En el capítulo noveno de su libro («Las crecientes dificultades de la agricultura comercial»), Kautsky pasa a analizar las contradicciones inherentes a la agricultura capitalista. De las objeciones que el señor Bulgákov formula contra este capítulo y que examinaremos más adelante, se desprende que el crítico no ha comprendido del todo correctamente el significado general de estas «dificultades». Existen «dificultades» que, constituyendo un «obstáculo» al pleno desarrollo de una agricultura racional, al mismo tiempo dan un impulso al desarrollo de la agricultura capitalista. Por ejemplo, entre las «dificultades», Kautsky señala la despoblación del campo. Es indudable que la emigración de los mejores y más inteligentes trabajadores del campo es un «obstáculo» al pleno desarrollo de una agricultura racional, pero es igualmente indudable que los agricultores luchan contra este obstáculo desarrollando la técnica, por ejemplo, introduciendo máquinas.

Kautsky examina las siguientes «dificultades»: a) la renta de la tierra, b) el derecho de herencia, c) las limitaciones del derecho de herencia, los mayorazgos (fideicomisos, Anerbenrecht){33}, d) la explotación del campo por la ciudad, e) la despoblación del campo.

La renta de la tierra es aquella parte de la plusvalía que queda después de deducir la ganancia media del capital invertido en la explotación. El monopolio de la propiedad territorial permite al terrateniente apropiarse de este excedente, con lo que el precio de la tierra (= renta capitalizada) fija la altura de la renta una vez alcanzada. Es comprensible que la renta «dificulte» la plena racionalización de la agricultura: en el sistema de arrendamiento se debilita el impulso hacia el perfeccionamiento, etc.; en el sistema hipotecario, una gran parte del capital debe invertirse no en la producción, sino en la compra de la tierra. El señor Bulgákov, en su objeción, señala, en primer lugar, que en el crecimiento del endeudamiento hipotecario no hay «nada terrible». Olvida tan sólo que Kautsky no «en otro sentido», sino precisamente en este sentido, ya había indicado la necesidad del crecimiento de las hipotecas incluso en períodos de prosperidad de la agricultura (véase más arriba, artículo primero, II). Pero en este momento, Kautsky no plantea en absoluto la cuestión de si es «terrible» o no el crecimiento de las hipotecas, sino qué dificultades impiden al capitalismo cumplir plenamente su misión. En segundo lugar, «difícilmente es correcto —según la opinión del señor Bulgákov— considerar el crecimiento de la renta sólo como un obstáculo... El crecimiento de la renta, la posibilidad de su aumento, es un estímulo independiente para la agricultura, que la incita al progreso técnico y de todo tipo» (proceso —visiblemente errata—). El estímulo del progreso de la agricultura capitalista es el crecimiento de la población, el crecimiento de la competencia, el crecimiento de la industria; la renta, en cambio, es un tributo que la propiedad territorial percibe del desarrollo social, del crecimiento de la técnica. Por eso, declarar el crecimiento de la renta «estímulo independiente» del progreso es incorrecto. Teóricamente, es plenamente posible la combinación de la producción capitalista con la ausencia de propiedad privada sobre la tierra, con la nacionalización de la tierra (Kautsky, pág. 207), en cuyo caso no habría en absoluto renta absoluta y la renta diferencial correspondería al Estado. El estímulo al progreso agronómico no se debilitaría con ello, sino que, por el contrario, se reforzaría en proporciones gigantescas.

«Nada puede ser más erróneo —dice Kautsky— que pensar que conviene a los intereses de la agricultura inflar (in die Höhe treiben) los precios de las fincas o mantenerlos artificialmente a un nivel elevado. Esto conviene a los intereses de los actuales (augenblicklichen) terratenientes, a los intereses de los bancos hipotecarios y de los especuladores de fincas, pero de ningún modo a los intereses de la agricultura, y mucho menos a los intereses de su futuro, a los intereses de la futura generación de agricultores» (199). Y el precio de la tierra es renta capitalizada.

