Rusia concluye la guerra con China: se ha movilizado toda una serie de distritos militares, se han gastado cientos de millones de rublos, decenas de miles de soldados han sido enviados a China, se ha librado una serie de batallas, se ha obtenido una serie de victorias... victorias, en verdad, no tanto sobre las tropas regulares del enemigo como sobre los insurrectos chinos y, aún más, sobre chinos desarmados, a los que se ha ahogado y masacrado, sin detenerse ante el asesinato de niños y mujeres, sin hablar ya del saqueo de palacios, casas y tiendas. Y el gobierno ruso, junto con los periódicos que le hacen de lacayos, celebra la victoria, se regocija por las nuevas hazañas del valeroso ejército, se regocija por la derrota de la barbarie china por la cultura europea, por los nuevos éxitos de la «misión civilizadora» rusa en el Lejano Oriente.

Solo no se oye en todo este regocijo la voz de los obreros conscientes, esos representantes avanzados del pueblo trabajador de muchos millones. Y es precisamente el pueblo trabajador quien carga con todo el peso de las nuevas campañas victoriosas: a él se le arrebatan trabajadores para enviarlos al otro extremo del mundo, de él se recaudan impuestos especialmente elevados para los gastos millonarios. Intentemos, pues, analizar la cuestión: ¿cómo deben los socialistas plantearse esta guerra?, ¿en interés de quién se libra?, ¿cuál es el verdadero significado de la política que sigue el gobierno ruso?

Nuestro gobierno asegura, ante todo, que ni siquiera está en guerra con China: sólo reprime un levantamiento, pacifica a los rebeldes y ayuda al legítimo gobierno chino a restaurar el orden legal. La guerra no ha sido declarada, pero la esencia del asunto no cambia en absoluto, pues la guerra se libra de todos modos. ¿Qué fue lo que provocó el ataque de los chinos contra los europeos, esa insurrección que ingleses, franceses, alemanes, rusos, japoneses y otros pacifican con tanto celo? «La hostilidad de la raza amarilla hacia la raza blanca», «el odio de los chinos hacia la cultura y la civilización europeas», aseguran los partidarios de la guerra. Sí, los chinos odian realmente a los europeos, pero ¿a qué europeos odian y por qué? Los chinos no odian a los pueblos europeos —con ellos no han tenido conflictos—, sino a los capitalistas europeos y a los gobiernos europeos dóciles a los capitalistas. ¿Podían los chinos no haber llegado a odiar a quienes iban a China solo por su afán de lucro, quienes utilizaban su cacareada civilización únicamente para el engaño, el saqueo y la violencia, que libraron guerras con China para obtener el derecho a comerciar con el opio que embrutecía al pueblo (la guerra de Inglaterra y Francia contra China en 1856), que encubrían hipócritamente la política de saqueo con la difusión del cristianismo? Esta política de saqueo ha sido practicada durante mucho tiempo por los gobiernos burgueses de Europa respecto a China, y ahora se ha sumado a ella el gobierno autocrático ruso. Esta política de saqueo se ha dado en llamar política colonial. Todo país con una industria capitalista en rápido desarrollo llega muy pronto a buscar colonias, es decir, países donde la industria está poco desarrollada, que se distinguen por un modo de vida más o menos patriarcal, a donde se pueden vender los productos industriales y obtener con ello buenos beneficios. Y por el afán de lucro de un puñado de capitalistas, los gobiernos burgueses han librado guerras interminables, han diezmado regimientos de soldados en insalubres países tropicales, han despilfarrado millones de dinero recaudado del pueblo y han llevado a la población a insurrecciones desesperadas y a la muerte por hambre. Recuérdense los levantamientos de los indígenas indios contra Inglaterra{110} y el hambre en la India, o la actual guerra de los ingleses contra los bóers{111}.

