador— el libro de consulta sobre las leyes que hay en la biblioteca de la hermandad misionera, y leerán que el mismo artículo 783, tomo II, parte I, entre las preocupaciones del comisario de policía rural sobre la extirpación de los duelos, los pasquines, la embriaguez, la caza ilegal, la mezcla de sexos en los baños comerciales, le encarga la vigilancia sobre las disputas contra los dogmas de la fe ortodoxa y la seducción de los ortodoxos hacia otra fe o el cisma». Y, en efecto, existe tal artículo de la ley, que impone al comisario, además de las enumeradas por el orador, muchas otras obligaciones del mismo jaez. Para la mayoría de los habitantes de las ciudades, este artículo seguramente parecerá una simple curiosidad, como lo llamó también el señor Stajóvich. Pero para el mujik, detrás de esa curiosidad se oculta un *bitterer Ernst*, una verdad amarga sobre los desmanes de la baja policía, que recuerda demasiado firmemente que Dios está en lo alto y el zar lejos.

He aquí ejemplos concretos, que reproducimos junto con la refutación oficial del «presidente del consejo de la hermandad ortodoxa de Pedro y Pablo de Oriol y del congreso de misiones diocesano de Oriol, arcipreste Piotr Rozhdéstvenski» (*Moskóvskie Védomosti*, n.º 269, del *Orlovski Véstnik*{118}, n.º 257):

«a) En la ponencia (del señor Stajóvich) se dice de una aldea del distrito de Trubchevsk:

“Con el consentimiento y conocimiento del sacerdote y de las autoridades, encerraron a los sospechosos de ser stundistas en la iglesia, trajeron una mesa, la cubrieron con un mantel limpio, pusieron un icono y empezaron a sacarlos uno por uno. —¡Da culto a la imagen!

—No quiero dar culto a los ídolos… —¡Ah! ¡Azotadlo ahí mismo! Los más flojos, después del primer golpe, volvían a la ortodoxia. Pero los hay que aguantaban hasta 4 veces”.

Sin embargo, según los datos oficiales impresos en el informe de la hermandad ortodoxa de Pedro y Pablo de Oriol ya en 1896, y según la comunicación verbal del sacerdote D. Perevérzev en el congreso, la descrita represalia de la población ortodoxa contra los sectarios de la aldea de Liubets, distrito de Trubchevsk, se produjo por acuerdo de la asamblea rural y en algún lugar del pueblo, pero de ninguna manera con el consentimiento del entonces sacerdote local ni mucho menos en la iglesia; y este lamentable incidente tuvo lugar hace 18 o 19 años, cuando de misión en la diócesis de Oriol no había ni memoria».

*Moskóvskie Védomosti*, al reproducir esto, dice que el señor Stajóvich en su discurso adujo sólo dos hechos. Puede ser. ¡Pero vaya hechos! La refutación, basada en «datos oficiales» (¡del comisario!) del informe de la hermandad ortodoxa, no hace más que corroborar toda la fuerza de las monstruosidades que indignaron incluso a un noble tan vital. Si la flagelación ocurrió en la iglesia o «en algún lugar del pueblo», si hace medio año o 18 años, eso no cambia en nada el asunto (salvo, por supuesto, en una cosa: es bien sabido que en los últimos tiempos las persecuciones a los sectarios se han vuelto aún más bestiales, ¡y la formación de las misiones tiene una relación directa con ello!). Y en cuanto a que el sacerdote local pudiera mantenerse al margen de esos inquisidores en chaqueta, mejor sería, señor arcipreste, no decirlo en la prensa[150]. ¡Provocará risas! Claro que el «sacerdote local» no dio su «consentimiento» para un tormento criminalmente punible, exactamente igual que la Santa Inquisición jamás castigó por sí misma, sino que entregaba en manos del poder secular, y jamás derramó sangre, sino que sólo entregaba a la hoguera.

