La orientación de «Pensamiento Obrero» se expone en el artículo de fondo del «Suplemento separado»: «Nuestra realidad» (firmado R. M.). Es este artículo el que debemos ahora analizar con todo detalle.

Primera página del original del artículo de V. I. Lenin «La tendencia regresiva en la socialdemocracia rusa». – 1899. (Reducida)

Ya desde el comienzo mismo del artículo resulta que R. M. describe de manera directamente falsa «nuestra realidad» en general y nuestro movimiento obrero en particular, que revela una comprensión desmesuradamente estrecha del movimiento obrero y la tendencia a cerrar los ojos ante las formas superiores que éste ya ha elaborado bajo la dirección de los socialdemócratas rusos. En efecto: «nuestro movimiento obrero –dice R. M. al inicio mismo del artículo– lleva en sí los gérmenes de las más diversas formas de organización», desde las sociedades de huelga hasta las sociedades legales (permitidas por la ley). ¿Y nada más? –preguntará perplejo el lector. ¿Acaso R. M. no ha advertido en Rusia ninguna forma más elevada, más avanzada de organización del movimiento obrero? Evidentemente, no quiere advertirlas, porque en la página siguiente repite su tesis en una forma aún mucho más categórica: «Las tareas del movimiento en el momento actual, la auténtica causa obrera de los obreros rusos –dice– se reducen a que los obreros mejoren su situación por todos los medios posibles», ¡y en la enumeración de esos medios figuran de nuevo solamente las organizaciones huelguísticas y las sociedades legales! ¡De modo que el movimiento obrero ruso se reduciría a las huelgas y a las sociedades legales! ¡Pero si esto es una falsedad directa! El movimiento obrero ruso ya hace veinte años fundó una organización más amplia, se planteó tareas más amplias (de esto hablaremos ahora en detalle). El movimiento obrero ruso creó organizaciones como la «Unión de Lucha» de San Petersburgo{78} y la de Kiev{79}, la Unión Obrera Judía{80} y otras. Es cierto que R. M. dice que el movimiento obrero judío tiene un «carácter político especial», que es una excepción. Pero esto es de nuevo falso, pues si la Unión Obrera Judía estuviese «al margen», no se habría unido a una serie de organizaciones rusas y no habría formado el «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». La fundación de este partido es el paso más grandioso del movimiento obrero ruso en su fusión con el movimiento revolucionario ruso. Este paso demostró con claridad que el movimiento obrero ruso no se reduce a las huelgas y a las sociedades legales. ¿Cómo ha podido ocurrir que los socialistas rusos que escriben en «Pens. Obrero» no quieran ver este paso, no quieran comprender su significado?

Ha ocurrido porque R. M. no comprende ni la relación del movimiento obrero ruso con el socialismo y el movimiento revolucionario en Rusia, ni las tareas políticas de la clase obrera rusa. «El indicador más característico de la orientación de nuestro movimiento –escribe R. M.– son, por supuesto, las reivindicaciones que presentan los obreros». Preguntamos: ¿por qué no se incluyen entre los indicadores de nuestro movimiento las reivindicaciones de los socialdemócratas y de las organizaciones socialdemócratas? ¿Sobre qué base separa R. M. las reivindicaciones obreras de las reivindicaciones de los socialdemócratas rusos? Y esta separación la mantiene R. M. a lo largo de todo su artículo, así como en general la redacción de «Pensamiento Obrero» la mantiene en cada número de su periódico. Para aclarar este error de «Pensamiento Obrero», debemos aclarar la cuestión general de la relación entre el socialismo y el movimiento obrero. En todos los países europeos, el socialismo y el movimiento obrero existieron al principio por separado. Los obreros luchaban contra los capitalistas, organizaban huelgas y sindicatos, mientras que los socialistas se mantenían al margen del movimiento obrero, creaban doctrinas que criticaban el régimen social capitalista, burgués, contemporáneo y exigían la sustitución de este régimen por otro, superior, socialista. La separación entre el movimiento obrero y el socialismo provocaba la debilidad y el atraso de ambos: las doctrinas de los socialistas, no fusionadas con la lucha obrera, seguían siendo meras utopías, buenos deseos que no influían en la vida real; el movimiento obrero seguía siendo mezquino, fragmentado, no adquiría significado político, no era iluminado por la ciencia avanzada de su tiempo. Por eso en todos los países europeos vemos que se manifestaba cada vez con más fuerza la aspiración a fusionar el socialismo y el movimiento obrero en un único movimiento socialdemócrata. La lucha de clases de los obreros se transforma, con esta fusión, en la lucha consciente del proletariado por su liberación de la explotación por parte de las clases poseedoras; se elabora la forma superior del movimiento obrero socialista: un partido obrero socialdemócrata independiente. La orientación del socialismo hacia la fusión con el movimiento obrero es el mérito principal de C. Marx y F. Engels: ellos crearon una teoría revolucionaria que explicó la necesidad de esta fusión y planteó como tarea de los socialistas la organización de la lucha de clases del proletariado.

Exactamente del mismo modo marcharon las cosas en Rusia. También entre nosotros el socialismo existió durante mucho tiempo, a lo largo de muchos decenios, al margen de la lucha de los obreros contra los capitalistas, de las huelgas obreras, etc. Por un lado, los socialistas no comprendían la teoría de Marx, la consideraban inaplicable a Rusia; por otro lado, el movimiento obrero ruso se hallaba aún en una forma completamente embrionaria. Cuando en 1875 se formó la «Unión Obrera del Sur de Rusia» y en 1878 la «Unión Obrera del Norte de Rusia», estas organizaciones obreras se mantenían al margen de la orientación de los socialistas rusos; estas organizaciones obreras reclamaban derechos políticos para el pueblo, querían librar la lucha por esos derechos, mientras que los socialistas rusos consideraban entonces, erróneamente, la lucha política como una desviación del socialismo. Pero los socialistas rusos no se detuvieron en su teoría atrasada, errónea. Avanzaron, asimilaron la teoría de Marx, elaboraron, aplicada a Rusia, la teoría del socialismo obrero, la teoría de los socialdemócratas rusos. La fundación de la socialdemocracia rusa –mérito principal del grupo «Emancipación del Trabajo», de Plejánov, Axelrod y sus amigos[128]. Desde la fundación de la socialdemocracia rusa (1883), el movimiento obrero ruso, en cada una de sus manifestaciones amplias, se aproximaba directamente a los socialdemócratas rusos, tendía a fusionarse con ellos. La fundación del «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia» (en la primavera de 1898) marca el paso más grandioso en el camino hacia esta fusión. En la actualidad, la tarea principal de todos los socialistas rusos y de todos los obreros conscientes rusos es consolidar esta fusión, fortalecer y organizar el «Partido Obrero Socialdemócrata». Quien no quiere conocer esta fusión, quien se empeña en establecer artificialmente una especie de separación entre el movimiento obrero y la socialdemocracia en Rusia, no aporta beneficio, sino perjuicio, a la causa del socialismo obrero y del movimiento obrero en Rusia.

