[Prefacio]




Sismondi (J. C. L. Simonde de Sismondi), economista suizo que

escribió a comienzos del siglo xix, ofrece especial interés

para la solución de los problemas económicos generales que

actualmente se plantean en Rusia con toda fuerza. Si a ello agregamos que en

la historia de la economía política ocupa un lugar aparte, al

margen de las corrientes principales, que es un partidario ferviente de la

pequeña producción y que se alza (como los populistas rusos

contemporáneos), contra los defensores e ideólogos de las

grandes empresas, entonces el lector comprenderá el por qué de

nuestra intención de dar una reseña de su doctrina en sus

rasgos principales y en su relación con otras corrientes-

contemporáneas a él y posteriores-de la ciencia

económica. El interés que ofrece el estudio de Sismondi cobra

intensidad especial precisamente ahora, pues en la revista Rússkoie

Bogatstvo del año pasado, 1896, hemos encontrado un

artículo dedicado también a la exposición de su doctrina

(B. Efrussi: "Las concepciones económicosociales de Simonde de

Sismondi", Rússkoie Bogatstvo, 1896, núms. 7 y 8

[2]).





El colaborador de Rússkoie Bogatstvo declara, desde el

comienzo, que no hubo escritor alguno "que haya sido objeto de una

apreciación tan errónea" como Sismondi, a quien, según

él, se ha tratado de presentar, "injustamente", ora como reaccionario,

ora como utopista. Todo lo contrario. Precisamente esta

apreciación de Sismondi es la que se ajusta a la verdad. El

artículo de Rússkoie Bogatstvo, que constituye una

exposición detallada y escrupulosa de la teoría de Sismondi, da

una definición en todo sentido errónea de ésta[3], pues idealiza a Sismondi en los aspectos en

que su doctrina más se aproxima a los populistas, ignorando y

presentando bajo una falsa luz el lugar que ocupa respecto de las corrientes

posteriores de la ciencia económica. Por ello, nuestra

exposición y análisis de la doctrina de Sismondi serán,

al mismo tiempo, una crítica del artículo de B. Efrussi.



 







 





 





CAPÍTULO I




LAS TEORÍAS ECONÓMICAS DEL ROMANTICISMO




La particularidad distintiva de la teoría de

Sismondi la constituye su doctrina acerca de la renta, de la relación

de ésta con la producción y la población. Su obra

principal se titula: Nouveaux principes d'économie politique ou de

la richesse dans ses rapports avec la population (Seconde édition,

París, 1827, 2° vol. La primera edición data de 1819),

Nuevos principios de economía política o de la riqueza en

sus relaciones con la población. Este tema es casi idéntico

al que en la literatura populista rusa se conoce bajo la denominación

de "El problema del mercado interior para el capitalismo". Sismondi afirma,

en efecto, que el desarrollo de las grandes empresas y del trabajo asalariado

en la industria y en la agricultura determina que la producción supere

al consumo y se enfrente con el problema sin solución de hallar

consumidores; que no puede hallarlos en el interior del país, puesto

que trasforma a la masa de la población en jornaleros, en simples

obreros, y crea una población de desocupados, al tiempo que es cada

vez más difícil conseguir mercados en el exterior, debido a que

en la arena mundial van apareciendo nuevos países capitalistas. El

lector puede ver que se trata exactamente de los mismos problemas que

preocupan a los economistas populistas, con los señores V. V. y N.-on

[4] a la cabeza. Veamos, pues, más

de cerca, los diferentes elementos de la argumentación de Sismondi y

su valor científico.



 





I




¿SE REDUCE EL MERCADO INTERIOR COMO CONSECUENCIA DE LA RUINA DE

LOS PEQUEÑOS PRODUCTORES?




Contrariamente a los economistas clásicos, que en la

elaboración de sus sistemas daban ya por constituido el régimen

capitalista y por sentada la existencia de la clase obrera, Sismondi pone el

acento en el proceso de ruina del pequeño productor, proceso que

condujo a la formación de dicha clase. Es indiscutible mérito

de Sismondi haber señalado dicha contradicción dentro del

régimen capitalista, pero el hecho cierto es que como economista no

supo comprender ese fenómeno y que quiso disimular, expresando

"piadosos deseos", su incapacidad para hacer un análisis consecuente.

La ruina del pequeño productor prueba, en su opinión, la

reducción del mercado interior.





"Si el fabricante vende más barato-dice en el capítulo

acerca de ¿cómo amplía el vendedor su mercado?

(Ch. III, livre IV, t. I, p. 342 et suiv.) [5] -, venderá más porque los otros venderán

menos." Y por ello, los esfuerzos del fabricante tienden siempre a ahorrar

algo sobre el trabajo o sobre la materia prima, que lo coloque en condiciones

de poder vender a precio más reducido que sus colegas. Como las

materias primas son a su vez producto de un trabajo anterior, resulta que el

ahorro se reduce, en último término, al empleo de menor

cantidad de trabajo para la producción de un mismo artículo.

"Sin embargo, la finalidad del fabricante no es reducir la cantidad de

obreros, sino acrecentar la producción. Supongamos que llegue a

alcanzar su objetivo, que logre arrebatar compradores a su competidor al

rebajar el precio de su mercadería. ¿Cuál será,

pues, el resultado nacional de esto?" "Los demás fabricantes

introducirán su método de producción. Y entonces unos y

otros se verán precisados, desde luego, a despedir una parte de sus

obreros en la misma proporción en que la nueva máquina aumente

la fuerza productiva del trabajo. Si el consumo no ha variado y si el mismo

trabajo es hecho por un número de brazos diez veces menor, entonces

nueve décimos de esa parte de la clase obrera perderá sus

ingresos y su consumo, de todo tipo, disminuirá en la misma

proporción [...]. La consecuencia del invento-en caso de que la

nación carezca de comercio exterior y el consumo permanezca

invariable-será, en definitiva, una pérdida para todos, la

disminución de la renta nacional, lo cual acarreará, para el

año siguiente, la disminución del consumo general" (I, 344). "Y

así tenía que ser; como el trabajo es de por sí una

parte importante de la renta [Sismondi se refiere al salario], resulta

imposible reducir la demanda de trabajo sin empobrecer a la nación.

Por ello, el beneficio que se espera de la invención de nuevos medios

de producción se relaciona casi siempre con el comercio exterior" (I,

345).





El lector puede ver que ya en estas palabras está contenida toda la

"teoría", que tan bien conocemos, de la "reducción del mercado

interior" como consecuencia del desarrollo del capitalismo y de la necesidad,

por lo tanto, de mercados exteriores. Sismondi retorna a esta idea con harta

frecuencia, vinculándola a su teoría de las crisis y su

"teoría" de la población. Esto constituye en su doctrina, como

en la de los populistas rusos, un punto dominante.





Sismondi no olvida, desde luego, que la ruina y la desocupación,

dentro de las nuevas relaciones, son acompañadas por el aumento de la

"riqueza comercial", y que de lo que se trata es del desarrollo de la gran

producción, del capitalismo. Esto lo comprende a la perfección

y afirma, precisamente, que el crecimiento del capitalismo reduce el mercado

interior. "Del mismo modo que no es indiferente para el bienestar de los

ciudadanos que la abundancia y el consumo general se aproximen cada vez

más a la equidad, o que sólo una pequeña minoría

tenga exceso de todo, mientras la masa se ve reducida a lo estrictamente

necesario, estos dos tipos de distribución de la renta tampoco son

indiferentes para el desarrollo de la riqueza comercial [richesse

commerciale [6] ]. La igualdad en el

consumo ha de tener siempre, como resultado, la ampliación del mercado

de productores, en tanto que la desigualdad lleva a la reducción

del mercado" (de le [le marché] resserrer toujoun davantage) (I,

357).





Así, pues, Sismondi afirma que el mercado interno se reduce como

consecuencia de la desigualdad en la distribución, propia del

capitalismo, y que el mercado debe ser creado por la vía de una

distribución equitativa. ¿Pero de qué manera puede

llegarse a esto cuando existe la riqueza comercial, a la que

derivó imperceptiblemente Sismondi (a la que forzosamente tenía

que derivar si quería hablar del mercado ?Esto no lo investiga.

¿Qué prueba aporta para demostrar la posibilidad de mantener la

igualdad entre los productores, cuando existe la riqueza comercial, esto

es, en condiciones de competencia entre los diversos productores?

Ninguna, en absoluto. Simplemente resuelve que así debe ser. En

lugar de un análisis posterior de la contradicción que con

tanto acierto señala, se pone a discurrir acerca de lo indeseable de

las contradicciones en general. "Con el remplazo de la pequeña

agricultura por la grande, es posible que se haya invertido una mayor

cantidad de capitales en la tierra y que entre toda la masa de agricultores

se haya distribuido más riqueza que antes"... (es decir: ¿el

mercado interior, determinado precisamente por la cantidad absoluta de

riqueza comercial, se ha ampliado "quizás"?

¿Creció junto con el desarrollo del capitalismo?)... "Pero para

la nación, el consumo de una sola familia de granjeros ricos,

más el de unas 50 familias de jornaleros indigentes, no es equivalente

al consumo de 50 familias de campesinos entre las cuales no hay una sola

familia rica, aunque ninguna de ellas carece tampoco de un decoroso

[moderado] pasar" (une honnéte aisance) (I, 358). En otras

palabras: puede ser que el desarrollo de las granjas sea precisamente lo que

crea el mercado interno para el capitalismo. Sismondi era un economista

demasiado experto y de buena fe como para negar este hecho, pero... al llegar

aquí abandona su investigación y sustituye, pura y simplemente,

la "nación" de riqueza comercial por una "nación" de

campesinos. A fin de desembarazarse de un hecho desagradable, que rebate su

punto de vista pequeñoburgués, olvida inclusive lo que

él mismo había dicho poco antes, esto es, que los "granjeros"

surgieron de entre los "campesinos" gracias al desarrollo de la riqueza

comercial. "Los primeros granjeros-decía Sismondi-fueron simples

labriegos [...]. No dejaron de ser campesinos [...]. Para trabajar con ellos

casi nunca emplearon jornaleros, sino servidores [des domestiques]

escogidos siempre entre sus iguales, y a los que trataban como a iguales,

comiendo con ellos en la misma mesa [...] formando con ellos una sola clase

de campesinos" (I, 221). Quiere decir que todo se reduce a que estos mujiks

patriarcales, junto con sus no menos patriarcales servidores, son mucho

más del agrado del autor, razón" por la cual da sencillamente

la espalda a los cambios introducidos por el crecimiento cíe la

"riqueza comercial" en el seno de esas relaciones patriarcales.





Pero Sismondi no tiene la menor intención de reconocerlo. Persiste

en creer nue está investigando las leyes de la rinueza comercial, y,

olvidando sus propias reservas, afirma categóricamente :





"Así. pues, debido a la concentración de los bienes en manos

de un número restringido de propietarios, el -mercado interior se

reduce cada vez más (!), y la industria se ve precisada, en grado

creciente, a buscar salida para sus productos en los mercados exteriores,

donde la espera de estas grandes conmociones (des grandes

révolntionsl) " (I, 3R1). "De ahí que el mercado interior

sólo pueda pifiarse como consecuencia del aumento del bienestar

nacional" (I, 362"). Sismondi tiene presente el bienestar de toda la

población, dado que hace un momento reconocía la posibilidad de

un bienestar "nacional" en un sistema de economía basado en

granjas.





Como el lector puede comprobar, nuestros economistas- populistas repiten

palabra por palabra, lo dicho por Sismondi.





Éste vuelve una vez mas sobre este problema al final de su obra, en

el libro VII. titulado Acerca de la poblacion. capítulo VII:

"Acerca de la población que resultó superfina debido a la

invención de las maquinas".





"La introducción en el campo del sistema de grandes granjas hizo

desaparecer en Gran Bretaña la clase de los campesinos arrendatarios

[fermiers paysans], que trabaiaban ellos mismos y gozaban sin embareo.

de un bienestar moderado; la población disminuyó

considerablemente, pero su consumo descendió en grado aun mavor que su

número. Los jornaleros, que realizan todos los trabajos

agrícolas cobrando tan sólo lo estrictamente necesario, no

proporcionan, ni de cerca, el mismo estímulo a la industria de las

ciudades que le nroporcionaban antes los campesinos ricos" (II, 327). "Un

cambio análogo se ha operado también en la población

urbana... Desaparecen los pequeños comerciantes y los pequeños

industriales, un centenar de los cuales es remplazado por un solo gran

empresario, cuya riqueza supera posiblemente la de todos ellos. Sin embargo,

tomados en conjunto, eran mejores consumidores que él. Su lujo

proporciona mucho menos estímulo a la industria que el bienestar

moderado de aquellas cien economías a las que él ha remplazado"

(ibíd.).





¿A qué queda reducida, entonces, cabe preguntarse, la

teoría de Sismondi acerca de la reducción del mercado interior

como consecuencia del desarrollo del capitalismo? Pues a que su autor, apenas

hecha la tentativa de mirar de frente las cosas, elude el análisis de

las condiciones inherentes al capitalismo "(riqueza comercial", más

grandes empresas en la industria y en la agricultura, porque Sismondi no

conoce el término "capitalismo". La identidad de estos conceptos

justifica plenamente su uso, y en lo sucesivo diremos simplemente:

"capitalismo") y lo sustituyó por su punto de vista

pequeñoburgués y su utopía pequeñoburguesa. El

desarrollo de la riqueza comercial y, por ende, de la competencia, debe dejar

intacto al campesinado medio, bien homogéneo, con su "bienestar

moderado" y sus relaciones patriarcales con los jornaleros.





Se comprende que este inocente deseo haya quedado como patrimonio

exclusivo de Sismondi y otros "intelectuales" románticos, y que

día a día, cada vez más, este deseo haya chocado con la

realidad que iba desarrollando las contradicciones cuya profundidad Sismondi

no estaba aún en condiciones de apreciar.





Se comprende que la economía política teórica, al

adherir, en su desarrollo posterior[7], a

los clásicos, haya establecido con precisión justamente lo que

quería negar Sismondi, es decir, que el desarrollo del capitalismo en

general, y el del sistema de economía basado en granjas en particular,

no reduce, sino que crea el mercado interior. El desarrollo del

capitalismo corre parejo con el de la economía mercantil, y a medida

que la producción doméstica cede su lugar a la

producción para la venta y el artesano cede su lugar a la

fábrica, se va formando el mercado para el capital. Los

"jornaleros" desalojados de la agricultura por la trasformación de los

"campesinos" en granjeros, suministran la fuerza de trabajo para el capital,

y los granjeros resultan ser compradores de los productos de la industria, y

no sólo de los objetos de consumo (que antes eran producidos a

domicilio por los campesinos o por los artesanos rurales), sino que

también son compradores de instrumentos de producción, que ya

no podían seguir siendo los mismos al ser remplazada la pequeña

agricultura por la grande[8]. Vale la pena

subrayar esta última circunstancia, pues es precisamente la que

Sismondi ignora de manera especial al hablar, en el lugar citado por

nosotros, del "consumo" de los campesinos y de los granjeros, como si

sólo existiese el consumo personal (el consumo de pan, de

prendas de vestir, etc.); como si la compra de máquinas, de

herramientas, etc., la construcción de edificios, depósitos,

fábricas y demás no representasen también un consumo,

sólo que de otra especie, esto es: consumo productivo, consumo

del capital, y no de las personas. Y de nuevo hay que señalar que este

mismo error-como lo veremos en seguida- tomado por Sismondi de Adam Smith, es

el que íntegramente adoptaron nuestros economistas populistas.

[9]





 




II




PUNTO DE VISTA DE SISMONDI SOBRE LA RENTA NACIONAL Y EL CAPITAL




La argumentación de Sismondi para negar la posibilidad del

capitalismo y de su desarrollo no se detiene allí. Extrae

también las mismas conclusiones de su teoría de la renta. Hay

que decir que hizo suya íntegramente la teoría de Adam Smith

relativa al valor del trabajo y a los tres tipos de beneficio: renta,

ganancia y salario. Inclusive intenta, de vez en cuando, establecer una

identidad entre los dos primeros tipos para oponerlos al tercero: a veces los

fusiona oponiéndolos al salario (I, 104-105); a veces emplea para

designarlos el mismo término, mieux-value ( sobrevalor[10]) (I, 103). Sin embargo, no hay que exagerar

la importancia del uso de la terminología, como parece hacerlo Efrussi

al decir que "la teoría de Sismondi se acerca a la teoría de la

plusvalía" (Rússkoie Bogatstvo, núm. 8,

pág. 41). En realidad, Sismondi no dio un solo paso adelante con

relación a Adam Smith, quien sostenía también que la

renta y la ganancia son un " descuento del trabajo", una parte del valor que

el trabajador agrega al producto (ver Investigación sobre la

naturaleza y las causas de la riqueza, traducción rusa de

Bíbikov, t. I, cap. VIII: "Sobre el salario", y cap. VI: "Sobre los

elementos que integran el precio de las mercancías"). Tampoco Sismondi

fue más allá. Pero hizo la tentativa de vincular esa

división del nuevo producto creado en sobrevalor y salario con la

teoría de la renta social, del mercado interior y la

realización del producto en la sociedad capitalista. Dichas tentativas

son sumamente importantes para la apreciación del valor

científico de la teoría de Sismondi, y para comprender la

relación existente entre su doctrina y la de los populistas rusos. Por

eso vale la pena analizarlas más en detalle.





Al promover en todas partes al primer plano el problema de la renta y su

relación con la producción, con el consumo y con la

población, Sismondi, como es natural, tenía que analizar

también los fundamentos teóricos del concepto "renta". Y

así encontramos en él, al comienzo mismo de su obra, tres

capítulos dedicados a la cuestión de la renta (t. II, caps.

