Bajo este título, el Bund ha publicado la traducción de un artículo del núm. 34 de «Arbeiterstimme». Este artículo, adjunto a las resoluciones del V Congreso del Bund, constituye una especie de comentario oficial a las mismas. En él se intenta exponer sistemáticamente todos los argumentos que llevan a la conclusión de que el Bund «debe ser parte federativa del partido». Será interesante examinar estos argumentos.

El autor comienza señalando que la cuestión más candente que afronta la socialdemocracia rusa es la de la unificación. ¿Sobre qué bases puede realizarse ésta? El Manifiesto de 1898 tomó como base el principio de la autonomía. El autor analiza este principio y encuentra que es lógicamente inconsecuente, intrínsecamente contradictorio. Si por cuestiones que conciernen especialmente al proletariado judío se entienden tan sólo las cuestiones relativas a los métodos de agitación (adaptados al idioma particular, a la psicología particular, a la cultura particular de los judíos), entonces eso será una autonomía técnica (?). Pero semejante autonomía significa la supresión de toda independencia, pues de ella goza cualquier comité del partido, y equiparar al Bund a los comités equivale a negar la autonomía. En cambio, si por autonomía se entiende la autonomía en algunas cuestiones del programa, entonces es absurdo privar al Bund de toda independencia en las restantes cuestiones del programa; la independencia en las cuestiones del programa presupone forzosamente la representación del Bund, como tal, en los órganos centrales del partido, es decir, no una autonomía, sino una federación. Una base sólida para la posición del Bund en el partido hay que buscarla en la historia del movimiento revolucionario judío en Rusia. Esta historia nos muestra la fusión de todas las organizaciones que trabajan entre los obreros judíos en una sola unión, el Bund, y la extensión de su actividad de Lituania a Polonia y después al sur de Rusia. Por consiguiente, la historia ha echado abajo todas las barreras regionales y ha destacado al Bund como único representante del proletariado judío. He aquí un principio que no es fruto de una mente ociosa (?), sino resultado de toda la historia del movimiento obrero judío: el Bund es el único representante de los intereses del proletariado judío. Y, naturalmente, la organización del proletariado de toda una nacionalidad sólo puede entrar en el partido con una estructura federativa: el proletariado judío no es sólo una parte de la familia mundial de los proletarios, sino también parte del pueblo judío, que ocupa una posición especial entre los demás pueblos. Por último, la unión estrecha entre las partes del partido se expresa precisamente en la federación, pues el rasgo esencial de esta última es la participación directa de cada una de sus partes integrantes en los asuntos del partido; entonces todas las partes del partido se sienten iguales en derechos. La autonomía, por el contrario, supone la carencia de derechos de las partes del partido, la indiferencia hacia los asuntos comunes, la desconfianza mutua, las fricciones y los choques.

Tal es la argumentación del autor, que hemos expuesto casi exclusivamente con sus propias palabras. Se reduce a tres puntos: consideraciones de carácter general sobre la interna contradicción de la autonomía y su inadecuación desde el punto de vista de la unión estrecha de las partes del partido; las lecciones de la historia, que ha destacado al Bund como único representante del proletariado judío, y, por último, la referencia a que el proletariado judío es el proletariado de toda una nacionalidad que ocupa una posición especial. El autor quiere apoyarse, pues, en los principios generales de organización, en las lecciones de la historia y en la idea de nacionalidad. El autor se esfuerza —hay que hacerle justicia— en examinar la cuestión desde todos los ángulos. Y por eso mismo su exposición destaca con tanto relieve la posición adoptada por el Bund en el problema que a todos nos preocupa.

