...En la introducción, Kautsky expresa varias ideas sumamente valiosas y atinadas sobre el tema de qué condiciones debe satisfacer una crítica seria y concienzuda, si quienes la emprenden no quieren encerrarse en los estrechos marcos de un pedantismo sin alma y del escolasticismo, si no quieren perder de vista la estrecha e indisoluble conexión de la «razón teórica» con la «razón práctica», y además con la razón práctica no de individuos aislados, sino de masas de la población situadas en condiciones particulares. Por supuesto, la verdad está por encima de todo —dice K[autsky]—, y si B[ernstein] ha llegado al sincero convencimiento de la falsedad de sus anteriores puntos de vista, entonces es su deber directo expresar su convicción con total claridad. Pero el problema es, precisamente, que

a Bernstein le falta justamente franqueza y claridad: su folleto es sorprendentemente «enciclopédico» (como ya observó Antonio Labriola en una revista francesa *), aborda una multitud de problemas, un abismo de cuestiones, pero no ofrece en ninguna de estas cuestiones una exposición íntegra y nítida de los nuevos puntos de vista del crítico. El crítico se limita a exponer sus dudas, lanzando cuestiones difíciles y complejas apenas esbozadas por él, sin elaboración independiente alguna. De ahí —observa sarcásticamente K[autsky]— surge una cosa tan extraña: que los partidarios de Bernstein entienden su libro de las maneras más diversas, mientras que sus adversarios lo entienden todos del mismo modo. La principal objeción que B[ernstein] hace a sus adversarios consiste en que no le entienden, en que no quieren entenderle. Toda una serie de artículos en revistas y periódicos escritos por Bernstein en respuesta a sus adversarios no ha aclarado en absoluto sus puntos de vista positivos. — Kautsky comienza su anticrítica con la cuestión del método. Examina las objeciones de B[ernstein] contra la concepción materialista de la historia y muestra que B[ernstein] ha confundido [«determinismo» con «mecanismo»] el concepto de «determinista» con el concepto de «mecánico», ha confundido la libertad de la voluntad con la libertad de acción, e identificó sin fundamento alguno la necesidad histórica con la situación coactiva, sin salida, de los hombres. La manida acusación de fatalismo, que también repite B[ernstein], es refutada ya por las premisas más fundamentales de la teoría histórica de Marx. No se puede reducir todo al desarrollo de las fuerzas productivas, dice B[ernstein]. Hay que «tomar en consideración» también otros factores. — Muy bien, responde K[autsky], pero eso es algo que debe hacer todo investigador, cualquiera que sea la concepción de la historia que lo guíe. Quien quiera obligarnos a renunciar al método de Marx, método que tan brillantemente se ha justificado en la práctica y sigue justificándose, debe seguir uno de dos caminos: o renuncia en general a la idea de legalidad, de necesidad del proceso histórico, y entonces arroja por la borda todas las tentativas de fundamentación científica de la sociología. O debe mostrar de qué manera se puede deducir la necesidad del proceso histórico a partir de otros factores (por ej[emplo], las concepciones éticas), — mostrarlo mediante un análisis que pudiera soportar, aunque fuera lejanamente, una comparación con el análisis de Marx en «El Capital». Bernstein no solo no hace