Y he aquí que las codiciosas garras de los capitalistas europeos se han extendido hacia China. Casi antes que nadie se extendió también el gobierno ruso, que ahora tanto se desvive por su «desinterés». «Desinteresadamente» tomó de China Port Arthur y comenzó a construir un ferrocarril en Manchuria bajo la protección de las tropas rusas. Uno tras otro, los gobiernos europeos se pusieron a saquear, es decir, a «arrendar» tierras chinas con tanto celo que no en vano se alzaron rumores sobre el reparto de China. Y si llamamos a las cosas por su verdadero nombre, hay que decir que los gobiernos europeos (y el ruso difícilmente no sea el primero entre ellos) ya han comenzado el reparto de China. Pero comenzaron el reparto no abiertamente, sino a escondidas, como ladrones. Se pusieron a despojar a China, como se despoja a un cadáver, y cuando este supuesto cadáver intentó ofrecer resistencia, se lanzaron sobre él como fieras salvajes, incendiando aldeas enteras, ahogando en el Amur, fusilando y ensartando con bayonetas a los habitantes desarmados, a sus mujeres e hijos. Y todas estas hazañas cristianas se acompañan de gritos contra los chinos salvajes, que osan alzar la mano contra los europeos civilizados. La ocupación de Niuchuang y la introducción de tropas rusas en los límites de Manchuria son medidas temporales, declara el gobierno autocrático ruso en su nota circular a las potencias del 12 de agosto de 1900; estas medidas «son suscitadas exclusivamente por la necesidad de repeler las acciones agresivas de los rebeldes chinos»; «de ninguna manera pueden atestiguar designios egoístas algunos, completamente ajenos a la política del gobierno imperial».

¡Pobre gobierno imperial! ¡Es tan cristianamente desinteresado, y tan injustamente lo ofenden! Desinteresadamente se apoderó hace unos años de Port Arthur, y ahora desinteresadamente ocupa Manchuria; desinteresadamente ha inundado las regiones de China fronterizas con Rusia de una horda de contratistas, ingenieros y oficiales, cuyo trato llevó a la indignación incluso a chinos conocidos por su docilidad. En la construcción del ferrocarril chino se pagaba a los obreros chinos 10 kópeks al día para su manutención; ¿acaso no es esto desinterés por parte de Rusia?

Pero, ¿cómo explicar que nuestro gobierno siga esta política descabellada en China? ¿A quién beneficia esta política? Beneficia a un puñado de magnates capitalistas que tienen negocios comerciales con China, a un puñado de fabricantes que producen mercancías para el mercado asiático, a un puñado de contratistas que se enriquecen ahora vertiginosamente con los pedidos militares urgentes (ciertas fábricas que producen armamento, municiones para las tropas, etc., trabajan ahora a toda marcha y contratan a cientos de nuevos jornaleros). Tal política beneficia a un puñado de nobles que ocupan altos cargos en el servicio civil y militar. Necesitan una política de aventuras, porque en ella se puede medrar, hacer carrera y cubrirse de gloria con «hazañas». A los intereses de esta camarilla de capitalistas y arribistas burócratas nuestro gobierno, sin vacilar, sacrifica los intereses de todo el pueblo. El gobierno autocrático zarista también en este caso, como siempre, resulta ser un gobierno de funcionarios irresponsables, serviles ante los magnates capitalistas y los nobles.

¿Qué beneficio reportan al proletariado ruso y a todo el pueblo trabajador las conquistas en China? Miles de familias arruinadas, a las que se ha quitado a sus trabajadores para la guerra, un crecimiento enorme de las deudas y los gastos estatales, el aumento de los impuestos, el fortalecimiento del poder de los capitalistas —explotadores de los obreros—, el empeoramiento de la situación de los obreros, una extinción aún mayor de el campesinado, el hambre en Siberia: esto es lo que promete traer y ya trae consigo la guerra con China. Toda la prensa rusa, todos los periódicos y revistas están en la esclavitud, no se atreven a publicar nada sin permiso de los funcionarios del gobierno, y por eso no tenemos noticias exactas de lo que le cuesta al pueblo la guerra con China, pero es indudable que exige gastos de muchos cientos de millones de rublos. Hay informes de que el gobierno entregó de inmediato 150 millones de rublos para la guerra por un decreto no publicado, y luego los gastos corrientes de la guerra consumen un millón de rublos cada tres o cuatro días. ¡Y este dinero loco lo despilfarra el gobierno que ha recortado infinitamente los subsidios a los campesinos hambrientos, regateando por cada kopek, que no encuentra dinero para la instrucción pública, que, como cualquier kulak, chupa los jugos de los obreros en las fábricas estatales y de los pequeños empleados en las instituciones postales, etc.!