Sigamos adelante. «En cuanto a las reivindicaciones amplias –escribe R. M.–, a las reivindicaciones políticas, sólo en las reivindicaciones de los tejedores de Petersburgo... de 1897 vemos el primer caso, y aún poco consciente, de presentación por nuestros obreros de semejantes reivindicaciones políticas amplias». De nuevo debemos decir que esto es absolutamente falso. Al imprimir semejantes frases, la redacción de «Pensamiento Obrero» muestra, en primer lugar, un olvido imperdonable para un socialdemócrata de la historia del movimiento revolucionario y obrero ruso, y, en segundo lugar, una comprensión imperdonablemente estrecha de la causa obrera. Reivindicaciones políticas amplias fueron presentadas por los obreros rusos tanto en la hoja de mayo de la Unión de Lucha de San Petersburgo de 1898, como en los periódicos «Hoja Obrera de San Petersburgo» y «Periódico Obrero», que las organizaciones avanzadas de los socialdemócratas rusos reconocieron en 1898 como órgano oficial del «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». Ignorando esto, «Pensamiento Obrero» retrocede y justifica plenamente la opinión de que es el representante no de los obreros avanzados, sino de las capas bajas, atrasadas del proletariado (el propio R. M. señala en su artículo que a «Pensamiento Obrero» ya le han indicado esta circunstancia). Las capas bajas del proletariado no conocen la historia del movimiento revolucionario ruso, y R. M. no la conoce. Las capas bajas del proletariado no comprenden la relación entre el movimiento obrero y la socialdemocracia, y R. M. no comprende esta relación. ¿Por qué los obreros rusos de los años 90 no formaron sus organizaciones especiales por separado de los socialistas, como en los años 70? ¿Por qué no presentaron por separado de los socialistas sus reivindicaciones políticas? R. M. lo explica, evidentemente, porque «los obreros rusos están todavía muy poco preparados para ello» (pág. 5 de su artículo), pero con semejante explicación no hace más que confirmar una vez más la opinión de que él está en condiciones de hablar sólo como representante de las capas bajas del proletariado. Las capas bajas de los obreros, durante el movimiento de los años 90, no eran conscientes del carácter político del movimiento. Pero, no obstante, todos saben (y el propio R. M. lo dice) que el movimiento obrero de los años 90 adquirió un amplio significado político. Ocurrió esto porque el carácter del movimiento lo imprimieron, como en todas partes, como siempre, los obreros avanzados, a los que la masa obrera seguía porque le demostraron su disposición y su habilidad para servir a la causa obrera, porque supieron ganarse su plena confianza. Y estos obreros avanzados eran socialdemócratas; muchos de ellos incluso participaron personalmente en aquellas disputas entre populistas y socialdemócratas que caracterizaron la transición del movimiento revolucionario ruso del socialismo campesino y conspirativo al socialismo obrero. Es comprensible, por tanto, por qué estos obreros avanzados no se apartaban ahora de los socialistas y revolucionarios en organizaciones especiales. Tal apartamiento tenía sentido y era necesario cuando el socialismo se apartaba del movimiento obrero. Tal apartamiento sería imposible y carente de sentido, desde el momento en que los obreros avanzados veían ante sí el socialismo obrero y las organizaciones socialdemócratas. La fusión de los obreros avanzados con las organizaciones socialdemócratas era plenamente natural e inevitable. Era el resultado de aquel gran hecho histórico de que en los años 90 se encontraron dos profundos movimientos sociales en Rusia: uno, espontáneo, movimiento popular en la clase obrera; el otro, movimiento del pensamiento social hacia la teoría de Marx y Engels, hacia la doctrina de la socialdemocracia.

Hasta qué punto es desmedidamente estrecha la comprensión de la lucha política por parte de «Pensamiento Obrero», se ve por lo siguiente. Hablando de las reivindicaciones políticas amplias, R. M. escribe: «Y para que tal lucha política pueda ser librada por los obreros de manera plenamente consciente e independiente, es necesario que sea librada por las propias organizaciones obreras, que estas reivindicaciones políticas de los obreros se apoyen en sus necesidades e intereses políticos generales del momento, conscientemente asumidos» (¡retténgase esto!), «que estas reivindicaciones sean reivindicaciones de las propias organizaciones obreras (gremiales), que sean elaboradas por ellas realmente en común y también presentadas en común por estas organizaciones obreras, por su iniciativa particular...» Y sigue una explicación de que las reivindicaciones políticas generales más inmediatas de los obreros siguen siendo por ahora (¡!) la jornada laboral de 10 horas y el restablecimiento de los días festivos suprimidos por la ley del 2 de junio de 1897. – ¡Y después de esto, la redacción de «Pensamiento Obrero» puede aún extrañarse de que se le acuse de negación de la política! Pues bien, ¿esa reducción de la política a la lucha de los sindicatos gremiales por reformas aisladas no es acaso una negación de la política? ¿No es esto un repudio del legado fundamental de la socialdemocracia mundial, según el cual los socialdemócratas deben esforzarse por organizar la lucha de clases del proletariado en partidos políticos obreros independientes, que luchan por la democracia como medio para la conquista del poder político por el proletariado y la instauración por éste de la sociedad socialista? Con una ligereza sin límites, nuestros flamantes tergiversadores del socialdemocratismo arrojan por la borda todo lo que es caro para los socialdemócratas, lo que da derecho a ver en el movimiento obrero un movimiento histórico-universal. No les importa que la experiencia secular del socialismo europeo y de la democracia europea enseñe la necesidad de aspirar a la formación de partidos políticos obreros independientes. No les importa que la historia del movimiento revolucionario ruso, por un largo y difícil camino, haya elaborado la unión del socialismo con el movimiento obrero, la unión de los grandes ideales sociales y políticos con la lucha de clases del proletariado. No les importa que los obreros rusos avanzados ya hayan sentado las bases del «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». ¡Abajo todo eso! Liberémonos de un bagaje ideológico demasiado amplio y de una experiencia histórica demasiado pesada y exigente, y que «queden por ahora» sólo los sindicatos gremiales (cuya posibilidad de existencia en Rusia aún no ha sido probada en modo alguno, si no se cuentan las sociedades legales), que esos sindicatos gremiales «por iniciativa particular» elaboren reivindicaciones, ¡reivindicaciones del «momento», reivindicaciones de pequeñas y mezquinas reformas! ¿Qué es esto? ¡Es una especie de prédica del movimiento regresivo! ¡Es una especie de propaganda de la destrucción del socialismo!

Y obsérvese que «Pensamiento Obrero» no expone sólo la idea de que las organizaciones locales elaboren por sí mismas las formas locales de lucha y los motivos particulares de agitación, sus métodos, etc., idea contra la cual nadie se opondría. Jamás los socialdemócratas rusos han manifestado la menor pretensión de coartar en este sentido la independencia de los obreros. No, «Pensamiento Obrero» quiere postergar por completo las grandes tareas políticas del proletariado ruso y limitarse «por ahora» «sólo» a los «intereses del momento». Hasta ahora, los socialdemócratas rusos querían, apoyándose en cada reivindicación del momento, haciendo agitación a propósito de ella, organizar al proletariado para la lucha contra la autocracia, como su objetivo más inmediato. Ahora «Pensamiento Obrero» quiere limitar la lucha del proletariado a una lucha mezquina por mezquinas reivindicaciones. Sabiendo muy bien que se aparta de las opiniones de toda la socialdemocracia rusa, R. M. da la siguiente respuesta a los acusadores de «Pensamiento Obrero». Se dice que el derrocamiento del zarismo es la tarea más inmediata del movimiento obrero ruso. ¿De qué movimiento obrero exactamente –pregunta R. M.–, «del movimiento huelguístico?, ¿de las sociedades de ayuda mutua?, ¿de los círculos obreros?» (página 5 del artículo). Le responderemos a esto: ¡hable sólo por usted, por su grupo, por las capas bajas del proletariado de una localidad a las que representa, pero no se atreva a hablar por los obreros rusos avanzados! Los representantes bajos del proletariado a menudo no saben que la lucha por el derrocamiento de la autocracia sólo puede librarla un partido revolucionario. R. M. tampoco lo sabe. Pero los obreros rusos avanzados lo saben. Los representantes bajos del proletariado a menudo no saben que el movimiento obrero ruso no se limita a la lucha huelguística, a las sociedades de ayuda mutua y a los círculos obreros, que el movimiento obrero ruso aspira desde hace tiempo a organizarse en un partido revolucionario y ha demostrado esa aspiración en la práctica. R. M. tampoco lo sabe. Pero los obreros rusos avanzados lo saben.

R. M. intenta presentar su total incomprensión del socialdemocratismo como una comprensión especial de «nuestra realidad». Examinemos más de cerca sus opiniones sobre esta cuestión.