el menor intento de hacer esto, sino que, limitándose a un lugar común vacío de contenido sobre «tomar en consideración» otros factores, ¡continúa utilizando en su libro el viejo método materialista, como si no lo hubiera declarado insuficiente! ¡En algunos pasajes incluso, como muestra K[autsky], B[ernstein] aplica este método con una tosquedad y unilateralidad imperdonables! Más adelante, las acusaciones de B[ernstein] se dirigen contra la dialéctica, que conduce supuestamente a construcciones arbitrarias, etc., etc. B[ernstein] repite estas frases (que ya han llegado a hastiar hasta la náusea también a los lectores rusos), sin hacer el menor intento de señalar en qué consiste lo incorrecto de la dialéctica, si los responsables de los errores metodológicos son Hegel o Marx y Engels (y en qué consisten exactamente esos errores). Lo único con lo que intenta justificar y reforzar su opinión B[ernstein] es la indicación sobre la «tendenciosidad» de uno de los párrafos finales de «El Capital» (sobre la tendencia histórica de la acumulación capitalista). Esta acusación está desgastada hasta el extremo: la esgrimieron también Eug[en] Dühring<sup>2</sup>) y Julius Wolf<sup>3</sup>) y m[uchos] o[tros] en Alemania, la esgrimieron (añadimos por nuestra cuenta) también el Sr. Y. Zhukovski en los años 70<sup>4</sup>) y el Sr. N. Mijailovski en los años 90<sup>5</sup>) — el mismo Sr. Mijailovski que en su día desenmascaraba al Sr. Y. Zhukovski por esta acusación de acrobatismo<sup>6</sup>). ¿Y qué prueba aduce B[ernstein] en confirmación de este disparate desgastado? Solo lo siguiente: Marx emprendió la «investigación» con conclusiones ya preparadas de antemano, pues «El Capital» llega en 1867 a la misma conclusión que ya había sido expuesta por Marx en los años 40. Tal «prueba» equivale a un fraude —responde K[autsky]—, porque Marx basó sus conclusiones no en una, sino en dos investigaciones, como él mismo lo indicó con precisión en el prefacio a «Zur Kritik» (véase la traducción rusa: «Crítica de algunos principios de la economía política»<sup>7</sup>)). La primera investigación fue realizada en los años 40, después de que Marx abandonara la redacción de la «Gaceta Renana». Marx abandonó la redacción porque tuvo que hablar sobre intereses materiales, siendo consciente de su falta de preparación para ello. De la arena pública —escribió Marx sobre sí mismo— me retiré al cuarto de estudio. De este modo (subraya Kautsky con una insinuación dirigida a Bernstein), habiendo dudado de la justeza de sus juicios sobre los intereses materiales, de la justeza de las concepciones entonces dominantes sobre esta cuestión, Marx no consideró

sus dudas tan importantes como para escribir todo un libro sobre ellas, para anunciarlas a todo el mundo. No, Marx se puso a aprender para pasar de la duda en las viejas concepciones a alguna nueva concepción positiva. Comenzó a estudiar las teorías sociales francesas y la economía política inglesa. Se unió a Engels, quien estudiaba en aquel tiempo detalladamente la situación fáctica de la economía nacional en Inglaterra. El resultado de este trabajo conjunto, de esta primera investigación, fueron las conocidas conclusiones que ambos autores expusieron con total claridad a finales de los años 40. A partir de 1850, Marx se estableció en Londres, y las condiciones favorables de vida en Londres para el trabajo científico le impulsaron a «emprender el estudio del tema desde el principio y a proceder a la elaboración crítica del nuevo material» («Cr[ítica] de alg[unos] principios]», 1ª ed., p. XI. Curs[iva] nuestra). Fruto de esta segunda investigación, que duró una larga serie de años, fueron las obras: «Zur Kritik» (1859) y «Das Kapital» (1867). La conclusión a la que llega «El Capital» coincide con la conclusión previa de los años 40, porque la segunda investigación confirmó los resultados de la primera investigación. («Mis puntos de vista, cualquiera que sea el juicio que merezcan, constituyen el resultado de investigaciones concienzudas y de largos años» —escribió Marx en 1859 (ibid., p. XII). ¿No es verdad, pregunta Kautsky, que esto no se parece en nada a conclusiones preparadas mucho antes de la propia investigación?

