El 11 de enero, los periódicos publicaron una comunicación gubernamental del Ministerio de Instrucción Pública sobre la entrega al servicio militar de 183 estudiantes de la Universidad de Kiev «por causar desórdenes en grupo». Las Normas Provisionales del 29 de julio de 1899 –esa amenaza contra los estudiantes y la sociedad– entran en vigor menos de año y medio después de su promulgación, y el gobierno se apresura a justificar la aplicación de una medida punitiva sin precedentes, presentando todo un acta de acusación y sin escatimar tintas para describir las fechorías estudiantiles.

Las fechorías son cada cual más terrible. En verano, un congreso estudiantil general en Odesa con el programa de organizar a todo el estudiantado ruso para expresar todo tipo de protestas ante fenómenos de la vida académica, social y política. Por estos criminales fines políticos, todos los estudiantes delegados fueron arrestados y los documentos confiscados. Pero la efervescencia no cesa, sino que crece y se manifiesta con insistencia en muchos centros de enseñanza superior. Los estudiantes quieren discutir y gestionar sus asuntos comunes libre y autónomamente. Sus superiores, con ese formalismo insensible que desde siempre distingue a la burocracia rusa, responden con mezquinas arbitrariedades, llevan el descontento a dimensiones extremas e involuntariamente empujan el pensamiento de la juventud, aún no hundida en el pantano de la vegetación burguesa, hacia la protesta contra todo el sistema de la autocracia policial y burocrática.

Los estudiantes de Kiev exigen la destitución de un profesor que ocupó la plaza de un compañero que se había marchado. Las autoridades se oponen, llevan a la juventud a «reuniones y manifestaciones» y… ceden. Los estudiantes convocan una asamblea para discutir por qué son posibles infamias como la violación de una muchacha por dos estudiantes de forro blanco (así reza el rumor). Las autoridades condenan a los principales «culpables» al calabozo. Éstos se niegan a acatar. Son expulsados. Una multitud despide en la estación a los expulsados de forma demostrativa. Se convoca una nueva asamblea; los estudiantes permanecen hasta la noche, negándose a marcharse mientras no comparezca el rector. Comparecen el vicegobernador y el jefe de la gendarmería con un destacamento de soldados que rodean la universidad y penetran en el aula, e –invitan al rector. Los estudiantes exigen –¿pensarán ustedes, tal vez, una constitución? no, exigen que no se aplique el castigo del calabozo y que se readmita a los expulsados. Se toma la filiación de los participantes en la asamblea y se les disuelve enviándoles a casa.

Reflexionen sobre esta asombrosa desproporción entre la modestia y lo inocuo de las exigencias estudiantiles y la conmoción del gobierno, que actúa como si el hacha ya estuviera levantada sobre los pilares de su dominación. En nada se delata tanto nuestro gobierno «omnipotente» como en esta conmoción. Mejor que cualesquiera «proclamas criminales», muestra con ello –muestra a todo aquel que tenga ojos para ver y oídos para oír– que se siente completamente inseguro y que sólo cree en la fuerza de la bayoneta y el látigo, que lo protegen de la indignación popular. Escarmentado por la experiencia de décadas, el gobierno está firmemente convencido de que se halla rodeado de material inflamable y de que basta la más mínima chispa, basta una protesta contra el calabozo, para provocar un incendio. Y si es así, se comprende que la represión ha de ser ejemplar: ¡entregar al servicio militar a cientos de estudiantes! ¡«Convertir a los sargentos en Voltaire»! Esta fórmula no ha envejecido en absoluto. Al contrario, el siglo XX está llamado a ver su verdadera realización.