«Sobre el concepto mismo de autocracia... –escribe R. M.–... no vamos a extendernos aquí, suponiendo en cada uno de nuestros interlocutores una idea de lo más clara y precisa sobre semejantes cosas». Veremos ahora que el propio R. M. tiene una idea nada clara y nada precisa, hasta el más alto grado, sobre semejantes cosas, pero antes señalemos una circunstancia más. ¿Pertenecen los obreros a los interlocutores de R. M.? Por supuesto que sí. Y si es así, ¿de dónde van a sacar ellos una idea de lo más clara y precisa sobre la autocracia? Es evidente que para ello es necesaria la más amplia y sistemática propaganda de las ideas de la libertad política en general, es necesaria una agitación que vincule cada manifestación aislada de la violencia policial y de la opresión burocrática con una «idea clara» (en las mentes de los obreros) sobre la autocracia. Parece claro. Y si es así, ¿puede tener éxito una propaganda y agitación puramente local contra la autocracia? ¿No resulta absolutamente necesario organizar esta actividad en toda Rusia en una labor planificada, es decir, en la actividad de un partido único? ¿Por qué R. M., entre las tareas inmediatas del movimiento obrero ruso, no señala la tarea de organizar una propaganda y agitación sistemáticas contra la autocracia? Sólo porque tiene una idea nada clara y nada precisa sobre las tareas del movimiento obrero ruso y de la socialdemocracia rusa.

R. M. pasa luego a explicar que la autocracia representa una enorme «fuerza personal» (una burocracia adiestrada militarmente) y una enorme «fuerza económica» (medios financieros). Sin detenernos en los aspectos «poco claros» de su explicación (y hay mucho de «poco claro» aquí), pasemos directamente a lo principal:

«Pues bien –pregunta R. M. a la socialdemocracia rusa–, ¿no es acaso el derrocamiento de esa fuerza personal y la conquista de esa fuerza económica lo que se aconseja a los obreros rusos como primera y más inmediata tarea de sus actuales organizaciones (embrionarias)? (de los revolucionarios que dicen que esa tarea deben asumirla los círculos de obreros avanzados, ni hablamos)».

Nos frotamos los ojos con asombro y releemos dos y tres veces este pasaje monstruoso. ¿Acaso no nos hemos equivocado? No, no nos hemos equivocado: R. M. realmente no sabe lo que se llama derrocamiento de la autocracia. Es increíble, pero es un hecho. ¿Y se puede acaso considerar increíble después de la confusión de pensamiento revelada por R. M.?

R. M. confunde la conquista del poder por los revolucionarios con el derrocamiento de la autocracia por los revolucionarios.

Los viejos revolucionarios rusos (los populistas) aspiraban a la conquista del poder por el partido revolucionario. Una vez conquistado el poder, «el partido derrocaría la fuerza personal» de la autocracia –pensaban ellos–, es decir, en lugar de los funcionarios nombraría a sus propios agentes, «conquistaría la fuerza económica», es decir, todos los medios financieros del Estado, y realizaría una revolución social. Los populistas (los viejos) realmente aspiraban al «derrocamiento de la fuerza personal y a la conquista de la fuerza económica» de la autocracia, si ya hemos de emplear, siguiendo el ejemplo de R. M., estas expresiones torpes. Los socialdemócratas rusos se alzaron resueltamente contra esta teoría revolucionaria. Plejánov la sometió a una crítica implacable en sus obras: «El socialismo y la lucha política» (1883) y «Nuestras discrepancias» (1885) y señaló a los revolucionarios rusos su tarea: la formación de un partido obrero revolucionario, cuyo objetivo inmediato debe ser el derrocamiento del absolutismo. Pero ¿qué es el derrocamiento del absolutismo? Para explicárselo a R. M., es necesario responder primero a la pregunta: ¿qué es la autocracia? La autocracia (absolutismo, monarquía ilimitada) es una forma de gobierno en la que el poder supremo pertenece entera e indivisiblemente (ilimitadamente) al zar. El zar dicta leyes, nombra funcionarios, recauda y gasta el dinero del pueblo sin participación alguna de éste en la legislación y en el control de la administración. La autocracia es, por tanto, la autocracia de los funcionarios y de la policía y la carencia de derechos del pueblo. De esta carencia de derechos sufre todo el pueblo, pero las clases poseedoras (especialmente los ricos terratenientes y capitalistas) ejercen una influencia muy fuerte sobre la burocracia. La clase obrera sufre doblemente: por la carencia de derechos de todo el pueblo ruso, y por la opresión de los obreros por los capitalistas, que obligan al gobierno a servir a sus intereses.

¿Qué significa, pues, el derrocamiento del absolutismo? Significa la renuncia del zar al poder ilimitado; la concesión al pueblo del derecho a elegir a sus representantes para dictar leyes, para fiscalizar la actuación de los funcionarios, para fiscalizar la recaudación y el gasto de los fondos estatales. Esta forma de gobierno, en la que el pueblo participa en la legislación y en la administración, se llama forma constitucional de gobierno (constitución = ley sobre la participación de los representantes populares en la legislación y en la administración del Estado). Así, el derrocamiento de la autocracia significa la sustitución de la forma autocrática de gobierno por la forma constitucional de gobierno. Por consiguiente, para el derrocamiento de la autocracia no se requiere ningún «derrocamiento de la fuerza personal ni conquista de la fuerza económica», sino que se requiere obligar al gobierno zarista a renunciar a su poder ilimitado y a convocar, de entre los representantes populares, un Zemski Sobor para la elaboración de una constitución («conquistar una constitución democrática» [popular, redactada en interés del pueblo], como se dice en el proyecto de programa de los socialdemócratas rusos, publicado en 1885 por el grupo «Emancipación del Trabajo»).

¿Por qué el derrocamiento de la autocracia debe ser la primera tarea de la clase obrera rusa? Porque bajo la autocracia la clase obrera no puede desarrollar ampliamente su lucha, no puede conquistar para sí ninguna posición sólida ni en el terreno económico ni en el político, no puede crear organizaciones de masas sólidas, desplegar ante todas las masas trabajadoras la bandera de la revolución social y enseñarles a luchar por ella. Sólo bajo la libertad política es posible la lucha resuelta de toda la clase obrera contra la clase burguesa, y el objetivo final de esta lucha consiste en que el proletariado conquiste el poder político y organice la sociedad socialista. Esta conquista del poder político por el proletariado organizado y que ha pasado por una larga escuela de lucha será, verdaderamente, el «derrocamiento de la fuerza personal y la conquista de la fuerza económica» del gobierno burgués, pero esta conquista del poder los socialdemócratas rusos jamás la plantearon como la tarea más inmediata de los obreros rusos. Los socialdemócratas rusos siempre dijeron que sólo bajo la libertad política, mediante una lucha amplia y de masas, la clase obrera rusa conseguirá elaborar las organizaciones para esta victoria final del socialismo. Pero ¿por qué vía puede la clase obrera rusa derrocar la autocracia? Pues bien, los redactores de «Pensamiento Obrero» se burlan incluso del grupo «Emancipación del Trabajo», que fundó la socialdemocracia rusa y dijo en su programa que «la lucha contra la autocracia es obligatoria incluso para aquellos círculos obreros que representan ahora los gérmenes del futuro partido obrero ruso». A «Pensamiento Obrero» (véase su núm. 7 y el artículo que comentamos) esto le parece ridículo: ¡el derrocamiento de la autocracia por los círculos obreros! Respondemos a esto a los redactores de «Pensamiento Obrero»: ¡de quién se ríen? ¡Se ríen de sí mismos! Los redactores de «Pensamiento Obrero» se quejan de que los socialdemócratas rusos no polemizan con ellos de manera camaraderil. Que los lectores juzguen por sí mismos de qué lado vemos una polémica no camaraderil: si del lado de los viejos socialdemócratas rusos, que han expuesto de manera definida sus puntos de vista y dicen directamente qué puntos de vista de los «jóvenes» consideran erróneos y por qué; o del lado de los «jóvenes», que, sin nombrar a sus adversarios, zaherían desde la esquina al «autor del libro alemán sobre Chernyshevski» (Plejánov, confundiéndolo además con ciertos escritores legales, sin la menor base para ello), o al grupo «Emancipación del Trabajo», citando con tergiversaciones fragmentos de su programa y sin presentar contra él un programa propio mínimamente definido. ¡Sí! Reconocemos el deber de camaradería, el deber de apoyo a todos los camaradas, el deber de tolerancia hacia las opiniones de los camaradas, pero para nosotros el deber de camaradería deriva del deber para con la socialdemocracia rusa y para con la internacional, y no al revés. Reconocemos para con «Pensamiento Obrero» deberes de camaradería no porque sus redactores sean nuestros camaradas, sino que consideramos a los redactores de «Pensamiento Obrero» como camaradas nuestros sólo en la medida y en tanto que trabajan en las filas de la socialdemocracia rusa (y, por consiguiente, internacional). Y por eso, si estamos convencidos de que los «camaradas» retroceden respecto al programa socialdemócrata, de que los «camaradas» estrechan y deforman las tareas del movimiento obrero, entonces consideramos nuestro deber expresar nuestra convicción con plena definición y sin ninguna reticencia.

