Llegué primero a Zúrich, llegué solo y sin haberme visto antes con Arséniev (Potrésov). En Zúrich, P. B. me recibió con los brazos abiertos, y pasé 2 días en una conversación muy cordial. La conversación fue como entre amigos que no se han visto en mucho tiempo: de todo y de muchas otras cosas, sin orden, sin carácter alguno de negocios. En cuanto a las cuestiones de trabajo, P. B. en general poco *mitsprechen kann*[139]; se notaba que se inclinaba del lado de G. V., se notaba por cómo insistía en montar una imprenta para la revista en Ginebra. En general, P. B. me «adulaba» mucho (pido disculpas por la expresión), decía que para ellos todo estaba vinculado a nuestra empresa, que esto era para ellos un renacimiento, que «nosotros» ahora tendríamos la posibilidad de discutir incluso contra los extremismos de G. V. – esto último lo noté especialmente, y toda la «historia» posterior demostró que fueron palabras particularmente notables.

*Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Cómo estuvo a punto de apagarse “Iskra”». – 1900 (Reducido)*

Así fueron las cosas hasta el congreso (el congreso de todo el grupo «Emancipación del Trabajo», G. V., P. B. y V. I., y nosotros dos, en ausencia de nuestro tercero{102}). Finalmente, llegó P. V. y se organizó el congreso. Sobre la cuestión de nuestra actitud hacia la Unión Judía (el Bund), G. V. muestra una intolerancia fenomenal, declarándola directamente no una organización socialdemócrata, sino simplemente explotadora, que explota a los rusos, diciendo que nuestro objetivo es expulsar a este Bund del partido, que los judíos son completamente chovinistas y nacionalistas, que el partido ruso debe ser ruso, y no dejarse «capturar» por la «vil ralea», etc. Ninguna de nuestras objeciones contra estos discursos indecorosos condujo a nada, y G. V. se mantuvo totalmente en sus trece, diciendo que simplemente nos faltaba conocimiento del judaísmo, experiencia vital en el trato con judíos. No se adoptó ninguna resolución sobre esta cuestión. Leímos juntos en el congreso la «declaración»: G. V. se comportó de manera extraña, guardó silencio, no propuso ningún cambio, no se rebeló contra el hecho de que allí se permitiera la polémica, en general fue como si se apartara, precisamente se apartó, no quiso participar y solo, de pasada, incidentalmente, lanzó una observación venenosa y maligna de que él sí (ellos sí, es decir, el grupo «Emancipación del Trabajo», en el que él es el dictador) por supuesto, no habría escrito tal declaración. Esta observación de G. V., lanzada de pasada, añadida de paso a alguna frase de otro contenido, me impresionó de manera particularmente desagradable: se desarrolla una reunión de co-redactores, y he aquí que uno de los co-redactores (a quien se le pidió dos veces que diera su propio proyecto de declaración o un proyecto de enmienda a nuestra declaración) no propone ningún cambio, sino que solo observa sarcásticamente que él, por supuesto, no habría escrito así (no tan tímidamente, modestamente, oportunistamente – quería decir). Esto ya mostraba claramente que no existían relaciones normales entre él y nosotros. Después – omito las cuestiones menos importantes del congreso – se plantea la cuestión de la actitud hacia Bobo y Mij. Iv. Nosotros estamos a favor de una invitación condicional (la brusquedad de G. V. nos empujaba inevitablemente a ello: queríamos mostrar con esto que deseábamos otra actitud. La increíble brusquedad de G. V. empuja instintivamente a la protesta, a defender a sus adversarios. Vera Ivánovna observó muy sutilmente que G. V. siempre polemiza de tal manera que despierta en el lector simpatía hacia su adversario). G. V. declara, muy frío y seco, su total desacuerdo y guarda un silencio demostrativo durante todas nuestras bastante largas conversaciones con P. B. y V. I., quienes no son reacios a estar de acuerdo con nosotros. Toda la mañana transcurre en una atmósfera sumamente pesada: el asunto adquiría incondicionalmente el aspecto de que G. V. planteaba un ultimátum – o él, o invitar a esos «granujas». Viendo esto, nosotros dos, con Arséniev, decidimos ceder y, desde el comienzo de la sesión vespertina, declaramos que «por insistencia de G. V.» renunciábamos. Esta declaración fue acogida con silencio (¡como si se sobrentendiera por sí mismo que no podíamos no ceder!). Nos irritó bastante esta «atmósfera de ultimátums» (como la formuló más tarde Arséniev) – el deseo de G. V. de dominar sin límites se manifestaba de manera evidente. Antes, cuando hablábamos en privado sobre Bobo (G. V., Arséniev, V. I. y yo, en el bosque, paseando por la tarde), G. V., después de una discusión acalorada, declaró poniéndome la mano en el hombro: «Yo, señores, no pongo condiciones, allí discutiremos todo esto en el congreso conjuntamente y decidiremos juntos». Entonces eso me conmovió mucho. Pero resultó que en el congreso sucedió exactamente lo contrario: en el congreso, G. V. se apartó de la discusión camaraderil, guardó un silencio airado y con su silencio claramente «ponía condiciones». Para mí, esto fue una manifestación flagrante de falta de sinceridad (aunque al principio no formulé aún tan claramente mis impresiones), y Arséniev declaró directamente: «¡No le olvidaré esta concesión!».

