El 8 de junio de 1901 se promulgó una nueva ley: sobre la asignación de tierras fiscales en Siberia a particulares. El futuro dirá qué aplicación recibirá la nueva ley. Pero ya de por sí el carácter de esta ley es tan instructivo, muestra de manera tan patente la naturaleza sin maquillaje y las verdaderas aspiraciones del gobierno zarista, que vale la pena analizar minuciosamente esta ley y preocuparse por la más amplia difusión de su conocimiento entre la clase obrera y el campesinado.

Nuestro gobierno hace ya tiempo que otorga limosnas a los nobles terratenientes: organizó para ellos el banco de la nobleza, les concedió miles de privilegios para la emisión de préstamos y el aplazamiento de los atrasos, les ayudó a organizar la huelga de los millonarios azucareros para elevar los precios y aumentar las ganancias, se preocupó por los puestecillos de jefes territoriales para los hijos pródigos de los nobles, y ahora organiza para los nobles destiladores de aguardiente una venta lucrativa de vodka al fisco. Pero mediante la asignación de tierras, no solo da limosna a los explotadores más ricos, a los más ilustres, sino que crea una nueva clase de explotadores, condena a millones de campesinos y obreros a la servidumbre perpetua de los nuevos terratenientes.

Examinemos las bases principales de la nueva ley. Es necesario señalar, ante todo, que esta ley —antes de que el ministro de Agricultura y Bienes del Estado la presentara al Consejo de Estado— fue discutida en una conferencia especial para los asuntos del estamento nobiliario. Es de todos sabido que actualmente, en Rusia, no son los obreros ni los campesinos los que más penurias sufren, sino los nobles terratenientes, y he aquí que la «conferencia especial» no tardó en buscar el modo de remediar su desgracia. Las tierras fiscales en Siberia serán vendidas y entregadas en arriendo a «particulares» para «explotaciones privadas», prohibiéndose para siempre a los súbditos no rusos y a los inorodtsy (entre los inorodtsy se incluye también a los judíos) cualquier tipo de adquisición de estas tierras, mientras que la cesión en arriendo (esta, como veremos, la operación más ventajosa para los futuros terratenientes) se permite exclusivamente a los nobles, «quienes —reza la ley— por su solvencia económica son deseables, según las miras del gobierno, como terratenientes en Siberia». Así pues, las miras del gobierno consisten precisamente en que la población trabajadora sea esclavizada por los grandes terratenientes nobles. Cuán grandes, se ve por el hecho de que la extensión de las parcelas vendidas no debe superar, según la ley, las tres mil desiatinas, la extensión de las parcelas cedidas en arriendo no está limitada en absoluto, y el plazo del arriendo se fija hasta en 99 años. El terrateniente en apuros necesita, según el cálculo de nuestro gobierno, doscientas veces más tierra que el campesino, a quien se le asignan en Siberia 15 desiatinas por familia.

¡Y encima, cuántos privilegios y exenciones no prevé la ley para los terratenientes! El arrendatario no paga cuota alguna durante los primeros cinco años. Si compra la tierra que tiene en arriendo (y tiene derecho a ello según la nueva ley), goza de un aplazamiento del precio de venta a 37 años. Con permiso especial se admite también la asignación para la venta de más de tres mil desiatinas de tierra, la venta a precio libre y no mediante subasta pública, y el aplazamiento de los atrasos por un año e incluso por tres años. No hay que olvidar que, en general, de la nueva ley se beneficiarán solo los altos dignatarios y las personas con conexiones en la corte, etc.; a tales personas todos estos privilegios y exenciones se les conceden en broma, tras un par de palabras en una conversación de salón con el gobernador o el ministro.