Hemos dicho ahora que los redactores de «Pensamiento Obrero» tergiversan los puntos de vista del grupo «Emancipación del Trabajo». Que el lector juzgue por sí mismo. «Estamos dispuestos a no comprender a aquellos camaradas nuestros –escribe R. M.– que consideran su programa de "emancipación del trabajo" como una simple respuesta a la pregunta: "¿de dónde sacar fuerzas para la lucha contra la autocracia?"» (en otro lugar: «nuestros revolucionarios miran al movimiento obrero como el mejor medio para derrocar la autocracia»). Abran el proyecto de programa de los socialdemócratas rusos, publicado por el grupo «Emancipación del Trabajo» en 1885 y reeditado por P. B. Axelrod en su folleto «Sobre la cuestión de las tareas actuales y la táctica de los socialdemócratas rusos» (Ginebra, 1898), y verán que en la base del programa se pone la completa emancipación del trabajo del yugo del capital, el paso a la propiedad social de todos los medios de producción, la conquista del poder político por la clase obrera, la formación de un partido obrero revolucionario. Que R. M. tergiversa este programa, que no quiere comprenderlo, es claro. Se agarra a las palabras de P. B. Axelrod al comienzo del folleto, donde dijo que el programa del grupo «Emancipación del Trabajo» «surgió como respuesta» a la pregunta: ¿de dónde sacar fuerzas para la lucha contra la autocracia? Pero es que es un hecho histórico que el programa del grupo «Emancipación del Trabajo» surgió como respuesta tanto a esta pregunta de los revolucionarios rusos, como a esta pregunta de todo el movimiento revolucionario ruso. Y si el programa del grupo «Emancipación del Trabajo» dio respuesta a esta pregunta, ¿acaso significa eso que el movimiento obrero era para este grupo «Emancipación del Trabajo» sólo un medio? Pues bien, esta «incomprensión» de R. M. testimonia únicamente su falta de familiaridad con los hechos de todos conocidos de la actividad del grupo «Emancipación del Trabajo».

Además. ¿Cómo eso de que «el derrocamiento de la autocracia» pueda ser tarea de los círculos obreros? R. M. no lo comprende. Abran el programa del grupo «Emancipación del Trabajo»: «Los socialdemócratas rusos consideran como principal medio de lucha política de los círculos obreros contra el absolutismo –se dice allí– la agitación en el seno de la clase obrera y la ulterior difusión en ella de las ideas socialistas y de las organizaciones revolucionarias. Estrechamente vinculadas entre sí en un todo armónico, estas organizaciones, no contentándose con choques parciales con el gobierno, no tardarán en pasar, en el momento oportuno, a un ataque general y decisivo contra él». Es precisamente esta táctica la que siguieron las organizaciones rusas que fundaron en la primavera de 1898 el «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». Y ellas demostraron que tales organizaciones constituyen en Rusia una gran fuerza política. Si estas organizaciones forman un solo partido y llevan a cabo una amplia agitación contra el gobierno ilimitado, utilizando para ello todos los elementos de la oposición liberal, entonces la tarea de conquistar la libertad política será indudablemente alcanzable para tal partido. Si los redactores de «Pensamiento Obrero» «están dispuestos a no comprender» esto, nosotros estamos «dispuestos» a aconsejarles: estudien, señores, pues por sí mismas estas cosas no son en absoluto muy difíciles de comprender.

Volvamos, empero, a R. M., a quien dejamos en sus disquisiciones sobre la lucha contra la autocracia. El punto de vista propio de R. M. sobre esta cuestión ilustra aún más claramente la nueva orientación, regresiva, de «Pensamiento Obrero».

«El fin de la autocracia está claro –escribe R. M.–. La lucha contra la autocracia es para todos los elementos sociales vitales una de las condiciones de su sano desarrollo». De aquí se deduce, pensará quizás el lector, que la lucha contra la autocracia es necesaria también para la clase obrera. No, espere. R. M. tiene su propia lógica y su propia terminología. Con la palabra lucha, mediante el añadido de la palabra: «social» (lucha), entiende algo completamente especial. Después de describir la oposición legal que ofrecen al gobierno muchas capas de la población rusa, R. M. concluye: «Pues también la lucha por la autoadministración social de los zemstvos y de las ciudades, y la lucha por la escuela pública, y la lucha por la ayuda social a la población hambrienta, etc., es lucha contra la autocracia». «La necesidad de la lucha social contra la autocracia de los funcionarios es evidente para todas las capas y grupos conscientes y progresistas de la población. Más aún. Esta lucha social, que por algún extraño malentendido no atrae la atención benévola de muchos escritores revolucionarios rusos, como hemos visto, ya está siendo librada por la sociedad rusa y no desde ayer». «La cuestión real es cómo estas capas sociales aisladas... deben librar esta (¡reténgase esto!) lucha contra la autocracia del modo más exitoso posible... Y la cuestión principal para nosotros es: ¿cómo deben librar esta lucha social (!) contra la autocracia nuestros obreros...?»

En estas disquisiciones de R. M. se acumula de nuevo una increíble cantidad de confusión y errores.

En primer lugar, R. M. confunde la oposición legal con la lucha contra la autocracia, con la lucha por el derrocamiento de la autocracia. Realiza esta confusión, imperdonable para un socialista, mediante la expresión «lucha contra la autocracia», usada por él sin explicación: esta expresión puede significar (con reservas) la lucha contra la autocracia, pero también puede significar la lucha contra medidas aisladas de la autocracia sobre el terreno del mismo régimen autocrático.

En segundo lugar, R. M., al calificar la oposición legal de lucha social contra la autocracia y decir que nuestros obreros deben librar «esta lucha social», se desliza de este modo hacia que nuestros obreros libren no una lucha revolucionaria contra la autocracia, sino una oposición legal a la autocracia, es decir, se desliza hacia una vulgarización monstruosa de la socialdemocracia y su confusión con el liberalismo ruso más adocenado y miserable.

En tercer lugar, R. M. dice una falsedad directa sobre los escritores socialdemócratas rusos – [R. M., a decir verdad, prefiere lanzar reproches «de manera camaraderil» sin dirigirlos a nadie. Pero si no se refiere a los socialdemócratas, entonces sus palabras no tienen ningún sentido]–, afirmando que no prestan atención a la oposición legal. Al contrario, tanto el grupo «Emancipación del Trabajo», como P. B. Axelrod en particular, como el «Manifiesto del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia», como el folleto «Tareas de los socialdemócratas rusos» (publicado por el «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia» y calificado por Axelrod de comentario al «Manifiesto»), todos ellos no sólo prestaron atención a la oposición legal, sino que aclararon su relación con la socialdemocracia con plena precisión.

