Los socialdemócratas señalaron ya a principios de 1905 que el proyecto de programa del partido s-r. («socialistas revolucionarios») constituye un franco tránsito «del populismo al marxismo»[68]. Era evidente la inevitabilidad de la descomposición interna del partido que realiza este tránsito.

Hoy esta descomposición ideológica y política del partido s-r. es un hecho. Las «Actas del Primer Congreso del Partido S-R.», publicadas en París en un libro aparte el año en curso, han trazado con claridad todas las líneas de esta descomposición. La literatura política corriente de los «maximalistas» y de los representantes del naciente «partido socialista popular del trabajo» ha puesto al desnudo la plenitud de esta descomposición definitiva.

Dentro de la socialdemocracia, las dos grandes escisiones que ha vivido – la escisión entre los «economistas» y los viejos iskristas en 1900-1903 y la escisión entre «mencheviques» y «bolcheviques» en 1903-1906 – fueron provocadas por la lucha aguda de dos corrientes inherentes a todo el socialismo internacional, a saber: la corriente oportunista y la corriente revolucionaria, en su forma peculiar correspondiente a uno u otro período de la revolución rusa. Por el contrario, el partido s-r., en su primer intento de actuar de manera medianamente abierta y que atestiguara de algún modo la existencia de una verdadera fisonomía de partido, se descompuso en tres corrientes: 1) la izquierda, los «maximalistas»{158}, 2) el centro, los s-r-es del viejo tipo, y 3) la derecha, los oportunistas (llamados también «legalistas», «socialistas populares del trabajo»{159}, etc.), de quienes nos ocuparemos en el presente artículo. Por las Actas del Primer Congreso del partido s-r. se ven con claridad los contornos de las tres corrientes. Hoy tenemos ya brillantes expresiones literarias de las corrientes separadas (¿o en vías de separarse?) del «centro». Los maximalistas han publicado el periódico «Priamo k tseli» [Directo al objetivo] y un detallado folleto programático del señor Tag—in: «Los principios de la teoría del trabajo». Los oportunistas eseristas han llegado casi hasta el fin de su discurso en los escritos del señor Peshejónov y Cía. El representante del «centro», el señor Chernov, ha llamado a los maximalistas con toda razón «socialistas vulgares» en el periódico «Mysl» [El pensamiento] (o quizá «Golos» [La voz]{160}, «Delo Naroda» [La causa del pueblo], etc.), pero acerca de los oportunistas s-r. en la prensa, si no nos equivocamos, por ahora ha guardado silencio. No en balde, seguramente, ha resultado el concubinato del «pantano» eserista y de la «extrema derecha» eserista en los periódicos antes citados.

La descomposición de los partidarios del «principio del trabajo», de los admiradores de Lavrov y Mijailovski, en tres direcciones constituye un gran hecho político en la historia del radicalismo pequeñoburgués ruso. Los marxistas deben prestar toda la atención a este hecho, que arroja luz indirecta también sobre la dirección política en la que madura el pensamiento del campesinado ruso que despierta.

La contradicción fundamental de toda la posición programática de los s-r. es la oscilación entre el populismo y el marxismo. El marxismo exige una clara delimitación entre el programa máximo y el programa mínimo. El máximo es la transformación socialista de la sociedad, imposible sin la abolición de la producción mercantil. El mínimo son las transformaciones todavía posibles dentro del marco de la producción mercantil. La confusión de ambos conduce inevitablemente a toda clase de tergiversaciones pequeñoburguesas y oportunistas o anárquicas del socialismo proletario, y vela inevitablemente la tarea de la revolución social, que se realiza mediante la conquista del poder político por el proletariado.

Desde el punto de vista del viejo populismo ruso, de los principios de Lavrov, V. V., Mijailovski y Cía, la delimitación entre el programa máximo y el mínimo es innecesaria e incomprensible, pues la teoría populista niega la aplicabilidad de las leyes y categorías de la producción mercantil a la hacienda campesina rusa. Los partidarios medianamente consecuentes de Lavrov y Mijailovski (y también de V. V. y Nikolái —on, a quienes se olvida completamente en vano, pues no existe otra fuente de las ideas económicas de los populistas contemporáneos) debían levantarse inevitablemente contra esta división marxista del programa en máximo y mínimo. Y el primer intento de los eseristas de pasar del espíritu de círculo al espíritu de partido puso de manifiesto la fuerza y la dirección de esa sublevación. Los partidarios de las tendencias revolucionarias del populismo declararon: ¿por qué exigir la socialización de la sola tierra? ¡Exigimos la socialización de las fábricas y las plantas exactamente del mismo modo! ¡Abajo el programa mínimo! ¡Somos maximalistas! ¡Abajo la teoría de la producción mercantil!