IV-VI). El capítulo IV, Cómo nace la renta del capital,

trata de la diferencia entre el capital y la renta. Sismondi comienza por

ubicar el tema en relación con toda la sociedad. "Como cada uno

trabaja para todos-dice-, la producción de todos ha de ser consumida

por todos [...]. Es, pues, esencial para la sociedad distinguir entre capital

y renta." (I, 83.) No obstante, Sismondi percibe que esa

diferenciación "esencial" no es tan simple para la sociedad, como

cuando se trata de un empresario aislado. "Abordamos aquí-hace la

salvedad- el problema más abstracto y más difícil de la

economía política. La naturaleza del capital y la de la renta

se entrelazan constantemente en nuestra imaginación; vemos que lo que

es renta para uno se tranforma en capital para otro, y que el mismo

objeto, al pasar de mano en mano, recibe sucesivamente diferentes

denominaciones" (I, 84), esto es, ora la denominación de "capital",

ora la de "renta". "Pero confundirlos-asevera-constituye un error" (leur

confusión est ruineuse, pág. 477). "Cuanto más

difícil es distinguir entre capital y renta de la sociedad, tanta

mayor importancia adquiere esa diferenciación" (I, 84).





El lector habrá advertido, sin duda, dónde está la

dificultad de que nos habla Sismondi: si para un empresario aislado la renta

es ganancia que invierte en la compra de tal o cual objeto de consumo[11], y si para un obrero aislado la renta la

constituye su salario, ¿se podrá acaso sumar ambos para obtener

la "renta de la sociedad"? ¿Pero y los capitalistas y obreros que

producen máquinas, por ejemplo? El producto elaborado por ellos

reviste una forma tal, que no puede servir al consumo (esto es, al consumo

personal). Tampoco se lo puede sumar con los objetos de consumo. El destino

de dichos productos es servir de capital. Quiere decir, que, siendo renta

para sus productores ( precisamente en aquella parte que representa la

ganancia y el salario), se convierten en capital para los compradores.

¿Cómo orientarse, pues, en esta confusión que impide

definir el concepto de renta social?





Como hemos visto, Sismondi no hizo más que abordar el problema,

para eludirlo en seguida, después de haberse limitado a señalar

aquella "dificultad". Declara abiertamente que "por lo general se reconocen

tres tipos de beneficio: renta, ganancia y salario" (I, 85), y pasa de lleno

a la exposición de la doctrina de A. Smith acerca de cada una de

ellas. El problema planteado -acerca de la diferencia entre capital y renta

de la sociedad- quedó sin respuesta. La exposición

continúa ya sin establecer una estricta diferencia entre renta social

e individual. No obstante, Sismondi vuelve otra vez al problema que

había dejado de lado. Dice que, a semejanza de los tres tipos de

beneficio, existen también "distintos tipos de riqueza" (I, 93), a

saber: el capital fijo-máquinas, herramientas, etc.-, el

capital circulante -que, a diferencia del primero, se utiliza con rapidez

y cambia de forma (las semillas, la materia prima, los salarios)-y por

último la renta del capital, que es consumida sin reproducirse.

No nos importa, en este caso, el hecho de que Sismondi repita todos los

errores de Adam Smith, en su teoría acerca del capital fijo y del

capital circulante, confundiendo las categorías pertenecientes al

proceso de circulación con las que emanan del proceso de

producción (capital constante y capital variable). Nos interesa su

teoría de la renta. En lo que respecta a este problema, deduce, de la

división de la riqueza en los tres tipos que acabamos de mencionar, lo

siguiente:





"Es importante señalar que estos tres tipos de riqueza están

destinados por igual al consumo pues todo lo que se ha producido tiene valor

para el hombre sólo en la medida en que sirve a sus necesidades, y

estas necesidades sólo son satisfechas mediante el consumo. Pero el

capital fijo sirve para ese fin de manera indirecta [d'une maniere

indirecte]; es consumido lentamente, ayudando al hombre en la

reproducción de lo que sirve para su consumo" (I, 94-95), en tanto que

el capital circulante (Sismondi ya lo identifica con el capital variable) es

trasformado en "fondo de consumo del obrero" (I, 95). Resulta lo

siguiente: en contraposición al consumo individual, el consumo

social es de dos tipos, que se diferencian entre sí de manera

esencial. Desde luego, el problema no reside en que el capital fijo sea

consumido lentamente, sino en que se consume sin constituirse-para ninguna de

las clases de la sociedad-en ingreso (fondo de consumo), en que dicho capital

es consumido, no en forma personal, sino en la producción. Pero esto

no lo ve Sismondi, y, al darse cuenta que ha perdido de nuevo el

rumbo[12] buscando la diferencia entre

el capital social y la renta, declara, impotente: "Este movimiento de la

riqueza es tan abstracto, exige tanta concentración de la

atención para poderlo atrapar [pour le bien saisir] , que

consideramos oportuno tomar el más simple de los ejemplos" (I, 95). El

ejemplo que toma, es en efecto, "el más simple": un granjero que vive

aislado (un fermier solitaire) ha cosechado 100 bolsas de trigo: una

parte la consume él mismo, otra va para la futura siembra y una

tercera para el consumo de los obreros contratados. Al año siguiente

ya recoge 200 bolsas. ¿Quién las consumirá? La familia

del granjero no podrá crecer con tanta rapidez. Con este ejemplo (muy

poco feliz) Sismondi quiere mostrar la diferencia entre el canital fijo (la

semilla), el circulante (los salarios) y el fondo de consumo del granjero, y

dice:





"Hemos distinguido tres tipos de riqueza en una familia dada; veamos ahora

cada uno de ellos en relación con toda la nación y analicemos

cómo de esta distribución puede surgir la renta nacional" (I,

97). Pero más adelante se limita a afirmar que es necesario,

también en la sociedad, reproducir esos mismos tres tipos de riqueza:

el capital fijo (y Sismondi subraya que en él habrá que

invertir determinada cantidad de trabajo, pero no explica de qué

manera el capital fijo será cambiado por objetos de consumo

indispensables para los capitalistas y para los obreros ocupados en esa rama

de la producción); luego, las materias primas (aquí las coloca

en lugar aparte); y en seguida la manutención de los obreros y la

ganancia de los capitalistas. Esto es todo lo que nos da el capítulo

IV. Es evidente que el problema de la renta nacional ha quedado planteado y

que Sismondi no analiza la distribución, ni siquiera el concepto de

renta. La indicación, tan importante desde el punto de vista

teórico, de la necesidad de reproducir también el capital fijo

de la sociedad, es olvidada al instante por Sismondi, y en el capítulo

siguiente, al hablar de "la distribución de la renta nacional entre

las diversas clases de ciudadanos" (Ch. V), se refiere de manera

explícita a los tres tipos de ingresos, y englobando en un solo

concepto la renta y la ganancia, declara que la renta nacional se compone de

dos partes: la ganancia resultante de la riqueza (esto es, la renta y la

ganancia propiamente dicha) y los medios de subsistencia de los obreros (I,

104-105). Por si esto fuera poco, afirma:





"Del mismo modo, la producción anual, o el resultado de todos los

trabajos realizados por la nación durante un año, se compone de

dos partes: una [...] es la ganancia que resulta de la riqueza; la otra es la

capacidad de trabajar [la puissance de travailler], que se presupone

igual a la porción de riqueza por la cual se cambia o a los medios de

subsistencia de las clases trabajadoras. La renta nacional y la

producción anual, entonces, se equilibran mutuamente y aparecen como

magnitudes iguales. Toda la producción anual es consumida en el

año, en parte por los obreros que-entregando a cambio su trabajo-la

trasforman en capital y la reproducen; y en parte por los capitalistas, que

entregando a cambio su renta, la destruyen" (I, 105).





¡De este modo, el problema de la diferenciación entre el

capital nacional y la renta, que él mismo reconoció de manera

tan precisa como en extremo importante y complicado, es dejado de lado pura y

simplemente por Sismondi, y olvida al instante todo lo que había

sostenido apenas unas cuantas líneas más arriba! Y ni siquiera

se da cuenta de que, al dejarlo a un lado, llega a una conclusión

completamente absurda: ¿de qué manera, entonces, la

producción anual puede ingresar íntegra en el consumo de los

obreros y de los capitalistas en forma de renta, cuando para la

producción se requiere capital o, con más exactitud, medios e

instrumentos de producción? Es necesario producirlos, y en efecto, se

producen año tras año (como lo acaba de reconocer el propio

Sismondi). Y he aquí que de pronto todos los medios de

producción, las materias primas, etc., son descartados y el "

difícil" problema de la diferencia entre capital y renta queda

resuelto mediante la absurda aseveración de que la producción

anual es igual a la renta nacional.





Esta teoría de que toda la producción en la sociedad

capitalista se compone de dos partes-la correspondiente a los obreros

(salario, o capital variable, según la terminología moderna), y

la parte de los capitalistas (sobrevalor)-, no representa una particularidad

de Sismondi, ni es patrimonio suyo. La tomó íntegra de Adam

Smith, e inclusive dio algunos pasos atrás. Toda la economía

política posterior (Ricardo, Mili, Proudhon, Rodbertus) repitió

el mismo error, puesto en evidencia sólo por el autor de El

capital en la parte III del tomo II. Expondremos más abajo los

fundamentos de sus puntos de vista[13].

Por ahora señalaremos que el mismo error es repetido por nuestros

economistas populistas. La confrontación de estos últimos con

Sismondi adquiere especial interés, debido a que extraen de esa

teoría errónea las mismas conclusiones que él

[14], es decir: la imposibilidad de

realizar el sobrevalor dentro de la sociedad capitalista; la imposibilidad

del desarrollo de la riqueza social; la necesidad de recurrir al mercado

exterior como consecuencia de que, en el interior del país, el

sobrevalor no puede ser realizado; y finalmente, las crisis provocadas-en su

opinión-por esa imposibilidad de realizar el producto dentro del

consumo de los obreros y los capitalistas.





 




III




LAS DEDUCCIONES DE SISMONDI, A PARTIR DE LA ERRÓNEA TEORÍA

DE LAS DOS PARTES EN QUE SE DIVIDE LA PRODUCCIÓN ANUAL EN LA SOCIEDAD

CAPITALISTA




Para que el lector pueda formarse una idea de la teoría de Sismondi

en su conjunto, expondremos primero sus principales deducciones y

después pasaremos a la rectificación de su error fundamental,

rectificación hecha en El capital, de Marx.





Ante todo, de la errónea teoría de Adam Smith, Sismondi

deduce que la producción debe corresponder al consumo, que la

producción es determinada por la renta. A la repetición

minuciosa de esta "verdad" (que prueba su absoluta incomprensión del

carácter de la producción capitalista), dedica todo el

siguiente capítulo, el VI: Determinación recíproca de

la producción por el consumo, y de los gastos por los ingresos.

Aplica en forma mecánica a la sociedad capitalista la moral del

campesino ahorrativo y piensa seriamente que con ello rectifica la doctrina

de Smith. Al comienzo mismo de su obra, al hablar de A. Smith en la

introducción (libro I, historia de la doctrina económica),

declara que "está completando" a Smith con la tesis de que "el consumo

es la única finalidad de la acumulación" (I, 51). "El consumo

-dice-determina la reproducción" (I, 119-120). "El gasto nacional debe

regular la renta nacional" (I, 113). A lo largo de toda la obra abundan las

tesis de este género. En relación directa con ello, hay otros

dos rasgos característicos de la doctrina de Sismondi: en primer

lugar, no cree en el desarollo del capitalismo; no comprende cómo

éste desarrolla las fuerzas productivas en grado cada vez mayor y

niega la posibilidad de dicho desarrollo, del mismo modo que los

románticos rusos "enseñan" que el capitalismo conduce a la

dilapidación del trabajo, etc.





"Se equivocan quienes instan a una producción ilimitada", dice (I,

121). El excedente de la producción sobre la renta conduce a la

superproducción (I, 106). El incremento de la riqueza sólo es

ventajoso "cuando es gradual, cuando guarda proporción consigo mismo,

cuando ninguna de sus partes se desarrolla con excesiva rapidez" (I, 409). El

bueno de Sismondi piensa (lo mismo que nuestros populistas) que un desarrollo

" desproporcionado" no es desarrollo, que esa falta de proporción no

constituye una ley del actual régimen de economía social y de

su evolución, sino un "error" del legislador, etc.; que se trata, por

parte de los gobiernos europeos, de imitar artificios imente a Inglaterra,

que ha emprendido un camino falso[15].

Niega, de manera absoluta, la tesis formulada por los clásicos, y que

la teoría de Marx ha hecho enteramente suya, de que el capitalismo

desarrolla las fuerzas productivas. Es más: como es, en todo sentido,

incapaz de explicar el proceso de acumulación, llega a pensar que toda

acumulación sólo puede ser realizada "poco a poco". Este es el

segundo rnsgo, bien característico, de sus concepciones. En lo que

resnecta a la acumulación, su manera de razonar es por demás

divertida.





"Destmés de todo, nunca se hace otra cosa aue trocar la totalidad

de la producción de un año por la totalidad de la

producción del anterior" (I, 121). Esto es ya la negación

completa de la acumulación: resulta míe el incremento de la

riqueza social es imposible baio el capitalismo. Al lector ruso no le

sorprenderá mucho esti tesis, puesto aue ya ha escuchado lo mismo de

boca del señor V. V. y del señor N.-on. Sin embargo, Sismondi

era, a pesar de todo, discípulo de Smith. Siente que lo que sostiene

no tiene ya sentido, y quiere rectificarse.





"Si U producción crece de modo gradual-continúa-, el trueque

de cada año sólo debe ocisionar una pequeña

pérdida anual [une petite perte], mejorando al mismo tiemno las

condiciones futuras [en même temps qu elle bonifie la condition

future]. Si dicha pérdida es leve y está bien distribuida,

cada uno la soportará sin proferir quejas [...]. Pero si existe una

gran desproporción entre la nueva producción y la del

año anterior, los capitales perecen [sont entamés], se

producen sufrimientos y la nación retrocede, en lugar de avanzar" (I,

121). Sería difícil expresar con más relieve y nitidez

la tesis fundamental del romanticismo y de la concepción

pequeñoburguesa acerca del capitalismo. Cuanto más

rápidamente aumenta la acumulación, es decir, el

excedente de la producción sobre el consumo, tanto mejor,

enseñaban los clásicos; y si bien éstos no supieron

orientarse en el proceso de la producción social del capital y

liberarse del error de A. Smith, según el cual el producto social se

compone de dos partes, formularon sin embargo la tesis absolutamente correcta

de que la producción crea su propio mercado, determina el consumo. Y

nosotros sabemos que la teoría de Marx ha tomado de los

clásicos esta concepción de la acumulación, al reconocer

que cuanto más rápidamente crece la riqueza, con tanta mayor

plenitud se desirrollan las fuerzas productivas del trabajo y su

socialización, tanto mejor se torna la situación del

obrero, hasta donde ello es posible dentro del sistema dado de

economía social. Los románticos sostienen precisamente lo

contrario, cifran todas sus esperanzas en el débil desarrollo del

capitalismo y claman porque ese desarrollo sea detenido.





Prosigamos. No comprendiendo que la producción misma crea su propio

mercado, nace la teoría de la imposibilidad de realizar el sobrevalor.

"De la reproducción nace la renta, pero la producción, por

sí sola, no es aún renta: recibe este nombre [ce

nom] La diferencia entre la producción, o sea, el producto, y la

renta no sería, pues, ¡más que una cuestión de

nombre!], no aparece como tal [elle nopere comme tel], sino

después de haber sido realizada, después de que todo objeto

producido ha encontrado un consumidor que tenga necesidad de él, o que

satisfaga con él un deseo" (qui en avait le besoin ou le

désir) (I, 121). Así, de la identificación de la

renta con "la producción" (o sea con todo lo que se ha producido)

emana la identificación de la realización con el consumo

personal. En cuanto a que la realización de productos tales

como el hierro, el carbón, las máquinas, etc., y, en general,

de los medios de producción, se efectúa por otros caminos,

Sismondi lo ha olvidado, aun cuando antes había llegado a los umbrales

mismos de este problema. Al identificar la realización con el consumo

personal, se desemboca, como es natural, en la teoría de que

los capitalistas no pueden realizar precisamente el sobrevalor,

porque, de las dos partes del producto social, el salario lo realizan los

obreros mediante su consumo. Y Sismondi, en efecto, llegó a esta

deducción (desarrollada luego por Proudhon más en detalle y

repetida constantemente por nuestros populistas). En la polémica con

MacCulloch, Sismondi señala el hecho de que este último (al

exponer la doctrina de Ricardo) no explica la realización de la

ganancia. Decía MacCulloch que con la división del trabajo

social, una producción es mercado para la otra: los productores de

cereales realizan sus mercaderías en el producto de los fabricantes de

vestidos, y a la inversa[16]. "El autor

supone-dice Sismondi-la existencia de un trabajo sin ganancia [un travail

sans bénéfice], una reproducción cuyo solo fin es

reponer el consumo de ios obreros" (II, 384; cursiva de Sismondi) [...] "sin

dejar nada para la parte del patrono [...] nosotros tratamos de establecer en

qué se convierte el excedente de la producción de los obreros

sobre su consumo" (ibíd.). Así, en la obra de este

primer romántico encontramos una indicación, ya completamente

definida, de que los capitalistas no pueden realizar el sobrevalor. De

esta tesis, Sismondi extrae otra conclusión-de nuevo la misma que los

populistas-: las propias condiciones de la realización hacen

necesario un mercado exterior para el capitalismo. "Dado que el

trabajo es una parte importante de la renta, no se puede disminuir la demanda

del mismo sin empobrecer a la nación. Y por ello, la ventaja que se

espera del descubrimiento de nuevos métodos de producción, casi

siempre se refiere al comercio con el extranjero" (I, 345). "La

nación que tiene la iniciativa de un descubrimiento, puede, durante un

lapso prolongado, ampliar su mercado en proporción al número de

brazos liberados por cada nuevo invento. Esos brazos los emplea

inmediatamente para aumentar la cantidad de productos que el nuevo invento

permite vender a precio más bajo. Pero por fin se aproxima una

época en que todo el mundo civilizado formará un solo mercado y

ya no habrá una nueva nación donde obtener nuevos compradores.

