Ya van casi dos años que se arrastra la crisis comercial e industrial. Y, al parecer, no cesa de extenderse, afectando a nuevas ramas industriales, propagándose a nuevas regiones y agravándose con nuevas quiebras bancarias. Nuestro periódico, desde diciembre del año pasado, ha venido señalando en cada número, de un modo u otro, el desarrollo de la crisis y sus destructivos efectos. Ya es hora de plantear la cuestión general sobre las causas y el significado de este fenómeno. Para Rusia es relativamente nuevo, como nuevo es todo nuestro capitalismo. En los viejos países capitalistas, es decir, en aquellos en que la mayoría de los productos se producen para la venta, en los que la mayoría de los obreros no tiene tierra ni instrumentos de trabajo y vende su fuerza de trabajo, empleándose en haciendas ajenas, empleándose con los propietarios que poseen tierra, fábricas, máquinas, etc., en los países capitalistas la crisis es un fenómeno viejo, que se repite de tiempo en tiempo como un ataque de una enfermedad crónica. Por eso las crisis se pueden predecir, y cuando en Rusia el capitalismo comenzó a desarrollarse con particular rapidez, en la literatura socialdemócrata se predijo la actual crisis. En el folleto *Las tareas de los socialdemócratas rusos*, escrito a fines de 1897, se decía: «En la actualidad estamos atravesando, al parecer, ese período del ciclo capitalista (del giro que repite los mismos acontecimientos, como se repiten el invierno y el verano) en que la industria “prospera”, el comercio va viento en popa, las fábricas trabajan a toda marcha y, como hongos después de la lluvia, surgen innumerables nuevas fábricas, nuevas empresas, sociedades anónimas, construcciones ferroviarias, etc., etc. No hace falta ser profeta para predecir la inevitabilidad del crac (más o menos brusco) que debe seguir a esta “prosperidad” de la industria. Semejante crac arruinará a una masa de pequeños propietarios, arrojará a masas de obreros a las filas de los desempleados...»[28] Y el crac ha sobrevenido, tan brusco como Rusia nunca ha visto. ¿De qué depende, pues, esta terrible enfermedad crónica de la sociedad capitalista, que retorna con tal regularidad que se puede predecir?

La producción capitalista no puede desarrollarse más que a saltos, dos pasos adelante y un paso (y a veces dos pasos enteros) atrás. Como ya hemos señalado, la producción capitalista es producción para la venta, producción de mercancías para el mercado. Y la producción es dirigida por capitalistas individuales, cada uno por su cuenta, y nadie puede saber con exactitud qué cantidad y qué clase de productos requiere el mercado. Producen a ciegas, preocupándose tan solo de sobrepasar los unos a los otros. Es del todo natural que la cantidad de lo producido pueda no corresponder a la demanda del mercado. Y esta posibilidad es especialmente grande cuando un mercado enorme se extiende de repente a nuevas, inexploradas y gigantescas regiones. Justamente así estaban las cosas cuando comenzó la reciente «prosperidad» industrial que hemos vivido. Los capitalistas de toda Europa tendieron sus garras hacia esa parte del mundo poblada por cientos de millones de personas, hacia Asia, de la que hasta entonces solo la India y una pequeña parte de sus confines habían estado estrechamente vinculadas al mercado mundial. El ferrocarril Transcaspiano empezó a «abrir» Asia Central para el capital; el «Gran Ferrocarril Siberiano» (grande no solo por su longitud, sino también por el ilimitado saqueo de los fondos del erario por sus constructores, por la inmensa explotación de los obreros que lo construían) abría Siberia; Japón comenzó a convertirse en una nación industrial e intentó abrir una brecha en la muralla china, descubriendo un bocado tan suculento que los capitalistas de Inglaterra, Alemania, Francia, Rusia e incluso Italia se aferraron a él con los dientes de inmediato. Las construcciones de gigantescos ferrocarriles, la ampliación del mercado mundial y el crecimiento del comercio: todo esto provocó un auge inesperado de la industria, el surgimiento de nuevas empresas, una frenética caza de mercados para la venta, una caza de ganancias, la fundación de nuevas sociedades, la atracción hacia la producción de una masa de nuevos capitales, compuestos en parte también por los pequeños ahorros de los pequeños capitalistas. No es de extrañar que esta frenética caza mundial de nuevos mercados desconocidos condujera a un enorme crac.

