Hemos calificado antes a los acaparadores como los más grandes industriales. Desde el punto de vista habitual del populismo, esto es una herejía. El acaparador se nos ha acostumbrado a presentar como algo ajeno a la producción, algo superficial, extraño a la industria misma, que depende "solo" del intercambio.

No es este el lugar para detenernos en detalle en las inexactitudes teóricas de esta concepción, basada en la incomprensión de la base general y fundamental, del cimiento, del trasfondo de la industria moderna (incluida la artesanal), precisamente la economía mercantil, en la cual el capital comercial es una parte constitutiva necesaria y no un añadido casual y externo. Aquí debemos atenernos a los hechos y datos del censo artesanal, y nuestra tarea ahora consistirá en examinar y analizar estos datos sobre los acaparadores. Una condición favorable para este examen es la separación de los artesanos que trabajan para acaparadores en un subgrupo especial (el 3.º). Pero en esta cuestión hay muchas más lagunas y puntos no investigados, lo que hace que su examen sea bastante difícil. No hay datos sobre el número de acaparadores, sobre los acaparadores grandes y pequeños, sobre su vinculación con los artesanos acomodados (vínculo por origen; vínculos de las operaciones comerciales del acaparador con la producción en su propio taller, etc.), sobre la economía de los acaparadores. Los prejuicios populistas, que señalan al acaparador como algo externo, impidieron a la mayoría de los investigadores de la industria artesanal plantear la cuestión de la economía de los acaparadores, siendo evidente que para un economista esta es la primera y principal cuestión. Es necesario estudiar detallada y minuciosamente cómo administra su economía el acaparador, cómo se forma su capital, cómo opera este capital en la esfera de la compra de materias primas y de la venta del producto, cuáles son las condiciones (socioeconómicas) de la actividad del capital en estas esferas, qué tan grandes son los gastos del acaparador en la organización de la compra y la venta, cómo se aplican estos gastos en dependencia de las dimensiones del capital comercial y de las dimensiones de la compra y la venta, qué condiciones provocan a veces la elaboración parcial de la materia prima en los talleres del acaparador y su posterior entrega a los obreros a domicilio para su ulterior procesamiento (en cuyo caso el acabado final se hace a veces de nuevo por el acaparador), o la venta de la materia prima a los pequeños industriales para después comprarles los artículos en el mercado. Es necesario comparar el costo de producción del producto del pequeño artesano, del gran industrial en un taller que agrupa a varios obreros asalariados, y del acaparador que distribuye el material para la elaboración a domicilio. Es necesario tomar como unidad de investigación cada empresa, es decir, cada acaparador por separado, determinar el volumen de sus operaciones, el número de personas que trabajan para él en el taller o los talleres y a domicilio, el número de obreros ocupados por él en la preparación de la materia prima, su almacenamiento y el del producto, y en la venta. Es necesario comparar la técnica de producción (cantidad y calidad de herramientas y dispositivos, división del trabajo, etc.) del pequeño propietario, del dueño de taller con obreros asalariados y del acaparador. Solo una investigación económica de este tipo puede dar una respuesta científica exacta a la pregunta de qué es el acaparador, a la pregunta sobre su significado en la economía, sobre su significado en el desarrollo histórico de las formas de la industria de la producción mercantil. La ausencia de tales datos en los resultados del censo por hogares, que investigó detalladamente todas estas cuestiones con respecto a cada artesano, no puede sino reconocerse como una gran laguna. Incluso si el registro y la investigación de la economía de cada acaparador resultaran (por diversas razones) imposibles, una gran cantidad de la información esbozada podría extraerse de los datos por hogares sobre los artesanos que trabajan para los acaparadores. En lugar de esto, hallamos en el Ocherk solo las manidas frases populistas acerca de que el "kulak" es "esencialmente ajeno a la producción misma" (pág. 7), incluyendo entre los kulaks tanto a los acaparadores y los talleres colectivos, por un lado, como a los usureros, por otro; que "el trabajo asalariado está dominado no por su concentración técnica, al estilo de la fábrica (?), sino por la dependencia monetaria de los artesanos... una de las formas de kulachestvo" (309-310), que "la fuente de la explotación del trabajo... no reside en la función de la producción, sino en la función del intercambio" (101), que en las industrias artesanales se encuentra a menudo no la "capitalización de la producción", sino la "capitalización del proceso de intercambio" (265). Nosotros, por supuesto, no pensamos acusar a los investigadores del Ocherk de originalidad: simplemente tomaron por completo aquellas sentencias que con tanta abundancia están diseminadas, por ejemplo, en las obras de "nuestro conocido" señor V. V.

Para evaluar el significado real de tales frases, basta recordar, aunque sea, que en una de las principales ramas de nuestra industria, precisamente en la industria textil, el "acaparador" fue el predecesor directo, el padre del gran fabricante que dirige la gran producción maquinizada. La distribución de hilado a domicilio a los artesanos para su procesamiento: tal fue el pasado inmediato de todas nuestras producciones textiles; esto era, por consiguiente, trabajo para el "acaparador", para el "kulak", quien, no teniendo taller propio ("era ajeno a la producción"), "solo" distribuía el hilado y recibía los artículos terminados. Nuestros buenos populistas ni siquiera intentaron investigar el origen de estos acaparadores, su sucesiva vinculación con los dueños de pequeños talleres, su papel como organizadores de la compra de materia prima y la venta del producto, el papel de su capital, concentrador de los medios de producción, que reúne en un todo a masas de pequeños artesanos dispersos, introduce la división del trabajo y prepara los elementos de una producción igualmente grande, pero ya maquinizada. Los buenos populistas se limitaban a los lamentos y quejas sobre este fenómeno "lamentable", "artificial", etc., etc., se consolaban con que esto es la "capitalización" no de la producción, sino "solo" del proceso de intercambio, sostenían dulces conversaciones sobre "otras vías para la patria", y, mientras tanto, los "artificiales" y "sin base" "kulaks" seguían su viejo camino, continuaban concentrando capital, "reuniendo" los medios de producción y a los productores, ampliando la escala de compra de materia prima, profundizando la división de la producción en operaciones separadas (urdido, tejido, teñido, acabado, etc.) y transformando la manufactura capitalista dispersa, técnicamente atrasada, basada en el trabajo manual y la servidumbre, en la gran industria capitalista maquinizada.

Un proceso completamente igual está ocurriendo ahora en la masa de nuestras llamadas industrias "artesanales", y los populistas se apartan exactamente de la misma manera de la investigación de la realidad en su desarrollo, sustituyen exactamente de la misma manera la cuestión del origen de las relaciones dadas y su evolución por la cuestión de lo que podría ser (si no fuera lo que es), se consuelan exactamente de la misma manera con que esto son por ahora "solo" acaparadores, idealizan y embellecen exactamente de la misma manera las peores formas del capitalismo, peores tanto en el sentido del atraso técnico y la imperfección económica, como de la situación social y cultural de las masas trabajadoras.

Remitámonos a los datos del censo artesanal de Perm. Trataremos de llenar las lagunas arriba señaladas en estos datos, en la medida de lo necesario, con material del libro citado anteriormente La industria artesanal de la gobernación de Perm, etc. Destaquemos ante todo aquellas industrias que proporcionan la masa principal de artesanos que trabajan para acaparadores (3.er subgrupo). Para ello tendremos que recurrir a nuestra propia recopilación, cuyos resultados (como se señaló más arriba) no coinciden con las cifras del Ocherk.

Así pues, alrededor de 9/10 de los artesanos que trabajan para acaparadores se concentran en las siete industrias enumeradas. A estas industrias nos dirigiremos ante todo.

La organización de la industria del calzado en el distrito de Krasnoufimsk es completamente análoga (Kust. prom., I, 148-149): los propietarios de fábricas de curtidos también transforman los cueros en botas, en parte en sus propios talleres de costura, en parte distribuyéndolos a domicilio; uno de los grandes propietarios de establecimientos de curtido y calzado tiene hasta 200 obreros permanentes.

