El libro de Kautsky constituye el fenómeno más notable –después del tercer tomo de *El Capital*– de la literatura económica más reciente. Hasta ahora, al marxismo le faltaba una obra que examinara sistemáticamente el capitalismo en la agricultura. Kautsky ha llenado este vacío con la primera parte de su voluminoso libro (450 páginas), titulada: «El desarrollo de la agricultura en la sociedad capitalista» (págs. 1–300). En el prefacio, Kautsky señala con toda razón que se ha acumulado una masa «abrumadora» de material estadístico y económico-descriptivo sobre la cuestión del capitalismo agrario; la necesidad imperiosa consiste en descubrir las «tendencias fundamentales» de la evolución económica en esta esfera de la economía nacional, en presentar los diversos fenómenos del capitalismo agrario como «manifestaciones parciales de un proceso general (total)» (*eines Gesamtprozesses*). En efecto, las formas de la agricultura y las relaciones entre la población rural en la sociedad actual se caracterizan por una variedad tan gigantesca que nada más fácil que extraer de cualquier investigación un puñado de indicaciones y de hechos que «confirmen» las opiniones del escritor de turno. Precisamente con este procedimiento está construida toda una serie de razonamientos en nuestra prensa populista, que intenta demostrar la viabilidad de la pequeña explotación campesina o incluso su superioridad sobre la gran producción en la agricultura. El rasgo distintivo de todos estos razonamientos consiste en que se entresacan fenómenos aislados, se citan casos particulares y ni siquiera se intenta vincularlos con el cuadro general de todo el régimen agrario de los países capitalistas en su conjunto, ni con las tendencias fundamentales de toda la evolución más reciente de la agricultura capitalista. Kautsky no incurre en este error habitual. Ocupándose desde hace más de veinte años de la cuestión del capitalismo en la agricultura, dispone de un material sumamente amplio; en particular, Kautsky fundamenta su investigación en los datos de los últimos censos y encuestas agropecuarios de Inglaterra, América, Francia (1892) y Alemania (1895). Pero ni una sola vez se pierde entre el cúmulo de hechos, ni una sola vez pierde de vista la conexión del más pequeño fenómeno con el régimen general de la agricultura capitalista y con la evolución general del capitalismo.