En el fondo, esta corriente maximalista casi se funde, como era de esperar, con el anarquismo.

Los partidarios de las corrientes oportunistas en el populismo, los populistas de los años ochenta, clamaron: ¿para qué el programa máximo, todas esas dictaduras del proletariado? ¡El socialismo es una perspectiva que se aleja en lontananza! ¿Para qué el nombre aterrador para las masas de «socialistas revolucionarios»? ¿Para qué la exigencia de la «república»? ¿Para qué un partido ilegal? ¡Abajo todo eso! ¡Abajo el programa máximo! ¡Abajo los puntos «peligrosos» del programa mínimo! ¡En lugar de todo programa, que haya una «plataforma» abierta, legal, no republicana del «partido socialista popular del trabajo»![69]

Los centristas eseristas, los viejos eseristas, no pueden defenderse de estas dos corrientes más que remitiéndose a las leyes de la producción mercantil, más que colocándose, en el fondo, en el punto de vista del marxismo. Eran, por tanto, completamente legítimas las acusaciones de marxismo, de querer competir con los socialdemócratas, de bailar al son que tocan los socialdemócratas, que resonaron en el I Congreso del partido s-r., tanto por la derecha como por la izquierda, contra el centro eserista. La cuestión del tránsito de este centro a la socialdemocracia es ahora únicamente una cuestión de tiempo. Y cuanto más pronto sobrevenga la época de una existencia plenamente abierta de los partidos revolucionarios, tanto más pronto llegará ese momento. Ningún prejuicio contra el «dogmatismo» marxista resistirá la lógica implacable de los acontecimientos.

La breve existencia de la Duma kadete fue la época de la primera aparición de los representantes de la masa campesina en la arena política de toda Rusia. Los eseristas inevitablemente tuvieron que buscar un acercamiento con estos representantes e intentar organizarlos políticamente en torno a su programa. Entonces quedó de manifiesto que los socialdemócratas formaron con relativa rapidez una fracción parlamentaria socialdemócrata. En cambio, los s-r. pudieron actuar todo el tiempo sólo a espaldas de los trudoviques. La capacidad del pequeño productor para la cohesión política resultó ser de inmediato incomparablemente menor que la de la clase obrera. Más aún: incluso a espaldas de los trudoviques, los s-r. se mostraron incapaces de llevar a cabo una campaña política unitaria. En la cuestión fundamental para el campesinado, la de la tierra, la escisión entre los oportunistas y los centristas eseristas se reveló rápidamente. Los primeros vencieron en la arena de la actuación «parlamentaria» ante los representantes de la masa: reunieron a 104 trudoviques en torno al proyecto agrario oportunista{161}, mientras que por el proyecto agrario cercano al programa del partido s-r. se pronunciaron más tarde sólo 33 trudoviques (de entre esos mismos 104).

Esta escisión, al producirse en una actuación política abierta ante todo el pueblo, empujaba inevitablemente a la sistematización de las divergencias que la habían provocado. El señor Peshejónov, uno de los jefes de los oportunistas eseristas, fue el que más lejos ha llegado en esta sistematización. He aquí sus puntos de vista, he aquí los «contornos y dimensiones de la plataforma»… de los kadetes campesinos, tal como él los expone:

«Las reivindicaciones revolucionarias deben ser concertadas y proporcionadas a las fuerzas revolucionarias» (pág. 194 de «Rússkoe Bogatstvo», núm. 8). Por eso «la línea de tierra y libertad» no se debe «hacer avanzar demasiado lejos». En lugar del programa máximo y el programa mínimo «de los dos partidos socialistas: el s-d. y el s-r.», el pequeñoburgués necesita una «plataforma» única, como «plan de campaña, calculado no para un largo período, hasta el socialismo, sino únicamente para el tiempo próximo». El resto del camino hasta la meta final es una «perspectiva que se aleja en lontananza» (pág. 196). Por eso, de la «plataforma» hay que quitar la república: «debemos contar con el factor psicológico… La idea de la monarquía ha arraigado demasiado firmemente en la conciencia popular»… «Mil años no han transcurrido en vano»… «Es necesario contar con esta psicología de las grandes masas»… «La cuestión de la república exige extrema prudencia» (198). Y otro tanto la cuestión nacional. «De nuevo tenemos que contar con la psicología del pueblo, educada por su historia milenaria»… «Por eso consideramos necesario ir a las masas no con la consigna de la independencia de las nacionalidades» (ni la de su autodeterminación, redondea el autor en otro lugar), «sino con la reivindicación que la vida plantea, con la reivindicación de su autonomía». En una palabra, el señor Peshejónov plantea directamente la cuestión: «¿Se puede tomar toda la libertad?», y directamente responde: no se puede.

Plantea luego la cuestión: «¿Se puede tomar toda la tierra?», y también responde: no se puede. ¡Prudencia, prudencia, prudencia, señores! Los diputados campesinos en la Duma decían al señor Peshejónov: «A nosotros nos han enviado a obtener la tierra, no a entregarla». Los campesinos no quieren hoy ni la socialización (el igualamiento), ni la nacionalización de la tierra. Les da miedo. Sólo quieren un aumento de tierra. «Sería, por tanto, más conveniente no llevar hasta el fin la línea de la “tierra” en la plataforma» (pág. 206). «Me parece peligroso incluso suscitar en el momento actual la cuestión del igualamiento universal» (205). «Hay que dejar las tierras de adjudicación y las de propiedad privada dentro de la norma de trabajo en manos de sus actuales poseedores», según el proyecto de los 104, y la entrega de toda la tierra a la propiedad de todo el pueblo debe ser relegada, – también, evidentemente, como «una perspectiva que se aleja en lontananza».

Prudencia, moderación y puntualidad son necesarias también en los medios de lucha y en el modo de organización. ¿La insurrección armada? «Yo (Peshejónov) repito sin cesar: ¡que pase de nosotros ese cáliz!... Sería demasiado lamentable si la insurrección fuera pensada por alguien no sólo como una triste posibilidad, sino también como una necesidad fatal»… «Es peligroso… usarla de manera imprudente… todo el movimiento puede quebrarse» (núm. 7, págs. 177-178). La principal tarea inmediata es la organización de las «fuerzas populares». «Creo muy poco en que esta tarea puedan resolverla de modo medianamente satisfactorio los dos partidos socialistas que tenemos. Ya es hora de convencerse de que la organización conspirativa no puede abarcar a las masas. El partido k.-d. también ha declarado en este asunto su inconsistencia. Evidentemente, alguien más debe encargarse de ello, y para eso hace falta, a mi juicio, un partido socialista abierto» (núm. 7, págs. 179-180).

Como ve el lector, no se puede negar integridad, armonía y acabamiento a las concepciones del señor Peshejónov. Poco ha quedado del programa oficial de los s-r. en este defensor de la monarquía, en este politicastro que justifica el knut sobre la base de que ese knut tiene una historia milenaria. Y si los señores s-r-es «auténticos»[70] han podido, durante todo el período de la Duma, ocultar hábilmente semejantes divergencias, si han podido incluso ingeniárselas para ocultarlas mediante el trabajo conjunto en unos mismos periódicos, esto nos muestra únicamente hasta dónde llega la hipocresía política.

¿En qué consiste la base económico-social, la base de clase del oportunismo eserista? En que los señores Peshejónov y Cía se adaptan a los intereses del mujik acomodado, falsifican el socialismo para amoldarlo a sus intereses.

Tomad la cuestión principal: la de la tierra. El señor Peshejónov repite dos veces y saborea la sentencia, que le ha gustado extraordinariamente, de los campesinos trudoviques: «nos han enviado a obtener la tierra, no a entregarla». En efecto, son palabras asombrosamente significativas. Pero estas palabras refutan por completo las ilusiones pequeñoburguesas del populismo y confirman todas las tesis de los marxistas. Estas palabras muestran de modo patente que ya están despertando los instintos propietarios del campesino medio. Y sólo los perfectos ignorantes en economía política y en la historia de Europa occidental pueden no saber que esos instintos se refuerzan y se desarrollan tanto más cuanto mayor es la libertad política y la soberanía popular.