Segundo hecho:

«b) En la ponencia se dice:

“Sólo entonces no se le irá de la lengua al misionero-sacerdote esa respuesta que también aquí hemos oído: —Usted dice, padrecito, que al principio eran 40 familias, y ahora quedan 4. ¿Qué fue de las demás? —Por la gracia de Dios, desterradas al Cáucaso y a Siberia”.

En realidad, en la aldea Glybochka, distrito de Trubchevsk, de la que en este caso se trata, según los informes de la hermandad, en 1898 no había 40 familias de stundistas, sino 40 almas de ambos sexos, incluyendo entre ellas 21 niños; y fueron desterrados al Cáucaso, por decisión del tribunal de circuito, en ese mismo año, sólo 7 personas, por haber seducido a otras personas hacia la stunda. En cuanto a la frase del sacerdote local: “por la gracia de Dios desterrados”, la soltó casualmente en la sesión a puerta cerrada del congreso, en un intercambio de opiniones distendido entre los miembros del mismo, tanto más cuanto que dicho sacerdote es conocido de todos de antes y se reveló en el congreso como uno de los más dignos pastores-misioneros».

¡Esta refutación es ya del todo inigualable! ¡La soltó casualmente en un intercambio de opiniones distendido! Eso es lo interesante, porque todos sabemos demasiado bien qué valor tienen las palabras de las personas oficiales, dichas oficialmente. Y si el padrecito que dijo esas palabras «del alma» es «uno de los más dignos pastores-misioneros», tanto más significación tienen. «Por la gracia de Dios desterrados al Cáucaso y a Siberia»: estas magníficas palabras deben hacerse no menos célebres en su género que la defensa que hizo el metropolitano Filareto de la servidumbre basándose en las Sagradas Escrituras.

A propósito, ya que hemos recordado a Filareto, sería injusto pasar en silencio la carta publicada en la revista *Vera i Razum*{119} de 1901[151] de un «liberal docto» al eminentísimo Amvrosi, arzobispo de Járkov. El autor firmó: «ciudadano de honor de antiguos eclesiásticos Ieronim Preobrazhenski», y el mote de «¡liberal docto (!)» se lo endilgó la propia redacción, asustada, sin duda, del «abismo de la sabiduría». Nos limitaremos a reproducir algunos pasajes de esta carta, que nos muestra una y otra vez que el pensamiento político y la protesta política penetran por vías invisibles en círculos inconmensurablemente más amplios de lo que a veces parece.

«Soy ya un viejo, ando cerca de los 60 años; en mi vida me ha tocado observar no pocas desviaciones del cumplimiento de los deberes eclesiásticos, y en conciencia digo que en todos los casos la causa fue nuestro clero. En cuanto a los “últimos acontecimientos”, hay que dar incluso fervientes gracias a nuestro clero actual: está abriendo los ojos a muchos. Ahora no ya los escribanos de los volosts, sino viejos y jóvenes, instruidos, de poca instrucción y que apenas leen, todos se afanan hoy por leer al gran escritor de la tierra rusa. A precio caro consiguen sus obras (la edición extranjera de la “Palabra Libre”{120}, que circula libremente entre el pueblo en todos los países del mundo, excepto Rusia), las leen, las discuten, y las conclusiones, por supuesto, no son en favor del clero. La masa de la gente empieza ya a comprender dónde está la mentira y dónde la verdad, y ve que nuestro clero dice una cosa y hace otra, y en sus palabras a menudo se contradice a sí mismo. Mucha verdad podría decirse, pero con el clero no se puede hablar con franqueza, él, acto seguido, no dejará de denunciar para que castiguen y ejecuten… Y es que Cristo atraía no con la fuerza y el suplicio, sino con la verdad y el amor…

