En la introducción, Kautsky expone algunas ideas sumamente valiosas y certeras sobre las condiciones que debe cumplir una crítica seria y concienzuda si quienes la emprenden no quieren encerrarse en el estrecho marco de un pedantismo sin alma y del escolasticismo, si no quieren perder de vista el nexo estrecho e indisoluble de la «razón teórica» con la «razón práctica», y además con la razón práctica no de personalidades aisladas, sino de las masas de la población, colocadas en condiciones especiales. Por supuesto, la verdad está por encima de todo —dice Kautsky—, y si Bernstein ha llegado al sincero convencimiento de lo erróneo de sus anteriores puntos de vista, entonces su deber directo es exponer su convicción con total claridad. Pero la desgracia está precisamente en que a Bernstein le falta justamente franqueza y claridad: su folleto es sorprendentemente «enciclopédico» (como ya advirtió Antonio Labriola en una revista francesa), aborda una multitud de problemas, un abismo de cuestiones, pero sobre ninguna de estas cuestiones ofrece una exposición íntegra y nítida de los nuevos puntos de vista del crítico. El crítico se limita a exponer sus dudas, lanzando cuestiones difíciles y complejas que apenas ha rozado, sin elaboración independiente alguna. De aquí —señala Kautsky con sarcasmo— surge un fenómeno tan extraño: que los partidarios de Bernstein entienden su libro de la manera más diversa, mientras que sus adversarios lo entienden todos de la misma manera. La principal objeción que Bernstein hace a sus adversarios consiste en que no lo comprenden, en que no quieren comprenderlo. Toda una serie de artículos en revistas y periódicos, escritos por Bernstein en respuesta a sus adversarios, no han aclarado en absoluto sus puntos de vista positivos.