La demanda en el mercado mundial será entonces una magnitud invariable

[precise] que se disputarán entre sí las diversas

naciones industriales. Si una de ellas coloca mayor cantidad de productos,

será en detrimento de otra. La venta total sólo puede ser

aumentada por el aumento del bienestar general, o liberando al consumo de los

pobres mercancías que antes sólo poseían los ricos" (II,

316). El lector puede comprobar aue Sismondi es intérprete,

iustamente, de la doctrina que tan bien han asimilado nuestros

románticos, según la cual el mercado exterior sería

la salida de la dificultad para realizar el producto en general y

él sobrevolar en particular.





Para terminar, de esta misma doctrina eme identifica la renta nacional con

la producción nacional deriva la teoría de Sismondi sobre las

crisis. Después de todo lo expuesto, apenas si tenernos necesidad de

extractar los numerosos pasees de su nbra dedicados a este problema. De su

doctrina de oue la producción debe ser neces°riamente proporcional

a la renta emanó por sí misma la concepción de nue la

crisis es el resaltado de haber trasgredido esa correspondencia, es el

resultado de una producción excesiva, aue supera al consumo. De la

cita nue hemos traído surge con claridad que Sismondi consideraba como

cansa fundamental de las crisis esa falta de correspondencia entre la

producción v el consumo. Con todo, destacaba en el primer plano el

insuficiente consumo de las masas populares, de los obreros. Debido a eso, su

teoría sobre la crisis (hecha suva también por Rodbertus) es

conocida en la ciencia económica como modelo de las teorías que

atribuyen las crisis al subconsumo (Unterkonsumption).





 




IV




¿EN QUÉ CONSISTE EL ERROR DE LAS DOCTRINAS DE A SMITH Y DE

SISMONDI ACERCA DE LA RENTA NACIONAL?




¿En qué consiste, pues, el error fundamental de Sismondi,

que lo ha conducido a todas esas deducciones?





Tomó íntegra de Adam Smith la teoría de la renta

nacional y de la división de ésta en dos partes Ha de los

obreros y la de los capitalistas). No sólo no agregó nada a las

tesis de éste, sino que dio inclusive un paso hacia atrás al

omitir la tentativa ( infructuosa) de A. Smith de demostrar

teóricamente esa idea. Sismondi parece no percibir la

contradicción que existe entre esa teoría y la de la

producción en general. En efecto, según la teoría por la

cual el valor se deduce del trabajo, en el valor de un producto entran tres

partes componentes: la que compensa la materia prima y los instrumentos de

trabajo (capital constante); la que compensa el salario o la

manutención de los obreros (capital variable) ; y el "sobrevalor"

(mieux valué, al decir de Sismondi). Tal es-en lo que respecta

a su valor-el análisis que hace A. Smith de un producto aislado, y que

Sismondi reproduce. Cabe preguntarse: ¿de qué manera el

producto social, integrado por suma de productos aislados,

puede estar compuesto únicamente de las dos últimas partes?

¿Qué se hizo de la primera parte, el capital constante? Como

vimos, Sismondi no ha hecho más que dar vueltas en torno del problema,

en tanto que A. Smith dio respuesta al mismo. Afirmó que dicha parte

existe de modo independiente nada más que en el producto aislado. Pero

si se toma en consideración todo el producto social, en su conjunto,

se verá que esa parte se descompone, a su vez en salario y sobrevalor

precisamente para los capitalistas que producen ese capital constante.





Al dar esta respuesta, A. Smith no explicó, sin embargo, por

qué al descomponer el valor del capital constante-de las

máquinas, por ejemplo-vuelve a dejar a un lado, otra vez, el capital

constante, o sea, en nuestro caso, el hierro del que están hechas las

máquinas, los instrumentos usados en ellas, etc. Si el valor de cada

producto incluye una parte que compensa el capital constante (y así lo

reconocen todos los economistas), entonces su exclusión de cualquiera

de las ramas de la producción social es completamente arbitraria.

"Cuando A. Smith dice que los instrumentos de trabajo se descomponen en

salario y ganancia, se olvida de agregar [dice el autor de El capital]: y

en capital constante, que ha servido para su producción. Smith

sencillamente nos remite de Poncio a Pilatos, de un producto a otro, y de

éste a un tercero"[17], sin darse

cuenta de que a pesar de ello el problema no varía en absoluto. Esta

respuesta de A. Smith (aceptada por toda la economía política

anterior a Marx) no es más que un simple afán de eludir el

problema, de esquivar la dificultad. Y en este punto está realmente la

dificultad. Está en que los conceptos capital y renta no pueden ser

trasferidos en forma directa del producto individual al producto social. Los

economistas lo reconocen diciendo que, desde el punto de vista social, "el

capital para uno se trasforma en renta para otro" (ver más arriba,

Sismondi). Pero esta frase no hace más que formular la

dificultad, sin resolverla.[18]





La solución está en que cuando este problema se enfoca desde

el punto de vista social, ya no se puede hablar de productos en general, sin

tener en cuenta su forma material. Se trata, en efecto, de la renta social, o

sea, del producto destinado al consumo. Pero no cualquier producto puede ser

utilizado para el consumo personal: las máquinas, el

carbón, el hierro, etc., no son consumidos por personas sino en el

proceso productivo. Desde el punto de vista de un empresario individual, tal

distinción era superflua: cuando decíamos que los obreros

consumirán el capital variable, teníamos en cuenta que

cambiarían en el mercado los artículos de consumo por el dinero

que los capitalistas habían obtenido por las máquinas

fabricadas por los obreros y con el que les pagaron. Aquí, el trueque

de máquinas por cereal no nos interesa. Pero desde el punto de vista

social, tal trueque ya no puede ser sobrentendido: no se puede decir

que toda la clase de los capitalistas, que produce las máquinas, el

hierro, etc., las vende y de este modo las realiza. La cuestión

reside, precisamente, en saber domo se opera esa realización,

es decir, la recuperación de cada una de las partes del

producto social. Por ello, en todo razonamiento acerca del capital social y

de la renta-o, lo que es lo mismo, de la realización del producto en

la sociedad capitalista- se debe comenzar por distinguir esos dos aspectos

totalmente diferentes del producto social: los medios de producción

y los artículos de consumo. Los primeros pueden ser consumidos

sólo en el proceso productivo y los segundos sólo

personalmente. Los primeros sólo pueden servir de capital; los

segundos deberán convertirse en renta, es decir, ser destruidos por el

consumo de los obreros y de los capitalistas. Los primeros quedan

íntegramente en poder de los capitalistas; los segundos se distribuyen

entre los obreros y los capitalistas.





Una vez establecida esta división y corregido el error de Adam

Smith, quien había excluido del producto social su parte constante (es

decir, la parte que repone el capital constante), se aclara el problema de la

realización del producto en la sociedad capitalista. Es evidente que

no se puede hablar de una realización de los salarios por el consumo

de los obreros, y de una realización del sobrevalor por el consumo de

los capitalistas, y conformarse con eso [19]. Los obreros pueden consumir el salario, y los capitalistas el

sobrevalor, sólo cuando el producto consiste en artículos de

consumo, es decir, sólo en uno de los sectores de la producción

social. Pero no pueden "consumir" un producto consistente en medios de

producción: deben cambiarlo por artículos de consumo.

Ahora bien, ¿por qué parte (en valor) de los artículos

de consumo pueden cambiar su producto? Es evidente que sólo por la

parte constante (el capital constante), puesto que las otras dos

constituyen el fondo de consumo de los obreros y de los capitalistas que

producen los artículos de consumo. Este cambio, al realizar el

sobrevalor y los salarios en las industrias que producen los medios de

producción, realiza con ello mismo el capital constante en las

industrias que producen artículos de consumo. En efecto: para el

capitalista productor-digamos- de azúcar, la parte del producto que

debe reponer el capital constante (o sea, la materia prima, materiales

auxiliares, la maquinaria, los edificios, etc.) existe en forma de

azúcar. Para realizar esta parte es preciso obtener, en lugar

de este artículo de consumo, los correspondientes medios de

producción. En consecuencia, la realización de esta parte

se efectuará mediante el cambio de artículos de consumo

por productos que sirven de medios de producción. Queda ahora

sin explicar la realización de una sola parte del producto social, es

decir, la del capital constante en el sector que provee los medios de

producción. Parcialmente, ella se realiza por el hecho de que una

parte del producto, en su forma natural, entra de nuevo en la

producción (por ejemplo, una parte del carbón extraído

por una empresa hullera se invierte, a su vez, en la extracción de

carbón; el cereal cosechado por granjeros es utilizado de nuevo para

la siembra, etc.); y parcialmente, mediante el intercambio entre diferentes

capitalistas de este mismo sector: por ejemplo, para producir hierro es

necesario carbón de piedra y para la producción de

carbón de piedra es necesario hierro. Los capitalistas que producen

uno u otro, realizan, intercambiándolos, la parte de esos productos

destinada a la reposición de su capital constante.





Este análisis (que acabamos de exponer-repetimos-en la forma

más sucinta, por las razones señaladas más arriba) es el

que ha resuelto la dificultad de la cual tenían conciencia todos los

economistas y que formulaban con la siguiente frase: 'lo que es capital para

uno es renta para otro". Nos ha mostrado, además, cuan erróneo

es reducir la producción social únicamente al consumo

personal.





Podemos ahora pasar al análisis de las conclusiones que Sismondi (y

otros románticos) extrajo de su errónea teoría. Pero

antes citaremos el juicio que sobre Sismondi emitió el autor del

análisis mencionado, después de haber hecho el estudio

más minucioso y completo de la teoría de A. Smith, a la que

Sismondi nada nuevo agregó, y en cambio pasó por alto la

tentativa de Smith, de justificar su contradicción.





"Sismondi, que se ocupa especialmente de la relación entre capital

y renta, y que, en realidad, hace de su concepción especial de esta

relación la differentia specifica de sus Nouveaux

principes, no escribe ni una sola [cursiva del

autor] palabra científica acerca de esto, no contribuye en un

ápice al esclarecimiento del problema" (Das Kapital, II, S.

385, 1-te Auflage). [20]





 




V




LA ACUMULACIÓN EN LA SOCIEDAD CAPITALISTA




La primera conclusión errónea de esta errónea

teoría se refiere a la acumulación. Sismondi no

comprendió la acumulación capitalista, y en la acalorada

polémica que acerca de esta cuestión entabló con

Ricardo, resultó que en esencia la verdad estaba de parte de este

último. Ricardo afirmaba que la producción crea su propio

mercado, mientras que Sismondi lo negaba, y sobre esta negación

fundó su teoría de las crisis. Es cierto aue tampoco Ricardo

simo corregir el ya mencionado error fundamental de Smith, razón

ñor la cual no supo resolver el problema de la relación entre

canital social v renta, ni el de la realización del producto (ni

siquiera se planteó estos problemas); pero, por instinto,

caracterizó la esencia misma del modo buqués de

producción al señalar el hecho, completamente innegable, de eme

la acumulación es el excedente de la producción sobre la renta.

Desde el punto de vista del análisis moderno, estaba en lo iusto. La

producción crea, en efecto, su propio mercado: para producir son

necesarios los medios de producción, y éstos constituyen una

rama especial de la producción social, que ocupa a una determinada

parte de los obreros, que suministra un producto particular realizado en

parte dentro de esa misma rama, y en parte mediante el cambio con la otra, la

que produce artículos de consumo. La acumulación es.

efectivamente, un excedente de la producción sobre la renta (los

artículos de consumo). Para ampliar la producción "(acumular",

en el sentido absoluto del término), se impone, primero, producir

medios de producción[21], y para

ello es necesario ampliar la sección de la producción social

que provee dichos medios de producción; es preciso atraer hacia esa

sección a obreros que va son demandantes de los

artículos de consumo. Por lo tanto, el "consumo" se desarrolla

inmediatamente después de la "acumulación" o

inmediatamente despues de la producción", y por muy

extraño que parezca, no puede suceder de otra manera en la sociedad

capitalista. En consecuencia, no sólo no es obligatorio que el

desarrollo de estas dos ramas de la producción capitalista sea

uniforme, sino que, por el contrario, su desigualdad es inevitable. Se sabe

que la ley de desarrollo del capital consiste en que el capital constante

crece con más rapidez que el variable, o sea, que una parte siempre

creciente de los capitales nuevamente formados se destina a la rama de la

economía social que provee los medios de producción. En

consecuencia, esta última rama crece necesariamente con mayor rapidez

que la que produce los artículos de consumo; vale decir, que sucede lo

que Sismondi declaraba "imposible", "peligroso", etc. Por lo tanto, los

productos de consumo personal, van ocupando, dentro del conjunto de la

producción capitalista, un lugar cada vez menor. Y ello corresponde

por completo a la "misión" histórica del capitalismo y a su

estructura social específica: la primera consiste en desarrollar las

fuerzas productivas de la sociedad (producción para la

producción); la segunda excluye su utilización por la masa de

la población.





Estamos ahora en condiciones de apreciar cabalmente el punto de vista de

Sismondi sobre la acumulación. Sus afirmaciones en el sentido de que

la acumulación acelerada acarrea calamidades, son totalmente

erróneas y provienen sólo de su incomprensión de la

acumulación, lo mismo que sus múltiples declaraciones y

reclamos de que la producción no debe exceder al consumo por cuanto

éste es el que determina aquélla. En la realidad sucede todo lo

contrario; y Sismondi no hace otra cosa que dar la espalda a la realidad en

su forma particular, históricamente determinada, sustituyendo el

análisis por la moral pequeñoburguesa. Sobre todo, son muy

divertidas sus tentativas de cubrir esa moral con una fórmula

"científica". "Los señores Say y Ricardo-dice en el

prólogo a la 2° edición de Nouveaux principes-han

llegado a considerar que el consumo [...] no tiene otros límites que

los de la producción, cuando en realidad se halla limitada por la

renta [...]. Habrían debido prevenir a los productores que deben hacer

sus cálculos sólo sobre la base de los consumidores que poseen

renta" (I, XIII) [22]. Hoy semejante

ingenuidad sólo provoca sonrisas. ¿Pero acaso los escritos de

nuestros románticos actuales, por el estilo de los señores V.

V. y N.-on, no se hallan plagados de aseveraciones análogas? "Que los

empresarios de los establecimientos bancarios piensen bien"...

¿tendrán mercado para las mercartcías? (II, 101-102).

"Cuando el crecimiento de la riqueza es tomado como objetivo de la sociedad,

se llega siempre a sacrificar el fin en aras de los medios" (II, 140). "Si en

lugar de esperar el impulso de la demanda de trabajo [es decir, el impulso

eme debe dar a la producción la demanda de productos por parte de

obrerosl, pensamos que ese impulso puede darlo la producción

precedente, haremos-poco más o menos-lo mismo que haríamos con

un reloj si en vez de girar hacia atrás la rueda de la cadenita [la

roue qui porte la chainette] lo hiciéramos con la otra rueda:

romperíamos entonces toda la máquina y la deten'

dríamos" (II, 454). Esto lo dice Sismondi. Escuchemos ahora al

señor Nikolai-on. "Hemos perdido de vista los factores a causa de los

cuales se produce este desarrollo Fes decir, el del capitalismo!; hemos

olvidado también la finalidad de una producción, cualquiera que

ella sea ... un extravío funesto ..." (N.-on, Reseña de

nuestra economía social posterior a la reforma, 298). Ambos

autores hablan del capitalismo, de los países capitalistas; ambos

evidencian una completa incomprensión de la naturaleza de la

acumulación capitalista. ¿Pero se podría pensar que el

último escribe setenta años después del primero?





Un ejemplo dado por Sismondi en el capítulo VIII: "Los resultados

de la lucha por el abaratamiento de la producción" (libro IV: Sobre

la riqueza comercial), muestra claramente cómo la

incomprensión de la acumulación capitalista está

vinculada al error de reducir toda la producción a la de

artículos de consumo.





Supongamos-dice Sismondi-que el propietario de una manufactura dispone de

un capital circulante de 100.000 francos, que le reporta 15.000, de los

cuales 6.000 constituyen los intereses sobre el capital y son entregados al

capitalista, y los 9.000 restantes el beneficio del fabricante propietario de

la empresa. Supongamos que éste utiliza el trabajo de 100 obreros,

cuyos salarios importan 30.000 francos. Supongamos que luego se produce un

aumento del capital, una ampliación de la producción "(

acumulación") . En lugar de un capital de 100.000 francos, tendremos

capital fijo, 200.000 francos, -y capital circulante, 200.000, o sea 400.000

francos en total; la gamncia y los intereses 32.000 4-16.000 francos, porque

la tasa del interés bajó del 6 al 4 por ciento. El

número de obreros aumentó al doble, mientras el salario

disminuyó de 300 a 200 francos, en consecuencia, el total es de 40.000

francos. De esta manera resulta que la producción se ha

cuadruplicado[23]. Y Sismondi hace el

cálculo de los resultados: la "renta" o el "consumo" eran al comienzo

de 45.000 francos (30.000 de salarios 46.000 de interés, más

9.000 de ganancia), en tanto oue ahora ya son 85.000 (40.000 de salarios

16.000 de interés 4- 32.000 de ganancia). "La producción se ha

cuadruplicado -dice-, pero el consumo ni sinuiera llegó al doble.

En el calculo no debe incluirse él consumo de los obreros que

fabricaron las máquinas. Ya está cubierto por los 200.000

francos invertidos en ello; ya forma parte de los cálculos de otra

manufactura donde se presenten los mismos hechos" (I, 405-406).





