Escrito a finales de enero – principios de febrero de 1901.

Publicado en abril de 1901 en la revista «Zariá» núm. 1. Firmado: T. J.

Reproducido según el texto de la revista.

Cubierta del núm. 1 de la revista «Zariá». – Abril de 1901.

El 23 de enero, en Nizhni Nóvgorod, una sesión especial de la Cámara Judicial de Moscú, con la participación de representantes de los estamentos, juzgó la causa por el asesinato del campesino Timoféi Vasílievich Vozdújov, quien había sido enviado a la comisaría «para serenarse» y allí fue golpeado por cuatro agentes de policía —Shelemétiev, Shulpín, Shibáev y Oljovin— y por el subinspector en funciones Panov, hasta tal punto que Vozdújov falleció al día siguiente en el hospital.

Tal es el sencillo argumento de este simple caso, que arroja viva luz sobre lo que ocurre habitual y constantemente en nuestras comisarías de policía.

En la medida en que es posible juzgar por las muy breves informaciones periodísticas, todo el suceso se presenta de la siguiente manera. El 20 de abril, Vozdújov llegó en coche de alquiler a la casa del gobernador. Salió el encargado de la casa del gobernador, quien declaró en el juicio que Vozdújov estaba sin gorra, bebido, pero no borracho, y se quejaba de no sé qué embarcadero que no le había dado un billete de pasaje (?). El encargado ordenó al agente de guardia Shelemétiev que llevara a Vozdújov a la comisaría. Vozdújov estaba tan poco bebido que conversó tranquilamente con Shelemétiev y, al llegar, explicó con claridad su nombre y condición al subinspector Panov. A pesar de ello, Shelemétiev —sin duda con conocimiento de Panov, que acababa de interrogar a Vozdújov— «empuja» a este último no a la celda de detención, donde había varios borrachos, sino al «cuarto de los soldados», contiguo a la celda. Al empujarlo, se engancha el sable con el pestillo de la puerta, se hace un pequeño corte en la mano, se figura que Vozdújov le está agarrando el sable y se abalanza a golpearle, gritando que le ha cortado la mano. Golpea con toda la fuerza, golpea en la cara, en el pecho, en los costados, golpea de tal modo que Vozdújov cae sin cesar de espaldas y se golpea la cabeza contra el suelo, pidiendo clemencia. «¿Por qué me pegáis?» —decía, según un testigo (Semajin) que se encontraba en la celda—. «No soy culpable. ¡Perdonad, por amor de Cristo!» Según ese mismo testigo, Vozdújov no estaba borracho; quien más bien lo estaba era Shelemétiev. De que Shelemétiev está «instruyendo» (¡expresión del acta de acusación!) a Vozdújov se enteran sus compañeros, Shulpín y Shibáev, que estaban bebiendo en la comisaría desde el primer día de Pascua (el 20 de abril era martes, el tercer día de Pascua). Se presentan en el cuarto de los soldados junto con Oljovin, que ha llegado de otra sección, golpean a Vozdújov a puñetazos y lo pisotean. También aparece el subinspector Panov, golpea con un libro en la cabeza, a puñetazos. «Le pegaban de tal manera, le pegaban tanto —decía una mujer detenida— que hasta me dolía toda la barriga del espanto». Cuando la «instrucción» terminó, el subinspector ordena con la mayor sangre fría a Shibáev que lave la sangre del rostro del apaleado —así queda más decente; ¡no vaya a ser que lo vean los superiores!— y que lo empuje a la celda. «¡Hermanos! —dice Vozdújov a los otros detenidos— ¿Veis cómo pega la policía? ¡Sed testigos, voy a presentar una queja!» Pero no logra presentar la queja: a la mañana siguiente lo encuentran en estado completamente inconsciente y lo envían al hospital, donde fallece a las 8 horas sin recobrar el conocimiento. La autopsia reveló fractura de diez costillas, contusiones en todo el cuerpo y hemorragia cerebral.

La Cámara condenó a Shelemétiev, Shulpín y Shibáev a 4 años de trabajos forzados, y a Oljovin y Panov a un mes de arresto, considerándolos culpables únicamente de «injurias»...

Por este veredicto comenzaremos nuestro análisis. Los condenados a trabajos forzados estaban acusados conforme a los artículos 346 y 1490, apartado 2, del Código Penal. El primero de estos artículos dispone que el funcionario que cause heridas o lesiones en el ejercicio de su cargo incurre en la pena máxima «establecida para este delito». Y el art. 1490, apartado 2, establece para las torturas, cuando tengan como consecuencia la muerte, trabajos forzados de 8 a 10 años. En lugar de la pena máxima, el tribunal de representantes estamentales y jueces togados reduce la pena en dos grados (grado 6: trabajos forzados de 8 a 10 años; grado 7: de 4 a 6 años), es decir, aplica la reducción máxima permitida por la ley en caso de circunstancias atenuantes, y además impone el límite inferior de la pena dentro de este grado rebajado. En una palabra, el tribunal hizo cuanto pudo por suavizar la suerte de los acusados, y aún más de lo que podía, ya que se eludió la ley sobre la «pena máxima». No pretendemos, desde luego, afirmar que la «justicia suprema» exigiera precisamente diez y no cuatro años de trabajos forzados; lo importante es que a los asesinos se les reconoció como tales y se les condenó a trabajos forzados. Pero no se puede dejar de señalar una tendencia muy característica del tribunal de jueces togados y representantes estamentales: cuando juzgan a miembros de la policía, están dispuestos a concederles toda clase de indulgencia; cuando juzgan faltas contra la policía, muestran, como es sabido, * una severidad inflexible[158].

He aquí al señor subinspector... ¡pues cómo no concederle indulgencia! Él recibió a Vozdújov cuando lo trajeron, él, evidentemente, dio la orden de no llevarlo a la celda de detención, sino primero —para «instruirlo»— al cuarto de soldados, él participó en la golpiza con sus puños y con un libro (probablemente, el código de leyes), él dispuso la eliminación de las huellas del delito (lavar la sangre), él informó en la noche del 20 de abril al regresar el comisario de esa sección, Mujánov, que «en la sección a su cargo todo se halla en perfecto orden» (¡literalmente!), — pero él no tiene nada que ver con los asesinos, es culpable solo de vías de hecho, solo de una simple injuria por acción, penada con arresto. Es de lo más natural que este gentleman, no culpable de asesinato, el Sr. Panov, continúe actualmente al servicio de la policía, ocupando el cargo de sargento de policía rural. El Sr. Panov simplemente ha trasladado su útil y diligente actividad de «instruir» a la gente sencilla de la ciudad al campo. Dígame con franqueza, lector, ¿puede el sargento Panov interpretar el veredicto de la Cámara de otro modo que como un consejo: — en adelante, ocultar mejor las huellas del crimen, «instruir» de manera que no queden huellas. Mandaste lavar la sangre del rostro del moribundo, — eso está muy bien; pero permitiste que Vozdújov muriese, — eso, hermanito, fue una imprudencia; en adelante ten más cuidado y grábate bien en la cabeza el primer y último mandamiento del Dergimorda ruso: «¡golpea, pero no mates!».