Ahora podemos representarnos con suficiente claridad la organización económica de la industria del calzado y de muchas otras industrias "artesanales" vinculadas con ella. No es otra cosa que departamentos de grandes talleres capitalistas ("fábricas", según la terminología de nuestra estadística oficial), que operaciones parciales de las grandes empresas capitalistas de procesamiento de cueros. Los empresarios organizaron en gran escala la compra del material, montaron fábricas para la elaboración de cueros e introdujeron todo un sistema de su ulterior procesamiento, sistema basado en la división del trabajo (como condición técnica) y en el trabajo a destajo (como condición económica): realizan unas operaciones en sus talleres (corte del calzado), otras operaciones se realizan en sus propias casas por los "artesanos" que trabajan para ellos; los empresarios determinan la escala de producción, las tarifas del salario a destajo, los tipos de artículos fabricados y la cantidad de artículos de cada tipo. Ellos mismos han organizado también la venta al por mayor del producto. Es evidente que, según la terminología científica, esto es una manufactura capitalista, que en parte ya está pasando a la forma superior, a la fábrica (precisamente en la medida en que se aplican a la producción máquinas y sistemas de máquinas: las grandes fábricas de curtidos tienen máquinas de vapor). La separación de algunas partes de esta manufactura en una forma especial de producción "artesanal" es un evidente absurdo, que disfraza el hecho fundamental del dominio del trabajo asalariado y de la subordinación de todo el negocio del curtido y del calzado al gran capital. En lugar de las cómicas disquisiciones sobre la deseabilidad para esta industria de una "organización cooperativa del intercambio" (pág. 93 del Ocherk), no estaría de más estudiar con más detenimiento la organización real de la producción, estudiar las condiciones que obligan a los fabricantes a preferir la distribución del trabajo a domicilio. Los fabricantes lo encuentran, sin duda, más ventajoso para sí, y esta ventaja será comprensible para nosotros si recordamos los bajos salarios de los artesanos en general, especialmente de los artesanos-agricultores y de los artesanos del 3.er subgrupo. Al distribuir el material a domicilio, los empresarios abaratan de esta manera el salario, ahorran gastos de local, en parte de herramientas, de supervisión, se liberan de las no siempre gratas exigencias a los fabricantes (¡ellos no son fabricantes, sino comerciantes!), adquieren obreros más dispersos, más desunidos, menos capaces de autodefensa, adquieren capataces gratuitos para estos obreros —una especie de zaglody o masterkí (términos de nuestra industria textil bajo el sistema de distribución de hilado a domicilio) en la persona de aquellos artesanos que trabajan para ellos y que por su cuenta contratan aún a obreros asalariados (en 636 familias de zapateros que trabajan para acaparadores, se contaron 278 obreros asalariados). Ya hemos visto por la tabla general que estos obreros asalariados (en el 3.er subgrupo) reciben los salarios más bajos. Esto no es sorprendente, pues están sometidos a una doble explotación: la explotación de su contratante, que exprime para sí un "beneficio" del obrero, y la explotación del curtidor-fabricante, que distribuye el material a los pequeños propietarios. Se sabe que estos pequeños masterkí, que conocen bien las condiciones locales y las características personales de los obreros, son particularmente inagotables en la invención de diversas opresiones, en la práctica del trabajo de servidumbre, el truck-system{84}, etc. Es conocida la excesiva duración de la jornada de trabajo en semejantes talleres y "cabañas artesanales", y no se puede sino lamentar que el censo artesanal de 1894-95 no proporcionara casi ningún material sobre estas importantísimas cuestiones para iluminar nuestra peculiar sweating-system[211] con su masa de intermediarios que intensifican la presión sobre los obreros, con la explotación más incontrolada y desvergonzada.

Sobre la organización de la industria de fieltros (la segunda por la cantidad absoluta de familias que trabajan para acaparadores), el Ocherk no proporciona, por desgracia, casi ninguna información. Hemos visto que en esta industria hay artesanos con decenas de obreros asalariados, pero quedó sin aclarar si distribuyen el trabajo a domicilio, si realizan parte de las operaciones fuera de su taller[212]. Señalemos solo el hecho constatado por los investigadores de que las condiciones higiénicas de la industria de fieltros son sumamente insatisfactorias (Ocherk, pág. 119, Kust. prom., III, 16): calor insoportable, gran cantidad de polvo, atmósfera sofocante. ¡Y esto en las propias viviendas de los artesanos! El resultado natural es que los artesanos no resisten más de 15 años de trabajo y terminan tísicos. I. I. Molleson, que investigó las condiciones sanitarias del trabajo, dice: "Los obreros de 13 a 30 años constituyen el principal contingente de los fieltreros. Y casi todos ellos se destacan nítidamente por su palidez, el color mate de la piel y su aspecto lánguido, como agotado por la enfermedad" (III, pág. 145, cursiva del autor). La conclusión práctica del investigador es la siguiente: "Es necesario imponer a los patronos la obligación de construir un taller (fieltrería) de dimensiones considerablemente mayores, de modo que a cada obrero le corresponda un volumen constante de aire previamente determinado"; "el taller debe estar destinado exclusivamente al trabajo. Debe prohibirse terminantemente que los obreros pernocten en él" (ibíd.). Así pues, los médicos sanitarios exigen para estos artesanos la construcción de fábricas, la prohibición del trabajo a domicilio. No se puede sino desear la realización de esta medida, que impulsaría el progreso técnico, eliminaría la masa de intermediarios, despejaría el camino para la reglamentación de la jornada de trabajo y de las condiciones de trabajo, en una palabra, eliminaría los abusos más clamorosos en nuestra industria "popular".

En la industria de esteras, entre los acaparadores figura el comerciante de Osa, Butakov, quien, según datos de 1879, tenía en la ciudad de Osa una fábrica de esteras con 180 obreros[213]. ¿Acaso este fabricante debe ser considerado "ajeno a la producción misma" por haber encontrado más ventajoso distribuir el trabajo a domicilio? Sería asimismo interesante saber en qué se diferencian los acaparadores, excluidos de entre los artesanos, de aquellos "artesanos" que, no teniendo obreros familiares, "compran líber y lo entregan para su elaboración a destajeros, quienes lo transforman en esteras y sacos en sus propios telares" (Ocherk, 152). Es un ejemplo palpable de la confusión a la que condujeron a los investigadores los prejuicios populistas. Las condiciones higiénicas en esta industria también están por debajo de toda crítica: estrechez, suciedad, polvo, humedad, hedor, jornada prolongada (12-15 horas al día), todo esto hace de los centros de la industria verdaderas "fuentes del tifus del hambre"[214], que surgía aquí con frecuencia.

Sobre la organización del trabajo para los acaparadores en la industria de herrería, de nuevo no sabemos nada por el Ocherk y debemos recurrir al libro Kust. prom. i t. d., que proporciona una descripción muy interesante de la industria de herrería de Nizhni-Taguil. La producción de bandejas y otros artículos está dividida entre varios establecimientos: los talleres de batido forjan el hierro, los de estañado lo estañan, los de pintura lo pintan. Algunos artesanos-patronos poseen establecimientos de todos estos tipos, siendo, por consiguiente, fabricantes de tipo puro. Otros realizan en su taller una de las operaciones, distribuyendo después los artículos para el estañado y la pintura a los artesanos a domicilio. Aquí, por consiguiente, aparece con particular nitidez la homogeneidad de la organización económica de la industria en el caso de distribución del trabajo a domicilio y en el de pertenencia al patrono de varios talleres detallistas. Los artesanos-acaparadores que distribuyen el trabajo a domicilio pertenecen a los patronos más grandes (son 25 personas), que han organizado de la manera más ventajosa la compra de materia prima y la venta del producto en gran escala: estos 25 artesanos (y solo ellos) van a la feria o tienen sus propias tiendas. Además de ellos, los acaparadores son ya grandes "fabricantes-comerciantes", que expusieron sus productos en la exhibición de Ekaterimburgo en la sección fabril-industrial: el autor del libro los clasifica dentro de la "industria fabril-artesanal (¡sic!)" (Kust. prom., I, págs. 98-99). En general y en conjunto, obtenemos así un cuadro extremadamente típico de la manufactura capitalista, que se entrelaza de las más diversas y caprichosas formas con los pequeños establecimientos. Para mostrar gráficamente lo poco que ayuda a orientarse en estas complejas relaciones la división de los industriales en "artesanos" y "fabricantes", en productores y "acaparadores", aprovechemos las cifras proporcionadas en el libro citado y representemos las relaciones económicas de la industria en forma de tabla:

¿Y ahora nos dirán que los acaparadores, al igual que los usureros, son "ajenos a la producción misma", que su dominio significa solo la "capitalización del proceso de intercambio" y no la "capitalización de la producción"?

Un ejemplo muy típico de manufactura capitalista es también la industria de baúles (Ocherk, págs. 334-339, Kust. prom., I, págs. 31-40). Su organización es la siguiente: varios grandes patronos, que poseen talleres con obreros asalariados, compran los materiales, fabrican en parte los artículos en sus talleres, pero principalmente distribuyen el material a pequeños talleres detallistas, y en sus propios talleres ensamblan las partes del baúl y, tras el acabado final, envían la mercancía al mercado. La división del trabajo —esta condición típica y base técnica de la manufactura— se aplica en la producción en gran escala: la fabricación de un baúl completo se divide en 10-12 operaciones, realizadas cada una por separado por artesanos detallistas. La organización de la industria es la unificación de los obreros detallistas (Teilarbeiter, como se les llama en El Capital{85}) bajo el mando del capital. La razón por la cual el capital prefiere la distribución a domicilio al trabajo de los obreros asalariados en el taller, la dan claramente los datos del censo artesanal de 1894-95 sobre los establecimientos de la fábrica de Neviánsk, distrito de Ekaterimburgo (uno de los centros de la industria), donde encontramos juntos tanto los talleres colectivos como a los artesanos detallistas. La comparación entre unos y otros es, por consiguiente, plenamente posible. Presentamos los datos comparativos en una tablita (pág. 173 de las tablas):

* Por establecimiento.