Llega el sábado. Ya no recuerdo exactamente de qué hablamos ese día, pero por la tarde, cuando íbamos todos juntos, estalló un nuevo conflicto. G. V. decía que había que encargar a una persona (que aún no se había estrenado en la literatura, pero en quien G. V. quiere ver talento filosófico. Yo no conozco a esta persona; es conocida por su ciega adoración ante G. V.){103} un artículo sobre un tema filosófico, y he aquí que G. V. dice: le aconsejaré que empiece el artículo con una observación contra Kautsky – menudo pájaro, que ya se ha vuelto «crítico», deja pasar en el «Neue Zeit»[142] artículos filosóficos de los «críticos» y no da pleno espacio a los «marxistas» (es decir, a Plejánov). Al enterarme del proyecto de tal salida tan brusca contra Kautsky (ya invitado como colaborador de la revista), Arséniev se indignó y se rebeló acaloradamente contra ello, encontrándolo inoportuno. G. V. se enfurruñó y se encolerizó; yo me uní a Arséniev. P. B. y V. I. callaron. Al cabo de una media hora, G. V. se marchó (fuimos a acompañarle al barco), y durante el último rato permaneció sentado en silencio, más negro que una nube. Cuando se fue, a todos nosotros nos alivió de inmediato el alma y comenzó una conversación «en buenos términos». Al día siguiente, domingo (hoy es 2 de septiembre, domingo. ¡¡¡O sea que esto fue solo hace una semana!!! ¡Y a mí me parece que fue hace un año! ¡Hasta tal punto ha quedado ya lejos!), la reunión se fijó no en nuestra casa, en la dacha, sino en la de G. V. Llegamos allí, – Arséniev llegó primero, yo después. G. V. envía a P. B. y V. I. a decir a Arséniev que él, G. V., renuncia a la co-redacción y quiere ser simple colaborador: P. B. se fue, V. I. completamente desconcertada, fuera de sí, balbucea a Arséniev: «Georges está descontento, no quiere»... Entro yo. Me abre G. V. y me tiende la mano con una sonrisa algo extraña, luego se va. Entro en la habitación donde están sentados V. I. y Arséniev con caras extrañas. Bueno, ¿qué, señores? – digo yo. Entra G. V. y nos llama a su habitación. Allí declara que será mejor que sea colaborador, simple colaborador, porque de lo contrario solo habrá roces, que él ve el asunto, por lo visto, de manera diferente a nosotros, que él comprende y respeta nuestro punto de vista, de partido, pero no puede adoptarlo. Que los redactores seamos nosotros, y él colaborador. Nos quedamos completamente perplejos al oír esto, literalmente perplejos, y empezamos a negarnos. Entonces G. V. dice: bueno, si juntos, entonces ¿cómo vamos a votar? ¿Cuántos votos? – Seis. – Seis es incómodo. – «Bueno, que G. V. tenga 2 votos», interviene V. P., «si no, siempre estará solo, – dos votos en cuestiones de táctica». Aceptamos. Entonces G. V. toma las riendas en sus manos y empieza, en tono de redactor, a distribuir las secciones y artículos para la revista, repartiendo estas secciones ora a uno, ora a otro de los presentes – en un tono que no admitía objeciones. Estamos todos sentados como almas en pena, asintiendo a todo con indiferencia y sin ser aún capaces de digerir lo ocurrido. Sentimos que hemos hecho el ridículo, que nuestras observaciones se vuelven cada vez más tímidas, que G. V. las «aparta» (no las refuta, sino que las aparta) cada vez con más facilidad y con más descuido, que el «nuevo sistema» de facto[143] equivale por completo al dominio absoluto de G. V., y que G. V., comprendiéndolo perfectamente, no se corta en dominar a sus anchas y no tiene muchos miramientos con nosotros. Éramos conscientes de que estábamos completamente engañados y derrotados sin paliativos, pero aún no nos dábamos plena cuenta de nuestra situación. En cambio, en cuanto nos quedamos solos, en cuanto bajamos del barco y nos dirigimos a nuestra dacha, – a ambos nos estalló de inmediato y prorrumpimos en tiradas furiosas y llenas de la mayor enemistad contra G. V.

