Las agitaciones obreras han vuelto a hacerse notar con fuerza en todas partes últimamente. También los círculos gobernantes se han inquietado, y no en broma: esto puede verse en el hecho de que hayan considerado necesario "castigar" con una suspensión de una semana incluso a un periódico tan archibienintencionado y siempre servil ante las autoridades como *Nóvoe Vremia*{40}, por su artículo del número 9051 (del 11 de mayo) "A propósito de los desórdenes obreros". El castigo no se debe, por supuesto, al contenido del artículo, que está repleto de los más amables sentimientos hacia el gobierno y de la más sincera preocupación por sus intereses. Lo que se ha considerado peligroso es toda discusión de estos acontecimientos que "conmueven a la sociedad", toda mención de su extensión y su importancia. La circular secreta que reproducimos más abajo (del mismo 11 de mayo), según la cual los artículos sobre los desórdenes en nuestras fábricas y talleres y sobre las relaciones entre obreros y patronos deben imprimirse solo con autorización del departamento de policía{41}, demuestra mejor que todos los razonamientos hasta qué punto el propio gobierno se inclina a considerar las agitaciones obreras como un acontecimiento de importancia estatal. Y el artículo de *Nóvoe Vremia* presenta un interés especial precisamente porque esboza todo un programa estatal que, en esencia, se reduce por completo a sofocar el descontento mediante unas cuantas migajas pequeñas y en parte falsas, adornadas con un rótulo aparatoso de solicitud, cordialidad, etc., y que dan pretexto para reforzar la vigilancia burocrática. Pero este programa, que no es nuevo, encarna, por así decirlo, la sabiduría "extrema" de los estadistas contemporáneos, y no solo en Rusia, sino también en Occidente: en una sociedad basada en la propiedad privada, en la esclavización de millones de desposeídos y trabajadores por un puñado de ricos, el gobierno no puede dejar de ser el amigo y aliado más fiel de los explotadores, el guardián más fiel de su dominación. Y para ser un guardián seguro, en nuestro tiempo ya no bastan los cañones, las bayonetas y los látigos: hay que esforzarse por inculcar a los explotados que el gobierno está por encima de las clases, que no sirve a los intereses de los nobles y de la burguesía, sino a los intereses de la justicia, que se preocupa por la defensa de los débiles y los pobres contra los ricos y poderosos, etc. Napoleón III en Francia, Bismarck y Guillermo II en Alemania dedicaron no pocos esfuerzos a ese coqueteo con los obreros. Pero en Europa, con la existencia de una prensa más o menos libre y de la representación popular, de la lucha electoral y de partidos políticos formados, todas esas artimañas hipócritas se desenmascaraban demasiado rápidamente. En Asia, y en particular en Rusia, las masas populares están tan atrasadas y son tan ignorantes, y tan fuertes son los prejuicios que sostienen la fe en el zar-padrecito, que semejantes artimañas gozan de gran éxito. Y he aquí que uno de los signos muy reveladores de que también en Rusia va penetrando el espíritu europeo es el fracaso de esa política en los últimos 10–20 años. Se puso en práctica esta política muchas y muchas veces, y siempre resultó que, a los pocos años de haberse promulgado alguna ley "tutelar" (supuestamente tutelar) sobre los obreros, la cosa volvía a la situación anterior: aumentaba el número de obreros descontentos, crecía la efervescencia, se intensificaban las agitaciones; de nuevo, con ruido y estrépito se enarbolaba la política "tutelar", resonaban frases pomposas sobre la cordial solicitud hacia los obreros, se promulgaba alguna ley que encerraba para los obreros beneficios por valor de un cuarto de kopek y de un rublo entero en palabras vacías y mendaces, y al cabo de unos años se repetía la vieja historia. El gobierno da vueltas como una ardilla en la rueda, se desvive por taponar con un trapo aquí o allá el descontento de los obreros, y el descontento estalla en otro sitio y con más fuerza.