…En la conclusión de su discurso escribe usted: “tenemos una gran fuerza para la lucha: el poder autocrático de nuestros piadosísimos soberanos”. Otra vez falsificaciones y otra vez no le creemos a usted. Aunque ustedes, el clero ilustrado, se esfuerzan en asegurarnos que “están entregados al poder autocrático desde los pechos de la madre” (del discurso del actual vicario en su consagración como obispo), nosotros, los no ilustrados, no creemos que un niño de un año (aunque fuera futuro obispo) discurriera ya sobre la forma de gobierno y diera la preferencia a la autocracia. Después del frustrado intento del patriarca Nikon de hacer en Rusia el papel de los papas romanos, que en Occidente aunaban el poder espiritual con la hegemonía temporal, nuestra Iglesia, en la persona de sus más altos representantes —los metropolitanos— se sometió por entero y para siempre al poder de los soberanos, y a veces despóticamente, como ocurrió con Pedro el Grande, quien le dictaba sus ukases. (La presión de Pedro el Grande sobre el clero en el asunto de la condena del zarevich Alexéi.) En el siglo XIX vemos ya una plena armonía del poder temporal y el eclesiástico en Rusia. En la dura época de Nicolás I, cuando la autoconciencia social que despertaba, bajo la influencia de los grandes movimientos sociales en Occidente, sacó también entre nosotros a luchadores aislados contra la indignante esclavización del pueblo simple, nuestra Iglesia permaneció por completo indiferente a sus sufrimientos y, desoyendo el gran testamento de Cristo sobre la fraternidad de los hombres y la misericordia hacia los prójimos, ni una sola voz surgió de entre el clero en defensa del pueblo desvalido contra la dura arbitrariedad terrateniente, y ello sólo porque el gobierno no se decidía aún a poner mano sobre la servidumbre, cuya existencia justificaba Filareto de Moscú abiertamente con textos de la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento. Pero he aquí que estalló el trueno: Rusia fue derrotada y políticamente humillada en Sebastopol. El desastre puso claramente al descubierto todas las fallas de nuestro régimen anterior a las reformas, y, ante todo, el joven y humanitario soberano (que debía la educación de su espíritu y su voluntad al poeta Zhukovski) rompió las cadenas seculares de la esclavitud, y, por una ironía cruel del destino, el texto del gran acto del 19 de febrero fue dado a revisar desde el punto de vista cristiano al mismo Filareto, quien, evidentemente, se apresuró a cambiar, de acuerdo con el espíritu de los tiempos, sus puntos de vista sobre la servidumbre. La época de las grandes reformas no pasó sin dejar huella tampoco para nuestro clero, suscitando en su seno, con Makari (más tarde metropolitano), la fecunda labor de reestructuración de nuestras instituciones eclesiásticas, donde él abrió también, aunque pequeña, una ventana al dominio de la publicidad y de la luz. La reacción sobrevenida después del 1 de marzo de 1881 trajo consigo también al clero el correspondiente elemento de agentes al gusto de Pobedonóstsev y Katkov, y en el momento en que los hombres avanzados del país en los zemstvos y en la sociedad presentan peticiones para la abolición de los restos de los castigos corporales, la Iglesia calla, sin articular una sola palabra de condena contra los defensores de la vara, ese instrumento de indignante humillación del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. En vista de todo lo dicho, ¿será injusto suponer que todo nuestro clero, en la persona de sus representantes, si cambiara el régimen desde arriba, loaría con el mismo entusiasmo al soberano constitucional con que loa ahora al soberano autocrático? De manera que, ¿para qué la hipocresía? Pues la fuerza no está en la autocracia, sino en el monarca. Pedro I también fue un autócrata dado por Dios, sin embargo el clero hasta hoy no lo mira con mucho favor; y Pedro III fue también un autócrata que se proponía tonsurar y educar a nuestro clero; lástima que no lo dejaran reinar un par de años más. Pues si el actual soberano autócrata Nicolás II se dignara expresar su benevolencia al gloriosísimo Lev Nikoláievich, ¿dónde irían a esconderse ustedes con sus intrigas, miedos y amenazas?

En vano aduce usted el texto de las oraciones que el clero eleva por el zar: ese conjunto de palabras, en una jerigonza incomprensible, a nadie convence de nada. La autocracia lo es todo entre nosotros: ordenen y escribirán oraciones tres veces más largas y más expresivas».

