No es solo la ruina, sino la extinción directa del campesinado ruso la que avanza en el último decenio con asombrosa rapidez, y probablemente ninguna guerra, por prolongada y encarnizada que haya sido, se ha cobrado tan enorme cantidad de víctimas. Contra el mujik se han coaligado todas las fuerzas más poderosas de la época moderna: tanto el capitalismo mundial, cada vez más acelerado, que ha creado la competencia ultramarina y ha dotado a la pequeña minoría de agricultores capaces de sobrevivir en la lucha desesperada por la existencia con los métodos de producción e instrumentos más perfeccionados, como el Estado militar, que lleva a cabo una política de aventuras en sus posesiones coloniales, en el Lejano Oriente y en Asia Central, cargando sobre las masas obreras todas las desmesuradas gravosidades de esta política, que cuesta sumas fabulosas, y encima levantando con dinero del pueblo nuevas y nuevas baterías de «represión» y «contención» policial contra el creciente descontento e indignación de esas masas.

Después de que el hambre se ha convertido entre nosotros en un fenómeno habitual, era natural esperar que el gobierno intentara formalizar y consolidar su política habitual en materia de abastecimiento. Si en 1891-1892 el gobierno fue tomado por sorpresa y al principio se desconcertó bastante, ahora ya tiene una rica experiencia y sabe perfectamente adónde (y cómo) ir. «En este momento –escribía Iskra en julio (núm. 6)–, una negra nube de calamidad popular se cierne sobre el país, y el gobierno se prepara de nuevo a desempeñar su infame papel de fuerza desalmada, que aparta el pedazo de pan de la población hambrienta y castiga cualquier manifestación de preocupación por los hambrientos que no entre en los planes de las autoridades».

Los preparativos del gobierno fueron muy rápidos y muy decididos. El espíritu con que se realizaron quedó suficientemente revelado por el caso de Elisavetgrad. El príncipe Obolenski, gobernador de la provincia de Jersón, declaró inmediatamente la guerra a todos aquellos que tuvieron la osadía de escribir y hablar sobre el hambre de Elisavetgrad, de llamar a la sociedad a socorrer a los hambrientos, de organizar círculos privados e invitar a personas particulares a organizar esa ayuda. Los médicos del zemstvo escribían en los periódicos que en el distrito había hambre, que la gente enfermaba y moría, que el «pan» que consumían era algo increíble y ni siquiera merecía el nombre de pan. El gobernador entra en polémica con los médicos del zemstvo y publica desmentidos oficiales. Quien conozca, aunque sea mínimamente, las condiciones generales de nuestra prensa, quien se tome la molestia de recordar la saña persecutoria de que han sido objeto en los últimos tiempos órganos muy moderados y literatos aún infinitamente más moderados, comprenderá lo que significaba esta «polémica» del jefe de provincia con unos médicos del zemstvo, ¡que ni siquiera estaban al servicio del Estado! Era simplemente un tapar la boca, era la declaración más manifiesta y desvergonzada de que el gobierno no toleraría la verdad sobre la hambruna. ¡Y qué declaración! A quien menos se puede reprochar, en todo caso, es al gobierno ruso que se limite a declaraciones cuando existe la posibilidad de «emplear el poder». Y el príncipe Obolenski no tardó en emplear el poder, presentándose personalmente en el teatro de la guerra —de la guerra contra los hambrientos y contra aquellos que, sin pertenecer a ningún departamento, querían prestar ayuda efectiva a los hambrientos—, y prohibiendo la instalación de comedores a varias personas particulares que ya habían llegado con motivo del hambre (entre ellas, a la señora Uspénskaya). Al igual que Julio César, el príncipe Obolenski llegó, vio, venció, y los telegramas comunicaron inmediatamente esta victoria a toda la Rusia lectora.

Sólo asombra una cosa: que esta victoria, este descarado desafío a todos los rusos en quienes queda aún una gota de decencia o una pizca de valor cívico, no encontró la menor resistencia entre las personas más interesadas, por decirlo así. En la provincia de Jersón, muchos, indudablemente, conocían y conocen todos los entresijos de este silenciamiento del hambre y de esta lucha contra la ayuda a los hambrientos, pero nadie publicó ni una exposición de este edificante asunto, ni los documentos concernientes, ni siquiera un simple llamamiento a protestar contra la monstruosa prohibición de instalar comedores. Los obreros organizan una huelga cuando el gobierno lleva a efecto su amenaza de despedir a los que «faltaron al trabajo» el primero de mayo; la sociedad intelectual calla cuando a sus representantes se les prohíbe… prestar ayuda a los hambrientos.

Como alentado por el éxito de esta primera escaramuza con los «sediciosos» que se atreven a ayudar a los hambrientos, el gobierno pasó pronto al ataque en toda la línea. La valerosa hazaña del príncipe Obolenski se eleva a principio rector, a ley que regula en adelante las relaciones de todos los administradores con todas las personas «involucradas» en el asunto del abastecimiento (la palabra «involucrado» es, en rigor, un término penal, perteneciente específicamente a nuestro código de penas, pero ya hemos visto y veremos más abajo que, en la actualidad, la ayuda no autorizada a los hambrientos entra de lleno en el concepto de delito penal). Y dicha ley no tardó en llegar, esta vez en la forma simplificada de una «circular del ministro del Interior a los gobernadores de las provincias afectadas por la mala cosecha de 1901» (17 de agosto de 1901, núm. 20).