Con la federación —se nos dice— las partes del partido son iguales en derechos y participan directamente en los asuntos comunes; con la autonomía, carecen de derechos y, como tales, no participan en la vida general del partido. Este razonamiento pertenece por entero a la esfera de las incongruencias patentes; se asemeja como dos gotas de agua a esos razonamientos que los matemáticos llaman sofismas matemáticos y en los cuales, por un camino a primera vista estrictamente lógico, se demuestra que dos por dos son cinco, que la parte es mayor que el todo, etc. Existen colecciones de tales sofismas matemáticos, y a los niños que estudian les son de utilidad. Pero a unas personas que pretenden ser los únicos representantes del proletariado judío les está feo incluso explicar un sofisma tan elemental como la diferente comprensión de «parte del partido» en las dos mitades de un mismo razonamiento. Cuando se habla de federación, por parte del partido se entiende la suma de las organizaciones de distintas localidades; cuando se habla de autonomía, por parte del partido se entiende cada una de las organizaciones locales por separado. Colocad en un mismo silogismo estos conceptos aparentemente idénticos y obtendréis la conclusión inevitable de que dos por dos son cinco. Y si a los bundistas aún no les está clara la esencia de su sofisma, pueden echar una ojeada a su propio programa máximo, donde verán que precisamente en la federación las organizaciones locales se relacionan con el centro del partido de modo indirecto, mientras que en la autonomía lo hacen de modo directo. ¡No, mejor sería que nuestros federalistas no hablasen de «unión estrecha»! Refutar la afirmación de que la federación significa aislamiento y la autonomía, fusión de las partes del partido, no puede sino hacer reír a la gente.

No mucho más afortunado es el intento de demostrar la «inconsecuencia lógica» de la autonomía, intento realizado mediante la división de ésta en autonomía programática y técnica. Ya de por sí esta división es sumamente incongruente. ¿Por qué las cuestiones sobre los métodos especiales de agitación entre los obreros judíos pueden ser llamadas técnicas? ¿Qué tiene que ver aquí la técnica, cuando se trata de las particularidades del idioma, de la psicología, de las condiciones de vida? ¿Cómo se puede hablar de independencia en las cuestiones programáticas a propósito, por ejemplo, de la reivindicación de la igualdad de derechos civiles de los judíos? El programa de la socialdemocracia plantea únicamente las reivindicaciones fundamentales, comunes a todo el proletariado, independientemente de las diferencias profesionales, locales, nacionales o raciales. Estas diferencias condicionan que una misma reivindicación de igualdad total de los ciudadanos ante la ley origine agitación en un lugar contra un tipo de desigualdad, en otro lugar o en relación con otros grupos del proletariado, contra otro tipo de desigualdad, etc. Un mismo punto programático se aplica de manera diferente según la diversidad de las condiciones de vida, de la cultura, de la correlación de las fuerzas sociales en las distintas regiones del país, etc. La agitación en pro de una misma reivindicación programática se lleva a cabo con distintos métodos, en distintas lenguas, adaptándose a todas estas diferencias. La autonomía en las cuestiones que conciernen especialmente al proletariado de una raza dada, de una nación dada, de una región dada, significa, por tanto, que la determinación de las reivindicaciones especiales que se plantean en cumplimiento del programa general, así como la determinación de los métodos de agitación, se deja a la decisión autónoma de la organización correspondiente. El partido en su conjunto, sus instituciones centrales, establecen los principios básicos generales del programa y de la táctica; en cambio, las distintas formas de llevar a la práctica y a la agitación estos principios son establecidas por las diversas organizaciones del partido subordinadas al centro, en correspondencia con las diferencias locales, raciales, nacionales, culturales, etc.

Cabe preguntarse: ¿es que acaso no está claro semejante concepto de la autonomía? ¿Y no es purísima escolástica la división de la autonomía en cuestiones programáticas y técnicas?