De la cuestión de la dialéctica, K[autsky] pasa a la cuestión del valor. Bernstein dice que la teoría de Marx no está acabada, que deja muchos problemas «todavía no del todo aclarados». Kautsky ni siquiera piensa en negar esto: la teoría de Marx no es la última palabra de la ciencia, dice. La historia trae consigo nuevos hechos y nuevos métodos de investigación, que exigen un desarrollo ulterior de la teoría. Si B[ernstein] hubiera hecho un intento de utilizar los nuevos hechos y los nuevos métodos de investigación para el desarrollo ulterior de la teoría, todos le estarían agradecidos. Pero B[ernstein] ni siquiera piensa en ello, y se limita a ataques baratos contra los discípulos de Marx y a observaciones completamente confusas, puramente eclécticas, como la de que la teoría de la utilidad marginal de la escuela de Gossen-Jevons-Böhm<sup>8</sup>) no es menos justa que la teoría del valor-trabajo de Marx. Ambas teorías conservan su significado para distintos fines —dice B[ernstein]—, pues Böhm-Bawerk tiene a priori el mismo derecho a abstraer

de la propiedad de las mercancías de ser producidas por el trabajo, que Marx a abstraer de la propiedad de ser utilidades. Kautsky señala que es un completo absurdo considerar dos teorías opuestas, que se excluyen mutuamente, como válidas para distintos fines (sin que B[ernstein] diga, además, para qué fines es válida una u otra teoría). La cuestión no consiste en absoluto en de qué propiedad de las mercancías tenemos derecho a abstraer a priori (von Hause aus), sino en cómo explicar los fenómenos fundamentales de la sociedad moderna, basada en el intercambio de productos, cómo explicar el valor de las mercancías, la función del dinero, etc. Aceptemos que la teoría de Marx deje todavía una serie de problemas sin aclarar, pero la teoría del valor de Bernstein es un problema ya completamente sin aclarar. Bernstein cita también a Buch<sup>9</sup>), quien construyó el concepto de «densidad marginal» del trabajo, pero B[ernstein] no ofrece ni una exposición completa de las concepciones de Buch, ni una declaración definida de su opinión sobre esta cuestión. Buch, por lo demás, se enreda visiblemente en contradicciones, al hacer depender el valor del salario, y el salario del valor. Sintiendo el eclecticismo de sus observaciones sobre el valor, Bernstein intenta defender el eclecticismo en general. Lo llama «la rebelión de la razón sobria contra la tendencia inherente a todo dogma de comprimir el pensamiento en estrechas tenazas». Si Bernstein recuerda la historia del pensamiento —responde Kautsky—, verá que los grandes rebeldes contra la compresión del pensamiento en estrechos moldes nunca fueron eclécticos, que la aspiración a la unidad, a la integridad de las concepciones, les fue siempre inherente. El ecléctico, en cambio, es demasiado tímido para atreverse a la rebelión. Pues si yo hago una reverencia cortésmente ante Marx y [luego], al mismo tiempo, una reverencia cortésmente ante Böhm-Bawerk, ¡eso dista aún mucho de una rebelión! ¡Que me nombren, dice K[autsky], aunque sea a un solo ecléctico en la república del pensamiento, que fuera digno del nombre de rebelde!

Pasando del método a los resultados de la aplicación del método, K[autsky] se detiene en la lla[mada] Zusammenbruchstheorie, la teoría del derrumbe, del hundimiento repentino del capitalismo de Europa occidental, un hundimiento que Marx habría considerado supuestamente inevitable y que vinculaba con una crisis económica gigantesca. K[autsky] dice y muestra que Marx y Engels nunca expusieron una teoría especial del derrumbe, no vincularon el derrumbe necesariamente a una crisis económica. Esto es una

deformación por parte de los adversarios, que exponen unilateralmente la teoría de Marx, arrancando sin sentido pasajes aislados de obras aisladas, para luego refutar triunfalmente la «unilateralidad» y «tosquedad» de la teoría. En realidad, Marx y Engels hacían depender la transformación de las relaciones económicas de Europa occidental de la madurez y la fuerza de las clases promovidas por la historia más reciente de Europa. Bernstein intentó afirmar que esto no es la teoría de Marx, sino una interpretación y ampliación de la misma por Kautsky, pero Kautsky, con citas precisas de las obras de Marx de los años 40 y 60, así como con un análisis de las ideas fundamentales del marxismo, refutó por completo esta artimaña verdaderamente leguleya de B[ernstein], quien con tanto descaro había acusado a los discípulos de Marx de «apologetismo y leguleyismo». Esta parte del libro de Kautsky es especialmente interesante, tanto más que algunos escritores rusos (por ej[emplo], el Sr. Bulgakov en la revista «Nachalo»)<sup>10</sup>) se apresuraron a repetir la deformación de la teoría de Marx que B[ernstein] presentó bajo la apariencia de «crítica» (repitió también esta deformación el Sr. Prokopóvich en su libro «El movimiento obrero en Occidente», San Petersburgo, 1899).