Esta circular quedará, seguramente, como monumento duradero del extremo límite{103} al que conduce el pánico policíaco ante la terrible calamidad popular, ante el acercamiento de los hambrientos y los «intelectuales» que les ayudan, unido a la firme intención de ahogar cualquier «ruido» sobre el hambre y restringir la ayuda a las proporciones más insignificantes. Sólo cabe lamentar que el desmedido volumen de esta circular y la pesadez del estilo cancilleresco con que está redactada impidan, quizás, que el gran público tome conocimiento de ella.

Es sabido que la ley del 12 de junio de 1900 retiró el abastecimiento de la competencia del zemstvo y lo entregó a los jefes de la nobleza terrateniente y a las juntas distritales. Parecía que nada podía ser más seguro: el elemento electivo quedaba eliminado, personas mínimamente independientes de las autoridades no iban a disponer del asunto y, por consiguiente, no armarían ruido. Pero, después de la incursión del príncipe Obolenski, todo esto pareció insuficiente: era necesario subordinar más rigurosamente todo el asunto al ministerio y a los funcionarios que ejecutan directamente sus instrucciones; era preciso eliminar definitivamente toda posibilidad de exageraciones. Por tanto, en lo sucesivo, el propio ministerio[139] decidirá en exclusiva la cuestión de qué distritos son «desfavorables por la cosecha», y en el ministerio se instalará, evidentemente, el cuartel general de las hostilidades contra los hambrientos. Y por conducto de los señores gobernadores, este cuartel general dirigirá la actividad de aquellas personas (principalmente, los mariscales de la nobleza de distrito) en cuyas manos está concentrada la «dirección central de abastecimiento del distrito». Al iniciador de las hostilidades contra los hambrientos, el príncipe Obolenski, le tocó trasladarse personalmente al lugar para reprimir, contener y reducir. Ahora esto está «reglamentado», y bastará un simple intercambio de telegramas (con la ventaja de que ya se han asignado unos mil rublos por distrito para gastos de oficina) entre la «dirección central de distrito» y la central de San Petersburgo para «disponer». El terrateniente civilizado de Turguénev no solo no iba en persona a la caballeriza, sino que se limitaba a musitar una observación, en voz baja, por medio de un lacayo vestido de frac y guantes blancos: «En cuanto a Fiódor… ¡dispongan!»{104} Pues bien, entre nosotros, ahora también, «sin ruido», tranquila y noblemente, se va a «disponer» sobre la contención de los apetitos desmedidos de la población hambrienta.

Y que el Sr. Sipyagin está convencido de la desmesura del apetito del campesino hambriento, se desprende de la insistencia con que la circular no sólo previene contra las «exageraciones», sino que crea directamente nuevas y nuevas reglas que eliminan la posibilidad misma de exageraciones. Con la confección de las listas de necesitados, no os apresuréis: esto suscita en la población «esperanzas exageradas» —dice directamente el ministro y prescribe confeccionar las listas sólo inmediatamente antes del reparto del trigo. Además, sobre cuándo se debe considerar un distrito como desfavorecido por la cosecha, la circular considera superfluo hablar, pero en cambio determina con precisión cuándo no se debe reconocer un distrito como desfavorecido (por ejemplo, cuando ha sufrido no más de un tercio de los volosts, cuando existen ganancias habituales, etc.). Finalmente, en lo que respecta a las normas de subsidio para los hambrientos, el ministro imparte unas reglas que muestran más claro que el agua que el gobierno quiere a toda costa recortar estos subsidios hasta lo imposible y salir del paso con limosnas que en absoluto preservan a la población de la extinción. En efecto: la norma es de 48 puds de trigo por familia (calculados según la magnitud de la cosecha media en la aldea de que se trate); quien no tiene menos de esto, no pasa necesidad. Por qué vía se ha obtenido esta cifra, se desconoce. Sólo se sabe que en un año no hambriento, incluso los campesinos más pobres consumen el doble de trigo (véanse las investigaciones estadísticas de los zemstvos sobre los presupuestos campesinos). La subalimentación se considera, por consiguiente, un fenómeno normal, en virtud de la prescripción del Sr. Ministro. Pero incluso esta norma se reduce, en primer lugar, a la mitad, para que no pueda obtener el préstamo el elemento trabajador, que constituye aproximadamente la mitad de la población, y en segundo lugar, todavía en 1/3–1/5–1/10 «en atención al número aproximado de propietarios acomodados que tienen reservas del año pasado o cualquier (¡exactamente así: “o cualquier”!!) bienestar material». ¡Se puede juzgar por esto en qué fracción insignificante debe expresarse la parte del trigo realmente faltante a la población que el gobierno tiene la intención de prestarle! Y, como recreándose en su propia insolencia, el Sr. Sipyagin, tras exponer este increíble sistema de recortes de los subsidios, declara que ese cálculo aproximado «rara vez resulta exagerado en alguna medida significativa». Los comentarios casi sobran.

Las declaraciones oficiales del gobierno ruso, cuando además de escuetas prescripciones contienen algún intento de explicarlas, encierran casi siempre –es una especie de ley, mucho más estable que la mayoría de nuestras leyes– dos motivos principales o dos tipos principales de motivos. Por un lado, encontrará usted inevitablemente unas cuantas frases generales, que declaran en forma ampulosa la solicitud de las autoridades, su deseo de tener en cuenta las exigencias del momento y los deseos de la opinión pública. Por ejemplo, se habla de la «importante tarea de prevenir la necesidad de alimentos en el seno de la población rural», de la «responsabilidad moral por el bienestar de la población local», etc. De suyo se comprende que estos lugares comunes, en esencia, no significan nada y a nada positivo obligan; en cambio, se parecen como dos gotas de agua a los inmortales discursos del inmortal Iúdushka Golovliov, que amonestaba a los campesinos a los que expoliaba. Dicho sea entre paréntesis, la prensa liberal sometida a censura explota siempre estos lugares comunes (en parte por ingenuidad, en parte por «deber del cargo») para construir una solidaridad de principios del gobierno con su punto de vista.