Desde el punto de vista humano universal, la sentencia de la cámara contra Panov es una burla directa a la justicia; muestra un afán puramente servil de echar toda la culpa a los agentes inferiores de la policía y eximir a su jefe inmediato, con cuyo conocimiento, aprobación y participación tuvo lugar la tortura feroz. Desde el punto de vista jurídico, esta sentencia es un modelo de la casuística de la que son capaces los jueces-funcionarios, que tampoco han ido muy lejos del guardia de barrio. La lengua se le ha dado al hombre para ocultar sus pensamientos, dicen los diplomáticos. La ley se ha dado para tergiversar el concepto de culpabilidad y responsabilidad, pueden decir nuestros juristas. ¡Qué arte judicial tan sutil, en efecto, se necesita para subsumir la participación en una tortura bajo un simple insulto por vía de hecho! Un artesano que en la mañana del 20 de abril derribó, tal vez, el gorro de Vozdujov resulta culpable de la misma falta —e incluso de una aún más leve: no una falta, sino una «infracción»— que Panov. Incluso por la mera participación en una pelea (y no en la paliza a una persona indefensa), si se causa la muerte a alguien, se impone un castigo más severo que el que se ha aplicado al guardia de barrio. Los leguleyos judiciales se han aprovechado, en primer lugar, de que para la tortura en el ejercicio del cargo la ley establece varias penas, dejando al juez, según las circunstancias del caso, la elección entre prisión de dos meses y destierro a Siberia. No coartar al juez con definiciones excesivamente formales, dejarle cierto margen, es, por supuesto, una regla muy razonable, y por ella nuestros profesores de derecho penal han elogiado y subrayado más de una vez el liberalismo de la legislación rusa. Sólo que olvidaban el pequeño detalle de que para aplicar disposiciones razonables se necesitan jueces no reducidos a la condición de simples funcionarios, se requiere la participación de representantes de la sociedad en el tribunal y de la opinión pública en la discusión del caso. Y en segundo lugar, en auxilio del tribunal acudió aquí el fiscal adjunto, que retiró la acusación contra Panov (y Oljovin) por tortura y crueldad y pidió que se les castigara sólo por haber causado un insulto. El fiscal adjunto se remitió a su vez al dictamen de los peritos, que descartaron que los golpes dados por Panov hubieran tenido especial carácter atroz o prolongado. El sofisma jurídico, como ven, no se distingue por su especial rebuscamiento: puesto que Panov pegó menos que los demás, se puede decir que sus golpes no fueron particularmente atroces; y si no fueron particularmente atroces, se puede concluir que no constituían «tortura y crueldad», y si no constituían tortura y crueldad, entonces era un simple insulto por vía de hecho. Todo se arregla a satisfacción general, y el señor Panov queda entre los guardianes del orden y la moralidad pública[159]…

Acabamos de tocar la cuestión de la participación en el tribunal de representantes de la sociedad y del papel de la opinión pública. Esta cuestión en general se ilustra magníficamente con este caso. Ante todo: ¿por qué no juzgó el caso un jurado, sino un tribunal de jueces togados con representantes de los estamentos? Porque el gobierno de Alejandro III, al entablar una lucha despiadada contra todas las aspiraciones de la sociedad a la libertad e independencia, muy pronto consideró peligroso el jurado. La prensa reaccionaria calificó al jurado de «tribunal de la calle» y emprendió contra él una campaña de persecución que, dicho sea de paso, continúa hasta el día de hoy. El gobierno adoptó el programa reaccionario: tras vencer al movimiento revolucionario de los años 70, declaró cínicamente a los representantes de la sociedad que los consideraba «la calle», la plebe, que no debe entrometerse no sólo en la legislación sino tampoco en la administración del Estado, que debe ser expulsada del santuario donde se juzga y se hace justicia sumaria a los súbditos rusos... al estilo de los señores Panov. En 1887 se promulgó una ley según la cual los delitos cometidos por funcionarios públicos y contra funcionarios públicos fueron sustraídos de la competencia del jurado y transferidos a los tribunales de jueces togados con representantes de los estamentos. Como es sabido, estos representantes estamentales, fusionados en un solo colegio con los jueces-funcionarios, son comparsas mudas, desempeñan el lamentable papel de testigos que estampan la firma en lo que los funcionarios del poder judicial tengan a bien disponer. Esta es una de esas leyes que, en larga fila, se extienden a lo largo de toda la reciente época reaccionaria de la historia rusa, unidas por una aspiración común: restaurar el «poder firme». Forzada por la presión de las circunstancias, en la segunda mitad del siglo XIX el poder tuvo que entrar en contacto con «la calle», y la composición de esta calle cambiaba con asombrosa rapidez, y los súbditos incultos iban siendo sustituidos por ciudadanos que empezaban a tener conciencia de sus derechos, capaces incluso de presentar luchadores por esos derechos. Y al percibirlo, el poder retrocedió horrorizado y hace ahora esfuerzos convulsivos para protegerse con una muralla china, encerrarse en una fortaleza inaccesible a cualquier manifestación de iniciativa social... Pero me he desviado un poco de mi tema.