Kautsky no se plantea una cuestión particular, por ejemplo la relación entre la producción grande y la pequeña en la agricultura, sino una cuestión general: la de si el capital se adueña de la agricultura, si transforma en ella las formas de producción y las formas de propiedad, y cómo transcurre exactamente este proceso. Reconociendo plenamente el gran papel de las formas agrícolas precapitalistas y no capitalistas en la sociedad actual, así como la necesidad de esclarecer la relación de estas formas con las puramente capitalistas, Kautsky inicia su investigación con una caracterización sumamente plástica y precisa de la explotación campesina patriarcal y de la agricultura de la época feudal. Tras establecer así los puntos de partida del desarrollo del capitalismo en la agricultura, pasa a caracterizar la «agricultura moderna». Esta última se caracteriza primero desde su aspecto técnico (sistema de rotación de cultivos, división del trabajo, máquinas, fertilizantes, bacteriología), y surge ante el lector un vivo cuadro de la gigantesca revolución que el capitalismo ha producido en el curso de unos pocos decenios, transformando la agricultura de oficio rutinario en ciencia. A continuación se investiga el «carácter capitalista de la agricultura moderna»: una exposición breve y divulgativa, pero en extremo precisa y talentosa, de la teoría de Marx sobre la ganancia y la renta. Kautsky muestra que el sistema de arrendamiento y el sistema de hipotecas no son más que dos formas distintas de uno y el mismo proceso, señalado por Marx, de separación de los empresarios agrícolas respecto a los terratenientes. Luego se examina la relación entre la producción grande y la pequeña, resultando que la superioridad técnica de la primera sobre la segunda es indiscutible. Kautsky demuestra circunstanciadamente esta tesis y se detiene con detalle en esclarecer la circunstancia de que la estabilidad de la pequeña producción en la agricultura no depende en absoluto de su racionalidad técnica, sino de que los pequeños campesinos se desloman en el trabajo más que los obreros asalariados y reducen el nivel de sus necesidades por debajo del nivel de necesidades y de vida de estos últimos. Los datos que Kautsky aporta para confirmarlo son en extremo interesantes y contundentes. El análisis de la cuestión de las cooperativas en la agricultura lleva a Kautsky a la conclusión de que expresan un progreso indudable, pero que constituyen, sin embargo, una transición no hacia la producción comunal, sino hacia el capitalismo; las cooperativas no disminuyen, sino que refuerzan la superioridad de la gran producción en la agricultura sobre la pequeña. Es absurdo esperar que el campesino, en la sociedad actual, pueda pasar a la producción comunal. Habitualmente se aducen datos estadísticos que no atestiguan el desplazamiento de la pequeña agricultura por la grande, pero esos datos solo dicen que el proceso de desarrollo del capitalismo en la agricultura es mucho más complejo que en la industria. También en esta última, la tendencia fundamental del desarrollo se entrecruza a menudo con fenómenos como la difusión del trabajo capitalista a domicilio, etc. En la agricultura, el desplazamiento de la pequeña producción se ve obstaculizado, ante todo, por la limitación de la superficie de tierra; la compra de pequeñas parcelas para formar una grande es asunto muy, muy difícil; con la intensificación de la agricultura, la reducción de la superficie de la explotación es a veces compatible con el aumento de la cantidad de productos obtenidos (por eso la estadística que opera exclusivamente con datos sobre la superficie de las explotaciones tiene escaso valor probatorio). La concentración de la producción se realiza mediante la compra de muchas fincas por un mismo propietario; los latifundios así formados sirven de base para una de las formas superiores de la gran agricultura capitalista. Por último, a la gran propiedad territorial ni siquiera le convendría el desplazamiento total de la pequeña: ¡esta le suministra brazos! Por eso los terratenientes y los capitalistas promulgan a menudo leyes que sostienen artificialmente al pequeño campesinado. La pequeña agricultura adquiere estabilidad cuando deja de ser competidora de la grande, cuando se convierte en abastecedora de fuerza de trabajo para ella. Las relaciones entre los grandes y los pequeños terratenientes se aproximan cada vez más a las relaciones entre los capitalistas y los proletarios. Al proceso de «proletarización del campesinado» dedica Kautsky un capítulo aparte, rico en datos –especialmente sobre las «ocupaciones auxiliares» de los campesinos, es decir, sobre las diversas formas de trabajo a jornal.