Kautsky comienza su anticrítica con la cuestión del método. Examina las objeciones de Bernstein contra la concepción materialista de la historia y muestra que Bernstein ha confundido el concepto «determinista» con el concepto «mecánico», ha confundido la libertad de voluntad con la libertad de acción, ha identificado sin fundamento alguno la necesidad histórica con la situación coercitiva y sin salida de los hombres. La trillada acusación de fatalismo, que también repite Bernstein, queda refutada ya por las premisas más básicas de la teoría histórica de Marx. No se puede reducirlo todo al desarrollo de las fuerzas productivas, dice Bernstein. Hay que «tomar en consideración» también otros factores. — Muy bien, responde Kautsky, pero eso es lo que debe hacer todo investigador, cualquiera que sea la concepción de la historia que lo guíe. Quien quiera obligarnos a renunciar al método de Marx, método que tan brillantemente se ha justificado en la práctica y continúa justificándose, debe seguir uno de dos caminos: o bien renuncia en general a la idea de regularidad, de necesidad del proceso histórico, y entonces arroja por la borda todas las tentativas de fundamentación científica de la sociología. O bien debe mostrar cómo se puede deducir la necesidad del proceso histórico a partir de otros factores (por ejemplo, las concepciones éticas), mostrarlo mediante un análisis que pudiera resistir la más remota comparación con el análisis de Marx en «El Capital». Bernstein no solo no hace el menor intento de hacer esto, sino que, limitándose a un lugar común carente de contenido sobre la «toma en consideración» de otros factores, ¡continúa utilizando en su libro el viejo método materialista, como si no lo hubiera declarado insuficiente! ¡Es más, en algunos pasajes, como muestra Kautsky, Bernstein aplica este método con la más inadmisible grosería y unilateralidad! Además, las acusaciones de Bernstein se dirigen contra la dialéctica, que conduce supuestamente a construcciones arbitrarias, etc., etc. Bernstein repite estas frases (que ya han hastiado hasta la náusea también a los lectores rusos), sin hacer el menor intento de señalar en qué consiste la incorrección de la dialéctica, si es Hegel o Marx y Engels quienes son culpables de errores metodológicos (y cuáles exactamente). Lo único con lo que Bernstein intenta justificar y reforzar su opinión es una referencia a la «tendenciosidad» de uno de los párrafos finales de «El Capital» (sobre la tendencia histórica de la acumulación capitalista). Esta acusación está gastada hasta el último extremo: la esgrimieron Eugen Dühring y Julius Wolf y muchos otros en Alemania, la esgrimieron (añadimos por nuestra cuenta) el señor Y. Zhukovski en los años 70 y el señor N. Mijáilovski en los años 90, el mismo señor Mijáilovski que en su día desenmascaró al señor Y. Zhukovski por esta acusación tachándola de acrobacia. ¿Y qué prueba aporta Bernstein para confirmar este desgastado disparate? Solamente la siguiente: Marx emprendió la «investigación» con conclusiones ya preparadas de antemano, pues «El Capital» llega en 1867 a la misma conclusión que Marx había expuesto ya en los años 40. Semejante «prueba» equivale a un sofisma —responde Kautsky—, pues Marx basó sus conclusiones no en una, sino en dos investigaciones, como él mismo indicó con precisión en el prefacio a «Zur Kritik» (véase la traducción rusa: «Crítica de algunas tesis de economía política»). La primera investigación se realizó en los años 40, después de que Marx abandonara la redacción de la «Gaceta Renana». Marx abandonó la redacción precisamente porque tuvo que hablar de intereses materiales y era consciente de su falta de preparación para ello. De la arena pública —escribía Marx sobre sí mismo— me retiré al cuarto de estudio. De este modo (subraya Kautsky, con una alusión dirigida a Bernstein), habiendo dudado de la corrección de sus juicios sobre los intereses materiales, de la corrección de los puntos de vista entonces dominantes sobre esta cuestión, Marx no consideró sus dudas tan importantes como para escribir un libro entero sobre ellas, para anunciarlas a todos y cada uno. No, Marx se puso a estudiar, para pasar de la duda en los viejos puntos de vista a unos nuevos puntos de vista positivos. Empezó a estudiar las teorías sociales francesas y la economía política inglesa. Se acercó a Engels, quien en aquel tiempo estudiaba detalladamente el estado real de la economía nacional en Inglaterra. El resultado de este trabajo conjunto, de esta primera investigación, fueron las conocidas conclusiones que ambos autores expusieron con total claridad a finales de los años 40. A partir de 1850, Marx se estableció en Londres, y las condiciones favorables de la vida en Londres para los estudios científicos lo impulsaron a «acometer el estudio de la materia desde el principio y proceder a la elaboración crítica del nuevo material» («Crítica de algunas tesis», 1ª edición, pág. XI. Cursiva nuestra). El fruto de esta segunda investigación, que se prolongó durante una larga serie de años, fueron las obras: «Zur Kritik» (1859) y «Das Kapital» (1867). La conclusión a la que llegó «El Capital» coincide con la conclusión anterior de los años 40, porque la segunda investigación confirmó los resultados de la primera. «Mis puntos de vista, cualquiera que sea el juicio que merezcan, constituyen el resultado de investigaciones concienzudas y prolongadas durante largos años», escribió Marx en 1859 (ibíd., pág. XII). ¿No es cierto, pregunta Kautsky, que esto se parece a unas conclusiones preparadas mucho antes de la propia investigación?