Con especial detenimiento desmenuza Kautsky las tendencias fundamentales del desarrollo económico moderno, para refutar la opinión de Bernstein de que este desarrollo no va en la dirección que caracterizó Marx.

Se sobreentiende que el capítulo «Gran y pequeña producción», así como los demás capítulos del libro de Kautsky dedicados al [análisis] político-económico * y que contienen un material numérico bastante extenso, no pueden ser expuestos aquí, y tenemos que limitarnos a una breve indicación de su contenido. K[autsky] subraya que se trata precisamente de la dirección del desarrollo en general y en su conjunto, de ningún modo de particularidades y fenómenos superficiales que no pueden ser tomados en cuenta en toda su diversidad por ninguna teoría. (Esta verdad simple [que se sobreentiende por sí misma], pero a menudo olvidada, la recuerda al lector también Marx en los capítulos correspondientes de «El Capital».) Mediante un desglose detallado de los datos de los censos industriales alemanes de 1882 y 1895, Kautsky muestra que estos datos confirmaron brillantemente la teoría de Marx y pusieron fuera de toda duda el proceso de concentración del capital

*) La palabra «análisis» fue omitida por Lenin e insertada por una mano desconocida. Ed.

y de desplazamiento de la pequeña producción. El propio Bernstein, todavía en 1896 (cuando él mismo aún pertenecía —ironiza K[autsky]— al gremio de los apologetas y leguleyos), reconoció con toda determinación este hecho, y ahora exagera desmesuradamente la fuerza y la importancia de la pequeña producción. Por ej[emplo], Bernstein calcula el número de empresas con menos de 20 obreros en varios cientos de miles, «añadiendo, evidentemente, en su celo pesimista, un cero de más», pues tales empresas en Alemania son solo 49 mil. ¡Y además, la estadística incluye como pequeños empresarios a quién no incluye: cocheros, mensajeros, sepultureros, vendedores ambulantes de fruta y costureras, aunque trabajen en su casa para un capitalista, etc., etc.! Señalemos una observación de Kautsky particularmente importante en el aspecto teórico: que las pequeñas empresas comerciales e industriales (como las mencionadas arriba) a menudo no son, en la sociedad capitalista, más que una de las formas de la sobrepoblación relativa: pequeños productores arruinados, obreros que no encuentran ocupación, se convierten (a veces temporalmente) en pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, arrendadores de viviendas y rincones (¡también «empresas» registradas por la estadística en pie de igualdad con todo tipo de otras empresas!), etc. La saturación de estas profesiones indica no la vitalidad de la pequeña producción, sino el crecimiento de la miseria en la sociedad capitalista. Pero Bernstein subraya y exagera la importancia de los pequeños «industriales» cuando esto, en su opinión, habla a su favor (en la cuestión de la gran y pequeña producción), y silencia sobre ellos cuando habla en su contra (en la cuestión del crecimiento de la miseria).

Bernstein repite las disquisiciones, conocidas desde hace tiempo también por el público ruso, sobre que las sociedades por acciones «permiten» fraccionar el capital y «hacen superflua» su concentración, y aduce algunas cifras (cf. n.º 3 de «Zhizn» de 1899) sobre el número de pequeñas acciones<sup>11</sup>). Kautsky responde que estas cifras no prueban absolutamente nada, pues las pequeñas acciones de distintas sociedades pueden ser propiedad de grandes capitalistas (lo cual debe reconocer también B[ernstein]). En confirmación de que las sociedades por acciones aumentan el número de propietarios, B[ernstein] no aduce absolutamente ninguna prueba, ni puede aducirla, pues las sociedades por acciones sirven en realidad para expropiar al público confiado y de pocos recursos en beneficio de los grandes capitalistas y especuladores. El crecimiento del número de acciones indica solo