Muchas reflexiones y comparaciones suscita esta nueva medida punitiva, nueva por su intento de resucitar lo viejo, caduco desde hace muchísimo tiempo. Hace unas tres generaciones, en los tiempos de Nicolás I, la entrega al servicio militar era un castigo natural, plenamente acorde con toda la estructura de la sociedad rusa de servidumbre. A los hidalguelos se les entregaba al servicio militar para obligarles a servir y ascender hasta oficial, en sustitución de la exención de la nobleza. Al campesino se le entregaba al servicio militar como a un presidio de largos años, donde le esperaban torturas inhumanas como la «calle verde» y demás. Pero hace ya más de un cuarto de siglo que existe entre nosotros el servicio militar «universal», cuya introducción fue ensalzada en su día como una gran reforma democrática. El servicio militar universal, no sólo en el papel sino en la práctica, es indudablemente una reforma democrática: rompe con el principio estamental e introduce la igualdad de derechos de los ciudadanos. Pero si así fuera en realidad, ¿acaso podría la entrega al servicio militar servir de castigo? Y si el gobierno convierte el servicio militar en un castigo, ¿no demuestra con ello que estamos mucho más cerca del reclutamiento forzoso que del servicio militar universal? Las Normas Provisionales de 1899 arrancan la máscara farisaica y desenmascaran la esencia asiática incluso de aquellas de nuestras instituciones que más se asemejan a las europeas. En esencia, entre nosotros no ha existido ni existe un servicio militar universal, porque los privilegios de la cuna y de la riqueza crean una masa de exenciones. En esencia, entre nosotros no ha existido ni existe nada que se parezca a la igualdad de derechos de los ciudadanos en el servicio militar. Por el contrario, el cuartel está impregnado de cabo a rabo del espíritu de la más indignante falta de derechos. El desamparo total del soldado campesino u obrero, la conculcación de la dignidad humana, el chantaje, las palizas, las palizas y las palizas. Y para quienes tienen relaciones influyentes y dinero, privilegios y exenciones. No es de extrañar que la entrega a esta escuela de arbitrariedad y violencia pueda ser un castigo, e incluso un castigo muy severo, cercano a la privación de derechos. El gobierno confía en amaestrar a los «amotinados» en la disciplina en esta escuela. ¿No se equivocará en sus cálculos? ¿No será la escuela del servicio militar ruso una escuela militar para la revolución? Por supuesto, no todos los estudiantes están en condiciones de cursar el programa completo de tal escuela. A unos los quebrantará la pesada coyunda, los aniquilará el choque con las autoridades militares; a otros –débiles y flojos– los atemorizará el cuartel; pero a los terceros los templará, ampliará sus horizontes, les obligará a meditar y a sentir profundamente sus aspiraciones de liberación. Ahora experimentarán en su propia carne toda la fuerza de la arbitrariedad y la opresión, cuando toda su dignidad humana se haga depender del arbitrio de un sargento, capaz a menudo de ensañarse adrede con el «instruido». Verán cuál es en realidad la situación del hombre sencillo del pueblo, se llenarán de dolor por las vejaciones y violencias que les obligarán a presenciar cotidianamente, y comprenderán que las injusticias y las arbitrariedades que sufren los estudiantes son una gota en el mar de la opresión popular. Quien comprenda esto, saldrá del servicio militar con el juramento de Aníbal de luchar, junto a la clase avanzada del pueblo, por la liberación del pueblo del despotismo.

Pero no menos que la crueldad del nuevo castigo, indigna su carácter humillante. El gobierno lanza un desafío a todos aquellos en quienes queda aún un sentimiento de decencia, al proclamar que los estudiantes que protestan contra la arbitrariedad son simples camorristas, de manera análoga a como proclamó que los obreros huelguistas desterrados eran personas de conducta viciosa. Reparen en la comunicación gubernamental: está cuajada de las palabras desorden, alborotos, tropelías, desvergüenza, desenfreno. Por un lado, el reconocimiento de criminales fines políticos y de la aspiración a la protesta política; por otro, el vejar a los estudiantes tratándolos de simples camorristas necesitados de lecciones de disciplina. Es una bofetada a la opinión pública rusa, cuyas simpatías hacia los estudiantes conoce muy bien el gobierno. Y la única respuesta digna por parte del estudiantado sería el cumplimiento de la amenaza de los estudiantes de Kiev: la organización de una huelga sostenida y firme de todos los alumnos de todos los centros de enseñanza superior, con la exigencia de la derogación de las Normas Provisionales del 29 de julio de 1899.