¿Qué conclusión debía sacar de estas palabras del juicioso mujik acomodado, elegido por la «masa», aquel para quien el socialismo no es una frase vacía? Evidentemente, la conclusión de que una clase semejante de propietarios no puede ser portadora del socialismo; – que los socialistas pueden y deben apoyar a la clase de los pequeños propietarios en su lucha contra los terratenientes exclusivamente por el carácter democrático-burgués y los resultados democrático-burgueses de esta lucha; – que el socialista está obligado a no velar, sino a poner al desnudo la contradicción de intereses entre toda la masa trabajadora y estos propietarios que desean reforzar y consolidar su situación de dueños, y que serán hostiles a toda idea de «entregar» la tierra o cualquier otra cosa a la masa de los desposeídos, los mendigos, los desharrapados. «¡Queremos obtener la tierra, no entregarla!» ¿Puede haber una expresión más plástica de los instintos y las apetencias propietarias pequeñoburguesas?

El socialdemócrata saca de aquí la conclusión: debemos apoyar a estos pequeños propietarios en su lucha contra los terratenientes y la autocracia en aras del carácter revolucionario democrático-burgués de esa lucha. La situación de todo el pueblo mejorará con su victoria, pero mejorará en el sentido del mejoramiento y del desarrollo del régimen capitalista. Por eso, no debemos adular los instintos propietarios o de dueño de esta clase, sino, por el contrario, debemos empezar de inmediato la lucha contra esos instintos, explicando su significado al proletariado, previniendo al proletariado y organizándolo en un partido independiente. Nuestro programa agrario: ayudar a los pequeños propietarios a derribar por la vía revolucionaria a los señores feudales, indicarles las condiciones de realización de la nacionalización de la tierra, como el mejor régimen agrario posible bajo el capitalismo, y poner de relieve toda la diferencia de intereses entre el proletario y el pequeño propietario.

El socialismo del pequeño tendero llega a una conclusión distinta: hay que «contar con» la psicología de la «masa» (de la masa de los propietarios, no de la masa de los desposeídos), hay que postrarse servilmente ante el deseo del propietario de «obtener» del terrateniente, pero no de «entregar» al proletario, hay que, para complacer al propietario, relegar el socialismo a una brumosa «lontananza», hay que reconocer la aspiración del propietario a consolidar su situación de dueño; – en una palabra, hay que llamar «socialismo» al servilismo hacia el estrecho egoísmo de los pequeños propietarios y al lacayismo ante sus prejuicios.

Los sentimientos monárquicos son un prejuicio. ¿Acaso pensáis que la tarea de los socialistas es luchar contra los prejuicios? Os equivocáis: el «socialismo del trabajo» debe amoldarse a los prejuicios.

¿Acaso suponéis que la larga duración y la «firmeza» (??) del prejuicio monárquico suscitan la necesidad de una lucha particularmente implacable contra él? Os equivocáis: el «socialismo del trabajo» infiere de la larga duración del knut únicamente la necesidad de una actitud «extremadamente prudente» hacia el knut.

Cierto, el señor Peshejónov, que combate – supuestamente combate – a los kadetes, repite por completo precisamente el razonamiento kadete en favor de la monarquía. Pero, ¿qué importa? ¿Acaso no sabíais hasta ahora que el radical burgués combate al liberal burgués únicamente para ocupar su lugar, y no en absoluto para sustituir su programa por un programa esencialmente diferente? ¿Acaso habéis olvidado la historia de los trudoviques-socialistas franceses… digo, radicales-socialistas, que «combatían» a los kadetes franceses para, una vez llegados a ministros, actuar exactamente igual que los kadetes franceses? ¿Acaso no veis que el señor Peshejónov se diferencia del señor Struve en nada más que en lo que Bobchinski se diferenciaba de Dobchinski?

El señor Peshejónov barrunta, tal vez, que entre el deseo de «obtener la tierra, pero no entregarla» y la monarquía existe cierta ligazón material. Para «no entregar» hay que defender. Y la monarquía no es sino una guardia policíaca asalariada de los que quieren «no entregar», frente a los que son capaces de tomar[71]. Los kadetes necesitan la monarquía para la defensa de la gran burguesía. Los «socialistas del trabajo» necesitan la monarquía para la defensa de los mujiks acomodados.