Pero si usted examina con más atención los otros motivos, no tan generales ni tan evidentemente vacíos, de los mandatos gubernamentales, encontrará siempre explicaciones concretas que repiten íntegramente los argumentos consagrados de los órganos más reaccionarios de nuestra prensa (por ejemplo, de Moskóvskie Védomosti). Rastrear y señalar en cada caso particular esta solidaridad del gobierno con Moskóvskie Védomosti sería, a nuestro juicio, una labor no inútil (y no del todo inaccesible incluso para los activistas legales). En la circular examinada, por ejemplo, encontramos la repetición de las acusaciones más viles, provenientes de los «terratenientes más salvajes», de que la confección prematura de las listas de necesitados suscita «el afán de algunos cabezas de familia acomodados de dar a su hacienda un aspecto empobrecido mediante la venta de reservas y excedentes e inventario». El ministro dice que esto lo «ha demostrado la experiencia de las campañas de abastecimiento precedentes». ¿Luego? Luego, el ministro extrae su experiencia política de las enseñanzas de los más empedernidos señores feudales, que tanto alborotaron en los años de hambre pasados y alborotan ahora sobre los engaños de los campesinos y que tan indignados están por el «alboroto» a propósito de las epidemias de tifus del hambre.

De esos mismos señores feudales aprendió el Sr. Sipyagin a hablar de desmoralización: «es sumamente importante —escribe— que… las instituciones locales… contribuyan al ahorro de los fondos asignados, y lo principal (sic!![140]), que prevengan los casos de concesión infundada de subsidios gubernamentales a personas acomodadas, que ejercen una influencia nociva y desmoralizadora». Y esta desvergonzada prescripción de contribuir al ahorro de los fondos se refuerza con la siguiente enseñanza de principios: «… la amplia distribución de subsidios alimentarios a familias que pueden arreglárselas sin ellos» (¿que pueden arreglárselas con 24 puds de trigo al año por familia?) «independientemente de la improductividad (!) de los gastos del erario en estos casos, tiene, por las consecuencias funestas de tal sistema en el futuro, una importancia no menos perjudicial desde el punto de vista de los intereses y necesidades del Estado que dejar sin la ayuda debida a los verdaderamente necesitados». En los viejos tiempos, los monarcas sentimentales decían: «más vale absolver a diez culpables que condenar a un inocente». Y ahora, el colaborador más inmediato del zar declara: no es menos perjudicial dar subsidio a una familia que puede arreglárselas incluso con 24 puds de trigo al año que dejar sin subsidio al verdaderamente necesitado. ¡Qué lástima que este magnífico por su franqueza «punto de vista» sobre los «intereses y necesidades del Estado» esté oculto al gran público por una circular larguísima y aburridísima! Una esperanza: tal vez la prensa socialdemócrata y la agitación oral socialdemócrata den a conocer al pueblo más de cerca el contenido de la circular ministerial.

Pero con especial contundencia «ataca» la circular a los benefactores privados: se ve a las claras que los administradores que libran la guerra contra los hambrientos consideran los círculos privados de ayuda, los comedores privados, etc., como la posición más importante del «enemigo». El Sr. Sipyagin, con una franqueza que merece todo reconocimiento, explica por qué esta beneficencia privada hace ya tiempo que no dejaba dormir al ministerio del Interior. «A partir de la mala cosecha de 1891 y 1892 y en todas las calamidades semejantes posteriores —reza la circular—, se ha puesto de manifiesto con frecuencia que ciertos benefactores, a la par que prestan ayuda material a los habitantes de las localidades desfavorecidas, tratan de suscitar en su seno el descontento con el orden existente y una exigencia injustificada respecto al gobierno. Al mismo tiempo, la necesidad no plenamente satisfecha, las enfermedades y el desbarajuste de la economía, inevitables en estos casos, crean un terreno muy propicio para la agitación antigubernamental, y de ese terreno se aprovechan gustosamente personas políticamente no fiables para sus fines criminales bajo la máscara de ayudar al prójimo. Por lo común, ante las primeras noticias de una mala cosecha considerable, afluyen a la localidad siniestrada de todas partes personas con un pasado político no impecable, tratan de entrar en contacto con los delegados de las sociedades e instituciones benéficas que llegan de las capitales y son tomados por éstos, por desconocimiento, como colaboradores sobre el terreno, lo que crea dificultades nada insignificantes para los intereses del orden y la administración».