El segundo discurso de mariscal de la nobleza, por cuanto sabemos, no llegó a nuestra prensa. Nos lo envió un corresponsal desconocido para la redacción, ya en agosto, en forma hectografiada, con una inscripción a lápiz: «Discurso de uno de los mariscales distritales de la nobleza en una reunión privada de mariscales con motivo de los asuntos estudiantiles». Reproducimos íntegro este discurso:

«Debido a la brevedad del tiempo, expresaré mis consideraciones acerca de nuestra reunión de mariscales de la nobleza en forma de tesis:

Las causas que condicionan los actuales desórdenes son aproximadamente conocidas: obedecen, en primer lugar, al desbarajuste general instaurado en todo el régimen estatal, a la administración oligárquica de la corporación de funcionarios, es decir, a la dictadura de la burocracia.

Ese desbarajuste de la dictadura burocrática gubernamental se manifiesta en toda la sociedad rusa, de arriba abajo, como un descontento general, que se exterioriza bajo la forma de un politicismo general, pero no un politicismo pasajero, superficial, sino profundo, crónico.

Ese politicismo, como enfermedad general de toda la sociedad, se refleja en todas sus manifestaciones, funciones e instituciones; por eso se refleja necesariamente también en los centros de enseñanza, con su población más joven y, por tanto, más receptiva, que se halla bajo el mismo régimen opresor de la dictadura burocrática.

Reconociendo la raíz del mal de los desórdenes estudiantiles en el desbarajuste general del Estado y en el malestar general suscitado por ese desbarajuste, no obstante —y tanto en vista del sentimiento inmediato como de la necesidad de frenar el desarrollo del mal local—, es imposible no prestar atención a esos desórdenes y no intentar, aunque sea desde ese lado, atenuar la manifestación terriblemente destructiva del mal general, del mismo modo como, en el estado enfermizo general de todo el organismo, teniendo en cuenta su curación lenta y radical, se adoptan medidas rápidas para sofocar las complicaciones locales, agudas y destructivas de esa enfermedad.

En los centros de enseñanza media y superior, el mal del régimen burocrático se expresa principalmente en la sustitución del desarrollo y la educación humana (juvenil) por el amaestramiento burocrático, unido a la supresión sistemática de la personalidad humana y de su dignidad.

La desconfianza, la indignación y el encono contra las autoridades y los preceptores que todo eso despierta entre la juventud, se trasladan de los gimnasios a las universidades, donde, por desgracia, en la situación actual de las universidades, la juventud tropieza con el mismo mal, con la misma supresión de la personalidad humana y de su dignidad.

En una palabra, la juventud se encuentra en las universidades no con el templo de la ciencia, sino con una fábrica que elabora, de la masa estudiantil despersonalizada, la mercancía burocrática que el Estado necesita.

Esa supresión del rostro humano (al convertir al estudiantado en una masa indiferenciada y maleable), manifestándose como una presión sistemática y crónica, como una persecución de todo lo personal y digno, y a menudo como una violencia brutal, ha servido de base a todas las agitaciones estudiantiles, que duran ya varias decenas de años y amenazan, intensificándose cada vez más, con prolongarse también en el futuro, llevándose consigo las mejores fuerzas de la juventud rusa.

Todo esto lo sabemos, pero ¿cómo actuar en la situación actual? ¿Cómo ayudar a la grave situación del día presente, con toda su saña, con toda su desgracia y dolor? ¿Abandonarlo, sin intentar nada? ¿Dejar sin ayuda alguna a nuestra juventud, a merced del destino, de la burocracia y de la policía, y lavándonos las manos marcharnos? En eso consiste, según mi opinión, la principal cuestión: ¿cómo ayudar a la manifestación aguda actual de la enfermedad, reconociendo su carácter general?

Nuestra sesión me ha recordado a una multitud de bienintencionados que penetraran en una taiga salvaje con el propósito de desbrozarla y se detuvieran en el más completo desconcierto ante la enormidad de un trabajo común superior a sus fuerzas, en lugar de concentrarse en un solo punto.

