Comencemos con un ejemplo.

Los lectores recordarán probablemente el ruido que provocó el informe del mariscal provincial de la nobleza de Oriol, M. A. Stajóvich, en el congreso misionero, sobre la necesidad de reconocer por ley la libertad de conciencia. La prensa conservadora, encabezada por *Moskovskie Védomosti*{92}, se enfurece contra el señor Stajóvich, no sabe cómo insultarlo, acusando casi de alta traición a todos los nobles de Oriol por haber reelegido al señor Stajóvich como mariscal. Y esta elección es, en efecto, un fenómeno instructivo, que adquiere hasta cierto punto el carácter de una demostración de la nobleza contra la arbitrariedad y la desvergüenza policial.

Stajóvich —aseguran *Moskovskie Védomosti*— «no es tanto el mariscal de la nobleza como Misha Stajóvich, un bromista, el alma de la sociedad, un charlatán…» (1901, n.º 348). Tanto peor para ustedes, señores defensores del garrote. Si incluso los bromistas latifundistas han empezado a hablar de libertad de conciencia, significa que verdaderamente no tienen número las infamias que perpetran nuestros popes junto con nuestra policía. — «… ¿Qué le importa a nuestra “intelligentsia”, multitud frívola, que engendra y aplaude a los señores Stajóvich, nuestra santa fe ortodoxa y nuestras más íntimas relaciones con ella?»… De nuevo: tanto peor para ustedes, señores defensores de la autocracia, la ortodoxia y el espíritu nacional. ¡Buenos deben ser los hábitos de nuestra autocracia policial, si ha empapado hasta tal punto la religión con el espíritu del calabozo, que los “Stajóvich” (que no tienen ninguna convicción firme en cuestiones religiosas, pero que están interesados, como veremos más adelante, en la solidez de la religión) se sienten totalmente indiferentes (cuando no odian) hacia esa presunta “santa fe del pueblo”! — … «¡Ellos llaman a nuestra fe un extravío! Se burlan de nosotros porque, gracias a ese “extravío”, tememos y huimos del pecado, cumplimos sin queja nuestros deberes, por pesados que sean, porque encontramos fuerza y ánimo para soportar el dolor y las privaciones, y rechazamos la soberbia en los éxitos y en la felicidad»… ¡He ahí el quid! ¡La santa fe ortodoxa es querida porque enseña a soportar “sin queja” el dolor! ¡Qué santa fe tan ventajosa, en verdad, para las clases dominantes! Cuando la sociedad está organizada de tal modo que una ínfima minoría goza de la riqueza y el poder, mientras la masa sufre constantemente “privaciones” y carga con “deberes pesados”, es completamente natural que los explotadores simpaticen con la religión que enseña a soportar “sin queja” el infierno terrenal en aras de un paraíso celestial, supuestamente. En el ardor de su celo, *Moskovskie Védomosti* empieza a irse de la lengua. Y lo hizo hasta tal punto que, sin querer, dijo la verdad. Escuchen más: … «Ellos ni siquiera sospechan que, gracias a ese mismo “extravío”, ellos, los señores Stajóvich, comen hasta saciarse, duermen tranquilos y viven alegremente».

¡Santa verdad! Así es, precisamente gracias a la enorme difusión entre las masas populares de los “extravíos” religiosos, “duermen tranquilos” los Stajóvich, los Oblómov y todos nuestros capitalistas que viven del trabajo de esas masas, así como los propios *Moskovskie Védomosti*. Y cuanto más se difunda la instrucción en el pueblo, cuanto más sean desplazados los prejuicios religiosos por la conciencia socialista, tanto más cercano será el día de la victoria del proletariado, que librará a todas las clases oprimidas de su esclavización en la sociedad actual.

Pero, habiéndose ido de la lengua en un punto, *Moskovskie Védomosti* se desembarazó demasiado barato de otra cuestión interesante. Están claramente equivocados al pensar que los Stajóvich “no sospechan” el señalado significado de la religión y exigen reformas liberales simplemente por “frivolidad”. ¡Semejante explicación de una dirección política hostil es ya demasiado infantilmente ingenua! Y que el señor Stajóvich, en este caso, haya sido precisamente el portavoz de toda una dirección liberal, es lo que mejor demostraron los propios *Moskovskie Védomosti*: de lo contrario, ¿para qué armar toda una campaña contra un solo informe? ¿Para qué hablar no de Stajóvich, sino de los Stajóvich, de la “multitud de la intelligentsia”?