Expliquemos todo esto. ¿Qué «lucha contra la autocracia» libran nuestros zemstvos, las sociedades liberales en general, la prensa liberal? ¿Libran acaso la lucha contra la autocracia, la lucha por el derrocamiento de la autocracia? No, semejante lucha nunca la han librado ni la libran. Semejante lucha la libran únicamente los revolucionarios, que a menudo salen del seno de la sociedad liberal y se apoyan en la simpatía de la sociedad. Pero librar una lucha revolucionaria no es en absoluto lo mismo que simpatizar con los revolucionarios y prestarles apoyo; la lucha contra la autocracia no es en absoluto lo mismo que la oposición legal a la autocracia. Los liberales rusos expresan su descontento con la autocracia sólo en la forma que la propia autocracia permite, es decir, que la autocracia considera no peligrosa para la autocracia. La manifestación más importante de la oposición liberal eran sólo las peticiones de los liberales al gobierno zarista para que se atrajera al pueblo a la administración. Y los liberales soportaban pacientemente cada vez las groseras negativas policiales que recibían a tales peticiones, soportaban las persecuciones ilegales y salvajes con que el gobierno gendarme obsequiaba incluso por los intentos legales de manifestar su opinión. Convertir la oposición liberal simple y llanamente en lucha social contra la autocracia significa tergiversar directamente las cosas, porque los liberales rusos jamás organizaron un partido revolucionario para luchar por el derrocamiento de la autocracia, aunque siempre pudieron y pueden encontrar para ello tanto medios materiales como representantes en el extranjero del liberalismo ruso. Y R. M. no sólo tergiversa las cosas, sino que mezcla en esto el nombre del gran socialista ruso, N. G. Chernyshevski. «Los aliados de los obreros en esta lucha –escribe R. M.– son todas las capas avanzadas de la sociedad rusa, que defienden sus intereses sociales e instituciones, que comprenden claramente sus ventajas comunes, "que nunca olvidan" (cita R. M. a Chernyshevski) cuán grande es "la diferencia en que un cambio se haga por decisión independiente del gobierno o por demanda formal de la sociedad"». Si se refiere esta opinión a todos los representantes de la «lucha social», tal como la entiende R. M., es decir, a todos los liberales rusos, entonces es una falsedad directa. Demandas formales al gobierno jamás las presentaron los liberales rusos, y precisamente por eso los liberales rusos jamás desempeñaron ni pueden desempeñar en modo alguno ahora un papel revolucionario independiente. Aliados de la clase obrera y de la socialdemocracia no pueden ser «todas las capas avanzadas de la sociedad», sino únicamente los partidos revolucionarios fundados por miembros de esa sociedad. Los liberales en general pueden y deben servir sólo como una de las fuentes de fuerzas y medios adicionales para el partido obrero revolucionario (como lo dijo P. B. Axelrod con plena claridad en el folleto arriba mencionado). N. G. Chernyshevski precisamente por eso ridiculizaba despiadadamente a las «capas avanzadas de la sociedad rusa»: porque no comprendían la necesidad de demandas formales al gobierno y contemplaban impasibles cómo los revolucionarios salidos de su seno perecían bajo los golpes del gobierno autocrático. R. M. en este caso cita a Chernyshevski tan absurdamente como son absurdos los fragmentos de citas de Chernyshevski arrancados en el segundo artículo del «Suplemento separado», que pretenden mostrar que Chernyshevski no era utopista y que los socialdemócratas rusos no han valorado toda la importancia del «gran socialista ruso». Plejánov, en su libro sobre Chernyshevski (artículos en la recopilación «El Socialdemócrata»{81}, publicados por separado en un libro en alemán), valoró plenamente la importancia de Chernyshevski y aclaró su relación con la teoría de Marx y Engels. La redacción de «Pensamiento Obrero», en cambio, ha revelado sólo su incapacidad para dar una valoración medianamente coherente y completa de Chernyshevski, de sus aspectos fuertes y débiles.

La «cuestión real» de la socialdemocracia rusa no consiste en absoluto en cómo los liberales deben librar la «lucha social» (bajo la cual R. M., como hemos visto, entiende la oposición legal), sino en cómo organizar un partido obrero revolucionario que luche por el derrocamiento del absolutismo, un partido que pueda apoyarse en todos los elementos de oposición existentes en Rusia, que pueda utilizar todas las manifestaciones de oposición para su lucha revolucionaria. Para ello es precisamente necesario un partido obrero revolucionario, porque sólo la clase obrera puede ser en Rusia el luchador resuelto y consecuente por la democracia, porque sin la influencia enérgica de un partido así, los elementos liberales «pueden permanecer en estado de una fuerza lánguidamente inactiva, dormitante» (P. B. Axelrod, folleto citado, pág. 23). Diciendo que nuestras «capas más avanzadas» libran una «lucha social real (!!) contra la autocracia» (pág. 12 del artículo de R. M.), que «la cuestión principal para nosotros es cómo deben librar esta lucha social contra la autocracia nuestros obreros», diciendo tales cosas, R. M., en esencia, se aparta completamente de la socialdemocracia. No nos queda sino aconsejar seriamente a los redactores de «Pensamiento Obrero» que piensen bien adónde quieren ir y cuál es su verdadero lugar: entre los revolucionarios, que llevan a las clases trabajadoras la bandera de la revolución social y quieren organizarlas en un partido político revolucionario, o entre los liberales, que libran su «lucha social» (es decir, la oposición legal). Pues en la teoría de la «iniciativa social» de los obreros, en la teoría de la «ayuda mutua social» y de los sindicatos gremiales que se limitan «por ahora» a la jornada laboral de 10 horas, en la teoría de la «lucha social» de los zemstvos, de las sociedades liberales, etc., ¡en esta teoría no hay absolutamente nada socialista, nada que los liberales no reconocerían! En esencia, todo el programa de «Pensamiento Obrero» (en tanto se pueda hablar aquí de programa) tiende a dejar a los obreros rusos en su atraso y fragmentación y a convertirlos en la cola de los liberales. Algunas frases de R. M. son particularmente extrañas. «Todo el mal está sólo –sentencia R. M.– en que, despiadadamente perseguida por la policía política, nuestra intelectualidad revolucionaria toma la lucha contra esa policía política por la lucha política contra la autocracia». ¿Qué sentido puede tener semejante declaración? La policía política se llama política precisamente porque persigue a los enemigos de la autocracia y a los luchadores contra ella. Por eso también «Pensamiento Obrero», en tanto no haya realizado aún su transformación en liberales, lucha contra la policía política, como luchan contra ella todos los revolucionarios rusos, y los socialistas, y todos los obreros conscientes. Del hecho de que la policía política persigue despiadadamente a los socialistas y a los obreros, de que la autocracia posee una «organización armónica», «hábiles y diestros estadistas» (pág. 7 del artículo de R. M.), de este hecho pueden derivarse sólo dos conclusiones: el liberal cobarde y miserable sacará de aquí que nuestro pueblo en general y los obreros en particular están aún poco preparados para la lucha y que hay que depositar todas las esperanzas en la «lucha» de los zemstvos, de la prensa liberal, etc., pues ésta es la «lucha real contra la autocracia», y no sólo la lucha contra la policía política. El socialista y todo obrero consciente sacará de aquí que el partido obrero debe esforzarse con todas sus fuerzas también por tener una «organización armónica», por formar de entre los obreros avanzados y de entre los socialistas «hábiles y diestros activistas revolucionarios», que coloquen al partido obrero a la altura de luchador de vanguardia por la democracia y sepan atraer hacia él a todos los elementos de oposición.

¡Los redactores de «Pensamiento Obrero» no advierten que se han puesto en un plano inclinado por el que ruedan hacia la primera conclusión!

O también: «Nos sorprende en estos programas» –es decir, en los programas de los socialdemócratas–, escribe R. M., «y el eterno hecho de poner en primer plano las ventajas de la actividad de los obreros en el parlamento (inexistente entre nosotros), ignorando por completo... la importancia de la participación obrera» en las asambleas legislativas de los fabricantes, en las presencias para asuntos fabriles, en la autoadministración social de las ciudades (pág. 15). Si no se ponen en primer plano las ventajas del parlamento, ¿de dónde van a saber los obreros acerca de los derechos políticos y la libertad política? Si se calla sobre estas cuestiones, como calla el periódico «Pensamiento Obrero», ¿no significa eso apoyar la ignorancia política entre las capas bajas de los obreros? En lo que respecta a la participación de los obreros en la administración social de las ciudades, ningún socialdemócrata ha negado nunca ni en ninguna parte la utilidad e importancia de la actividad de los obreros socialistas en la autoadministración urbana, pero es ridículo hablar de esto en Rusia, donde ninguna manifestación abierta del socialismo es posible, donde el entusiasmo de los obreros por la autoadministración urbana (incluso si fuera posible) significaría de hecho desviar a los obreros avanzados de la causa obrera socialista hacia el liberalismo.