El profesor K. T. nos ha presentado un brillante cuadro general de la situación actual y presente de la universidad y del estudiantado, señalando la influencia, en medio del estudiantado desquiciado, de diversas nocivas influencias externas, no sólo políticas, sino incluso policíacas; pero todo eso nos era más o menos conocido ya antes, aunque no con tanta claridad.

Como única medida posible, nos ha señalado la demolición radical de todo el régimen actual de todos los centros de enseñanza en general y su sustitución por otro nuevo, mejor; pero al hacerlo, el profesor ha observado que esta empresa requerirá probablemente un tiempo muy prolongado; y si se toma en consideración que todo régimen parcial en el Estado ruso, como en cualquier otro, está orgánicamente vinculado al régimen general, a ese tiempo no se le verá quizás fin.

¿Qué hacer, pues, ahora para atenuar al menos el dolor insoportable que causa la enfermedad en el presente? ¿Qué paliativo? ¿Acaso los paliativos, que calman temporalmente al enfermo, no se reconocen a menudo como necesarios? Pero a esta pregunta no hemos respondido; y, en vez de una respuesta, en relación con la juventud estudiosa en general, se proferían unos —diré— juicios imprecisos y vacilantes, que oscurecían todavía más la cuestión; esos juicios son difíciles de reconstruir en la memoria, pero lo intentaré.

Se habló de las cursillistas: que les hemos ofrecido cursos y conferencias, ¿y cómo nos lo agradecen? ¡con su participación en los desórdenes estudiantiles!

Si se tratara de ramos de flores o de valiosos adornos que hubiéramos ofrecido al bello sexo, tal reproche sería comprensible; pero la organización de los cursos femeninos no es una galantería, sino la satisfacción de una necesidad social; de modo que los cursos femeninos no son un capricho, sino centros de enseñanza superior tan necesarios para la sociedad como las universidades, etc., para el desarrollo superior de la juventud, sin distinción de sexo; y por tanto, entre los centros de enseñanza femeninos y masculinos hay una plena solidaridad, tanto social como de compañerismo.

Esa solidaridad explica plenamente, en mi opinión, el que la agitación de la juventud afecte también a las alumnas de los centros femeninos; se agita la juventud estudiosa en general, cualesquiera que sean los trajes, masculinos o femeninos, que lleve.

Luego se volvió de nuevo a las agitaciones estudiantiles y se dijo que no se debe hacer concesiones a los estudiantes, que sus desmanes hay que reprimirlos por la fuerza; a esto, en mi opinión, se objetó con plena razón que, aunque sean desmanes, no son en ningún caso casuales, sino crónicos, condicionados por causas profundas, y que por tanto no cederán únicamente a la acción de las medidas punitivas, como nos demuestra la experiencia del pasado. Según mi opinión personal, es todavía una gran cuestión de qué lado está el mayor desmán en todos esos desmanes escandalosos que agitan y arruinan nuestros centros de enseñanza; yo no creo a los comunicados gubernamentales.

Pero el caso es que en nuestro país a la otra parte no se la escucha, y ni siquiera se la puede escuchar; tiene la boca tapada (pero no se confirmó del todo la justeza de mis palabras, a saber, que la administración miente en sus comunicados y que todo el desmán procede principalmente de su parte, de su desmán en la intervención).

Se señaló la influencia desde fuera de distintas fuerzas revolucionarias sobre la juventud estudiosa.

Sí, esa influencia existe, pero se le atribuye una importancia demasiado grande: los fabricantes, por ejemplo, en cuyas fábricas se manifiesta principalmente esa influencia, lo achacan también todo a ella, diciendo que si no fuera por ella, en sus fábricas reinarían el silencio, la calma y la bendición de Dios, olvidando y silenciando toda clase de explotación legal e ilegal de los obreros, la cual, al desposeer a estos últimos, suscita en ellos descontentos, y luego desórdenes; si no existiera esa explotación, los elementos revolucionarios externos no dispondrían de esos numerosos motivos y causas con cuya ayuda tan fácilmente se inmiscuyen en los asuntos fabriles; todo esto, en mi opinión, puede decirse también de nuestros centros de enseñanza, convertidos de templos de la ciencia en fábricas que preparan material burocrático.