Examinemos esta tablita, advirtiendo previamente que si en lugar de los datos de una sola fábrica de Neviánsk hubiéramos tomado los datos de todo el 1.er y 3.er subgrupo (pág. 335 del Ocherk), las conclusiones habrían sido las mismas. La magnitud del ingreso bruto en ambos subgrupos, evidentemente, no es comparable, pues un mismo material pasa por las manos de diferentes obreros detallistas y por los talleres colectivos. Pero son característicos los datos sobre el ingreso y el salario. Resulta que el salario de los obreros asalariados en los talleres colectivos es superior al ingreso de los artesanos dependientes (100 r. y 89 r.), a pesar de que estos últimos también explotan a obreros asalariados. Y el salario de estos últimos es más de dos veces inferior al salario de los obreros en los talleres colectivos. ¡Pues cómo no van a preferir nuestros empresarios la industria "artesanal" a la fabril, cuando la primera les proporciona tan sustanciales "ventajas"! La organización del trabajo para el acaparador en la industria de carruajes es completamente análoga (Ocherk, pág. 308 y ss., Kust. prom., I, pág. 42 y ss.); los mismos talleres colectivos, cuyos dueños son "acaparadores" (y distribuidores, dadores de trabajo) con respecto a los artesanos detallistas, la misma superioridad del salario del asalariado en el taller sobre el ingreso del artesano dependiente (por no hablar ya de su obrero asalariado). Esta superioridad se constata tanto para los agricultores (grupo I) como para los no agricultores (grupo II). En la industria de muebles y carpintería, los acaparadores son las tiendas de muebles de la ciudad de Perm (Ocherk, 133, Kust. prom., II, 11), que suministran a los artesanos, al hacer los pedidos, muestras, con lo cual, dicho sea de paso, ellos "elevaron paulatinamente la técnica de producción".

En la industria de la sastrería, las tiendas de ropa hecha de Perm y Ekaterimburgo distribuyen a los artesanos material para su costura. Es sabido que una organización completamente homogénea de la industria de la sastrería y la confección existe también en otros países capitalistas de Europa Occidental y América. La diferencia entre el Occidente "capitalista" y Rusia con su "producción popular" consiste en que en Occidente llaman a estos procedimientos Schwitz-system[215] y buscan medidas de lucha contra este pésimo sistema de explotación; por ejemplo, los sastres alemanes consiguen de sus patronos la construcción de fábricas (es decir, "implantan artificialmente el capitalismo", como concluiría un populista ruso), mientras que entre nosotros a este "sistema de extracción de sudor" lo llaman beatíficamente "industria artesanal" y discuten sus ventajas frente al capitalismo.

Hemos examinado ahora todas las industrias que proporcionan la inmensa mayoría de los artesanos que trabajan para acaparadores. ¿Cuáles son, pues, los resultados de este examen? Nos hemos convencido de la plena inconsistencia de la tesis populista de que los acaparadores e incluso los talleres colectivos son lo mismo que los usureros, elementos ajenos a la producción, etc. A pesar de la señalada insuficiencia de los datos del Ocherk, a pesar de la ausencia en el programa del censo de preguntas sobre la economía de los acaparadores, hemos logrado constatar en la mayoría de las industrias el vínculo más indisoluble de los acaparadores con la producción, incluso su participación directa en la producción, "participación" como dueños de talleres con obreros asalariados. No hay nada más absurdo que la opinión de que el trabajo para el acaparador es solo el resultado de algún abuso, de alguna casualidad, de alguna "capitalización del proceso de intercambio" y no de la producción. Por el contrario, el trabajo para el acaparador es precisamente una forma particular de producción, una organización particular de las relaciones económicas en la producción, organización que surgió directamente de la pequeña producción mercantil (la "pequeña producción popular", como se acostumbra decir en nuestra literatura de buenas intenciones) y que hasta hoy está vinculada a ella por mil hilos, pues los propietarios más acomodados, los "artesanos" más avanzados, son los que inician este sistema, ampliando sus operaciones mediante la distribución del trabajo a domicilio. Lindando directamente con el taller capitalista con obreros asalariados, constituyendo a menudo solo su continuación o uno de sus departamentos, el trabajo para el acaparador es simplemente un apéndice de la fábrica, entendiendo esta última expresión no en el sentido científico, sino en el corriente. Según la clasificación científica de las formas de industria en su desarrollo sucesivo, el trabajo para el acaparador pertenece en su mayor parte a la manufactura capitalista, pues: 1) se basa en la producción manual y en una amplia base de pequeños establecimientos; 2) introduce entre estos establecimientos la división del trabajo, desarrollándola también dentro del taller; 3) sitúa a la cabeza de la producción al comerciante, como ocurre siempre en la manufactura, que presupone la producción en gran escala, la compra al por mayor de la materia prima y la venta del producto; 4) reduce a los trabajadores a la condición de obreros asalariados, ocupados en el taller del patrono o en su propia casa. Precisamente por estos rasgos, como se sabe, se caracteriza el concepto científico de la manufactura como una etapa particular del desarrollo del capitalismo en la industria (ver Das Kapital, I, Kapitel XII[216]). Esta forma de industria significa ya, como se sabe, un profundo dominio del capitalismo, siendo la predecesora directa de su última y más alta forma, es decir, la gran industria maquinizada. El trabajo para el acaparador es, por consiguiente, una forma atrasada de capitalismo, y en la sociedad moderna este atraso conduce en ella a un empeoramiento particular de la situación de los trabajadores, explotados por toda una serie de intermediarios (sweating-system), dispersos, obligados a contentarse con el salario más bajo, a trabajar en condiciones de un entorno sumamente antihigiénico y de una jornada de trabajo excesivamente larga, y, lo que es más importante, en condiciones que dificultan extremadamente la posibilidad del control social de la producción.

Hemos terminado ahora el examen de los datos del censo artesanal de 1894-95. Este examen ha confirmado plenamente la observación hecha más arriba sobre la completa vacuidad del concepto: "artesanía". Hemos visto que bajo este concepto se agrupaban las más diversas formas de industria; estamos incluso en derecho de decir: casi todas las formas de industria que conoce la ciencia. En efecto, aquí se incluyeron también los artesanos patriarcales que trabajan por encargo de los consumidores con material de estos (de los consumidores), recibiendo remuneración a veces en especie, a veces en dinero. Aquí se incluyeron, además, representantes de una forma de industria completamente diferente: los pequeños productores mercantiles que trabajan con su familia. Aquí se incluyeron los dueños de talleres capitalistas con obreros asalariados y estos obreros asalariados, cuyo número alcanza varias decenas por establecimiento. Aquí se incluyeron los empresarios manufactureros con gran capital, que dominan todo un sistema de talleres detallistas. Aquí se incluyeron también los obreros a domicilio que trabajan para capitalistas. En todas estas subdivisiones, se consideraba igualmente "artesanos" tanto a los agricultores como a los no agricultores, tanto a los campesinos como a los habitantes urbanos. Semejante confusión no es en absoluto una particularidad de la presente investigación sobre los artesanos de Perm. Nada de eso. Se repite en todas partes y siempre, cuando y donde se habla y se escribe sobre la industria "artesanal". Cualquiera que conozca, por ejemplo, las "Actas de la comisión para la investigación de la industria artesanal", sabe que en el número de artesanos entraron exactamente de la misma manera todas estas categorías. Y he aquí que el procedimiento favorito de nuestra economía populista consiste en amontonar en un montón toda esta infinita diversidad de formas industriales, llamar a este montón industria "artesanal", "popular", y —¡risum teneatis, amici![217]— contraponer este sinsentido al "capitalismo", a la "industria fabril-industrial". La "fundamentación" de este admirable procedimiento, que testimonia una notable profundidad de pensamiento y conocimientos de su iniciador, pertenece, si no nos equivocamos, al señor V. V., quien en las primeras páginas de sus Ensayos sobre la industria artesanal toma las cifras oficiales de los obreros "fabriles-industriales" de las gobernaciones de Moscú, Vladímir y otras, y las compara con las cifras de los "artesanos", con lo cual resulta, por supuesto, que la "industria popular" está mucho más desarrollada en la Santa Rusia que el "capitalismo", mientras que sobre el hecho, repetidamente establecido por los investigadores[218], de que la inmensa mayoría de estos "artesanos" trabaja para esos mismos fabricantes, nuestro "autorizado" economista guardaba prudentemente silencio. Siguiendo estrictamente los prejuicios populistas, los compiladores del Ocherk repiten el mismo procedimiento. Aunque la suma de la producción anual de la industria "artesanal" constituye en la gobernación de Perm solo 5 millones de rublos[219], y la "fabril-industrial", 30 millones de rublos, "el número de brazos ocupados en la industria fabril-industrial se determina en 19 mil personas, y en la artesanal, en 26 mil personas" (pág. 364). La clasificación, como se ve, es sencilla hasta lo conmovedor:

a) obreros fabriles-industriales 19 000

b) artesanos 26 000

Total 45 000

¡Es comprensible que semejante clasificación abra de par en par las puertas a las disquisiciones sobre "la posibilidad de otra vía para la patria"!