Sin embargo, se vuelve estrecha la tierra rusa para el gobierno ruso. Hubo un tiempo en que solo los jóvenes estudiantes eran considerados un medio particularmente vigilado: sobre ellos se estableció una supervisión especialmente rigurosa, las relaciones con ellos por parte de cualesquiera personas con un pasado político no intachable se imputaban como una gran culpa, todo tipo de círculos y sociedades, incluso si perseguían únicamente fines de ayuda material, eran sospechosos de objetivos antigubernamentales, etc. En aquella época – y en tiempos muy recientes – no existía otro estrato, y menos aún otra clase de la población, que a los ojos del gobierno representara «un terreno muy favorable para la agitación antigubernamental». Pero desde mediados de la década de 1890, se encuentra ya en los comunicados oficiales del gobierno la indicación de otra clase de la población, inconmensurablemente más numerosa, que requiere una vigilancia especial: los obreros fabriles. El crecimiento del movimiento obrero obligó a crear sistemas enteros de instituciones para la supervisión del nuevo elemento revoltoso; en la lista de localidades prohibidas para la residencia de personas políticamente sospechosas comenzaron a figurar, junto a las capitales y las ciudades universitarias, los centros fabriles, los asentamientos, los distritos y provincias enteras[141]. Dos tercios de la Rusia europea resultaron ser particularmente vigilados contra los elementos poco fiables, y el tercio restante está hasta tal punto abarrotado por la masa de «personas con un pasado político no intachable», que hasta la provincia más remota se torna intranquila[142]. Ahora resulta que, según el juicio autorizado de una persona tan competente como el señor ministro del Interior, el «terreno favorable» para la agitación antigubernamental lo representa también la aldea más remota, en la medida en que en ella tienen lugar casos de necesidad no plenamente satisfecha, enfermedades y desorganización de la economía. ¿Y acaso hay muchas aldeas rusas donde estos tipos de «casos» no sean constantes? ¿Y no deberíamos nosotros, los socialdemócratas rusos, aprovechar de inmediato esta instructiva indicación del señor Sipiaguin sobre el «terreno» «favorable»? Precisamente ahora, por un lado, la aldea está interesada por los rumores que llegan ocasionalmente y de algún modo sobre los choques de febrero y marzo del proletariado urbano y la juventud intelectualista contra la opríchnina gubernamental, y, por otro lado, ¿acaso cualquier frase semejante sobre la «exigencia injustificada» del mujik, etc., no ofrece un riquísimo programa para una agitación de lo más amplia y multifacética?

Debemos aprovechar la útil indicación del señor Sipiaguin, y de su ingenuidad vale la pena reírse. Es, en verdad, una ingenuidad divertida imaginarse que la subordinación de la beneficencia privada a la supervisión y control del gobernador dificultará la posibilidad de la influencia de personas «poco fiables» en la aldea. Los verdaderos benefactores nunca han perseguido fines políticos, de modo que las nuevas medidas de restricción y represión recaerán sobre todo en aquellos que son menos peligrosos para el gobierno. En cambio, las personas que quieran abrir los ojos a los campesinos sobre el significado de las nuevas medidas y la actitud del gobierno hacia el hambre en general, seguramente no tendrán ya necesidad de entrar en relaciones con los apoderados de la Cruz Roja ni de presentarse ante los señores gobernadores. Pues he aquí, por ejemplo, cuando resultó que el medio fabril es un «terreno favorable»: aquellos que quisieron acercarse a este medio no entraron en relaciones con los administradores de las fábricas para informarse sobre el orden fabril, ni se presentaron ante los señores inspectores fabriles para obtener permiso para organizar reuniones con los obreros. No olvidamos en absoluto, por supuesto, que la agitación política entre el campesinado presenta enormes dificultades, tanto más cuanto que desviar hacia ella las fuerzas revolucionarias de las ciudades es imposible e irracional, pero no debemos tampoco perder de vista que hazañas gubernamentales como la restricción de la beneficencia privada eliminan una buena mitad de estas dificultades y nos quitan la mitad del trabajo.

No nos detendremos en una «minucia» -en comparación con la circular analizada- como la circular del mismo ministro sobre el refuerzo de la vigilancia de los conciertos, representaciones benéficas, etc. (Cf. «Iskra» nº 9, «Nuevos obstáculos».)

Intentemos ver en qué relación se encuentra ahora la ayuda gubernamental a la población, asignada y distribuida según las nuevas reglas, con la magnitud real de la necesidad. Es cierto que los datos sobre esto son en extremo exiguos. La prensa está ahora embridada hasta lo sumo, las voces de los organizadores privados de comedores enmudecieron junto con la «prohibición» de su actividad, y para informar al público ruso, aturdido por las nuevas severidades, sirven solo las notitas oficiales-policiales sobre el curso satisfactorio de la campaña de abastecimiento, y los articulitos en el mismo espíritu en «Moskóvskie Védomosti», y las conversaciones transmitidas ocasionalmente por algún reportero ocioso con tal o cual pompadour{105}, que expone con suma importancia «ideas sobre la unanimidad del poder del gobernador, así como sobre la autocracia del poder del gobernador y demás»{106}. Por ejemplo, «Nóvoe Vremia» en su nº 9195 transmite que el gobernador de Sarátov (antes de Arjánguelsk) A. P. Engelgardt recibió a un colaborador del periódico local y le expresó, entre otras cosas, que él, el gobernador, organizó personalmente in situ una reunión de los mariscales de la nobleza, representantes de las juntas del zemstvo, jefes del zemstvo y representantes de la Cruz Roja, y «distribuyó las tareas».

«Escorbuto – dijo A. P. Engelgardt – en la forma en que lo observé en la provincia de Arjánguelsk, aquí no lo hay: allí no se puede acercar a un enfermo a cinco pasos; allí esta enfermedad es verdaderamente «pútrida», mientras que aquí se trata sobre todo de las consecuencias de una fuerte anemia, que se desarrolla a causa de las terribles condiciones de la vida doméstica. Los únicos signos casi de la enfermedad escorbútica aquí son los labios blancos, las encías blancas… Un enfermo así se restablece en el curso de una semana con una alimentación adecuada. Ahora se está llevando a cabo precisamente esta alimentación complementaria. En total se distribuyen 1000 raciones al día, aunque no están registrados más de 400 necesitados extremos.

Además de las enfermedades escorbúticas, en toda la localidad se han señalado solo tres casos de tifus. Se debe esperar que la cosa no vaya a más, ya que en todas partes se han abierto ya obras públicas y la población está asegurada con un jornal».