Así, gracias a la ley reaccionaria, la calle fue excluida del juicio sobre los representantes del poder. A los funcionarios los juzgaban funcionarios. Esto se reflejó no solo en la sentencia, sino en todo el carácter de la instrucción previa y de la investigación judicial. El tribunal de la calle es valioso precisamente porque aporta una corriente viva a ese espíritu de formalismo burocrático que impregna de cabo a rabo nuestras instituciones gubernamentales. La calle no se interesa solo —ni siquiera tanto— por si el acto será calificado de ofensa, golpes o tortura, por el tipo y clase de pena que se le asigne, sino por desentrañar hasta la raíz y esclarecer públicamente todos los hilos sociopolíticos del delito y su significado, por extraer del juicio lecciones de moral social y de política práctica. La calle quiere ver en el tribunal no una «oficina pública» donde los escribanos aplican los artículos correspondientes del Código Penal a tal o cual caso particular, sino una institución pública que ponga al descubierto las llagas del régimen actual y brinde material para su crítica y, por tanto, para su corrección. La calle, con su instinto, bajo la presión de la práctica de la vida social y del crecimiento de la conciencia política, llega a esa verdad a la que con tanta dificultad y tanto recelo accede, abriéndose paso a través de sus trabas escolásticas, nuestra jurisprudencia oficial-profesoral: a saber, que en la lucha contra el delito tiene una importancia infinitamente mayor, que la aplicación de penas particulares, la modificación de las instituciones sociales y políticas. Por esta misma razón los publicistas reaccionarios y el gobierno reaccionario odian —y no pueden no odiar— el tribunal de la calle. Por esta misma razón la reducción de la competencia del jurado y la limitación de la publicidad recorren como un hilo rojo toda la historia post-reforma de Rusia, revelándose el carácter reaccionario de la época «post-reforma» al día siguiente mismo de la entrada en vigor de la ley de 1864, que reformó nuestro «poder judicial»[160]. Y precisamente en el presente caso se puso de manifiesto con especial fuerza la falta del «tribunal de la calle». ¿Quién podría haberse interesado en este juicio por el aspecto social del asunto y haberse esforzado en ponerlo de relieve con todo su realce? ¿El fiscal? ¿Un funcionario con una relación estrechísima con la policía, que comparte con ella la responsabilidad por el mantenimiento y el trato de los detenidos —en ciertos casos incluso el jefe de policía? Hemos visto que el teniente fiscal renunció incluso a acusar a Panov de tortura. ¿El demandante civil, si la mujer del asesinado, que compareció como testigo de Vozdújov, hubiera presentado una demanda civil contra los homicidas? Mas, ¿cómo iba ella, una simple mujer del pueblo, a saber que existe algo llamado demanda civil en un tribunal penal? E incluso si lo supiera, ¿habría estado en condiciones de contratar a un abogado? E incluso si lo hubiera estado, ¿se habría encontrado un abogado que pudiera y quisiera atraer la atención pública hacia los procedimientos desenmascarados por este asesinato? E incluso de haberse encontrado tal abogado, ¿habrían podido sostener en él el «ardor cívico» unos «delegados» de la sociedad como los representantes de los estamentos? Ahí está el jefe de volost —me refiero al tribunal provincial—, avergonzado de su traje aldeano, sin saber dónde meter sus botas embetunadas y sus manos de campesino, dirigiendo miradas atemorizadas a su excelencia el presidente de la sala, sentado a la misma mesa que él. Ahí está el alcalde de la ciudad, un gordo mercadero que respira trabajosamente dentro de un uniforme al que no está acostumbrado, con una cadena al cuello, esforzándose por imitar a su vecino, el mariscal de la nobleza, un señor de uniforme nobiliario, de aspecto cuidado, de modales aristocráticos. Y a su lado, los jueces que han pasado por toda la larga escuela del yugo funcionarial, auténticos escribanos encanecidos en las oficinas, henchidos de la conciencia de la importancia de la tarea que les ha sido encomendada: juzgar a los representantes del poder, a quienes indigno es juzgar el tribunal de la calle. ¿No le quitaría ese ambiente las ganas de hablar hasta al más elocuente de los abogados, no le recordaría el viejo adagio: «no arrojéis vuestras perlas delante de…»?

Y resultó que el caso fue despachado como a toda prisa, cual si quisieran quitárselo de encima cuanto antes[161], cual si temieran escarbar a fondo toda aquella inmundicia: se puede vivir junto a la letrina, acostumbrarse, no darse cuenta, habituarse, pero basta con ponerse a limpiarla para que el hedor lo perciban inevitablemente todos los habitantes no solo de esa vivienda, sino también de las vecinas.

Fíjense qué multitud de preguntas que surgen de modo natural nadie se tomó la molestia siquiera de aclarar. ¿Para qué fue Vozdújov a ver al gobernador? El acta de acusación —ese documento que plasma el afán del ministerio fiscal por esclarecer todo el delito— no solo no responde a esta pregunta, sino que directamente la escamotea, diciendo que Vozdújov «fue detenido en estado de embriaguez en el patio de la casa del gobernador por el gendarme Shelemétev». ¡Esto da incluso pie a pensar que Vozdújov escandalizaba, y dónde, en el patio del gobernador! Ahora bien, en realidad Vozdújov llegó en un coche de alquiler a quejarse al gobernador: este es un hecho establecido. ¿De qué se quejaba? El encargado de la casa del gobernador, Ptítsyn, dice que Vozdújov se quejaba de cierto embarcadero de vapor donde se habían negado a darle un billete de pasaje (?). El testigo Mujánov, que era comisario de policía del distrito donde golpearon a Vozdújov (y ahora es director de la prisión provincial de la ciudad de Vladímir), dice que por la mujer de Vozdújov oyó que ella y su marido se habían emborrachado y que les habían golpeado tanto en la policía de Nizhni como en la fluvial y en la comisaría de Rozhdéstvenskaya, y que precisamente de esas palizas pretendía Vozdújov informar al gobernador. A pesar de la manifiesta contradicción en las declaraciones de estos testigos, el tribunal no adopta absolutamente ninguna medida para aclarar el asunto. Al contrario, cualquiera tendría pleno derecho a deducir que el tribunal no quiere aclarar esta cuestión. La mujer de Vozdújov compareció como testigo en el juicio, pero a nadie le interesó preguntarle si realmente fueron golpeados ella y su marido en varias comisarías de Nizhni; en qué circunstancias los detuvieron; en qué locales les golpearon; quién les golpeó; si realmente su marido quería quejarse al gobernador; si su marido había hablado con alguien más de esta intención suya. El testigo Ptítsyn, que, siendo funcionario de la cancillería del gobernador, muy probablemente no estaba dispuesto a escuchar de labios de un Vozdújov no ebrio —¡aunque aun así sujeto a ser pasado por la cura de desembriaguez!— quejas contra la policía; que encargó al borracho del gendarme Shelemétev que llevara al denunciante a la comisaría para ser desembriagado; este interesante testigo no fue sometido a un interrogatorio contradictorio. El cochero Krainov, que llevó a Vozdújov a casa del gobernador y luego lo trasladó a la comisaría, tampoco es preguntado acerca de si Vozdújov le dijo para qué iba; qué fue exactamente lo que le expuso a Ptítsyn; si alguien más oyó esa conversación. El tribunal se limita a leer la breve declaración del no comparecido Krainov (que certifica que Vozdújov no estaba borracho, sino solo un poco bebido), y el teniente fiscal ni se le pasa por la cabeza conseguir la comparecencia de este testigo crucial. Si se tiene en cuenta que Vozdújov era suboficial de reserva, o sea, un hombre corrido, que conoce un poco las leyes y los procedimientos, y que incluso después de la última paliza mortal les dice a sus compañeros: «voy a presentar una queja», resulta más que probable que acudiera al gobernador precisamente a quejarse de la policía, que el testigo Ptítsyn mintiera, encubriendo a la policía, y que los lacayos del juez y el lacayo del fiscal no quisieran desvelar esta delicada historia.