Ved cómo «se analiza lógicamente» el concepto de autonomía en el folleto que examinamos. «De toda la masa de cuestiones que la socialdemocracia tiene que abordar —dice el folleto a propósito del principio de autonomía, base del Manifiesto de 1898—, se destacan (¡¡sic!!) algunas cuestiones respecto de las cuales se reconoce que conciernen especialmente al proletariado judío... La autonomía del Bund termina allí donde comienza la esfera de las cuestiones generales... De aquí se desprende la posición dual del Bund en el partido: en las cuestiones especiales actúa como Bund... en las cuestiones generales pierde su fisonomía y queda equiparado a un simple comité del partido...» El programa socialdemócrata exige la plena igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. En cumplimiento de este programa, el obrero judío de Vilna plantea una reivindicación especial, mientras que el bashkir, obrero de Ufá, plantea una reivindicación especial completamente distinta. ¿Significa esto que «de toda la masa de cuestiones» «se destacan algunas»? Si la reivindicación general de igualdad de derechos se lleva a la práctica planteando una serie de reivindicaciones especiales sobre la abolición de determinados tipos de desigualdad, ¿acaso las cuestiones especiales se destacan aquí de las cuestiones generales? Las reivindicaciones especiales no se destacan de las generales, sino que se plantean en cumplimiento de las reivindicaciones generales del programa. Lo que se destaca es lo que concierne especialmente al judío de Vilna de lo que concierne especialmente al bashkir de Ufá. La generalización de sus reivindicaciones, la representación de sus intereses generales de clase (y no especiales, profesionales, raciales, locales, nacionales, etc.) es obra de todo el partido, obra del centro del partido. ¡Se diría que la cosa está bastante clara! Pero los bundistas la han embrollado, porque en lugar de un análisis lógico nos han dado una vez más muestras de incongruencias lógicas. No han comprendido en absoluto la relación de las reivindicaciones generales de la socialdemocracia con las especiales. Han imaginado que «de toda la masa de cuestiones que la socialdemocracia tiene que abordar, se destacan algunas», cuando en realidad cada cuestión tocada por nuestro programa es una generalización de toda una serie de cuestiones y reivindicaciones especiales; cada punto programático es común a todo el proletariado, subdividiéndose al mismo tiempo en cuestiones especiales según la diferencia de las profesiones de los proletarios, de sus condiciones de vida, de su idioma, etc., etc. A los bundistas les confunde la contradicción y dualidad de la posición del Bund, que consiste, según dicen, en que en las cuestiones especiales actúa como Bund, mientras que en las generales pierde su fisonomía. Un poco de reflexión les mostraría que semejante «dualidad» existe en la posición de absolutamente cualquier obrero socialdemócrata, que en las cuestiones especiales actúa como representante de una profesión determinada, como miembro de una nación dada, como habitante de una localidad dada, mientras que en las cuestiones generales «pierde su fisonomía» y queda equiparado a cualquier otro socialdemócrata. La autonomía del Bund, según los estatutos de 1898, es un fenómeno completamente homogéneo a la autonomía del Comité de Tula; sólo que los límites de esta autonomía son algo distintos y algo más amplios en el primer caso que en el segundo. Y absolutamente nada, salvo una clamorosa incongruencia lógica, encierra la siguiente afirmación con la que el Bund refuta semejante conclusión: «Si al Bund se le concede independencia en algunas cuestiones programáticas, ¿con qué fundamento se le priva de toda independencia en las restantes cuestiones programáticas?». Esta contraposición de las cuestiones especiales a las generales, como «algunas» frente a «las restantes», es un modelo insuperable del «análisis lógico» bundista. ¡No pueden comprender en modo alguno qué significa contraponer el color, sabor y olor distintos de cada una de las manzanas al número de «las restantes» manzanas! Os aseguramos, señores, que no sólo algunas manzanas, sino cada una de ellas tiene un sabor, color y olor especiales. No sólo en «algunas», sino en todas sin excepción las cuestiones programáticas se os concede independencia, señores, pero precisamente en la medida en que se trata de la aplicación de estas cuestiones a las particularidades especiales del proletariado judío. Mein teuerer Freund, ich rat' Euch drum zuerst Collegium logicum!