Una vez esclarecidos los rasgos fundamentales del desarrollo del capitalismo en la agricultura, Kautsky pasa a demostrar el carácter históricamente transitorio de este sistema de economía social. Cuanto más se desarrolla el capitalismo, con mayores dificultades tropieza la gestión de la agricultura comercial (mercantil). El monopolio de la propiedad territorial (la renta del suelo), el derecho de herencia, los mayorazgos[28] obstaculizan la racionalización de la agricultura. Las ciudades explotan cada vez más a los pueblos, arrebatando las mejores fuerzas de trabajo a los patronos rurales y succionando una proporción cada vez mayor de la riqueza producida por la población rural, la cual, en virtud de ello, pierde la posibilidad de devolver al suelo lo que se le quita. Deteniéndose en particular detalle en la despoblación de los pueblos, Kautsky reconoce plenamente que de la escasez de brazos son las explotaciones de los campesinos medios las que menos sufren, pero añade acto seguido que «los buenos ciudadanos» (podríamos decir también: y los populistas rusos) en vano se alegran a causa de este hecho, en vano creen ver en él el renacimiento incipiente del campesinado, que refutaría la aplicabilidad de la teoría de Marx a la agricultura. Si el campesinado sufre menos que otras clases agrícolas por la falta de obreros asalariados, sufre mucho más a causa de la usura, de la opresión de los impuestos, de la irracionalidad de su explotación, del agotamiento del suelo, del trabajo excesivo y del consumo insuficiente. Una refutación patente de la opinión de los economistas pequeñoburgueses de temple optimista es el hecho de que no solo los obreros rurales, sino también los hijos de los campesinos… ¡huyen a las ciudades! Pero cambios particularmente grandes en las condiciones de la agricultura europea los introdujo la competencia del trigo barato importado de América, Argentina, India, Rusia, etc. Kautsky examina minuciosamente la significación de este hecho, originado por el desarrollo de la industria, que busca mercados. Describe la caída de la producción de cereales panificables en Europa bajo la influencia de esta competencia, la baja de la renta y se detiene en particular detalle en la «industrialización de la agricultura», que se manifiesta, por un lado, en el trabajo industrial a jornal de los pequeños campesinos, y por otro lado, en el desarrollo de las ramas técnico-agrícolas (destilería, fabricación de azúcar, etc.) e incluso en el desplazamiento de ciertos sectores de la agricultura por la industria manufacturera. Los economistas optimistas –dice Kautsky– en vano piensan que tales modificaciones de la agricultura europea pueden salvarla de la crisis: la crisis se extiende cada vez más y solo puede terminar con la crisis general de todo el capitalismo. Ciertamente, esto no da ningún derecho a hablar de la ruina de la agricultura, pero su carácter conservador ha desaparecido para siempre; ha caído en un estado de transformación incesante, estado que caracteriza en general al modo capitalista de producción. «Una considerable extensión de tierra bajo gran producción agrícola, cuyo carácter capitalista se desarrolla cada vez más; el crecimiento del arrendamiento y de las hipotecas, la industrialización de la agricultura: he ahí los elementos que preparan el terreno para la socialización de la producción agrícola…». Sería un absurdo pensar –dice Kautsky en su conclusión– que en la sociedad una parte se desarrolla en una dirección y la otra en la dirección opuesta. En realidad, «el desarrollo social sigue en la agricultura la misma dirección que en la industria».

Aplicando los resultados de su análisis teórico a las cuestiones de la política agraria, Kautsky se pronuncia, como es natural, contra todo intento de apoyo y de «salvación» de la explotación campesina. No cabe ni pensar –dice Kautsky– en que la comunidad rural pueda pasar a la gran agricultura comunal (pág. 338, parágrafo: «Der Dorfkommunismus» [El comunismo aldeano]; cfr. pág. 339). «La protección del campesinado (*Der Bauernschutz*) no significa la protección de la persona del campesino (contra tal protección, por supuesto, nadie objeta), sino la protección de la propiedad del campesino. Y sin embargo, precisamente la propiedad del campesino es la causa principal de su empobrecimiento y de su humillación. Los obreros asalariados en la agricultura ya ahora, con frecuencia, se encuentran en mejor situación que los pequeños campesinos. La protección del campesinado no es la protección del campesinado contra la miseria, sino la protección de los grilletes que encadenan al campesino a su miseria» (pág. 320). El proceso de transformación radical de toda la agricultura por el capitalismo solo está empezando, pero este proceso avanza rápidamente, suscitando la conversión del campesino en obrero asalariado y la huida acrecentada de la población de los pueblos. Los intentos de detener este proceso serían reaccionarios y nocivos: por muy penosas que sean las consecuencias de este proceso en la sociedad actual, las consecuencias de frenar el proceso son aún peores y colocan a la población trabajadora en una situación aún más desvalida y sin salida. La actividad progresiva en la sociedad actual solo puede aspirar a atenuar la acción nociva del progreso capitalista sobre la población, a reforzar la conciencia de esta última y su capacidad de autodefensa colectiva. Por eso, Kautsky insiste en garantizar la libertad de desplazamiento, etc., en abolir todos los residuos del feudalismo en la agricultura (por ejemplo, las *Gesindeordnungen* [leyes de servidumbre], que colocan a los obreros rurales en una situación de dependencia personal casi feudal), en prohibir el trabajo de los niños menores de 14 años, en establecer la jornada laboral de 8 horas, en una estricta policía sanitaria que supervise las viviendas obreras, etc., etc. Cabe esperar que el libro de Kautsky aparezca también en traducción rusa[29].

Escrito en marzo, antes del 21 de marzo (2 de abril) de 1899.

Publicado en abril de 1899 en la revista «Nachalo» nº 4. Firmado: V. I. Lenin.