He aquí tal prosperidad: ¡para todo el distrito de Jvalynsk (del que habla el señor pompadour) solo 400 necesitados extremos (los demás, probablemente, «pueden arreglárselas», según la opinión de los señores Sipiaguin y Engelgardt, ¡incluso con 24 puds de pan al año por familia!), y la población ya está asegurada, y los enfermos se restablecen en una semana. ¿Cómo no creer después de esto a «Moskóvskie Védomosti», que en un editorial especial (nº 258) nos inculcan que «según las últimas noticias de las 12 provincias afectadas por la mala cosecha, en ellas bulle el trabajo activo de la administración en la organización de la ayuda. Muchos distritos ya han sido inspeccionados a fin de reconocerlos como desfavorables en el aspecto del abastecimiento, se nombran encargados distritales de la sección de abastecimiento, etc. Al parecer, los funcionarios gubernamentales hacen todo lo posible para prestar una ayuda oportuna y suficiente»?

«Hierve una actividad intensa», y… «no se han registrado más de 400 personas en situación de extrema necesidad»… En el uyezd de Jvalynsk hay 165 mil habitantes rurales, y se reparten mil raciones. La merma de centeno este año en toda la región sureste (incluida la provincia de Sarátov) es del 34 %. En la provincia de Sarátov, de la siembra total en tierras campesinas (11/2 millones de desiatinas), la pérdida total de la cosecha afecta al 15 % (según datos de la Junta provincial del zemstvo{107}) y una cosecha mala al 75 %, y el uyezd de Jvalynsk, junto con el de Kamyshin, pertenecen a los uyezds más damnificados de la provincia de Sarátov. Por consiguiente, la merma total de cereales entre los campesinos del uyezd de Jvalynsk no es inferior al 30 por ciento. Admitamos que la mitad de esta merma recaiga sobre el campesinado acomodado, al que esto aún no ha llevado a padecer hambre (aunque esta suposición es más que arriesgada, pues el campesinado acomodado posee las mejores tierras y las cultiva mejor, por lo que sufre siempre menos que los pobres a causa de las malas cosechas). Incluso con tal suposición, resultará que los hambrientos deben ser un 15 por ciento, es decir, hasta 25 mil. Y pretenden consolarnos con que el escorbuto de Jvalynsk aún está lejos del de Arjánguelsk, con que los casos de tifus presuntamente fueron solo tres (¡podrían mentir con más habilidad!) y con que se reparten mil raciones (calculadas y medidas, probablemente, según el sistema de Sipiaguin de lucha… contra las exageraciones).

En cuanto a aquellos «ingresos» que el señor Sipiaguin en su circular se esforzó en contabilizar tres veces, para evitar exageraciones (una vez – prescribiendo no considerar desfavorecidos a los uyezds con ingresos habitualmente desarrollados, otra vez – prescribiendo reducir a la mitad la norma de 48 puds, pues el 50 por ciento de la población trabajadora «debe» ganar algo, y una tercera vez – prescribiendo disminuir esta última cifra en 1/3–1/10, según las condiciones locales), en cuanto a los ingresos, en la provincia de Sarátov han caído no solo los ingresos agrícolas, sino también los no agrícolas. «Las consecuencias de la mala cosecha – nos informa el citado informe de la junta – repercutieron también sobre los artesanos a causa de la disminución de la venta de sus productos. En virtud de estas circunstancias, en los uyezds con las industrias artesanales más desarrolladas se observan crisis». Y a estos uyezds pertenece también el más damnificado de Kamyshin, en el cual, por cierto, muchos y muchos miles de pobres están ocupados en la famosa industria de la sarpinka. Incluso en años normales, las condiciones en esta industria, relegada a un rincón rural, eran de lo más escandalosas: trabajaban, por ejemplo, niños de 6 a 7 años, recibiendo de 7 a 8 kopeks al día. Cabe imaginar lo que sucede allí en un año de enorme mala cosecha y de crisis artesanal particular.

La mala cosecha de cereales va acompañada en la provincia de Sarátov (como en todas las provincias con mala cosecha, por supuesto) de falta de forraje. ¡En los últimos meses (es decir, ya en la segunda mitad del verano!) se ha observado un desarrollo extraordinario de diversas epizootias, que aumentan la mortandad del ganado. «Según comunica el médico veterinario del uyezd de Jvalynsk (tomamos esta información del mismo periódico que exponía el contenido del citado informe de la junta provincial del zemstvo), en la autopsia de los animales caídos, en los estómagos de estos últimos no se hallaba nada más que tierra».

En la «comunicación del departamento del zemstvo del ministerio del interior» sobre la continuación de la campaña de abastecimiento se hizo, por cierto, la declaración de que, de entre los uyezds declarados desfavorecidos, «solo en Jvalynsk desde el mes de julio se manifestó, en dos aldeas, una serie de enfermedades epidémicas de escorbuto, a cuya contención están dirigidos los esfuerzos del personal médico local, habiéndose destacado en ayuda de las fuerzas locales dos destacamentos de la sociedad de la Cruz Roja, los cuales actúan, según el parte del gobernador, – (ese mismo A. P. Enguelgardt con quien ya nos hemos familiarizado), – con gran éxito; en todos los demás uyezds, declarados desfavorecidos en cuanto al abastecimiento, según los datos obrantes en el ministerio al 12 de este septiembre, no ha habido casos de necesidad aguda de alimentos insatisfecha, y no se observa el desarrollo de enfermedades sobre la base de una alimentación insuficiente».

Para mostrar qué grado de confianza puede merecer esta afirmación de que no ha habido casos de necesidad aguda insatisfecha (¿y la necesidad crónica sí la hubo?) y que no se observa el desarrollo de enfermedades, nos limitaremos a confrontar los datos de dos provincias más.