En la general conciencia instintiva de la opresión que pesa sobre toda la juventud estudiosa, en la general sensación de malestar provocado por esa opresión entre la juventud de todos los centros de enseñanza, reside aquella fuerza del pequeño pero consciente grupo de jóvenes de que habló el señor profesor, fuerza que está en condiciones de hipnotizar y dirigir a donde se quiera, a huelgas, a diversos desórdenes, a masas enteras de jóvenes aparentemente nada inclinados a los desórdenes. ¡Así ocurre en todas las fábricas!

Luego, me parece recordar, se señaló que no se debe adular a los estudiantes; no se les debe mostrar simpatía durante sus desórdenes; esa muestra de simpatía los incitaba a nuevos desórdenes, lo que se ilustraba también con ejemplos, es decir, con diversos casos; a este propósito, yo, en primer lugar, observaré que, en la abigarrada confusión y variedad de toda clase de casos durante los desórdenes, no se puede señalar ninguno como probatorio, pues a cualquier caso se le encontrará multitud de otros que lo contradicen; y es posible atenerse sólo a los rasgos generales, que trataré de analizar en breve.

El estudiantado, como todos sabemos, está lejos de haberse malcriado con mimos; no sólo no se le ha adulado (no hablo de los años 40), sino que ni siquiera ha gozado de una simpatía especial de la sociedad; y en los tiempos de sus desórdenes, la sociedad se comportaba con los estudiantes o bien con total indiferencia, o bien incluso más que negativamente, culpándolos exclusivamente a ellos, sin saber ni querer siquiera saber las causas que provocaban esos desórdenes (dando fe sólo a los comunicados gubernamentales hostiles al estudiantado, sin dudar de su veracidad; por primera vez, según parece, la sociedad ha dudado de ello ahora), de modo que ni hablar de ningún género de adulación.

Sin esperar apoyo para sí ni entre la intelectualidad en general, ni entre los profesores ni las autoridades universitarias, el estudiantado, por fin, empezó a buscarse simpatía en diversos elementos populares, y vemos que el estudiantado lo ha logrado más o menos, por fin; empezó a conquistar poco a poco la simpatía de la multitud popular.

Para convencerse de ello, basta recordar la diferencia de actitud de la multitud hacia los estudiantes en los tiempos de las palizas de los comerciantes de Ojotni Riad y ahora. Y en esto se oculta una gran desgracia: la desgracia no está en la simpatía en general, sino en la unilateralidad de esa simpatía, en el matiz demagógico que va adquiriendo.

La ausencia de toda simpatía y de toda cooperación con la juventud estudiosa por parte de la intelectualidad sólida, y la consiguiente desconfianza que se ha formado, arrojan de grado o por fuerza a nuestra juventud en manos de los demagogos y revolucionarios; ella se convierte en instrumento suyo y en ella misma, también de grado o por fuerza, se desarrollan cada vez más elementos demagógicos que la alejan del desarrollo cultural pacífico y del orden existente (si es que a esto se le puede llamar orden) y la lanzan al campo hostil.

Nosotros mismos debemos quejarnos de nosotros mismos si la juventud deja de confiar en nosotros; ¡en nada nos hemos hecho acreedores a su confianza!

Éstos son, según parece, los principales pensamientos expresados entre los reunidos; los restantes (que también fueron no pocos) creo que no vale la pena ni recordarlos.