Además. ¿Por qué y para qué golpearon a Vozdujov? El auto de acusación presenta esto, una vez más, del modo más ventajoso posible… para los acusados. «El motivo de la tortura» fue, al parecer, un corte en la mano de Shelemetiev cuando empujaba a Vozdujov al cuarto de soldados. La pregunta es: ¿por qué empujaban a Vozdujov, que hablaba tranquilamente tanto con Shelemetiev como con Panov (suponiendo que fuera absolutamente necesario empujarlo), no al calabozo, sino primero al cuarto de soldados? Lo enviaron para que se le pasara la borrachera —en el calabozo ya había varios borrachos—, y allí va a parar luego también Vozdujov; entonces, ¿para qué Shelemetiev, tras «presentarlo» a Panov, lo empuja al cuarto de soldados? Evidentemente, precisamente para golpearlo. En el calabozo hay gente, mientras que en el cuarto de soldados Vozdujov estaría solo, y en ayuda de Shelemetiev acudirían sus compañeros y el señor Panov, a quien en ese momento está «confiada» la primera sección. La tortura no fue provocada, por consiguiente, por un motivo casual, sino que se perpetró con una intención premeditada. Solo cabe una de dos suposiciones: o bien a todos los que son enviados a la comisaría para que se les pase la borrachera (aunque se comporten de manera completamente correcta y tranquila) los mandan primero al cuarto de soldados para «adiestrarlos», o bien se llevaron a Vozdujov a golpearlo precisamente por haber ido a quejarse ante el gobernador contra la policía. Las reseñas periodísticas del caso son tan breves que resulta difícil pronunciarse categóricamente por esta última suposición (que no es en absoluto inverosímil), pero la instrucción preliminar y la investigación judicial, por supuesto, habrían podido esclarecer esta cuestión a fondo. El tribunal, naturalmente, no prestó a esta cuestión ninguna atención. Digo «naturalmente», porque la indiferencia de los jueces refleja aquí no solo el formalismo burocrático, sino también una simple visión pequeño burguesa del hombre ruso. «¡Vaya cosa más rara para sorprenderse! ¡Mataron a un mujik borracho en una comisaría! ¡Si aquí pasan cosas peores!». Y el pequeño burgués le señalará a usted decenas de casos, incomparablemente más indignantes y que, además, quedan impunes para los culpables. Las indicaciones del pequeño burgués son completamente justas, y sin embargo él está completamente equivocado y con su razonamiento solo revela una extrema miopía pequeñoburguesa. ¿Acaso no son posibles entre nosotros casos incomparablemente más indignantes de violencia policial porque esta violencia constituye la práctica cotidiana y habitual de cualquier comisaría de policía? ¿Y acaso no es impotente nuestra indignación contra los casos excepcionales porque contemplamos con acostumbrada indiferencia los casos «normales»?, ¿porque nuestra indiferencia es imperturbable incluso cuando un fenómeno tan habitual y común como golpear a un «mujik» borracho (supuestamente borracho) en la comisaría provoca la protesta del propio mujik (al parecer, acostumbrado a ello), que paga con su vida el atrevido intento de presentar la más sumisa queja al gobernador?

Existe otra razón que no permite pasar por alto este caso, el más común de todos. Se ha dicho hace ya tiempo que el valor preventivo de la pena no está condicionado en absoluto por su crueldad, sino por su inevitabilidad. Lo importante no es que se imponga una pena severa por el delito, sino que ni un solo caso de delito quede sin esclarecer. Desde este punto de vista, el presente caso tampoco carece de interés. Las palizas ilegales y salvajes en las comisarías de policía tienen lugar en el Imperio ruso —se puede decir sin exageración— diaria y perpetuamente[162]. Pero a los tribunales llegan en casos completamente excepcionales y sumamente raros. Esto no es de extrañar en absoluto, puesto que el delincuente es precisamente la policía a la que está confiada en Rusia la investigación de los delitos. Sin embargo, esto nos obliga a detenernos con tanta mayor atención, aunque no sea habitual, en aquellos casos en que el tribunal se ve obligado a levantar el velo que encubre el asunto cotidiano.

Fíjese usted, por ejemplo, en cómo golpean los agentes de policía. Son cinco o seis, actúan con una crueldad bestial, muchos están borrachos, todos llevan sable. Pero ni uno solo de ellos golpea a la víctima con el sable ni una sola vez. Son gente experimentada y saben perfectamente cómo hay que golpear. Un golpe de sable es una prueba inculpatoria, pero dar una paliza a puñetazos —anda, ve luego y demuestra que golpearon en la comisaría. «Lo golpearon en una pelea, lo recogieron ya golpeado» —y todo queda tapado y bien tapado. Incluso en el presente caso, cuando casualmente lo golpearon hasta la muerte («¡y mala suerte que se le ocurrió morirse; era un mujik forzudísimo, quién podría haberlo esperado!»), la acusación tuvo que demostrar con testimonios de testigos que «Vozdujov, antes de ser enviado a la comisaría, estaba completamente sano». Es evidente que los asesinos, que afirmaron todo el tiempo que ellos no le habían pegado en absoluto, decían que lo habían traído ya golpeado. Y encontrar testigos en un caso así es algo increíblemente difícil. Por una feliz casualidad resultó que la ventanilla entre el calabozo y el cuarto de soldados no estaba del todo cegada: es cierto que en lugar de cristal hay una chapa de hojalata con agujeros taladrados, y los agujeros desde el cuarto de soldados están cubiertos con cuero; pero, cuando se mete un dedo, el cuero se levanta, y desde el calabozo se puede ver entonces lo que sucede en el cuarto de soldados. Solo por eso se logró en el juicio reconstruir plenamente el cuadro del «adiestramiento». Pero un desorden tal como una ventana mal cegada solo pudo existir, por supuesto, en el siglo pasado; en el siglo XX, con toda seguridad, la ventanilla del calabozo al cuarto de soldados de la primera comisaría del Kremlin de Nizhni Nóvgorod ya está cegada herméticamente… Y si no hay testigos, ¡con tal de que un hombre caiga en el cuarto de soldados!

En ningún país hay tal abundancia de leyes como en Rusia. Entre nosotros hay leyes para todo. Existe también un reglamento especial sobre la detención, en el que se prescribe detalladamente que la privación de libertad es legal solo en locales especiales, sometidos a una vigilancia especial. La ley, como ve usted, se cumple: en la comisaría hay un «calabozo» especial. Pero antes de llegar al calabozo se «acostumbra» «empujar» al «cuarto de soldados». Y aunque el papel del cuarto de soldados como auténtica cámara de tortura está completamente claro a partir de los datos de todo el proceso, sin embargo, la autoridad judicial ni siquiera pensó en detener su atención en este fenómeno. ¡No será de los fiscales, realmente, de quienes se espere la denuncia de las infamias de nuestra autocracia policial y la lucha contra ella!

Hemos rozado la cuestión de los testigos en casos semejantes. En el mejor de los casos, los testigos solo pueden ser personas que están en manos de la policía; un extraño solo en condiciones completamente excepcionales logrará observar la «instrucción» policial en la comisaría. Y sobre aquellos testigos que están en manos de la policía, es posible la coerción policial. La hubo también en el presente caso. El testigo Frolov, que se encontraba durante el asesinato en el calabozo, en la instrucción preliminar declaró primero que a Vozdujov lo golpeaban tanto los agentes de policía como el comisario de barrio; luego retiró la acusación contra el comisario de barrio Panov; y en el juicio manifestó que nadie de la policía golpeó a Vozdujov, que Semajin y Barinov (otros detenidos, que fueron los principales testigos de cargo) lo incitaron a declarar contra la policía, que la policía no lo incitó ni lo sobornó. Los testigos Fadéiev y Antónova declararon que nadie en el cuarto de soldados tocó a Vozdujov ni con un dedo: allí todos estaban sentados tranquilos y en silencio, y no hubo ninguna riña.