Pero antes de exponer el contenido de estas tiradas y a lo que condujeron, haré primero una pequeña digresión y volveré atrás. ¿Por qué nos indignó tanto la idea del dominio total de Plejánov (independientemente de la forma de su dominio)? Antes siempre pensábamos así: los redactores seríamos nosotros, y ellos, los participantes más cercanos. Yo proponía plantearlo así formalmente desde el principio (desde Rusia), Arséniev proponía no plantearlo formalmente, sino actuar mejor «en buenos términos» (lo que equivaldría a lo mismo); yo asentía. Pero ambos estábamos de acuerdo en que los redactores debíamos ser nosotros, tanto porque los «viejos» son extremadamente intolerantes, como porque no podrían llevar a cabo de manera puntual el pesado y duro trabajo de redacción: solo estas consideraciones decidían la cuestión para nosotros, su guía ideológica la reconocíamos de buen grado. Mis conversaciones en Ginebra con los camaradas más cercanos y partidarios de Plejánov entre los jóvenes (miembros del grupo «Socialdemócrata»{104}, viejos partidarios de Plejánov, trabajadores, no obreros, sino trabajadores, gente sencilla, de trabajo, enteramente devotos a Plejánov), estas conversaciones me reafirmaron plenamente (y a Arséniev) en la idea de que debíamos plantear el asunto precisamente así: estos partidarios nos declaraban ellos mismos, sin ambages, que la redacción era deseable en Alemania, pues eso nos haría más independientes de G. V., que si los viejos tenían en sus manos el trabajo efectivo de redacción, eso equivaldría a retrasos terribles, e incluso al fracaso de la causa. Y Arséniev, por las mismas consideraciones, estaba incondicionalmente a favor de Alemania.