De la cuestión de la dialéctica, Kautsky pasa a la cuestión del valor. Bernstein dice que la teoría de Marx no está acabada, que deja muchos problemas, «que en modo alguno están aún completamente dilucidados». Kautsky ni piensa en negarlo: la teoría de Marx no es la última palabra de la ciencia, dice él. La historia trae consigo tanto nuevos hechos como nuevos métodos de investigación, que exigen el desarrollo ulterior de la teoría. Si Bernstein hubiera intentado aprovechar los nuevos hechos y los nuevos métodos de investigación para el desarrollo ulterior de la teoría, todos le habrían estado agradecidos. Pero Bernstein ni siquiera piensa en ello, sino que se limita a ataques baratos contra los discípulos de Marx y a observaciones completamente confusas, puramente eclécticas, como la de que la teoría de la utilidad marginal de la escuela de Gossen-Jevons-Böhm no es menos justa que la teoría del valor-trabajo de Marx. Ambas teorías conservan su valor para diferentes fines —dice Bernstein—, pues Böhm-Bawerk tiene a priori el mismo derecho a abstraerse de la propiedad de las mercancías de ser productos del trabajo, que Marx a abstraerse de su propiedad de ser utilidades. Kautsky señala que es completamente absurdo considerar dos teorías opuestas, que se excluyen mutuamente, como válidas para diferentes fines (y Bernstein no dice para qué fines es válida una u otra teoría). La cuestión no consiste en absoluto en saber de qué propiedad de las mercancías tenemos derecho a abstraer a priori (von Hause aus), sino en cómo explicar los fenómenos fundamentales de la sociedad moderna, basada en el intercambio de productos, cómo explicar el valor de las mercancías, la función del dinero, etc. Aunque la teoría de Marx deje aún sin dilucidar una serie de problemas, la teoría del valor de Bernstein es ya un problema completamente sin dilucidar. Bernstein cita también a Buch, quien construyó el concepto de «densidad marginal» del trabajo, pero Bernstein no da ni una exposición completa de los puntos de vista de Buch, ni una declaración definida de su opinión sobre la cuestión planteada. Buch, al parecer, se enreda en contradicciones, al hacer depender el valor del salario, y el salario del valor. Sintiendo el eclecticismo de sus observaciones sobre el valor, Bernstein intenta defender la ecléctica en general. La llama «la rebelión de la razón sobria contra la tendencia, inherente a todo dogma, de oprimir el pensamiento en estrechos grilletes». Si Bernstein recuerda la historia del pensamiento —responde Kautsky—, verá que los grandes rebeldes contra la opresión del pensamiento en estrechos grilletes nunca fueron eclécticos, que la aspiración a la unidad, a la integridad de las concepciones, les fue siempre inherente. El ecléctico es demasiado pusilánime para atreverse a una rebelión. ¡Pues si yo me inclino cortésmente ante Marx y al mismo tiempo me inclino cortésmente ante Böhm-Bawerk, de ahí a la rebelión hay todavía mucha distancia! ¡Que me nombren, dice Kautsky, a un solo ecléctico en la república del pensamiento que sea digno del nombre de rebelde!

Pasando del método a los resultados de la aplicación del método, Kautsky se detiene en la llamada Zusammenbruchstheorie, la teoría del derrumbe, del súbito colapso del capitalismo de Europa occidental, colapso que Marx supuestamente consideraba inevitable y vinculaba a una enorme crisis económica. Kautsky dice y muestra que Marx y Engels nunca expusieron una teoría especial del derrumbe (Zusammenbruchstheorie), nunca vincularon el derrumbe (Zusammenbruch) forzosamente a una crisis económica. Esto es una tergiversación de los adversarios, que exponen unilateralmente la teoría de Marx, arrancando sin sentido pasajes aislados de distintas obras, para luego refutar triunfalmente la «unilateralidad» y la «tosquedad» de la teoría. En realidad, Marx y Engels supeditaban la transformación de las relaciones económicas de Europa occidental a la madurez y la fuerza de las clases promovidas por la historia moderna de Europa. Bernstein intentó afirmar que esto no es la teoría de Marx, sino una interpretación y ampliación de la misma por parte de Kautsky; pero Kautsky, con citas precisas de las obras de Marx de los años 40 y 60, así como con un análisis de las ideas fundamentales del marxismo, refutó plenamente esta argucia verdaderamente leguleya de Bernstein, quien con tanto descaro acusaba a los discípulos de Marx de «apologetismo y leguleyismo». Este pasaje del libro de Kautsky es particularmente interesante, tanto más cuanto que algunos escritores rusos (por ejemplo, el señor Bulgákov en la revista «Nachalo») se apresuraron a repetir la tergiversación de la teoría de Marx que Bernstein presentó bajo la apariencia de «crítica» (también repite esta tergiversación el señor Prokopóvich en su libro «El movimiento obrero en Occidente». San Petersburgo, 1899).