Pero para algo tenemos ante nosotros los datos del censo artesanal por hogares, que investigó las formas de industria. Intentemos dar una clasificación que corresponda a los datos del censo (sobre los cuales la clasificación populista es simplemente una burla) y que corresponda a las diversas formas de industria. Las relaciones porcentuales que dio el censo sobre 20 mil obreros, las aplicaremos también a la cifra aumentada por los autores sobre la base de otras fuentes: 26 mil.

Comprendemos perfectamente que también en esta clasificación hay errores: en ella no hay fabricantes e industriales, pero hay artesanos con decenas de obreros asalariados; en ella entraron casualmente unos manufactureros, no separados, sin embargo, especialmente, y no entraron otros, expulsados en calidad de "acaparadores"; en ella entraron artesanos urbanos de una ciudad y no entraron de 11 ciudades, etc. Pero, en todo caso, esta clasificación se basa en los datos del censo artesanal sobre las formas de industria, y los errores señalados son errores de estos datos, y no errores de la clasificación[220]. En todo caso, esta clasificación da una representación exacta de la realidad, explica las relaciones socioeconómicas reales entre los diversos participantes de la industria, y, por consiguiente, su situación y sus intereses, y en tal explicación consiste la tarea suprema de toda investigación científico-económica.

# VII. "Fenómenos gratos" en la industria artesanal

Podrían acusarnos de unilateralidad, de presentar solo los lados oscuros de la industria artesanal, si pasáramos por alto los hechos aducidos en el Ocherk, que deben mostrar el "lado luminoso" y los "fenómenos gratos" de la industria artesanal.

Se nos dice, por ejemplo, que el trabajo asalariado en la producción artesanal tiene un cierto significado especial, pues el obrero asalariado aquí se distingue por su "cercanía en la vida cotidiana" al patrono y él mismo "puede" convertirse en patrono. A los "fenómenos gratos" se ha incluido aquí, por consiguiente, el buen deseo de convertir a todos los obreros en patroncitos[221]. Aunque, por cierto, no a todos, sino solo a algunos, pues "la tendencia a explotar el trabajo ajeno es propia, sin duda, de todos los hombres en general, incluido también el artesano" (Ocherk, pág. 6). ¡Esta frase es sencillamente inimitable por la ingenuidad con que "todos los hombres", sin más rodeos, son identificados con los pequeños burgueses! No es de extrañar que quien mira todo el mundo a través de las gafas del pequeño burgués descubra verdades tan notables. En la página 268 se declara como "empresa por su situación laboral (¡sic!) en el estricto significado de la palabra artesanal" una pequeña fábrica con 8 obreros asalariados, con una producción de 10 mil rublos. En las páginas 272-274 se relata cómo otro pequeño fabricantito (con 7 obreros asalariados y 5 aprendices; producción de 7 mil rublos) construyó un horno de fundición en tierras arrendadas a la sociedad de campesinos y solicitó al banco artesanal un préstamo de 5000 rublos para la instalación de una cubilote, explicando que "toda su empresa tiene un interés puramente local, ya que la extracción de minerales se realizará en los predios de la sociedad por los mismos campesinos locales". El banco rechazó la solicitud por motivos formales. Y el Ocherk nos pinta a este respecto un cautivador cuadro de la transformación de esta empresa en cooperativa, social: al patrono esto "sin duda le será del agrado, como celoso defensor de los intereses no solo de la producción, sino también de los miembros de su misma comunidad que lo rodean". La empresa "abarca una masa de intereses laborales de los miembros de la sociedad, que extraerán y transportarán a la fábrica el mineral, los materiales forestales". "Los cabezas de familia llevarán a la fábrica minerales, carbón, etc., de manera semejante a como las amas de casa llevan a la quesería comunitaria la leche. Por supuesto, aquí se presupone una organización más compleja que en las queserías comunitarias, en particular bajo la condición de utilizar a los propios maestros y peones locales en la dirección del propio negocio, es decir, de la fundición del hierro de los minerales". ¡Oh, idilio! ¡Los peones ("miembros de la sociedad") "llevarán a la fábrica" mineral, leña, etc., de manera semejante a como las campesinas llevan la leche a la quesería! ! No vamos a negar que el banco artesanal puede (si no lo impide su organización burocrática) prestar el mismo servicio que otros bancos, desarrollando la economía mercantil y el capitalismo, pero sería muy triste si continuara, al mismo tiempo, desarrollando la hipocresía y la charlatanería maniloviana de los empresarios{86} que solicitan el préstamo.

Hasta ahora hemos visto cómo las empresas con un gran número de obreros asalariados se declaraban "artesanales" sobre la base de que los patronos mismos trabajan. Pero esta condición sería algo restrictiva para los pequeños burgueses, y he aquí que el Ocherk se esfuerza por ampliarla: resulta que también una empresa que "se gestiona exclusivamente con trabajo asalariado" puede ser artesanal, si el "éxito" de la empresa se basa en la "participación personal" del patrono (pág. 295) o incluso si los patronos "se ven obligados a limitar su participación a diversas gestiones relacionadas con la dirección de la industria" (pág. 301). ¿Verdad que progresan con éxito los populistas de Perm? "Trabajo personal" — "participación personal" — "diversas gestiones". ¡Mein Liebchen, was willst du noch mehr?[222] El trabajo asalariado en la industria del ladrillo proporciona, según resulta, "ventajas especiales" (302) a los obreros asalariados, que encuentran "un ingreso auxiliar" en las fábricas de ladrillos; mientras tanto, los dueños de estas fábricas experimentan a menudo "necesidad de dinero para contratar obreros". El Ocherk concluye que a tales patronos se les debe permitir el crédito del banco artesanal, "clasificando tales empresas, según la nota al párrafo 3 del art. 7 del estatuto del banco artesanal, como casos particularmente atendibles" (pág. 302). Esto no está dicho con mucha corrección, ¡pero sí de manera muy impresionante y significativa! "En conclusión, encontramos bases suficientes para expresar", leemos al final de la descripción de la industria del ladrillo, "que en la industria del ladrillo entre los campesinos los intereses de los patronos y de los obreros asalariados se generalizan hasta tal punto que, aunque formalmente no se hayan registrado arteles en esta industria, de hecho existe en ella una fuerte ligazón de compañerismo entre los patronos y sus obreros asalariados" (305). Remitimos al lector al cuadro estadístico arriba presentado de estas "ligazones de compañerismo". Es también curioso, como muestra de la confusión en los conceptos económicos populistas, que el Ocherk defienda y embellezca al mismo tiempo el trabajo asalariado, afirmando que el kulak no es en absoluto el patrono con obreros asalariados, sino el poseedor de capital dinerario, que "explota el trabajo en la persona del patrono-artesano y sus obreros asalariados" (!), y al mismo tiempo se lanza de la manera más insensata y desmedida a defender el kulachestvo: "el kulachestvo, no obstante, por muy lúgubres colores con que se le pinte, es una rueda por ahora necesaria en el mecanismo del intercambio de la producción artesanal... El kulachestvo, en relación con los éxitos de la industria artesanal, sin duda, debe reconocerse como un bien, comparado con la situación en que, sin el kulak, sin medios monetarios algunos, el artesano se ve obligado a quedarse sin trabajo" (pág. 8)[223]. ¿Hasta cuándo este "por ahora"? Si se hubiera dicho que el capital comercial y usurario es un momento necesario en el desarrollo del capitalismo, una rueda necesaria en el mecanismo de la sociedad poco desarrollada capitalista (como la nuestra), entonces esto sería correcto. Con tal interpretación, la palabra "por ahora" hay que entenderla así: mientras las innumerables trabas a la libertad industrial y a la libertad de competencia (especialmente en el campesinado) mantienen entre nosotros las formas más atrasadas y peores del capitalismo. Solo tememos que esta interpretación no guste a los populistas de Perm, ¡ni a otros populistas!

Pasemos a los arteles, esos expresadores más inmediatos y más importantes de esos supuestos principios comunales que los populistas quieren ver a toda costa en las industrias artesanales. Es interesante observar los datos del censo por hogares de los artesanos en toda una gobernación, censo que puso directamente en el programa el registro y estudio de los arteles (pág. 14, párr. 2). Podemos, por consiguiente, no solo conocer los diferentes tipos de arteles, sino también saber cuán ampliamente están difundidos.