La segunda dificultad de la agricultura comercial consiste en que ella exige necesariamente la propiedad privada sobre la tierra, y esto conduce a que, al transmitirse por herencia, la tierra o bien se fragmenta (y este parcelamiento de la tierra conduce en algunos lugares incluso a un retroceso técnico), o bien se carga con hipotecas (cuando el heredero que recibe la tierra paga a los demás coherederos un capital en dinero, tomándolo a préstamo con hipoteca de la tierra). El señor Bulgákov reprocha a Kautsky que supuestamente «pasa por alto en su exposición el aspecto positivo» de la movilización de la tierra. Este reproche es absolutamente infundado, pues Kautsky, tanto en la parte histórica de su libro (en particular en el capítulo III de la sección primera, que trata de la agricultura feudal y de las causas de su sustitución por la capitalista), como en la parte aplicada[92], ha mostrado claramente al lector el aspecto positivo y la necesidad histórica de la propiedad privada sobre la tierra, del sometimiento de la agricultura a la competencia y, en consecuencia, de la movilización de la tierra. En cuanto al otro reproche del señor Bulgákov a Kautsky, a saber, que este último no examina el problema que «consiste en el diferente grado de crecimiento de la población en distintos lugares», nos resulta completamente incomprensible ese reproche. ¿Acaso esperaba el señor Bulgákov encontrar en el libro de Kautsky estudios de poblacionística?

Sin detenernos en la cuestión de los mayorazgos, que no presenta nada nuevo (después de lo expuesto más arriba), pasamos a la cuestión de la explotación del campo por la ciudad. La afirmación del señor Bulgákov de que en Kautsky «a los aspectos negativos no se contraponen los positivos y, ante todo, la importancia de la ciudad como mercado para la agricultura», contradice directamente la realidad. La importancia de la ciudad como mercado para la agricultura está indicada con toda precisión por Kautsky en la primera página misma del capítulo que examina «la agricultura moderna» (pág. 30 y ss.[93]). Precisamente a la «industria urbana» (pág. 292) atribuye Kautsky el papel fundamental en la transformación de la agricultura, en su racionalización, etc.[94]

Por eso, nos negamos por completo a comprender cómo pudo el señor Bulgákov repetir en su artículo (pág. 32 del núm. 3 de «Náchalo») esas mismas ideas ¡como si fueran contra Kautsky! Es éste un ejemplo especialmente ilustrativo de cuán incorrectamente expone el libro criticado el severo crítico. «No hay que olvidar —alecciona el señor Bulgákov a Kautsky— que “una parte del valor” (que fluye a las ciudades) “retorna al campo”». Cualquiera pensaría que Kautsky olvida esta verdad elemental. En realidad, Kautsky distingue el flujo de valores (del campo a las ciudades) sin equivalente y con equivalente, y lo distingue mucho más claramente de lo que intenta hacerlo el señor Bulgákov. Primero, Kautsky examina «el flujo de valores mercantiles sin equivalente (Gegenleistung) del campo a las ciudades» (pág. 210) (renta consumida en las ciudades, impuestos, intereses de préstamos en bancos urbanos) y ve en ello, con toda razón, la explotación económica del campo por la ciudad. Luego, Kautsky plantea la cuestión del flujo de valores con equivalente, es decir, del intercambio de productos agrícolas por productos industriales. «Desde el punto de vista de la ley del valor —dice Kautsky—, este flujo no significa explotación de la agricultura[95], pero de hecho conduce, junto con los factores antes mencionados, a la explotación agronómica (stofflichen) de la misma, al empobrecimiento de la tierra en sustancias nutritivas» (pág. 211).

En cuanto a esta explotación agronómica del campo por la ciudad, Kautsky comparte también en este aspecto una de las tesis fundamentales de la teoría de Marx y Engels, a saber, que la oposición entre la ciudad y el campo destruye la necesaria correspondencia e interdependencia entre la agricultura y la industria, y por eso, con la transformación del capitalismo en una forma superior, esa oposición debe desaparecer[96]. El señor Bulgákov encuentra que la opinión de Kautsky sobre la explotación agronómica del campo por la ciudad es «extraña», que «en todo caso, Kautsky ha pisado aquí el terreno de la perfecta fantasía» (¡¡sic!!). Nos sorprende el hecho de que el señor Bulgákov ignore en este punto la identidad de las opiniones de Kautsky que critica con una de las ideas fundamentales de Marx y Engels. El lector tiene derecho a pensar que el señor Bulgákov considera «perfecta fantasía» la idea de la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo. Si tal es efectivamente la opinión del crítico, entonces estamos en resuelto desacuerdo con él y nos ponemos del lado de la «fantasía» (es decir, en realidad no fantasía, sino una crítica más profunda del capitalismo). La opinión de que la idea de la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo es una fantasía no es nada nueva. Es la opinión habitual de los economistas burgueses. También algunos escritores con concepciones más profundas adoptaron esta opinión. Por ejemplo, Dühring consideraba que el antagonismo entre la ciudad y el campo es «inevitable por la naturaleza misma de la cosa».