Me detuve, en mi descripción de cómo estuvo a punto de apagarse «Iskra», en nuestro regreso a casa por la tarde del domingo 26 de agosto del nuevo estilo. En cuanto nos quedamos solos, al bajar del barco, literalmente estallamos en un torrente de expresiones de indignación. Fue como si reventáramos, la atmósfera pesada estalló en tormenta. Anduvimos hasta tarde en la noche de un extremo a otro de nuestra aldehuela, la noche era bastante oscura, alrededor había tormentas y brillaban relámpagos. ¡Andábamos y nos indignábamos! Recuerdo que empezó Arséniev declarando que consideraba sus relaciones personales con Plejánov rotas para siempre y que jamás las reanudaría: las relaciones de trabajo permanecerán, – pero personalmente he acabado con él[144]. Su trato es ofensivo, hasta tal punto que nos hace sospechar de él pensamientos muy «poco limpios» respecto a nosotros (es decir, que mentalmente nos equipara a unos *Streber*[145]). Nos desprecia, etc. Yo apoyaba plenamente estas acusaciones. Mi «enamoramiento» de Plejánov desapareció como por ensalmo, y me sentí ofendido y amargado hasta un grado increíble. Jamás, jamás en mi vida había tratado a ninguna persona con tan sincero respeto y veneración, *vénération*; jamás me había comportado ante nadie con tal «humildad» – y jamás había experimentado un «puntapié» tan grosero. Y en la práctica, resultó precisamente que recibimos un puntapié: nos intimidaron, como a niños, nos intimidaron con que los adultos nos abandonarían y nos dejarían solos, y, cuando nos acobardamos (¡qué vergüenza!), nos apartaron con una falta de ceremonias increíble. Ahora nos dábamos cuenta con toda claridad de que la declaración matutina de Plejánov sobre su renuncia a la co-redacción había sido una simple trampa, una jugada de ajedrez calculada, una celada para ingenuos «pichones»: de esto no podía caber ninguna duda, porque si Plejánov temiera sinceramente la co-redacción, temiera entorpecer la causa, temiera generar roces innecesarios entre nosotros, – de ningún modo podría, un minuto después, haber revelado (y revelado groseramente) que su co-redacción equivalía completamente a su redacción única. Y bien, cuando una persona con la que queremos llevar a cabo una causa común y cercana, entablando con ella las relaciones más íntimas, cuando tal persona pone en marcha respecto a sus camaradas una jugada de ajedrez, ya no hay que dudar de que es una persona no buena, precisamente no buena, que en ella son fuertes los motivos de amor propio mezquino y vanidad, que es una persona poco sincera. Este descubrimiento – ¡fue para nosotros un verdadero descubrimiento! – nos impresionó como un rayo, porque ambos estábamos hasta ese momento enamorados de Plejánov y, como a una persona amada, le perdonábamos todo, cerrábamos los ojos ante todos sus defectos, nos convencíamos con todas nuestras fuerzas de que esos defectos no existían, que eran minucias, que solo las personas que no valoran suficientemente los principios prestan atención a esas minucias. Y he aquí que nosotros mismos tuvimos que convencernos palpablemente de que esos defectos «minúsculos» son capaces de apartar a los amigos más devotos, de que ninguna convicción en la razón teórica es capaz de hacer olvidar sus cualidades repulsivas. Nuestra indignación era infinitamente grande: el ideal estaba destrozado, y nosotros lo pisoteábamos con placer, como a un ídolo derrocado: no había fin para las acusaciones más duras. ¡Así no puede ser! decidimos. No queremos y no vamos, no podemos trabajar juntos en tales condiciones. ¡Adiós, revista! Lo abandonamos todo y nos vamos a Rusia, y allí organizaremos de nuevo la causa, y nos limitaremos al periódico. No queremos ser peones en manos de esta persona; no admite ni comprende las relaciones de camaradería. No nos decidimos a asumir la redacción, y además ahora sería simplemente repugnante; resultaría precisamente como si solo persiguiéramos puestos de redactores, como si fuéramos *Streber*, arribistas, como si en nosotros hablara también la misma vanidad, solo que de un calibre menor... Es difícil describir con suficiente precisión nuestro estado aquella noche: ¡era un estado de ánimo tan complejo, pesado, turbio! Fue un verdadero drama, toda una ruptura con aquello que habíamos llevado, como un hijo querido, durante largos años, con lo que vinculábamos inseparablemente todo el trabajo de nuestra vida. Y todo por habernos enamorado antes de Plejánov: si no hubiese habido ese enamoramiento, si le hubiésemos tratado con más sangre fría, con más ecuanimidad, si le hubiésemos mirado algo más desde fuera, – nos habríamos comportado con él de otra manera y no habríamos experimentado semejante, en el sentido literal de la palabra, derrumbe, tal «baño moral», según la acertadísima expresión de Arséniev. Fue la lección de vida más tajante, ofensivamente tajante, ofensivamente grosera. Los camaradas más jóvenes «cortejaban» al mayor por un inmenso amor hacia él, – y él de repente introduce en este amor una atmósfera de intriga y les hace sentirse no como hermanos menores, sino como tontos a los que se lleva de la nariz, peones que se pueden mover a voluntad, o incluso como torpes *Streber* a los que hay que intimidar y aplastar con más fuerza. Y la juventud enamorada recibe del objeto de su amor una amarga enseñanza: hay que tratar a todas las personas «sin sentimentalismo», hay que tener una piedra en el pecho. Una cantidad infinita de tales palabras amargas nos dijimos aquella noche. Lo repentino del derrumbe provocaba, naturalmente, no pocas exageraciones, pero en su esencia estas palabras amargas eran ciertas. Cegados por nuestro enamoramiento, en el fondo nos comportábamos como esclavos, y ser esclavo es algo indigno, y la ofensa de esta conciencia se multiplicaba por cien porque era «él» quien, personalmente y en nuestro pellejo, nos abría los ojos...