Industria de aceite. "Artel consuetudinario en el estricto significado de esta palabra": en la aldea Pokróvskoe y en la aldea Gavriaty, dos almazaras pertenecen a cinco hermanos, que se han separado, pero usan las almazaras por turno. Estos hechos presentan un "profundo interés", porque "con ellos se iluminan las condiciones contractuales de la sucesión laboral comunitaria de las industrias artesanales". Es evidente que semejantes arteles consuetudinarios "representan un precedente significativo en la cuestión de la difusión en el medio de la artesanía, sobre bases cooperativas, de producciones de tipo fabril" (págs. 175-176). Así pues, ¡el artel en el estricto significado de la palabra, como precedente de la cooperación, como expresión de la comunidad, consiste en la propiedad común de herederos no divididos! Evidentemente, el verdadero paladión de la "comunidad" y la "cooperación" es, si es así, el derecho civil romano y nuestro tomo X con los institutos del condominium[224], ¡la propiedad común de herederos y no herederos!{87}

"En la producción de molienda... se expresó del modo más brillante, en formas consuetudinarias peculiares, la iniciativa artelera de los campesinos". Muchos molinos se encuentran en uso común de sociedades o incluso de aldeas enteras. Modos de uso de los molinos: el más extendido es por turno; luego el reparto del ingreso neto en participaciones proporcionalmente al gasto de cada copropietario; en "casos similares, los asociados patronos raramente toman parte personal laboral en la producción, la cual se gestiona habitualmente con trabajo asalariado" (pág. 181; lo mismo sobre las alquitreras arteleras, pág. 197). ¡Notable peculiaridad y artelismo en realidad: propiedad común de patroncitos que contratan obreros en común! El hecho de que los artesanos usen por turno los molinos, alquitreras, herrerías, testimonia, por el contrario, la sorprendente dispersión de los productores, a los cuales ni siquiera la propiedad común es capaz de impulsar a la cooperación.

"Uno de los tipos de organización artelera": las "herrerías arteleras" (239). Los herreros-patronos, para ahorrar combustible, se reúnen en una herrería, contratando a un solo soplador (¡ahorro en obreros!) y arrendando al dueño de la herrería tanto el local como el martillo por un pago especial. ¡Así pues, la entrega de una cosa, perteneciente a una persona en derecho de propiedad privada, a otra persona en arriendo por un pago, es una "organización artelera"! ¡Positivamente, hay que llamar al derecho romano el código de la "organización artelera"!... "En la organización artelera... encontramos una nueva indicación de la ausencia de cristalización clasista en la producción entre los artesanos, una indicación de la misma fusión de las estratificaciones en el medio agrícola y artesanal, que vimos también en los molinos arteleros" (239). ¡Y todavía se atreven algunas malas personas a hablar de la descomposición del campesinado!

Hasta ahora, por consiguiente, ni un solo caso de unión de los artesanos para la compra de materia prima, la venta del producto, sin hablar ya de la unión en la producción misma. Sin embargo, hay también tales uniones. El censo por hogares de los artesanos de la gobernación de Perm registró cuatro en total, y todas se organizaron con el concurso del banco artesanal: tres en la industria de carruajes y una en la producción de máquinas agrícolas. Uno de los arteles tiene obreros asalariados (2 aprendices y 2 obreros "auxiliares" asalariados), en otro, dos compañeros usan la herrería y el taller, pertenecientes a un tercer compañero, por un pago especial. Compran en común la materia prima y venden el producto, pero trabajan en talleres separados (excepto el caso señalado de alquiler a cambio de pago de la herrería y el taller). Estos cuatro arteles unieron a 21 obreros familiares. El banco artesanal de Perm actúa desde hace ya varios años. Supongamos que "unirá" (para el alquiler de la herrería vecinal) en un año no a 20 obreros familiares, sino a 50. Entonces los 15 000 obreros familiares artesanos serán "unidos" por la "organización artelera" exactamente dentro de 300 años. Y, al terminar con este asunto, empezarán ya a "unir" también a los obreros asalariados de los artesanos... Y los populistas de Perm triunfan: "Conceptos económicos tan importantes, creados por el trabajo independiente del pensamiento del medio artesanal, sirven de firme garantía del progreso económico de la producción en este medio sobre las bases de la independencia del trabajo respecto al capital, ya que en los hechos dados se manifiesta no solo una aspiración espontánea de los artesanos a la independencia laboral, sino también en plena medida consciente" (pág. 333). ¡Tengan piedad, señores! Por supuesto, no se puede ni imaginar el populismo sin frases manilovianas, ¡pero hay que conocer también la medida! Ninguno de los arteles, como hemos visto, expresa el "principio de la independencia del trabajo respecto al capital": todos son arteles de patronos y patroncitos, muchos con obreros asalariados. No hay cooperación en estos arteles, incluso la compra conjunta de materia prima y la venta del producto se encuentran hasta un punto ridículo raramente, uniendo a un número sorprendentemente insignificante de patronos. Se puede decir con seguridad que no se encontrará ni un solo país capitalista en el cual el registro de casi nueve mil pequeños establecimientos con veinte mil obreros haya revelado una dispersión y un embrutecimiento tan sorprendentes de los productores, entre los cuales se hayan encontrado solo unas pocas decenas de casos de propiedad común y menos de una decena de casos de unión de 3 a 5 patroncitos para la compra de materia prima y la venta del producto. Esta dispersión serviría de la más segura garantía de un estancamiento económico y cultural sin perspectivas, si no viéramos, afortunadamente, cómo el capitalismo corta de raíz cada día el artesanado patriarcal con su limitación local de patroncitos autosuficientes, destruye cada día los pequeños mercados locales (en los que se sostiene la pequeña producción), sustituyéndolos por el mercado nacional y mundial, obligando a los productores no de una sola aldea Gavriaty, sino a los productores de todo un país e incluso de diferentes países a entrar en alianzas entre sí, llevando estas alianzas más allá de los límites de los solos patronos y patroncitos, planteando ante estas alianzas cuestiones más amplias que la cuestión de la compra más barata de material forestal y hierro, o la cuestión de la venta más ventajosa de clavos y carros.

# VIII. El programa populista de política industrial

Puesto que las propuestas y medidas prácticas están siempre en conexión con lo que se encuentra de "grato" y esperanzador en la realidad, es comprensible ya a priori qué deseos con respecto a la industria artesanal se hallan en el Ocherk, que redujo todos los "fenómenos gratos" al embellecimiento del trabajo asalariado en la pequeña economía y a la exaltación de uniones de pequeños patronos muy poco numerosas y unilaterales. Repitiendo las recetas populistas habituales, estos deseos sorprenden por su carácter contradictorio, por un lado, y por la exageración inmoderada de "medidas" triviales, convertidas mediante frases en solución de grandes cuestiones, por el otro. Al comienzo mismo del Ocherk, en la introducción, aún antes de la exposición de los datos del censo, encontramos ampulosas disquisiciones sobre la "tarea del crédito artesanal": "eliminar (¡sic!) la falta de dinero", sobre "la organización cooperativa del intercambio entre la producción y el consumo" (pág. 8), sobre "la difusión de las organizaciones arteleras", el establecimiento de almacenes artesanales, consultas técnicas, escuelas técnicas, etc. (pág. 9). Estas disquisiciones se repiten muchas veces en el libro. "Es necesario reorganizar la economía de la industria de manera que al artesano le aparezca dinero; dicho más simplemente, liberar al artesano del kulak" (119). "La tarea de nuestro tiempo" es realizar "la emancipación artesanal por medio del crédito", etc. (267). "Es necesario racionalizar los procesos de intercambio", preocuparse "por introducir en las entrañas de la economía campesina agrícola las bases racionales del crédito, el intercambio y la producción" (362), es necesaria "la organización económica del trabajo" (¡¡sic!! pág. 363), "la racional disposición de la economía de la economía popular", etc., etc., etc. Como se ve, esta es la conocida panacea populista, pegada a los datos del censo. Y como para la confirmación definitiva de su ortodoxia populista, los compiladores no dejaron de condenar la economía monetaria en general, instruyendo al lector que el artesanado "constituye un importante servicio a la economía popular, asegurándole la posibilidad de evitar la transformación de la economía natural en monetaria". "Los intereses vitales de la economía popular exigen que la materia prima producida por ella sea transformada en el lugar, en la medida de lo posible sin intervención monetaria en los procesos de intercambio" (pág. 360).

¡El programa populista está expuesto aquí con toda la plenitud y franqueza que no dejan nada que desear! Hemos dicho: "programa populista", pues no nos interesa lo que distingue a los compiladores del Ocherk de otros populistas, sino, por el contrario, precisamente lo que tienen de común. Nos interesa el programa práctico populista con respecto a las industrias artesanales en general. Es fácil ver que en el Ocherk se exponen de manera prominente precisamente los rasgos fundamentales de este programa: 1) condena de la economía monetaria y simpatías por la economía natural y el artesanado primitivo; 2) diversas medidas para el apoyo de la pequeña producción campesina, tales como crédito, desarrollo de la técnica, etc.; 3) fomento de todo tipo de uniones y alianzas entre patronos y patroncitos: sociedades de materia prima, de almacenaje, de ahorro y préstamo, de crédito, de consumo, de producción; 4) "organización del trabajo", frase corriente en todos y cada uno de los buenos deseos populistas. Examinemos, pues, este programa.