Pero —he aquí el problema—. ¿Qué beneficio sacarán de los terruños, aunque sean de tres mil desiatinas, todos sus dueños generales, si no encuentran al «mujik» forzado a trabajar para esos generales? Por rápido que crezca la miseria popular en Siberia, el campesino de allí es incomparablemente más independiente que el «ruso» y está poco acostumbrado al trabajo bajo el látigo. La nueva ley se esfuerza por acostumbrarlo. «Las tierras destinadas a explotaciones privadas se asignan, en lo posible, intercaladas con las superficies adjudicadas a los campesinos», reza el artículo 4 de la ley. El gobierno zarista se preocupa por los «jornales» para los campesinos pobres. Hace diez años, el mismo señor Yermólov, que ahora, en calidad de ministro de Agricultura y Bienes del Estado, presentó al Consejo de Estado la ley sobre la asignación de tierras fiscales en Siberia a particulares, publicó (sin su firma) el libro *La mala cosecha y la calamidad popular*. En este libro declaraba directamente que no había fundamento para permitir el traslado a Siberia de aquellos campesinos que podían tener «jornales» con los terratenientes locales. Los estadistas rusos no tienen reparos en expresar puntos de vista puramente feudales: los campesinos han sido creados para trabajar para los terratenientes, y por eso ni siquiera se debe «permitir» a los campesinos trasladarse a donde quieran, si con ello los terratenientes se quedan sin obreros baratos. Y cuando los campesinos, a pesar de todas las trabas, el papeleo e incluso las prohibiciones directas, empezaron a emigrar por cientos de miles a Siberia, entonces el gobierno zarista, como el mayordomo de un viejo señor, salió corriendo tras ellos para darles alcance y acosarlos también en el nuevo lugar. Si «intercalados» con las magras adjudicaciones y las tierras campesinas (las mejores de las cuales ya están ocupadas) aparecen lotes de nobles terratenientes de tres mil desiatinas, entonces quizá en poco tiempo mengüe también la tentación de trasladarse a Siberia. Y las tierras de los nuevos terratenientes aumentarán de precio tanto más rápido cuanto más estrecha se vuelva la vida de los campesinos circundantes: estos campesinos tendrán que contratarse por poco dinero y arrendar las tierras de los terratenientes por un ojo de la cara, exactamente igual que en la «Rusia» europea. La nueva ley se ocupa precisamente de crear cuanto antes un nuevo paraíso para los terratenientes y un nuevo infierno para los campesinos: concretamente sobre la cesión de tierra en arriendo por una sola siembra se ha hecho una salvedad especial. En general, la transferencia de la tierra fiscal tomada en arriendo requiere un permiso especial, pero la transferencia para una sola siembra se permite completamente libre. El terrateniente puede limitar todas sus preocupaciones a contratar a un administrador que ceda la tierra por desiatinas a los campesinos que viven «intercalados» con la finca del terrateniente, y mandar al señorito el dinerito neto.

Por lo demás, no siempre querrán los nobles llevar siquiera tal «explotación». Pueden obtener un buen pellizco de inmediato si revenden la tierra fiscal a los verdaderos dueños. No en vano la nueva ley sale precisamente en un momento en que se ha construido el ferrocarril a Siberia{45}, cuando se suprime la deportación a Siberia{46} y los traslados a Siberia han crecido en proporciones enormes: todo esto conducirá inevitablemente (y ya conduce) al aumento de los precios de la tierra. Por lo tanto, la asignación de tierras fiscales a particulares en el momento actual es, en esencia, un saqueo del fisco por los nobles: las tierras fiscales suben de precio, y se ceden y venden en condiciones especialmente privilegiadas a todo tipo de generales, que se aprovecharán de este aumento de precios. Por ejemplo, en la gobernación de Ufá, en un solo distrito, los nobles y funcionarios hicieron la siguiente operación con las tierras que se les vendieron (sobre la base de una ley similar): pagaron al fisco por las tierras 60 mil rublos, y dos años después vendieron estas mismas tierras por 580 mil rublos, es decir, ¡obtuvieron más de medio millón de rublos por la simple reventa! Por este ejemplo puede uno imaginarse cuántos millones irán a parar a los bolsillos de los terratenientes en apuros gracias a la asignación de tierras en toda Siberia.

