Escrito en junio de 1901.  
Publicado por primera vez en diciembre de 1901 en la revista «Zariá» n.º 2–3.  
Firmado: T. P.  

Se publica según el texto de la revista, cotejado con la recopilación: Vl. Ilín. «En 12 años», 1907  

Cubierta de la revista «Zariá» n.º 2–3, 1901, en la que se imprimieron los trabajos de V. I. Lenin: «Los perseguidores del zemstvo y los Aníbales del liberalismo», los primeros cuatro capítulos de «La cuestión agraria y los “críticos de Marx”» (bajo el título «Los señores “críticos” en la cuestión agraria») y «Revista interior»

Si del campesino ruso se ha dicho que es el más pobre en cuanto a la conciencia de su pobreza, del ciudadano común ruso o del súbdito se puede decir que, siendo pobre en derechos civiles, es especialmente pobre en la conciencia de su carencia de derechos. Así como el mujik se ha acostumbrado a su miseria sin salida, se ha acostumbrado a vivir sin reflexionar sobre sus causas y la posibilidad de eliminarla, así también el ciudadano común ruso, en general, se ha acostumbrado a la omnipotencia del gobierno, a vivir sin reflexionar sobre si esa omnipotencia puede seguir en pie y si no existen junto a ella fenómenos que socavan el viejo régimen político. Un «antídoto» especialmente bueno contra esta inconsciencia y letargo políticos suelen ser los «documentos secretos»[4], que muestran que no solo algunos desesperados degolladores o enemigos acérrimos del gobierno, sino también los propios miembros del gobierno, hasta los ministros y el zar inclusive, tienen conciencia de la inestabilidad de la forma de gobierno autocrática y buscan toda clase de medios para mejorar su situación, que en absoluto les satisface. Entre esos documentos figura el informe de Witte, quien, tras enemistarse con el ministro del Interior, Goremykin, a causa de la introducción de las instituciones zemstvos en las regiones periféricas, decidió poner de relieve especialmente su perspicacia y devoción a la autocracia mediante la redacción de un acta de acusación contra el zemstvo[5].

Se acusa al zemstvo de ser incompatible con la autocracia, de ser constitucional por su propio carácter, de que su existencia engendra inevitablemente fricciones y colisiones entre los representantes de la sociedad y el gobierno. El acta de acusación se ha elaborado sobre la base de un material bastante (relativamente) amplio y muy bien trabajado, y como se trata de un acta de acusación por un asunto político (y además bastante singular), se puede estar seguro de que será leída con no menor interés y no menor provecho que las actas de acusación por procesos políticos que antaño se publicaban en nuestros periódicos.

I

Examinemos, pues, si los hechos confirman la afirmación de que nuestro zemstvo es constitucional, y, en caso afirmativo, en qué medida y en qué sentido concreto.

En esta cuestión adquiere particular importancia la época de la introducción del zemstvo. La caída de la servidumbre fue un viraje histórico tan grande que no pudo dejar de rasgar también la cortina policial que encubre las contradicciones entre las clases. La clase más cohesionada, más instruida y más habituada al poder político —la nobleza— manifestó con toda claridad la aspiración de limitar el poder autocrático mediante instituciones representativas. La evocación de este hecho en el informe de Witte es sumamente instructiva. «Las declaraciones sobre la necesidad de una “representación” general de la nobleza, sobre el “derecho de la tierra rusa a tener sus elegidos para el consejo del poder supremo” ya se hicieron en las asambleas nobiliarias de 1859–1860». «Se llegó incluso a pronunciar la palabra “constitución”»[6]. «La necesidad de llamar a la sociedad a participar en la administración fue señalada también por algunos comités provinciales para el asunto campesino y por miembros de los comités llamados a formar parte de las comisiones de redacción. “Los diputados tienden claramente hacia la constitución”, anotaba en 1859 en su diario Nikitenko».

«Cuando, tras la promulgación del Reglamento del 19 de febrero de 1861, aquellas esperanzas en la autocracia se vieron lejos de cumplirse y, además, los elementos más “rojos” de la propia administración (como N. Miliutin) fueron apartados de la ejecución de dicho Reglamento, el movimiento en pro de la “representación” se hizo más unánime. Se expresó en propuestas presentadas a muchas asambleas nobiliarias de 1862 y en extensos mensajes de esas asambleas en Nóvgorod, Tula, Smolensk, Moscú, Petersburgo, Tver. De los mensajes, el más notable fue el de Moscú, que pedía un autogobierno local, un procedimiento judicial público, el rescate obligatorio de las tierras campesinas, la publicidad de los presupuestos, la libertad de prensa y la convocatoria en Moscú de una Duma de la Tierra de todas las clases para elaborar un proyecto completo de reformas. Las más tajantes fueron las resoluciones y el mensaje de la nobleza de Tver del 2 de febrero, sobre la necesidad de una serie de reformas civiles y económicas (por ejemplo, la igualdad de derechos de los estamentos, el rescate obligatorio de las tierras campesinas) y la “convocatoria de representantes elegidos de toda la tierra rusa, como único medio para resolver satisfactoriamente las cuestiones suscitadas, pero no resueltas, por el Reglamento del 19 de febrero”»[7].

A pesar de las sanciones administrativas y judiciales a que fueron sometidos los iniciadores del mensaje de Tver —continúa Dragománov— (aunque no directamente por el mensaje, sino por la dura motivación de la dimisión colectiva de los mediadores de paz), se hicieron declaraciones en ese mismo espíritu en distintas asambleas nobiliarias de 1862 y comienzos de 1863, en las que al mismo tiempo se elaboraban también proyectos de autogobierno local.

En esa época, el movimiento constitucional también se desarrollaba entre los «raznochintsy» y se expresaba allí mediante sociedades secretas y proclamas más o menos revolucionarias: «Velikoruss» (de agosto a noviembre de 1861; en la publicación participaron oficiales como Óbruchev y otros), «Zémskaya Duma» (1862), «Zemliá i Volia» (1862–1863)... Junto con «Velikoruss» circuló también un proyecto de mensaje que debía ser presentado al soberano, según muchos decían, con ocasión de la celebración del Milenario de Rusia en agosto de 1862. En este proyecto de mensaje, entre otras cosas, se decía: «Dignaos, soberano, convocar en una de las capitales de nuestra patria rusa, en Moscú o en Petersburgo, a los representantes de la nación rusa, para que elaboren una constitución para Rusia...»[9]

Si recordamos además la proclama de la «Joven Rusia»{15}, las numerosas detenciones y los draconianos castigos a los criminales «políticos» (Óbruchev, Mijáilov y otros), coronados por la ilegal y amañada condena a trabajos forzados de Chernyshevski, se nos hará claro el ambiente social que engendró la reforma de los zemstvos. Al decir que «la idea al crear las instituciones de los zemstvos era indudablemente política», y que en las esferas gobernantes «indudablemente se tenía en cuenta» el talante liberal y constitucionalista de la sociedad, las «Memorias» de Witte dicen solo la mitad de la verdad. Esa visión estatal y burocrática de los fenómenos sociales, que el autor de las «Memorias» revela por doquier, se manifiesta también aquí, manifestándose en la ignorancia del movimiento revolucionario, en el encubrimiento de las draconianas medidas de represión con las que el gobierno se defendía de la embestida del «partido» revolucionario. Cierto es que, desde nuestra perspectiva moderna, parece extraño hablar de un «partido» revolucionario y su embestida a principios de la década de 1860. Cuarenta años de experiencia histórica han elevado grandemente nuestra exigencia respecto a lo que puede llamarse movimiento revolucionario y embestida revolucionaria. Pero no hay que olvidar que en aquel entonces, tras tres decenios del régimen de Nicolás, nadie podía prever aún el ulterior curso de los acontecimientos, nadie podía determinar la fuerza real de resistencia del gobierno, la fuerza real de la indignación popular. La animación del movimiento democrático en Europa, la efervescencia polaca, el descontento en Finlandia, la exigencia de reformas políticas por parte de toda la prensa y de toda la nobleza, la difusión de «Kolokol» por toda Rusia, la potente prédica de Chernyshevski, quien supo educar a auténticos revolucionarios incluso con artículos sometidos a censura, la aparición de proclamas, la agitación de los campesinos, a quienes «muy a menudo» [10] se les obligaba mediante la fuerza militar y con derramamiento de sangre a aceptar un «Reglamento»{16} que los dejaba sin nada, las negativas colectivas de los nobles –mediadores de paz{17} a aplicar dicho «Reglamento», los desórdenes estudiantiles – en tales condiciones, el político más prudente y sobrio habría debido reconocer que una explosión revolucionaria era del todo posible y que la insurrección campesina era un peligro muy serio. En semejantes condiciones, el gobierno autocrático, que veía su misión suprema en defender a toda costa la omnipotencia e irresponsabilidad de la pequeña camarilla cortesana y del ejército de parásitos burócratas, por un lado, y, por otro, en apoyar a los peores representantes de las clases explotadoras – un gobierno de este tipo no podía actuar de otro modo más que exterminando sin piedad a determinados individuos, enemigos conscientes e inflexibles de la tiranía y la explotación (es decir, los «cabecillas» del «partido revolucionario»), intimidando y sobornando con pequeñas concesiones a la masa de descontentos. Trabajos forzados para aquel que prefería callar antes que proferir torpes o hipócritas loas a la «gran emancipación»; reformas (inocuas para la autocracia y para las clases explotadoras) para quienes se embriagaban con el liberalismo del gobierno y se entusiasmaban con la era del progreso.

No queremos decir que esta calculada táctica policiaco-reaccionaria fuera claramente consciente y sistemáticamente perseguida por todos o, siquiera, por algunos miembros de la camarilla gobernante. Algunos de sus miembros podían, desde luego, por su propia limitación, no reflexionar sobre esta táctica en su conjunto e ilusionarse ingenuamente con el «liberalismo», sin advertir su envoltura policial. Pero en su conjunto, es indudable que la experiencia colectiva y el entendimiento colectivo de los gobernantes les obligaba a perseguir esta táctica sin desviaciones. No en vano la mayoría de los dignatarios y altos funcionarios había pasado por un largo curso de servicio nicolaita y de escuela policial, había pasado, por así decirlo, por las duras y las maduras y las más duras aún. Recordaban cómo los monarcas ya coqueteaban con el liberalismo, ya se erigían en verdugos de los Radíshchev y «azuzaban» contra los súbditos leales a los Arakchéyev; recordaban el 14 de diciembre de 1825{18} y ejecutaban la función de gendarme europeo, función que el gobierno ruso desempeñó en 1848–1849{19}. La experiencia histórica de la autocracia no solo obligaba al gobierno a seguir la táctica de la intimidación y la corrupción, sino que también impulsaba a muchos liberales independientes a recomendar dicha táctica al gobierno. He aquí, como prueba de lo acertado de esta última opinión, las consideraciones de Koshelev y Kavelin. En su folleto: «Constitución, autocracia y Duma de la Tierra» (Leipzig, 1862), A. Koshelev se pronuncia contra la constitución en favor de una Duma de la Tierra consultiva y prevé esta objeción:

«Convocar la Duma de la Tierra significa conducir a Rusia hacia la revolución, es decir, hacia la repetición entre nosotros de los États généraux[11] que se transformaron en la Convención y culminaron en los acontecimientos de 1792, con proscripciones, guillotina, noyades[12], etc.» «¡No, señores! – responde Koshelev–, no es la convocatoria de la Duma de la Tierra lo que abre y prepara el escenario para la revolución, tal como ustedes la entienden; la producen antes y con más seguridad las acciones indecisas y contradictorias del gobierno, un paso adelante y otro atrás, decretos y leyes irrealizables, cadenas impuestas al pensamiento y a la palabra; la vigilancia policial (abierta y, peor aún, secreta) sobre las acciones de los estamentos y de los particulares, las mezquinas persecuciones de ciertas personas, el despilfarro del erario público, sus gastos excesivos e irracionales y sus recompensas, la incapacidad de los hombres de Estado y su alejamiento de Rusia, etc., etc. Aún con más seguridad pueden llevar a la revolución (entiéndase de nuevo en su sentido), en un país que apenas despierta de una opresión de muchos años, las ejecuciones militares, los calabozos y las deportaciones: pues las heridas enconadas son incomparablemente más sensibles e irritantes que las heridas frescas. Pero no teman: una revolución producida en Francia, como ustedes suponen, por los periodistas y demás escritores, no la tendremos aquí. Confiamos también en que en Rusia no se formará (aunque es más difícil responder a esto) una sociedad de cabezas exaltadas y desesperadas que elijan el asesinato como medio para alcanzar sus fines. Pero es mucho más probable y peligroso que surja, inadvertido por la policía rural, urbana y secreta, bajo la influencia del cisma, un acuerdo entre campesinos y pequeñoburgueses, al que se unirán jóvenes y no tan jóvenes, autores y partidarios de «Velikoruss», «Joven Rusia», etc. Dicho acuerdo, que todo lo destruye y que predica la igualdad no ante la ley, sino contra ella (¡qué liberalismo tan extraordinario! Nosotros, por supuesto, estamos a favor de la igualdad, pero a favor de la igualdad no contra la ley, ¡una ley que destruye la igualdad!), no la comunidad popular e histórica, sino su monstruoso engendro, y el poder no de la razón, que tanto temen algunos hombres de Estado, sino el poder de la fuerza bruta, a la que ellos mismos recurren tan gustosamente, semejante acuerdo, digo, es mucho más posible entre nosotros, y puede ser mucho más fuerte que la oposición moderada, sensata e independiente al gobierno, que tanto repugna a nuestros burócratas y a la que oprimen e intentan sofocar por todos los medios. No piensen que el partido de la prensa interna, secreta y anónima es poco numeroso y débil, ni se imaginen que han atrapado sus ramas y raíces; ¡no! Al prohibir a los jóvenes terminar sus estudios, al elevar las travesuras al rango de delitos de Estado, con todo tipo de mezquinas persecuciones y vigilancias, han decuplicado la fuerza de este partido, lo han dispersado y multiplicado por el imperio. Al estallar semejante acuerdo, ¿a qué recurrirán nuestros hombres de Estado? ¿A la fuerza militar? ¿Pero se podrá contar con ella con seguridad?» (págs. 49–51).

¿No se desprende con evidencia de las ampulosas frases de esta tirada la táctica: exterminar a las «cabezas desesperadas» y a los partidarios del «acuerdo entre campesinos y pequeñoburgueses», y satisfacer y dispersar mediante concesiones a la «oposición moderada y sensata»? Solo que el gobierno resultó ser más inteligente y hábil de lo que se imaginaban los señores Koshelev, y se libró con menos concesiones que una Duma de la Tierra «consultiva».

He aquí una carta privada de K. D. Kavelin a Herzen del 6 de agosto de 1862: «… Las noticias de Rusia, a mi parecer, no son tan malas. No han arrestado a Nikolái, sino a Aleksandr Soloviovich. Las detenciones no me sorprenden y, lo confieso, no me parecen indignantes. El partido revolucionario considera idóneos todos los medios para derribar al gobierno, y el gobierno se defiende con todos los medios. Otra cosa eran las detenciones y deportaciones bajo el vil Nikolái. La gente perecía por sus pensamientos, convicciones, fe y palabras. Quisiera que tú estuvieras en el lugar del gobierno, y entonces vería cómo procederías tú contra los partidos que, tanto secreta como abiertamente, trabajan contra ti. Quiero a Chernishevski, lo quiero mucho, mucho, pero un brouillon semejante» (un buscapleitos, un hombre pendenciero, insociable, que siembra discordias), «un hombre tan falto de tacto, tan presuntuoso, jamás lo he visto. ¡Perecer por nada, absolutamente por nada! Que los incendios están relacionados con las proclamas, es cosa que ya no ofrece ninguna duda»[13].

¡He aquí una muestra de la profundidad de pensamiento profesoral-lacayuna! ¡Los culpables de todo son esos revolucionarios, tan presuntuosos que abuchean a los liberales fraseólogos, tan buscapleitos que trabajan secreta y abiertamente contra el gobierno, tan faltos de tacto que van a parar a la Fortaleza de Pedro y Pablo! Con semejantes personas, también él, el profesor liberal, aplicaría «todos los medios» si estuviera en el poder.

II

Así pues, la reforma del zemstvo fue una de esas concesiones que la ola de excitación social y el embate revolucionario arrancaron al gobierno autocrático. Nos hemos detenido especialmente en la caracterización de este embate para complementar y corregir la exposición de la «Nota», cuyo autor burocrático veló la lucha que engendró tal concesión. Pero el carácter parcial y medroso de esta concesión también queda bastante claramente delineado en la propia «Nota»:

«Al principio, cuando apenas se había emprendido la reforma del zemstvo, indudablemente se tenía en mente dar el primer paso hacia la introducción de instituciones representativas[14]; pero después, cuando el conde Lanskói y N. A. Miliutin fueron sustituidos por el conde Valúev, se manifestó muy claramente el deseo, que tampoco negaba el propio exministro del Interior, de actuar con un espíritu “conciliador”, “con suavidad y evasivas”. “El propio gobierno no se había aclarado a sí mismo sus miras”, decía él por aquel entonces. En una palabra, se hizo un intento, que, por desgracia, repiten muy a menudo los hombres de Estado y que siempre arroja resultados negativos para todos: el intento de actuar con evasivas entre dos opiniones contrapuestas y, satisfaciendo las aspiraciones liberales, conservar el orden existente…»

¡Es sumamente divertido aquí ese farisaico «por desgracia»! El ministro de un gobierno policiaco presenta aquí como algo casual la táctica que ese gobierno no puede dejar de seguir, la que aplicó al promulgar las leyes sobre la inspección fabril, la ley de reducción de la jornada laboral (2 de junio de 1897), y la que aplica también ahora (1901) mediante los coqueteos del general Vannovski con la “sociedad”{20}.

«Por un lado, en la memoria explicativa del Reglamento sobre las instituciones del zemstvo se decía que la tarea de la ley proyectada era el desarrollo, en lo posible, completo y consecuente de los principios del autogobierno local, que “la administración del zemstvo es solo un órgano especial de un mismo y único poder estatal”… El órgano de entonces del ministerio del Interior, el “Correo del Norte”, en sus artículos dejaba entrever de manera muy clara que las instituciones que se creaban serían una escuela para las instituciones representativas.

Por otro lado… las instituciones del zemstvo son calificadas en la memoria explicativa de privadas y sociales, sometidas a las leyes generales del mismo modo que las sociedades particulares y las personas privadas…

Tanto las propias disposiciones del Reglamento de 1864 como, en especial, todas las medidas ulteriores del ministerio del Interior respecto a las instituciones del zemstvo testimonian con bastante claridad que se temía mucho la “autonomía” de las instituciones del zemstvo, y se tenía miedo de darles el debido desarrollo, comprendiendo perfectamente adónde conduciría». (Todas las cursivas son nuestras.)… «No cabe duda de que aquellos a quienes tocó culminar la reforma del zemstvo la llevaron a cabo solo como una concesión a la opinión pública, para, como rezaba la memoria explicativa, “poner límite a las ilusorias expectativas y a las libres aspiraciones de los distintos estamentos, excitadas con motivo de la creación de las instituciones del zemstvo”; al mismo tiempo, esas personas comprendían claramente su (?la reforma?) significado y se esforzaban por no dar al zemstvo el desarrollo debido, por conferirle un carácter privado, limitarlo en su competencia, etc. Tranquilizando a los liberales con promesas de que el primer paso no sería el último, diciendo o, más exactamente, repitiendo a los partidarios de la corriente liberal que era necesario otorgar a las instituciones del zemstvo un poder real y autónomo, el conde Valúev, ya en la propia elaboración del Reglamento de 1864, trató por todos los medios de limitar ese poder y de colocar a las instituciones del zemstvo bajo una estricta tutela administrativa…

No estando penetradas por una sola idea rectora, siendo un compromiso entre dos corrientes contrapuestas, las instituciones del zemstvo, en la forma en que las creó el Reglamento de 1864, cuando comenzó su aplicación, resultaron no responder ni a la idea básica del autogobierno que se había puesto en su fundamento, ni al régimen administrativo en el que fueron insertadas mecánicamente y que, además, permaneció sin reformar e inadaptado a las nuevas condiciones de vida. El Reglamento de 1864 intentó conciliar cosas inconciliables y, con ello, satisfacer simultáneamente a los partidarios y a los adversarios del autogobierno del zemstvo. A los primeros se les ofrecía la apariencia y esperanzas para el futuro; en obsequio a los segundos, la competencia de las instituciones del zemstvo fue definida de manera sumamente elástica».

¡Cuán a menudo nuestros ministros, cuando quieren poner la zancadilla a algún colega y hacer gala de su profundidad de pensamiento, sueltan casualmente palabras certeras, y qué útil sería para todos los pacatos ciudadanos rusos de hermosos sentimientos y para todos los admiradores de las «grandes» reformas colgar en su pared, en un marco dorado, los grandes preceptos de la sabiduría policiaca: «tranquilizar a los liberales con promesas de que el primer paso no será el último», «ofrecerles» la «apariencia y las esperanzas para el futuro»! En la actualidad, sería especialmente útil consultar estos preceptos al leer cada artículo o suelto periodístico sobre la «solicitud cordial» del general Vannovski.

Así pues, el zemstvo desde el principio mismo fue condenado a ser la quinta rueda del carro de la administración estatal rusa, una rueda tolerada por la burocracia solo en la medida en que no se vulnerase su omnipotencia, mientras que el papel de los diputados de la población se limitaba a una práctica desnuda, al simple cumplimiento técnico de un conjunto de tareas delineado por esa misma burocracia. Los zemstvos no tenían órganos ejecutivos propios, debían actuar a través de la policía; los zemstvos no estaban vinculados entre sí; los zemstvos fueron puestos de inmediato bajo el control de la administración. Y, tras hacer esa concesión inofensiva para sí mismo, el gobierno, al día siguiente de la implantación del zemstvo, se puso a constreñirlo y limitarlo sistemáticamente: la omnipotente camarilla burocrática no podía convivir con la representación electa de todos los estamentos y se dedicó a hostigarlo por todos los medios. La recopilación de datos acerca de este hostigamiento, a pesar de su evidente carácter incompleto, constituye una parte muy interesante de la «Nota».

Hemos visto cuán cobardemente y con cuánta insensatez actuaron los liberales con respecto al movimiento revolucionario de principios de los años 60. En lugar de apoyar «el acuerdo de los pequeñoburgueses y los campesinos con los partidarios de «Velikoruss»», temían este «acuerdo» e intimidaban con él al gobierno. En lugar de levantarse en defensa de los cabecillas del movimiento democrático perseguidos por el gobierno, se lavaban las manos farisaicamente y justificaban al gobierno. Y sufrieron un justo castigo por esta política traidora de grandilocuente verborrea y vergonzosa flacidez. Después de acabar con las personas capaces no solo de charlar, sino también de luchar por la libertad, el gobierno se sintió lo bastante fuerte como para desplazar a los liberales incluso de las modestas y secundarias posiciones que estos ocupaban «con permiso de las autoridades». Mientras amenazaba seriamente «el acuerdo de los pequeñoburgueses y los campesinos» con los revolucionarios, el propio ministerio del interior balbuceaba sobre una «escuela de instituciones representativas», pero cuando los «imprudentes y engreídos» silbadores y «pendencieros» fueron eliminados, sin ceremonia alguna tomaron a los «escolares» con mano dura. Comienza una tragicómica epopeya: el zemstvo solicita la ampliación de derechos, y al zemstvo le van quitando inexorablemente un derecho tras otro y a las solicitudes responden con amonestaciones «paternales». Pero que hablen las fechas históricas, aunque solo sean las citadas en la «Nota».