En efecto, recuerden los hitos más importantes que marcan la historia de la "legislación obrera" en Rusia. A finales de los años 70 se producen huelgas muy importantes en Petersburgo, y los socialistas intentan aprovechar la ocasión para intensificar la agitación. Alejandro III incluye en su así llamada política "popular" (y en realidad nobiliaria-policial) la legislación fabril. En 1882 se instituye la inspección fabril, que incluso publicaba al principio sus informes. Al gobierno, por supuesto, no le gustaron los informes y suspendió su publicación. Las leyes sobre la inspección fabril resultaron ser precisamente un trapo. Llegan los años 1884-1885. La crisis industrial provoca un enorme movimiento obrero y una serie de huelgas más turbulentas en la región central (es particularmente notable la huelga de Morózov{42}). De nuevo se enarbola la política "tutelar", esta vez con especial fuerza por parte de Katkov en *Moskóvskie Védomosti*{43}. Katkov monta en cólera porque los huelguistas de Morózov fueron llevados ante un jurado; califica las ciento una preguntas planteadas por el tribunal para que el jurado las resuelva como "ciento un disparos de salva en honor de la cuestión obrera aparecida en Rusia", pero a la vez exige que el "Estado" salga en defensa de los obreros y prohíba esas multas escandalosas que hicieron estallar, por fin, a los tejedores de Morózov. Sale la ley de 1886, que refuerza en mucho la inspección fabril y prohíbe las multas arbitrarias en beneficio del fabricante. Pasan diez años, y se produce una nueva explosión de agitaciones obreras. Las huelgas de 1895, y sobre todo la enorme huelga de 1896{44}, infunden pavor al gobierno (especialmente porque ahora los socialdemócratas marchan ya sistemáticamente de la mano con los obreros), y este promulga con una rapidez nunca vista la ley "tutelar" (del 2 de junio de 1897) sobre la reducción de la jornada laboral; en la comisión que discutía esta ley, los funcionarios del ministerio del interior, incluido el director del departamento de policía, gritan a pleno pulmón: es necesario que los obreros fabriles vean en el gobierno a un protector constante, justo y misericordioso (ver el folleto *Documentos secretos referentes a la ley del 2 de junio de 1897*). Y mientras tanto, la ley tutelar, sordamente, es recortada y derogada por todos los medios mediante circulares del mismo gobierno. Llega una nueva crisis industrial, y los obreros se convencen por centésima vez de que ninguna "solicitud" del gobierno policial puede proporcionarles un alivio serio y la libertad de preocuparse por sí mismos; nuevas agitaciones y batallas callejeras, nueva inquietud del gobierno, nuevos discursos policiales sobre la "solicitud estatal", proferidos esta vez en el periódico *Nóvoe Vremia*. ¿No se cansarán ustedes, señores, de llevar agua en un cedazo?

No, al gobierno jamás, por supuesto, le cansará repetir sus intentos de amedrentar a los obreros irreconciliables y de atraerse con alguna dádiva a los más débiles, más necios y más cobardes. Pero a nosotros tampoco nos cansará nunca desenmascarar el verdadero sentido de estos intentos, desenmascarar a esos "hombres de Estado" que hoy vociferan sobre la solicitud después de que ayer ordenaran a los soldados disparar contra los obreros, que ayer pregonaban su justicia y protección a los obreros y hoy apresan sin cesar, para la represión policial sin juicio, a las mejores personas, tanto obreras como intelectuales. Y por eso consideramos necesario detenernos de antemano en el "programa estatal" de *Nóvoe Vremia*, antes de que aparezca una nueva ley "tutelar" cualquiera. También merecen atención las confesiones que hace al respecto un órgano tan "autorizado" en el terreno de nuestra política interior.