Además, el señor Bulgákov está «¡asombrado!» de que Kautsky señale las cada vez más frecuentes epidemias de plantas y animales como una de las dificultades de la agricultura comercial y del capitalismo. «¿Qué tiene que ver aquí el capitalismo...? —pregunta el señor Bulgákov—. ¿Acaso la necesidad de perfeccionar las razas del ganado podría ser abolida por alguna organización social superior?» Por nuestra parte, estamos asombrados de cómo pudo el señor Bulgákov no comprender una idea completamente clara de Kautsky. Las viejas razas de plantas y animales, creadas por la selección natural, son sustituidas por razas «mejoradas» creadas por la selección artificial. Las plantas y los animales se vuelven más delicados, más exigentes; las epidemias, con las modernas vías de comunicación, se propagan con asombrosa rapidez, mientras que la gestión económica sigue siendo individual, fragmentada, con frecuencia pequeña (campesina) y carente de conocimientos y medios. Para el desarrollo de la técnica agrícola, el capitalismo urbano se esfuerza por dar todos los medios de la ciencia moderna, pero mantiene la situación social de los productores en un estado tan miserable como antes; no traslada la cultura urbana de manera sistemática y planificada al campo. La necesidad de perfeccionar las razas del ganado no la abolirá ninguna organización social superior (Kautsky, por supuesto, ni pensó en decir semejante absurdo), pero la organización social capitalista moderna sufre tanto más por la ausencia de control social y por el estado de humillación de los campesinos y obreros, cuanto más se desarrolla la técnica, cuanto más delicadas se vuelven las razas del ganado y las plantas[97].

Kautsky ve la última «dificultad» de la agricultura comercial en la «despoblación del campo», en la absorción por las ciudades de las mejores fuerzas de trabajo, las más enérgicas y las más inteligentes. El señor Bulgákov encuentra que, en su forma general, esta tesis «en todo caso no es correcta», que «el actual desarrollo de la población urbana a expensas de la rural no expresa en absoluto una ley del desarrollo de la agricultura capitalista», sino el traslado de la población agrícola de los países industriales exportadores al otro lado del océano, a las colonias. Creo que el señor Bulgákov se equivoca. El crecimiento de la población urbana (en general: industrial) a expensas de la rural no es sólo un fenómeno actual, sino un fenómeno universal, que expresa precisamente la ley del capitalismo. La fundamentación teórica de esta ley consiste, como ya señalé en otro lugar[98], en primer lugar, en que el crecimiento de la división social del trabajo separa de la agricultura primitiva cada vez más ramas de la industria[99]; en segundo lugar, en que el capital variable requerido para la explotación de una determinada extensión de tierra, en general y en conjunto, disminuye (cf. «Das Kapital», III, 2, pág. 177. Traducción rusa, pág. 526.{34} Citado por mí en «El desarrollo del capitalismo», págs. 4 y 444[100]). Más arriba ya observamos que en casos particulares y en períodos particulares se observa un aumento del capital variable requerido para la explotación de una determinada extensión de tierra, pero esto no hace vacilar la justeza de la ley general. Que la disminución relativa de la población agrícola no se convierta en disminución absoluta en todos los casos particulares, que la magnitud de esta disminución absoluta dependa también del crecimiento de las colonias capitalistas, es algo que, por supuesto, Kautsky no habría pensado negar. En los lugares correspondientes de su libro, Kautsky indicó con toda claridad ese crecimiento de las colonias capitalistas que inundan Europa de trigo barato. («Esa misma huida de la población rural (Landflucht) que conduce a la despoblación de las aldeas europeas, lleva constantemente no sólo a las ciudades, sino también a las colonias, nuevas multitudes de fuertes habitantes rurales...» Pág. 242.) La sustracción por la industria a la agricultura de los obreros más fuertes, enérgicos e inteligentes es un fenómeno universal no sólo de los países industriales, sino también de los agrícolas, no sólo de Europa Occidental, sino también de América y de Rusia. La contradicción entre la cultura de las ciudades y la barbarie del campo, engendrada por el capitalismo, conduce inevitablemente a ello. El señor Bulgákov encuentra «evidente» la «consideración» de que «la disminución de la población agrícola con un crecimiento general de la población es impensable sin una fuerte importación de trigo». A mi juicio, esta consideración no sólo no es evidente, sino que es directamente falsa. Es plenamente pensable una disminución de la población agrícola con un crecimiento general de la población (crecen las ciudades) y sin importación de trigo (aumenta la productividad del trabajo agrícola, lo que permite a un número menor de obreros producir la misma o incluso mayor cantidad de producto). Es pensable también un aumento general de la población con disminución de la población agrícola y con disminución (o aumento no proporcional) de la cantidad de productos agrícolas, «pensable» a consecuencia del empeoramiento de la alimentación popular por el capitalismo.

