El libro de Hobson no constituye propiamente un estudio de la evolución del capitalismo moderno, sino unos ensayos sobre el desarrollo industrial más reciente a partir, principalmente, de datos ingleses. De ahí que el título del libro resulte un tanto amplio: el autor no aborda en absoluto la agricultura, y ni siquiera examina la economía industrial en toda su extensión. Por su orientación, Hobson pertenece, junto con los conocidos escritores, los esposos Webb, a los representantes de una de las corrientes más avanzadas del pensamiento social inglés. En relación con el «capitalismo moderno» adopta una actitud crítica, reconociendo plenamente la necesidad de sustituirlo por una forma superior de economía social y abordando la cuestión de esa sustitución con la típica practicidad reformista inglesa. Al convencimiento de la necesidad de la reforma llega por una vía más bien empírica, bajo la influencia de la historia más reciente de la legislación fabril inglesa, del movimiento obrero inglés, de la actividad de los municipios ingleses, etc. Hobson carece de concepciones teóricas rigurosas y coherentes que sirvan de base a su programa reformista y arrojen luz sobre los problemas concretos de la reforma. Por ello, Hobson se muestra más sólido cuando se trata de agrupar y describir los datos estadísticos y económicos más recientes. Por el contrario, cuando se abordan cuestiones teóricas generales de economía política, Hobson resulta muy débil. Al lector ruso le resulta incluso extraño ver cómo un escritor con tan amplios conocimientos y aspiraciones prácticas, merecedoras de toda simpatía, se debate sin rumbo en torno a la cuestión de qué es el «capital», cuál es el papel del «ahorro», etc. Esta faceta débil de Hobson se explica plenamente por el hecho de que, para él, J. S. Mill es una autoridad mayor en economía política que Marx, a quien Hobson, aunque cita una o dos veces, evidentemente no comprende o no conoce en absoluto. No puede uno sino lamentar la enorme cantidad de trabajo improductivo que Hobson invierte en intentar desentrañar las contradicciones de la economía política burguesa y profesoral. En el mejor de los casos, Hobson se aproxima a soluciones que Marx dio hace ya mucho tiempo; en el peor, asume concepciones erróneas que están en abierta contradicción con su actitud hacia el «capitalismo moderno». El capítulo más desafortunado del libro es el séptimo: «Máquinas y estancamiento industrial». Hobson intenta aquí abordar las cuestiones teóricas de las crisis, del capital y la renta sociales en la sociedad capitalista y de la acumulación capitalista. Sus acertadas ideas sobre la falta de correspondencia entre la producción y el consumo en la sociedad capitalista, sobre el carácter anárquico de la economía capitalista, se ahogan en un cúmulo de disquisiciones escolásticas sobre el «ahorro» (Hobson confunde la acumulación con el «ahorro») y de todo tipo de robinsonadas («supongamos que un hombre, trabajando con herramientas primitivas, inventa un nuevo instrumento... ahorra su comida», etc.), etc. A Hobson le gustan mucho los diagramas –y en la mayoría de los casos los utiliza con gran acierto, ilustrando gráficamente su exposición–. Pero la representación del «mecanismo de la producción» que Hobson ofrece en la figura de la pág. 207 (cap. VII) no puede sino provocar una sonrisa en un lector que esté aunque sea un poco familiarizado con el verdadero «mecanismo» de la «producción» capitalista. Hobson confunde aquí la producción con el régimen social de la producción, y muestra una noción extremadamente confusa de lo que es el capital, cuáles son sus partes constituyentes y cuáles son las clases en que se divide necesariamente la sociedad capitalista. En el capítulo VIII, Hobson proporciona datos interesantes sobre la composición de la población por ocupaciones y sobre la evolución de dicha composición a lo largo del tiempo, pero en sus disquisiciones teóricas sobre «las máquinas y la demanda de trabajo» hay una importante laguna, ya que ignora la teoría de la «superpoblación capitalista» o del ejército de reserva. A los capítulos más logrados del libro de Hobson pertenecen aquellos en los que examina la situación de la mujer en la industria moderna y las ciudades modernas. Después de presentar datos estadísticos sobre el crecimiento del trabajo femenino y describir las pésimas condiciones de ese trabajo, Hobson señala con razón que la esperanza de que esas condiciones mejoren reside únicamente en la sustitución del trabajo a domicilio por el trabajo fabril, que conduce a «relaciones sociales más estrechas» y a la «organización». Asimismo, en lo que respecta a la importancia de las ciudades, Hobson se aproxima a las concepciones generales de Marx, reconociendo que la contraposición entre la ciudad y el campo contradice el régimen de la sociedad colectivista. Las conclusiones de Hobson ganarían mucho en fuerza de convicción si no ignorara también en esta cuestión la doctrina de Marx. En ese caso, Hobson probablemente habría subrayado con mayor claridad el papel históricamente progresivo de las grandes ciudades y la necesidad de unir la agricultura y la industria bajo una organización colectivista de la economía. El último capítulo del libro de Hobson, «Civilización y desarrollo industrial», es quizás el mejor; el autor demuestra aquí, mediante toda una serie de argumentos acertados, la necesidad de reformar el régimen industrial moderno en el sentido de fortalecer el «control público» y la «socialización de la industria». Al enjuiciar las concepciones un tanto optimistas de Hobson sobre la manera de llevar a cabo estas «reformas», es necesario tener en cuenta las particularidades de la historia y la vida inglesas: el alto desarrollo de la democracia, la ausencia de militarismo, la enorme fuerza de los trade unions organizados, la creciente colocación de capital inglés fuera de Inglaterra, que atenúa el antagonismo entre los empresarios y los obreros ingleses, etc.

En su conocido libro sobre el movimiento social en el siglo XIX, el profesor W. Sombart señala, entre otras cosas, la «tendencia a la unidad» (título del capítulo VI), es decir, la tendencia del movimiento social de los distintos países, en sus diversas formas y matices, hacia la homogeneidad, y, paralelamente, la tendencia a la difusión de las ideas del marxismo. Con respecto a Inglaterra, Sombart percibe esta tendencia en el hecho de que los trade unions ingleses abandonan cada vez más el «punto de vista puramente manchesteriano». A propósito del libro de Hobson, podemos decir que los escritores ingleses de vanguardia, bajo la presión de las exigencias de la vida, que confirman cada vez más el «pronóstico» de Marx, empiezan a sentir la inconsistencia de la economía política burguesa tradicional y, liberándose de sus prejuicios, se aproximan involuntariamente al marxismo.

La traducción del libro de Hobson adolece de defectos sustanciales.

Escrito en abril de 1899.

Publicado en mayo de 1899 en la revista «Nachalo» nº 5. Firmado: V. L. Ilín.

Se publica según el texto de la revista.