La animación social que, como una ola, recorrió el país tras los acontecimientos de la primavera de este año, no cesa; se manifiesta de diversas formas en todas las capas de la sociedad rusa, que aún en enero del presente año parecía sorda y ajena a la labor consciente de la socialdemocracia rusa. El gobierno se desvive por calmar cuanto antes la conciencia social agitada con las habituales pompas de jabón, como el manifiesto del 25 de marzo sobre la «solicitud cordial», como las llamadas reformas de Vannovski o los viajes solemnemente bufonescos de Sipiaguin y Shajovskói por Rusia... Algunos ingenuos ciudadanos rusos se calmarán efectivamente con estas medidas, pero ni mucho menos todos. Incluso los actuales miembros del zemstvo, compuestos a medias por funcionarios amedrentados, empiezan, al parecer, a salir de ese estado de perpetuo temblor al que fueron arrojados por la época, que pasa a la historia, del estancamiento del «zar pacificador».

Su majestad la burocracia, liberada de los elementales velos del pudor, provoca un sentimiento de indignación y repugnancia también entre ellos, gente tímida con un valor cívico y una moral cívica casi atrofiados.

Nos comunican que a finales de junio, en la ciudad de NN (por precaución no indicamos el nombre de la ciudad), se organizó un congreso de activistas del zemstvo. Según se dice, asistieron entre 40 y 50 miembros del zemstvo de varias provincias.

Los miembros del zemstvo se reunieron, por supuesto, no para resolver cuestiones políticas, sino para solucionar tareas pacíficas, puramente del zemstvo; se reunieron «sin infringir el ámbito de competencia ni los límites del poder», como reza expresivamente el reglamento del zemstvo (art. 87); sin embargo, esta reunión fue convocada sin permiso ni conocimiento de la administración y, por consiguiente, expresándolo con palabras del mismo reglamento, la reunión tuvo lugar «con infracción del orden de funcionamiento de las instituciones del zemstvo», y los miembros reunidos, de las cuestiones pacíficas e inocentes, imperceptiblemente para sí mismos pasaron a discutir la situación general de las cosas. Tal es la lógica de la vida: los miembros honestos del zemstvo, por mucho que a veces renieguen del radicalismo y del trabajo ilegal, se ven empujados por la fuerza de las cosas a la necesidad de organizaciones ilegales y de un modo de actuar más resuelto. No seremos nosotros, por supuesto, quienes condenemos este camino natural y absolutamente correcto. Ya es hora, por fin, de que también los activistas del zemstvo ofrezcan una réplica enérgica y organizada al gobierno que ha tomado el bocado entre los dientes, que ha asesinado el autogobierno rural, que ha desfigurado el autogobierno urbano y el del zemstvo y que, con una obstinación asnal, ha levantado su hacha contra los últimos vestigios de las instituciones del zemstvo. Se dice que en el congreso, un viejo y respetable miembro del zemstvo, al discutir la cuestión de cómo luchar contra la ley sobre el límite de los impuestos del zemstvo, exclamó: «¡Los hombres del zemstvo deben decir por fin su palabra, o no la dirán nunca!». Estamos completamente de acuerdo con este lamento del activista liberal, dispuesto a lanzar un desafío a la lucha abierta contra la autocracia burocrática. El zemstvo está en vísperas de la bancarrota interna. Y si los mejores hombres del zemstvo no toman ahora medidas resueltas, si no rompen con su habitual manilovismo, con sus pequeñas y secundarias cuestiones —el «estañado de palanganas», como se expresó uno de los venerables miembros—, el zemstvo se despoblará y se convertirá en una vulgar «oficina pública». Esta muerte ignominiosa es inevitable, pues no se puede, impunemente, durante decenios, no hacer más que acobardarse, agradecer y elevar súplicas humillantes; hay que amenazar, exigir y, dejando el juego de los palillos chinos, emprender el verdadero trabajo.

«Iskra» nº 8, 10 de septiembre de 1901.

Se imprime según el texto del periódico «Iskra»