Como ve usted, un fenómeno de nuevo de lo más habitual. Y la autoridad judicial lo trató una vez más con la indiferencia acostumbrada. Existe una ley que castiga el falso testimonio ante el tribunal con bastante severidad; entablar un proceso contra estos dos falsos testigos habría arrojado un poco más de luz sobre el desmán policial, frente al cual están casi completamente indefensos quienes tienen la desgracia de caer en las garras de la policía (y esta desgracia ocurre regular y constantemente a cientos de miles de gente del «pueblo sencillo»); pero el tribunal solo piensa en la aplicación del artículo tal o cual, y en absoluto en esta indefensión. Y este detalle del proceso, como todos los demás, muestra claramente qué red tan omnímoda y resistente es, qué úlcera tan crónica, para librarse de la cual es necesario librarse de todo el sistema de la autocracia total de la policía y la total carencia de derechos del pueblo.

Hace unos treinta y cinco años, a un conocido escritor ruso, F. M. Reshétnikov, le sucedió una historia desagradable. Se dirigió en San Petersburgo a la asamblea de la nobleza, creyendo erróneamente que allí se daba un concierto. Los guardias urbanos no lo dejaron pasar y le gritaron: «¿Adónde te metes? ¿Quién eres tú?». «¡Un maestro!», respondió groseramente el enfurecido F. M. Reshétnikov. El resultado de tal respuesta – relata G. Uspenski – fue que Reshétnikov pasó la noche en la comisaría, de donde salió apaleado, sin dinero y sin su anillo. «Lo pongo en conocimiento de vuecencia – escribía Reshétnikov en una solicitud al jefe supremo de la policía de San Petersburgo–. Yo no busco nada. Sólo me atrevo a importunar a usted con una sola cosa: que los oficiales de policía, los inspectores de barrio, sus ayudantes y los guardias urbanos no golpeen al pueblo… Este pueblo, de todos modos, tendrá que recibir muchas cosas de toda clase»{120}.

El modesto deseo con el que hace tanto tiempo el escritor ruso se atrevía a importunar al jefe de la policía de la capital ha quedado incumplido hasta hoy y sigue siendo irrealizable bajo nuestro orden político actual. Pero en el momento presente, la mirada de toda persona honesta, atormentada por la contemplación de la brutalidad y la violencia, es atraída por un nuevo y poderoso movimiento en el pueblo, que reúne fuerzas para barrer de la faz de la tierra rusa toda brutalidad y realizar los mejores ideales de la humanidad. En los últimos decenios, el odio hacia la policía ha crecido y se ha fortalecido mucho entre las masas del pueblo llano. El desarrollo de la vida urbana, el crecimiento de la industria, la difusión de la alfabetización, todo esto ha sembrado también en las masas oscuras el anhelo de una vida mejor y la conciencia de la dignidad humana, mientras que la policía ha seguido siendo igual de arbitraria y brutal. A su brutalidad se ha añadido tan sólo una mayor sofisticación en la indagación y la persecución de un nuevo y terrible enemigo: todo aquello que lleva a las masas populares un rayo de conciencia de sus derechos y fe en sus propias fuerzas. Fecundado por tal conciencia y tal fe, el odio popular encontrará su salida no en una venganza salvaje, sino en la lucha por la libertad.

II. ¿Para qué acelerar la mudanza de los tiempos?

Un proyecto interesante aprobó la Asamblea provincial de la nobleza de Oriol, y aún más interesantes fueron los debates en torno a este proyecto.

La esencia del asunto es la siguiente. El gobernador provincial de la nobleza, M. A. Stajóvich, presentó un informe proponiendo firmar un contrato con el departamento de hacienda para conceder a los nobles de Oriol los puestos de recaudadores. Con la introducción del monopolio del vodka se abren en la provincia 40 plazas de recaudadores de dinero de las tiendas estatales de licores. La remuneración de los recaudadores es de 2.180 rublos al año (900 rublos de sueldo, 600 rublos para viajes y 680 rublos para un guardia). Así pues, sería bueno que los nobles ocuparan estos puestos y, para ello, formar un artel y firmar un contrato con el erario. En lugar de la fianza exigida (3-5 mil), realizar deducciones durante el primer tiempo de 300 rublos al año a cada recaudador y constituir con este dinero un capital nobiliario para garantía del departamento de licores.

El proyecto, como ven, se distingue por una indudable practicidad y demuestra que nuestro alto estamento posee en grado sumo el olfato para saber dónde se puede arrancar un trozo del pastel del erario. Pero precisamente esta practicidad pareció a muchos nobles terratenientes excesiva, indecorosa, indigna de un noble. Se encendieron los debates, que con especial claridad revelaron tres puntos de vista sobre la cuestión.

El primero, el punto de vista del practicismo. Hay que alimentarse, el estamento está necesitado... al fin y al cabo es un ingreso... ¿acaso se va a negar ayuda a los nobles pobres? Y además, ¡los recaudadores pueden contribuir a la sobriedad del pueblo! El segundo punto de vista, el de los románticos. ¡¿Servir en el ramo de los licores, un poco por encima de los vinateros, subordinados a simples administradores de almacenes, «a menudo personas de estamentos bajos»?! Y brotaron encendidos discursos sobre la gran vocación de la nobleza. Nos proponemos detenernos precisamente en estos discursos, pero antes señalaremos el tercer punto de vista: el de los hombres de Estado. Por un lado, no se puede negar que parece algo vergonzoso, pero por otro lado, hay que reconocer que es ventajoso. Se puede, sin embargo, adquirir el capital y conservar la inocencia: el administrador de impuestos especiales puede nombrar sin fianzas, y esos mismos 40 nobles pueden obtener los puestos mediante solicitud del gobernador provincial de la nobleza, sin necesidad de artel ni contrato; de lo contrario, «quizá el ministro del interior detenga la disposición en salvaguarda de la corrección del régimen general del Estado». Esta sabia opinión probablemente habría triunfado si el gobernador de la nobleza no hubiera hecho dos declaraciones de importancia esencial: 1.ª, que el contrato ya se había presentado al consejo del ministro de hacienda, quien lo reconoció como posible y en principio estuvo de acuerdo con él. Y 2.ª, que «conseguir esos puestos sólo por medio de una solicitud del gobernador provincial de la nobleza es imposible». Y el informe fue aprobado.

¡Pobres románticos! Sufrieron una derrota. Y qué bien hablaban.

«Hasta ahora, la nobleza sólo ha presentado dirigentes. Pero el informe propone formar una especie de artel. ¿Corresponde esto al pasado, presente y futuro de la nobleza? Según la ley sobre recaudadores, en caso de detectarse malversación por parte del dependiente, el noble debe ponerse detrás del mostrador. ¡Antes morir que ocupar semejante cargo!»