*Nóvoe Vremia* se ha visto obligado a reconocer que los "fenómenos deplorables en la esfera de la cuestión obrera" no son una casualidad. Por supuesto, la culpa la tienen también los socialistas (el periódico evita esta palabra terrible y prefiere hablar de manera más vaga de "perniciosas doctrinas falsas", de "propaganda de ideas antiestatales y antisociales"), pero... ¿por qué precisamente los socialistas tienen éxito en el medio obrero? *Nóvoe Vremia*, por supuesto, no deja pasar la ocasión de insultar a los obreros: estos son tan "atrasados e ignorantes" que escuchan con más gusto la prédica socialista, perjudicial para el bienestar policial. La culpa la tienen, pues, los socialistas y los obreros: contra esos culpables los gendarmes libran desde hace muchísimo tiempo una guerra desesperada, llenando cárceles y lugares de destierro. No ayuda. Evidentemente, existen condiciones en la situación de los obreros fabriles que "provocan y mantienen el descontento con su situación actual" y, de esa manera, "favorecen el éxito" del socialismo. "El duro trabajo del obrero fabril, en un entorno vital sumamente desfavorable, no le da más que para alimentarse mientras tiene fuerzas para trabajar, y ante cualquier eventualidad que lo deje sin trabajo por un tiempo más o menos prolongado, se encuentra en esa situación de desamparo sobre la cual, por ejemplo, se informaba hace unos días en los periódicos respecto a los obreros de los campos petrolíferos de Bakú". De este modo, los partidarios del gobierno tienen que reconocer que el éxito del socialismo se explica realmente por la mala situación de los obreros. Pero lo reconocen de manera muy imprecisa y evasiva, con unas salvedades que muestran claramente que en semejante clase de gente no puede haber la menor intención de tocar la "sagrada propiedad" de los capitalistas que oprime a los obreros. "Por desgracia –escribe *Nóvoe Vremia*–, sabemos demasiado poco sobre el estado real de las cosas en la esfera de la cuestión obrera en Rusia". ¡Sí, por desgracia! Y "nosotros" sabemos poco precisamente porque permitimos que el gobierno policial mantenga en la esclavitud a toda la prensa y amordace toda denuncia honrada de nuestras ignominias. En cambio, he aquí que "nosotros" nos esforzamos por orientar el odio del obrero no contra el gobierno asiático, sino contra los "extranjeros": *Nóvoe Vremia* hace alusiones a las "administraciones fabriles de extranjeros", las califica de "rudas y ávidas". Con este tipo de arranques solo se puede embaucar a los obreros más atrasados y oscurantistas, que piensan que todo el mal viene "del alemán" o "del judío", que no saben que los obreros alemanes y judíos también se unen para luchar contra sus explotadores alemanes y judíos. E incluso los obreros que no saben esto ven en millares de casos que los más "ávidos" y desvergonzados de todos son los capitalistas rusos, y los más "rudos", la policía rusa y el gobierno ruso.

Es interesante también la queja de *Nóvoe Vremia* de que el obrero ya no es tan oscurantista ni tan sumiso como el campesino. *Nóvoe Vremia* llora porque el obrero "se desprende de sus nidos rurales", porque "en los distritos fabriles se acumulan masas heterogéneas", porque "el aldeano se desprende de la aldea, con sus intereses y relaciones económico-sociales modestos (¡he ahí la clave!), pero independientes". ¡Cómo no llorar, en efecto! El "aldeano" está atado a su nido y, por miedo a perderlo, no se decide a plantear exigencias a su terrateniente, a amedrentarlo con una huelga, etc.; el aldeano no conoce las costumbres de otros lugares, solo se interesa por su aldeíta (los partidarios del gobierno dicen de esto: "intereses independientes" del aldeano; cada grillo sabe su rincón, no mete las narices en política... ¿qué puede haber más grato para las autoridades?), y en esa aldeíta la sanguijuela local, el terrateniente o el kulak, conoce a todos de memoria, y todos, desde sus padres y sus abuelos, han heredado la ciencia servil de la sumisión, y no hay quien despierte en ellos la conciencia. En cambio, en la fábrica la gente es "heterogénea", no está atada al nido (da igual dónde trabajar), tiene experiencia, es audaz, se interesa por todo el mundo.