En la provincia de Ufá se declararon desfavorecidos los uyezds de Menzelinsk y Belebéi, y el departamento del zemstvo del ministerio del interior comunica que el préstamo gubernamental «propiamente para la alimentación» se requerirá, «según la declaración del gobernador», por una cantidad de 800 000 puds. Entretanto, la asamblea extraordinaria del zemstvo provincial de Ufá, convocada para el 27 de agosto para discutir la cuestión de la ayuda a los damnificados por la mala cosecha, determinó la necesidad de estos uyezds para la alimentación en 2,2 millones de puds de cereal, más 1 millón para los demás uyezds, independientemente del préstamo para la siembra (3,2 millones de puds para la provincia) y para la alimentación del ganado (600 000 puds). El préstamo para la alimentación, por consiguiente, fue determinado por el ministerio en una cuarta parte de lo que determinó el zemstvo.

Otro ejemplo. En la provincia de Viatka, no había uyezds declarados desfavorecidos para el momento en que el departamento del zemstvo publicó su comunicación, y la cuantía del préstamo para la alimentación él mismo la determinaba en 782 000 puds. Esta es exactamente la misma suma que calculó, según las noticias de los periódicos, la propia Junta provincial de abastecimiento de Viatka en su sesión del 28 de agosto (calculó de acuerdo con las disposiciones de los congresos de uyezd del 18 al 25 de agosto). Esos mismos congresos alrededor del 12 de agosto determinaron la cuantía del préstamo de otra manera, a saber: 1,1 millón de puds para la alimentación y 1,4 millones de puds para la siembra. ¿De dónde esta diferencia? ¿Qué ocurrió entre el 12 y el 28 de agosto? Ocurrió que apareció la circular del señor Sipiaguin del 17 de agosto sobre la lucha contra los hambrientos. La circular surtió efecto, por tanto, de manera instantánea, y la pequeña suma de 230 mil puds de cereal fue tachada del cálculo elaborado – nótese esto – por los congresos de uyezd, es decir, por las instituciones que sustituyeron (según la ley del 12 de junio de 1900) al zemstvo poco fiable, instituciones compuestas por funcionarios en general y por jefes del zemstvo en particular… ¿Acaso viviremos realmente hasta el punto de que también los jefes del zemstvo sean acusados de liberalismo? Cualquier cosa podría pasar. Al menos, en «Moskovskiye Védomosti» leímos hace poco una reprimenda tal a cierto señor Om., que se atrevió en «Priazovski Kray»{108} a proponer que se publicaran en los periódicos los protocolos de las sesiones de las juntas provinciales para los asuntos urbanos (si es que ya no se puede admitir a representantes de la prensa en estas sesiones):

«El objetivo es demasiado transparente: el funcionario ruso a menudo adolece del temor de parecer no liberal, y la publicidad puede obligarle, a veces incluso contra su conciencia, a apoyar alguna empresa liberal-fantástica de la ciudad o del zemstvo. El cálculo no es del todo erróneo».

¿No debería instituirse una vigilancia especial sobre los jefes del zemstvo de Viatka, quienes – evidentemente por temor a parecer no liberales – mostraron una ligereza imperdonable en la «exageración» de la necesidad de alimentos?[143]

Por lo demás, la «empresa liberal-fantástica» del zemstvo de Viatka (si el sabio gobierno ruso no lo hubiera apartado de la gestión del asunto de abastecimiento) llegaba a determinar la necesidad en proporciones aún mucho mayores. Al menos, la asamblea provincial extraordinaria, que tuvo lugar del 30 de agosto al 2 de septiembre, determinó la merma de cereales respecto a la cantidad necesaria en un 17 por ciento, y de forraje, en un 15 por ciento. Y la magnitud de esta cantidad es de 105 millones de puds (la cosecha habitual es de 134 millones de puds, y en el presente año, de 84 millones de puds). La merma, por consiguiente, asciende a 21 millones de puds. «El número total de volosts en la provincia no asegurados con la cosecha del año en curso es de 158 de 310. Su población asciende a 1566 mil almas de ambos sexos». Sí, indudablemente, «hierve la actividad intensa de la administración» – para disminuir las dimensiones reales de la necesidad y para reducir todo el asunto de la ayuda a los hambrientos a una especie de acrobacia de beneficencia de a kopek.

Por lo demás, «acróbatas de la beneficencia» sería un calificativo aún demasiado halagador para los administradores agrupados bajo la bandera de la circular de Sipiaguin. Lo que tienen en común con los acróbatas de la beneficencia es la miseria de su ayuda y el afán de hinchar su cuantía. Pero los acróbatas de la beneficencia consideran a las personas a quienes hacen el bien, en el peor de los casos, como un juguete que halaga agradablemente su amor propio, mientras que la administración de Sipiaguin las ve como enemigos, como gentes que atentan contra algo ilegalmente («pretensiones injustificables frente al gobierno») y que, por tanto, deben ser puestas en cintura. Esta concepción se manifestó con todo relieve en las notables «Reglas provisionales», confirmadas por Su Majestad el 15 de septiembre de 1901.

Es toda una ley, compuesta de 20 artículos, y tiene tanto de notable que no vacilaríamos en incluirla entre los actos legislativos más importantes de principios del siglo XX. Empecemos por el título: «Reglas provisionales sobre la participación de la población de las localidades afectadas por la mala cosecha en los trabajos organizados por disposición de los departamentos de comunicaciones y de agricultura y bienes del Estado». ¿Acaso estos trabajos representan algo tan atiborrado de ventajas que la «participación» en ellos constituya una gracia especial? Probablemente, de otro modo el artículo primero de la nueva ley no repetiría: «se concede a los pobladores rurales de las localidades afectadas por la mala cosecha la participación en la ejecución de los trabajos», etc., etc.