Sus cálculos demuestran que la renta disminuye a medida que crece

la producción. Este es un hecho indiscutible. Pero Sismondi no

advierte que con su ejemnlo refuta toda su teoría de la

realización del producto en la sociedad capitalista. Es curiosa su

observación de oue el consumo de los obreros que fabricaron las

máquinas "no debe incluirse en el cálculo". ¿Y por

qué? Porque en primer lugar, ya está cubierto por los

200.000 francos, vale decir, que el capital está trasferido al sector

que produce los medios de producción: Sismondi no se percata de

esto. Quiere decir que "el mercado interno", de cuya "reducción"

había hablado no se limita a los artículos de consumo, sino que

comprende tambien los medios de producción. Ahora bien,

éstos constituyen un producto especial, que no es "realizado"

por el consumo personal; y en consecuencia, cuanto más

rápida es la acumulación, tanto más intenso es el

desarrollo de la rama de la producción capitalista que provee de

productos, no para el consumo personal, sino para el consumo productivo. En

segundo lugar-responde Sismondi-, porque se trata de los obreros de otra

manufactura, donde los hechos resultarán los mismos (ou les

mémes faits pourront se représenter). Como se puede ver, se

trata del mismo procedimiento de Smith, de remitir al lector de "Poncio a

Pilatos". ¡Pero es el caso que esa "otra manufactura" emplea

también un capital constante y que su producción

también proporciona un mercado para el sector de la producción

capitalista que produce medios de producción! Por más que

traslademos las cosas de un capitalista a otro, y de éste a un

tercero, el sector mencionado no desaparecerá, y el "mercado interior"

no se verá limitado sólo a los artículos de consumo. Y

por ello, cuando Sismondi dice que "ese cálculo refuta [...] uno de

los axiomas sobre el cual se ha insistido más en la economía

política, a saber: que una mayor libertad de competencia determina una

marcha más ventajosa de la industria" (I, 407), no advierte que "este

cálculo" lo contradice también a él mismo. Es

indiscutible que la introducción de las máquinas, al desalojar

a los obreros, empeora su situación; y también es indiscutible

el mérito de Sismondi, de haber sido uno de los primeros en

señalarlo. Pero ello no impide en absoluto que su teoría de la

acumulación y del mercado interno sea un craso error. Su propio

cálculo prueba precisamente el fenómeno que Sismondi,

además de negarlo, lo trasformaba en argumento contra el capitalismo,

cuando afirmaba que la acumulación y la producción deben

corresponder al consumo, pues de lo contrario habrá crisis. Su

cálculo muestra que la acumulación y la producción se

adelantan al consumo, y que no puede ser de otra manera, puesto que la

acumulación se efectúa en lo fundamental sobre los medios de

producción, los cuales no entran en el "consumo". Lo que ante Sismondi

aparecía como un simple error, como una contradicción en la

doctrina de Ricardo-que la acumulación es un excedente de la

producción sobre la renta-, es un hecho que corresponde por entero a

la realidad y expresa una contradicción propia del capitalismo. Ese

excedente es necesario en toda acumulación que abre un nuevo mercado

para los medios de producción, sin el correspondiente aumento del

mercado para los artículos de consumo, y aun en el caso de una

reducción de éste [24]. Es más, al dejar de lado la teoría acerca de las

ventajas de la libre competencia, Sismondi no advierte que, junto con su

huero optimismo, echa también por la borda una verdad indudable, como

es la de que la libre competencia desarrolla las fuerzas productivas de la

sociedad, tal como se desprende una vez más, con claridad, de sus

propios cálculos. (Esto, en verdad, no es más que otra

expresión del hecho de que en la industria se crea un sector especial,

que produce medios de producción y que el desarrollo de éste es

particularmente rápido.) Este desarrollo de las fuerzas productivas de

la sociedad, sin el correspondiente desarrollo del consumo, es, desde luego,

una contradicción, pero una contradicción que tiene lugar en la

realidad, que emana de la esencia misma del capitalismo, y de la cual no es

posible desentenderse mediante frases sensibleras.





Y esto es precisamente lo que hacen los románticos. Para que el

lector no sospeche que acusamos en forma gratuita a los economistas actuales

por los errores de un autor tan "anticuado" como Sismondi, citaremos, a

título de pequeña muestra, un pasaje de un escritor "moderno",

el señor N.-on. En la página 242 de sus Reseñas,

discurre acerca del desarrollo del capitalismo en la rama de la industria

molinera rusa. Al referirse a la aparición de los grandes molinos

movidos a vapor, con instrumentos de producción perfeccionados (a

partir de 1870 se invirtieron en la restructuración de los molinos

cerca de 100 millones de rublos), y al aumento de la productividad del

trabajo, que se elevó en más del doble, el autor caracteriza de

la siguiente manera el fenómeno que estamos describiendo: "La

actividad de los molinos no se desarrolló; sólo se

concentró en grandes empresas"; luego hace extensiva esta

caracterización a todas las ramas de la industria (pág.

243) y saca la conclusión de que "en todos los casos sin

excepción, una gran masa de trabajadores queda desocupada y sin

posibilidad de hallar empleo" (pág. 243), y que "la producción

capitalista se ha desarrollado a expensas del consumo popular" (241).

Preguntamos al lector: ¿difiere este razonamiento, aunque fuera en

algo, del de Sismondi, que hemos citado antes? Este escritor "moderno"

comprueba dos hechos-los mismos que vimos también en el ejemplo de

Sismondi-, y se desembaraza, él también, de ambos mediante una

frase sensiblera. En primer lugar, su ejemplo muestra que el desarrollo del

capitalismo se opera precisamente sobre la base de los medios de

producción. Es decir, que el capitalismo desarrolla las fuerzas

productivas de la sociedad. Y en segundo lugar, su ejemplo muestra que dicho

desarrollo sigue precisamente el camino específico de las

contradicciones que es inherente al capitalismo: la producción se

desarrolla (inversión de 100 millones de rublos, o sea, mercado

interno para los productos realizados por el consumo no personal), sin un

desarrollo correspondiente del consumo (la alimentación popular

empeora), vale decir, que tiene lugar la producción por la

producción misma. Y el señor N.-on piensa, con la ingenuidad

del viejo Sismondi, que dicha contradicción desaparecerá con

sólo presentarla como una contradicción de la doctrina, como

"un error funesto": "¡¡hemos olvidado la finalidad de la

producción!!" ¿Se quiere algo más característico

que esta frase: "no se desarrolló; sólo se concentró"?

Sin duda, el señor N.-on conoce un capitalismo cuyo desarrollo

podría hacerse por una vía que no fuera la

concentración. ¡Qué lástima que no nos haya

hecho conocer ese capitalismo "original", desconocido para toda la

economía política anterior a él!





 




VI




EL MERCADO EXTERIOR COMO "SALIDA A LA DIFICULTAD" DE REALIZAR LA

PLUSVALÍA




El siguiente error de Sismondi, que deriva de la equivocada teoría

sobre la renta social y el producto en la sociedad capitalista, es la

teoría de la imposibilidad de realizar el producto en general, y el

sobrevalor en particular, y, en consecuencia, la necesidad de un mercado

exterior. En lo que concierne a la realización del producto en

general, el análisis hecho más arriba demuestra que esa

"imposibilidad" proviene del error de eliminar el capital constante y los

medios de producción. Suprimido este error, desaparece también

tal "imposibilidad". Y lo mismo, entonees, debe decirse en particular del

sobrevalor: dicho análisis explica también su

realización. No existe en absoluto motivo racional alguno para

desglosar, desde el punto de vista de su realización, el sobrevalor

del producto global. La afirmación en contrario de Sismondi (y de

nuestros populistas) es el resultado de su incomprensión de las leyes

fundamentales de la realización en general, su incapacidad de

distinguir tres (y no dos) partes del producto, con respecto al valor, y las

dos clases de productos con respecto a su forma material (medios de

producción y artículos de consumo) . La tesis de que los

capitalistas no pueden consumir el sobrevalor es sólo una

repetición vulgarizada de la duda de Adam Smith acerca de la

realización en general. Sólo una parte del sobrevalor se

compone de artículos de consumo; la otra está compuesta de

medios de producción (por ejemplo, el sobrevalor del industrial

metalúrgico). "El consumo" de este último sobrevalor se

efectúa al ser invertido en la producción; y en cuanto a

los capitalistas que fabrican productos en forma de medios de

producción, no consumen el sobrevalor, sino el capital

constante que han obtenido de otros capitalistas mediante el cambio. Por

eso cuando los populistas divagan sobre la imposibilidad de realizar el

sobrevalor, deben, por lógica, negar también la posibilidad de

realizar el capital constante, con lo cual retornan con toda felicidad

a Adam... Se comprende que tal retorno al "padre de la economía

política" representaría un gigantesco progreso para escritores

como éstos, que nos sirven viejos errores bajo el aspecto de verdades

a las cuales "han llegado por su propia inteligencia"... [25]





¿Y el mercado exterior? ¿Negamos acaso la necesidad del

mercado exterior para el capitalismo? Por cierto que no. Sólo que el

problema del mercado exterior no tiene absolutamente nada que ver con el

problema de la realización, y la tentativa de unirlos en un todo

íntegro sólo caracteriza los anhelos románticos de

"retardar" el capitalismo y la falta de lógica de que adolecen los

románticos. La teoría que aclaró el problema de la

realización lo probó con toda precisión. El

romántico dice: los capitalistas no pueden consumir el sobrevalor; en

consecuencia, tienen que darle salida en el extranjero. Y aquí cabe la

pregunta: ¿acaso los capitalistas entregan gratuitamente sus productos

al extranjero; o los arrojan al mar? Los venden, es decir, obtienen un

equivalente; exportan sus productos, e importan otros a cambio de los mismos.

Cuando hablamos de la realización del producto social eliminamos ya,

por ese solo hecho la circulación monetaria, y presuponemos

sólo el intercambio de unos productos por otros, porque el problema de

!a realización reside precisamente en analizar la

reposición de todas las partes del producto social, tanto en lo

que concierne al valor como a la forma material. Por lo tanto, comenzar

hablando de la realización para terminar diciendo que el "producto

será vendido por dinero", es tan ridículo como si a la pregunta

sobre la realización del capital constante en artículos de

consumo se diera como respuesta: "ya se venderán". Se trata

simplemente de una grosera falta de lógica: en vez de considerar el

problema de la realización de todo el producto social, se ubican en el

punto de vista de un empresario aislado a quien no le interesa otra cosa que

"la venta al extranjero". Confundir el comercio exterior, la

exportación, con el problema de la realización, significa

eludir el problema llevándolo a un terreno más amplio, pero

sin aclararlo en lo más mínimo [26]. El problema de la realización no avanzará un

ápice, si en vez del mercado de un solo país tomamos el de un

conjunto de países. Cuando los populistas aseguran que el mercado

exterior es "una salida a la dificultad" [27] que el capitalismo se procura para realizar el producto,

sólo tratan de cubrir con esta frase la triste circunstancia de que,

para ellos, "el mercado exterior" es la "salida a la dificultad" en que han

caído por su incomprensión de la teoría... Pero aun no

es todo. La teoría que liga el mercado exterior al problema de la

realización del producto global de la sociedad, no sólo

evidencia que no se comprende qué es esta realización, sino

que, además, contiene una concepción extremadamente

superficial de las contradicciones inherentes a esa realización.

"Los obreros consumirán el salario, pero los capitalistas no pueden

consumir el sobrevalor." Reflexiónese un poco sobre esta

"teoría" desde el punto de vista del mercado exterior. ¿De

dónde sabemos que "los obreros consumirán el salario"?

¿Qué es lo que nos puede hacer creer que los productos

destinados de antemano, por toda la clase capitalista de determinado

país al consumo de todos los obreros de ese país, serán

realmente iguales en valor a su salario y lo compensarán; y que

por lo tanto para dichos productos no haba necesidad de un mercado exterior?

No existe, decididamente, fundamento alguno para pensar así, y en

efecto, no es así en la realidad. No sólo los productos (o

partes de los mismos) que reponen el sobrevalor, sino también los que

reponen el capital variable; no sólo los productos que reponen el

capital variable, sino también los que reponen el capital constante

(del que se olvidan nuestros "economistas" sin acordarse de su afinidad...

con Adam); no sólo los productos que existen en forma de

artículos de consumo, sino también los que existen en forma de

medios de producción; todos, por igual, se realizan siempre en medio

de "dificultades", en medio de fluctuaciones constantes, que se hacen cada

vez más intensas, a medida que se desarrolla el capitalismo en medio

de una competencia furiosa que obliga a cada empresario a tender a una

ilimitada ampliación de su producción, a salir de los marcos

del propio Estado, a marchar en busca de nuevos mercados en países que

aún no han sido atraídos a la órbita de la

circulación capitalista de mercancías. Y así llegamos al

problema de por qué es necesario el mercado exterior para un

país capitalista. De ninguna manera debido a que el producto no pueda

ser realizado, en general, dentro del régimen capitalista. Esto es un

absurdo. El mercado exterior es necesario porque la producción

capitalista implica la tendencia a una ampliación

ilimitada, contrariamente a todos los antiguos modos de

producción, encerrados dentro de los límites de la comunidad,

la propiedad patriarcal, la tribu, el distrito territorial o el Estado.

Mientras que en todos los antiguos regímenes económicos la

producción se renovaba cada vez en la misma forma y en las mismas

proporciones en que se desarrollaba anteriormente, esta renovación es

imposible en el régimen capitalista y la ampliación es

ilimitada, el eterno avance se convierte en la ley de la

producción. [28]





Así, una manera diferente de comprender la realización (o

con más exactitud, su comprensión por una parte y su

incomprensión completa por la otra, por los románticos) conduce

a dos concepciones diametralmente opuestas sobre la significación del

mercado exterior. Para unos (los románticos), el mercado exterior es

el índice de la "dificultad" que pone el capitalismo al

desarrollo social. Para otros, en cambio, el mercado exterior demuestra

cómo el capitalismo elimina las dificultades que la historia ha

creado al desarrollo social en la forma de obstáculos: comunales,

tribales, territoriales, nacionales. [29]





Como se ve, la diferencia sólo consiste en el "punto de vista"...

Sí, ¡"sólo"! La diferencia entre los jueces

románticos del capitalismo y los otros consiste en suma, "sólo"

en el "punto de vista"; "sólo" en que unos tienen los ojos puestos en

el pasado y otros en el futuro; unos opinan desde el punto de vista del

régimen que el capitalismo destruye, y otros desde el punto de vista

del régimen que el capitalismo está creando. [30]





La concepción errónea de los románticos acerca del

mercado exterior suele ir asociada a referencias sobre las "

particularidades" de la situación internacional del capitalismo de un

país determinado, sobre la imposibilidad de hallar mercados, etc.; la

finalidad de estas argumentaciones es "convencer" a los capitalistas de que

"desistan" de la búsqueda de mercados exteriores. Desde luego,

"referencias" no es la expresión exacta, porque los románticos

no nos ofrecen ningún análisis real del comercio exterior de un

país, de sus progresos en materia de nuevos mercados, de su

colonización, etc. No les interesa en absoluto el estudio y

esclarecimiento del proceso real; lo único que les interesa es la

moral que condene ese proceso. Para que el lector pueda convencerse de la

completa identidad que existe entre dicha moral de los actuales

románticos rusos y la del romántico francés, citaremos

algunos ejemplos de los razonamientos de este último. Ya vimos

cómo Sismondi perturbaba a los capitalistas con la amenaza de que no

hallarían mercado. Pero no se limitaba a eso. Afirmaba, además,

que "el mercado mundial ya estaba suficientemente abastecido" (II, 328), con

lo cual quería demostrar la imposibilidad de seguir por el camino del

capitalismo y la necesidad de escoger otro.., Aseguraba a los empresarios

ingleses que el capitalismo no estaba en condiciones de dar ocupación

a todos los obreros que quedaban desocupados en el campo debido al sistema de

economía basado en granjas (I, 255-256). "Aquéllos en aras de

quienes son sacrificados los agricultores, ¿podrán con ello

salir beneficiados en algo? Pues es sabido que los agricultores son los

más inmediatos y seguros consumidores de las manufacturas inglesas. Al

cesar su consumo, la industria sufriría un golpe más funesto

que el cierre de uno de los más grandes mercados exteriores" (I, 256).

Y aseguraba a los granjeros ingleses que no les sería posible hacer

frente a la competencia del campesino pobre de Polonia, a quien el trigo no

le cuesta casi nada (II, 257), que los amenazaba una competencia, más

terrible aun, por parte del cereal ruso proveniente de los puertos del mar

Negro. "Los norteamericanos-exclamaba Sismondi-han seguido este nuevo

principio: producir sin calcular el mercado [produire sans calculer le

marché], y producir cada vez más", de tal modo que "el

rasgo característico del comercio de Estados Unidos, de un extremo al

otro del país, es la superabundancia de mercancías de todo

género en relación con las necesidades del consumo [...], y

esta superabundancia de capitales comerciales, que no pueden cambiarse por

renta, trae como consecuencia las quiebras incesantes" (I, 455-456). Ah,

qué diría el bueno de Sismondi, si viese a la

Norteamérica actual, esa Norteamérica que se ha desarrollado de

modo tan colosal gracias a aquel mismo "mercado interno" que, según la

teoría de los románticos, debía haberse "reducido"!