12 de octubre de 1866: una circular del ministerio del interior coloca a los empleados del zemstvo en total dependencia de las instituciones gubernamentales. 21 de noviembre de 1866: se promulga una ley que limita el derecho de los zemstvos a imponer gravámenes a los establecimientos comerciales e industriales. En la asamblea del zemstvo de Petersburgo de 1867 se critica duramente esta ley y se adopta (a propuesta del conde A. P. Shuválov) la decisión de solicitar al gobierno que las cuestiones tocadas por esta ley se examinen «con las fuerzas conjuntas y el trabajo simultáneo de la administración central y el zemstvo». A esta solicitud el gobierno responde con el cierre de las instituciones del zemstvo de Petersburgo y con represalias: el presidente de la junta del zemstvo de San Petersburgo, Kruze, es desterrado a Oremburgo, el conde Shuválov a París, al senador Liuboschinski se le ordena presentar su dimisión. El órgano del ministerio del interior, «Sévernaia Pochta»{21}, publica un artículo en el que «tan severa medida punitiva se explicaba por el hecho de que las asambleas del zemstvo, desde la misma apertura de sus sesiones, actuaban en desacuerdo con la ley» (¿con qué ley? y ¿por qué no se persiguió judicialmente a los infractores de la ley? ¡si acababa de implantarse un juicio rápido, justo y misericordioso!) «y en lugar de apoyar a las asambleas del zemstvo de otras provincias, utilizando los derechos otorgados por la más alta gracia para el auténtico cuidado de los intereses económico-locales del zemstvo que les estaban confiados» (es decir, en lugar de obedecer sumisamente y seguir las «miras» de la burocracia), «mostraban incesantemente la tendencia a suscitar sentimientos de desconfianza y falta de respeto hacia el gobierno mediante la exposición inexacta del asunto y la interpretación incorrecta de las leyes». No es de extrañar que después de semejante lección «los otros zemstvos no prestaran apoyo al de Petersburgo, aunque en todas partes la ley del 21 de noviembre de 1866 provocó un fuerte descontento; muchos la calificaron en las asambleas de equivalente a la aniquilación de los zemstvos».

16 de diciembre de 1866: aparece una «aclaración» del senado que concede a los gobernadores el derecho de negar la confirmación de cualquier persona elegida por la asamblea del zemstvo que él —el gobernador— considere poco fiable. 4 de mayo de 1867: otra aclaración del senado: es contrario a la ley comunicar las propuestas del zemstvo a todas las demás provincias, pues las instituciones del zemstvo deben ocuparse de los asuntos locales. 13 de junio de 1867: se aprueba por la más alta instancia la opinión del Consejo de Estado, que prohíbe imprimir sin permiso de las autoridades provinciales locales las disposiciones, informes de sesiones, debates en las sesiones, etc., aprobados en las asambleas públicas del zemstvo, de la ciudad y de los estamentos. Además, la misma ley amplía la autoridad de los presidentes de las asambleas del zemstvo, les concede el derecho de cerrar las asambleas y les obliga, bajo amenaza de castigo, a cerrar las asambleas en las que se pongan a debate cuestiones que no concuerden con la ley. Esta medida fue acogida por la sociedad muy hostilmente y se la consideró como una seria limitación de la actividad del zemstvo, «Todos saben —escribía Nikitenko en su diario— que el zemstvo está atado de pies y manos por la nueva ley, en virtud de la cual los presidentes de las asambleas y los gobernadores han recibido un poder casi ilimitado sobre el zemstvo». La circular del 8 de octubre de 1868 somete a la autorización de los gobernadores incluso la impresión de los informes de las juntas del zemstvo y limita las relaciones mutuas entre zemstvos. En 1869 se crean los inspectores de escuelas populares con el fin de apartar al zemstvo de la administración efectiva de la instrucción pública. La disposición del Comité de Ministros, aprobada por la más alta instancia el 19 de septiembre de 1869, reconoce que «las instituciones del zemstvo, ni por su composición ni por sus principios fundamentales, son poderes gubernamentales». La ley del 4 de julio de 1870 y la circular del 22 de octubre de 1870 confirman y refuerzan la dependencia de los empleados del zemstvo respecto de los gobernadores. En 1871, la instrucción a los inspectores de escuelas populares les otorga el derecho de destituir de su cargo a los maestros considerados poco fiables y de detener toda decisión del consejo escolar, remitiendo el asunto a la resolución del curador. El 25 de diciembre de 1873, Alejandro II, en un rescripto dirigido al ministro de instrucción pública, expresa el temor de que la escuela popular, a falta de una supervisión tutelar, pueda ser convertida «en instrumento de corrupción moral del pueblo, para lo cual ya se han descubierto algunos intentos», y ordena a los mariscales de la nobleza que contribuyan con su participación más directa a garantizar la influencia moral de estas escuelas. Luego, en 1874, se promulga un nuevo Reglamento sobre las escuelas populares, que entrega toda la fuerza de la administración escolar en manos de los directores de escuelas populares. El zemstvo «protesta», si es que puede llamarse sin ironía protesta a una solicitud de revisión de la ley con la participación de representantes del zemstvo (solicitud del zemstvo de Kazán en 1874). La solicitud, naturalmente, es rechazada. Etc., etc.

Tal fue el primer curso de ciencias impartido a los ciudadanos rusos en la «escuela de instituciones representativas» organizada por el ministerio del interior. Por fortuna, además de los escolásticos políticos que, a propósito de las declaraciones constitucionales de los años 60, escribían: «Es hora de dejar las tonterías y empezar a hacer algo, y ese algo está ahora en las instituciones del zemstvo y en ningún otro lugar»[15], había también en Rusia «provocadores» que no se conformaban con tal «tacto» y que iban con su prédica revolucionaria al pueblo. A pesar de que marchaban bajo la bandera de una teoría que en esencia no era revolucionaria, su prédica despertaba, no obstante, un sentimiento de descontento y protesta en amplios sectores de la juventud instruida. Contrariamente a la teoría utópica que negaba la lucha política, el movimiento condujo a un choque desesperado con el gobierno por parte de un puñado de héroes, a la lucha por la libertad política. Gracias a esta lucha, y solo gracias a ella, la situación cambió una vez más, el gobierno se vio obligado una vez más a hacer concesiones, y la sociedad liberal demostró una vez más su inmadurez política, su incapacidad para apoyar a los luchadores y ejercer una verdadera presión sobre el gobierno. Las aspiraciones constitucionales del zemstvo se manifestaron con claridad, pero resultaron ser un «impulso» impotente. Y ello a pesar de que el propio liberalismo del zemstvo dio un paso adelante notable en el aspecto político. Especialmente destacable fue su intento de formar un partido ilegal y crear su propio órgano político. El «Informe» de Witte resume los datos de varias obras ilegales (de Kennan, Dragománov, Tikhomírov) para caracterizar el «camino resbaladizo» (pág. 98) en el que se habían adentrado los zemstvos. A finales de los años 70 tuvieron lugar varios congresos de liberales del zemstvo. Los liberales decidieron «adoptar medidas al menos para la suspensión temporal de la actividad destructiva del partido revolucionario extremista, pues estaban convencidos de que nada podría lograrse por medios pacíficos si los terroristas seguían irritando e inquietando al gobierno con amenazas y actos de violencia» (pág. 99). Así, en lugar de preocuparse por ampliar la lucha, por apoyar a los revolucionarios individuales con un estrato social más o menos amplio, por organizar alguna embestida común (en forma de manifestación, de negativa de los zemstvos a ejecutar los gastos obligatorios, etc.), los liberales vuelven a empezar con el mismo «tacto»: ¡«no irritar» al gobierno!, tratar de lograr algo por «medios pacíficos», ¡los mismos medios pacíficos que tan brillantemente demostraron su nulidad en los años 60![16] Es natural que los revolucionarios no aceptaran ninguna interrupción ni suspensión de las hostilidades. Los miembros del zemstvo formaron entonces una «liga de elementos opositores», que luego se transformó en la «Sociedad de la Unión del Zemstvo y Autogobierno» o «Unión del Zemstvo». El programa de la Unión del Zemstvo exigía: 1) libertad de expresión y de prensa; 2) garantías individuales y 3) convocatoria de una asamblea constituyente. El intento de publicar folletos ilegales en Galitzia fracasó (la policía austriaca arrestó tanto los manuscritos como a las personas que pretendían imprimirlos), y el órgano de la «Unión del Zemstvo» pasó a ser, a partir de agosto de 1881, la revista «Volnoe Slovo»{22}, que se editaba bajo la dirección de Dragománov (antiguo profesor de la universidad de Kiev) en Ginebra. «En definitiva –escribía el propio Dragománov en 1888–, la experiencia de editar un órgano del zemstvo en forma de “Volnoe Slovo” no puede considerarse exitosa, aunque solo sea porque los materiales propiamente del zemstvo empezaron a llegar a la redacción de manera regular solo a fines de 1882, y en mayo de 1883 la publicación ya había cesado» (op. cit., pág. 40). El fracaso del órgano liberal fue el resultado natural de la debilidad del movimiento liberal. El 20 de noviembre de 1878, Alejandro II se dirigió en Moscú a los representantes de los estamentos con un discurso en el que expresaba su esperanza en su «colaboración para detener a la juventud extraviada en ese camino funesto al que personas de poca confianza se esfuerzan por arrastrarla». Luego, también en el «Pravitelstvenny Vestnik»{23} (1878, n.º 186) apareció un llamamiento a la colaboración de la sociedad. Como respuesta, cinco asambleas del zemstvo (las de Járkov, Poltava, Chernígov, Samara y Tver) declararon la necesidad de convocar un Zemski Sobor. «Cabe pensar también –escribe el autor del “Informe” de Witte, tras exponer detalladamente el contenido de estos mensajes, de los cuales solo 3 se filtraron íntegros a la prensa–, que las declaraciones de los zemstvos sobre la convocatoria de un Zemski Sobor habrían sido mucho más numerosas si el ministerio del interior no hubiera adoptado a tiempo medidas para impedir tales declaraciones: se envió una circular a los mariscales de la nobleza, que presidían las asambleas provinciales del zemstvo, para que no permitieran siquiera la lectura de tales mensajes en las asambleas. En algunos lugares se llevaron a cabo arrestos y deportaciones de vocales, y en Chernígov incluso se introdujeron gendarmes en la sala de sesiones, que la desalojaron por la fuerza» (104).