Así, pues, concluyo. Al reunirnos, teníamos la intención de hacer algo para mitigar la saña del día presente; para aliviar la dura suerte de nuestra juventud —hoy, y no en algún momento futuro—, y fuimos derrotados; y una vez más la juventud tendrá derecho a decir y dirá que tampoco hoy, como antes, la pacífica y sólida intelectualidad rusa no puede, y ni siquiera desea, prestarle ayuda alguna, salir en su defensa, comprenderla y aliviar su amarga suerte. La escisión entre nosotros y la juventud se acrecentará todavía más, y ella se irá aún más lejos a las filas de toda clase de demagogia, que le tiende la mano.

No fuimos derrotados por no haberse aprobado la medida que proponíamos de dirigirnos al zar; quizás esa medida sea en efecto impracticable (aunque, a mi juicio, ni siquiera fue examinada); fuimos derrotados porque entre nosotros quedó aniquilada toda posibilidad de cualquier tipo de medida en favor de nuestra sufrida juventud; reconocimos nuestra impotencia y nos quedamos otra vez, como antes, en las tinieblas.

Pero ¿qué hacer entonces?

¿Lavarnos las manos y pasar de largo?

En esas tinieblas radica el terrible, el impenetrable, el trágico desamparo de la vida rusa».

No hay mucho que comentar sobre este discurso. También él pertenece, visiblemente, a un noble ruso todavía suficientemente «vital», quien, por motivos de carácter ya doctrinario ya interesado, venera el «desarrollo cultural pacífico» del «orden existente» y se indigna contra los «revolucionarios», mezclándolos con los «demagogos». Pero esa indignación, si se la mira de cerca, linda con el refunfuño de un hombre viejo (no por la edad, sino por sus concepciones), dispuesto quizás a reconocer lo bueno incluso en aquello contra lo que refunfuña. Al hablar del «orden existente» no puede por menos que hacer la salvedad: «si es que a esto se le puede llamar orden». Le ha hervido ya no poco en el alma del desbarajuste de la «dictadura de la burocracia», de «la persecución sistemática y crónica de todo lo personal y digno»; no puede menos que ver que todo el desmán procede principalmente de la administración; le alcanza la franqueza para reconocer su impotencia, lo improcedente de «lavarse las manos» ante las calamidades de todo el país. Es cierto que todavía le asusta la «unilateralidad» de la simpatía de la «multitud» hacia los estudiantes; su mente aristocrática y mimada presiente un peligro «demagógico», quizás incluso el peligro del socialismo (pagámosle con franqueza su franqueza). Pero sería insensato poner sobre el crisol socialista las concepciones y sentimientos de un mariscal de la nobleza hastiado de la repugnante burocracia estatal rusa. Nosotros no tenemos por qué proceder con astucia, ni con él ni con nadie; cuando un terrateniente ruso, por ejemplo, truena contra la explotación ilegal y el desposeimiento de los obreros fabriles, no dejaremos de decirle, entre paréntesis: «¡No estaría mal que miraras también hacia ti mismo, comadre!». Ni un minuto le ocultaremos que estamos y estaremos en el punto de vista de la intransigente lucha de clases contra los «amos» de la sociedad moderna. Pero la agrupación política se determina no sólo por los fines últimos, sino también por los inmediatos; no sólo por las concepciones generales, sino también por la presión de la necesidad práctica inmediata. Todo aquel ante quien ha surgido con claridad la contradicción entre el «desarrollo cultural» del país y el «régimen opresor de la dictadura burocrática», tarde o temprano será llevado por la vida misma a la conclusión de que esa contradicción es insuperable sin la eliminación de la autocracia. Al sacar esa conclusión, él forzosamente ayudará —refunfuñará, pero ayudará— al partido que sea capaz de mover contra la autocracia una fuerza temible (no sólo a sus propios ojos, sino a los ojos de todos y cada uno). Para llegar a ser ese partido, la socialdemocracia debe, repetimos, limpiarse de toda escoria oportunista y, bajo la bandera de la teoría revolucionaria, apoyándose en la clase más revolucionaria, ¡dirigir su actividad de agitación y organización a todas las clases de la población!

Y a los mariscales de la nobleza les diremos, al despedirnos de ellos: ¡hasta la vista, señores futuros aliados nuestros!