Pero de estas «ventajas» la ley habla ya en su segunda mitad, mientras que al principio se establece la organización de todo el asunto. Las administraciones competentes «destinan los trabajos más adecuados» (art. 2), «adaptándose al orden establecido en la ley» (art. 3, que, a semejanza del título de algunos capítulos de las novelas de Dickens, podría titularse: «el artículo de la nueva ley en que se habla de la necesidad de adaptarse a las viejas leyes»). Los trabajos se emprenden ya sea con cargo a los presupuestos, ya con créditos especiales, correspondiendo la dirección general de la organización de los mismos al ministro del Interior, el cual puede nombrar a comisionados especiales y junto al cual, bajo la presidencia de su viceministro, se forma una «conferencia especial sobre los asuntos de abastecimiento», integrada por representantes de diversos ministerios. Las atribuciones de esta conferencia comprenden: a) autorizar derogaciones del orden establecido, b) discutir las propuestas sobre asignación de medios, c) «establecer los límites máximos de la remuneración a los obreros, así como determinar otras condiciones para conceder a la población la participación en dichos trabajos, d) distribuir las cuadrillas de obreros por los distritos de trabajo y e) encargarse del traslado de dichas cuadrillas hacia los lugares de ejecución de los trabajos». Las conclusiones de la conferencia las confirma el ministro del Interior, así como, «en los casos correspondientes», los ministros de otros departamentos. A continuación, la indicación de los trabajos y la determinación del número de pobladores necesitados de ellos se encomienda a los jefes del zemstvo, quienes transmiten todos estos datos a los gobernadores, y los gobernadores, con su dictamen, al Ministerio del Interior, «y, según las indicaciones de éste, disponen a través de los jefes del zemstvo el envío de los obreros hacia los lugares de ejecución de los trabajos…»

¡Uf! ¡Por fin hemos podido con toda la «organización» del nuevo asunto! Cabe preguntarse ahora: ¿cuánta lubricación se necesitará para poner en movimiento todas las ruedas de esta pesada maquinaria administrativa, típicamente rusa? Traten ustedes de imaginarse este asunto de manera concreta: directamente al lado de los hambrientos se encuentra un solo jefe del zemstvo. A él, pues, le corresponde la iniciativa. Él escribe una papeleta… ¿a quién? Al gobernador, reza el artículo de las reglas provisionales del 15 de septiembre. Pero, en virtud de la circular del 17 de agosto, ¿acaso no se ha creado una «administración central del uyezd para los asuntos de abastecimiento», cuyo objeto es «concentrar la dirección de todo el ramo de abastecimiento en el uyezd en manos de un solo funcionario» (circular del 17 de agosto; para este cargo debe designarse preferentemente al mariscal de la nobleza del uyezd)? Surge una «controversia», la cual, naturalmente, se resuelve con rapidez sobre la base de los notablemente claros y sencillos «principios» expuestos en los seis puntos del artículo 175 del «Reglamento general de las gobernaciones», que determina «el procedimiento para dirimir controversias… entre las oficinas y los funcionarios». En última instancia, la papeleta va a parar de todos modos a la cancillería del gobernador, donde se procede a redactar el «dictamen». Luego todo se envía a Petersburgo y pasa a examen de la conferencia especial. Pero el representante del Ministerio de Comunicaciones que participa en la conferencia no está en condiciones de resolver la cuestión de la conveniencia de un trabajo como la reparación de los caminos del uyezd de Buguruslán… y, entonces, una nueva papeleta viaja de Petersburgo a provincias y viceversa. Y cuando, por fin, la cuestión de la conveniencia del trabajo, etc., etc. esté resuelta en principio, la conferencia de Petersburgo se ocupará de «la distribución de las cuadrillas de obreros» entre los uyezds de Buzuluk y Buguruslán.

¿Y en aras de qué se ha creado semejante maquinaria? ¿Acaso por lo novedoso del asunto? En absoluto. Antes de las reglas provisionales del 15 de septiembre, los trabajos públicos podían organizarse de manera mucho más sencilla «según las disposiciones legales en vigor», y la misma circular del 17 de agosto, al hablar de los trabajos públicos organizados por los zemstvos, las juntas de tutela de las casas de trabajo y las autoridades de las gobernaciones, no prevé la necesidad de ninguna organización especial. Como ven ustedes, la «campaña de abastecimiento» del gobierno consiste en que los departamentos petersburgueses, durante todo un mes (del 17 de agosto al 15 de septiembre), estuvieron inventando y, en efecto, inventaron una infinita complicación de trámites burocráticos. En cambio, la conferencia de Petersburgo ya no caerá, seguramente, en el peligro de incurrir en exageraciones, peligro del que no están protegidos los funcionarios locales, «temerosos de no parecer liberales»…

Pero el meollo de las nuevas «Reglas provisionales» son las disposiciones sobre los «pobladores rurales» contratados para los trabajos. Cuando los trabajos se realizan «fuera de los distritos de su residencia habitual», los obreros, en primer lugar, forman cuadrillas especiales, «bajo la vigilancia del jefe del zemstvo», el cual también confirma al delegado encargado de velar por el orden; en segundo lugar, se confecciona una lista especial de los obreros incluidos en dicha cuadrilla, la cual «reemplaza para los trabajadores inscritos en ella («en la misma», como se expresa la ley) —durante los traslados y mientras dure su participación en los trabajos— los documentos de identidad establecidos por la ley, y se guarda, hasta la llegada a destino, en poder del funcionario que acompañe a los obreros en el trayecto o, en su ausencia, del delegado de la cuadrilla, y después, del encargado de la dirección de los trabajos».