Las revistas y periódicos liberales apoyaban este movimiento; la petición de los «25 eminentes ciudadanos moscovitas» a Loris-Mélikov señalaba la necesidad de convocar una asamblea independiente de representantes de los zemstvos y proponer a esa asamblea su participación en la gobernación de la nación{24}. Y con el nombramiento de Loris-Mélikov como ministro del interior, el gobierno, en apariencia, hacía una concesión. Pero solo en apariencia, pues no solo no se dieron pasos decididos, sino que ni siquiera se hicieron declaraciones positivas e inequívocas. Loris-Mélikov convocó a los redactores de las publicaciones periódicas de Petersburgo y les expuso su «programa»: conocer los deseos, necesidades, etc., de la población, dar al zemstvo, etc., la posibilidad de aprovechar los derechos legales (¡el programa liberal garantiza a los zemstvos esos «derechos» que la ley les recorta sistemáticamente!), etc. El autor del «Informe» escribe:

«A través de sus interlocutores –para eso habían sido invitados–, el programa del ministro fue dado a conocer a toda Rusia. En esencia, no prometía nada concreto. Cada cual podía leer en él lo que quisiera, es decir, todo o nada. Tenía razón a su modo (solo «a su modo», y no incondicionalmente «en todos los sentidos», ¿no es cierto?) una de las hojas clandestinas de aquel tiempo al decir de este programa que en él se vislumbraba al mismo tiempo la “cola de zorro” y castañeteaban los dientes las “fauces de lobo”{25}. Semejante salida de tono contra el programa y su autor resulta tanto más comprensible cuanto que, al comunicarlo a los representantes de la prensa, el conde les recomendaba insistentemente que “no turbasen ni agitasen en vano los ánimos públicos con sus quiméricas ilusiones”». Pero los liberales del zemstvo no hicieron caso a esta verdad de la hoja clandestina y consideraron el movimiento de la «cola de zorro» como un «nuevo rumbo» en el que era lícito confiar. «El zemstvo confiaba y simpatizaba con el gobierno –repite el “Informe” de Witte las palabras del folleto ilegal “Opiniones de las asambleas del zemstvo sobre la situación actual de Rusia”–, como si temiera adelantarse, dirigirse a él con peticiones excesivas». He aquí una confesión característica de los partidarios del zemstvo que se expresan con franqueza: la Unión del Zemstvo, en el congreso de 1880, acababa de decidir «alcanzar una representación popular central con la condición indispensable de una sola cámara y sufragio universal», ¡y esta decisión de alcanzarla se lleva a la práctica con la táctica de «no adelantarse», de «confiar y simpatizar» con declaraciones equívocas y que a nada obligan! Con una ingenuidad imperdonable, los miembros del zemstvo se imaginaban que presentar peticiones significaba «alcanzar» algo, y las peticiones «empezaron a llover abundantemente del zemstvo». El 28 de enero de 1881, Loris-Mélikov presentó un informe a su majestad sobre la formación de una comisión de representantes electos de los zemstvos para elaborar los proyectos de ley señalados por la «suprema voluntad», con derecho únicamente a voto consultivo. Una Conferencia Especial designada por Alejandro II aprobó esta medida; la conclusión de la Conferencia del 17 de febrero de 1881 fue refrendada por el zar, quien también aprobó el texto del comunicado gubernamental propuesto por Loris-Mélikov.

«Es indudable –escribe el autor del “Informe” de Witte– que la creación de una comisión puramente consultiva como esa no instauraba todavía una constitución». Pero –continúa– difícilmente puede negarse que era un paso más (después de las reformas de los años 60) hacia la constitución y no hacia otra cosa. Y el autor reproduce el comentario de la prensa extranjera de que Alejandro II se expresó a propósito del informe de Loris-Mélikov diciendo: «Pero si esto son los Etats generaux{26}»… «No se nos propone otra cosa que la asamblea de los notables de Luis XVI»{27}.

Por nuestra parte, observaremos que la realización del proyecto de Lorís-Mélikov podría, en ciertas condiciones, haber sido un paso hacia la constitución, pero también podría no haberlo sido: todo dependía de qué prevalecería: la presión del partido revolucionario y de la sociedad liberal o la resistencia de un partido muy poderoso, cohesionado y sin escrúpulos en los medios, compuesto por partidarios inflexibles de la autocracia. Si no hablamos de lo que podría haber sido, sino de lo que fue, habrá que constatar el hecho indudable de las vacilaciones del gobierno. Unos eran partidarios de una lucha decidida contra el liberalismo, otros de hacer concesiones. Pero —y esto es especialmente importante— estos últimos también vacilaban, sin tener un programa plenamente definido y sin elevarse por encima del nivel de burócratas-eficientistas.

«El conde Lorís-Mélikov —dice el autor de la "Nota", Witte— parecía temer mirar el asunto de frente, temía definir con total precisión su programa, y continuaba —aunque en otra dirección— la anterior política evasiva que, en relación con las instituciones del zemstvo, había adoptado ya el conde Valúev.

Como se señaló con acierto en la prensa legal de entonces, el propio programa anunciado por Lorís-Mélikov se distinguía por una gran indefinición. Esta indefinición se manifiesta también en todos los actos y palabras posteriores del conde. Por un lado, declara que la autocracia "está separada de la población", que "considera el apoyo de la sociedad como la fuerza principal…", que no veía la reforma proyectada "como algo definitivo, sino solo como un primer paso", etc. Al mismo tiempo, por otro lado, el conde declaraba a los representantes de la prensa que "… las esperanzas suscitadas en la sociedad no son más que una ilusión quimérica…" y, en un informe dirigido al emperador, afirmaba categóricamente que un Zemski Sobor sería "una peligrosa experiencia de retorno al pasado…", que la medida que proyectaba no tendría significación alguna en el sentido de limitar la autocracia, pues no tenía nada en común con las formas constitucionales occidentales. En general, según la justa observación de L. Tijomírov, este mismo informe se distingue por una forma notablemente embrollada» (pág. 117).

Y en lo que respecta a los luchadores por la libertad, ese famoso héroe de la «dictadura del corazón»{28}, Lorís-Mélikov, llevó «las crueldades hasta hechos de pena de muerte sin precedentes, ni antes ni después, como la ejecución de un muchacho de 17 años por haberle encontrado una hoja impresa. Lorís-Mélikov no olvidó los rincones más remotos de Siberia para empeorar allí la situación de las personas que sufrían por hacer propaganda» (V. Zasúlich en el núm. 1 de Sotsial-Demokrat{29}, pág. 84). Con semejante vacilación del gobierno, solo una fuerza capaz de una lucha seria podría haber logrado la constitución, y esa fuerza no existía: los revolucionarios se habían agotado con el 1.º de marzo{30}; en la clase obrera no había ni un movimiento amplio ni una organización sólida; la sociedad liberal resultó también esta vez tan poco desarrollada políticamente que, incluso después del asesinato de Alejandro II, se limitó a meras súplicas. Súplicas de los zemstvos y las ciudades, súplicas de la prensa liberal (Poriádok{31}, Straná{32}, Gólos{33}), súplicas —en forma particularmente bienintencionada, rebuscada y oscurecida— de los autores liberales de notas informativas (el marqués Wielopolski, el prof. Chicherin y el prof. Gradovski —la "Nota" de Witte expone su contenido según el folleto de Londres[17] "La Constitución del conde Lorís-Mélikov", ed. del Fondo de la Prensa Libre Rusa. Londres, 1893), ideando «ingeniosos intentos de hacer cruzar al monarca la anhelada línea sin que él mismo lo notase». Todas estas prudentes súplicas y astutas invenciones resultaron, por supuesto, un cero sin fuerza revolucionaria, y el partido de la autocracia venció, venció a pesar de que el 8 de marzo de 1881, en el Consejo de Ministros, la mayoría (7 contra 5) se pronunció a favor del proyecto de Lorís-Mélikov. (Así se dice en ese mismo folleto, pero el autor de la "Nota" de Witte, que lo copia diligentemente, aquí por alguna razón declara: «Lo que ocurrió en esta reunión —el 8 de marzo— y a qué conclusión llegó, no se sabe fehacientemente; confiar en los rumores que trascendieron a la prensa extranjera sería imprudente», pág. 124.) El 29 de abril de 1881 apareció el manifiesto, calificado por Katkov como «maná celestial», sobre la consolidación y salvaguarda de la autocracia{34}. Por segunda vez, después de la emancipación de los campesinos, la ola del embate revolucionario fue rechazada, y el movimiento liberal, a continuación de esto y a consecuencia de ello, fue sustituido por segunda vez por la reacción, que la sociedad progresista rusa se puso, por supuesto, a llorar amargamente. Somos tan maestros en el lloriqueo: lloramos la falta de tacto y la autosuficiencia de los revolucionarios cuando provocan al gobierno; lloramos la indecisión del gobierno cuando, al no ver ante sí una fuerza real, hace falsas concesiones y, dando con una mano, quita con la otra; lloramos el «tiempo de falta de ideas y de ideales» cuando el gobierno, tras ajustar cuentas con los revolucionarios no apoyados por el pueblo, se esfuerza por recuperar el tiempo perdido y se fortalece para una nueva lucha.

IV

La época de la «dictadura del corazón», como se apodó al ministerio de Lorís-Mélikov, mostró a nuestros liberales que incluso el «constitucionalismo» de un ministro, incluso del ministro-presidente, en medio de la total vacilación del gobierno y con la aprobación del «primer paso hacia la reforma» por la mayoría en el Consejo de Ministros, no garantiza absolutamente nada si no existe una fuerza social seria, capaz de obligar al gobierno a rendirse. Es interesante también que el gobierno de Alejandro III, incluso después de lanzar el manifiesto sobre la consolidación de la autocracia, no comenzó de inmediato a mostrar todas sus garras, sino que consideró necesario intentar durante algún tiempo seguir engatusando a la «sociedad». Al decir «engatusar», no pretendemos atribuir la política del gobierno a algún plan maquiavélico{35} de tal o cual ministro, dignatario, etc. No se puede insistir lo suficiente en que el sistema de falsas concesiones y de ciertos pasos, aparentemente importantes, «al encuentro» de la opinión pública ha entrado en la carne y la sangre de todo gobierno moderno, incluido el ruso, pues también el gobierno ruso, desde hace ya muchas generaciones, ha comprendido la necesidad de contar de una u otra forma con la opinión pública, y desde hace ya muchas generaciones ha formado a estadistas refinados en el arte de la diplomacia interior. Tal diplomático, que tuvo el encargo de encubrir el repliegue del gobierno hacia la reacción directa, fue el ministro del Interior, conde Ignátiev, que sucedió a Lorís-Mélikov. Ignátiev se presentó más de una vez como un demagogo y embaucador redomado, de modo que el autor de la "Nota" de Witte muestra no poca «complacencia policial» al calificar el período de su ministerio de «intento fallido de crear una tierra local autogobernada con un zar autocrático a la cabeza». Cierto es que esa «fórmula» fue enarbolada en aquel tiempo por I. S. Aksákov, el gobierno la utilizó para sus coqueteos, y Katkov la propagó, demostrando fundadamente el nexo necesario entre el autogobierno local y la constitución. Pero sería muestra de estrechez de miras explicar la táctica conocida del gobierno policial (táctica que le es necesariamente inherente por su propia naturaleza) por el predominio en un momento dado de tal o cual concepción política.

Ignátiev emitió una circular prometiendo que el gobierno «adoptaría medidas inmediatas para establecer procedimientos correctos que asegurasen el mayor éxito a la participación viva de las personalidades locales en la ejecución de los supremos designios». Los zemstvos respondieron a este «llamamiento» con solicitudes sobre la «convocatoria de representantes electos del pueblo» (de la nota del vocal del zemstvo de Cherepovéts; la opinión del vocal del zemstvo de Kirílov ni siquiera fue autorizada por el gobernador para ser impresa). El gobierno propuso a los gobernadores que dejasen dichas solicitudes «sin curso ulterior», «y al mismo tiempo, al parecer, se adoptaron medidas para que dichas solicitudes no fueran presentadas en otras asambleas». Se realiza el célebre intento de convocar, por elección de los ministros, a «personas entendidas» (para discutir la cuestión de la reducción de los pagos de redención, la regulación de las migraciones, la reforma de la administración local, etc.). «Los trabajos de las comisiones de expertos no suscitaron simpatía en la sociedad, y por parte de los zemstvos, a pesar de todas las medidas preventivas, provocaron incluso una protesta directa. Doce asambleas de los zemstvos presentaron solicitudes para que los hombres del zemstvo fueran invitados a participar en la actividad legislativa no en casos aislados y por designación del gobierno, sino de manera permanente y por elección de los zemstvos». En el zemstvo de Samara una propuesta de este tipo fue detenida por el presidente, «después de lo cual la asamblea, a modo de protesta, se disolvió» (Drahománov, nueva serie, pág. 29; «Nota», pág. 131).