 




VII




LAS CRISIS




La tercera conclusión errónea de Sismondi extraída de

la teoría inexacta de Adam Smith, que hace suya, es su teoría

de las crisis. La concepción de Sismondi, para quien la

acumulación (el desarrollo de la producción en general) es

determinada por el consumo; y su explicación equivocada de la

realización del producto global de la sociedad (reducido a la

participación de los obreros y de los capitalistas en la renta),

llevan de manera natural e inevitable a la teoría de que las crisis se

explican por la desproporción entre producción y consumo. Y a

esta teoría se atiene Sismondi por entero. También Bodbertus la

hizo suya dándole una formulación ligeramente modificada;

explicaba las crisis por el hecho de que la participación de los

obreros en el producto disminuye con el crecimiento de la producción;

y de la misma manera errónea nue lo hacía Adim Smith.

dividía el producto Global de la sociedad en salario y "renta" (de

acuerdo con su terminología, "renta" es sobrevalor. es decir, el

beneficio y la renta del suelo en conjunto. El análisis

científico de la acumulación en la sociedad capitalista

[31] y de la realización del

producto minó todos los fundamentos de esta teoría, v

mostró al mismo tiempo que, precisamente durante los períodos

que preceden a las crisis, el consumo de los obreros se eleva, que el

subconsumo (con el cual se pretende explicar las crisis) existió en

los regímenes económicos más diversos, mientras que las

crisis constituyen el rasgo distintivo de un solo régimen: el

capitalista. Esta teoría explica las crisis mediante otra

contradicción, a saber: la que existe entre el carácter social

de la producción (socializada por el capitalismo) v el carácter

privado, individual, de la apropiación. Aunque podría parecer

míe la profunda diferencia entre estas teorías es clara de por

sí, debemos detenernos un poco más en detalle sobre ella, pues

precisamente los partidarios rusos de Sismondi tratan de borrarla y

confundir las cosas. Explican las dos teorías de las crisis a que nos

referimos de manera en todo sentido distinta. La primera las explica por la

contradicción entre la producción y el consumo de la clase

obrera; la segunda, por la contradicción entre el carácter

social de la producción y el carácter privado de la

apropiación. En consecuencia, la primera ve la raíz del

fenómeno fuera de la producción (de ahí los

ataques generales de Sismondi, por ejemplo, contra los clásicos, a

quienes acusa de hacer caso omiso del consumo y ocuparse sólo de la

producción); la segunda la ve precisamente en las condiciones de la

producción. Dicho en forma más breve: la primera explica las

crisis por el subconsumo (Unterkonsumption); la segunda, por la

anarquía en la producción. Así, aunque las dos tratan de

explicar las crisis por una contradicción en el propio

régimen económico, divergen por completo al señalar el

carácter de la misma. Pero cabe preguntarse: ¿la segunda

teoría niega la existencia de una contradicción entre la

producción y el consumo, niega el subconsumo? Es evidente que

no. Reconoce plenamente este hecho, pero la pone en su lugar

considerándola como un hecho secundario que concierne a un sector de

la producción capitalista. Enseña que ese hecho no puede

explicar las crisis, puesto que éstas son provocadas por una

contradicción más profunda y fundamental del actual sistema

económico: la que existe entre el carácter social de la

producción y el carácter privado de la apropiación.

¿Qué decir, entonces, de aquellos que profesando en el fondo la

primera teoría, sostienen para defenderse que los representantes de la

segunda comprueban la existencia de una contradicción entre la

producción y el consumo? Resulta evidente que dichas personas no

han reflexionado acerca de lo que diferencia en esencia a esas dos

teorías, y no comprendieron debidamente la segunda. A esa

categoría de personas pertenece, por ejemplo, el señor N.-on

(sin hablar ya del señor V. V.). En nuestra literatura, el

señor Tugán-Baranovski ya ha reconocido en ellos a

discípulos de Sismondi (Las crisis industriales, pág.

477, e hizo esta extraña salvedad al referirse al señor N.-on:

"al parecer"). Sin embargo, el señor N.-on, al tratar de la

"reducción del mercado interior" y la "disminución de la

capacidad de consumo del pueblo" (puntos centrales de su concepción),

se remite a los representantes de la segunda teoría, que

comprueban la existencia de la contradicción entre la

producción y el consumo, o sea, la existencia del subconsumo. Se

comprende que estar referencias sólo sirven para mostrar la capacidad

característica de este autor, de traer a colación citas fuera

de lugar, y nada más. Por ejemplo, todos los lectores que conocen sus

Reseñas recordarán seguramente esta "cita": "Los

obreros, como compradores de mercancías, revisten importancia para el

mercado, pero considerados como vendedores de su propia mercancía-la

fuerza de trabajo-, la sociedad capitalista tiene la tendencia a reducir su

precio al mínimo" (Reseñas, pág. 178);

recordarán también que el señor N.-on quiere asimismo

deducir de ello la "reducción del mercado interno" (id.,

págs. 203 y sigs.), y las crisis (págs. 298 y sígs.).

Pero al citar dicho pasaje (que nada prueba, como ya lo explicamos), nuestro

autor, además, omite el final de la nota de la cual extrajo la

cita. Esa nota se refiere a una observación introducida en el

manuscrito de la sección II del tomo II de El capital. Se

la había introducido "con el fin de desarrollarla en el futuro", y el

editor del manuscrito la colocó en las notas. En esa nota,

después de las palabras citadas, se dice: "Sin embargo, el estudio de

esto corresponde a la sección siguiente" [32], o sea, a la tercera. ¿Y qué sección es

ésa? Pues precisamente la que contiene la crítica de la

teoría de A. Smith acerca de las dos partes del producto global de la

sociedad (junto con la opinión arriba citada sobre Sismondi), y el

análisis "de la reproducción y circulación del capital

global de la sociedad", es decir, de la realización del producto.

Así, en apoyo de sus concepciones, que no son más que una

repetición de las de Sismondi, nuestro autor cita la nota que se

refiere "sólo a la sección" en la que se refuta a Sismondi:

"sólo a la sección" en que se muestra que los capitalistas

pueden realizar el sobrevalor, y que incluir el comercio exterior en el

análisis de la realización, es un absurdo...





Otra tentativa de borrar la diferencia entre las dos teorías y

defender los viejos trastos románticos mediante referencias a las

doctrinas modernas, es la contenida en el artículo de Efrussi. Al

referirse a la teoría de las crisis de Sismondi, aquél

señala su falsedad (Russkoie Bogatstvo, núm. 7,

pág. 162). Sus indicaciones son en extremo vagas y contradictorias.

Por un lado repite los argumentos de la teoría contraria, y dice que

la demanda nacional no se reduce a los artículos de consumo inmediato.

Por el otro afirma que la explicación de las crisis dada por Sismondi

"sólo pone de manifiesto una de las muchas circunstancias que

dificultan la distribución de la producción nacional en

consonancia con la demanda de la población y su poder adquisitivo".

¡En consecuencia, se invita al lector a creer que es "en la

distribución" donde hay que buscar la explicación de las crisis

y que el error de Sismondi consiste sólo en no haber señalado

todas las causas que dificultan dicha distribución! Pero esto no es lo

principal... "Sismordi-dice Efrussi-no se detuvo en la explicación

citada. Ya en la primera edición de Nouveaux Principes

encontramos un capítulo sumamente instructivo, bajo el título

de De la connaissance du marché [33]. En este capítulo nos descubre las causas fundamentales

de la ruptura del equilibrio entre la producción y el consumo

[¡obsérvese esto!], con una claridad que encontramos en muy

pocos economistas" (ib.). Y después de citar algunos pasajes

para mostrar que el fabricante no puede conocer el mercado, Efrussi dice:

"Casi lo mismo sostiene Engels" (pág. 163), tras lo cual viene una

cita en la que se dice que el fabricante no puede conocer la demanda. Cita

luego algunos pasajes más, en los que se habla de "otras trabas para

el establecimiento del equilibrio entre la producción y el consumo"

(pág. 164). ¡Efrussi nos asegura que "en ellas hallamos la

explicación de las crisis, explicación que se impone cada vez

más"! Más aun: considera que, "en cuanto a las causas de las

crisis en la economía nacional, se puede considerar a Sismondi, con

todo derecho, como el padre de las concepciones que posteriormente fueron

desarrolladas con más consecuencia y mayor claridad" fpág. 168)

.





¡Con todo esto, Efrussi pone de manifiesto su completa

incomprensión del problema! ¿Qué son las crisis?

Superproducción, producción de mercancías que no pueden

ser realizadas, que no encuentran demanda. Si las mercancías no tienen

demanda significa que el fabricante, al producirlas, no conocía la

demanda. Cabe preguntarse ahora: ¿acaso señalar esta

condición de su posibilidad significa dar una explicación de

las crisis? ¿Es que Efrussi no comprende la diferencia que media entre

señalar la posibilidad de un fenómeno y explicar su necesidad?

Sismondi dice: las crisis son posibles debido a que el fabricante desconoce

la demanda; son necesarias, pues en la producción capitalista no puede

haber equilibrio entre producción y consumo (es decir, que el producto

no puede ser realizado). Engels dice: las crisis son posibles dado que el

fabricante desconoce la demanda; y son necesarias, pero no porque en general

el producto no pueda ser realizado. Esto no es exacto: el producto puede ser

realizado. Son necesarias porque el carácter colectivo de la

producción entra en contradicción con el carácter

individual de la apropiación. ¡Y he aquí que aparece un

economista afirmando que Engels "sostiene casi lo mismo", que Sismondi "da la

misma explicación de las crisis"! "Me extraña por ello-escribe

Efrussi-que el señor Tugán-Baranovski [...] haya perdido de

vista lo más importante y valioso de la teoría de Sismondi"

(pág. 168). Pero el hecho es que el señor

TugánBaranovski nada perdió de vista [34]. Por el contrario, señaló con toda

precisión la contradicción fundamental a que conduce la nueva

teoría (págs. 455 y otras) y puso en claro la

significación de Sismondi, quien con anterioridad había

señalado esa contradicción, cuya manifestación son las

crisis, pero de la que no supo dar la explicación acertada

(pág. 457: con anterioridad a Engels, Sismondi señaló

que las crisis provienen de la actual organización de la

economía: pág. 491: Sismondi expuso las condiciones que hacen

posibles las crisis, pero "no todas las posibilidades se realizan

necesariamente"). Pero Efrussi no ha comprendido absolutamente nada, y luego

de meter en un mismo saco, ¡"se extraña" de encontrarse en una

confusión! "Es cierto-dice el economista de Rússkoie

Bogatstvo-que no encontramos en Sismondi las expresiones que actualmente

han adquirido en todas partes derecho de ciudadanía, tales como la

"anarquía de la producción", " ausencia de plan

[Planlosigkeit] en la producción", pero lo esencial que se

oculta bajo estas expresiones es señalado por él con toda

claridad" (pág. 168). ¡Con qué facilidad restaura el

romántico moderno al romántico de los tiempos pasados!

¡Todo se reduce a una diferencia de términos! En realidad, es

indudable que Efrussi no comprende el sentido de las palabras que repite. "

Anarquía de la producción", "ausencia de plarí^en la

producción": ¿de qué nos hablan estas expresiones? Pues

de la contradicción entre el carácter social de la

producción y el carácter individual de la apropiación. Y

preguntamos a cualquiera que conozca la literatura económica que

estamos analizando: Sismondi o Rodbertus, ¿ reconocían esa

contradicción? ¿Deducían de ella las crisis? No, no las

deducían ni podían deducirlas, porque ninguno de ellos

comprendía en absoluto dicha contradicción. Les era

totalmente ajena la idea de que la crítica del capitalismo no puede

basarse en frases sobre el bienestar general, [35] o la anomalía de la "circulación abandonada a su

propia suerte" [36] sino en el

carácter de la evolución de las relaciones de

producción.





Nos damos cuenta cabal por qué nuestros románticos rusos

hacen tantos esfuerzos para borrar las diferencias entre estas dos

teorías sobre las crisis. Es que con ellas se hallan vinculadas, de la

manera más íntima y directa, posiciones diferentes, desde el

punto de vista de los principios, respecto del capitalismo. En efecto: si

explicamos las crisis por la imposibilidad de realizar los productos, por la

contradicción entre la producción y el consumo, llegamos a la

negación de la realidad, de la conveniencia del camino seguido por el

capitalismo, declaramos que éste es "falso" y emprendemos la

búsqueda de "otros caminos". Si derivamos las crisis de aquella

contradicción, tenemos que pensar que, cuanto más se

desarrolla, tanto más difícil será encontrarle

una salida. Y ya vimos con cuánta ingenuidad expresó Sismondi

precisamente esa opinión, al decir que si el capital se acumula con

lentitud, el capitalismo es soportable; pero resulta insoportable si lo hace

con rapidez. Por el contrario, si explicamos las crisis por la

contradicción entre el carácter social de la producción

y el carácter individual de la apropiación reconocemos con ello

la realidad y el carácter progresista del camino capitalista, y

rechazamos, por considerarlo romanticismo absurdo, la búsqueda de

"otros caminos". Con eso reconocemos que cuanto más se desarrolla

dicha contradicción, más fácil es encontrarle una

salida, y que tal salida consiste precisamente en el desarrollo del

régimen establecido.





Como el lector ve, también aquí nos encontramos con

diferentes "puntos de vista"...





Es muy natural que nuestros románticos busquen confirmaciones

teóricas para sus concepciones. Es muy natural que las busquen entre

los trastos viejos que en Europa occidental fueron abandonados ya hace mucho

tiempo, y es muy natural que, al darse cuenta de esto, traten de restaurar

dichos trastos, ora embelleciendo a los románticos de Europa

occidental, ora introduciendo el romanticismo so capa de citas tergiversadas

y fuera de lugar. Pero se equivocan de medio a medio si creen que semejante

contrabando puede pasar inadvertido.





Para terminar con la exposición de la doctrina teórica

fundamental de Sismondi, y con las principales conclusiones

teóricas que extrae de ella, tenemos que hacer un pequeño

agregado que se refiere nuevamente a Efrussi. En otro artículo suyo

sobre Sismondi (continuación del primero), dice: "Más

interesantes aun [en comparación con la doctrina sobre la renta del

capital] son los puntos de vista de Sismondi sobre las diferentes clases de

rentas" (Rússkoie Bogatstvo, núm. 8, pág. 42).

Según él, Sismondi lo mismo que Rodbertus, divide la renta

nacional en dos partes: "una va a parar a los propietarios de la tierra y de

los medios de producción, la otra a los representantes del trabajo"

(Ib.). Siguen citas en las que Sismondi habla de la división, no

sólo de la renta nacional, sino también de todo el producto:

"La producción anual, o el resultado de todos los trabajos efectuados

por el pueblo durante un año, también está compuesta de

dos partes", etc. (Nouveaux Principes, 1, 105, citado en la revista

Rússkoie Bogatstvo, núm. 8, página 43). "Los

pasajes citados-concluye nuestro economista- prueban con claridad que

Sismondi ha asimilado plenamente [!] la clasificación de la renta

nacional que desempeña un papel tan importante entre los economistas

modernos, a saber: la división de la renta nacional en renta basada en

el trabajo y en renta que no proviene del trabajo [arbeitsloses

Einkommen]. Aun cuando, en general, los puntos de vista de Sismondi sobre

la renta no son siempre claros y precisos, se trasluce en ellos la conciencia

de la diferencia que existe entre la renta de la economía privada, y

la de la economía nacional" (pág. 43).





El pasaje citado-respondemos nosotros-prueba que Efrussi ha asimilado

perfectamente la sabiduría de los manuales alemanes; pero no obstante

ello (o quizá precisamente gracias a eso) perdió por completo

de vista la dificultad teórica del problema de la diferencia entre

renta nacional y renta individual. Se expresa de manera poco cautelosa. Hemos

visto que en la primera parte de su artículo califica de "economistas

modernísimos" a los teóricos de un escuela determinada. El

lector puede suponer, con razón, que también esta vez se

refiere a ellos. Pero en realidad se refiere a algo completamente distinto.

Los modernísimos economistas son ahora los "socialistas de

cátedra"[37] alemanes. Para

defender a Sismondi, el autor aproxima su teoría a la doctrina de

éstos. ¿En qué consiste la doctrina de esas

"modernísimas" autoridades de Efrussi? Sencillamente en que la renta

nacional se divide en dos partes.





¡Pero esa es la teoría de Adam Smith, y de ninguna manera la

de los "economistas modernísimos"! Al dividir el ingreso en salario,

ganancia y renta (libro I, cap. VI, Las riquezas de las naciones;

libro II, cap. II), A. Smith contraponía las dos últimas al

primero como ingreso no proveniente del trabajo, y las llamaba descuento del

trabajo (libro I, cap. VIII) y combatía la opinión según

la cual la ganancia es ese mismo salario abonado por un trabajo de tipo

especial (libro I, cap. VI). Tanto Sismondi como Rodbertus, al igual que los

"modernísimos" autores alemanes de manuales, no hacen más que

repetir esta doctrina de A. Smith. La diferencia entre ellos reside

sólo en que A. Smith era conciente de que no había logrado

desglosar totalmente la renta nacional del producto nacional; tenía

conciencia de que se contradecía al excluir del último el

capital constante (según la terminología actual), que

incluía sin embargo, en el producto individual. En cambio, los

economistas "modernísimos", al repetir el error de A. Smith, se

limitan a envolver su teoría en una forma más grandilocuente

"(la clasificación de la renta nacional"), pues han perdido conciencia

de la contradicción ante la cual se detuvo A. Smith. Estos

procedimientos podrán ser muy eruditos, pero nada tienen de

científicos.





 




VIII




LA RENTA CAPITALISTA Y LA SUPERPOBLACIÓN CAPITALISTA




Continuaremos pasando revista a las concepciones teóricas de

Sismondi. Ya hemos analizado las principales, las que lo caracterizan entre

los demás economistas. Las siguientes, o bien no desempeñan un

papel tan importante en el conjunto de su teoría, o bien son

consecuencia de las anteriores.