¡Vaya por Dios, cuánta nobleza hay en este hombre! ¡Antes morir que comerciar con vodka! Ahora bien, comerciar con trigo es una ocupación noble, sobre todo en años de mala cosecha, cuando se puede lucrar a costa de los hambrientos. Y aún más noble ocupación es la usura con trigo, prestarlo en invierno a los campesinos hambrientos a cambio del trabajo de verano y calcular ese trabajo tres veces más barato que los precios libres. Justamente en esa franja central de tierra negra a la que pertenece la provincia de Oriol, nuestros terratenientes siempre se han dedicado y se dedican con especial celo a este nobilísimo tipo de usura. Bien, pero para separar bien la noble usura de la innoble, es necesario, por supuesto, gritar lo más alto posible acerca de la ocupación de vinatero, indigna de un noble.

«Es necesario salvaguardar rigurosamente nuestra vocación, expresada en el conocido manifiesto imperial, de servir desinteresadamente al pueblo. El servicio interesado contradice esto...» «Un estamento que tiene en su pasado méritos tales como el servicio militar de sus antepasados, que llevó sobre sus hombros las grandes reformas del emperador Alejandro II, tiene base para cumplir también en el futuro sus deberes ante el Estado».

¡Sí, el servicio desinteresado! La distribución de fincas, la concesión de propiedades pobladas, es decir, regalos de miles de desiatinas de tierra y miles de almas de siervos, la formación de una clase de grandes terratenientes que poseen cientos, miles y decenas de miles de desiatinas de tierra y que con su explotación llevan a millones de campesinos a la miseria completa, he ahí las manifestaciones de ese desinterés. Pero es especialmente encantadora la referencia a las «grandes» reformas de Alejandro II. Por ejemplo, la liberación de los campesinos: ¡con qué desinterés nuestros nobles los desplumaron por completo! Los obligaron a redimir su propia tierra, les hicieron pagar por ella el triple de su precio real, se apropiaron de tierras campesinas en forma de todo tipo de recortes, intercambiaron sus arenales, barrancos y baldíos por buenas tierras campesinas, ¡y ahora todavía tienen el descaro de vanagloriarse de semejantes hazañas!

«La esfera patriótica del negocio de los licores no representa nada...» «Nuestras tradiciones no se basan en los rublos, sino en el servicio al Estado. La nobleza no debe transformarse en una bolsa.»

¡Están verdes! La nobleza «no debe» transformarse en una bolsa, porque en la bolsa se requieren capitales sólidos, y los señores esclavistas de ayer han dilapidado su fortuna hasta el último céntimo. Para su amplia masa, no la transformación en bolsa, sino el sometimiento a la bolsa, el sometimiento al rublo, se ha convertido desde hace mucho en un hecho consumado. Y en su persecución del rublo, el «alto estamento» se dedica desde hace tiempo a asuntos tan altamente patrióticos como la producción de aguardiente de baja calidad, la instalación de refinerías de azúcar y otras fábricas, la participación en todo tipo de empresas comerciales e industriales infladas, el desgaste de umbrales ante los representantes de las altas esferas cortesanas, ante los grandes duques, ministros, etc., etc., para obtener concesiones y garantías gubernamentales para tales empresas, para mendigar dádivas en forma de privilegios al Banco de la Nobleza, primas por la exportación de azúcar, pedacitos (¡de miles de desiatinas!) de alguna tierra bashkir, «sinecuras» lucrativas y cómodas, etc.

«La ética nobiliaria lleva las huellas de la historia, de la posición social…» – y las huellas de la caballeriza, que acostumbró a los nobles a la violencia y a los ultrajes contra el mujik. Por lo demás, la secular costumbre de mandar elaboró también en los nobles algo más sutil: la habilidad de revestir sus intereses explotadores con frases ampulosas, calculadas para embrutecer al oscuro "pueblo llano". Escuchemos más:

"¿Para qué acelerar la mudanza de los tiempos? Aunque sea un prejuicio, las viejas tradiciones no permiten ayudar a esa mudanza…"

En estas palabras del señor Narishkin (uno de los varones del consejo que defendían el punto de vista estatal) se percibe un certero instinto de clase. Por supuesto, el temor al cargo de recaudador (o incluso de besador [funcionario jurado]) es, en los tiempos actuales, un prejuicio, pero ¿acaso no es gracias a los prejuicios de las masas oscuras del campesinado que se mantiene la explotación inaudita y desvergonzada de los campesinos por los terratenientes en nuestra aldea? Los prejuicios se extinguen de todos modos; ¿para qué acelerar su extinción, aproximando abiertamente al noble con el besador, facilitando al campesino mediante esta comparación el proceso (proceso ya iniciado de por sí) de asimilación de la simple verdad de que el noble terrateniente es el mismo usurero, saqueador y depredador que cualquier kulak rural, sólo que inconmensurablemente más fuerte, fuerte por su propiedad de la tierra, por sus privilegios forjados durante siglos, por su cercanía al poder zarista, por su costumbre de dominio y su habilidad para cubrir sus entrañas de Iudushka con toda una doctrina de romanticismo y magnanimidad?

Sí, el señor Narishkin es, sin duda, un varón del consejo, y por su boca habla la sabiduría estatal. No me sorprende que el "mariscal" de la nobleza de Oriol le respondiera –con tal refinamiento de expresión que haría honor a un lord inglés– lo siguiente:

"Contradecir las autoridades que aquí hemos escuchado sería una osadía de mi parte, si no estuviera convencido de que, contradiciendo sus opiniones, no contradigo sus convicciones."

Esto es cierto, y por cierto en un sentido mucho más amplio de lo que imaginaba el señor Stajóvich, quien, en verdad, dijo la verdad sin querer. Las convicciones de los señores nobles son las mismas en todos –desde los prácticos hasta los románticos. Todos creen firmemente en su "sagrado derecho" a cientos o miles de desiatinas de tierra, saqueada por sus antepasados o concedida por los saqueadores, en el derecho a explotar a los campesinos y a desempeñar un papel dominante en el Estado, en el derecho a las tajadas más suculentas (y, en caso necesario, no tan suculentas) del pastel del erario público, es decir, del dinero del pueblo. Discrepan sólo en las opiniones sobre la conveniencia de medidas aisladas, y sus debates al discutir estas opiniones son tan instructivos para el proletariado como cualquier disputa doméstica en el campo de los explotadores. En tales disputas se manifiesta palmaria la diferencia entre los intereses generales de toda la clase de los capitalistas o terratenientes y los intereses de individuos aislados o de grupos aislados; en tales disputas se deja escapar a menudo lo que, en términos generales, se oculta celosamente.