«La actitud de las capas avanzadas de los obreros –dice R. M.– hacia tal gobierno (autocrático)... es tan comprensible como la actitud de los obreros hacia los fabricantes». Significa –se deduce de aquí según el sano sentido común humano– que las capas avanzadas de los obreros no son socialdemócratas menos conscientes que los socialistas de la intelectualidad, y por eso el empeño de «Pensamiento Obrero» en separar a unos y otros es absurdo y nocivo. Significa que la clase obrera rusa ha creado ya y ha destacado por sí misma elementos para la formación de un partido político obrero independiente. ¡Pero los redactores de «Pensamiento Obrero», del hecho de la conciencia política de las capas avanzadas de los obreros, sacan la conclusión... de que es necesario arrastrar a estos avanzados hacia atrás, para estancarse en el mismo lugar! «¿Qué lucha es deseable que libren los obreros?» –pregunta R. M. y responde: es deseable la lucha que es posible, ¡y es posible la que «libran» los obreros «en el momento actual»!!! Es difícil expresar en una forma más tajante ese oportunismo insensato y sin principios del que están contagiados los redactores de «Pensamiento Obrero», entusiasmados con la «bernsteiniada» de moda. ¡Es deseable lo que es posible, y es posible lo que existe en el momento actual! ¡Es exactamente lo mismo que si a un hombre que se ha dispuesto a emprender un camino lejano y difícil, en el que le espera una masa de obstáculos y una masa de enemigos, a ese hombre, a la pregunta: ¿hacia dónde ir?, le respondieran: es deseable ir hacia donde es posible, y es posible ir hacia donde vas en el momento actual! Esto es precisamente nihilismo, sólo que nihilismo no revolucionario, sino oportunista, que manifiestan o bien los anarquistas, o bien los liberales burgueses. «Llamando» a los obreros rusos a la lucha «privada» y «política» (entendiendo por lucha política no la lucha contra la autocracia, sino sólo la «lucha por mejorar la situación de todos los obreros»), R. M. llama directamente al movimiento obrero ruso y a la socialdemocracia rusa a dar un paso atrás, ¡llama, en esencia, a los obreros a separarse de los socialdemócratas y a arrojar así por la borda todas las conquistas de la experiencia europea y rusa! Para la lucha por mejorar su situación, y sólo para esa lucha, los obreros no tienen ninguna necesidad de los socialistas. En todos los países se encontrarán obreros que libran la lucha por mejorar su situación sin saber nada del socialismo o incluso siendo hostiles a él.

«Para concluir –escribe R. M.–, un par de palabras sobre nuestra comprensión del socialismo obrero». Después de lo expuesto, al lector ya no le es difícil imaginarse cómo es esa «comprensión». Es simplemente un calco del libro «de moda» de Bernstein. En lugar de la lucha de clases del proletariado, nuestros «jóvenes» socialdemócratas ponen la «iniciativa social y política de los obreros». Si recordamos cómo entiende R. M. la «lucha» social y la «política», nos quedará claro que esto es un retorno directo a la «fórmula» de ciertos escritores legales rusos. En vez de indicar con precisión el objetivo (y la esencia) del socialismo: el paso de la tierra, las fábricas, etc., en general de todos los medios de producción, a propiedad de toda la sociedad y la sustitución de la producción capitalista por la producción según un plan general en interés de todos los miembros de la sociedad, en vez de eso, R. M. señala en primer lugar el desarrollo de los sindicatos gremiales y las cooperativas de consumo, y sólo de pasada dice que el socialismo conduce a la total socialización de todos los medios de producción. En cambio, se imprime con los caracteres más gruesos que «el socialismo es sólo el ulterior desarrollo superior de la socialidad contemporánea», frase tomada de Bernstein, que no aclara, sino que oscurece el significado y la esencia del socialismo. Todos los liberales y todos los burgueses están sin duda a favor del «desarrollo de la socialidad contemporánea», de modo que todos ellos se alegrarán de la declaración de R. M. Pero, no obstante, los burgueses son enemigos del socialismo. El asunto está en que en la «socialidad contemporánea» hay muchísimos aspectos diferentes, y quienes emplean esta expresión general tienen en mente un aspecto unos, y otro aspecto otros. Por consiguiente, en lugar de aclarar a los obreros el concepto de la lucha de clases y del socialismo, R. M. sólo aduce frases nebulosas y confusas. Finalmente, en lugar de señalar el medio que el socialismo contemporáneo ha planteado para la realización del socialismo –la conquista del poder político por el proletariado organizado–, en lugar de eso, R. M. habla sólo del paso de la producción bajo su (de los obreros) administración social o bajo la administración de un poder social democratizado, democratizado «mediante su (de los obreros) participación activa en las presencias para el examen de toda clase de asuntos fabriles y de fábrica, en los tribunales de arbitraje, en toda clase de asambleas, comisiones y conferencias para la elaboración de leyes obreras, mediante la participación de los obreros en la autoadministración social y, finalmente, en la institución representativa general del país». De este modo, los redactores de «Pensamiento Obrero» atribuyen al socialismo obrero sólo aquel que se alcanza por vía pacífica, excluyendo la vía revolucionaria. Esta restricción del socialismo y su reducción a un adocenado liberalismo burgués constituye, a su vez, un paso atrás gigantesco respecto a los puntos de vista de todos los socialdemócratas rusos y de la grandísima mayoría aplastante de los socialdemócratas europeos. La clase obrera preferiría, por supuesto, tomar pacíficamente el poder en sus manos (ya dijimos antes que esa conquista del poder puede ser realizada únicamente por la clase obrera organizada, que ha pasado por la escuela de la lucha de clases), pero renunciar a la conquista revolucionaria del poder sería, por parte del proletariado, tanto desde el punto de vista teórico como desde el práctico-político, una insensatez y significaría sólo una vergonzosa concesión ante la burguesía y todas las clases poseedoras. Es muy probable –incluso lo más probable– que la burguesía no haga concesiones pacíficas al proletariado, sino que recurra, en el momento decisivo, a la defensa de sus privilegios por la violencia. Entonces a la clase obrera no le quedará otro camino para la realización de su objetivo que la revolución. He aquí por qué el programa del «socialismo obrero» habla en general de la conquista del poder político, sin determinar el modo de esa conquista, pues la elección de ese modo depende del futuro, que no podemos determinar con exactitud. Pero limitar la actividad del proletariado en todo caso a una sola «democratización» pacífica, repetimos, significa restringir y vulgarizar de manera completamente arbitraria el concepto del socialismo obrero.

No vamos a analizar con el mismo detalle otros artículos del «Suplemento separado». Del artículo con motivo del décimo aniversario de la muerte de Chernyshevski ya hemos hablado. En cuanto a la propaganda por los redactores de «Pensamiento Obrero» de la bernsteiniada, de la que se han agarrado en todo el mundo todos los enemigos del socialismo en general y los liberales burgueses en particular, y contra la cual se ha pronunciado resueltamente (en el congreso de Hannover) la aplastante mayoría de los socialdemócratas alemanes y de los obreros conscientes alemanes, en cuanto a la bernsteiniada, no es lugar aquí para hablar detalladamente de ella. Nos ocupa aquí la bernsteiniada rusa, y ya hemos mostrado qué ilimitada confusión de pensamiento, qué ausencia de todo atisbo de concepciones independientes, qué paso atrás decisivo respecto a los puntos de vista de la socialdemocracia rusa representa «nuestra» bernsteiniada. De la bernsteiniada alemana, dejemos que hablen mejor los propios alemanes. Sólo señalemos que la bernsteiniada rusa está aún infinitamente más baja que la alemana. En Bernstein, a pesar de todos sus errores y a pesar de su evidente tendencia a retroceder tanto en el aspecto teórico como en el político, quedó aún el suficiente juicio y la suficiente conciencia para, no habiendo llegado por sí mismo a ninguna nueva teoría o programa, negarse a proponer cambios en el programa de la socialdemocracia alemana y declarar, en el último y decisivo momento, que acepta la resolución de Bebel, la resolución que proclamó solemnemente ante todo el mundo que la socialdemocracia alemana se mantiene fiel a su viejo programa y a su vieja táctica. ¿Y nuestros bernsteinianos rusos? Sin haber hecho ni la centésima parte de lo que hizo Bernstein, llegan al extremo de no querer saber siquiera el hecho de que todas las organizaciones socialdemócratas rusas fundaron en 1898 el «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia», publicaron su «Manifiesto» y declararon como su órgano oficial el «Periódico Obrero», y que todas esas obras se mantienen íntegramente sobre el terreno del «viejo» programa de los socialdemócratas rusos. Nuestros bernsteinianos parecen no darse cuenta de que si han rechazado esos viejos puntos de vista y han llegado a otros nuevos, entonces su deber moral, su deber ante toda la socialdemocracia rusa y ante aquellos socialistas y obreros que han puesto todas sus fuerzas en la preparación y formación del «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia» y que llenan ahora en su mayor parte las cárceles rusas, ese deber exige que los representantes de los nuevos puntos de vista no se limiten a zaherir desde la esquina a unos tales «nuestros revolucionarios» en general, sino que declaren directa y abiertamente con quiénes exactamente y en qué exactamente no están de acuerdo, qué nuevos puntos de vista exactamente y qué nuevo programa ponen en lugar de los viejos.