Pero no es sólo el estudiantado el que está obligado a responder al gobierno. El propio gobierno se ha encargado de hacer de este incidente algo mucho mayor que un mero episodio estudiantil. El gobierno se dirige a la opinión pública como vanagloriándose de la energía de su represión, como mofándose de todas las aspiraciones de liberación. Y todos los elementos conscientes de todas las capas del pueblo están obligados a responder a este desafío, si no quieren caer en la situación de esclavos sin voz que soportan en silencio las ofensas. Y a la cabeza de estos elementos conscientes se hallan los obreros avanzados y las organizaciones socialdemócratas indisolublemente ligadas a ellos. La clase obrera soporta constantemente una opresión y una vejación inconmensurablemente mayores por parte de esa autocracia policial con la que ahora han chocado tan bruscamente los estudiantes. La clase obrera ya ha iniciado la lucha por su liberación. Y debe recordar que esta gran lucha le impone grandes deberes, que no puede liberarse a sí misma sin liberar a todo el pueblo del despotismo, que está obligada, ante todo y sobre todo, a hacerse eco de toda protesta política y a prestarle todo su apoyo. Los mejores representantes de nuestras clases instruidas han demostrado y han sellado con la sangre de miles de revolucionarios martirizados por el gobierno su capacidad y su disposición a sacudir de sus pies el polvo de la sociedad burguesa y a engrosar las filas de los socialistas. Y no es digno del nombre de socialista aquel obrero que puede contemplar con indiferencia cómo el gobierno envía la tropa contra la juventud estudiantil. El estudiante acudió en ayuda del obrero; el obrero debe acudir en ayuda del estudiante. El gobierno quiere embaucar al pueblo declarando que la aspiración a la protesta política es un simple desmán. Los obreros deben declarar públicamente y explicar a las más amplias masas que esto es una mentira, que el verdadero foco de la violencia, el desmán y el desenfreno es el gobierno autocrático ruso, la autocracia de la policía y de los burócratas.

Cómo organizar esta protesta deben decidirlo las organizaciones socialdemócratas locales y los grupos obreros. La distribución, el lanzamiento, la colocación de hojas volantes, la organización de reuniones a las que se invite, en la medida de lo posible, a todas las clases de la sociedad, tales son las formas más accesibles de protesta. Pero sería deseable que allí donde existan organizaciones sólidas y estables, se intentara una protesta más amplia y abierta mediante una manifestación pública. La manifestación de Járkov del 1 de diciembre del año pasado ante la redacción de «Yuzhny Kray» puede servir de buen ejemplo. Se celebraba el aniversario de ese asqueroso periódico que persigue toda aspiración a la luz y a la libertad y ensalza todas las brutalidades de nuestro gobierno. Frente a la redacción se congregó una multitud que solemnemente hacía pedazos ejemplares de «Yuzhny Kray», los ataba al rabo de los caballos, envolvía en ellos a perros, lanzaba piedras y frascos con sulfuro de hidrógeno a las ventanas, a los gritos de «¡abajo la prensa venal!». Éste es el homenaje que verdaderamente merecen no sólo las redacciones de los periódicos venales, sino todas nuestras instituciones gubernamentales. Sólo de tarde en tarde celebran ellas el aniversario de la benevolencia de las altas esferas; el aniversario de la vindicta popular lo merecen siempre. Toda manifestación de la arbitrariedad y la violencia gubernamentales es un motivo legítimo para tal manifestación. ¡Y que la declaración abierta del gobierno sobre la represión contra los estudiantes no quede sin una respuesta abierta por parte del pueblo!

Escrito en enero de 1901.

Publicado en febrero de 1901 en el periódico «Iskra» nº 2.

Se publica según el texto del periódico.