El segundo argumento de los bundistas consiste en la apelación a la historia, la cual, según ellos, ha destacado al Bund como único representante del proletariado judío.

Esta afirmación es, en primer lugar, falsa. El propio autor del folleto dice que «la labor de otras organizaciones (fuera del Bund) en esta dirección (es decir, la labor entre el proletariado judío) o no ha dado nada, o ha dado resultados que no merecen atención». Luego, la labor se ha llevado a cabo, según su propio reconocimiento, y, en consecuencia, el Bund no ha sido el único representante del proletariado judío; en la apreciación de los resultados de esta labor nadie, naturalmente, se fiará del juicio del propio Bund; por último, no es desconocido que el Bund se opuso a la labor de otras organizaciones entre el proletariado judío (basta mencionar el conocido episodio de la lucha del Bund contra el Comité del partido de Yekaterinoslav, que se atrevió a publicar una proclama dirigida a los obreros judíos), por lo tanto, si en efecto los resultados no merecieron atención, en ello hay parte de culpa del propio Bund.

Pasemos adelante. La parte de verdad que encierra la referencia histórica del Bund no demuestra en absoluto la justeza de su argumentación. Los hechos que realmente han tenido lugar y que el Bund tiene presentes hablan no en favor, sino en contra de él. Estos hechos consisten en que el Bund ha existido y se ha desarrollado, durante los cinco años transcurridos desde el primer congreso, de manera completamente autónoma e independiente de las demás organizaciones del partido. En general, durante este tiempo, el vínculo de hecho entre todas las organizaciones del partido ha sido extremadamente débil, pero el vínculo del Bund con las demás partes del partido no sólo ha sido aún mucho más débil que el vínculo entre las otras organizaciones, sino que se ha ido debilitando cada vez más. Que el propio Bund debilitaba ese vínculo lo demuestra directamente la historia de las organizaciones en el extranjero de nuestro partido. En 1898, los miembros del Bund formaban parte de una organización común del partido en el extranjero; para 1903, se separaron en una organización en el extranjero completamente autónoma e independiente. La autonomía e independencia del Bund no está sujeta a duda, así como su paulatino reforzamiento.

¿Qué se desprende de este hecho indudable? Para los bundistas, de aquí se desprende la necesidad de postrarse ante este hecho, de someterse servilmente a él, de convertirlo en un principio, en el único principio que da una base sólida para la posición del Bund, de sancionar este principio en los estatutos, que deben reconocer al Bund como único representante del proletariado judío en el partido. En nuestra opinión, semejante conclusión es el más puro oportunismo, un «seguidismo» de la peor especie. De los cinco años de historia de dispersión hay que sacar la conclusión no de sancionar la dispersión, sino de la necesidad de acabar con ella de una vez para siempre. ¿Acaso puede alguien negar todavía que aquello fue efectivamente una dispersión? Durante ese tiempo, todas las partes del partido se desarrollaron de manera autónoma e independiente; ¿no habría que deducir de aquí el «principio» de la federación entre Siberia, el Cáucaso, los Urales, el sur, etc.? Los propios bundistas dicen que el partido, en el sentido de unificación organizativa de las partes, de hecho no existió; ¿cómo se puede, partiendo de lo que se formó cuando el partido no existía, sacar una conclusión sobre el problema del restablecimiento de la unidad organizativa? No, señores, vuestra apelación a la historia de la dispersión, que ha creado la separación, no demuestra absolutamente nada, salvo lo anormal de este estado de aislamiento. Deducir un «principio» de organización de varios años de desorganización del partido equivale a obrar como aquellos representantes de la escuela histórica que, según la conocida sarcástica observación de Marx, estaban dispuestos a defender el látigo basándose en que es un látigo histórico.