Con especial minuciosidad, Kautsky analiza las tendencias fundamentales del desarrollo económico moderno, para refutar la opinión de Bernstein de que este desarrollo no marcha en la dirección que Marx caracterizó. De por sí se entiende que el capítulo «Producción grande y pequeña», así como otros capítulos del libro de Kautsky dedicados al análisis económico-político y que contienen un material estadístico bastante extenso, no pueden ser expuestos aquí, y tenemos que limitarnos a una breve indicación de su contenido. Kautsky subraya que se trata precisamente de la dirección del desarrollo en general y en conjunto, y en modo alguno de particularidades y fenómenos superficiales, que ninguna teoría puede abarcar en toda su diversidad. (Esta verdad simple, pero a menudo olvidada, se la recuerda también Marx al lector en los capítulos correspondientes de «El Capital».) Mediante un examen detallado de los datos de los censos industriales alemanes de 1882 y 1895, Kautsky muestra que estos datos confirmaron brillantemente la teoría de Marx y pusieron fuera de toda duda el proceso de concentración del capital y de desplazamiento de la pequeña producción. El propio Bernstein, todavía en 1896 (cuando él mismo pertenecía aún —ironiza Kautsky— al gremio de los apologetas y leguleyos), reconoció este hecho con total decisión, pero ahora exagera desmesuradamente la fuerza y la importancia de la pequeña producción. Por ejemplo, el número de empresas con menos de 20 obreros es calculado por Bernstein en varios cientos de miles, «añadiendo, evidentemente, en su celo pesimista, un cero de más», pues tales empresas en Alemania son solo 49 mil. Y además, ¡a quiénes no incluye la estadística entre los pequeños empresarios: cocheros, mensajeros, sepultureros, vendedores ambulantes de fruta, modistas (aunque trabajen en su casa para un capitalista), etc., etc.! Señalemos una observación de Kautsky particularmente importante en el aspecto teórico: que las pequeñas empresas comerciales e industriales (como las arriba mencionadas) a menudo no son en la sociedad capitalista más que una de las formas de la superpoblación relativa: los pequeños productores arruinados y los obreros que no encuentran ocupación se convierten (a veces temporalmente) en pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, arrendadores de cuartos y rincones (¡también «empresas», registradas por la estadística a la par con toda clase de otras empresas!), etc. La saturación de estas profesiones no indica en modo alguno la vitalidad de la pequeña producción, sino el crecimiento de la miseria en la sociedad capitalista. Pero Bernstein subraya y exagera la importancia de los pequeños «industriales» cuando esto habla, según su opinión, en su favor (en la cuestión de la producción grande y pequeña), y silencia sobre ellos cuando esto habla en su contra (en la cuestión del crecimiento de la miseria).

Bernstein repite las consideraciones, conocidas desde hace tiempo también por el público ruso, de que las sociedades anónimas «permiten» la fragmentación del capital y «hacen superflua» su concentración, y cita algunas cifras (cf. núm. 3 de «Zhizn» de 1899) sobre el número de pequeñas acciones. Kautsky responde que estas cifras no prueban absolutamente nada, pues las pequeñas acciones de diferentes sociedades pueden ser propiedad de grandes capitalistas (lo que debe reconocer también Bernstein). Para confirmar que las sociedades anónimas aumentan el número de propietarios, Bernstein no aporta absolutamente ninguna prueba, ni puede aportarlas, pues las sociedades anónimas sirven en realidad para expropiar al público confiado y de pocos recursos en beneficio de los grandes capitalistas y especuladores. El aumento del número de acciones indica solo que la riqueza tiene tendencia a tomar la forma de acciones, pero sobre la distribución de la riqueza este aumento no dice absolutamente nada. En general, Bernstein ha tratado la cuestión del aumento del número de propietarios, del número de poseedores, con una ligereza sorprendente, lo que no ha impedido a sus partidarios burgueses ensalzar precisamente esta parte del libro de Bernstein y proclamar que está basada en un «colosal material estadístico». Bernstein resultó tan hábil —ironiza Kautsky— ¡que metió este colosal material en dos paginitas! Confunde a los poseedores con los capitalistas, aunque el aumento del número de estos últimos nadie lo ha negado. Toma los datos del impuesto sobre la renta, ignorando su carácter fiscal y la mezcla de ingresos provenientes de la propiedad con ingresos por sueldos, etc. Compara datos de diferentes épocas obtenidos por vías distintas (por ejemplo, sobre Prusia) y, por tanto, incomparables. ¡Llega incluso a tomar las cifras sobre el crecimiento del número de propietarios en Inglaterra (¡e incluso imprime estas cifras en negrita, como su principal triunfo!) del folletín de un periodicucho callejero que canta el jubileo de la reina Victoria y que maneja la estadística con una ligereza que llega al nec plus ultra! La fuente de estas informaciones es desconocida, y además es imposible obtener tales informaciones basándose en los datos del impuesto sobre la renta inglés, pues estos datos no permiten determinar el número de contribuyentes ni el ingreso total de cada contribuyente. Kautsky toma del libro de Kolb los datos del impuesto sobre la renta inglés de 1812 y 1847 y muestra que estos, exactamente igual que los datos folletinescos de Bernstein, muestran (supuestamente) el crecimiento del número de propietarios, ¡y esto durante un período de terrible crecimiento de la más espantosa miseria del pueblo en Inglaterra! El minucioso análisis de los datos de Bernstein lleva a Kautsky a la conclusión de que Bernstein no ha aportado ni una sola cifra que demuestre realmente el crecimiento del número de propietarios.