El ministro de Finanzas, Witte, declaró que para el 1 de enero de 1900 el tesoro disponía de un efectivo libre de 250 millones de rublos; ahora ese dinero ya no existe, se ha ido en la guerra, el gobierno busca empréstitos, aumenta los impuestos, renuncia a gastos necesarios por falta de dinero y suspende la construcción de ferrocarriles. El gobierno zarista se ve amenazado por la bancarrota, y se lanza a una política de conquistas, una política que no sólo exige enormes recursos financieros, sino que también amenaza con arrastrarlo a guerras aún más peligrosas. Las potencias europeas que se han abalanzado sobre China ya empiezan a disputarse el botín, y nadie es capaz de decir cómo terminarán estas disputas.

Pero la política del gobierno zarista en China no es solo un escarnio de los intereses del pueblo: aspira a corromper la conciencia política de las masas populares. Los gobiernos que se mantienen únicamente por la fuerza de las bayonetas, que tienen que refrenar o reprimir constantemente la indignación popular, hace tiempo que han reconocido la verdad de que el descontento popular no se elimina de ninguna manera; hay que intentar desviar ese descontento del gobierno hacia algún otro. Se enciende, por ejemplo, la hostilidad hacia los judíos: los periódicos sensacionalistas los acosan, como si el obrero judío no sufriera exactamente igual que el ruso bajo el yugo del capital y del gobierno policiaco. Actualmente se ha lanzado en la prensa una campaña contra los chinos; se grita sobre la salvaje raza amarilla, sobre su hostilidad a la civilización, sobre las tareas civilizadoras de Rusia, sobre el entusiasmo con que marchan al combate los soldados rusos, etc., etc. Los periodistas rastreros ante el gobierno y ante el saco de dinero se desviven por encender el odio en el pueblo hacia China. Pero el pueblo chino nunca y en nada ha oprimido al pueblo ruso: el propio pueblo chino sufre los mismos males que agobian al ruso: un gobierno asiático que arranca impuestos a los campesinos hambrientos y reprime por la fuerza militar todo anhelo de libertad, y el yugo del capital, que ha penetrado también en el Reino del Centro.

El proletariado ruso comienza a sacudirse el embrutecimiento y la ignorancia políticos en que se encuentra la masa del pueblo. Por eso, todos los obreros conscientes tienen el deber de alzarse con todas sus fuerzas contra quienes encienden el odio nacional y desvían la atención del pueblo trabajador de sus verdaderos enemigos. La política del gobierno zarista en China es una política criminal que arruina aún más al pueblo, que lo corrompe y oprime aún más. El gobierno zarista no solo mantiene a nuestro pueblo en la esclavitud, sino que lo envía a pacificar a otros pueblos que se sublevan contra su esclavitud (como sucedió en 1849, cuando las tropas rusas aplastaron la revolución en Hungría). No solo ayuda a los capitalistas rusos a explotar a sus obreros y ata las manos a los obreros para que no se atrevan a unirse y defenderse, sino que envía a los soldados a saquear a otros pueblos en interés de un puñado de ricos y de la nobleza. Para librarse del nuevo yugo que la guerra impone al pueblo trabajador, solo hay un medio: la convocatoria de representantes del pueblo que pongan fin a la autocracia del gobierno y lo obliguen a tener en cuenta los intereses no sólo de la camarilla cortesana.

Escrito en septiembre-octubre de 1900.

Publicado en diciembre de 1900 en el periódico «Iskra» núm. 1

Se publica según el texto del periódico.