Finalmente, nos fuimos a dormir a nuestras habitaciones con la firme decisión de manifestar al día siguiente a Plejánov nuestra indignación, renunciar a la revista y marcharnos, dejando solo el periódico, y publicar el material de la revista en folletos: la causa no sufriría por ello, y nosotros nos libraríamos de las relaciones cercanas con «este hombre».

Al día siguiente, me despierto más temprano de lo habitual: me despiertan los pasos en la escalera y la voz de P. B., que llama a la habitación de Arséniev. Oigo cómo Arséniev responde, abre la puerta – lo oigo y pienso para mis adentros: ¿tendrá valor Arséniev para decirlo todo de golpe? Y es mejor decirlo de golpe, es necesario de golpe, no alargar el asunto. Después de lavarme y vestirme, entro en la habitación de Arséniev, que se está lavando. Axelrod está sentado en un sillón con un rostro algo tenso. «Mira, NN», se dirige a mí Arséniev, «le he contado a P. B. nuestra decisión de ir a Rusia, nuestra convicción de que no se puede llevar el asunto de esta manera». Yo me sumo plenamente, por supuesto, y apoyo a Arséniev. A Axelrod, sin cortarnos, le contamos todo, tan sin cortarnos que Arséniev incluso dice que sospechamos que Plejánov nos considera unos *Streber*. En general, Axelrod se muestra a medias solidario con nosotros, meneando amargamente la cabeza y dando muestras de estar sumamente disgustado, desconcertado, turbado, pero en esto protesta enérgicamente y grita que eso no es verdad, que Plejánov tiene diversos defectos, pero eso no, que en esto no es él injusto con nosotros, sino nosotros con él, que hasta ahora estaba dispuesto a decirle a Plejánov: «mira lo que has hecho, apechuga tú, yo me lavo las manos», y ahora no se atreve, porque ve también en nosotros una actitud injusta. Sus afirmaciones, por supuesto, nos impresionaron poco, y el pobre P. B. tenía un aspecto completamente lastimoso al convencerse de que nuestra decisión era firme.

Salimos juntos y fuimos a prevenir a V. I. Había que esperar que ella recibiera la noticia de la «ruptura» (pues el asunto tomaba precisamente el aspecto de una ruptura) de manera particularmente penosa. Temo incluso – decía la víspera Arséniev – temo muy en serio que se quite la vida...

Nunca olvidaré el estado de ánimo con que salíamos los tres: «vamos como detrás de un difunto», me dije. Y, en efecto, íbamos como detrás de un difunto, en silencio, bajando los ojos, abatidos hasta el último grado por lo absurdo, lo extraño, lo sin sentido de la pérdida. ¡Como una maldición! Todo se estaba arreglando para bien, se arreglaba después de tantas y tan largas adversidades y fracasos, – y de repente se abatió un torbellino – y se acabó, y todo se derrumba de nuevo. Sencillamente, como que no podía uno creérselo a sí mismo [exactamente igual que cuando no puedes creerlo bajo la impresión fresca de la muerte de una persona cercana] – ¿acaso soy yo, yo, ferviente admirador de Plejánov, quien habla ahora de él con tanta enemistad y se dirige, con los labios apretados y un frío horrible en el alma, a decirle cosas frías y tajantes, a anunciarle casi una «ruptura de relaciones»? ¿Acaso no es esto un mal sueño, sino la realidad?