que la riqueza tiende a adoptar la forma de acciones, pero sobre la distribución de la riqueza este crecimiento no dice absolutamente nada. En general, B[ernstein] abordó la cuestión del aumento del número de propietarios, del número de poseedores, con una ligereza asombrosa, lo que no impidió que sus partidarios burgueses ensalzaran precisamente esta parte del libro de B[ernstein] y proclamaran que se basa en «un colosal material numérico». Bernstein resultó ser tan hábil, ironiza K[autsky], ¡que colocó este colosal material en dos paginitas! Confunde a los propietarios con los capitalistas, aunque nadie ha negado el aumento del número de estos últimos. Toma datos del impuesto sobre la renta, ignora su carácter fiscal y la confusión de las rentas de la propiedad con las rentas del sueldo, etc. Compara datos de diferentes épocas, obtenidos por distintos procedimientos (por ej[emplo], sobre Prusia), y por tanto incomparables. ¡Llega incluso a tomar prestadas las cifras sobre el crecimiento del número de propietarios en Inglaterra (e incluso imprime estas cifras en negrita, ¡como su principal triunfo!) del folletín de un periodicucho callejero que canta el jubileo de la reina Victoria y maneja la estadística con una ligereza llevada al extremo! El origen de estos datos es desconocido, y además es imposible obtener tales datos sobre la base del impuesto sobre la renta inglés, pues estos datos no permiten determinar el número de contribuyentes ni la renta total de cada contribuyente. Kautsky toma del libro de Kolb<sup>12</sup>) los datos sobre el impuesto sobre la renta inglés de 1812 a 1847, y muestra que, exactamente igual que los datos de folletín de Bernstein, muestran (supuestamente) el crecimiento del número de propietarios — ¡y esto en un período de terrible crecimiento de la más espantosa miseria del pueblo en Inglaterra! El detallado desglose de los datos de B[ernstein] lleva a Kautsky a la conclusión de que B[ernstein] no ha aportado ni una sola cifra que demuestre realmente el crecimiento del número de propietarios.

Bernstein intenta también deducir teóricamente este fenómeno: los capitalistas, dice, no pueden consumir ellos mismos toda la plusvalía cuya cantidad crece tan colosalmente; por consiguiente, crece el número de propietarios que la consumen. A Kautsky no le cuesta gran esfuerzo refutar este cómico razonamiento, que ignora por completo la teoría de la realización de Marx (en la literatura rusa esta teoría ha sido ya expuesta más de una vez). Es particularmente interesante que K[autsky] la refute no solo con razonamientos teóricos, sino también con datos concretos que testimonian

el crecimiento del lujo y el despilfarro en los países de Europa occidental, la influencia de la moda, rápidamente cambiante, que agudiza tanto este proceso, la masa de desempleados, el enorme crecimiento del «consumo productivo» de la plusvalía —es decir, la colocación de capital en nuevas empresas, especialmente capital europeo en ferrocarriles y otras empresas de Rusia, Asia, África.

Bernstein declara abandonada por todos «la teoría de la miseria» o «teoría del empobrecimiento» de Marx. Kautsky muestra que esto es de nuevo una exageración deformada de los adversarios de Marx, quien no expuso semejante teoría. Marx habló del crecimiento de la miseria, de la degradación, etc., señalando a la par también la tendencia contraria y las fuerzas sociales reales que son las únicas que pueden generar esta tendencia. Las palabras de Marx sobre el crecimiento de la miseria están plenamente justificadas por la realidad: en primer lugar, vemos efectivamente que el capitalismo tiene la tendencia a generar y reforzar la miseria, la cual alcanza dimensiones enormes en ausencia de la mencionada tendencia contraria. En segundo lugar, la miseria crece no en sentido físico, sino social, es decir, en [el sentido] *) de la falta de correspondencia entre el nivel creciente de las necesidades de la burguesía y las necesidades de toda la sociedad, y el nivel de vida de las masas trabajadoras. Bernstein ironizó a propósito de esta comprensión de la «miseria», diciendo que era una comprensión en sentido pickwickiano. Kautsky, en respuesta, muestra que hombres como Lassalle, Rodbertus, Engels declararon con toda determinación la necesidad de entender la miseria no solo en sentido físico, sino también social. En el club «pickwickiano» —replica a la ironía de B[ernstein]— ¡se reúne, como puede verse, no mala sociedad! Por último, en tercer lugar, las palabras sobre el crecimiento de la miseria conservan toda su validez en relación con las «zonas fronterizas» del capitalismo, entendiendo la palabra fronterizo tanto en sentido geográfico (países en los que el capitalismo apenas empieza a penetrar, engendrando a menudo no solo la miseria física, sino el hambre directa de masas de la población) como en sentido político-económico (industria artesana y, en general, ramas de la economía nacional en las que aún subsisten modos de producción atrasados).