Señalemos que, al igual que Rodbertus, Sismondi no compartía

la teoría de Ricardo sobre la renta. Con consideraciones sumamente

débiles procuraba socavar la teoría de Ricardo, sin formular la

propia. Se presenta aquí como ideólogo puro del pequeño

campesino: no rebate tanto a Ricardo, como rechaza, en general, el traslado a

la agricultura de las categorías de la economía mercantil y del

capitalismo. En ambos sentidos, su punto de vista es bien

característico del romántico. El capítulo XIII del libro

3° [38] está dedicado "a la

teoría del señor Ricardo sobre la renta del suelo".

Después de declarar, desde el comienzo, que su propia teoría

está en contradicción total con la de Ricardo, Sismondi

presenta las siguientes objeciones: la tasa general de la ganancia (que es la

base de la teoría de Ricardo) no queda establecida jamás: en la

agricultura no existe el libre desplazamiento de capitales. En ese terreno

hay que tomar en consideración el valor intrínseco del producto

(la valeur intrinséque), que es independiente de las

oscilaciones del mercado y que ofrece al propietario "un producto neto"

(produit net), "el trabajo de la naturaleza" (I, 306). "El trabajo de

la naturaleza es, pues, la fuente del producto neto de la tierra, considerado

en su valor intrínseco" (intrinséquement) (I, 310).

"Hemos considerado la renta [le fermage], o más bien el

producto neto, como el que emana directamente de la tierra en beneficio del

propietario; éste no le quita nada al granjero, ni al consumidor" (I,

312). Y esta repetición de los anticuados prejuicios

fisiocráticos concluye todavía con una moraleja: "En general,

en economía política hay que desconfiar [se

défier] de los supuestos absolutos, lo mismo que de las

abstracciones* (I, 312). No hay nada que analizar en semejante

"teoría", pues una pequeña observación de Ricardo a

propósito del "trabajo de la naturaleza" es más que suficiente

[39]. Esto es sencillamente renunciar al

análisis, dar un gigantesco paso atrás en relación con

Ricardo. Con toda evidencia se manifiesta, también aquí, el

romanticismo de Sismondi que se apresura a condenar el proceso en

cuestión por temor a tener que analizarlo. Nótese que no niega

que la agricultura está desarrollándose en Inglaterra a la

manera capitalista, que los campesinos son sustituidos por granjeros y

jornaleros, que en el continente las cosas se van desarrollando en la misma

dirección. Sencillamente vuelve la espalda a esos hechos (que

tendría la obligación de analizar puesto que trata de la

economía capitalista) y prefiere dedicarse a disertaciones

sentimentales sobre la ventaja del sistema patriarcal de explotación

de la tierra. De la misma manera proceden también nuestros populistas:

ninguno de ellos ha intentado siquiera negar que la economía mercantil

penetra en la agricultura, que este hecho no puede dejar de producir cambios

radicales en el carácter social de la agricultura; pero al mismo

tiempo, al discurrir sobre la economía capitalista ninguno de ellos,

plantea el crecimiento de la producción agrícola destinada al

comercio; prefieren desembarazarse de la cuestión mediante frases

sobre 'la producción popular". Como nos limitamos por el momento a

analizar la teoría económica de Sismondi, dejamos para

más adelante el estudio más detallado de esta

"explotación patriarcal".





La teoría de la población constituye otro punto sobre el

cual gira la exposición de Sismondi. Señalaremos su actitud

respecto de la teoría de Malthus y la superpoblación provocada

por el capitalismo.





Efrussi afirma que Sismondi está de acuerdo con Malthus sólo

en cuanto a que la población puede multiplicarse con extraordinaria

rapidez y constituir el origen de infinitos sufrimientos. "Posteriormente

están en las antípodas. Sismondi, ubica el problema de la

población sobre un terreno histórico social"

(Rússkoie Bogatstvo, núm. 7, pág. 148).

También en esta formulación Efrussi trata de esfumar el punto

de vista característico de Sismondi ( precisamente

pequeñoburgués) y su romanticismo.





¿Qué significa "ubicar el problema de la población

sobre un terreno histórico social"? Significa investigar por separado

la ley de la población de cada sistema histórico de

economía y estudiar su vínculo y relación con el sistema

de que se trata. ¿Cuál es el sistema estudiado por Sismondi? El

capitalista. Por lo tanto, el colaborador de la revista Rússkoie

Bogatstvo supone que Sismondi estudió la ley capitalista de la

población. Esta afirmación encierra una parte de verdad, pero

sólo una parte. Y como Efrussi no pensó siquiera

analizar qué faltaba en los razonamientos de Sismondi sobre la

población, y como afirma que "Sismondi aparece aquí como

precursor de los más destacados economistas modernos" [40] (pág. 148), resulta que embellece al

romántico pequeño burgués como lo hizo en el problema de

la crisis y de la renta nacional. ¿En qué consistía la

similitud entre la teoría de Sismondi y la nueva teoría acerca

de estos problemas? En que Sismondi señaló las contradicciones

inherentes a la acumulación capitalista. Efrussi advirtió esa

similitud. ¿En qué se diferenciaba la doctrina de Sismondi de

la nueva teoría? En que, en primer lugar, aquél no hizo

adelantar ni un ápice el análisis científico de estas

contradicciones y que inclusive, en algunos aspectos dio un paso atrás

en relación con los clásicos; y en segundo lugar, en que

disimulaba su incapacidad para el análisis (y en parte su falta de

deseo de hacerlo) con reflexiones de moralista pequeñoburgués

sobre la necesidad de ajustar la renta nacional a los gastos, la

producción al consumo, etc. En ninguno de los puntos citados

señaló Efrussi esta diferencia, y con ello

presentó en forma incorrecta en todo sentido la verdadera

significación de Sismondi y su posición respecto de la

teoría moderna. Exactamente lo mismo observamos en la cuestión

que nos preocupa. También aquí la similitud de Sismondi con la

teoría moderna se limita a señalar una

contradicción. Y también aquí la diferencia consiste

en la ausencia de un análisis científico, que es sustituido por

consideraciones morales pequeñoburguesas. Aclaremos esto.





El desarrollo de la industria capitalista mecanizada a partir de fines del

siglo pasado, determinó la formación de una

superpoblación, y para la economía política se

planteó el problema de explicar este fenómeno. Como se sabe,

Malthus trató de relacionarlo con causas extraídas de la

historia natural, negó rotundamente que fuera producto de un

régimen de economía social históricamente determinado y

cerró los ojos a las contradicciones que este hecho revela. Sismondi

señaló dichas contradicciones y la sustitución de la

población por las máquinas. Es su innegable mérito,

puesto que en la época en que él sostenía esto era una

novedad. Pero veamos cómo lo interpretó.





En el capítulo VII del libro 7° (Sobre la

población), se trata en especial "de la población que se

había tornado superflua debido a la invención de las

máquinas". Comprueba el hecho de que "las máquinas remplazan a

los hombres" (pág. 315, II, VII), e inmediatamente se pregunta:

¿la invención de las máquinas constituye un beneficio o

una calamidad para la nación? Se comprende que "la solución" de

este problema para todos los países y para todas las épocas en

general, y no para un país capitalista, se reduce a la trivialidad

más vacía: es un beneficio cuando 'la demanda del consumo

supera los medios de producción en manos de la población"

(les moyens de produire de la population) (II, 317); y es una

calamidad, "cuando la producción satisface completamente el consumo".

En otras palabras: ¡comprobar la contradicción sólo le

sirve a Sismondi como pretexto para razonar sobre no se sabe qué

sociedad abstracta, exenta de contradicciones y a la que es aplicable la

moral de un campesino ahorrativo! Ni siquiera intenta analizar esta

contradicción, establecer cómo se origina, adonde conduce,

etc., en la sociedad capitalista actual. No, sólo la aprovecha como

material para expresar su indignación moral contra ella. El resto del

capítulo no agrega absolutamente nada al aspecto teórico que se

trata, pues sólo se encuentran lamentaciones, quejas y

expresión de inocentes deseos. Los obreros desalojados eran

consumidores [...]. El mercado interior se reduce [...]. En cuanto al mercado

exterior, el mundo está ya suficientemente abastecido [...]. El sobrio

bienestar de los campesinos habría garantizado mejor la venta f...l.

No hay ejemplo más sorprendente y horroroso oue el de Inglaterra, que

es el oue están siguiendo los países del continente, i Tales

son las consideraciones que hace Sismondi en lugar de analizar el

fenómeno! Su actitud con respecto al tema es exactamente la misma que

la de nuestros populistas. También éstos se limitan a comprobar

que existe exceso de población, y utilizan este hecho sólo para

sus lamentaciones y queias contra el canitalismo (compárese con N.-on,

V. V., etc.). Así como Sismondi ni siouiera intenta analizar la

relación que existe entre este excedente de población y las

exigencias de la producción cam'talista, los populistas tampoco se

plantean nunca semeiante problema.





El análisis científico de esta contradicción

mostró nue el procedimiento es erróneo. Estableció eme

la superpoblación, manifestación indudable de una

contradicción (junto con el excedente de producción y de

consumo), y resultado necesario de la acumulación capitalista,

constituye al mismo tiempo una parte integrante imprescindible del

mecanismo capitalista [41]. Cuanto

más se desarrolla la gran industria, tanto mayores son las

fluctuaciones que soporta la demanda de obreros, en función de las

crisis o de los períodos de florecimiento en toda la producción

nacional, o en cada una de sus ramas por separado. Estas fluctuaciones

constituyen la ley de la producción capitalista, la que no hubiera

podido existir de no haber un excedente de población (o sea,

población que supera la demanda media de obreros por el

capitalismo), listo en todo momento, para suministrar mano de obra a

cualquier rama de la industria o empresa. El análisis ha mostrado que

la superpoblación existe en todas las ramas de la industria, existe

allí donde penetra el capitalismo-tanto en la agricultura como en la

industria-, y que dicha población excedente existe en diferentes

formas. Las principales son tres[42]: 1)

La superpoblación flotante. Pertenecen a la misma los obreros

desocupados en la industria. Con el desarropo de ésta crece

necesariamente su número. 2) La superpoblación latente.

Está formada por la población rural que pierde sus

explotaciones a medida que se desarrolla el capitalismo y que no encuentra

ocupación fuera de la agricultura. Esta parte de la población

siempre se halla lista para proporcionar mano de obra a cualquier empresa. 3)

La superpoblación estancada. Está ocupada "a intervalos

sumamente irregulares", en condiciones que se hallan por debaio de lo

normal[43] principalmente forman parte

de la misma tanto los pobladores rurales como los urbanos que trabajan a

domicilio para fabricantes y tiendas. El conjunto de estas tres capas de la

población forma la superpoblación relativa, o sea,

él ejército de reserva. Este último término

muestra con claridad de qué clase de población se trata. Son

obreros que necesita el capitalismo para la posible ampliación

de las empresas, pero que jamás pueden estar ocupados en forma

permanente.





De manera que también en este problema la teoría ha llegado

a una conclusión diametralmente opuesta a la de los románticos.

Para éstos, el exceso de población significa que el capitalismo

es una imposibilidad o un "error". En realidad es todo lo contrario: la

superpoblación, complemento necesario de la superproducción,

constituye un elemento forzoso de la economía capitalista, sin el

cual ésta no hubiera podido existir ni desarrollarse. Aquí

también Efrussi presentó las cosas de manera completamente

falsa, silenciando esta tesis de la teoría moderna.





Una simple confrontación de estos dos puntos de vista

bastará para ver cuál de ellos adhieren nuestras propuestas. El

capítulo de Sismondi que acabamos de resumir habría podido

figurar, con todos los derechos, en Reseñas de nuestra

economía social posterior a la reforma, del señor

N.-on.





Al comprobar la formación de una superpoblación en la Rusia

posterior a la reforma, los "populistas" nunca se plantearon que el

capitalismo necesita un ejército de reserva de obreros.

¿Habría podido, acaso, tender las líneas ferroviarias,

si no hubiera existido una superpoblación constante? Se sabe que la

demanda de mano de obra para este género de trabajo oscila fuertemente

de año en año. ¿Hubiera podido desarrollarse la

industria sin esa condición? (Durante los períodos de ascenso

la industria requiere grandes masas de obreros para la construcción de

nuevas fábricas, edificios, depósitos, etc., y para toda clase

de trabajos auxiliares a jornal que ocupan a la mayor parte de los campesinos

en los denominados trabiios temporarios no agrícolas). Sin esta

condición, jhabría podido crearse en nuestras regiones

periféricas la agricultura capitalista que requiere centenares de

miles y millones de jornaleros, y donde, como es sabido, son

extraordinariamente grandes las oscilaciones en la demanda de mano de obra?

Sin la formación de un excedente de población, ¿hubieran

podido los empresarios-forestales proceder a la tala de los bosques para

satisfacer las necesidades de las fábricas con una rapidez tan

fenomenal? (Los trabajos forestales pertenecen también al

número de los peor pagados y de los que se efectúan en peores

condiciones, al igual que las demás formas de trabajo que los

habitantes del campo realizan para los empresarios.) ¿Hubiera podido,

sin esa condición, desarrollarse el sistema de trabajo a domicilio

para los comerciantes, fabricantes y tiendas, en las ciudades y en el campo,

fenómeno tan difundido en los oficios llamados de artesanía? En

todas estas ramas del trabajo (que se han desarrollado principalmente

después de la Reforma), las oscilaciones en la demanda de trabajo

asalariado son muy grandes, y la amplitud de dichas oscilaciones determina la

magnitud de la superpoblación exigida por el capitalismo. En

parte alguna los economistas "populistas" evidenciaron conocer dicha ley. No

tenemos, desde luego, intención de entrar en el análisis de

estos problemas en su esencia[44], pues

ello no entra en nuestra tarea. El objeto de nuestro artículo es el

romanticismo de Europa occidental y sus relaciones con los "populistas"

rusos. Y en este asunto esas relaciones son las mismas que en todos los casos

anteriores: en el problema de la superpoblación, los "populistas"

adoptan íntegramente el punto de vista del romanticismo,

diametralmente opuesto al de la teoría moderna. El capitalismo no

ocupa a los trabajadores libres, dicen, lo que significa que es una

imposibilidad, "un error", etc. En modo alguno "significa" tal cosa. La

contradicción no significa una imposibilidad (Widerspruch no es

lo mismo que Widersinn). La acumulación capitalista, esa

verdadera producción por la producción, es también una

contradicción. Pero esto no le impide existir y ser la ley de

determinado sistema económico. Lo mismo hay que decir también

de todas las demás contradicciones del capitalismo. El citado

razonamiento de los populistas "significa" sólo que los intelectuales

rusos padecen del defecto profundamente arraigado de desembarazarse con

frases de todas esas contradicciones.





Sismondi no ha dado, pues, absolutamente nada para el análisis

teórico de la superpoblación. ¿Pero cómo lo

encaró? Sus ideas son una combinación original de

simpatías pequeñoburguesas y de malthusianismo. "El gran vicio

de la actual organización social-dice-es que el pobre jamás

puede saber con qué demanda de trabajo podrá contar" (II, 261),

y Sismondi suspira por los tiempos en que "el zapatero rural" v el

pequeño campesino conocían con exactitud sus ingresos. "Cuanto

más privado de su propiedad se halla un pobre, tanto más sujeto

se encuentra al peligro de equivocarse acerca de sus rentas y de contribuir a

aumentar una población [contribuer á accroítre une

population...] que, como no está en correspondencia con la demanda

de trabajo, no hallará medios de subsistencia (II, 263-264). Como

vemos, a este ideólogo de la pequeña burguesía le parece

poco el querer detener todo el desarrollo social a fin de conservar las

relaciones patriarcales de una población semibárbara.

Está dispuesto a recetar cualquier mutilación de la naturaleza

humana, con tal de que ello sirva para la conservación de la

pequeña burguesía. Vayan unas cuantas citas más, para

que no queden dudas sobre este último punto.





El pago semanal de los salarios en las fábricas ha acostumbrado a

los obreros casi paupérrimos a no ver el futuro más allá

del próximo sábado: "de esta manera han embotado en ellos las

cualidades morales y el sentimiento de simpatía" (II, 266) que

consisten, como lo veremos en seguida, ¡en "la moderación

conyugal"!... "Su familia será tanto más numerosa cuanto mayor

sea la carga para la sociedad; y la nación sufrirá

[gemirá] bajo el peso de una población que no

está en correspondencia [ disproportionnée] con los

medios para su manutención" (II, 267). ¡La conservación

de la pequeña propiedad, a toda costa, aunque sea al precio de la

reducción del nivel de vida y de la deformación de la

naturaleza humana: he ahí la consigna de Sismondi! Y después de

haber hablado con la gravedad de un hombre de Estado acerca de cuándo

es "deseable" el crecimiento de la población, dedica un

capítulo especial a ataques contra la religión, por no haber

condenado los matrimonios "imprudentes". En cuanto su ideal está en

juego, el pequeño burgués Sismondi se vuelve más

malthusiano que el propio Malthus. "Los niños que nacen sólo

para la miseria-alecciona él a la religión-también nacen

solamente para el vicio [...]. La ignorancia de los problemas concernientes

al régimen social, que los ha llevado [a los representantes de la

religión] a excluir la castidad del número de virtudes propias

del matrimonio, es una de las causas que actúan permanentemente para

destruir la proporción naturalmente establecida entre la

población y sus medios de existencia" (II, 294). "La moral religiosa

debe, pues, enseñar a los hombres que, al renovar la familia, no

están menos obligados a vivir castamente con sus esposas, que los

solteros con las mujeres que no les pertenecen" (II, 298). Y Sismondi, que en

general pretende no sólo el título de teórico en

economía, sino también el de sabio administrador, calcula

allí mismo que "para la renovación de la familia" se requiere,

"en total y por término medio, tres nacimientos"; y aconseja al

gobierno "no engañar a la gente con la esperanza de una

posición independiente que permita formar una familia, cuando esta

institución ilusoria [cet établissement illusoire] los

deja expuestos a padecimientos, a la miseria y a la mortalidad" (II, 299).