Esta impresión no desaparecía tampoco durante la conversación con V. I. Ella no manifestó una excitación particularmente viva, pero se veía que estaba terriblemente oprimida, y rogaba, casi suplicaba, si no podíamos renunciar a nuestra decisión, si no podíamos intentarlo, quizás en la práctica no fuera tan terrible, con el trabajo las relaciones se arreglarían, con el trabajo no se verían tanto los rasgos repulsivos de su carácter... Era penoso hasta el último grado escuchar estas sinceras súplicas de una persona débil ante Plejánov, pero una persona incondicionalmente sincera y apasionadamente entregada a la causa, una persona que, con «heroísmo de esclavo» (expresión de Arséniev), lleva el yugo del plejanovismo. Era hasta tal punto penoso que, vive Dios, por momentos me parecía que iba a echarme a llorar... Cuando se va detrás de un difunto, es más fácil echarse a llorar precisamente en el caso de que empiecen a decirse palabras de lamento, de desesperación...

Nos marchamos de casa de P. B. y V. I. Nos fuimos, comimos, enviamos a Alemania cartas diciendo que íbamos para allá, que detuvieran la máquina, incluso enviamos un telegrama sobre esto (¡incluso antes de la conversación con Plejánov!), y a ninguno de nosotros le asaltó la menor duda sobre la necesidad de lo que hacíamos.

Después de comer, vamos de nuevo, a la hora convenida, a casa de P. B. y V. P. donde ya debía estar Plejánov. Nos acercamos, salen ellos tres. Saludamos en silencio – aunque Plejánov se esfuerza por mantener una conversación ajena (nosotros habíamos pedido a P. B. y V. I. que le previnieran, de modo que ya lo sabe todo) – regresamos a la habitación y nos sentamos. Arséniev empieza a hablar – con contención, seca y brevemente, que habíamos perdido la esperanza de llevar la causa con las relaciones que se definieron ayer, que habíamos decidido ir a Rusia para consultar con los camaradas de allí, pues ya no asumíamos la decisión, que por ahora había que renunciar a la revista. Plejánov está muy tranquilo, contenido, evidentemente dueño de sí mismo por completo e incondicionalmente, ni rastro del nerviosismo de Pável Borísovich o de Vera Ivánovna [¡ha estado en peores aprietos! pensamos con rabia, mirándolo]. Interroga sobre en qué consiste concretamente el asunto. «Nos encontramos en una atmósfera de ultimátums», dice Arséniev y desarrolla un poco esta idea. «¿Acaso temieron que yo, después del primer número, les hiciera una huelga antes del segundo?», pregunta Plejánov, acosándonos. Él creía que no nos decidiríamos a decir eso. Pero yo también respondo fría y tranquilamente: «¿acaso se diferencia esto de lo que dijo A. N.? Pues él dijo exactamente eso». A Plejánov, por lo visto, le escuece un poco. No esperaba tal tono, tal sequedad y franqueza en las acusaciones. – «Bueno, han decidido irse, así que qué hay que discutir», dice él, «no tengo nada que decir aquí, mi situación es muy extraña: ustedes todo son impresiones e impresiones, nada más: han tenido las impresiones de que soy una mala persona. ¿Pues qué puedo yo hacer con eso?» – Nuestra culpa quizás esté, digo yo, queriendo desviar la conversación de este tema «imposible», en que nos hemos lanzado demasiado sin conocer el vado. – «No, si hablamos con franqueza», responde Plejánov, «la culpa de ustedes está en que (quizás en esto se manifestó también el nerviosismo de Arséniev) concedieron una importancia excesiva a impresiones a las que no había que conceder importancia alguna». Nosotros callamos y luego decimos que por ahora podemos limitarnos a los folletos. Plejánov se enfada: «yo no he pensado ni pienso en folletos. No cuenten conmigo. Si ustedes se van, yo no me quedaré de brazos cruzados y puedo entrar, antes de su regreso, en otra empresa».

Nada rebajó tanto a Plejánov ante mis ojos como esta declaración suya, cuando la recordé después y la analicé en todos sus aspectos. Era una amenaza tan burda, una intimidación tan mal calculada, que solo podía «rematar». Plejánov, descubriendo su «política» respecto a nosotros: bastará con intimidarlos bien...