Así pues, ni el «análisis lógico» de la autonomía, ni las referencias históricas pueden proporcionar en absoluto ni sombra de fundamentación «de principio» para la separación bundista. En cambio, tiene indudablemente carácter de principio el tercer argumento del Bund, que consiste en la apelación a la idea de la nación judía. Por desgracia, esta idea sionista es completamente falsa y reaccionaria en esencia. «Los judíos han dejado de existir como nación, inconcebible sin un territorio determinado», dice uno de los más eminentes teóricos marxistas, Karl Kautsky. Y recientemente, al examinar la cuestión de las nacionalidades en Austria, el mismo escritor, tratando de dar una definición científica del concepto de nacionalidad, establece dos rasgos fundamentales de este concepto: el idioma y el territorio. Palabra por palabra lo mismo escribe un judío francés, el radical Alfred Naquet, polemizando con los antisemitas y los sionistas. «Si a Bernard Lazare —dice de un conocido sionista— le place considerarse ciudadano de un pueblo especial, eso es cosa suya; pero yo declaro que, aunque he nacido judío, no reconozco la nacionalidad judía... no tengo otra nacionalidad que la francesa... ¿Constituyen los judíos un pueblo especial? Aunque en un pasado muy remoto fueron indudablemente un pueblo, no obstante, yo respondo a esta pregunta con un no categórico. El concepto de pueblo supone ciertas condiciones que no se dan en este caso. Un pueblo debe tener un territorio en el cual desarrollarse, y además, en nuestro tiempo al menos, en tanto la confederación mundial no haya ampliado aún esta base, un pueblo debe tener un idioma común. Los judíos no tienen ya territorio ni idioma común... Bernard Lazare, seguramente, como yo, no sabía una sola palabra de hebreo y no le habría sido fácil, si el sionismo hubiera alcanzado su objetivo, entenderse con sus congéneres de otras partes del mundo». «Los judíos alemanes y franceses no se parecen en nada a los judíos polacos y rusos. Los rasgos característicos de los judíos no tienen nada que lleve la impronta de la nacionalidad. Si fuera permisible, junto con Drumont, reconocer a los judíos como una nación, sería una nación artificial. El judío moderno es el producto de una selección artificial a que sus antepasados fueron sometidos durante casi 18 siglos». A los bundistas sólo les quedaría desarrollar la idea de una nacionalidad especial de los judíos rusos, cuyo idioma es la jerga y cuyo territorio es la zona de residencia.

Completamente insostenible desde el punto de vista científico, la idea de un pueblo judío especial es reaccionaria por su significado político. Prueba práctica irrefutable de ello son los hechos de sobra conocidos de la historia reciente y de la realidad política actual. En toda Europa, la caída de la Edad Media y el desarrollo de la libertad política marcharon de la mano con la emancipación política de los judíos, su paso de la jerga al idioma del pueblo en medio del cual viven, y en general el indudable progreso de su asimilación con la población circundante. ¿Es que acaso debemos volver nuevamente a las teorías originalistas y declarar que precisamente Rusia será una excepción, aunque el movimiento liberador de los judíos es mucho más profundo y mucho más amplio en Rusia, gracias al despertar de la heroica autoconciencia en el proletariado judío? ¿Acaso se puede explicar como casualidad el hecho de que precisamente las fuerzas reaccionarias de toda Europa, y especialmente de Rusia, se opongan a la asimilación de los judíos y traten de consolidar su aislamiento?