En lo que se refiere, ante todo, a la condena de la economía monetaria, en relación con la industria tiene ya un carácter plenamente platónico. El artesanado, incluso en la gobernación de Perm, ha sido ya desplazado muy al fondo por la producción mercantil y se encuentra en una situación tan lastimosa que en el mismo Ocherk leemos sobre la deseabilidad de "liberar al artesano de la dependencia", precisamente eliminar la dependencia del artesano del cliente-consumidor "buscando los medios para ampliar el propio radio de venta más allá de los límites de la demanda para el consumo local" (pág. 33). En otras palabras: ¡condena de la economía monetaria en la teoría y aspiración a convertir el artesanado en economía mercantil en la práctica! Y esta contradicción no constituye en absoluto un patrimonio exclusivo del Ocherk, sino que es propia de todos los proyectos populistas: por más que se oponen a la economía mercantil (monetaria), la realidad, expulsada por la puerta, entra por la ventana, y las medidas por las que se pronuncian desarrollan precisamente la economía mercantil. Ejemplo: el crédito. En sus planes y deseos, los populistas no eliminan la propia economía mercantil. El Ocherk, por ejemplo, no dice ni una palabra sobre que las reformas propuestas deban basarse no en el terreno de la economía mercantil. Por el contrario, desea solo las bases racionales del intercambio, la organización cooperativa del intercambio. La economía mercantil permanece, solo debe ser reformada según bases racionales. Una utopía en absoluto nueva, que tuvo en la vieja literatura económica a los más grandes exponentes. Su inconsistencia teórica ha sido descubierta hace ya mucho tiempo, de modo que no es necesario detenerse en esta cuestión. ¿No sería mejor, en lugar de decir frases absurdas sobre la necesidad de "racionalizar" la economía, "racionalizar" primero sus propias ideas sobre la economía real, sobre las relaciones socioeconómicas reales en esa masa sumamente heterogénea, diversiforme de "artesanos", cuyo destino quieren decidir tan burocrática y frívolamente desde arriba nuestros populistas? ¿No nos muestra la realidad a cada paso cómo las medidas prácticas de los populistas, ideadas según recetas de ideas presuntamente "puras" sobre la "organización del trabajo", etc., conducen de hecho solo a la ayuda y la asistencia al "mujik hacendoso", al pequeño fabricantito o acaparador, en general a todos los representantes de la pequeña burguesía? Esto no es en absoluto una casualidad, no es el resultado de la imperfección o la falta de éxito de medidas aisladas. Por el contrario, sobre la base general de la economía mercantil, del crédito, los almacenes, los bancos, las consultas técnicas, etc., inevitable y necesariamente se aprovechan ante todo y más que nada los pequeños burgueses. Pero si es así, se nos objetará, si los populistas en sus medidas prácticas, inconscientemente y contra su voluntad, sirven al desarrollo de la pequeña burguesía y, por consiguiente, del capitalismo en general, ¿por qué, entonces, atacar sus programas personas que reconocen por principio el desarrollo del capitalismo como un proceso progresivo? ¿Es razonable que, debido al carácter erróneo, o —digámoslo más suavemente— discutible de los ropajes ideológicos, se ataquen programas prácticamente útiles, puesto que nadie negará la "utilidad" de la educación técnica, del crédito, de las alianzas y uniones entre los productores?

Estas objeciones no son imaginarias. En una u otra forma, en una u otra ocasión, se escuchan constantemente en respuesta a la polémica contra el populismo. No hablaremos aquí de que tales objeciones, aunque fueran justas, no refutan en absoluto el hecho de que ya solo este revestimiento de los proyectos pequeño-burgueses con las más elevadas panaceas sociales causa un profundo daño social. Nos proponemos plantear la cuestión en el terreno práctico de las necesidades más inmediatas y urgentes de la contemporaneidad, y desde este punto de vista, deliberadamente estrechado, evaluar el programa populista.

A pesar de que muchas medidas populistas aportan una utilidad práctica, sirviendo al desarrollo del capitalismo, no obstante, en general y en conjunto, estas medidas resultan: 1) sumamente inconsecuentes, 2) doctrinariamente exánimes y 3) mezquinas en comparación con las verdaderas tareas que plantea ante nuestra industria el capitalismo en desarrollo. Expliquemos esto. Señalamos, en primer lugar, la inconsecuencia de los populistas como hombres prácticos. Junto con las medidas arriba indicadas, que habitualmente se caracterizan como una política económica liberal, que siempre se enarbolaron en el estandarte de los líderes de la burguesía en Occidente, los populistas se las ingenian para conservar la intención de frenar el desarrollo económico dado, de impedir el progreso del capitalismo, de apoyar la pequeña producción que desfallece en la lucha con la grande. Defienden leyes e instituciones que restringen la libertad de movilización de la tierra, la libertad de desplazamiento, que mantienen el aislamiento estamental del campesinado, etc. ¿Existen, cabe preguntarse, bases razonables para frenar el desarrollo del capitalismo y de la gran industria? Hemos visto, por los datos del censo, que la cacareada "independencia" de los artesanos no garantiza en absoluto contra la subordinación al capital comercial, contra la explotación en su peor forma, que, de hecho, la situación de la inmensa masa de estos artesanos "independientes" es a menudo más lastimosa que la situación de los obreros asalariados de los artesanos, que sus salarios son sorprendentemente insignificantes, las condiciones de trabajo (por el entorno sanitario y la duración de la jornada de trabajo) sumamente insatisfactorias, la producción está dispersa, es técnicamente primitiva y no desarrollada. ¿Existen, cabe preguntarse, bases razonables para mantener las leyes policíacas que fortalecen el "vínculo con la tierra", que prohíben romper este vínculo que conmueve a los populistas?[225] Los datos del "censo artesanal" de 1894-95 en la gobernación de Perm testimonian claramente el pleno absurdo de los atadijos artificiales de los campesinos a la tierra. Este atadijo solo reduce sus salarios, los cuales, con el "vínculo con la tierra", resultan más de dos veces inferiores que los de los no agricultores, reduce el nivel de vida, intensifica la disgregación y la dispersión de los productores, diseminados por las aldeas, intensifica su impotencia ante cada acaparador y masterok. El atadijo a la tierra frena al mismo tiempo el desarrollo de la agricultura, sin ser, sin embargo, capaz de impedir la aparición de la clase de la pequeña burguesía rural. Los populistas evitan plantear la cuestión de esta manera: ¿frenar o no frenar el desarrollo del capitalismo? Prefieren discurrir sobre "la posibilidad de otras vías para la patria". Pero, si se trata de medidas prácticas inmediatas, con ello ya todo actor se sitúa en el terreno de la vía dada[226]. ¡Hagan ustedes lo que quieran para "arrastrar" a la patria a otra vía! Semejante actividad no suscitará ninguna crítica (salvo la crítica de la risa). Pero no defiendan lo que frena artificialmente el desarrollo dado, no ahoguen con frases "sobre otra vía" la cuestión de la eliminación de los obstáculos de la vía dada.

