¡Querido Leiteizen! Me apresuro a responder inmediatamente a su carta, que acabo de recibir.

De veras, no fue usted del todo... imparcial respecto al «incidente». Si usted reveló un secreto conspirativo a una persona no del todo dueña de sí, hubo cierta indiscreción, evidentemente. De suyo se comprende que esto puede sucederle a cualquiera y, por favor, no piense usted que lo repito con otro fin que el de dar por definitivamente zanjado el incidente. Convenga, no obstante, en que nos vimos forzados a pasar momentos harto desagradables y a dar explicaciones sin culpa nuestra, ¡pues no fuimos nosotros quienes dijimos a Leib... aquello que no podía menos de hacer estallar al «señor»!

Y ahora, sobre el fondo del asunto. Desde el momento en que el «señor» supo (fuera como fuese) la resolución de la Liga contra él (o que uno de los miembros de la Liga expresó la opinión de que era necesario mantener reservas respecto a él, respecto al «señor»*: viene a ser lo mismo), la Liga está ya envuelta en el asunto. Esto ya no tiene remedio, como no se puede atrapar la palabra que salió volando.

Y no añada usted, por Dios, un segundo error al primero: ¡no diga ahora que «la Liga no tiene nada que ver en esto»!

La Liga ya está envuelta, y la cuestión solo puede ser cómo desenredarla.

El «señor» quería dirigirse a la Liga con una interpelación sobre él, sobre el «señor» (¿acaso no me entendió usted bien a este respecto?), es decir, con una interpelación sobre en qué fundamento los miembros de la Liga le habían arrojado sombra.

Le persuadimos de que nadie había «arrojado sombra» alguna, y que la Liga no está obligada a responder de sus reservas.

Con esto quedó zanjada la cuestión personal acerca del «señor». Pero resta aún la cuestión social acerca del caso Ruma, respecto al cual hace tiempo nos escriben que debe ser esclarecido.

Las reservas en relación con el «señor» estaban condicionadas, precisamente, por su «implicación» en este caso.

Por eso no pudimos menos de aconsejar al «señor» que se encargara de la «indagación y las diligencias» sobre el caso Ruma en todas sus ramificaciones.

Puesto que el «señor» accedió a ello, nuestra tarea es ayudarle: primero, porque el esclarecimiento multilateral de los procedimientos y la red del provocador Ruma es obligatorio en interés del movimiento; segundo, porque nosotros, los miembros de la Liga, tenemos una pequeñísima culpa en que la Liga haya causado al «señor» una enorme desazón, quizá no del todo merecida por él.

Convenga usted en que tenemos el derecho y el deber de mantener reservas respecto a X, Y, Z, pero no debemos hablar de ellas a esos X, Y, Z. Y ya que hubo «pecado», hay que, bien sabe usted, «dividir el pecado a la mitad».

* Véase el presente tomo, págs. 153-154. Ed.