La cuestión judía se plantea precisamente así: ¿asimilación o aislamiento? Y la idea de la «nacionalidad» judía tiene un carácter claramente reaccionario no sólo entre sus partidarios consecuentes (los sionistas), sino también entre aquellos que intentan conciliarla con las ideas de la socialdemocracia (los bundistas). La idea de la nacionalidad judía contradice los intereses del proletariado judío, creando en él, directa e indirectamente, un estado de ánimo hostil a la asimilación, un estado de ánimo de «gueto». «Cuando la Asamblea Nacional de 1791 decretó la emancipación de los judíos —escribía Renan—, se ocupó muy poco de la cuestión de la raza... La obra del siglo XIX es la destrucción de todos los 'guetos', y no felicito a quienes aspiran a restaurarlos. La raza judía ha prestado al mundo los mayores servicios. Asimilada a las distintas naciones, fundida armónicamente con las distintas unidades nacionales, en el futuro también prestará los servicios que tiene en su pasado». Y Karl Kautsky, refiriéndose especialmente a los judíos rusos, se expresa aún con más energía. La hostilidad hacia los estratos alógenos de la población sólo puede ser eliminada «cuando los estratos alógenos de la población dejen de ser extraños, se fundan con la masa general de la población. Esta es la única solución posible de la cuestión judía, y nosotros debemos apoyar todo aquello que contribuya a la eliminación del aislamiento judío». Y he aquí que a esta única solución posible se opone el Bund, que no elimina, sino que refuerza y sanciona el aislamiento judío mediante la difusión de la idea de la «nación» judía y del proyecto de federación de los proletarios judíos con los no judíos. Este es el error fundamental del «bundismo», error que debe ser y será corregido por los representantes consecuentes de la socialdemocracia judía. Este error lleva a los bundistas a algo nunca visto en el seno de la socialdemocracia internacional, como es excitar la desconfianza de los proletarios judíos hacia los no judíos, sembrar sospechas contra estos últimos, difundir falsedades acerca de ellos. He aquí una prueba, tomada de ese mismo folleto: «Semejante absurdo (que a la organización del proletariado de toda una nacionalidad se le prive de representación en los órganos centrales del partido) sólo se puede predicar abiertamente (¡nótese!) en relación con el proletariado judío, el cual, en virtud de los especiales destinos históricos del pueblo judío, todavía tiene que luchar por una posición de igualdad de derechos (!!) en la familia del proletariado mundial». Hemos encontrado últimamente una salida de tono semejante en una hoja sionista, cuyos autores se desgarran las vestiduras contra «Iskra», viendo en su lucha contra el Bund la negativa a reconocer la «igualdad de derechos» del judío con el no judío. ¡Y ahora los bundistas repiten las salidas de tono sionistas! Se difunde una falsedad directa, porque nosotros no sólo en relación con los judíos, sino también con los armenios, georgianos, etc., hemos «predicado» la «privación de representación», y en relación con los polacos hemos llamado al acercamiento, a la unión, a la fusión de todo el proletariado que lucha contra la autocracia zarista. ¡No en vano nos ha atacado el PPS (Partido Socialista Polaco)! Llamar a su lucha por la idea sionista de la nación judía, por el principio federativo de organización del partido, «lucha por la posición de igualdad de derechos de los judíos en la familia del proletariado mundial», significa rebajar la lucha de la esfera de las ideas y los principios a la esfera de las sospechas, las incitaciones y el atizar prejuicios históricamente formados. Esto significa mostrar a las claras la carencia de armas verdaderamente ideológicas y de principios en su lucha.

Hemos llegado, pues, a la conclusión de que ni los argumentos lógicos, ni los históricos, ni los nacionalistas del Bund resisten la más mínima crítica. El período de dispersión, al acentuar las vacilaciones entre los socialdemócratas rusos y la separación de las organizaciones aisladas, se ha manifestado en el mismo sentido, pero aún con mayor fuerza, en los bundistas. En lugar de adoptar como consigna la lucha contra este aislamiento históricamente formado (y acentuado por la dispersión), lo han elevado a principio, aferrándose para ello a sofismas sobre la interna contradicción de la autonomía y a la idea sionista de la nación judía. Sólo el reconocimiento decidido y directo de este error y la proclamación de un viraje hacia la fusión puede sacar al Bund del camino erróneo en que se ha situado. Y estamos seguros de que los mejores representantes de las ideas socialdemócratas en el proletariado judío, tarde o temprano, obligarán al Bund a girar del camino del aislamiento al camino de la fusión.

Iskra, núm. 51, 22 de octubre de 1903 del periódico Iskra

Se publica según el texto del periódico Iskra.