¿Para qué hizo falta esta sustitución de los pasaportes habituales, que cualquier campesino que desee ausentarse tiene derecho a recibir gratuitamente, por una lista especial? Para el obrero es una restricción indudable, pues, viviendo con su pasaporte individual, goza de mucha mayor libertad tanto para escoger su alojamiento como para distribuir su tiempo y para cambiar un trabajo por otro que le sea más ventajoso o cómodo. Veremos más adelante que esto se hizo indudablemente de manera intencionada y no solo por apego al formalismo oficial, sino precisamente para restringir a los obreros y aproximarlos a las cuadrillas de siervos, transportados «según inventario», conforme a una especie de «lista de artículos»{109}. Resulta que, por ejemplo, la preocupación de «mantener el debido orden durante el trayecto y la entrega (¡sic!) de las cuadrillas de obreros transportadas a los encargados de los trabajos se confía a funcionarios especialmente comisionados por el Ministerio del Interior». Cuanto más adentras en el bosque, más leña. La sustitución de los pasaportes por listas conduce a la sustitución de la libertad de desplazamiento por el «transporte y entrega de cuadrillas». ¿De qué se trata aquí? ¿Acaso es de partidas de deportados a trabajos forzados? ¿Es que acaso ya han sido derogadas (quizás como castigo por la «exageración» del hambre) todas las leyes que establecen que el campesino, una vez provisto de pasaporte, puede viajar a donde quiera y como quiera? ¿Acaso el hecho de hacerse cargo el erario del transporte es fundamento suficiente para privar de sus derechos civiles?

Además. Resulta que los encargados de la distribución de los obreros, del pago de salarios y demás funcionarios del organismo que realiza los trabajos, «según comunicación de las autoridades gubernativas de las localidades donde quedaron las familias de los obreros, retienen, en caso de ser posible, una parte del salario y la remiten a su destino para el sustento de dichas familias». Una nueva privación de derechos. ¿Cómo se atreven los funcionarios a retener el dinero ganado? ¿Cómo se atreven a inmiscuirse en los asuntos familiares de los obreros y decidir por ellos, como si fueran siervos, a quiénes y en qué medida desean ayudar? ¿Acaso permitirán los obreros que se les retenga, sin su consentimiento, el dinero que han ganado? Esta cuestión, probablemente, se les ocurrió también a los redactores de las nuevas «reglas de presidio», porque el artículo de la ley que sigue inmediatamente al antes citado reza: «La supervisión para que los obreros mantengan el orden debido en los lugares de ejecución de los trabajos se encomienda, por disposición del ministro del Interior, a los jefes locales de zemstvo, a los oficiales del cuerpo especial de gendarmes, a los funcionarios de policía o a personas especialmente designadas al efecto». ¡Realmente se trata del castigo a los campesinos con la privación de derechos por las «exageraciones» del hambre y la «exigencia injustificable hacia el gobierno»! No basta con que a todos los obreros rusos en general los vigile ya la policía común, la policía fabril y la policía secreta; aquí se prescribe además el establecimiento de una supervisión especial. ¡Se podría pensar que el gobierno ha perdido por completo la cabeza por miedo ante esos contingentes de campesinos hambrientos que son enviados, transportados y entregados con mil precauciones!

Además. «En los casos de alteración de la tranquilidad y el orden públicos, de actitud manifiestamente deshonesta hacia el trabajo o de incumplimiento de las exigencias legales de las personas encargadas de la ejecución de los trabajos o de la supervisión del orden en los mismos, los obreros culpables de ello podrán ser sometidos, sin procedimiento judicial especial, por disposición de los funcionarios mencionados en el artículo 16 (que acabamos de citar), a arresto de hasta tres días; y en caso de elusión pertinaz del trabajo, podrán, por disposición de esos mismos funcionarios, ser enviados por etapas a su lugar de residencia permanente».

Después de esto, ¿acaso se puede llamar a las reglas temporales del 15 de septiembre de otra manera que reglas temporales de presidio? Represalia sin juicio, destierro por etapas... Grande, muy grande es la ignorancia y el abatimiento del campesino ruso, pero todo tiene un límite. Además, las hambrunas incesantes y las incesantes expulsiones de obreros de las ciudades no han podido pasar sin dejar huella. Y nuestro gobierno, al que tanto le ha gustado gobernar mediante «reglas temporales»[144], terminará por toparse con la horma de su zapato.

Que las «Reglas Temporales» del 15 de septiembre nos sirvan de motivo para la más amplia agitación en los círculos obreros y en el campesinado; difundamos el texto mismo de estas reglas y hojas con su explicación, organicemos reuniones con la lectura de esta ley y la explicación de su contenido en relación con toda la política «alimentaria» del gobierno. Consigamos que cada obrero medianamente consciente, al llegar de un modo u otro a la aldea, tenga una idea precisa de las «reglas temporales de presidio» y sea capaz de contar a todo el mundo de qué se trata y qué hay que hacer para librarse del presidio del hambre, de la arbitrariedad y de la falta de derechos.

Y a esos intelectuales rusos de alma bella que andan entusiasmados con toda clase de arteles y sociedades legales similares, toleradas o fomentadas por el gobierno, que estas reglas temporales sobre los arteles obreros les sirvan de constante reproche y seria advertencia: reproche por la ingenuidad con que creyeron en la sinceridad de la tolerancia o el fomento gubernamental, sin ver el más vil interior feudal tras el rótulo de «desarrollo del trabajo popular», etc. Advertencia, para que en adelante, al hablar de arteles y otras sociedades toleradas por los señores Sipyaguin, no olviden jamás decir, y decir toda la verdad, sobre los arteles obreros según las reglas temporales del 15 de septiembre, o bien, si no pueden hablar de tales arteles, que mejor se callen por completo.