El señor Bulgákov afirma que el hecho del crecimiento de las explotaciones campesinas medias en Alemania de 1882 a 1895 —hecho que Kautsky constata y pone en relación con que estas explotaciones son las que menos sufren por la falta de obreros— «es capaz de hacer tambalear toda la construcción» de Kautsky. Examinemos más de cerca las afirmaciones de Kautsky.

Según los datos de la estadística agrícola, lo que más creció de 1882 a 1895 fue la superficie de las explotaciones de 5 a 20 hectáreas. En 1882, esta superficie ocupaba el 28,8 % de toda la superficie; en 1895, el 29,9 %. Este aumento de las explotaciones campesinas medias estuvo acompañado de una disminución de la superficie de las explotaciones campesinas grandes (20–100 hect.; 1882: 31,1 %, 1895: 30,3 %). «Estas cifras —dice Kautsky— alegran los corazones de todos los buenos ciudadanos que ven en el campesinado el apoyo más firme del orden existente. Así pues, no se mueve, esta agricultura —exclaman entusiasmados—, no le es aplicable el dogma de Marx». El crecimiento de las explotaciones campesinas medias se interpreta como el comienzo de una nueva prosperidad del campesinado.

«Pero las raíces de esta prosperidad están en el pantano», responde Kautsky a estos buenos ciudadanos. «La prosperidad no proviene del bienestar del campesinado, sino de la opresión de toda la agricultura» (230). Kautsky acababa de decir poco antes que, «a pesar de todo el progreso técnico, en algunos lugares (cursiva de Kautsky) ha sobrevenido —de ello no se puede dudar— una decadencia de la agricultura» (228). Esta decadencia conduce, por ejemplo, al renacimiento del feudalismo, a intentos de atar a los obreros a la tierra e imponerles ciertas prestaciones. ¿Qué tiene de sorprendente que sobre el terreno de esta «opresión» revivan formas atrasadas de explotación? ¿Que el campesinado, que se distingue en general de los obreros de la gran producción por un nivel más bajo de necesidades, por una mayor capacidad para pasar hambre y matarse trabajando, se mantenga más tiempo durante la crisis?[101] «La crisis agraria se extiende a todas las clases de la agricultura que producen mercancías; no se detiene ante los campesinos medios» (pág. 231).

Parecería que todas estas tesis de Kautsky son tan claras que no se puede no entenderlas. Y sin embargo, el crítico, evidentemente, no las ha entendido. El señor Bulgákov no comunica su opinión: si explica de tal o cual manera este crecimiento de las explotaciones campesinas medias, pero atribuye a Kautsky la opinión de que «el desarrollo del modo de producción capitalista conduce a la ruina de la agricultura». Y el señor Bulgákov estalla: «La afirmación de Kautsky sobre la destrucción de la agricultura es falsa, arbitraria, no demostrada, contradice los hechos más fundamentales de la realidad», etc., etc.