Que el conde Ignátiev engañaba a los zemstvos se desprende, por ejemplo, del siguiente hecho: «El mariscal de la nobleza de Poltava, señor Ustýmovich, autor del proyecto de alocución constitucional de 1879, declaró abiertamente en la asamblea provincial de la nobleza que había recibido del conde Ignátiev la seguridad positiva (sic![18]) de que el gobierno convocaría a representantes del país para participar en la labor legislativa» (Drahománov, ibídem). El encubrimiento del giro gubernamental hacia un rumbo decididamente nuevo mediante estas artimañas de Ignátiev terminó, y D. A. Tolstói, nombrado ministro del Interior el 30 de mayo de 1882, se ganó con razón el sobrenombre de «ministro de la lucha». Las solicitudes de los zemstvos, incluso para la organización de cualquier tipo de congresos sectoriales, eran rechazadas sin miramientos, e incluso, a raíz de una queja del gobernador sobre la «oposición sistemática» del zemstvo (de Cherepovéts), se dio el caso de la sustitución de la junta por una comisión gubernamental y del destierro administrativo de los miembros de la junta. D. A. Tolstói, fiel discípulo y seguidor de Katkov, decidió emprender directamente la «reforma» de las instituciones de los zemstvos, partiendo de la idea fundamental (efectivamente confirmada, como hemos visto, por la historia) de que «la oposición al gobierno ha anidado firmemente en el zemstvo» (pág. 139 de la «Nota»: del proyecto original de la reforma de los zemstvos). D. A. Tolstói planeaba sustituir las juntas de los zemstvos por presencias subordinadas al gobernador y considerar que todos los acuerdos de las asambleas de los zemstvos estarían sujetos a la aprobación del gobernador. Esta habría sido realmente una reforma «radical», pero es sumamente interesante que incluso este discípulo de Katkov, «ministro de la lucha», «no se apartó –según expresión del propio autor de la “Nota”– de la política habitual del ministerio del Interior respecto a las instituciones de los zemstvos. Su idea –abolir en esencia el zemstvo– no la expresó directamente en su proyecto; bajo la apariencia de un desarrollo correcto de los principios del autogobierno, deseaba conservar la forma externa de éste, pero despojándola de todo contenido interno». En el Consejo de Estado esta sabia política estatal de «cola de zorro» fue aún complementada y desarrollada, y como resultado el Estatuto de los zemstvos de 1890 «resultó ser una nueva media medida en la historia de las instituciones de los zemstvos. No abolió el zemstvo, pero lo despersonalizó y lo descoloró; no eliminó el principio estamental general, pero le dio una coloración estamental;… no convirtió a las instituciones de los zemstvos en auténticos órganos de poder… pero aumentó sobre ellas la tutela de los gobernadores… reforzó el derecho de veto del gobernador». «El Estatuto del 12 de julio de 1890 fue, en la intención de su redactor, un paso hacia la supresión de las instituciones de los zemstvos, pero de ninguna manera una transformación radical del autogobierno zemstvo».

La nueva «media medida» –como expone a continuación la «Nota»– no eliminó la oposición al gobierno (por supuesto, habría sido imposible eliminar la oposición a un gobierno reaccionario reforzando precisamente esa reacción), sino que sólo hizo que algunas de sus manifestaciones se volvieran ocultas. La oposición se manifestó, en primer lugar, en que algunas leyes antizemstvos, si se puede decir así, encontraron resistencia y de facto[19] no se aplicaron; en segundo lugar, nuevamente en solicitudes constitucionales (o al menos con olor a constitucionalismo). La oposición del primer tipo la encontró, por ejemplo, la ley del 10 de junio de 1893, que sometió a una reglamentación detallada la organización del servicio médico por parte de los zemstvos. «Las instituciones de los zemstvos ofrecieron una resistencia unánime al ministerio del Interior, el cual retrocedió. Fue necesario suspender la entrada en vigor del reglamento ya elaborado, archivarlo para la colección completa de leyes y elaborar un nuevo proyecto, construido sobre principios completamente opuestos (es decir, más complacientes con los zemstvos)». La ley del 8 de junio de 1893 sobre la valoración de bienes inmuebles, que introducía igualmente el principio de reglamentación y restringía los derechos de los zemstvos en materia de imposición, también fue recibida sin simpatía y en la mayoría de los casos «en la práctica no se aplica en absoluto». La fuerza de las instituciones médicas y estadísticas creadas por los zemstvos y que habían aportado un beneficio considerable (en comparación con la burocracia, por supuesto) a la población resultó suficiente para paralizar los reglamentos fabricados en las cancillerías de San Petersburgo.

La oposición del segundo tipo se manifestó también en el nuevo zemstvo en 1894, cuando los mensajes de los zemstvos a Nicolás II insinuaron nuevamente, de manera muy definida, sus demandas de ampliar el autogobierno y provocaron las «célebres» palabras sobre los sueños sin sentido.

Las «tendencias políticas» del zemstvo no han desaparecido, para horror de los señores ministros. El autor de la «Nota» cita las amargas quejas del gobernador de Tver (de su informe de 1898) sobre el «estrechamente cohesionado círculo de personas de orientación liberal» que concentra en sus manos toda la gestión del zemstvo provincial. «Del informe del mismo gobernador de 1895 se desprende que la lucha contra la oposición del zemstvo constituye una pesada tarea para la administración local y que de los mariscales de la nobleza que presiden las asambleas del zemstvo se exige a veces incluso “valor civil” (¡he ahí!) para cumplir las circulares confidenciales del Ministerio del Interior sobre asuntos que las instituciones del zemstvo no deben tocar». Y a continuación viene el relato de cómo el mariscal provincial de la nobleza cedió ante la asamblea su cargo al mariscal de distrito (de Tver), el de Tver al de Novotorzhok, el de Novotorzhok también enfermó y cedió la presidencia al de Staritsa. ¡De modo que hasta los mariscales de la nobleza emprenden la huida, no queriendo cumplir funciones policiales! «Con la ley de 1890», se lamenta el autor de la «Nota», «se ha dado al zemstvo un matiz estamental, se ha reforzado en las asambleas el elemento gubernamental, se ha introducido en la composición de las asambleas provinciales del zemstvo a todos los mariscales de distrito de la nobleza y a los jefes del zemstvo, y si un zemstvo tan despersonalizado, estamental-burocrático, continúa a pesar de todo manifestando una tendencia política, sobre esto habría que reflexionar»... «La resistencia no ha sido aniquilada: el sordo descontento, la oposición silenciosa viven indudablemente y vivirán hasta que muera el zemstvo de todos los estamentos». He aquí la última palabra de la sabiduría burocrática: si una representación recortada engendra descontento, la supresión de toda representación —según la simple lógica humana— reforzará aún más ese descontento y esa oposición. ¡El señor Witte imagina que si se cierra una de las instituciones que saca a la luz aunque sea una pequeña parte del descontento, el descontento desaparecerá! Pero ¿creen ustedes que Witte propone por eso algo decisivo, como la abolición del zemstvo? No, en absoluto. Criticando la política evasiva por un supuesto ideal, el propio Witte no propone nada más que esa misma política —ni puede proponerlo, sin salirse de su pellejo de ministro del gobierno autocrático. Witte balbucea algo absolutamente trivial sobre una «tercera vía»: no el dominio de la burocracia ni la autoadministración, sino una reforma administrativa que «organice correctamente» la «participación de elementos sociales en las instituciones gubernamentales». Decir semejante desatino es fácil, pero ya a nadie —después de todos los experimentos con las «personas entendidas»— engañará esta invención: es demasiado evidente que sin una constitución toda «participación de elementos sociales» será una ficción, será la subordinación de la sociedad (o de uno u otro «convocado» por la sociedad) a la burocracia. Al criticar una medida particular del Ministerio del Interior —la introducción del zemstvo en las periferias—, Witte, sobre la cuestión general que él mismo ha planteado, no puede dar absolutamente nada nuevo, limitándose a recalentar los viejos métodos de las medias tintas, las falsas concesiones, las promesas de toda clase de bienes y el incumplimiento de todas las promesas. No se puede subrayar con suficiente fuerza que en la cuestión general sobre la «orientación de la política interior» Witte y Goremykin son una misma cosa, y la disputa entre ellos es una disputa entre los suyos, una riña doméstica dentro de una misma banda. Por un lado, Witte se apresura a declarar que «yo no he propuesto ni propongo ni la abolición de las instituciones del zemstvo, ni ninguna ruptura del orden existente... sobre la abolición de ellos (los zemstvos existentes) en las condiciones actuales difícilmente puede hablarse». Witte, «por su parte, piensa que al crearse en los lugares un poder gubernamental fuerte será posible tratar a los zemstvos con mayor confianza», etc. Habiendo creado un fuerte contrapeso burocrático a la autoadministración (es decir, habiendo debilitado la autoadministración), se puede «confiar» más en ella. ¡Vieja canción! El señor Witte teme sólo a las «instituciones de todos los estamentos», él «en absoluto tenía en cuenta ni consideraba peligrosa para la autocracia la actividad de diversos tipos de corporaciones, sociedades, uniones estamentales o profesionales». Por ejemplo, respecto a las «comunas rurales», el señor Witte no duda en absoluto de su seguridad para la autocracia debido a su «inercia». «El predominio de las relaciones por la tierra y los intereses ligados a ella confieren a la población rural tales peculiaridades espirituales que la hacen indiferente a todo lo que sale de los límites de la política de su campanario... Nuestro campesinado está ocupado en las asambleas con el reparto de los impuestos... la distribución de las parcelas de tierra, etc. Además, es analfabeto o semianalfabeto, ¿qué política puede haber ahí?». El señor Witte es muy sensato, como pueden ver. En relación con las uniones estamentales, declara que en lo referente a su peligrosidad para el poder central «tiene una importancia esencial la desunión de sus intereses. Aprovechando esta desunión, el gobierno puede encontrar siempre apoyo y contrapeso en otros contra las pretensiones políticas de un estamento». Ni más ni menos que uno de los infinitos intentos del estado policial de «desunir» a la población representa el «programa» de Witte: «la participación correctamente organizada de los elementos sociales en las instituciones gubernamentales». Por otro lado, el señor Goremykin, con quien el señor Witte polemiza tan furiosamente, lleva a cabo también él mismo esa política sistemática de desunión y opresión. Él demuestra (en su nota, a la que Witte responde) la necesidad de crear nuevos puestos de funcionarios para la supervisión del zemstvo; él está en contra de permitir incluso simples congresos locales de activistas del zemstvo; él defiende firmemente el estatuto de 1890, ese paso hacia la abolición del zemstvo; él teme la inclusión por los zemstvos de «cuestiones tendenciosas» en los programas de trabajos de valoración, teme a la estadística del zemstvo en general; él defiende que la escuela popular debe ser retirada de las manos del zemstvo y transferida a la jurisdicción de las instituciones gubernamentales; él demuestra que los zemstvos son incapaces de llevar el asunto de los abastos (¡¡los activistas del zemstvo provocan, vean ustedes, «representaciones exageradas de las dimensiones de la calamidad y de las necesidades de la población afectada por la mala cosecha»!!); él defendía las reglas sobre la limitación de los impuestos del zemstvo «con el fin de proteger la propiedad de la tierra contra el aumento excesivo de las contribuciones del zemstvo». De esta manera, Witte tiene toda la razón cuando declara: «Toda la política del Ministerio del Interior con respecto al zemstvo consiste en la lenta pero inexorable erosión de sus órganos, el debilitamiento gradual de su significado y la concentración igualmente gradual de sus funciones en la jurisdicción de las instituciones gubernamentales. Sin exagerar en absoluto, se puede decir que cuando las “medidas, adoptadas en el último tiempo con el fin de regular determinadas ramas de la economía y la administración del zemstvo”, señaladas en la nota (de Goremykin), sean llevadas a feliz término, en realidad no tendremos ninguna autoadministración: de las instituciones del zemstvo quedará una idea y la envoltura externa, sin ningún contenido real». La política de Goremykin (y aún más de Sipiaguin) y la política de Witte conducen, en consecuencia, a lo mismo, y el torneo sobre la cuestión del zemstvo y el constitucionalismo no es, repetimos, más que una riña doméstica. Riñen los amantes —sólo se divierten—. Tal es el balance de la «lucha» de los señores Witte y Goremykin. En cuanto a nuestros balances sobre la cuestión general de la autocracia y el zemstvo, es más conveniente hacerlos en relación con el análisis del prefacio del señor R. N. S.[20]