Otra circunstancia que es necesario tener en cuenta al evaluar el programa práctico populista es la siguiente. Hemos visto ya que los populistas se esfuerzan por formular sus deseos de la manera más abstracta posible, por presentarlos como exigencias abstractas, abstractas, de la ciencia "pura", de la justicia "pura", y no como necesidades reales de clases reales que tienen intereses determinados. El crédito —esta necesidad acuciante de cada patrono y patroncito en la sociedad capitalista— el populista lo presenta como una especie de elemento en el sistema de la organización del trabajo; las alianzas y uniones de patronos se presentan como la expresión embrionaria de la idea de la cooperación en general, de la idea de la "emancipación artesanal", etc., mientras que cualquiera sabe que todas tales alianzas persiguen, en realidad, fines que nada tienen en común con tan elevadas materias, sino que están simplemente ligados a la cuantía del ingreso de estos patroncitos, al fortalecimiento de su posición, al aumento de su ganancia. Esta transformación de deseos burgueses y pequeño-burgueses triviales en una especie de panaceas sociales solo debilita estos deseos, les quita su nervio vital, la garantía de su urgencia y realizabilidad. Las cuestiones acuciantes de cada patrono, acaparador, comerciante (crédito, alianzas, asistencia técnica) el populista se esfuerza por plantearlas como cuestiones generales, que se elevan por encima de los intereses particulares. El populista se imagina que con esto refuerza su significado, los eleva, pero en realidad convierte con ello una obra viva, que interesa a tales y cuales grupos de la población, en un deseo filisteo, en una lucubración de gabinete, en una "disertación sobre las utilidades" burocrática. Con esto se vincula directamente también la tercera circunstancia. Al no comprender que tales medidas prácticas, como el crédito y el artel, los auxilios técnicos, etc., expresan las necesidades del capitalismo en desarrollo, el populista no sabe expresar las necesidades generales y fundamentales de tal desarrollo, sustituyéndolas con medidas mezquinas, casualmente entresacadas, a medias, que, tomadas por separado, son incapaces de ejercer ninguna acción seria y están condenadas inevitablemente al fracaso. Si el populista se situara abierta y consecuentemente en el punto de vista del expresor de las necesidades del desarrollo social por la vía capitalista, sabría notar las condiciones generales, las exigencias generales de tal desarrollo, vería que todos sus pequeños proyectos y medidas, en presencia de estas condiciones generales (la principal de ellas, en el caso que nos interesa, es la libertad de industria), se realizarían por sí mismas, es decir, por la actividad de las propias personas interesadas, mientras que la ignorancia de estas condiciones generales y la presentación de medidas prácticas únicas de carácter completamente particular no puede sino conducir a machacar en agua. Detengámonos, como ejemplo, en esta cuestión de la libertad de industria. Por un lado, es una cuestión tan general y fundamental de las cuestiones de la política industrial, que su examen es particularmente pertinente. Por otro lado, las particularidades del modo de vida del territorio de Perm ofrecen confirmaciones interesantes de la importancia cardinal de esta cuestión. Como es sabido, el principal fenómeno de la vida económica del territorio es la industria minera fabril, que le ha conferido un sello completamente especial. Con la situación y los intereses de la industria minera de los Urales están vinculadas tanto la historia de la colonización como la situación actual del territorio. "Los campesinos fueron en general asentados en los Urales con el objetivo de trabajar para los propietarios de las fábricas", leemos en una carta del habitante de la fábrica de N.-Serguinsk, Bábushkin, en las "Actas de la comisión para la investigación de la industria artesanal"[227]. Y estas sencillas palabras expresan de manera muy fiel el enorme papel de los propietarios de fábricas en la vida del territorio, su significado como terratenientes y fabricantes a la vez, su hábito de dominio indiviso e ilimitado, de la posición de monopolistas que basan su industria en su derecho de propiedad, y no en el capital y la competencia. Los principios monopolistas de la industria minera fabril de los Urales se expresaron en la ley por el conocido artículo 394 del tomo VII del código de leyes (estatuto minero), artículo sobre el cual tanto se ha hablado y se habla en la literatura sobre los Urales. Esta ley, promulgada en 1806, exige, en primer lugar, el permiso de las autoridades mineras para la apertura de cualquier fábrica por las ciudades mineras, y, en segundo lugar, prohíbe la apertura en los distritos fabriles de "todas aquellas manufacturas y fábricas, cuya producción se basa principalmente en la acción ígnea, que requiere carbón y leña". Los industriales mineros de los Urales en 1861 insistieron particularmente en que tal ley se incluyera en las condiciones de la liberación de los campesinos, y el artículo 11 del reglamento sobre los obreros fabriles mineros repite una prohibición homogénea[228]. El informe del directorio del banco artesano-industrial de 1895 dice, entre otras cosas: "Sin embargo, con la mayor frecuencia se reciben quejas sobre la prohibición por parte de los funcionarios del departamento minero y de los propietarios de fábricas posesionales de abrir establecimientos de acción ígnea dentro de los límites de los distritos a ellos subordinados, y sobre todo tipo de trabas en la producción de industrias de elaboración de metales" (Ocherk, pág. 223). De este modo, los Urales conservan hasta hoy las tradiciones inconmovibles del "bueno y viejo tiempo", y la actitud hacia la pequeña industria campesina está aquí en plena armonía con aquella "organización del trabajo" que aseguraba a las fábricas una población obrera fabril sujeta al lugar. Con plena nitidez se caracterizan estas tradiciones en la siguiente comunicación de las "Persmkiya Gubernskiya Védomosti"{88} N.º 183 de 1896, que se cita en el Ocherk y se llama justamente "significativa". Hel aquí: "El ministerio de Agricultura y Bienes del Estado propuso a los industriales mineros de los Urales discutir la cuestión de la posibilidad de que las fábricas mineras tomen medidas para el desarrollo de las industrias artesanales en los Urales. Los industriales mineros comunicaron al ministerio que el desarrollo en los Urales de la industria artesanal perjudicaría a la gran industria, ya que incluso ahora, con el débil desarrollo de las industrias artesanales en los Urales, su población no puede dar a las fábricas el número necesario de obreros[229]; cuando la población encuentre un ingreso en casa, las fábricas corren el riesgo de quedarse completamente sin trabajo" (Ocherk, pág. 244). Esta comunicación provocó en los compiladores del Ocherk la siguiente exclamación: "Por supuesto, la primera condición necesaria de todo tipo de industria, grande, media y pequeña, es la libertad de industria... En nombre de la libertad de industria, todas sus ramas deben ser jurídicamente iguales en derechos... Las industrias artesanales de artículos metálicos en los Urales deben ser liberadas de todos los lazos excepcionales, creados por la reglamentación fabril con el objetivo de limitar su desarrollo natural" (ibíd. Cursiva nuestra). Leyendo esta sentida y profundamente justa tirada en defensa de la "libertad de industria", recordamos la conocida fábula del metafísico que tardaba en salir de la fosa preguntando qué era la cuerda que le lanzaban: ¡"vervie prostoe"!{89} He aquí que los populistas de Perm, con respecto a la libertad de industria, la libertad de desarrollo del capitalismo, la libertad de competencia, preguntan despectivamente: ¿qué es la libertad de industria? ¡Una simple exigencia burguesa! Ellos se elevan mucho más alto en sus deseos; ellos quieren no la libertad de competencia (¡qué deseo tan bajo, estrecho, burgués!), sino la "organización del trabajo"... Pero basta con que estos sueños manilovianos choquen "cara a cara" con la realidad desnuda y prosaica, y de esa realidad emana inmediatamente tal "organización del trabajo", que el populista se olvida del "daño" y el "peligro" del capitalismo, de "la posibilidad de otras vías para la patria" y clama por la "libertad de industria".

Repetimos, consideramos profundamente justo este deseo y pensamos que tal punto de vista (compartido no solo por el Ocherk, sino por casi todos los autores que han escrito sobre esta cuestión) honra a los populistas. Pero... —¡Qué se le va a hacer! No se puede elogiar a los populistas sin poner inmediatamente un grande "pero"—, pero tenemos que hacer a este respecto dos observaciones sustanciales.

Primera. Se puede estar seguro de que la inmensa mayoría de los populistas rechazará con indignación la exactitud de nuestra identificación de la "libertad de industria" con la "libertad de capitalismo". Dirán que la eliminación de los monopolios y de los residuos del derecho de servidumbre es "simplemente" una exigencia de igualdad de derechos, un interés de "toda" la economía popular en general y de la campesina en particular, y no en absoluto del capitalismo. Sabemos que los populistas dirán esto. Pero esto será inexacto. Desde que se miraba a la "libertad de industria" de manera tan idealistamente abstracta, viendo en ella un derecho fundamental y natural (cfr. la palabra subrayada en el Ocherk) "derecho del hombre", ha pasado ya más de cien años. La exigencia de la "libertad de industria" y la realización de esta exigencia han recorrido desde entonces varios países, y en todas partes esta exigencia fue la expresión de la inadecuación del capitalismo creciente con los residuos de los monopolios y la reglamentación, en todas partes sirvió de consigna de la burguesía avanzada, en todas partes condujo solo al triunfo completo del capitalismo. La teoría ha explicado desde entonces plenamente toda la ingenuidad de la ilusión de que la "libertad de industria" sea una exigencia de la "razón pura", una exigencia de la abstracta "igualdad de derechos", y ha mostrado que la cuestión de la libertad de industria es una cuestión capitalista. La realización de la "libertad de industria" no es en absoluto una transformación solo "jurídica"; es una profunda reforma económica. La exigencia de la "libertad de industria" significa siempre la inadecuación entre las normas jurídicas (que reflejan relaciones de producción ya caducas) y las nuevas relaciones de producción, que se han desarrollado a pesar de las viejas normas, han surgido de ellas y exigen su abolición. Si los órdenes de los Urales provocan ahora un clamor general por la "libertad de industria", esto significa que aquellas reglamentaciones, monopolios y privilegios que se heredaron en favor de los terratenientes-propietarios de fábricas, restringen las relaciones económicas dadas, las fuerzas económicas dadas. ¿Cuáles son, pues, estas relaciones y estas fuerzas? Son las relaciones de la economía mercantil. Estas fuerzas son las fuerzas del capital que dirige la economía mercantil. Recuerden al menos la "confesión" del populista de Perm citada más arriba: "toda nuestra industria artesanal está en las cadenas de los capitales privados". Además, sin esta confesión, los datos del censo artesanal hablan por sí mismos con bastante elocuencia. Segunda observación. Saludamos la defensa por los populistas de la libertad de industria. Pero condicionamos este saludo a la consecuente realización de tal defensa. ¿Acaso la "libertad de industria" consiste solo en la eliminación de las prohibiciones de los Urales de abrir establecimientos de acción ígnea? ¿Acaso la ausencia del derecho del campesino a salir de la comuna, del derecho a ocuparse en cualquier industria u oficio, no representa una restricción mucho más sustancial de la "libertad de industria"? ¿Acaso la ausencia de libertad de desplazamiento, el no reconocimiento por las leyes del derecho de cada ciudadano a elegir para su residencia cualquier comuna urbana o rural en el Estado, no restringe la libertad de industria? ¿Acaso el aislamiento estamental de la comuna campesina, la imposibilidad de penetrar en ella para las personas de la clase comercial e industrial, no restringe la libertad de industria?, etc., etc. Hemos nombrado restricciones mucho más importantes, más generales, más extendidas de la libertad de industria, que manifiestan su influencia en toda Rusia y, sobre todo, en toda la masa campesina. Si la industria "grande, media y pequeña" deben ser iguales en derechos, ¿acaso no debe la última obtener los mismos derechos de enajenación de tierras que las primeras? Si las leyes mineras de los Urales son "lazos excepcionales, que restringen el desarrollo natural", entonces el fiador solidario, la inalienabilidad de los predios, las leyes y reglas estamentales especiales sobre los traslados, las adscripciones, las industrias y oficios, ¿no constituyen "lazos excepcionales"? ¿Acaso no "restringen el desarrollo natural"?