Para imaginar con claridad esta caza, es preciso tener en cuenta qué colosos participaron en ella. Cuando se dice: «empresas individuales», «capitalistas solitarios», a menudo se olvida que, en esencia, estas expresiones son inexactas. En esencia, lo que ha quedado como individual y solitario es solo la apropiación de la ganancia, mientras que la producción misma se ha vuelto social. Los cracs gigantescos solo se hicieron posibles e inevitables porque las poderosas fuerzas productivas sociales se hallaron subordinadas a una pandilla de ricachones que buscan únicamente el lucro. Aclaremos esto con un ejemplo de la industria rusa. Últimamente la crisis se ha extendido también al ramo del petróleo. Y en esta industria operan empresas tales como la «Sociedad de Producción de Petróleo de los Hermanos Nobel». En 1899 la sociedad vendió 163 millones de puds de productos petrolíferos por valor de 53,5 millones de rublos, y en 1900 ya fueron 192 millones de puds por 72 millones de rublos. ¡En un solo año, el aumento de la producción en una sola empresa fue de 18,5 millones de rublos! Tal «empresa individual» se sostiene gracias al trabajo mancomunado de decenas y cientos de miles de obreros ocupados en la extracción del petróleo, en su refinado, en su transporte por oleoductos, ferrocarriles, mares y ríos, ocupados en la construcción de las máquinas, almacenes, materiales, gabarras, vapores, etc., necesarios para ello. Todos estos decenas de miles de obreros trabajan para toda la sociedad, y su trabajo es dirigido por un puñado de millonarios que se apropian de toda la ganancia que produce este trabajo organizado de las masas. (La Sociedad Nobel obtuvo una ganancia neta, en 1899, de 4 millones de rublos, y en 1900, de 6 millones de rublos, de los cuales los accionistas recibieron 1.300 rublos por cada acción de 5.000 rublos, ¡y los cinco miembros del directorio recibieron gratificaciones por 528.000 rublos!) Si varias de estas empresas se lanzan a una carrera frenética para conquistar un lugar en un mercado desconocido, ¿es de extrañar que sobrevenga la crisis?

Pero no es solo eso. Para obtener una ganancia de la empresa, hay que vender las mercancías, hallar compradores. Y el comprador debe ser toda la masa de la población, porque las empresas gigantescas producen montañas y montañas de productos. Ahora bien, en todos los países capitalistas, nueve décimas partes de la población están compuestas por indigentes: por obreros que reciben el más mísero salario, por campesinos que, en su mayoría, viven aún peor que los obreros. Y he aquí que cuando la gran industria, en los tiempos de prosperidad, se lanza a producir cuanto más pueda, arroja al mercado tal masa de productos que la mayoría desposeída del pueblo no está en condiciones de pagar por ellos. La cantidad de máquinas, herramientas, almacenes, ferrocarriles, etc., no cesa de aumentar, pero este aumento se interrumpe de tiempo en tiempo porque la masa del pueblo, a la que en última instancia están destinados todos estos medios de producción perfeccionados, permanece en una pobreza que llega a la miseria. La crisis muestra que la sociedad actual podría producir incomparablemente más productos para mejorar la vida de todo el pueblo trabajador, si la tierra, las fábricas, las máquinas, etc., no estuviesen acaparadas por un puñado de propietarios privados que extraen millones de la miseria popular. La crisis muestra que los obreros no pueden limitarse a la lucha por concesiones parciales de parte de los capitalistas: en los tiempos de auge industrial se pueden conquistar tales concesiones (y los obreros rusos, con su enérgica lucha, conquistaron concesiones en más de una ocasión en 1894-1898), pero llega el crac y los capitalistas no solo retiran las concesiones otorgadas, sino que se aprovechan de la indefensión de los obreros para reducir aún más los salarios. Y así continuará inevitablemente hasta que las huestes del proletariado socialista derroquen el dominio del capital y la propiedad privada. La crisis muestra cuán miopes eran aquellos socialistas (que se autodenominan «críticos», tal vez porque sin crítica adoptan las doctrinas de los economistas burgueses) que hace dos años afirmaban clamorosamente que los cracs se estaban volviendo ahora menos probables.

