Reproducimos íntegramente la «Carta a los órganos socialdemócratas rusos» que nos ha sido enviada por uno de nuestros representantes.

En respuesta a la invitación de nuestros compañeros de deportación para que nos pronunciáramos sobre *Iskra*, hemos decidido declarar las razones de nuestro desacuerdo con este órgano.

Reconociendo plenamente lo oportuno de la aparición de un órgano socialdemócrata especial, dedicado específicamente a las cuestiones de la lucha política, no creemos que *Iskra*, que ha asumido tal tarea, la haya resuelto satisfactoriamente. Su principal defecto, que como un hilo rojo recorre todas sus columnas y condiciona todos sus demás defectos, grandes y pequeños, consiste en que *Iskra* otorga un lugar muy destacado a los ideólogos del movimiento en el sentido de su influencia sobre una u otra de sus direcciones. Al mismo tiempo, *Iskra* tiene poco en cuenta los elementos materiales del movimiento y el medio material, de cuya interacción surge un determinado tipo de movimiento obrero y se define su camino, del cual no pueden desviarlo todos los esfuerzos de los ideólogos, aunque estén inspirados por las mejores teorías y programas.

Este defecto de *Iskra* salta a la vista de manera especialmente llamativa al compararla con *Yuzhny Rabochi*{122}, el cual, enarbolando, al igual que *Iskra*, la bandera de la lucha política, la vincula con la fase anterior del movimiento obrero del sur de Rusia. Este planteamiento de la cuestión es completamente ajeno a *Iskra*. Proponiéndose como objetivo crear «de la chispa una gran llamarada», olvida que para ello se necesita material combustible apropiado y condiciones externas favorables. Rechazando con ambas manos a los «economistas», *Iskra* pierde de vista que su actividad preparó la participación de los obreros en los acontecimientos de febrero y marzo, que ella subraya con especial empeño y, a todas luces, exagera considerablemente. Al valorar negativamente la actividad de los socialdemócratas de finales de los años 90, *Iskra* ignora la ausencia de condiciones en aquel tiempo para otro trabajo que no fuera la lucha por pequeñas reivindicaciones, y la enorme importancia educativa que tuvo esta lucha. Evaluando de manera totalmente incorrecta y antihistórica este período y esta dirección de la actividad de los socialdemócratas rusos, *Iskra* identifica su táctica con la táctica de Zubátov, sin ver la diferencia entre la «lucha por pequeñas reivindicaciones», que amplía y profundiza el movimiento obrero, y las «pequeñas concesiones», que tienen por objeto paralizar toda lucha y todo movimiento.

Completamente imbuida de una intolerancia sectaria, tan característica de los ideólogos del período infantil de los movimientos sociales, *Iskra* está dispuesta a tildar cualquier desacuerdo con ella no solo de desviación de los principios socialdemócratas, sino incluso de paso al campo enemigo. Tal es su arranque, sumamente indecente y merecedor de la más severa e implacable condena, contra *Rábochaya Mysl*, a la que dedicó un artículo sobre Zubátov y a cuya influencia atribuyó sus éxitos entre una parte de los obreros. En su actitud negativa hacia otras organizaciones socialdemócratas, que ven de manera diferente a ella el curso y las tareas del movimiento obrero ruso, *Iskra*, en el fragor de la polémica con ellas, olvida a veces la verdad y, aferrándose a expresiones aisladas realmente desafortunadas, atribuye a sus adversarios puntos de vista que no les pertenecen, subraya los puntos de desacuerdo, a menudo poco esenciales, y silencia obstinadamente los numerosos puntos de contacto en las concepciones: nos referimos a la actitud de *Iskra* hacia *Rábochaye Delo*.

Esta excesiva propensión suya a la polémica se deriva ante todo de su sobreestimación del papel de la «ideología» (programas, teorías…) en el movimiento, y en parte es un eco de la guerra intestina que se encendió en Occidente entre los emigrados rusos y de la que se apresuraron a informar al mundo en una serie de folletos y articulillos polémicos. A nuestro juicio, todas estas divergencias suyas casi no tienen influencia alguna sobre el curso real del movimiento socialdemócrata ruso; salvo que lo perjudican, introduciendo una escisión indeseable entre los compañeros que actúan en Rusia, y por eso no podemos sino valorar negativamente el ardor polémico de *Iskra*, especialmente cuando se sale de los marcos permitidos por la decencia.