*) Las palabras «el sentido» fueron omitidas en el manuscrito por Lenin e insertadas por una mano desconocida. Ed.

Sumamente interesante y también particularmente instructivo para nosotros, los rusos, **) es el capítulo sobre «la nueva clase media». Si B[ernstein] hubiera querido solo decir que en lugar de los pequeños productores en decadencia aparece una nueva clase media —la intelectualidad—, habría tenido razón, dice K[autsky], y señala que él mismo ya hace varios años señaló la importancia de este fenómeno. El capitalismo en todas las esferas del trabajo nacional aumenta con particular rapidez el número de empleados, plantea una demanda cada vez mayor de intelectuales. Esta última ocupa una posición peculiar entre las demás clases, adhiriéndose en parte a la burguesía por sus vínculos, concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, a medida que el capitalismo despoja cada vez más al intelectual de su posición independiente, lo convierte en un asalariado dependiente, amenaza con rebajar su nivel de vida. La posición transicional, inestable y contradictoria del estrato social considerado se refleja en la difusión particularmente amplia dentro de él de esas concepciones eclécticas a medias, de esa mezcolanza de principios y puntos de vista opuestos, de esa tendencia a elevarse de palabra a esferas excelsas y a encubrir con frases los conflictos de los grupos históricos de la población, —que tan despiadadamente fustigó con sus sarcasmos Marx hace medio siglo.

En el capítulo sobre la teoría de las crisis, Kautsky muestra que Marx no expuso en absoluto una «teoría» sobre el ciclo decenal de las crisis industriales, sino que solo constató el hecho. El cambio de este ciclo en los últimos tiempos fue señalado por el propio Engels. Se dice que los cárteles de empresarios pueden contrarrestar las crisis, limitando y regulando la producción. Pero he aquí América —el país de los cárteles—, y en lugar de limitación vemos en ella un enorme crecimiento de la producción. Luego, al limitar la producción para el mercado interior, los cárteles amplían la producción para el mercado exterior, vendiendo en él sus mercancías a precio ruinoso y cobrando a los consumidores nacionales precios de monopolio. Bajo el proteccionismo, este sistema es inevitable, y no hay fundamento alguno para contar con la sustitución del proteccionismo por un sistema de librecambio. Cerrando pequeñas fábricas, concentrando y monopolizando la producción, introduciendo perfeccionamientos, los cárteles empeoran considerablemente con ello

**) Las palabras «para nosotros, los rusos» están tachadas, y en su lugar, una mano desconocida ha escrito «no solo para los alemanes». Ed.

la situación de los productores. Bernstein piensa que la especulación, que genera las crisis, se debilita a medida que las condiciones del mercado mundial se transforman de indeterminables en determinables y conocidas; pero olvida que precisamente las condiciones «indeterminables» de los nuevos países dan un enorme impulso a la especulación en los viejos países. Kautsky muestra con datos estadísticos el crecimiento de la especulación precisamente en los últimos años, así como el aumento del número de indicios que presagian una crisis en un futuro no particularmente lejano.