Este extravío de *M. V.* es, por supuesto, un extravío interesado. *M. V.*, naturalmente, más que no saber, no desea aplicar el punto de vista de clase al análisis del liberalismo que tanto odia. Del no desear ni siquiera cabe hablar. Pero el no saber presenta para nosotros un gran interés general, pues de este pecado adolecen muchísimos revolucionarios y socialistas. Adolecen de él los autores de la carta en el n.º 12 de *Iskra*, que nos acusan de apartarnos del “punto de vista de clase” porque en nuestro periódico tratamos de seguir todas las manifestaciones de descontento y protesta de los liberales; — y los autores de *Lucha Proletaria* y de algunos folletos de la *Biblioteca Socialdemócrata*{93}, que se imaginan que nuestra autocracia es el dominio autocrático de la burguesía; — y los Martínov, que nos llaman a abandonar la campaña de denuncia multilateral (es decir, la más amplia agitación política) contra la autocracia, para concentrarnos en la lucha por reformas económicas (dar algo “positivo” a la clase obrera, plantear en su nombre “reivindicaciones concretas” de medidas legislativas y administrativas, “que prometan ciertos resultados palpables”); — y los Nadézhdin, que preguntan perplejos, a propósito de nuestras corresponsalías sobre los conflictos de los estadísticos, «¡Dios mío, acaso no es este un órgano para los miembros de los zemstvos?»{94}.

Todos estos socialistas olvidan que los intereses de la autocracia coinciden solo en determinadas circunstancias y solo con determinados intereses de las clases poseedoras, y a menudo no con los intereses de todas estas clases en general, sino con los de sus capas aisladas. Los intereses de otras capas de la burguesía, así como los intereses más ampliamente entendidos de toda la burguesía, de todo el desarrollo del capitalismo en general, engendran necesariamente una oposición liberal a la autocracia. Si, por ejemplo, la autocracia garantiza a la burguesía la posibilidad de aplicar las formas más groseras de explotación, por otro lado, pone miles de obstáculos al amplio desarrollo de las fuerzas productivas y a la difusión de la instrucción, concitando contra sí no solo a la pequeña, sino a veces también a la gran burguesía; si la autocracia garantiza (?) a la burguesía la protección contra el socialismo, por otro lado, esa protección se convierte necesariamente, bajo la carencia de derechos de la población, en tal desenfreno policial que indigna a todos y a cada uno. Cuál sea el resultado de estas tendencias contrapuestas, cuál sea la correlación entre la actitud o dirección conservadora y la liberal en la burguesía en un momento dado, no se puede deducir de un par de tesis generales; eso depende de todas las particularidades de la coyuntura sociopolítica en el momento dado. Para determinarlo, es necesario conocer detalladamente esa coyuntura y seguir atentamente todos y cada uno de los choques con el gobierno de cualquier capa social. Precisamente en virtud del “punto de vista de clase”, al socialdemócrata no le está permitido permanecer indiferente ante el descontento y las protestas de los “Stajóvich”. Los socialistas mencionados, tanto con sus razonamientos como con su actuación, demuestran su indiferencia hacia el liberalismo, revelando con ello la incomprensión de las tesis fundamentales del *Manifiesto Comunista*, ese “evangelio” de la socialdemocracia internacional. Recuerden, por ejemplo, las palabras acerca de que la burguesía misma proporciona material para la educación política del proletariado con su lucha por el poder, con los choques de sus distintas capas y grupos, etc.{95}. Solo en los países políticamente libres obtiene el proletariado ese material por sí mismo (y aun solo en parte). Pero en la Rusia esclavizada, nosotros, los socialdemócratas, debemos trabajar activamente para suministrar a la clase obrera ese “material”, es decir, debemos asumir la tarea de la agitación política multilateral, de la campaña de denuncia popular contra la autocracia. Y esta tarea es especialmente urgente en los períodos de efervescencia política. Hay que recordar que en un año de animación política el proletariado puede aprender, en el sentido de la educación revolucionaria, más que en varios años de calma. Por eso es particularmente nociva la tendencia de los socialistas mencionados a estrechar, consciente o inconscientemente, la envergadura y el contenido de la agitación política.