Pero, aparte de esto, el episodio de Oriol arroja también cierta luz sobre el carácter del famoso monopolio de la venta de bebidas alcohólicas. ¡Cuántas bondades no esperaba de él nuestra prensa oficial y oficiosa: el aumento de los ingresos del erario, y la mejora del producto, y la disminución de la embriaguez! Mas, en la práctica, en lugar del aumento de los ingresos, hasta ahora sólo se ha obtenido el encarecimiento del vodka, la confusión del presupuesto, la imposibilidad de determinar con exactitud los resultados financieros de toda la operación; en lugar de la mejora del producto, se ha obtenido un empeoramiento, y difícilmente el gobierno logrará impresionar particularmente al público con aquella comunicación sobre los exitosos resultados de la "degustación" del nuevo "vodka del Estado" que hace poco publicaron todos los periódicos. En lugar de la disminución de la embriaguez, el aumento del número de lugares de venta clandestina de vodka, el aumento de los ingresos de la policía provenientes de estos lugares, la apertura de tiendas de bebidas contra la voluntad de la población que solicita lo contrario[163], el aumento de la embriaguez en las calles[164]. Y, lo principal: ¡qué nuevo y gigantesco campo para la arbitrariedad y el despotismo burocrático, la adulación servil y la malversación abre esta creación de una nueva rama de la hacienda estatal multimillonaria, la creación de todo un ejército de nuevos funcionarios! Es una verdadera invasión de nubes enteras de langosta burocrática, que adula, intriga, saquea, agota, una y otra vez, mares de tinta y montañas de papel. El proyecto de Oriol no es más que un intento de revestir de formas legales el afán de arrebatar tajadas más o menos suculentas del pastel del erario, afán que se apodera de nuestra provincia y que inevitablemente amenaza al país –en las condiciones de autocracia burocrática y mutismo social– con un ulterior reforzamiento de la arbitrariedad y la malversación. He aquí un pequeño ejemplo: ya en otoño apareció en los periódicos una nota sobre una "anécdota constructiva en la esfera del monopolio del vodka". En Moscú se construyen tres almacenes de vinos, que deben abastecer a toda la provincia. Para la construcción de estos almacenes, el ministerio había asignado 1.637.000 rublos. Y resulta que "se ha determinado la necesidad de un crédito adicional por un monto de dos millones y medio"[165]. ¡Es evidente que aquí los funcionarios a quienes se confió la hacienda pública se embolsaron un poquito más que 50 pantalones y algunas piezas de material para botas!

III. Estadística objetiva

Nuestro gobierno está acostumbrado a acusar de tendenciosidad a sus adversarios –y no sólo a los revolucionarios, sino también a los liberales. ¿Han tenido ocasión de ver, por ejemplo, las reseñas de la prensa oficial sobre los órganos liberales (legales, por supuesto)? En el órgano del ministerio de finanzas, "Véstnik Finánsov"{121}, había a veces reseñas de la prensa, y cada vez que el funcionario encargado de estas reseñas comentaba la valoración del presupuesto, o del hambre, o de alguna medida gubernamental en una de nuestras revistas liberales (gruesas), siempre señalaba con indignación su "tendenciosidad", oponiéndole una indicación "objetiva" no sólo de los "lados oscuros", sino también de los "fenómenos consoladores". Esto, por supuesto, no es más que un pequeño ejemplo, pero ilustra la actitud habitual del gobierno, su habitual afán de enorgullecerse de su "objetividad".

Intentemos dar gusto a estos jueces severos e imparciales. Intentemos recurrir a la estadística. Tomaremos, por supuesto, no la estadística de tales o cuales hechos de la vida social: se sabe que los hechos son registrados por personas parciales y generalizados por instituciones a veces decididamente "tendenciosas" –como el zemstvo. No, tomaremos la estadística… de las leyes. Nos atrevemos a pensar que ni el más furibundo partidario del gobierno se decidirá a afirmar que puede haber algo más objetivo e imparcial que la estadística de las leyes –un simple recuento de lo que el propio gobierno decreta, con total independencia de cualquier consideración sobre la divergencia entre la palabra y el hecho, el decreto y la ejecución, etc., etc.

Así pues, manos a la obra.

Junto al Senado Gobernante se publica, como es sabido, la "Recopilación de Legalizaciones y Disposiciones del Gobierno", que da cuenta periódicamente de cada medida del gobierno. Tomaremos precisamente estos datos y veremos sobre qué legisla y dispone el gobierno. Exactamente: sobre qué. No nos permitiremos criticar las órdenes de las autoridades, – nos limitaremos a contar el número de "las mismas" referentes a tal o cual esfera. En los periódicos de enero se ha reproducido de la mencionada publicación gubernamental el contenido de los números 2905 a 2929 del año pasado y 1 a 66 del año en curso. En total, 91 legalizaciones y disposiciones en el período del 29 de diciembre de 1900 al 12 de enero de 1901 – justo en el linde de los siglos. Por su carácter, estas 91 legalizaciones presentan una particular comodidad para el tratamiento "estadístico": entre ellas no hay ninguna ley particularmente destacada, nada que relegue completamente a un segundo plano todo lo demás e imprima un sello especial al período dado de administración interior. Todas son legalizaciones relativamente menudas, que satisfacen demandas corrientes, surgidas constante y regularmente. Sorprendemos así al gobierno en su aspecto cotidiano, lo cual nos garantiza una vez más la objetividad de la "estadística".

De las 91 disposiciones legislativas, 34 —es decir, más de un tercio— tratan sobre un mismo asunto: la prórroga de los plazos para el pago de capital por acciones o para el desembolso de dinero por acciones de diversas sociedades anónimas comerciales e industriales. La lectura de estas disposiciones puede recomendarse a los lectores de periódicos para refrescar en su memoria la lista de producciones de nuestra industria y los nombres de diversas firmas. Es completamente análogo el contenido del segundo grupo de disposiciones legislativas: sobre la modificación de los estatutos de sociedades comerciales e industriales. A este grupo pertenecen 15 disposiciones legislativas que reforman los estatutos de la compañía de comercio de té de los hermanos K. y S. Popov, de la compañía de producción de cartón y tela asfáltica A. Nauman y Cía., de la compañía de producción de cuero y comercio de artículos de cuero, lona y lienzo bajo la firma I. A. Osipov y Cía., etc., etc. Finalmente, a este mismo tipo de disposiciones legislativas hay que añadir otras 11, de las cuales seis están dedicadas a satisfacer una u otra necesidad del comercio y la industria (establecimiento de un banco público y una sociedad de crédito mutuo, fijación de precios para títulos con interés aceptados como garantía en contratos del Estado, reglas para la circulación por ferrocarril de vagones pertenecientes a particulares, instrucción para los corredores de la bolsa de cereales de Borisoglebsk), y cinco establecen en cuatro fábricas y una mina seis nuevos puestos de guardias urbanos y dos puestos de oficial de policía montada.