El mismo defecto fundamental de *Iskra* es la causa de su inconsecuencia en la cuestión de las relaciones de la socialdemocracia con las diferentes clases y corrientes sociales. Decidida, mediante cálculo teóricos, a plantear la tarea del paso inmediato a la lucha contra el absolutismo y sintiendo probablemente toda la dificultad de esta tarea para los obreros en la situación actual, pero no teniendo paciencia para esperar a que sigan acumulando fuerzas para esta lucha, *Iskra* comienza a buscar aliados en las filas de los liberales y la intelectualidad y en su búsqueda abandona no pocas veces el punto de vista de clase, difuminando las contradicciones de clase y poniendo en primer plano la comunidad de descontento contra el gobierno, aunque las causas y el grado de este descontento entre los «aliados» son muy diversos. Tales son, por ejemplo, las relaciones de *Iskra* con el zemstvo. *Iskra* se esfuerza por inflamar hasta convertir en llama de lucha política sus salidas de tono de descontento, provocadas a menudo por la defensa insuficiente por parte del gobierno en comparación con la industria, de las apetencias agrarias de los señores del zemstvo, y promete a los nobles descontentos con las limosnas gubernamentales la ayuda de la clase obrera, sin decir ni una palabra sobre la hostilidad de clase entre estos sectores de la población. Podemos admitir que se pueda hablar del despertar de la capa de los zemstvos y señalar al zemstvo como un elemento que lucha contra el gobierno, pero solo de una forma clara y precisa que no deje dudas sobre el carácter de nuestro posible acuerdo con semejantes elementos. Pero *Iskra* plantea la cuestión de la actitud hacia el zemstvo de tal modo que, en nuestra opinión, esto solo puede oscurecer la conciencia de clase, ya que aquí, al igual que los predicadores del liberalismo y de diversas iniciativas culturales, coloca un contrapeso a la tarea fundamental de la literatura socialdemócrata, tarea que consiste en la crítica del régimen burgués y en la clarificación de los intereses de clase, no en la difuminación de su antagonismo. Tal es también la actitud de *Iskra* hacia el movimiento estudiantil. Mientras tanto, en otros artículos *Iskra* condena enérgicamente todo «compromiso» y sale, por ejemplo, en defensa del comportamiento intolerante de los guesdistas.

Sin detenernos en otros defectos y fallos menos importantes de *Iskra*, creemos un deber, para concluir, señalar que con nuestra crítica no pretendemos en absoluto menoscabar la importancia que *Iskra* puede tener, ni cerramos los ojos ante sus méritos. La saludamos como un periódico político socialdemócrata en Rusia. Consideramos un gran mérito suyo el haber esclarecido acertadamente la cuestión del terror, a la que dedicó oportunamente varios artículos. Por último, no podemos dejar de señalar el lenguaje literario ejemplar de *Iskra*, tan raro en las publicaciones ilegales, la regularidad de su aparición y la abundancia de material fresco e interesante.

Septiembre de 1901.

Señalemos, ante todo, con respecto a esta carta, que saludamos de todo corazón la franqueza y la sinceridad de sus autores. Ya es hora de dejar de jugar al escondite, ocultando el «credo»[156] «economicista» propio (como hace una parte del Comité de Odesa, del que se separaron los «políticos») o declarando, como en mofa de la verdad, que en la actualidad «decididamente ninguna organización socialdemócrata es culpable de "economismo"» (folleto *Dos congresos*, publicado por *Ráb. Delo*, pág. 32). – Y ahora, al grano.

El error fundamental de los autores de la carta es absolutamente el mismo en que incurre también *Rábochaye Delo* (véase especialmente el núm. 10). Se confunden en la cuestión de la interrelación entre los elementos «materiales» (espontáneos, según la expresión de *Rábochaye Delo*) del movimiento y los ideológicos (conscientes, que actúan «según un plan»). No comprenden que el «ideólogo» solo merece entonces el nombre de ideólogo cuando marcha por delante del movimiento espontáneo, señalándole el camino, cuando sabe resolver antes que otros todas las cuestiones teóricas, políticas, tácticas y organizativas con las que los «elementos materiales» del movimiento tropiezan espontáneamente. Para verdaderamente «tener en cuenta los elementos materiales del movimiento», hay que adoptar una actitud crítica hacia ellos, hay que saber señalar los peligros y los defectos del movimiento espontáneo, hay que saber elevar la espontaneidad hasta la conciencia. Decir, en cambio, que los ideólogos (es decir, los dirigentes conscientes) no pueden desviar el movimiento del camino determinado por la interacción del medio y los elementos, significa olvidar la verdad elemental de que la conciencia participa en esta interacción y en esta determinación. Los sindicatos obreros católicos y monárquicos en Europa también son un resultado necesario de la interacción del medio y los elementos, solo que en esta interacción participaba la conciencia de los curas y los Zubátov, y no la conciencia de los socialistas. Las concepciones teóricas de los autores de la carta (al igual que las de *Rábochaye Delo*) no son marxismo, sino esa parodia del mismo que propalan nuestros «críticos» y bernsteinianos, que no comprenden cómo vincular la evolución espontánea con la actividad revolucionaria consciente.