El rasgo fundamental de las concepciones del señor R. N. S. consiste en lo siguiente. Como se desprende de muchísimos pasajes de su artículo, que citamos más abajo, es un admirador del desarrollo pacífico, gradual y estrictamente legal. Por otra parte, se alza con toda su alma contra la autocracia y ansía la libertad política. Pero la autocracia es autocracia precisamente porque prohíbe y persigue todo "desarrollo" hacia la libertad. Esta contradicción impregna todo el artículo del señor R. N. S., haciendo sus razonamientos extremadamente inconsecuentes, vacilantes, inestables. Conciliar el constitucionalismo con la preocupación por el desarrollo estrictamente legal de la Rusia autocrática solo es posible mediante la suposición, o al menos la admisión, de que el propio gobierno autocrático comprenderá, se cansará, cederá, etc. Y al señor R. N. S., desde la altura de su indignación cívica, le ocurre efectivamente caer hasta este punto de vista vulgar del liberalismo más subdesarrollado. He aquí un ejemplo. El señor R. N. S. dice de sí mismo: «... nosotros, que vemos en la lucha por la libertad política, para las personas conscientes y modernas de Rusia, su juramento de Aníbal, tan sagrado como lo fue en otro tiempo la lucha por la emancipación de los campesinos para los hombres de los años cuarenta...» y también: «... por penoso que nos sea a nosotros, hombres que hemos prestado el "juramento de Aníbal" de lucha contra la autocracia», etc. ¡Dicho está bien, dicho está con fuerza! Estas palabras enérgicas serían un adorno del artículo si todo él estuviera impregnado del mismo espíritu de lucha inflexible, irreconciliable («¡juramento de Aníbal!»). Estas enérgicas palabras –precisamente por ser tan enérgicas– sonarán a algo falso si junto a ellas asoma una nota de reconciliación artificial y apaciguamiento, un intento de imponer, aunque sea a costa de todo tipo de forzamientos, la concepción de un desarrollo pacífico, estrictamente legal. Y en el señor R. N. S., por desgracia, tales notas y tales intentos abundan demasiado. Dedica, por ejemplo, una página y media entera a fundamentar detalladamente la idea de que «la política estatal durante el reinado de Nicolás II merece una condena aún más (cursiva nuestra) severa desde el punto de vista moral y político que la negra redistribución de las reformas de Alejandro II bajo Alejandro III». ¿Por qué más severa? Resulta que porque Alejandro III luchó contra la revolución, mientras que Nicolás II lo hizo contra «las aspiraciones legales de la sociedad rusa»; el primero, contra los políticamente conscientes; el segundo, contra «fuerzas sociales completamente pacíficas y, a veces, incluso actuantes sin ninguna idea política clara» («que incluso comprenden mal que su trabajo cultural consciente mina el régimen estatal»). Esto es, en una medida muy considerable, falso desde el punto de vista fáctico –de lo cual hablaremos más adelante. Pero, aun prescindiendo de esto, no cabe dejar de notar lo extraño del propio curso de los razonamientos del autor. Condena a la autocracia, y de dos autócratas condena más a uno no por el carácter de la política, que se mantuvo igual, sino porque ante él no hay (supuestamente) "provocaciones" que causen, "naturalmente", una réplica tajante; no hay, por consiguiente, motivo para las persecuciones. ¿No trasluce ya, en el mero uso de semejante argumento, una clara concesión a aquel argumento de súbdito leal de que nuestro padrecito zar no tiene por qué temer convocar a hombres elegidos, pues todos esos hombres elegidos jamás han pensado en nada que rebase el marco de las aspiraciones pacíficas y la estricta legalidad? No nos sorprende si leemos tal "curso de pensamiento" (o tal curso de mentiras) en el señor Witte, quien escribe en su memorándum: «Parecería ser que allá donde no hay ni partidos políticos ni revoluciones, donde nadie disputa los derechos de la autoridad suprema, allí no se puede contraponer la administración al pueblo o a la sociedad...»[21], etc. No nos sorprende tal razonamiento en el señor Chicherin, quien en el memorándum presentado al conde Miliutin después del 1.º de marzo de 1881 declaraba que «el poder necesita, ante todo, mostrar su energía, probar que no ha arriado su bandera ante la amenaza», que «el orden monárquico es compatible con las instituciones libres solo cuando éstas son fruto del desarrollo pacífico, de la tranquila iniciativa del propio poder supremo», y aconsejaba crear un poder «fuerte y liberal», actuando con la ayuda de un «órgano legislativo fortalecido y renovado con un elemento electivo»[22]. Por parte de este señor Chicherin sería completamente natural reconocer como merecedora de mayor condena la política de Nicolás II porque, durante su reinado, el desarrollo pacífico y la tranquila iniciativa del propio poder supremo podrían haber conducido a instituciones libres. Pero, ¿es natural, es decoroso este tipo de razonamiento en boca de un hombre que ha prestado el juramento de Aníbal de lucha?

Y desde el punto de vista fáctico, el señor R. N. S. no tiene razón. «Ahora», dice, comparando el presente reinado con el anterior, «... en aquel viraje violento que se presentaba ante los militantes de "La Voluntad del Pueblo", nadie piensa seriamente». ¡Parlez pour vous, monsieur! ¡Hable solo por usted! A nosotros nos consta fehacientemente que el movimiento revolucionario en Rusia, durante el último reinado, no solo no ha muerto ni se ha debilitado en comparación con el reinado pasado, sino que, por el contrario, ha resucitado y se ha acrecentado muchísimas veces. Y, ¿qué clase de movimiento "revolucionario" sería si entre sus participantes nadie pensara seriamente en un viraje violento? Se nos podría objetar que en las líneas citadas el señor R. N. S. no tiene en mente un viraje violento en general, sino un viraje específicamente "de La Voluntad del Pueblo", es decir, un viraje político y social al mismo tiempo, un viraje que conduce no solo al derrocamiento de la autocracia, sino también a la toma del poder. Tal objeción sería infundada, pues, en primer lugar, para la autocracia como tal (es decir, para el gobierno autocrático, y no para la "burguesía" o la "sociedad") lo importante no es en absoluto para qué quieren derrocarlo, sino que quieren derrocarlo. Y, en segundo lugar, también los militantes de "La Voluntad del Pueblo", al comienzo mismo del reinado de Alejandro III, "presentaron" al gobierno una alternativa precisamente igual a la que la socialdemocracia plantea ante Nicolás II: o lucha revolucionaria, o renuncia a la autocracia. (Véase la carta del Comité Ejecutivo de "La Voluntad del Pueblo" a Alejandro III del 10 de marzo de 1881, donde se plantean dos condiciones: 1. amnistía general para todos los delitos políticos; y 2. convocatoria de representantes de todo el pueblo ruso mediante sufragio universal y libertad de prensa, palabra y reuniones.) Además, el propio señor R. N. S. sabe perfectamente bien que en el viraje violento «piensan seriamente» muchos, no solo del medio de la intelectualidad, sino también del medio de la clase obrera: véanse las páginas XXXIX y siguientes de su artículo, donde se habla de la «socialdemocracia revolucionaria», a la cual están aseguradas tanto «una base de masas como las fuerzas intelectuales», que marcha hacia «una lucha política decisiva», hacia «una lucha sangrienta de la Rusia revolucionaria contra el régimen autocrático-burocrático» (XLI). No está sujeto, por consiguiente, a duda alguna, que los «discursos bienintencionados» del señor R. N. S. representan solo un procedimiento especial, un intento de influir en el gobierno (o en la «opinión pública») mediante seguridades sobre su propia (o ajena) modestia.

El señor R. N. S. piensa, por lo demás, que el concepto de lucha puede interpretarse de manera muy amplia. «La abolición del zemstvo», escribe, «dará a la propaganda revolucionaria una enorme baza –lo decimos de manera totalmente objetiva (¡sic!), sin experimentar repugnancia alguna hacia lo que habitualmente se llama actividad revolucionaria, pero tampoco admirando ni entusiasmándonos precisamente con esta forma (¡sic!) de lucha por el progreso político y social». Esta tirada es muy significativa. Si se levanta la formulación cuasi[23]-científica, que hace alarde, de manera completamente fuera de lugar, de "objetividad" (una vez que el propio autor plantea la cuestión de su preferencia por tal o cual forma de actividad, o forma de lucha, hablar aquí de la objetividad de su actitud es lo mismo que igualar dos por dos a una vela esteárica), se obtendrá la vieja, vetustísima argumentación: a mí, señores gobernantes, pueden creerme si les asusto con la revolución, pues el alma no me inclina en absoluto hacia ella. La referencia a la objetividad no es más que una hoja de parra que cubre una antipatía subjetiva hacia la revolución y la actividad revolucionaria. Y el señor R. N. S. necesita tal cobertura porque, con el juramento de Aníbal de lucha, semejante antipatía es imposible de conciliar de ningún modo.

En todo caso, ¿no estaremos equivocados respecto a este tal Aníbal? ¿Hizo realmente el juramento de luchar contra los romanos o solo de luchar por el progreso de Cartago, progreso que, por supuesto, en última instancia perjudicaría a Roma? ¿No se podría entender la palabra lucha de un modo no tan «estrecho»? El señor R. N. S. piensa que sí. La lucha contra la autocracia – así se desprende de la comparación del juramento de Aníbal con el texto de la tirada citada – se manifiesta en diferentes «formas»: una forma es la lucha revolucionaria, ilegal; otra forma es, en general, la «lucha por el progreso político y social», es decir, en otras palabras, la actividad pacífica y legal que implanta la cultura dentro de los marcos permitidos por la autocracia. No dudamos en absoluto de que incluso bajo la autocracia es posible una actividad legal que haga avanzar el progreso ruso: en algunos casos, que impulsa con bastante rapidez el progreso técnico; en pocos casos, de manera muy insignificante, el progreso social; en casos absolutamente excepcionales y en dimensiones completamente miniatura, el progreso político. Se puede discutir sobre cuán grande es exactamente y cuán posible es este progreso miniatura, en qué medida los casos aislados de tal progreso son capaces de paralizar la corrupción política masiva de la población que la autocracia produce por doquier y constantemente. Pero subsumir, aunque sea indirectamente, la actividad pacífica legal bajo el concepto de lucha contra la autocracia significa contribuir a esa corrupción, significa debilitar la ya infinitamente débil conciencia que tiene el ciudadano común ruso de su responsabilidad, como ciudadano, por todo lo que hace el gobierno.