Bernstein intenta también deducir teóricamente este fenómeno: los capitalistas no pueden, dice él, consumir ellos mismos toda la plusvalía, cuya cantidad crece tan colosalmente; por tanto, crece el número de propietarios que la consumen. A Kautsky no le cuesta mucho trabajo refutar este cómico razonamiento, que ignora por completo la teoría de la realización de Marx (en la literatura rusa esta teoría ha sido expuesta ya más de una vez). Es particularmente interesante que Kautsky no lo refuta solo con razonamientos teóricos, sino también con datos concretos que atestiguan el crecimiento del lujo y del despilfarro en los países de Europa occidental, la influencia de la moda rápidamente cambiante que tanto agudiza este proceso, la masa de desempleados, el enorme crecimiento del «consumo productivo» de la plusvalía, es decir, la inversión de capital en nuevas empresas, especialmente del capital europeo en empresas ferroviarias y de otro tipo en Rusia, Asia, África.

Bernstein declara que la «teoría de la miseria» o «teoría del empobrecimiento» de Marx ha sido abandonada por todos. Kautsky muestra que esto es de nuevo una exageración tergiversada de los adversarios de Marx, quien jamás expuso semejante teoría. Marx hablaba del crecimiento de la miseria, de la humillación, etc., señalando junto a ello también la tendencia contrarrestante y las fuerzas sociales reales que son las únicas que pueden engendrar esta tendencia. Las palabras de Marx sobre el crecimiento de la miseria se ven plenamente confirmadas por la realidad: en primer lugar, vemos efectivamente que el capitalismo tiene tendencia a engendrar y acentuar la miseria, la cual alcanza dimensiones enormes en ausencia de la tendencia contrarrestante antes mencionada. En segundo lugar, crece la miseria no en el sentido físico, sino en el social, es decir, en el sentido de la discordancia entre el nivel creciente de las necesidades de la burguesía y de las necesidades de toda la sociedad, y el nivel de vida de las masas trabajadoras. Bernstein ironizaba a propósito de esta comprensión de la «miseria», diciendo que era una comprensión en sentido pickwickiano. Kautsky, en respuesta a esto, muestra que personas como Lassalle, Rodbertus, Engels, declararon con total claridad la necesidad de entender la miseria no solo en el sentido físico, sino también en el social. ¡En el club «pickwickiano» —para la ironía de Bernstein— se reúne, como puede verse, una sociedad nada mala! Finalmente, en tercer lugar, las palabras sobre el crecimiento de la miseria conservan toda su certeza con respecto a las «zonas fronterizas» del capitalismo, entendiendo la palabra fronterizo tanto en el sentido geográfico (países en los que el capitalismo apenas empieza a penetrar, engendrando no pocas veces no solo la miseria física, sino el hambre directa de las masas de la población) como en el sentido económico-político (la industria artesana y, en general, las ramas de la economía nacional en las que aún se mantienen modos de producción atrasados).