"Cuando la organización social no separaba la clase de los

trabajadores de la que poseía alguna propiedad, era suficiente la

opinión pública para evitar el flagelo [le fléau]

de la mendicidad. Para el agricultor la venta de la heredad de sus padres,

para el artesano el despilfarro de su pequeño capital, siempre

encierran algo vergonzoso [...]. Empero en el actual régimen de Europa

[...] Los hombres condenados a no poseer nada jamás no pueden sentir

ninguna vergüenza frente a la mendicidad" (II, 306-307). ¡Es

difícil expresar con mayor relieve la torpeza y la insensibilidad de

un pequeño propietario! Sismondi se trasforma aquí, de

teórico en consejero práctico, que predica la moral que, como

se sabe, es aplicada con tanto éxito por el campesino francés.

No es sólo un Malthus, sino, por añadidura, un Malthus cortado

ex profeso a la medida del pequeño burgués. Al leer estos

capítulos de Sismondi se recuerda, sin querer, los ataques apasionados

e indignados de Proudhon, quien veía en el malthusianismo un consejo a

los esposos de entregarse a... cierto vicio antinatural [45].





 





IX




LAS MAQUINAS EN LA SOCIEDAD CAPITALISTA




El problema de la superpoblación se halla vinculado al de la

importancia de las máquinas en general.





Efrussi pone mucho empeño en referirse a "las brillantes

observaciones" de Sismondi sobre las máquinas; declara que "es injusto

considerarlo un adversario de los perfeccionamientos técnicos"

(núm. 7, pág. 155); que "Sismondi no era enemigo de las

máquinas y de los inventos" (pág. 156). "En más de una

oportunidad, subrayó el pensamiento de que las máquinas y los

inventos, no son perjudiciales de por sí, para la clase obrera;

sólo se vuelven perjudiciales debido a las condiciones de la

economía actual, en la que el crecimiento de la productividad del

trabajo no conduce al aumento del consumo de la clase obrera, ni a la

reducción de la jornada de trabajo" (pág. 155).





Todas estas indicaciones son completamente justas. Y este juicio

sobre Sismondi pone bien de relieve, una vez más, que el populista no

supo comprender al romántico, que no alcanzó a

comprender el punto de vista propio del romanticismo respecto del

capitalismo, ni la diferencia radical con el punto de vista de la

teoría científica. El populista no estaba, desde luego, en

condiciones de comprenderlo, porque el populismo tampoco fue más

allá del romanticismo. Pero si las indicaciones de Sismondi sobre el

carácter contradictorio del uso de las máquinas por el

capitalismo era un gran progreso hacia 1820, en la actualidad resulta

completamente imperdonable limitarse a una crítica tan primitiva y no

comprender su limitación pequeñoburguesa.





En este sentido (o sea, en el aspecto de la diferencia entre la

teoría de Sismondi y la teoría moderna) [46], Efrussi se mantiene con firmeza fiel a sí

mismo. Ni siquiera sabe cómo plantear el problema. Luego de

señalar que Sismondi veía la contradicción, se da por

satisfecho con ello como si la historia no hubiese mostrado las maneras y

métodos más diversos de criticar las contradicciones del

capitalismo. Al decir que Sismondi no considera nocivas las máquinas

en sí mismas, sino por su acción en el régimen social

actual, Efrussi ni siquiera se da cuenta de cuan primitivo y superficialmente

sentimental es el punto de vista que se expresa en este solo razonamiento. En

efecto, Sismondi se preguntaba: las máquinas, ¿son

perjudiciales o no?, y "resolvía" el problema mediante esta sentencia:

son útiles sólo cuando la producción está en

concordancia con el consumo (conf. con las citas en la revista

Rússkoie Bogatstvo, núm. 7, pág. 156).

Después de todo lo expuesto, ya no necesitamos demostrar aquí

que semejante "solución" no es otra cosa que la sustitución del

análisis científico del capitalismo por la utopía

pequeñoburguesa. No se puede acusar a Sismondi por no haber realizado

semejante análisis. Los méritos históricos de las

personalidades históricas no se juzgan por lo que no hayan dado

en relación con las exigencias de la actualidad, sino por lo que

dieron de nuevo en relación con sus antecesores. En este caso,

ya no juzgamos a Sismondi y su primitivo y sentimental punto de vista, sino

al economista de Rússkoie Bogatstvo, quien hasta ahora no

entiende en qué difiere del moderno ese punto de vista. No

comprende[47] que para caracterizar esa

diferencia no corresponde preguntar si Sismondi era o no enemigo de las

máquinas, sino si comprendía la importancia de las mismas en el

régimen capitalista, si comprendía su papel en este

régimen como factor de progreso. Y entonces el economista de

Rússkoie Bogatstvo habría podido advertir que desde su

punto de vista pequeñoburgués y utópico, Sismondi

no pudo formularse semejante pregunta, y que la diferencia con la

nueva teoría consiste precisamente en haberla formulado y contestado.

Entonces Efrussi habría podido comprender que, al sustituir la

cuestión del papel histórico de las máquinas en la

sociedad capitalista actual por la de la " conveniencia" y "utilidad" de las

máquinas en general, Sismondi llegaba naturalmente a la teoría

de los "peligros" del capitalismo y del uso capitalista de las

máquinas, a clamar por la necesidad de "detener", "moderar",

"reglamentar", el crecimiento del capitalismo, y en virtud de ello se tornaba

reaccionario. La incomprensión del papel histórico de

las máquinas como factor de progreso es precisamente una de las causas

por la cual la teoría moderna considera reaccionaria la

doctrina de Sismondi.





Se sobrentiende que no expondremos aquí la teoría moderna

(es decir, la teoría de Marx) sobre la producción mecanizada.

Remitimos al lector, entre otras, a la ya mencionada investigación de

N. Zíber, cap. X: Las máquinas y la gran industria, y en

especial al cap. XI: Análisis de la teoría de la

producción mecanizada [48].

Limitémonos a señalar brevemente sus rasgos esenciales. Se

reduce a dos puntos: 1) un análisis histórico que establece el

lugar que ocupa la producción mecanizada en las sucesivas etapas de

desarrollo del capitalismo y su relación con las que la precedieron

(cooperación capitalista simple y manufactura capitalista); 2) un

análisis del papel de las máquinas en la economía

capitalista y, especialmente, de la trasformación de todas las

condiciones de vida de la población, que produce la industria

mecanizada. En lo que concierne al primer punto, esta teoría ha

establecido que la industria mecanizada es sólo una etapa

(precisamente la superior) de la producción capitalista, y muestra que

ha salido de la manufactura. En lo que concierne al segundo punto, establece

que la industria mecanizada es un gigantesco progreso en la sociedad

capitalista, no sólo porque eleva en grado máximo las fuerzas

productivas y socializa el trabajo en toda la sociedad[49], sino también porque destruye la

división del trabajo propia de la manufactura, obliga a los obreros a

pasar de un trabajo a otro, aniquila definitivamente las relaciones

patriarcales atrasadas, en especial en el campo[50], y da un gigantesco impulso al movimiento progresista de la

sociedad, tanto por las causas señaladas como por la

concentración de la población industrial. Este progreso, al

igual que todos los del capitalismo, es acompañado también por

el "progreso" de las contradicciones, es decir, por su agudización y

extensión.





Quizás el lector pregunte: ¿qué interés hav

entonces en el análisis de las ideas de Sismondi sobre una

cuestión tan universalmente conocida, y este enunciado sumario de la

nueva teoría, " conocida" por todos y con la cual todos están

"de acuerdo"?





Y bien, para ver en oué consiste este "acuerdo" tomaremos ni

más destacado economista-populista de la actualidad, al señor

N.-on, quien pretende aplicar en forma rigurosa la teoría moderna.

Como se sabe, en sus Reseñas el señor N.-on había

planteado, como una de sus tareas especióles, el estudio del

desarrollo del capitalismo en la industrio tpxtil rusa, que se caracteriza

precisamente por el máximo empleo de máquinas.





Se preguntará: ¿cuál es el punto de vista del

señor N.-on sobre este punto? ¿El de Sismondi (con el cual-como

hemos vistocomparte la opinión sohre muchos aspectos del capitalismo)

o el de la teoría moderna? En este problema tan importante,

¿será un romántico o... un realista? [51].





Habíamos visto que el primer rasgo distintivo de la teoría

moderna es el análisis histórico del surgimiento de la

industria mecanizada a partir de la manufactura capitalista. ¿Plantea,

acaso, el señor N.-on el problema del surgimiento de la industria

mecanizada rusa? No. Es cierto que señaló que la misma fue

precedida por el trabajo a domicilio realizado para el capitalista y por la "

fábrica" manual [52], ñero

no sólo no explicó la relación entre la industria

mecanizada y las etapas precedentes, sino que ni siquiera "percibió"

que, de acuerdo con la terminología científica, esa etapa

precedente (la producción manual y a domicilio o en el taller del

capitalista) no puede ser denominada fabrica sino que, indudablemente, debe

ser caracterizada como manufactura capitalista [53].





Que no piense el lector que esta "laguna" carece de importancia. Al

contrario, tiene una importancia enorme. En primer lugar, el señor

N.-on identifica así el capitalismo con la industria

mecanizada. Es un grosero error. El mérito de la teoría

científica consiste precisamente en que esclareció el lugar que

le corresponde a la industria mecanizada, como una de las etapas del

capitalismo. Si el señor N.-on participase del punto de vista de

esta teoría, ¿habría podido presentar el crecimiento

y triunfo de la industria mecanizada como la "lucha de dos formas

económicas": de no se sabe qué "forma basada en la

posesión de los instrumentos de producción" por el campesinado

[54], ror un lado, y "el capitalismo",

por el otro (págs. 2, 3, 66, 198 y otras), cuando en realidad

asistimos a una lucha entre la industria, mecanizada y la manufactura

capitalista? Sobre esta lucha el señor N.-on no ha dicho ni

una sola palabra, aun cuando en la industria textil, que eligió en

especial para los fines de su estudio (pág. 79), según la

referencia que él mismo hace, se estaba desarrollando esta

sustitución de dos -formas de capitalismo, falsamente

presentada por él como el remplazo de la " producción popular"

por el "capitalismo". ¿No es evidente que en el fondo no le interesaba

en lo más mínimo la cuestión del desarrollo real

de la industria mecanizada, y que baio el término de

"producción popular" se oculta una utopía, muy del gusto de

Sismondi? En segundo lugar, si el señor N.-on hubiera planteado el

asunto del desarropo histórico de la industria mecanizada rusa,

¿habría podido hablar de la "implantación del

capitalismo" (págs. 331, 283, 323 y otras) basándose en el

aooyo y la ayuda gubernamentales, hechos que también tuvieron lugar en

Europa? Se pregunta entonces: ¿imita a Sismondi, auien también

hablaba de "implantación", o al representante de la teoría

moderna que estudió la sustitución de la manufactura por la

industria mecanizada? En tercer lugar, si el señor N.-on se hubiera

planteado el problema del desarrollo histórico de las formas del

capitalismo en Rusia (en la industria textil), ¿habría podido

ignorar la existencia de la manufactura capitalista en las "pequeñas

industrias artesanales" rusas? [55] Y si

fín realidad se hubiera atenido a la teoría e intentado

aplicar el análisis científico aunque fuera a un rinconcito de

esa "producción", también " popular", ¿qué

habría sido del cuadro rudimentario de la economía social rusa

por él pintarrajeado, que representaba no se sabe qué "

prodivción popular" y un "capitalismo" separado de ésta, que

abarca sólo a "un puñado" de obreros (págs. 326 y

otras)?





Para resumir: según el punto núm. 1, que se refiere a la

diferencia que existe entre la teoría moderna y la teoría

romántica de la industria mecanizada, el señor N.-on no

puede ser considerado, de manera alguna, como partidario de la primera,

dado que no comprende siquiera la necesidad de plantear la cuestión

del surgimiento de la industria mecanizada, considerada como una etapa

particular del capitalismo, y calla la existencia de la manufactura

capitalista, etana del capitalismo que precede al maqumismo. En lugar de un

análisis histórico, trata de introducir subrepticiamente la

utopía de "la producción popular".





El segundo punto se refiere a las trasformaciones de las relaciones

sociales provocadas por la industria mecanizada, según la

teoría moderna. El señor N.-on no intentó siquiera

analizar este aspecto. Se queja mucho del capitalismo, deplora la

aparición de la fábrica (lo mismo que Sismondi), pero no hace

siquiera el intento de estudiar la trasformación de las condiciones

sociales provocada por la fábrica[56]. Para ello hubiera sido necesario, precisamente, comparar la

industria mecanizada con las etapas precedentes, sobre lo cual nada

dice el señor N.-on. De la misma manera, el punto de vista de la

teoría morlprna "obre las máquinas como factor de progreso

de la sociedad capitalista actual, le es completamente ajeno. Y de

nuevo, ni siquiera se plantea esta cuestión[57], Y no hubiera podido hacerlo, porque ella surge del

estudio histórico de la sustitución de una forma de

capitalismo por otra, mientras que para el señor N.-on "el

capitalismo" tout court [58]

remplaza... a "la producción popular".





Si preguntásemos sobre la base de "la investigación" del

señor N.-on sobre la introducción del capitalismo en la

industria textil en Rusia: ¿qué piensa el señor

N.-on de las máquinas?, no podríamos obtener otra respuesta que

la que ya conocemos de Sismondi. El señor N.-on, al igual Que

Sismondi, reconoce que las máquinas elevan la productividad del

trabajo (¡cómo para no reconocerlo!). El señor N.-on, al

igual aue Sismondi. dice que no son las máquinas las dañinas,

sino su uso capitalista. El señor N.-on, siempre como Sismondi, supone

que "nosotros" hemos perdido de vista, al introducir las máquinas, que

la producción debe ser proporcionada "a la capacidad de consumo del

pueblo".





Y eso es todo. El señor N.-on no supone nada más. No quiere

ni saber de los problemas que ha planteado y resuelto la teoría

moderna, pues ni siquiera hace la menor tentativa de considerar la

sucesión histórica de las diferentes formas de la

producción capitalista en Rusia (así fuese sobre el ejemplo,

por él tomado, de la industria textil), ni el papel de las

máquinas como factor de progreso en el régimen capitalista

existente.





De manera que también, en la cuestión de las

máquinas-este importantísimo problema de la economía

política teórica-, el señor N.-on comparte el punto de

vista de Sismondi. Y razona completamente como un romántico, lo

cual, al parecer, no le impide citar y citar.





Esto no se refiere sólo al ejemplo de la industria textil, sino a

todos los razonamientos del señor N.-on. Recuérdese solamente

el ejemplo ya citado de la producción de harinas. Lo que dice de la

introducción de las máquinas, sirve al señor N.-on

sólo como pretexto para lamentaciones sentimentales por el hecho de

que la elevación de la productividad del trabajo no se halla en

proporción a "la capacidad de consumo del pueblo". Ni ha pensado en

analizar las trasformaciones que en el régimen social produce la

industria mecanizada (y que realmente produjo en la vida social de Rusia). No

comprende en absoluto que se pueda plantear el problema de si esas

máquinas fueron un progreso en la sociedad capitalista actual [59]. Y lo dicho respecto del señor

N.-on, atañe a fortiori [*] a

los demás economistas-populistas: el populismo, en la cuestión

de las máquinas, comparte hasta hoy el punto de vista

pequeñoburgués del romanticismo, y sustituye el análisis

económico por deseos sentimentales.





 




X




EL PROTECCIONISMO[60]




El último problema teórico que nos interesa en el sistema de

concepciones de Sismondi, es el del proteccionismo. Se le dedica no poco

lugar en los Nouveaux Principes, pero se lo trata más bien

desde el punto de vista práctico, con motivo del movimiento contra las

leyes de los cereales en Inglaterra. Esta última cuestión la

analizaremos más adelante, puesto que encierra otros problemas aun

más amplios. Sólo nos interesa momentáneamente el

punto de vista de Sismondi sobre el proteccionismo. El interés de

esta cuestión no reside en un concepto económico nuevo de

Sismondi, no incluido en nuestra exposición anterior, sino en su

interpretación del vínculo que existe entre la

"economía" y la " superestructura". Efrussi asegura a los lectores de

la revista Rússkoie Bogatstvo que Sismonai es "uno de los

primeros y más talentosos precursores de la escuela histórica

contemporánea", que se rebela "contra la tendencia a aislar los

fenómenos económicos de los demás factores sociales".

"En las obras de Sismondi se encuentra la idea de que los fenómenos

económicos no deben ser aislados de los otros factores sociales, que

deben ser estudiados en relación con los hechos de carácter

político-social" (Rússkoie Bogatstvo, núm. 8,

págs. 38-39). Veamos, pues, en el ejemplo tomado, cómo

entendía Sismondi el vínculo de los fenómenos

económicos con los de naturaleza político-social.





"La prohibición de la importación-dice Sismondi en el

capítulo Sobre las aduanas (1. IV, ch. XI)-es tan irracional y

perniciosa como la prohibición de la exportación: fueron

inventadas para dotar a una nación de una manufactura que aún

no poseía; y no se puede negar que para una industria incipiente se

trata de un premio estimulante. Esta manufactura produce, quizás,

apenas la centésima parte del total de mercancías de

determinado tipo que consume la nación; y los cien compradores

tendrán que rivalizar entre sí para obtener la preferencia del

vendedor único, y los restantes noventa y nueve, a los que éste

ha rechazado, se verán forzados a proveerse de mercaderías

entradas por contrabando. En este caso, la pérdida para la

nación será igual a 100 y la ventaja igual a 1. Cualesquiera

que fueran las ventajas que proporcionase a la nación una manufactura

nueva, no cabe duda de que son muy pocas para justificar tan grandes

sacrificios. Siempre sería posible hallar medios menos costosos para

ponerla en actividad" (1,440-441).