El gobierno y sus partidarios esgrimen, para encubrir este descarado latrocinio, todo tipo de altisonantes consideraciones. Hablan del desarrollo de la cultura en Siberia, de la importante significación de las haciendas modelo. En realidad, las grandes propiedades, que ponen a los campesinos vecinos en una situación sin salida, en el momento actual solo pueden reforzar los métodos de explotación más incultos. Las haciendas modelo no se crean mediante la malversación de fondos fiscales, y la asignación de tierras conducirá al simple corretaje de tierras por parte de los nobles y funcionarios, o bien al florecimiento de los métodos de explotación basados en la servidumbre por deudas y la usura. Los nobles de alcurnia, en alianza con el gobierno, han eliminado a los judíos y demás inorodtsy de las tierras fiscales siberianas (a quienes se esfuerzan por presentar ante el pueblo ignorante como explotadores especialmente desvergonzados) para dedicarse ellos mismos, sin estorbo, a la especulación más baja del kulak.

Hablan también de la significación política del estamento de los nobles terratenientes en Siberia: entre la intelectualidad de allí hay especialmente muchos exiliados políticos, gente poco de fiar, y he aquí que, dizque, como contrapeso a ellos hay que crear un firme baluarte del poder estatal, un «elemento rural» fiable. Y en estas habladurías hay mucha más verdad y más profunda de lo que imaginan *Grazhdanín*{47} y *Moskóvskie Védomosti*. El estado policial se enemista hasta tal punto con la masa de la población, que necesita crear artificialmente grupos de personas capaces de servir como pilar de la patria. Necesita crear una clase de grandes explotadores que se lo deban todo al gobierno, que dependan de su gracia, que obtengan enormes ingresos del modo más vil (corretaje, usura rural) y que en virtud de ello sean siempre partidarios fiables de toda arbitrariedad y opresión. El gobierno asiático necesita apoyo en la gran propiedad agraria asiática, en el sistema feudal de «distribución de haciendas». Y si en el momento actual no se pueden distribuir «haciendas pobladas», se pueden distribuir haciendas intercaladas con las tierras de los campesinos empobrecidos; si no es conveniente regalar directamente miles de desiatinas a los aduladores cortesanos, se puede encubrir la distribución con la venta y el «arriendo» (por 99 años) rodeados de miles de privilegios. ¿Cómo no calificar de feudal esta política agraria en comparación con la política agraria de los países contemporáneos avanzados, por ejemplo, América? Allí nadie se atreve a discurrir sobre el permiso o la prohibición de los traslados, porque cada ciudadano tiene derecho a trasladarse adonde le plazca. Allí, las tierras libres en las fronteras del estado, por ley, tiene derecho a ocuparlas todo aquel que quiera dedicarse a la agricultura. Allí no se crea una clase de sátrapas asiáticos, sino una clase de enérgicos granjeros, que han desarrollado todas las fuerzas productivas del país. Allí la clase obrera, gracias a la abundancia de tierras libres, ha ocupado el primer lugar por la altitud de su nivel de vida.

¡Y en qué momento sale nuestro gobierno con su ley feudal! En el momento de la más fuerte crisis industrial, cuando decenas y cientos de miles no encuentran ocupación, durante una nueva hambruna de millones de campesinos. El gobierno ha dirigido todos sus desvelos a que no haya «ruido» sobre la calamidad. Para ello ha deportado a sus lugares de origen a los obreros sin trabajo, para ello ha transferido la cuestión de los víveres de manos de los zemstvos a manos de los funcionarios policiales, para ello ha prohibido a los particulares organizar comedores para los hambrientos, para ello ha amordazado a los periódicos. Y he aquí que cuando el desagradable «ruido» sobre el hambre para los hartos ha cesado, el zar padrecito se ha puesto a ayudar, a ayudar a los terratenientes en apuros y a los desdichados generales cortesanos. Repetimos: nuestra tarea ahora es, simplemente, difundir la información sobre la nueva ley. Al conocerla, las capas más atrasadas de los obreros, los campesinos más grises y oprimidos comprenderán a quién sirve el gobierno y qué gobierno necesita el pueblo.

*Iskra* nº 8, 10 de septiembre de 1901

Se imprime según el texto del periódico *Iskra*