A pesar de esta penosa transformación del sumiso mujik en obrero consciente, nuestros sabios policiales aún esperan engañar a la masa obrera mediante la "solicitud estatal por la mejora de las condiciones de vida de los obreros". *Nóvoe Vremia* refuerza esta esperanza con el siguiente trillado razonamiento: "Orgulloso y omnipotente en Occidente, el capitalismo es en nuestro país todavía un niño débil, que solo puede andar con andadores, y es el gobierno quien lo lleva con andadores"… ¡Bueno, esta vieja cancioncilla sobre la omnipotencia del poder solo la creerá, quizás, el sumiso campesino! El obrero, en cambio, ve demasiado a menudo cómo los capitalistas "llevan con andadores" a funcionarios policiales y eclesiásticos, militares y civiles. Y he aquí –continúa *Nóvoe Vremia*– que todo el quid está en que el gobierno "insista" en la mejora de las condiciones de vida de los obreros, es decir, que exija a los fabricantes esa mejora. Ven, qué sencillo: se ordena y asunto concluido. Pero eso es sencillo solo de palabra, pues en la práctica las órdenes de las autoridades, incluso las más "modestas", como la instalación de hospitales en las fábricas, no las cumplen los capitalistas durante decenios enteros. Además, el gobierno no se atrevería a exigir nada serio a los capitalistas sin violar la "sagrada" propiedad privada. Y además, el gobierno no querría una mejora seria de las condiciones de vida de los obreros, porque él mismo, en miles de casos, es patrono, y defrauda y oprime tanto a los obreros de la fábrica Obújov y de centenares de otras fábricas, como a decenas de miles de empleados de correos y ferroviarios, etc., etc. *Nóvoe Vremia* siente también que nadie cree en las órdenes de nuestro gobierno, y procura buscarse un apoyo en sublimes ejemplos históricos. Hay que hacerlo –dice respecto a la mejora de las condiciones de vida de los obreros– "de manera similar a como hace medio siglo el gobierno tomó en sus manos la cuestión campesina, guiándose por la sabia convicción de que es mejor prevenir las reformas desde arriba que esperar a que se exijan desde abajo".

¡He aquí una confesión realmente valiosa! Antes de la emancipación de los campesinos, el zar insinuaba a los nobles la amenaza de una insurrección popular diciendo: mejor emancipar desde arriba que esperar a que empiecen a emanciparse ellos mismos desde abajo. Y ahora, un periódico que sirve al gobierno confiesa que el estado de ánimo de los obreros le inspira no menos temor que el estado de ánimo de los campesinos "en vísperas de la emancipación". "¡Mejor desde arriba que desde abajo!" Profundamente se equivocan los lacayos periodísticos de la autocracia al encontrar una "similitud" entre la exigencia de reformas de entonces y la de ahora. Los campesinos exigían la abolición de la servidumbre sin tener nada contra el poder del zar y creyendo en el zar. Los obreros están sublevados ante todo y sobre todo contra el gobierno, los obreros ven que su falta de derechos ante la autocracia policial los ata de pies y manos en la lucha contra los capitalistas, y por eso los obreros exigen liberarse de la arbitrariedad gubernamental y del desenfreno gubernamental. También los obreros se agitan "en vísperas de la emancipación", pero esta será la emancipación de todo el pueblo, que arranca la libertad política al despotismo.

¿Saben con qué grandiosa reforma quieren taponar el descontento de los obreros y mostrarles la "solicitud estatal"? Si se ha de creer a los rumores bastante insistentes, hay una pugna entre el ministerio de finanzas y el ministerio del interior: este último exige que la inspección fabril se transfiera a su competencia, asegurando que entonces ella favorecerá menos a los capitalistas y se preocupará más por los obreros, previniendo así las agitaciones. Que se preparen los obreros para una nueva merced zarista: los inspectores fabriles se pondrán nuevos uniformes y serán adscritos a otro ministerio (probablemente, con aumento de sueldo), y precisamente al ministerio que desde hace tanto tiempo y con tanto amor (sobre todo el departamento de policía) vela por los obreros.

*Iskra* nº 6, julio de 1901.

Se publica según el texto del periódico *Iskra*.