Además, recuerden las palabras sobre el apoyo de los comunistas a todo movimiento revolucionario contra el régimen existente. Estas palabras se entienden a menudo de un modo demasiado estrecho, no extendiéndolas al apoyo a la oposición liberal. No se debe olvidar, sin embargo, que hay épocas en que todo choque con el gobierno sobre el terreno de los intereses sociales progresivos, por pequeño que sea en sí mismo, puede, en determinadas condiciones (y nuestro apoyo es una de esas condiciones), convertirse en un incendio general. Basta recordar en qué vasto movimiento social desembocó en Rusia el choque de los estudiantes con el gobierno a causa de reivindicaciones académicas, o en Francia el choque de todos los elementos progresivos con la casta militar a raíz de un solo caso judicial, resuelto mediante falsificaciones{96}. He aquí por qué es nuestro deber directo explicar al proletariado, ampliar y, mediante la participación activa de los obreros, apoyar toda protesta liberal y democrática, ya provenga del choque de los miembros de los zemstvos con el ministerio del interior, o de los nobles con el departamento de la ortodoxia policial, o de los estadísticos con los “pompaduri”{97}, de los campesinos con los “del zemstvo”, de los sectarios con los guardias rurales, etc., etc. Quien frunce desdeñosamente la nariz ante la miseria de algunos de estos choques o por lo “desesperanzado” del intento de convertirlos en un incendio general, no comprende que la agitación política multilateral es precisamente el foco en el que coinciden los intereses vitales de la educación política del proletariado con los intereses vitales de todo el desarrollo social y de todo el pueblo, en el sentido de todos sus elementos democráticos. Nuestro deber directo es intervenir en toda cuestión liberal, definir nuestra actitud, socialdemócrata, hacia ella, tomar medidas para que el proletariado participe activamente en la resolución de esa cuestión y la obligue a resolverse a su manera. Quien se aparta de semejante intervención, de hecho (cualesquiera que sean sus intenciones), capitula ante el liberalismo, entregando en sus manos la educación política de los obreros y cediendo la hegemonía de la lucha política a elementos que, en última instancia, son los conductores de la democracia burguesa.

El carácter de clase del movimiento socialdemócrata debe expresarse no en limitar nuestras tareas a las necesidades inmediatas y más próximas del movimiento “puramente obrero”, sino en dirigir todos los aspectos y todas las manifestaciones de la gran lucha de liberación del proletariado, esa única clase verdaderamente revolucionaria de la sociedad actual. La socialdemocracia debe ampliar siempre y consecuentemente la influencia del movimiento obrero sobre todas las esferas de la vida social y política de la sociedad actual. Debe dirigir no solo la lucha económica de los obreros, sino también la lucha política del proletariado, no debe perder ni por un momento de vista nuestro objetivo final, siempre debe propagar, proteger de tergiversaciones y desarrollar ulteriormente la ideología proletaria: la doctrina del socialismo científico, es decir, el marxismo. Debemos luchar incansablemente contra toda ideología burguesa, se disfrace con los uniformes que se disfrace, por más elegantes y brillantes que sean. Los socialistas mencionados más arriba se apartan del punto de vista “de clase” también en tanto y en cuanto permanecen indiferentes ante la tarea de luchar contra la “crítica del marxismo”. Solo los ciegos pueden no ver que esta “crítica” ha arraigado más rápidamente en Rusia y ha sido acogida con mayor pompa por la publicística liberal rusa, precisamente porque es uno de los elementos de la democracia burguesa (ahora ya conscientemente burguesa) que se está formando en Rusia.

En lo que respecta a la lucha política en particular, el “punto de vista de clase” exige precisamente que el proletariado impulse hacia adelante todo movimiento democrático. La democracia obrera, por sus reivindicaciones políticas, se diferencia de la democracia burguesa no por su principio, sino solo por su grado. En la lucha por la emancipación económica, por la revolución socialista, el proletariado se encuentra sobre una base radicalmente distinta y está aislado (el pequeño productor acudirá en su ayuda solo en la medida en que pase o se prepare a pasar a las filas del proletariado). Pero en la lucha por la emancipación política tenemos muchos aliados, hacia los cuales no es permisible permanecer indiferentes. Pero mientras nuestros aliados de la democracia burguesa, luchando por reformas liberales, mirarán siempre hacia atrás, tratando de arreglar las cosas de manera que puedan seguir “comiendo hasta saciarse, durmiendo tranquilos y viviendo alegremente” a expensas ajenas, el proletariado marchará hacia adelante, sin mirar atrás hasta el final. Cuando unos señores R. N. S. (autor del prefacio al memorial de Witte){98} regateen con el gobierno sobre los derechos de un zemstvo con poder o sobre una constitución, nosotros lucharemos por la república democrática. Solo no olvidemos que, para empujar a otro, hay que tener siempre la mano sobre el hombro de ese otro. El partido del proletariado debe saber atrapar a todo liberal justo en el momento en que se dispone a avanzar una pulgada, y obligarlo a avanzar un arshín. Y si se resiste, pues marcharemos adelante sin él y por encima de él.

*Iskra*, n.º 16, 1 de febrero de 1902. Se imprime según el texto del periódico *Iskra*.