Lamentablemente, el señor R. N. S. no está solo entre los escritores ilegales que intentan borrar la diferencia entre la lucha revolucionaria y el culturalismo pacífico. Tiene un predecesor, el señor R. M., autor del artículo «Nuestra realidad» en el famoso «Suplemento separado de “Rábochaya Mysl”»{37} (septiembre de 1899). Objetando a los socialdemócratas revolucionarios, escribía: «Pues incluso la lucha por el autogobierno social de los zemstvos y las ciudades, y la lucha por la escuela social, y la lucha por el tribunal social, y la lucha por la ayuda social a la población hambrienta, etc., es una lucha contra la autocracia… Esta lucha social, que por algún extraño malentendido no recibe la atención benévola de muchos escritores revolucionarios rusos, como hemos visto, ya la está llevando a cabo la sociedad rusa y no desde ayer… La verdadera cuestión es cómo estas capas sociales aisladas… deben llevar a cabo esta lucha contra la autocracia del modo más exitoso posible… Y la cuestión principal para nosotros es: cómo deben llevar a cabo esta lucha social contra la autocracia nuestros obreros, sobre cuyo movimiento nuestros revolucionarios miran como el mejor medio para derrocar la autocracia» (págs. 8-9). Como puede verse, el señor R. M. no considera necesario ni siquiera encubrir su antipatía hacia los revolucionarios; a la oposición legal y al trabajo pacífico los declara directamente lucha contra la autocracia e incluso considera que la cuestión principal es cómo deben los obreros llevar a cabo «esta» lucha. El señor R. N. S. no es en absoluto tan primitivo ni tan franco, pero el parentesco de las tendencias políticas de nuestro liberal y del extremo admirador del movimiento puramente obrero se trasluce con bastante claridad[24].

En lo que respecta al «objetivismo» del señor R. N. S., debemos señalar que a veces lo abandona de plano. Se mantiene «objetivo» cuando habla del movimiento obrero, de su crecimiento orgánico, de la futura e inevitable lucha de la socialdemocracia revolucionaria contra la autocracia, de que la organización de los liberales en un partido ilegal será el resultado inevitable de la abolición del zemstvo. Todo esto está expuesto de manera muy eficiente y muy sobria, tan sobria que uno puede alegrarse de la difusión en los círculos liberales de una comprensión correcta del movimiento obrero en Rusia. Pero cuando el señor R. N. S. comienza a hablar no de la lucha contra el enemigo, sino de la posible “humillación” del enemigo, pierde de inmediato su «objetivismo», expresa sus sentimientos, pasa incluso del modo indicativo al imperativo.

«Solo en el caso de que entre los detentadores del poder se encuentren personas que tengan el coraje de humillarse ante la historia y humillar ante ella al autócrata, no se llegará a la lucha final y sangrienta de la Rusia revolucionaria con el régimen autocrático-burocrático... No cabe duda de que entre la alta burocracia hay personas que no simpatizan con la política reaccionaria... Ellas, las únicas personas que tienen acceso al trono, nunca se deciden a expresar en voz alta sus convicciones... Tal vez, sin embargo, la enorme sombra de la inevitable retribución histórica, la sombra de los grandes acontecimientos, introduzca vacilaciones en el ámbito gubernamental y destruya a tiempo la férrea estructura de la política reaccionaria. Para ello ahora se necesita comparativamente poco... Tal vez, él (el gobierno) comprenda también, no demasiado tarde, el peligro fatal de preservar el régimen autocrático por todos los medios. Tal vez, sin haberse encontrado aún con la revolución, se canse él mismo de su lucha con el desarrollo natural, históricamente necesario, de la libertad y vacile en su política “irreconciliable”. Al dejar de ser consecuente en la lucha contra la libertad, se verá obligado a abrirle las puertas cada vez más ampliamente. Tal vez… no, no solo tal vez, ¡sino que así sea!» (Cursiva del autor.)

¡Amén! Solo nos queda decir a propósito de este bienintencionado y elevado monólogo. Nuestro Aníbal progresa tan rápidamente que ya se presenta ante nosotros en una tercera forma: la primera forma es la lucha contra la autocracia; la segunda, la implantación de la cultura; la tercera, los llamados a la humillación del enemigo y los intentos de intimidarlo con «la sombra». ¡Qué pasiones! Estamos completamente de acuerdo con el honorable señor R. N. S. en que es bien fácil asustar con «sombras» a los beatos del gobierno ruso. E inmediatamente antes de este conjuro de sombras, nuestro autor, tras señalar el crecimiento de las fuerzas revolucionarias y la futura explosión revolucionaria, exclamaba: «Con profunda aflicción prevemos las terribles víctimas, tanto en personas como en fuerzas culturales, que costará esta insensata política agresivo-conservadora, que no tiene ni sentido político ni sombra de justificación moral». ¡Qué abismo insondable de doctrinarismo y untuosidad deja entrever tal desenlace del razonamiento sobre la explosión revolucionaria! El autor no tiene ni una pizca de comprensión de la gigantesca significación histórica que tendría el hecho de que el pueblo de Rusia diera, aunque fuera una buena vez, un buen escarmiento al gobierno. En lugar de, al señalar las «terribles víctimas» aportadas y que sigue aportando el pueblo al absolutismo, despertar el odio y la indignación, enardecer la disposición y la pasión por la lucha —en lugar de esto—, ustedes se remiten a las víctimas futuras para disuadir de la lucha. ¡Eh, señores! Mejor sería no razonar en absoluto sobre la «explosión revolucionaria» que estropear este razonamiento con semejante final. Hacer «grandes acontecimientos», evidentemente, no quieren, sino que solo quieren hablar de «la sombra de los grandes acontecimientos», y además hablar solo con «las personas que tienen acceso al trono».

De charlas de este tipo con sombras y sobre sombras está repleta, como es sabido, también nuestra prensa legal. Y para dar realidad a las sombras, se acostumbra remitir, a modo de ejemplo, a las «grandes reformas» y cantarles aleluyas llenos de mentiras convencionales. A un escritor censurado a veces no se le puede no perdonar esta mentira, pues de otro modo no puede expresar su aspiración a transformaciones políticas. Pero sobre el señor R. N. S. no hubo censura. «Las grandes reformas —escribe— no fueron concebidas para el mayor triunfo de la burocracia». Observad hasta qué punto esta frase apologética es evasiva. ¿Por quién fueron «concebidas»? ¿Por Herzen, Chernyshevski, Unkovski y aquellos que marchaban con ellos? Pero estas personas exigían incomparablemente más de lo que realizaron las «reformas», y por sus exigencias eran sometidos a persecuciones por parte del gobierno que llevaba a cabo las «grandes» reformas. — ¿Por el gobierno y por aquellos que, alabándolo ciegamente, marchaban tras él, gruñendo contra los «provocadores»? Pero el gobierno hizo todo lo posible e imposible para ceder lo menos posible, para cercenar las exigencias democráticas y cercenarlas precisamente «para el mayor triunfo de la burocracia». El señor R. N. S. conoce perfectamente todos estos hechos históricos y los disimula solo porque refutan por completo su bondadosa teoría sobre el posible «apocamiento» del autócrata. En política no hay lugar para el apocamiento, y solo una simpleza ilimitada (tanto la santa como la astuta simpleza) puede tomar por apocamiento el ancestral procedimiento policial: divide et impera, divide y gobierna, cede lo no importante para conservar lo esencial, da con la mano izquierda y quita con la derecha. «...El gobierno de Alejandro II, al concebir y llevar a cabo las "grandes reformas", no se planteaba al mismo tiempo el objetivo consciente de cortar a toda costa al pueblo ruso todo camino legal hacia la libertad política, no ponderaba desde este punto de vista cada uno de sus pasos, cada artículo de la ley». Esto no es verdad. El gobierno de Alejandro II, tanto al «concebir» las reformas como al realizarlas, se planteó desde el principio un objetivo completamente consciente: no ceder entonces a la exigencia declarada de libertad política. Desde el principio y hasta el final cortó todo camino legal hacia la libertad, pues respondía con represiones incluso a las simples peticiones, pues nunca permitió siquiera hablar libremente sobre la libertad. Para refutar las alabanzas del señor R. N. S. basta remitir, aunque sea, a los hechos expuestos por nosotros más arriba, relatados en la «Nota» de Witte. Y sobre las personas que componían el gobierno de Alejandro II, el propio Witte se expresa, por ejemplo, así: «Es necesario señalar que los eminentes estadistas de la época de los años 60, cuyos gloriosos nombres se conservarán incluso en la posteridad agradecida, hicieron en su tiempo tantas grandes cosas cuantas difícilmente hicieron sus sucesores, y trabajaron en la renovación de nuestro régimen estatal y social según sus sinceras convicciones, con abnegada devoción a su soberano y no en contra de sus aspiraciones» (pág. 67 de la «Nota»). En esto hay verdad: ¡verdad es: según sus sinceras convicciones, con abnegada devoción al soberano que está al frente de la banda policial...

VI

Intentemos, pues, esclarecer esta cuestión, sobre la cual el señor R. N. S. habla tan enojado y tan vaciamente. Los hechos que hemos presentado más arriba muestran que la «importancia política» de los zemstvos, es decir, su importancia como factor en la lucha por la libertad política, consiste principalmente en lo siguiente. En primer lugar, esta organización de representantes de nuestras clases poseedoras (y en particular de la nobleza terrateniente) opone constantemente las instituciones electivas a la burocracia, provoca conflictos constantes entre ellas, muestra a cada paso el carácter reaccionario de la burocracia zarista irresponsable, mantiene el descontento y alimenta la oposición al gobierno autocrático[25]. En segundo lugar, los zemstvos, encajados como la quinta rueda en el carruaje burocrático, se esfuerzan por consolidar su posición, por ampliar su importancia, aspiran —e incluso, como dice Witte, «marchan inconscientemente»— a la constitución, presentando solicitudes sobre ella. Resultan ser, por tanto, un aliado inútil del gobierno en su lucha contra los revolucionarios, mantienen una neutralidad amistosa respecto a los revolucionarios y les prestan un servicio, aunque indirecto pero indudable, introduciendo vacilaciones en los momentos críticos en las medidas represivas del gobierno. Claro está, no se puede ver «un factor de gran peso», ni en general un factor mínimamente independiente de la lucha política, en una institución que en el mejor de los casos ha sido capaz hasta ahora solo de peticiones liberales y de una neutralidad amistosa, pero no se puede negar el papel del zemstvo como uno de los factores auxiliares. En este sentido estamos dispuestos incluso, si queréis, a reconocer que el zemstvo es un pedacito de constitución. — El lector dirá, quizás: entonces, ¿estáis de acuerdo con el señor R. N. S., que no afirma más? De ningún modo. Aquí es donde comienza precisamente nuestro desacuerdo.

El zemstvo es un pedacito de constitución. Dejémoslo así. Pero es precisamente ese pedacito mediante el cual a la «sociedad» rusa se la apartaba de la constitución. Es precisamente esa posición, comparativamente muy poco importante, que la autocracia cedió al democratismo creciente, para conservar para sí las posiciones principales, para dividir y desunir a aquellos que exigían transformaciones políticas. Hemos visto cómo este desunión sobre la base de la «confianza» en el zemstvo («embrión de constitución») tuvo éxito tanto en los años 60 como en 1880-1881. La cuestión de la relación del zemstvo con la libertad política es un caso particular de la cuestión general de la relación de las reformas con la revolución. Y podemos ver en este caso particular toda la estrechez y el absurdo de la teoría bernsteiniana de moda{38}, que sustituye la lucha revolucionaria por la lucha por las reformas, que declara (por boca, por ejemplo, del señor Berdiaev) que «el principio del progreso es: cuanto mejor, tanto mejor». Este principio, en su forma general, es tan falso como el inverso: cuanto peor, tanto mejor. Los revolucionarios no renunciarán jamás, por supuesto, a la lucha por las reformas, a la conquista de una posición enemiga aunque sea poco importante y parcial, si esta posición refuerza su embate y facilita la victoria completa. Pero nunca olvidarán tampoco que hay casos en que la concesión de cierta posición la hace el propio enemigo para dividir a los atacantes y derrotarlos más fácilmente. Nunca olvidarán que solo teniendo siempre en vista el «objetivo final», solo evaluando cada paso del «movimiento» y cada reforma particular desde el punto de vista de la lucha revolucionaria general, se puede garantizar el movimiento contra pasos falsos y errores vergonzosos.