Este profundo error teórico conduce necesariamente, en el momento que estamos viviendo, al más grave error táctico, que ya ha causado y sigue causando un daño incalculable a la socialdemocracia rusa. El hecho es que el ascenso espontáneo tanto de la masa obrera como (gracias a su influencia) de otras capas sociales se produce en los últimos años con una rapidez sorprendente. Los «elementos materiales» del movimiento han crecido gigantescamente incluso en comparación con 1898, pero los dirigentes conscientes (los socialdemócratas) van a la zaga de este crecimiento. Esta es la causa fundamental de la crisis que atraviesa la socialdemocracia rusa. Al movimiento de masas (espontáneo) le faltan «ideólogos» tan preparados teóricamente que estén inmunizados contra todo tipo de vacilación, le faltan dirigentes que posean un horizonte político tan amplio, una energía revolucionaria y un talento organizativo tales como para crear, sobre la base del nuevo movimiento, un partido político combativo.

Todo esto, no obstante, no sería aún más que la mitad del mal. Los conocimientos teóricos, la experiencia política y la destreza organizativa son cosas que se pueden adquirir. Con tal de que haya deseo de aprender y de desarrollar en uno mismo las cualidades requeridas. Pero he aquí que desde finales de 1897 y especialmente desde el otoño de 1898, alzaron la cabeza en la socialdemocracia rusa individuos y órganos que no solo cerraban los ojos ante esta carencia, sino que la proclamaron una virtud particular, que elevaron a teoría la genuflexión y el servilismo ante la espontaneidad, que se pusieron a predicar que los socialdemócratas no debían marchar por delante, sino arrastrarse a la cola del movimiento. (A estos órganos pertenecía no solo *Ráb. Mysl*, sino también *Ráb. Delo*, que comenzó con la «teoría de las etapas» y terminó defendiendo por principio la espontaneidad, la «plenitud de derechos del movimiento en el presente», la «táctica-proceso», etc.)

Esto sí era ya una verdadera desgracia. Era la formación de una corriente particular a la que se ha dado en llamar «economismo» (en el sentido amplio de la palabra) y cuyo rasgo fundamental consiste en no comprender e incluso en defender el atraso, es decir, como ya hemos explicado, el atraso de los dirigentes conscientes respecto al ascenso espontáneo de las masas. Esta corriente se caracteriza: en lo ideológico – por la vulgarización del marxismo y la impotencia ante la «crítica» contemporánea, esa novísima variedad de oportunismo; en lo político – por el afán de estrechar o de cambiar por pequeñeces la agitación política y la lucha política, por la incomprensión de que, si no toma en sus manos la dirección del movimiento democrático general, la socialdemocracia no podrá derribar la autocracia; en lo táctico – por una total inestabilidad (*Ráb. Delo* en primavera se detuvo perplejo ante la «nueva» cuestión del terror y solo medio año después, tras una serie de vacilaciones, se pronunció en una resolución muy equívoca contra él, arrastrándose, como siempre, a la cola del movimiento); en lo organizativo – por la incomprensión de que el carácter masivo del movimiento no solo no debilita, sino que, por el contrario, refuerza nuestra obligación de crear una organización centralizada y sólida de revolucionarios, capaz de dirigir tanto la lucha preparatoria como cualquier explosión imprevista y, por último, el ataque final y decisivo.