Así pues, 60 disposiciones legislativas de 91, es decir, dos tercios, están dedicadas a la satisfacción más directa de diversas necesidades prácticas de nuestros capitalistas y (en parte) a la protección contra los disturbios obreros. El lenguaje impasible de las cifras testimonia que, por el carácter predominante de sus disposiciones legislativas y decretos cotidianos, nuestro gobierno es un fiel servidor de los capitalistas, desempeñando respecto a toda la clase de los capitalistas exactamente el mismo papel que desempeña, digamos, una oficina permanente del congreso de magnates del hierro o la cancillería del sindicato de magnates del azúcar respecto a los capitalistas de ramas aisladas de la producción. Por supuesto, la circunstancia de que una insignificante modificación del estatuto de una compañía cualquiera o la prórroga del plazo para el pago de sus acciones constituyan objeto de disposiciones legislativas especiales, depende simplemente de la pesadez de nuestra máquina estatal; bastaría una pequeña "mejora del mecanismo", y todo esto pasaría a ser competencia de las instituciones locales. Pero, por otro lado, la pesadez del mecanismo, la centralización excesiva, la necesidad de que el propio gobierno meta sus narices en todo: todos estos son fenómenos generales que se extienden a toda nuestra vida social, y en absoluto a una sola esfera del comercio y la industria. Por lo tanto, la comparación del número de disposiciones legislativas de uno u otro tipo puede servir perfectamente como indicador aproximado de aquello en lo que nuestro gobierno piensa y se ocupa, de aquello que le interesa.

He aquí que, por ejemplo, por las sociedades privadas, si no persiguen el fin, moralmente tan respetable y políticamente tan seguro, del lucro, nuestro gobierno se interesa ya incomparablemente menos (si no se considera como manifestación de interés la tendencia a obstaculizar, prohibir, cerrar, etc.). Durante el período "objeto de informe" —quien escribe estas líneas está de servicio y por ello espera que el lector le perdone el uso de términos burocráticos— se han aprobado los estatutos de dos sociedades (la sociedad de ayuda a los alumnos necesitados del gimnasio masculino de Vladikavkaz y la sociedad de Vladikavkaz de excursiones y viajes educativos) y se ha autorizado por altísima gracia la modificación de los estatutos de tres (la caja de ahorro, préstamo y auxilio de empleados y obreros de las fábricas de Lyudinovo y Sukreml y del ferrocarril de Maltsev; la primera sociedad de cultivo del lúpulo; la sociedad benéfica de fomento del trabajo femenino), 55 disposiciones legislativas sobre sociedades comerciales e industriales y 5 sobre todo tipo de otras. En la esfera de los intereses comerciales e industriales, "nosotros" nos esforzamos por estar a la altura de la tarea, nos esforzamos por hacer todo lo posible para facilitar las alianzas entre comerciantes e industriales (nos esforzamos, pero no lo hacemos, porque la pesadez de la máquina y la ilimitada lentitud burocrática ponen límites muy estrechos a lo "posible" en el estado policial). En cambio, en la esfera de las alianzas no comerciales, en principio somos partidarios de la homeopatía. Bueno, la sociedad de cultivo del lúpulo o de fomento del trabajo femenino: esto no está del todo mal. Pero eso de las excursiones educativas… ¡Sabe Dios de qué hablarán durante las excursiones y si no se dificultará la incesante supervisión por parte de la inspección! No, mire usted, con el fuego hay que manejarse con más cuidado.

Escuelas. Se han creado tres escuelas completas. ¡Y además, qué escuelas! La escuela inferior de vaqueros en la finca de Su Alteza Imperial el Gran Duque Piotr Nikoláyevich en la aldea de Blagodatnoye. Que las aldeas de los grandes duques deben ser todas bienaventuradas [Blagodatnoye], de eso hace tiempo que no dudo. Pero ahora tampoco dudo de que incluso las más altas personalidades pueden interesarse y entusiasmarse sincera y profundamente por la instrucción del hermano menor. Además: se aprobaron los estatutos del taller-escuela rural de oficios de Dergachev y de la escuela inferior de agricultura de Asanov. Es una lástima que no tengamos a mano ningún manual de consulta para comprobar si estas bienaventuradas aldeas, en las que con tanta energía se cultiva la educación popular y… la hacienda terrateniente, no pertenecen también a algunas altas personalidades. De todas formas, me consuelo pensando que tales indagaciones no forman parte de los deberes de un estadístico.

Estas son todas las disposiciones legislativas que expresan los "desvelos del gobierno por el pueblo". La agrupación la he realizado, como ve, según los principios más benévolos. ¿Por qué, por ejemplo, la sociedad de cultivo del lúpulo no es una sociedad comercial? ¿Acaso solo porque allí, a veces, quizás, no se habla solo de comercio? ¿O la escuela de vaqueros? ¿Quién discernirá, a decir verdad, si es realmente una escuela o solo un corral perfeccionado?

Queda el último grupo de disposiciones legislativas, que expresan la solicitud del gobierno por sí mismo. Aquí se incluye el triple de disposiciones legislativas (22) del número que hemos asignado a las dos rúbricas anteriores. Aquí hay una serie de reformas administrativas, cada cual más radical: el cambio de nombre de la aldea de Platonovskoye por aldea de Nikoláyevskoye; modificación de estatutos, plantillas, reglamentos, listas, horarios de apertura de sesiones (de algunos congresos distritales), etc.; aumento de la asignación a las comadronas adscritas a las unidades militares de la circunscripción militar del Cáucaso; determinación de la cuantía de la asignación monetaria para el herraje y tratamiento de los caballos cosacos de línea; modificación del estatuto de la escuela privada de comercio de Moscú, reglamento de la beca con el nombre del consejero de la corte Daniil Samuilovich Polyakov en la escuela de comercio de Kozlov. No sé si he clasificado correctamente estas últimas disposiciones legislativas: ¿expresan realmente la solicitud del gobierno por sí mismo, y no por los intereses comerciales e industriales? Pido indulgencia al lector: es, en efecto, el primer intento de una estadística de las disposiciones legislativas; hasta ahora nadie había intentado elevar este campo del conocimiento al grado de ciencia rigurosa, nadie, sin excluir ni siquiera a los profesores de derecho estatal ruso.

Finalmente, una disposición legislativa debe ser destacada en un grupo especial e independiente, tanto por su contenido como porque es la primera medida del gobierno en el nuevo siglo: "sobre el aumento de la superficie de bosques destinados al desarrollo y mejora de las cacerías imperiales". ¡Un gran debut, digno de una gran potencia!

Ahora hay que hacer el balance de comprobación. La estadística no prescinde de esto.

Medio centenar de disposiciones legislativas y decretos dedicados a compañías y empresas comerciales e industriales aisladas; dos decenas de cambios de nombre y transformaciones administrativas; dos sociedades privadas recién creadas y tres reformadas; tres escuelas que preparan sirvientes terratenientes; seis guardias urbanos y dos oficiales de policía montada en las fábricas. ¿Es posible dudar de que una actividad legislativo-administrativa tan rica y multifacética garantiza a nuestra patria un progreso rápido e incesante en el siglo XX?