Es comprensible por sí mismo que de semejante concepción del mundo de los «socialistas del trabajo» se desprende inevitablemente una actitud pedantesca y trivial hacia la insurrección («triste posibilidad»; compárense los artículos del señor Struve en el verano de 1905 en «Osvobozhdenie» [Liberación] sobre la «prédica insensata y criminal de la insurrección»). De ahí también el magnífico desprecio hacia la «organización conspirativa» y los suspiros, en agosto de 1906, por un «partido socialista abierto». En las condiciones históricas objetivas que hacen inevitable la insurrección, – que, pese a todos los prejuicios de la masa oscura, le imponen, en nombre de sus intereses vitales, la lucha precisamente contra la monarquía, – que convierten los suspiros de Manílov acerca de un «partido socialista abierto» en agua para el molino de los señores Ushakov, – en esas condiciones históricas objetivas, los señores Peshejónov no piensan. Los admiradores de Lavrov y Mijailovski deben contar con la psicología de la masa embrutecida, y no con las condiciones objetivas que transforman la psicología de la masa combatiente.

Resumamos. Sabemos ahora lo que significa ser un socialista popular del trabajo. Del trabajo significa: se arrastra ante los intereses de los propietarios que quieren «obtener, pero no entregar». Popular significa: se arrastra ante los prejuicios monárquicos del pueblo, ante el miedo chovinista a la separación de Rusia de ciertas nacionalidades. Socialista significa: declara el socialismo una perspectiva que se aleja en lontananza y sustituye el programa estrecho, doctrinario, gravoso para los politicastros, por una «plataforma» amplia, libre, flexible, móvil, ligera, ligeramente vestida, e incluso completamente desvestida. ¡Vivan los «socialistas populares del trabajo»!

Los señores Peshejónov son las primeras golondrinas de la reacción social que comienza en el campesinado ruso. Dios ha enviado a la tierra a los Peshejónov para explicar plásticamente la tesis marxista sobre la doble naturaleza de todo pequeño productor. En el campesino hay razón y prejuicio, hay capacidades revolucionarias del hombre explotado y apetencias reaccionarias del propietario que quiere «obtener, no entregar». Los señores Peshejónov son los expresadores ideológicos de los lados reaccionarios del campesino propietario. Los señores Peshejónov son los contempladores de la «retaguardia» del mujik ruso. Los señores Peshejónov realizan ideológicamente la misma labor que los señores Gurko y Stishinski realizan grosera y materialmente, sobornando a los burgueses campesinos con la venta de tierras del dominio imperial y tierras del Estado.

Pero esto es aún una gran cuestión: si se logrará con semejantes remiendos debilitar en una medida más o menos significativa la inevitable colisión de las masas con sus explotadores en la lucha aguda. Es todavía una gran cuestión si el prejuicio campesino tradicional, remozado por toda clase de oportunistas, logrará vencer a la razón de los campesinos pobres que despierta en el fuego de la revolución. Los socialdemócratas, en todo caso, cumplirán con su deber de desarrollar y depurar la autoconciencia revolucionaria del campesinado.

Y a los socialdemócratas del ala derecha, que los señores Peshejónov les sirvan de advertencia. Al criticar a los socialistas populares del trabajo, podríamos a veces decir a ciertos mencheviques socialdemócratas: mutato nomine de te fabula narratur (la fábula habla de ti, sólo se ha cambiado el nombre). También entre nosotros hay quienes suspiran por un partido abierto, dispuestos a sustituir el programa por una plataforma, a rebajarse hasta la masa. Tenemos a Plejánov, que dio la famosa apreciación de la insurrección de diciembre: «No hay que haber empuñado las armas». Tenemos al colaborador de «Otkliki Sovreménnosti»{162} [Ecos de la actualidad], Malishevski, que intentaba (cierto, no en «Otkliki Sovreménnosti») eliminar del programa la república. A esta gente no le es nada inútil mirar con atención toda la «belleza natural» de los señores Peshejónov.

«Proletari» núm. 4, 19 de septiembre de 1906.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».