Contra esta corriente hemos luchado y lucharemos de manera irreconciliable. Los autores de la carta, por lo visto, pertenecen ellos mismos a ella. Nos señalan que la lucha económica preparó la participación de los obreros en las manifestaciones. Sí, y precisamente nosotros fuimos los primeros y los que más a fondo valoramos esta preparación, cuando ya en diciembre de 1900 (núm. 1) nos pronunciamos contra la teoría de las etapas[157], cuando en febrero (núm. 2), justo después del envío de estudiantes a filas y aún antes del comienzo de las manifestaciones, llamábamos a los obreros a acudir en ayuda de los estudiantes[158]. Los acontecimientos de febrero y marzo no «refutaron los temores y recelos» de *Iskra* (como piensa – *Ráb. Delo* núm. 10, pág. 53 – Martínov, quien demuestra con ello una incomprensión total del asunto), sino que los confirmaron por completo, pues los dirigentes se encontraron rezagados del ascenso espontáneo de las masas, se encontraron no preparados para cumplir sus obligaciones como dirigentes. Esta preparación es todavía hoy en día muy imperfecta, y por eso todas las habladurías sobre la «sobreestimación del papel de la ideología» o del papel del elemento consciente en comparación con el espontáneo, etc., siguen ejerciendo la más perniciosa influencia práctica sobre nuestro partido.

Una influencia igualmente perniciosa ejercen las habladurías sobre que es necesario, bajo el pretexto del punto de vista de clase, subrayar lo menos posible la comunidad de descontento contra el gobierno de diferentes capas de la población. Por el contrario, nos enorgullecemos de que *Iskra* despierte el descontento político en todas las capas de la población, y solo lamentamos no lograr hacerlo a una escala aún más amplia. No es cierto que con ello difuminemos el punto de vista de clase: los autores de la carta no han señalado ningún ejemplo concreto de tal difuminación, ni podrán señalarlo. Pero, como luchador de vanguardia por la democracia, la socialdemocracia debe – en contra de la opinión de *Ráb. Delo* núm. 10, pág. 41 – dirigir la actividad activa de las diversas capas opositoras, explicarles el significado político general de sus choques particulares y profesionales con el gobierno, atraerlas al apoyo del partido revolucionario, debe forjar en su seno a tales líderes que sepan influir políticamente sobre todas y cada una de las capas opositoras. Cualquier renuncia a este papel, por muy pomposas frases sobre un vínculo estrecho, orgánico con la lucha proletaria, etc., de que se revista, equivale a una nueva «defensa del atraso» de los socialdemócratas, del atraso respecto al ascenso del movimiento democrático de todo el pueblo, equivale a entregar el papel dirigente en manos de la democracia burguesa. ¡Que los autores de la carta reflexionen sobre por qué los acontecimientos de la primavera provocaron tal animación de las corrientes revolucionarias no socialdemócratas, en lugar de provocar un fortalecimiento de la autoridad y el prestigio de la socialdemocracia!

No podemos tampoco dejar de rebelarnos contra la asombrosa miopía que muestran los autores de la carta en la cuestión de la polémica y la guerra intestina entre los emigrados. Repiten las viejas tonterías sobre la «indecencia» de dedicar un artículo sobre Zubátov a *Ráb. Mysl*. ¿Acaso se les ocurrirá negar que la difusión del «economismo» facilita la tarea de los señores Zubátov? Solo eso decimos, sin «identificar» en absoluto la táctica de los «economistas» y la táctica de Zubátov. Y en cuanto a los «emigrados» (si los autores de la carta no fueran tan imperdonablemente despreocupados respecto a la continuidad de las ideas en la socialdemocracia rusa, sabrían que las advertencias de los «emigrados», precisamente del grupo «Emancipación del Trabajo», acerca del «economismo» ¡se confirmaron de la manera más brillante!), escuchen cómo juzgaba Lassalle, actuando en 1852 entre los obreros renanos, las disputas en la emigración de Londres:

«Difícilmente – escribía a Marx – la policía encontrará dificultades para editar tu obra contra los "grandes hombres", Kinkel, Ruge y otros... El gobierno, pienso, incluso se alegra de la aparición de tales obras, pues cree que "los revolucionarios se devorarán entre sí a mordiscos". Que la lucha de partido da al partido fuerza y vitalidad, que la mayor prueba de la debilidad de un partido es su carácter difuso y la atenuación de límites bien delimitados, que el partido se fortalece depurándose a sí mismo – esto la lógica burocrática no lo sospecha ni lo teme» (de la carta de Lassalle a Marx, 24 de junio de 1852){123}.

¡Para conocimiento de todos los bonachones adversarios de la dureza, la irreconciliabilidad, el ardor polémico, etc., hoy tan numerosos!

Para concluir, señalemos que aquí solo hemos podido rozar brevemente las cuestiones discutibles. A su análisis detallado dedicaremos un folleto especial que saldrá a la luz, esperamos, dentro de mes y medio.

*Iskra* núm. 12, 6 de diciembre de 1901.

Se publica según el texto del periódico *Iskra*