Pero no prestamos la menor atención a la amenaza. Yo solo apreté los labios en silencio: bien, de modo que así – pues *à la guerre comme à la guerre*[146], pero qué tonto eres si no ves que nosotros ya no somos los mismos, que en una noche hemos renacido por completo.

Y he aquí que, al ver que la amenaza no funciona, Plejánov intenta otra maniobra. ¿Cómo no llamar, en efecto, maniobra a lo que hizo unos minutos después, allí mismo, diciendo que la ruptura con nosotros equivale para él a renunciar por completo a la actividad política, que renuncia a ella y se dedicará a la literatura científica, puramente científica, porque si no puede trabajar con nosotros, entonces, significa que no puede con nadie... ¿No funciona la intimidación? ¡Pues quizás ayude el halago!... Pero después de la intimidación, esto solo podía producir una impresión repelente... La conversación fue corta, el asunto no cuajaba; Plejánov, viéndolo, desvió la charla hacia la crueldad de los rusos en China, pero habló casi solo él, y pronto nos separamos.

La conversación con P. B. y V. P., después de la marcha de Plejánov, ya no presentó nada de interesante ni sustancial: P. B. se retorcía intentando demostrarnos que Plejánov también estaba abatido, que ahora sobre nuestra alma pesaría un pecado si nos íbamos así, etc., etc. V. I., en conversación íntima con Arséniev, confesaba que «Georges» siempre había sido así, confesaba su «heroísmo de esclavo», confesaba que «esto le servirá de lección» si nos íbamos.

El resto de la velada transcurrió vacía, pesadamente.

Al día siguiente, martes 28 de agosto n. s., hay que ir a Ginebra y de allí a Alemania. Temprano por la mañana me despierta Arséniev (que normalmente se levanta tarde). Me sorprende: dice que durmió mal y que ha ideado la última combinación posible para arreglar, aunque sea de cualquier manera, la causa, para que por el deterioro de las relaciones personales no se pierda una empresa seria del partido. Publiquemos una recopilación, – ya que el material está perfilado, los contactos con la imprenta están hechos. Publiquemos de momento una recopilación con las actuales relaciones de redacción indefinidas, y luego veremos: desde la recopilación es igual de fácil pasar tanto a la revista como a los folletos. Y si Plejánov se obstina, – pues al diablo con él, sabremos que hicimos todo lo que pudimos... Decidido.

Vamos a comunicárselo a Pável Borísovich y a Vera Ivánovna y nos encontramos con ellos: venían a nuestra casa. Ellos, por supuesto, aceptan de buen grado, y P. B. se encarga de la misión de hablar con Plejánov y persuadirle para que acceda.

Llegamos a Ginebra y mantenemos la última conversación con Plejánov. Adopta un tono como si todo hubiera sido solo un penoso malentendido debido al nerviosismo: pregunta solícito a Arséniev por su salud y casi le abraza – este casi retrocede de un salto. Plejánov accede a la recopilación: decimos que sobre la cuestión de la organización del trabajo de redacción son posibles tres combinaciones (1. nosotros redactores, él – colaborador; 2. todos nosotros co-redactores; 3. él – redactor, nosotros – colaboradores), que discutiremos en Rusia todas estas tres combinaciones, elaboraremos un proyecto y lo traeremos aquí. Plejánov declara que rechaza terminantemente la 3ª combinación, insiste terminantemente en la exclusión completa de esta combinación, y que las otras dos las acepta. Así se decidió: por ahora, hasta que presentemos el proyecto del nuevo régimen de redacción, mantenemos el viejo orden (co-redactores los seis, con 2 votos para Plejánov).