Nos queda por examinar una cuestión más, y acaso la más importante: ¿cómo explicar el surgimiento de semejante orientación regresiva en la socialdemocracia rusa? Explicar el asunto únicamente por las cualidades personales de los redactores de «Pensamiento Obrero», únicamente por la influencia de la bernsteiniada de moda, a nuestro juicio, no se puede. El asunto se explica, a nuestro juicio, principalmente por la peculiaridad en el desarrollo histórico de la socialdemocracia rusa, que engendró –y temporalmente debía engendrar– una comprensión estrecha del socialismo obrero.

En los años 80 y comienzos de los 90, cuando los socialdemócratas empezaban a trabajar prácticamente en Rusia, veían ante sí, en primer lugar, a los populistas, que les reprochaban que se apartaban de la lucha política legada por el movimiento revolucionario ruso, y con los cuales los socialdemócratas sostenían una tenaz polémica, y, en segundo lugar, a la sociedad liberal rusa, que también estaba descontenta con el giro del movimiento revolucionario del populismo a la socialdemocracia. La polémica con unos y con otros giraba en torno a la cuestión de la política. Combatiendo la concepción estrecha de los populistas, que reducían la política al conspirativismo, los socialdemócratas podían pronunciarse y se pronunciaban a veces en general contra la política (en vista de que predominaba una determinada comprensión estrecha de la política). Por otro lado, en los salones liberales y radicales de la «sociedad» burguesa, los socialdemócratas podían oír con frecuencia lamentaciones de que los revolucionarios habían abandonado el terror: gentes que temblaban sobre todo por su pellejo y que no prestaron apoyo en el momento decisivo a los héroes que asestaban golpes a la autocracia, esas gentes acusaban hipócritamente a los socialdemócratas de indiferentismo político y anhelaban el renacimiento de un partido que les sacara las castañas del fuego. Es natural que los socialdemócratas se imbuyeran de odio hacia semejantes gentes y sus frases y se entregaran a la labor más menuda, pero también más seria, de la propaganda entre el proletariado fabril. El carácter estrecho de esta labor al principio era inevitable, reflejándose también en las declaraciones estrechas de algunos socialdemócratas. Esta estrechez no asustaba, sin embargo, a aquellos socialdemócratas que no olvidaban ni por un momento los amplios objetivos históricos del movimiento obrero ruso. ¡Qué más da que sean estrechas a veces las palabras de los socialdemócratas: en cambio, es amplia su obra! ¡En cambio, no se entregan a conspiraciones inútiles, no se codean con los Balalaikin{82} del liberalismo burgués, sino que acuden a la clase que es la única clase verdaderamente revolucionaria y contribuyen al desarrollo de sus fuerzas! Con cada paso de ampliación de la propaganda socialdemócrata, pensaban ellos, esa estrechez irá desapareciendo por sí misma. En gran medida así ocurrió en realidad. De la propaganda empezaron a pasar a la agitación amplia. La agitación amplia, naturalmente, empezó a destacar un número cada vez mayor de obreros conscientes avanzados; empezaron a formarse organizaciones revolucionarias (las «Uniones de Lucha» de San Petersburgo, Kiev y otras, la Unión Obrera Judía). Estas organizaciones, naturalmente, empezaron a aspirar a la fusión, lo que al fin lograron: se unieron y sentaron las bases del «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia». Parecería que para la vieja estrechez no quedaba ya ningún terreno, y que sería definitivamente desechada. Pero ocurrió de otro modo: la difusión de la agitación puso a los socialdemócratas en contacto con las capas bajas, menos desarrolladas del proletariado; la atracción de esas capas exigía del agitador la habilidad de adaptarse al nivel más bajo de comprensión, lo acostumbraba a poner en primer plano «las reivindicaciones e intereses del momento actual» y a postergar los amplios ideales del socialismo y de la lucha política. El carácter fragmentado, artesanal de la labor socialdemócrata, la debilidad extrema de los vínculos entre los círculos de distintas ciudades, entre los socialdemócratas rusos y sus camaradas del extranjero, que poseen conocimientos más sólidos, una experiencia revolucionaria más rica y un horizonte político más amplio, llevaron naturalmente a que este aspecto (completamente necesario) de la actividad socialdemócrata se exagerase desmesuradamente y pudiera, en la conciencia de individuos aislados, conducir al olvido de los demás aspectos, tanto más cuanto que con cada fracaso los obreros e intelectuales más conscientes salían de las filas del ejército en activo y una sólida tradición revolucionaria y continuidad no habían podido aún elaborarse. En esta exageración desmesurada de un aspecto de la labor socialdemócrata vemos nosotros la causa principal del lamentable alejamiento de los ideales de la socialdemocracia rusa. Añádase a esto el entusiasmo por un libraco de moda, el desconocimiento de la historia del movimiento revolucionario ruso y la infantil pretensión de originalidad, y se obtendrán todos los elementos que forman la «tendencia regresiva en la socialdemocracia rusa».

De este modo, sobre la cuestión de la relación entre las capas avanzadas del proletariado y sus capas bajas, y sobre el significado de la labor socialdemócrata en unas y otras capas, tenemos que detenernos con mayor detalle.

La historia del movimiento obrero de todos los países muestra que las ideas del socialismo son percibidas antes que nada y más fácilmente por las capas de obreros mejor situadas. De ellas proceden principalmente aquellos obreros avanzados que destaca todo movimiento obrero, obreros que saben ganarse la plena confianza de las masas obreras, obreros que se consagran por entero a la causa de la ilustración y organización del proletariado, obreros que asimilan plenamente de manera consciente el socialismo y que incluso elaboraron por sí mismos teorías socialistas. Todo movimiento obrero vivo ha destacado a tales dirigentes obreros, a sus Proudhon y Vaillant, Weitling y Bebel. Y nuestro movimiento obrero ruso promete no quedarse atrás en este sentido respecto al europeo. Mientras la sociedad culta pierde el interés por la literatura honesta, ilegal, entre los obreros crece un apasionado anhelo de saber y de socialismo, entre los obreros se destacan auténticos héroes que –a pesar de la monstruosa situación de su vida, a pesar del embrutecedor trabajo forzado en la fábrica– encuentran en sí tanto carácter y fuerza de voluntad para estudiar, estudiar y estudiar y formarse como socialdemócratas conscientes, «la intelectualidad obrera». En Rusia existe ya esa «intelectualidad obrera», y nosotros debemos hacer todos los esfuerzos para que sus filas se amplíen constantemente, para que sus altas demandas intelectuales sean plenamente satisfechas, para que de sus filas salgan los dirigentes del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. El periódico que quisiera convertirse en órgano de todos los socialdemócratas rusos debe situarse, por tanto, al nivel de los obreros avanzados; no sólo no debe rebajar artificialmente su nivel, sino que, al contrario, debe elevarlo constantemente, seguir todas las cuestiones tácticas, políticas y teóricas de la socialdemocracia mundial. Sólo entonces serán satisfechas las demandas de la intelectualidad obrera, y ella misma tomará en sus manos la causa obrera rusa y, por consiguiente, la causa revolucionaria rusa. Detrás de la capa numéricamente pequeña de avanzados va una amplia capa de obreros medios. También estos obreros aspiran ávidamente al socialismo, participan en círculos obreros, leen periódicos y libros socialistas, participan en la agitación, diferenciándose de la capa anterior sólo en que no pueden convertirse en dirigentes plenamente independientes del movimiento obrero socialdemócrata. En el periódico que fuera órgano del partido, el obrero medio no comprenderá algunos artículos, no se dará plena cuenta de una cuestión teórica o práctica compleja. De esto no se sigue en absoluto que el periódico debiera rebajarse al nivel de la masa de sus lectores. Al contrario, el periódico precisamente debe elevar su nivel y ayudar a que de la capa media de obreros se destaquen obreros avanzados. Absorto por la actividad práctica local, interesado sobre todo por la crónica del movimiento obrero y por las cuestiones inmediatas de la agitación, tal obrero debe vincular con cada paso suyo el pensamiento sobre todo el movimiento obrero ruso, sobre su tarea histórica, sobre el objetivo final del socialismo, y por eso el periódico, cuya masa de lectores la constituyen obreros medios, necesariamente debe vincular con cada cuestión local y estrecha el socialismo y la lucha política.