Sumamente interesante y particularmente instructivo para nosotros, los rusos, es también el capítulo sobre la «nueva clase media». Si Bernstein hubiera querido únicamente decir que en lugar de los pequeños productores en decadencia aparece una nueva clase media —la intelectualidad—, entonces tendría razón, dice Kautsky, y señala que él mismo destacó hace ya varios años la importancia de este fenómeno. El capitalismo, en todas las esferas del trabajo nacional, aumenta con particular rapidez el número de empleados, presenta una demanda cada vez mayor de intelectualidad. Esta última ocupa una posición peculiar entre las demás clases, vinculándose en parte a la burguesía por sus conexiones, sus concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, a medida que el capitalismo va privando cada vez más al intelectual de su posición independiente, convirtiéndolo en un asalariado dependiente, amenazando con rebajar su nivel de vida. La posición transitoria, inestable y contradictoria de la capa social examinada se refleja en el hecho de que en su seno se difunden con particular amplitud esas concepciones a medias, eclécticas, esa mezcolanza de principios y puntos de vista opuestos, esa tendencia a elevarse de palabra a esferas excelsas y a disimular con frases los conflictos de los grupos históricos de la población, todo lo cual fustigó tan despiadadamente con sus sarcasmos Marx hace medio siglo.

En el capítulo sobre la teoría de las crisis, Kautsky muestra que Marx no expuso en absoluto una «teoría» sobre el ciclo decenal de las crisis industriales, sino que se limitó a constatar un hecho. El cambio de este ciclo en los últimos tiempos fue señalado por el propio Engels. Se dice que los cárteles de empresarios pueden contrarrestar las crisis limitando y regulando la producción. Pero he aquí América, país de los cárteles, y en lugar de limitación vemos en ella un enorme crecimiento de la producción. Luego, limitando la producción para el mercado interior, los cárteles expanden la producción para el mercado exterior, vendiendo en él las mercancías a precio ruinoso y percibiendo de los consumidores nacionales precios de monopolio. Bajo el proteccionismo, este sistema es inevitable, y no hay fundamento alguno para contar con la sustitución del proteccionismo por el sistema de libre comercio. Al cerrar pequeñas fábricas, concentrar y monopolizar la producción, introducir perfeccionamientos, los cárteles empeoran considerablemente con ello la situación de los productores. Bernstein cree que la especulación que engendra las crisis se debilita a medida que las condiciones del mercado mundial se transforman de indeterminables en determinables y conocidas; pero olvida que precisamente las condiciones «indeterminables» de los nuevos países dan un enorme impulso a la especulación en los viejos países. Kautsky muestra con datos estadísticos el crecimiento de la especulación precisamente en los últimos años, así como el aumento del número de síntomas que presagian una crisis en un futuro no particularmente lejano.

Del resto del libro de Kautsky, señalemos el análisis de la confusión en la que caen quienes (como el señor S. Prokopóvich en la obra citada) confunden la fuerza económica de determinados grupos con sus organizaciones económicas; señalemos la indicación de Kautsky de que Bernstein eleva condiciones puramente temporales de una situación histórica dada a la categoría de ley general; la refutación de las erróneas opiniones de Bernstein sobre la esencia de la democracia; la explicación del error estadístico de Bernstein, quien comparaba el número de obreros industriales en Alemania con el número de electores, olvidando la nimiedad de que en Alemania no todos los obreros gozan del derecho al voto (solo los varones que han alcanzado los 25 años) y que no todos participan en las elecciones. Solo podemos recomendar encarecidamente al lector que se interese por la cuestión del significado del libro de Bernstein y de la polémica en torno a él, que recurra a la literatura alemana y en ningún caso dé crédito a las apreciaciones parciales y unilaterales de los partidarios de la ecléctica que predominan en la literatura rusa. Hemos oído que se proyecta traducir al ruso una parte del libro examinado de Kautsky. Esto sería muy deseable, pero no sustituirá el conocimiento del original.

Escrito a finales de 1899.

Publicado por primera vez en 1928 en la Miscelánea Leninista VII.

Se publica según el manuscrito.