Observaremos a esto que el señor Bulgákov transmite de manera completamente falsa las ideas de Kautsky. Kautsky no afirma en modo alguno que el desarrollo del capitalismo conduzca a la ruina de la agricultura, sino que afirma lo contrario. Deducir de las palabras de Kautsky sobre la opresión (= crisis) de la agricultura, sobre el retroceso técnico que sobreviene en algunos lugares (nota bene[102]), que Kautsky habla de «destrucción», de «ruina» de la agricultura, sólo es posible con una actitud sumamente desatenta hacia la obra de Kautsky. En el capítulo X, dedicado especialmente a la cuestión de la competencia de ultramar (es decir, a la condición fundamental de la crisis agraria), Kautsky dice: «La crisis venidera, naturalmente (natürlich), no tiene por qué obligatoriamente (braucht nicht) destruir la industria por ella afectada. Sólo lo hace en los casos más raros. Por regla general, la crisis sólo conduce a la transformación de las relaciones de propiedad existentes en el sentido del capitalismo» (273–274). Esta observación, hecha a propósito de la crisis de las producciones técnicas agrícolas, muestra claramente la opinión general de Kautsky sobre el significado de la crisis. En el mismo capítulo, Kautsky repite esta opinión también con respecto a toda la agricultura: «Lo expuesto más arriba no da en absoluto derecho a hablar de la ruina de la agricultura (Man braucht deswegen noch lange nicht von einem Untergang der Landwirtschaft zu sprechen). Pero su carácter conservador ha desaparecido sin retorno allí donde el modo moderno de producción se ha asentado con pie firme. Perseverar en la vieja rutina (Das Verharren beim Alten) amenaza al agricultor con la ruina segura; debe seguir incesantemente el desarrollo de la técnica, debe adaptar incesantemente su producción a las nuevas condiciones... También en el campo, la vida económica, que hasta ahora se movía con monótona severidad por un carril eternamente inmutable, ha caído en un estado de constante revolucionamiento, estado característico del modo capitalista de producción» (289).

El señor Bulgákov «no comprende» cómo se concilian las tendencias al desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura y las tendencias al aumento de las dificultades de la agricultura comercial. ¿Qué hay aquí de incomprensible? El capitalismo, tanto en la agricultura como en la industria, da un impulso gigantesco al desarrollo de las fuerzas productivas, pero precisamente este desarrollo, cuanto más avanza, tanto más agudiza las contradicciones del capitalismo, le plantea nuevas «dificultades». Kautsky desarrolla una de las ideas fundamentales de Marx, quien subrayó categóricamente el papel histórico progresivo del capitalismo agrario (racionalización de la agricultura, separación de la tierra del agricultor, liberación de la población rural de las relaciones de dominación y servidumbre, etc.), señalando al mismo tiempo, no menos categóricamente, el empobrecimiento y la opresión de los productores directos, la incompatibilidad del capitalismo con las exigencias de una agricultura racional. Es en sumo grado extraño que el señor Bulgákov, quien reconoce que su «concepción filosófico-social general es la misma que la de Kautsky»[103], no advierta que Kautsky desarrolla aquí la idea fundamental de Marx. Los lectores de «Náchalo» inevitablemente deben quedar perplejos respecto a cómo se relaciona el señor Bulgákov con estas ideas fundamentales, cómo puede, siendo idéntica la concepción general del mundo, decir: «De principiis non est disputandum»[104]? Nos permitimos no creer esta declaración del señor Bulgákov; consideramos que la polémica entre él y otros marxistas es posible precisamente a causa de la comunidad de estos «principia». Al decir que el capitalismo racionaliza la agricultura, que la técnica para la agricultura la proporciona la industria, etc., el señor Bulgákov no hace más que repetir uno de tales «principia». En vano añade aquí «todo lo contrario». Los lectores pueden pensar que Kautsky sostiene una opinión diferente, cuando Kautsky desarrolla en su libro, con plena decisión y precisión, precisamente estas ideas fundamentales de Marx. «Precisamente la industria —dice Kautsky— creó las condiciones técnicas y científicas de la nueva agricultura racional, precisamente ella revolucionizó la agricultura por medio de las máquinas y los fertilizantes artificiales, por medio del microscopio y del laboratorio químico, engendrando así la superioridad técnica de la gran producción capitalista sobre la pequeña producción campesina» (pág. 292). De este modo, Kautsky no incurre en esa contradicción que encontramos en el señor Bulgákov: por un lado, el señor Bulgákov reconoce que «el capitalismo» (es decir, ¿la producción por medio de trabajo asalariado, es decir, no la producción campesina, sino la gran producción?) «racionaliza la agricultura» y, por otro lado, «¡el portador de este progreso técnico no es aquí en absoluto la gran producción!»