Esta faceta de la cuestión —la importancia del zemstvo como instrumento de fortalecimiento de la autocracia mediante una concesión a medias, como instrumento de atracción hacia la autocracia de una parte conocida de la sociedad liberal— el señor R. N. S. no la ha comprendido en absoluto. Prefirió inventarse un esquema doctrinario, que enlaza rectilíneamente el zemstvo y la constitución según la «fórmula»: cuanto mejor, tanto mejor. «Si vosotros antes suprimís los zemstvos en Rusia —dice, dirigiéndose a Witte—, y luego ampliáis los derechos de la personalidad, os veréis privados de la mejor oportunidad de dar al país una constitución moderada, históricamente surgida sobre la base de la autoadministración local con matiz estamental. A la causa del conservadurismo le haréis en cualquier caso muy mal servicio». ¡Qué concepción tan armoniosa y bella! Autoadministración local con matiz estamental —un sabio conservador, que tiene acceso al trono— una constitución moderada. Solo es una lástima que en la realidad los sabios conservadores encontraron más de una vez, gracias al zemstvo, la «mejor oportunidad» no de «dar» al país la constitución.

La "concepción" pacífica del Sr. R. N. S. también se reflejó en la formulación de su lema, con el que concluye el artículo y que está impreso —precisamente como lema— en una línea aparte y en negrita: "¡Derechos y un zemstvo todopoderoso para toda Rusia!". Hay que reconocer abiertamente que esto es un coqueteo tan indigno con los prejuicios políticos de la amplia masa de los liberales rusos, como el que vemos en "Rábocheie Mysl" coqueteando con los prejuicios políticos de la amplia masa de los obreros. Estamos obligados a rebelarnos contra este coqueteo tanto en el primer caso como en el segundo. Es un prejuicio creer que el gobierno de Alejandro II no cercenó la vía legal hacia la libertad, que la existencia del zemstvo representa la mejor oportunidad para dar al país una constitución moderada, que el lema "derechos y un zemstvo todopoderoso" pueda servir de bandera —ya no digo del movimiento revolucionario, sino al menos del movimiento constitucional—. Esto no es una bandera que ayude a separar a los enemigos de los aliados, capaz de orientar el movimiento y dirigirlo; es un trapo que solo ayudará a que se sumen al movimiento las personas menos fiables, que facilitará al gobierno una vez más el intento de salir del paso con promesas grandilocuentes y reformas a medias. Sí, no hace falta ser profeta para predecirlo: el movimiento revolucionario alcanzará su apogeo, la efervescencia liberal en la sociedad se multiplicará por diez, aparecerán en el gobierno nuevos Loris-Mélikov e Ignátiev que escribirán en su bandera: "derechos y un zemstvo todopoderoso". Por lo menos, este sería para Rusia el desenlace más desventajoso, y para el gobierno, el más ventajoso. Si una parte más o menos significativa de los liberales cree en esta bandera y, dejándose arrastrar por ella, ataca por la retaguardia a los revolucionarios "provocadores", estos últimos pueden quedar aislados, y el gobierno intentará asegurarse concesiones mínimas, limitándose a cualquier constitución consultiva y de carácter noble-aristocrático. Que semejante intento tenga éxito o no dependerá del desenlace del choque decisivo entre el proletariado revolucionario y el gobierno, pero de que los liberales resultarán engañados, se puede responder plenamente. Mediante un lema como el planteado por el Sr. R. N. S. ("zemstvo todopoderoso" o "la zemtshina", etc.), el gobierno los atraerá, como a cachorros, lejos de los revolucionarios y, una vez atraídos, los agarrará por el pescuezo y los azotará con las varas de la llamada reacción. ¡Y nosotros, señores, no dejaremos entonces de decir: os lo tenéis bien merecido!

¿Y por qué, en lugar de la exigencia de la abolición del absolutismo, se plantea como lema final un deseo tan moderado y prudente? En primer lugar, por un doctrinarismo filisteo que desea prestar un "servicio al conservadurismo" y que cree que el gobierno se conmoverá ante tal moderación y se "someterá" ante ella. En segundo lugar, para "unir a los liberales". Efectivamente, el lema: "derechos y un zemstvo todopoderoso" unirá, tal vez, a todos los liberales, del mismo modo que el lema "un kopek por rublo" unirá (según la opinión de los "economistas") a todos los obreros. Solo que, ¿no será tal unión una pérdida en lugar de una ganancia? La unión es un plus cuando eleva a los unidos al nivel del programa consciente y decidido de quien une. La unión es un menos cuando rebaja a quienes unen al nivel de los prejuicios de la masa. Y entre la masa de los liberales rusos, sin duda, está muy, pero muy extendido el prejuicio de que el zemstvo es verdaderamente el "embrión de la constitución"[26], solo que casualmente, por las intrigas de algunos favoritos inmorales, detenido en su crecimiento "natural", pacífico y gradual; de que bastan unas cuantas peticiones para el "sometimiento" del autócrata; de que la labor cultural legal en general, y la del zemstvo en particular, tiene una "importancia política considerable", liberando a quienes de palabra son hostiles a la autocracia, de la obligación de apoyar activamente, de una u otra forma, la lucha revolucionaria contra la autocracia, etc., etc., etc. La unión de los liberales es un asunto indudablemente útil y deseable, pero solo aquella unión que se fija como objetivo la lucha contra los prejuicios arraigados, y no el coqueteo con ellos; la elevación del nivel medio de nuestro desarrollo (mejor dicho: subdesarrollo) político, y no su sanción; en una palabra, la unión para apoyar la lucha ilegal, y no para la fraseología oportunista sobre la considerable importancia política de la actividad legal. Si no puede justificarse el planteamiento ante los obreros de un lema político como "libertad de huelgas", etc., tampoco puede justificarse de ningún modo el planteamiento ante los liberales del lema "zemstvo todopoderoso". Bajo la autocracia, cualquier zemstvo, por muy todopoderoso que sea, será inevitablemente un engendro incapaz de desarrollarse, mientras que bajo una constitución, el zemstvo perderá de inmediato su actual importancia "política".

La unión de los liberales es posible en dos formas: mediante la formación de un partido liberal independiente (ilegal, por supuesto) y mediante la organización de la colaboración de los liberales con los revolucionarios. El Sr. R. N. S. mismo señala la primera posibilidad, pero... si consideramos estas indicaciones como la expresión real de las miras y las posibilidades del liberalismo, no predisponen a un particular optimismo. "Sin el zemstvo —escribe—, los liberales del zemstvo deberán formar un partido liberal o desaparecer de la escena histórica como fuerza organizada. Estamos convencidos de que la organización de los liberales en un partido ilegal, aunque muy moderado en su programa y métodos, será el resultado inevitable de la abolición del zemstvo". Si es solo de la "abolición", habrá que esperar mucho, pues ni siquiera Witte desea abolir los zemstvos, y el gobierno ruso en general se preocupa mucho por conservar las apariencias incluso cuando elimina por completo el contenido. Que el partido de los liberales será muy moderado es algo completamente natural, y de un movimiento en el seno de la burguesía (solo en tal movimiento puede sostenerse un partido liberal) no cabe esperar otra cosa. Pero ¿en qué debería consistir, a fin de cuentas, la actividad de este partido, sus "métodos"? El Sr. R. N. S. no lo explica. "Por sí mismo —dice—, un partido liberal ilegal, como organización compuesta por los elementos de oposición más moderados y menos dinámicos, no puede desarrollar una actividad ni particularmente amplia ni particularmente intensa"... Nosotros pensamos que en cierta esfera, aunque estuviera limitada al marco de los intereses locales y principalmente del zemstvo, el partido liberal podría desarrollar perfectamente una actividad amplia e intensa —señalemos, por ejemplo, la organización de denuncias políticas...—. "Pero en presencia de una actividad semejante por parte de otros partidos, en particular del partido socialdemócrata u obrero, el partido liberal —incluso sin entrar en un acuerdo directo con los socialdemócratas— puede resultar un factor muy serio"... Completamente justo, y el lector espera, naturalmente, que el autor esboce, aunque sea a grandes rasgos, la labor de ese "factor". Pero el Sr. R. N. S., en lugar de esto, describe el crecimiento de la socialdemocracia revolucionaria y concluye: "En presencia de un movimiento político definido... una oposición liberal por mínimamente organizada que esté puede desempeñar un gran papel político: los partidos moderados, con una táctica hábil, siempre salen ganando con la agudización de la lucha entre los elementos sociales extremos"... ¡Y nada más! El "papel" del "factor" (que ya ha logrado transformarse de partido en "oposición") consiste en "salir ganando" con la agudización de la lucha. Sobre la participación de los liberales en la lucha, ni una palabra, pero sobre la ganancia de los liberales se menciona. Un lapsus, podría decirse, providencial...

Los socialdemócratas rusos nunca han cerrado los ojos ante el hecho de que la libertad política, por la que ante todo luchan, beneficiará en primer lugar a la burguesía. Solo un socialista hundido en los peores prejuicios del utopismo o del populismo reaccionario podría sublevarse, sobre esta base, contra la lucha contra la autocracia. La burguesía usará la libertad para dormirse en los laureles; el proletariado necesita imprescindiblemente la libertad para desplegar en toda su amplitud su lucha por el socialismo. Y la socialdemocracia llevará consecuentemente la lucha liberadora, sea cual fuere la actitud de tal o cual capa de la burguesía hacia esta lucha. En interés de la lucha política debemos apoyar toda oposición a la opresión de la autocracia, sea cual fuere el motivo y en el estrato social en que se manifieste. Por eso, está lejos de sernos indiferente la oposición de nuestra burguesía liberal en general y de nuestros miembros de los zemstvos en particular. Si los liberales logran organizarse en un partido ilegal, tanto mejor; saludaremos el crecimiento de la autoconciencia política en las clases poseedoras, apoyaremos sus demandas y procuraremos que la actividad de liberales y socialdemócratas se complemente mutuamente[27]. Si no lo logran, tampoco en este caso (más probable) «nos desentenderemos» de los liberales; procuraremos fortalecer los vínculos con personalidades aisladas, dándoles a conocer nuestro movimiento, apoyándolos mediante la denuncia en la prensa obrera de todas y cada una de las infamias del gobierno y las arbitrariedades de las autoridades locales, y los atraigamos a apoyar a los revolucionarios. Tal intercambio de servicios entre liberales y socialdemócratas se produce ya hoy; solo debe ser ampliado y consolidado. Pero, estando siempre dispuestos a este intercambio de servicios, jamás y bajo ninguna circunstancia renunciaremos a la lucha resuelta contra las ilusiones que tanto abundan en la sociedad rusa, políticamente subdesarrollada, en general y en la sociedad liberal rusa en particular. En esencia, modificando una conocida frase de Marx sobre la revolución de 1848, también podemos decir acerca del movimiento revolucionario ruso que su progreso no consiste en la conquista de ninguna adquisición positiva, sino en la liberación de ilusiones nocivas{39}. Nos hemos liberado de las ilusiones del anarquismo y del socialismo populista, del desprecio hacia la política, de la fe en un desarrollo peculiar de Rusia, de la convicción de que el pueblo está preparado para la revolución, de la teoría de la toma del poder y del combate singular de la intelectualidad heroica contra la autocracia.

Ya sería hora de que también nuestros liberales se liberaran de la ilusión en apariencia más insostenible en teoría y más tenaz en la práctica: la de que aún es posible un parlamentarismo con la autocracia rusa, la de que algún zemstvo es el germen de una constitución, la de que los sinceros partidarios de esta última pueden cumplir su juramento anibálico mediante una paciente actividad legal y pacientes llamamientos a la resignación del enemigo.