Del resto del libro de Kautsky señalemos el análisis de la confusión en que incurren quienes (como el Sr. S. Prokopóvich, ob[ra] c[itada] ***)) confunden la fuerza económica de determinados grupos con sus organizaciones económicas; señalemos la indicación de Kautsky de que Bernstein eleva condiciones puramente temporales de una situación histórica dada a ley general; —la refutación de las concepciones incorrectas de B[ernstein] sobre la esencia de la democracia; —la aclaración del error estadístico de B[ernstein], quien comparaba el número de obreros industriales en Alemania con el número de electores, olvidando esa pequeñez de que no todos los obreros gozan en Alemania del derecho de voto (solo los varones mayores de 25 años) y que no todos participan en las elecciones. Solo podemos recomendar encarecidamente al lector interesado en la cuestión del significado del libro de Bernstein y de la polémica en torno a él, que recurra a la literatura alemana y que en ningún caso confíe en esas opiniones parciales y unilaterales de los partidarios del eclecticismo que predominan en la literatura rusa. Hemos oído que se proyecta traducir al ruso una parte del libro examinado de Kautsky. Esto sería muy deseable, pero no sustituirá el conocimiento del original. ****

*, 1) Artículo de Antonio Labriola «A propos du livre de Bernstein» («A propósito del librito de Bernstein») en la revista «Le Mouvement Socialiste» n.º 8, 1 de mayo de 1899, pp. 453-458.

2) Lenin se refiere al libro de E. Dühring «Kritische Geschichte der Nationalökonomie und des Sozialismus», Leipz. 1879, p. XIV + 574 («Historia crítica de la economía nacional y del socialismo»).

***) Las palabras «ob[ra] c[itada]» están tachadas, y en su lugar, una mano desconocida ha escrito «y otros». Ed.

****) Debajo del artículo hay una firma de una mano desconocida: «Vladímir Ilín». Ed.

3) Libro del profesor alemán de economía política J. Wolf (n. 1862) «Socialismus und kapitalistische Gesellschaftsordnung». Stuttgart, 1892, p. 639 («Socialismo y orden social capitalista»).

4) Lenin se refiere al artículo de Y. Zhukovski «Karl Marx y su libro sobre "El Capital"» en «Véstnik Evropy» n.º 9, 1877.

5) Lenin se refiere al artículo de N. K. Mijailovski en «Rússkoe Bogatstvo» n.º 10, 1893, n.º 1, 2, 10, 1899, bajo el título «Literatura y vida» (véase Obras Completas de Mijailovski, t. VII).

6) Lenin se refiere al artículo de N. K. Mijailovski «K. Marx ante el tribunal del Sr. Y. Zhukovski» («Otéchestvennye Zapiski» n.º 10, 1877, pp. 321-356).

7) Karl Marx: «Crítica de algunos principios de la economía política». Traducción del alemán por P. P. Rumiántsev, ed. por A. A. Manuílov. Edición de Bonch-Bruévich. Moscú, 1896. P. XII + 163.

8) Gossen, Hermann (1818-1858), Jevons, Williams (n. 1835), Böhm-Bawerk (1851-1914) — economistas burgueses, representantes de la llamada «escuela austríaca», que intenta explicar todos los fenómenos económicos desde el punto de vista de las «valoraciones subjetivas» (teoría de la «utilidad marginal»).

9) Libro de L. Buch «Über die Elemente der politischen Oekonomie». 1-te «Intensität der Arbeit. Wert und Preis der Waren». Leipzig. 1896. p. 240 («Sobre los elementos de la economía política». 1ª «Intensidad del trabajo. Valor y precio de las mercancías». San Petersburgo, 1896).

10) Lenin se refiere al artículo de Bulgakov: «Sobre la cuestión de la evolución capitalista de la agricultura» («Nachalo», n.º 1-2, 1899, pp. 1-21).

11) Lenin se refiere a la reseña de S. Steinberg «Un nuevo libro sobre el materialismo histórico» («Zhizn» n.º 3, 1899, pp. 358-371) sobre el mencionado libro de Bernstein.

12) Libro de Kolb «Handbuch der vergleichenden Statistik der Völkerzustands und Staatenkunde». p. XXIV+886. Leipz. 1875 («Manual de estadística comparada del estado de los pueblos y estudio de los Estados»).