Las lecciones de la crisis, que desenmascaran todo el absurdo de someter la producción social a la propiedad privada, son tan aleccionadoras que ahora incluso la prensa burguesa exige reforzar la supervisión, por ejemplo, sobre los bancos. Pero supervisión alguna impedirá que los capitalistas, en los tiempos de auge, funden empresas que luego forzosamente quiebran. Alchevski, el antiguo fundador de los bancos de Crédito Territorial y Comercial de Járkov, que quebraron, se procuraba, por las buenas o por las malas, millones de rublos para fundar y sostener empresas mineras que prometían montañas de oro. Y el estancamiento en la industria arruinó estos bancos y estas empresas mineras (la Sociedad Donets-Yúrievka). Pero ¿qué significa esta «ruina» de empresas en la sociedad capitalista? Significa que los capitalistas débiles, los capitalistas de «segundo orden», son desplazados por millonarios más sólidos. El millonario de Járkov, Alchevski, es sustituido por el millonario moscovita Riábushinski, el cual, por ser más rico en capital, oprimirá al obrero con mayor fuerza aún. La sustitución de los ricos de segunda fila por los de primera, el aumento del poder del capital, la ruina de una masa de pequeños propietarios (por ejemplo, los pequeños depositantes que, con la quiebra del banco, pierden todos sus bienes), el terrible empobrecimiento de los obreros: eso es lo que trae consigo la crisis. Recordemos también los casos descritos en *Iskra* en los que los capitalistas alargan la jornada laboral y, al ajustar cuentas, tratan de sustituir a los obreros conscientes por campesinos sumisos más dóciles.

En Rusia, en general, la acción de la crisis es incomparablemente más fuerte que en cualquier otro país. Al estancamiento en la industria se une entre nosotros el hambre de los campesinos. A los obreros sin trabajo los expulsan de las ciudades a las aldeas, pero ¿a dónde expulsarán a los campesinos sin trabajo? Con la expulsión de los obreros quieren limpiar las ciudades de la gente inquieta, pero ¿acaso los expulsados lograrán despertar siquiera a una parte de los campesinos de su secular resignación y levantarlos a presentar no solo ruegos, sino también exigencias? A los obreros y a los campesinos los acerca hoy no solo el desempleo y el hambre, sino también esa opresión policial que quita a los obreros la posibilidad de unirse y defenderse y que a los campesinos les arrebata incluso la ayuda que les llega de donantes bienhechores. La pesada garra policial se vuelve cien veces más pesada para los millones de personas que han perdido todo medio de subsistencia. Los gendarmes y la policía en las ciudades, los jefes de zemstvo y los uriádniki en las aldeas ven con claridad que el odio hacia ellos crece y empiezan a temer no solo los comedores rurales, sino también los anuncios en los periódicos de colectas de donativos. ¡Miedo a los donativos! Pues es verdad: en el ladrón arde el sombrero. Cuando el ladrón ve que un transeúnte alarga una limosna a la persona a la que él ha robado, al ladrón le empieza a parecer que se están tendiendo la mano para unir sus fuerzas y acabar con él.

*Iskra* № 7, agosto de 1901

Se imprime según el texto del periódico *Iskra*