Finalmente, detrás de la capa media va la masa de las capas bajas del proletariado. Es muy posible que el periódico socialista les sea por completo o casi por completo inaccesible (pues también en el occidente de Europa el número de electores socialdemócratas es mucho mayor que el número de lectores de periódicos socialdemócratas), pero de esto sería absurdo deducir que el periódico de los socialdemócratas debe adaptarse al nivel más bajo posible de los obreros. De esto se sigue sólo que sobre tales capas deben actuar otros medios de agitación y propaganda: folletos escritos de la manera más popular, agitación oral y –principalmente– hojas volantes a propósito de acontecimientos locales. Los socialdemócratas no deben limitarse siquiera a esto: es muy posible que los primeros pasos para despertar la conciencia en las capas bajas de los obreros deban recaer sobre la actividad educativa legal. Para el partido es muy importante utilizar esta actividad, orientarla precisamente hacia donde más se requiere, encauzar a los activistas legales a roturar aquel barbecho que luego sembrarán los agitadores socialdemócratas. La agitación entre las capas bajas de los obreros debe conceder, por supuesto, el mayor margen a las peculiaridades personales del agitador y a las peculiaridades del lugar, profesión, etc. «No hay que confundir la táctica y la agitación –dice Kautsky en su libro contra Bernstein–. El modo de agitación debe adaptarse a las condiciones individuales y locales. En la agitación hay que dejar que cada agitador escoja los medios de que dispone: un agitador produce la mayor impresión gracias a su animosidad, otro gracias a su cáustico sarcasmo, un tercero gracias a su habilidad para aducir una masa de ejemplos, etc. Acompasándose al agitador, la agitación debe acompasarse también al público. El agitador debe hablar de manera que lo entiendan; debe partir de lo que es bien conocido por los oyentes. Todo esto se sobreentiende y se aplica no sólo a la agitación entre los campesinos. Con los cocheros hay que hablar de otro modo que con los marineros, con los marineros de otro modo que con los tipógrafos. La agitación debe ser individualizada, pero nuestra táctica, nuestra actividad política debe ser una» (págs. 2-3). Estas palabras del representante avanzado de la teoría socialdemócrata contienen una excelente valoración de la agitación en la actividad general del partido. Estas palabras muestran cuán infundados son los temores de quienes piensan que la formación de un partido revolucionario que libra la lucha política estorbará la agitación, la relegará a un segundo plano o coartará la libertad de los agitadores. Al contrario, sólo un partido organizado puede llevar a cabo ampliamente la agitación, proporcionar la orientación necesaria (y material) para los agitadores sobre todas las cuestiones económicas y políticas, utilizar cada éxito local de la agitación para la enseñanza de todos los obreros rusos, encauzar a los agitadores hacia el medio o las localidades donde puedan actuar con el mayor éxito. Sólo en un partido organizado, las personas dotadas de capacidades de agitadores estarán en condiciones de consagrarse por entero a esta causa, en beneficio tanto de la agitación como de los demás aspectos de la labor socialdemócrata. De aquí se ve que quien tras la lucha económica olvida la agitación y la propaganda políticas, olvida la necesidad de organizar el movimiento obrero en la lucha de un partido político, quien hace eso, aparte de todo lo demás, se priva a sí mismo incluso de la posibilidad de plantear de manera sólida y exitosa la atracción de las capas más bajas del proletariado a la causa obrera.

Pero semejante exageración de un aspecto de la actividad en detrimento de los demás, e incluso con la tendencia a arrojar por la borda por completo esos otros aspectos, amenaza con consecuencias aún incomparablemente más perjudiciales para el movimiento obrero ruso. Las capas bajas del proletariado pueden ser directamente corrompidas, si oyen la calumnia de que los fundadores de la socialdemocracia rusa ven en los obreros sólo un medio para derrocar la autocracia, si oyen invitaciones a limitarse al restablecimiento de los días festivos y a los sindicatos gremiales, dejando de lado los objetivos finales del socialismo y las tareas inmediatas de la lucha política. Tales obreros pueden siempre caer (y caerán) en el anzuelo de cualquier dádiva por parte del gobierno y de la burguesía. Bajo la influencia de la prédica de «Pensamiento Obrero», las capas bajas del proletariado, obreros completamente atrasados, pueden imbuirse de la convicción burguesa y profundamente reaccionaria de que, aparte del aumento de salario y el restablecimiento de los días festivos («los intereses del momento»), el obrero no puede ni debe interesarse por nada más, que el pueblo obrero puede y debe con sus propias fuerzas, con su propia «iniciativa particular», llevar la causa obrera, sin aspirar a fusionarla con el socialismo, sin aspirar a convertir la causa obrera en la causa avanzada y vital de toda la humanidad. Los obreros más atrasados, repetimos, pueden ser corrompidos por semejante convicción, pero estamos seguros de que los obreros rusos avanzados, aquellos que dirigen los círculos obreros y toda la actividad socialdemócrata, aquellos que llenan ahora nuestras cárceles y lugares de destierro, desde la provincia de Arjánguelsk hasta Siberia Oriental, que esos obreros rechazarán con indignación semejante teoría. Reducir todo el movimiento a los intereses del momento significa especular con el atraso de los obreros, hacer el juego a sus peores pasiones. Significa romper artificialmente el vínculo entre el movimiento obrero y el socialismo, entre las aspiraciones políticas plenamente definidas de los obreros avanzados y las manifestaciones espontáneas de protesta de las masas. Y he aquí por qué el intento de «Pensamiento Obrero» de presentarse con una orientación especial merece una atención particular y exige una protesta particularmente enérgica. Mientras «Pensamiento Obrero», adaptándose, visiblemente, a las capas bajas del proletariado, rehuía con cuidado la cuestión del objetivo final del socialismo y de la lucha política, pero no declaraba su orientación especial, muchos socialdemócratas se limitaban a menear la cabeza, esperando que con el desarrollo y la ampliación de su labor los miembros del grupo de «Pens. Obrero» se desprenderían por sí mismos fácilmente de su estrechez. Pero cuando gentes que hasta ahora han realizado una labor útil de clase preparatoria empiezan a meter ruido por toda Europa, agarrándose a las teorías de moda del oportunismo, y a declarar que desean encerrar a toda la socialdemocracia rusa durante muchos años (si no para siempre) en la clase preparatoria; cuando, en otras palabras, gentes que hasta ahora han trabajado útilmente en el barril de miel empiezan, con «demostración pública», a verter en él cubos de alquitrán, ¡entonces debemos alzarnos resueltamente contra esta tendencia regresiva!

La socialdemocracia rusa, tanto en la persona de sus fundadores, los miembros del grupo «Emancipación del Trabajo», como en la persona de las organizaciones socialdemócratas rusas que fundaron el «Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia», ha reconocido siempre los dos siguientes principios básicos: 1) Esencia de la socialdemocracia: organización de la lucha de clases del proletariado con el objetivo de conquistar el poder político, transferir todos los medios de producción a manos de toda la sociedad y sustituir la economía capitalista por la socialista; 2) Tarea de la socialdemocracia rusa: organizar un partido obrero revolucionario ruso que se plantea como objetivo más inmediato el derrocamiento de la autocracia, la conquista de la libertad política. Quien se aparta de estos principios básicos (formulados con precisión en el programa del grupo «Emancipación del Trabajo» y expresados en el «Manifiesto del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia»), se aparta de la socialdemocracia.

Escrito a finales de 1899.

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «La Revolución Proletaria» núms. 8-9.

Se publica según el manuscrito, copiado por mano desconocida y revisado por V. I. Lenin.