II

El capítulo décimo del libro de Kautsky está dedicado al problema de la competencia de ultramar y a la industrialización de la agricultura. El señor Bulgákov se expresa con extremado desdén sobre este capítulo: «Nada particularmente nuevo ni original, hechos fundamentales más o menos conocidos», etc., dejando en la sombra la cuestión fundamental de la comprensión de la crisis agraria, de su esencia y significado. Y sin embargo, este problema tiene una importancia teórica gigantesca.

De la comprensión general de la evolución agrícola que dio Marx y que Kautsky desarrolló en detalle, se desprende inevitablemente también la comprensión de la crisis agraria. Kautsky ve la esencia de la crisis agraria en que la agricultura de Europa ha perdido, a consecuencia de la competencia de los países que producen trigo a precios sumamente baratos, la posibilidad de cargar sobre la masa de los consumidores los gravámenes que la propiedad privada sobre la tierra y la producción mercantil capitalista imponen a la agricultura. De ahora en adelante, la agricultura de Europa «debe soportarlos ella misma (esos gravámenes), y en esto consiste la crisis agraria contemporánea» (pág. 239, cursiva de Kautsky). El principal de estos gravámenes es la renta de la tierra. En Europa, ella ha sido elevada por el desarrollo histórico precedente hasta límites enormes (tanto la renta diferencial como la absoluta) y está fijada en los precios de la tierra[105]. En las colonias (América, Argentina, etc.), en tanto siguen siendo colonias, vemos, por el contrario, tierras libres, ocupadas por nuevos colonos ya sea completamente gratis, ya por un precio insignificante, y además tierras cuya fertilidad virgen reduce los costos de producción al minimum[106]. Es completamente natural que hasta ahora la agricultura capitalista de Europa haya cargado sobre los consumidores la renta desmesuradamente inflada (en forma de altos precios del trigo), mientras que ahora el peso de esta renta recae sobre los propios agricultores y terratenientes, arruinándolos[107]. De este modo, la crisis agraria ha quebrantado y sigue quebrantando el bienestar anterior de la propiedad territorial capitalista y de la agricultura capitalista. La propiedad territorial capitalista hasta ahora percibía un tributo cada vez mayor del desarrollo social y fijaba la altura de este tributo en los precios de la tierra. Ahora tiene que ceder en este tributo[108]. La agricultura capitalista está ahora lanzada a ese mismo estado de inestabilidad que es propio de la industria capitalista, y se ve obligada a adaptarse a las nuevas condiciones del mercado. La crisis agraria, como toda crisis, arruina a masas de propietarios, produce una gran conmoción en las relaciones de propiedad establecidas, conduce en algunos lugares a un retroceso técnico, a la revitalización de relaciones y formas de explotación medievales, pero, en general y en conjunto, acelera la evolución social, desaloja el estancamiento patriarcal de sus últimos refugios, obliga a una mayor especialización de la agricultura (uno de los factores fundamentales del progreso agrícola en la sociedad capitalista), a una mayor aplicación de máquinas, etc. En general y en conjunto —así lo ha mostrado Kautsky en el capítulo IV de su libro con datos sobre varios países—, incluso en Europa Occidental no vemos un estancamiento de la agricultura en los años 1880–1890, sino un progreso técnico. Decimos incluso en Europa Occidental, porque en América, por ejemplo, este progreso es aún más claro.

En una palabra, no hay fundamento para ver en la crisis agraria un fenómeno que frene al capitalismo y al desarrollo capitalista.