Plejánov expresa luego el deseo de averiguar bien en qué consistió concretamente el asunto, de qué estamos descontentos. Yo observo que quizás será mejor que prestemos más atención a lo que será, y no a lo que fue. Pero Plejánov insiste en que hay que aclararlo, analizarlo. Se entabla una conversación en la que participamos casi solo Plejánov y yo – Arséniev y P. B. callan. La conversación se desarrolla con bastante tranquilidad, incluso con toda tranquilidad. Plejánov dice que notó que Arséniev estaba irritado por su negativa respecto a Struve; yo observo que, por el contrario, él nos puso condiciones – contrariamente a su anterior declaración en el bosque de que no ponía condiciones. Plejánov se defiende: mi silencio no fue porque pusiera condiciones, sino porque para mí la cuestión estaba clara. Yo hablo de la necesidad de admitir la polémica, de la necesidad de votaciones entre nosotros – Plejánov admite esto último, pero dice: en las cuestiones particulares, por supuesto, votación; en las fundamentales, imposible. Yo replico que precisamente la delimitación entre cuestiones fundamentales y particulares no siempre será fácil, que precisamente sobre esta delimitación será necesario votar entre los co-redactores. Plejánov se empecina, dice que esto ya es una cuestión de conciencia, que la diferencia entre cuestiones fundamentales y particulares es algo claro, que no hay nada que votar. Así que en esta discusión – si es admisible la votación entre co-redactores sobre la cuestión de la delimitación entre cuestiones fundamentales y particulares – nos quedamos atascados, sin avanzar ni un paso. Plejánov desplegó toda su habilidad, todo el brillo de sus ejemplos, comparaciones, bromas y citas que involuntariamente hacían reír, pero esta cuestión, al fin y al cabo, la escamoteó, sin decir directamente que no. Me quedé con el convencimiento de que él precisamente no podía ceder aquí, en este punto, no podía renunciar a su «individualismo» y a sus «ultimátums», porque en cuestiones similares no se pondría a votar, sino que precisamente plantearía ultimátums.

Ese mismo día, por la tarde, me marché, sin haberme visto ya con nadie más del grupo «Emancipación del Trabajo». Decidimos no hablar de lo ocurrido a nadie, salvo a las personas más cercanas, – decidimos guardar las apariencias{105}, – no dar el triunfo a los adversarios. Externamente, como si no hubiera ocurrido nada, toda la máquina debe seguir funcionando como antes, – solo que por dentro se rompió alguna cuerda, y en lugar de hermosas relaciones personales sobrevinieron unas relaciones de trabajo, secas, con cálculo constante: según la fórmula *si vis pacem, para bellum*[147].

No carece de interés señalar solo una conversación que mantuve la tarde de ese mismo día con un camarada cercano y partidario de Plejánov, miembro del grupo «Socialdemócrata». No le dije ni palabra de lo ocurrido, dije que la revista estaba perfilada, los artículos asignados – era hora de trabajar. Conversé con él sobre cómo poner en práctica la causa: se mostró plenamente a favor de que los viejos son decididamente incapaces para el trabajo de redacción. Conversé sobre las «3 combinaciones» y le pregunté directamente: ¿cuál es, en su opinión, la mejor? Respondió directa y sin vacilar: la 1ª (nosotros – redactores, ellos – colaboradores), pero que probablemente la revista sería de Plejánov, el periódico – de ustedes.

A medida que nos alejábamos de la historia ocurrida, empezamos a tomarla con más calma y a llegar al convencimiento de que abandonar la causa no tenía ningún sentido, que por ahora no teníamos por qué temer asumir la redacción (de la recopilación), y que era imprescindible que la asumiéramos precisamente nosotros, porque de lo contrario no había absolutamente ninguna posibilidad de hacer funcionar correctamente la máquina y evitar que la causa pereciera por las «cualidades» desorganizadoras de Plejánov.

A nuestra llegada a N{106}, el 4 o 5 de septiembre, ya habíamos elaborado el proyecto de relaciones formales entre nosotros (empecé a escribir este proyecto ya por el camino, en el vagón del ferrocarril), y este proyecto nos convertía a nosotros en redactores, y a ellos en colaboradores con derecho de voto en todas las cuestiones de redacción[148]. Se decidió discutir este proyecto conjuntamente con Yegor (Mártov), y luego presentárselo.

Iskra empezó a dar esperanzas de volver a encenderse.

Escrito a principios de septiembre (n. s.) de 1900.

Publicado por primera vez en 1924 en la Recopilación Leninista I.

Se imprime según el manuscrito.