He aquí la cuestión: que el populismo también en esta cuestión ha revelado la misma timidez y doblez que tan características son de toda ideología del Kleinbürgertum[230]. Por un lado, los populistas no niegan que en nuestra vida hay una masa de residuos de tal "organización del trabajo", cuyo origen se remonta a los tiempos de la división en principados y que se encuentra en la más clamorosa contradicción con el régimen económico moderno, con todo el desarrollo económico y cultural del país. Por otro lado, no pueden no ver que este régimen económico y este desarrollo amenazan con arruinar al pequeño productor y, atemorizados por la suerte de este paladión de sus "ideales", los populistas se esfuerzan por frenar la historia, por detener el desarrollo, ruegan y suplican "prohibir", "no permitir", y encubren este lastimoso balbuceo reaccionario con frases sobre la "organización del trabajo", frases que no pueden sino sonar a amarga burla.

Para el lector está ya claro, por supuesto, cuál es la principal y fundamental objeción que haremos contra el programa práctico populista en las cuestiones de la industria moderna. En la medida en que las medidas populistas entran como parte o coinciden con la transformación que desde los tiempos de Adam Smith se llama libertad de industria (en el sentido amplio de la palabra), en esa medida son progresivas. Pero, en primer lugar, no hay en ellas entonces nada "populista", nada que apoye especialmente a la pequeña producción y a las "vías especiales" de la patria. En segundo lugar, esta parte positiva del programa populista se debilita y se tergiversa por la sustitución de proyectos y medidas parciales y mezquinas en lugar de la cuestión general y fundamental de la libertad de industria. Y en la medida en que los deseos populistas van contra la libertad de industria, esforzándose por frenar el desarrollo moderno, en esa medida son reaccionarios e insensatos, y su realización, excepto daño, nada puede traer. Tomemos ejemplos. El crédito. El crédito es una institución de la más desarrollada circulación mercantil, del más desarrollado tráfico civil. La realización de la "libertad de industria" conduce inevitablemente a la creación de instituciones de crédito, como negocio comercial, a la eliminación del aislamiento estamental de los campesinos, a su acercamiento a las clases que más usan el crédito, a la formación independiente por las personas interesadas de sociedades de crédito, etc. Por el contrario, ¿qué significado pueden tener las medidas crediticias, ofrecidas a los "mujiks" por los zemstvos y demás "intelectualidad", mientras las leyes y las instituciones colocan al campesinado en una situación que excluye la circulación mercantil correcta y desarrollada, en una situación en la cual, en lugar de la responsabilidad patrimonial (base del crédito), son mucho más fáciles, más realizables, más accesibles y más usadas... las prestaciones de trabajo! Las medidas crediticias permanecerán bajo tales condiciones siempre como plantas exóticas, extrañas, plantadas desde fuera en un suelo completamente inadecuado, resultarán un niño muerto al nacer, que solo pudieron engendrar intelectuales-manílovos soñadores y funcionarios bienintencionados, y del que se ríen y se reirán los verdaderos comerciantes del capital dinerario. Para no ser infundados, citemos la opinión de Egunov (art. cit.), a quien nadie sospechará de... "materialismo". Sobre los almacenes artesanales dice: "incluso en la más favorable situación local, un almacén inmóvil, y además el único para todo un distrito, nunca sustituirá, ni puede sustituir, al comerciante siempre móvil y personalmente interesado". Sobre el banco artesanal de Perm leemos: para obtener un préstamo, el artesano debe presentar una solicitud ya sea al banco o a su agente y nombrar fiadores. El agente se presenta, verifica la solicitud del artesano, recoge información detallada sobre la producción, etc., "y todo este cúmulo de papeles, a costa del artesano, lo envía al directorio del banco". Una vez aprobado el préstamo, el banco envía (a través del agente o de la administración del vólost) la obligación de deuda. Cuando el deudor la firma (con certificación de la firma por las autoridades del vólost) y la envía al banco, solo entonces le envían el dinero. Si el préstamo lo toma un artel, se requiere una copia del contrato de sociedad. Los agentes deben vigilar que los préstamos se gasten precisamente en aquello para lo que fueron otorgados, que los negocios de los clientes no se desmoronen, etc. "Es evidente que el crédito bancario de ningún modo puede reconocerse como accesible para los artesanos; con seguridad se puede decir que el artesano preferirá con mucho más gusto buscar crédito en el rico local, antes que someterse a todos los descritos vejámenes, pagar gastos postales, notariales y del vólost, esperar meses enteros desde el día en que surgió la necesidad del préstamo hasta el día de su recepción, y durante todo el plazo de este préstamo permanecer en una situación de vigilancia" (pág. 170 del art. cit.). Cuán absurda es la opinión populista sobre una especie de crédito anticapitalista, y cuán desatinados, torpes y poco productivos son tales intentos (con medios inadecuados) de hacer con las fuerzas de los "intelectuales" y funcionarios lo que constituye en todas partes y siempre el verdadero negocio de los comerciantes. — La educación técnica. Parece que sobre esto ya no hace falta ni hablar... Recordemos acaso el proyecto, merecedor de "eterna conmemoración", de nuestro conocido escritor progresista Sr. Yuzhakov, de implantar en Rusia gimnasios agrícolas con el fin de que campesinos y campesinas no pudientes pagaran con trabajo el costo de su instrucción, sirviendo, por ejemplo, como cocineros y lavanderas[231]... Los arteles. Pero, ¿quién no sabe que los principales obstáculos para su difusión residen en las tradiciones de esa misma "organización del trabajo" que se reflejó también en las leyes mineras de los Urales? ¿Quién no sabe que la implantación de la libertad de industria en todo su volumen condujo en todas partes y siempre a un florecimiento y desarrollo inauditos de toda clase de alianzas y uniones? Es sumamente cómico ver cuando un populista intenta presentar a su oponente como enemigo de la artelidad, de la unionidad, etc., en general. ¡He aquí verdaderamente: de la cabeza enferma a la sana! La cuestión está solo en que, en la búsqueda de la idea de la unionidad y de los medios de su realización, hay que mirar no hacia atrás, no al pasado, no al artesanado patriarcal y a la pequeña producción, que engendran un aislamiento extremo, dispersión y embrutecimiento de los productores, sino hacia adelante, al futuro, hacia el desarrollo del gran capitalismo industrial.

Sabemos perfectamente con qué mayestático desdén tratará el populista a este programa de política industrial que se contrapone al suyo propio. ¡"Libertad de industria"! ¡Qué deseo más viejo, estrecho, manchesteriano[232], burgués! El populista está seguro de que para él esto es un überwundener Standpunkt[233], que él ha sabido elevarse por encima de los intereses transitorios y unilaterales que subyacen a tal deseo, que él ha sabido elevarse a ideas más profundas y más puras sobre la "organización del trabajo"... Pero en realidad solo ha descendido de la ideología burguesa progresista a la ideología pequeño-burguesa reaccionaria, oscilando impotentemente entre las aspiraciones de acelerar el desarrollo económico moderno y de frenarlo, entre los intereses de los patroncitos y los intereses del trabajo. Estos últimos coinciden, en la presente cuestión, con los intereses del gran capital industrial.