He aquí con cuánta sencillez resuelve el problema Sismondi:

¡que el proteccionismo es "irracional" porque "la nación" sale

perdiendo a causa del mismo!





¿De qué "nación" habla nuestro economista?

¿Con qué relaciones económicas confronta el hecho

político-social dado? En verdad, no confronta relaciones determinadas,

sino que discurre en general robre una nación tal como

debiera ser de acuerdo con sus ideas sobre lo que debe ser. Y

éstas, como sabemos, están elaboradas sobre la exclusión

del capitalismo y el predominio de la pequeña producción

independiente.





Pero es un absurdo completo confrontar un factor políticosocial que

se refiere a un régimen económico determinado, v sólo a

él, con otro régimen imaginario. El proteccionismo es un

"factor político-norial" del capitalismo, pero Sismondi no lo

confronta con el capitalismo, sino con una nación en general (o

con una nación de pequeños productores independientes).

Quizás hubiera podido confrontarlo, por ejemplo, con una comunidad

india y hacer resaltar aun más su carácter "irracional" y

"pernicioso": mas esta " irracionalidad" se habría referido tan

sólo a su confrontación, pero de ninguna manera al

proteccionismo. Para probar que éste representa una ventaja para rrmv

pocos a expensas de la masa, Sismondi realiza un cálculo infantil.

Pero esto no necesitaba ser demostrado, puesto que se desprende de la

noción misma de proteccionismo (se trate de un subsidio directo o de

la eliminación de los competidores extranjeros, poco importa). Que el

proteccionismo es la expresión de una contradicción social, no

cabe la menor duda. ¿Pero acaso en la vida económica del

régimen que ha creado el proteccionismo no crean

contradiccíones? Al contrario, está son contradiciones de

pilas, y el propio Sismondi las señaló a lo largo de su

exposición. En lugar de deducir esta contradicción de

las que él mismo comprobó en el régimen

económico, Sismondi ignora estas contradicciones

económicas, y convierte su razonamiento en una " inocente

expresión de deseos" totalmente inconsistente. En lugar de confrontar

esta institución, que beneficia, según él, a un

pequeño grupo, con la situación oue este grupo ocupa en el

conjunto de la economía del país y con los intereses del mismo,

lo hace con su concepción abstracta del "bien general". Vemos, en

consecuencia, que al contrario de lo que afirma Efrussi, Sismondi

aisla precisamente los fenómenos económicos de los

restantes (puesto que considera el proteccionismo desvinculado del

régimen economía), el no comprende, en absoluto, la

relación que existe entre los hechos económicos y los

político-sociales. El pasaje que reprodujimos contiene todo lo

que él puede dar, en calidad de teórico, sobre el problema del

proteccionismo: el resto no es más que repetición. "Es dudoso

que los gobiernos comprendan bien a qué precio están comprando

esa ventaja fel desarrollo de la manufactura] v los tremendos sacrificios que

imponen a los consumidores" (I, 442-443). "Los gobiernos de Europa quisieron

violentar a la naturaleza" (faire víolence á la nature).

¿A qué naturaleza se refiere? ¿No será la

naturaleza del capitalismo la que es " violentada" por el proteccionismo? "Se

ha obligado así a la nación, en cierta medida [en

quélque sorté], a una actividad falsa" (I, 448). "Algunos

gobiernos llegan inclusive a pagar a sus comerciantes para permitirles vender

más barato; cuanto más extraño y contrario a los

cálculos más simples era este sacrificio, en mavor grado se lo

atribuía a razones de alta política [... ] Los gobiernos pagan

a sus comerciantes a expensas de sus subditos" (I, 421), etc., etc. [Estos

son los razonamientos que nos sirve Sismondi! En otras nartes, como haciendo

deducciones de dichos razonamientos, califica al capitalismo de "artificial",

de "implantado" (I, 379, opulence factice), "de invernáculo"

(II, 456), etc. Comienza por sustituir el análisis de las

contradicciones existentes por una expresión de inocentes deseos, y

llega a la deformación directa de la realidad para aue ésta

corresponda a dichos deseos. Resulta así que la industria capitalista,

a la cual se "estimula" con tanto celo, es débil, carece de base,

etc., no desempeña un papel predominante en la economía del

país y, en consecuencia, dicho papel pertenece a la

pequeña producción, etc. El hecho indudable e indiscutible de

que el proteccionismo debe su aparición únicamente a un

régimen económico determinado y a determinadas contradicciones

propias de este régimen, y de que expresa intereses reales de una

clase real que desemneña el papel preponderante en la

economía nacional, ¡es reducido a la nada y aun trasformado en

su contrario mediante unas cuantas frases sentimentales! Vaya otra

pequeña muestra (a propósito del proteccionismo en la

agricultura, I, 265. capítulo relativo a las leyes sobre

cereales):





"Los ingleses nos presentan sus grandes granjas como

único medio para mejorar la agricultura, es decir, para obtener la

mayor abundancia de productos agropecuarios a bajo precio, y he aquí

que, al contrario, los producen más caros"...





¡Este pasaje, que muestra con tanto relieve la manera de razonar de

los románticos, asimilada en su totalidad por los populútas

rusos, es notablemente característico! El desarrollo de las grandes

granjas y el progreso técnico que son inseparables se representan como

un sistema instituido deliberadamente: los ingleses (es decir, los

economistas ingleses) lo presentan como el único posible

perfeccionamiento de la agricultura. Sismondi quiere decir que también

"podrían existir" otros medios para levantar la agricultora; una vez

más, "podrían existir" en no se sabe qué sociedad

abstracta, y no en la sociedad real de un período histórico

determinado, "sociedad" basada en la economía mercantil, de la que

hablan los economistas ingleses y de la que también debería

hablar Sismondi. "Mejorar la agricultura, es decir, procurarse

[¿ procurar para la nación?] mayor abundancia de productos."

Nada de "es decir". El mejoramiento de la agricultura y el de las condiciones

de alimentación de las masas, en modo alguno son la misma cosa: la

falta de coincidencia de estos dos factores no sólo es posible, sino

inevitable en el régimen económico del que Sismondi quiere

desembarazarse tan atanosamente. Por ejemplo: el aumento de la siembra de

papa puede significar una elevación de la productividad üel

trabajo en la agricultura (cultivo de plantas de raices y tubérculos

alimenticios y forrajeros) y un aumento del sobrevalor, a la par que un

empeoramiento de la alimentación de los obreros. Desembarazarse por

medio de frases, de las contradicciones de la vida real, sigue siendo el modo

de ser de un populista ... perdón, de un romántico.





"En realidad-continúa siismondi-, esos granjeros son tan ricos, y

tan inteligentes, están tan bien apoyados [secondés] por

todo el progreso de las ciencias, sus caballos de tiro son tan .bellos, sus

cercos tan sólidos, y sus campos tan limpios de malezas, que no pueden

competir con el miserable campesino polaco embrutecido por la esclavitud,

ignorante, que no encuentra otro refugio que la ebriedad y cuya agricultura

se encuentra aún en la intancia del arte. El cereal recolectado en la

parte central de Polonia, después de haber pagado los gastos de un

trasporte de vanos centenares de leguas por vía fluvial, por tierra y

por mar, y de haber abonado aranceles en concepto de importación del

30 y hasta el 40 por ciento de su valor, es de todos modos más barato

que el cereal de los más ricos condados de Inglaterra" (I, 256). "Este

contraste confunde a los economistas ingleses." Ellos lo atribuyen a los

impuestos, etc. Pero la causa no es esa. "El propio sistema de

explotación es malo, pues tiene una base peligrosa [...] Recientemente

fue presentado a nuestra admiración por todos los escritores,

peíO debemos, al contrario, conocerlo bien para evitar imitarlo" (I,

266).





¿Verdad que resulta infinitamente ingenuo este romántico que

presenta el capitalismo inglés (y su sistema de granjas

agrícolas) como un sistema erróneo imaginado por los

economistas, y que se figura que "la confusión" de los economistas que

cierran los ojos sobre las contradicciones del sistema de las granjas, es un

argumento suficiente contra los granjeros? ¡Cuan superficial

resulta su comprensión, que busca explicar los procesos

económicos, no por los intereses de los diversos grupos, sino por los

extravíos de los economistas, escritores y gobiernos! ¡El bueno

de Sismondi quiere exhortar y avergonzar a los granjeros ingleses, y con

ellos a los del continente, para que no "imiten" estos "malos" sistemas!





Pero no olviden que todo esto fue escrito hace 70 años, que

Sismondi observaba los primeros pasos de fenómenos completamente

nuevos entonces. Su ingenuidad es aun perdonable, pues también

los economistas clásicos (sus contemporáneos) consideraban

estos fenómenos nuevos con no menor ingenuidad, como producto de las

eternas y naturales propiedades de la naturaleza humana. Mas preguntamos: en

sus "objeciones" contra el capitalismo que se desarrolla en Rusia,

¿nuestros populistas han agregado algo, así fuese una sola

palabrita original, a los argumentos de Sismondi?





De manera que sus razonamientos sobre el proteccionismo demuestran que el

punto de vista histórico le es completamente ajeno. Que, por el

contrario, razona como lo hacían los filósofos y los

economistas del siglo xvui, en forma completamente abstracta,

diferenciándose de ellos sólo en que considera normal y

natural, no la sociedad burguesa, sino la de los pequeños productores

independientes. Por eso no comprende, en absoluto, la relación del

proteccionismo con un régimen económico determinado, y se zafa

de esta contradicción en el terreno político-social con las

mismas frases sentimentales sobre lo "falso", la "peligrosidad", el error, la

irracionalidad, etc., que había empleado para desembarazarse

también de las contradicciones en la vida económica. Y por eso

presenta de manera extremadamente superficial la cuestión del

proteccionismo y del freetrade[61] como problema del camino " falso" o "verdadero" (es decir, de

acuerdo con su terminología, como problema del camino capitalista o no

capitalista).





La teoría moderna desenmascaró por completo estos errores,

mostrando que el proteccionismo está ligado a un régimen

histórico determinado de la economía social, a los intereses de

la clase dominante en este régimen y que recibe el apoyo de los

gobiernos. Dicha teoría demostró que el problema del

proteccionismo y del librecambio es una cuestión entre

empresarios (a veces entre empresarios de diferentes países, y otras

entre diversos sectores de empresarios de un mismo país).





Si comparamos la actitud de los economistas populistas con estos dos

puntos de vista sobre el proteccionismo, comprobamos que también en

esta cuestión comparten íntegramente el punto de vista de los

románticos, puesto que consideran el proteccionismo, no en

relación con un país capitalista, sino con no se sabe

qué país abstracto, con "consumidores" tout court,

declarando que se trata de un apoyo "erróneo" e "irracional", de un

capitalismo "de invernáculo",, etc. Por ejemplo, en el asunto de la

supresión de los derechos a la importación de máquinas

agrícolas, que provoca un conflicto entre los empresarios industriales

y agrícolas, los populistas, desde luego, se pronuncian

enteramente a favor de los... empresarios rurales. No queremos decir que no

tengan razón. Pero es una cuestión de hecho, una

cuestión del momento histórico dado; de cuál es la

fracción de empresarios que expresa mejor los intereses generales del

desarrollo del capitalismo. Y aun cuando los populistas tengan razón,

no es, desde luego, porque la imposición de derechos aduaneros

signifique un "apoyo artificial al capitalismo", y su supresión un

apoyo a la industria popular " tradicional"; sino simplemente porque el

desarrollo del capitalismo en la agricultura (que necesita máquinas),

al acelerar la extinción de las relaciones medievales en el campo y la

creación de un mercado interior para la industria, determina un

desarrollo más amplio, libre y rápido del capitalismo en

general.





Prevemos una objeción por haber colocado a los populistas, en esta

cuestión, entre los románticos. Quizá se nos diga que en

esto habría sido necesario exceptuar al señor N.-on, quien dice

expresamente que el problema del librecambio y del proteccionismo es propio

del capitalismo; y lo repite en más de una oportunidad, inclusive con

"citas"... ¡Sí, si, el señor N.-on inclusive se apoya en

citasl Pero si se nos mostrase este pasaje de sus Reseñas,

nosotros mostraríamos otros donde declara que sostener el

capítalismo es "implantarlo" (¡y esto en Balances y

conclusiones! , págs. 331, 323 y también 283); donde

explica el estímulo al capitalismo como "un funesto extravío",

debido a que "hemos perdido de vista", "hemos olvidado", "nos han

oscurecido", etc. (pág. 298). ¡Compárese con Sismondi!

¿De qué manera concuerda esto con la afirmación de que

el apoyo al capitalismo (premios a la exportación) es "una de las

múltiples contradicciones de que está llena nuestra vida

económica[62] ; y que, como todas

las demás, debe su existencia a la forma que adopta toda la

producción"? (pág. 286). Nótese bien: ¡ toda la

producción! Preguntamos a cualquier hombre imparcial:

¿cuál es el punto de vista de este autor para quien es una

"aberración" el apoyo dado a "la forma que adquiere toda la

producción"? ¿Es el punto de vista de Sismondi o el de la

teoría científica? También aquí "las citas" del

señor N.-on (del mismo modo que en las cuestiones antes analizadas),

son apenas intercalaciones torpes y ajenas aj texto, que no expresan de

manera alguna que el autor esté convencido de que son aplicables a la

realidad rusa. Cuando el señor N.-on "cita", no hace más que

utilizar la teoría moderna como pantalla para inducir en error a los

lectores. Es un traje de "realista" mal puesto, tras el cual se esconde un

romántico[63] de pura cepa.





 




XI




EL LUGAR QUE OCUPA SISMONDI EN LA HISTORIA DE LA ECONOMÍA

POLÍTICA




Conocemos ya las principales, tesis de Sismondi que son del dominio de la

economía teórica. En resumen, vemos que permanece

incondioionalmente fiel a sí mismo en todo, que su punto de vista es

invariable. Se diferencia de los clásicos en todos los puntos porque

señala las contradicciones del capitalismo. Esto, por una parte. Por

otra, sobre ningún punto puede (ni tampoco quiere) llevar más

lejos el análisis de los clásicos, y por eso se limita a

realizar una crítira sentimental del cauí'tnlismo rl^sde el

pnnto de vista pequeñoburgués. Tal sustitución del

análisis científico por quejas v lamentaciones sentimentales,

hace extraordinariamente superficial su concepción. Teniendo en cuenta

las contradicciones del capitalismo que Sismondi había

señalado, la teoría moderna las sometió también

al análisis científico y llegó, en todos los puntos, a

conclusiones que divergen radicalmente de las de Sismondi, y que, en

consecuencia, conducen a encarar el capitalismo desde un punto de vista

diametralmente opuesto al suvo.





En Crítica de alguna," tesis de la economía

política (Zur Kritík [64], trad. rusa, Moscú, 1896) se caracteriza de la siguiente

manera el lugar que ocupa Sismondi en la historia de la ciencia:





"Sismondi se ha liberado de la noción de Boisguillebert,

según la cual el trabajo creador de valor de cambio, será

falsificado por el dinero, pero, como Boisguillebert denunciaba el dinero,

él denuncia al gran capital industrial" (pág. 36).





El autor quiere decir: así como Boisguillebert consideraba

superficialmente el intercambio de mercancías como un régimen

natural, v se rebelaba contra el dinero, en el que veía "un elemento

extraño" (ibíd., pág. 30), así Sismondi

consideraba la pequeña producción como un régimen

natural, y se rebelaba contra el gran capital, en el cual veía un

elemento extraño, Boisguillebert no comprendía el

vínculo indisoluble y natural del dinero con el intercambio de

mercancías: no comprendía que estaba oponiendo,

considerándolas elementos extraños, dos formas "del trabajo

burgués" (ibíd., 30-31). Sismondi no comprendía

el vínculo indisoluble y natural del gran capital con la

pequeña producción independiente; no comprendía que se

trataba de dos formas de la economía mercantil. "Al rebelarse contra

el trabajo burgués bajo una de sus formas", Boisguillebert "lo alaba

en cambio como utopía bajo otra" (ibíd.). Al rebelarse

contra el gran capital, es decir, contra la economía mercantil, en una

de sus formas, precisamente, o la más desarrollada, Sismondi procede

como un utopista y exalta al pequeño productor (en particular al

campesino), es decir, a la economía mercantil bfn'o otra de sus

formas, su forma embrionaria.





"Si con Ricardo-continúa el autor de la Crítica- la

economía política extrae sin contemplaciones su última

consecuencia y encuentra así su conclusión, Sismondi completa

este resultado formulando las dudas de la misma" (pág. 36).





Así, el autor de la Crítica reduce la importancia de

Sismondi al hecho de que suscitó el problema de las

contradicciones del capitalismo, y de esta manera planteó la tarea de

su posterior análisis. El autor citado considera todas las

concepciones independientes de Sismondi, quien también quiso

responder a esta cuestión, como no científicas,

superficiales, reflejos de su punto de vista pequeñob'irgués

reaccionario (ver los juicios citarlos, y uno que reproducimos más

adelante, con motivo de una "cita" de Efrussi).





Si comparamos la doctrina de Sismondi con la de los populistas, vemos en

casi todos los puntos (salvo la negación de la teoría de la

renta de Ricardo y las prédicas malthusianas a los campesinos) una

sorprendente identidad, que a veces llega hasta el uso de las mismas

expresiones. Los economistas populistas comparten íntegramente el

punto de vista de Sismondi. Nos convenceremos aun más de ello, cuando

pasemos de la teoría a las concepciones de Si^mondi sobre las

cuestiones prácticas.





Por último, en cuanto a Efrussi, no dio en ninguna parte una

apreciación correcta de Sismondi. Al señalar que subravó

y condenó las contracciones del capitalismo, Efrussi no

comprendió, en absoluto, que su teoría se diferencia con

claridad de la del materialismo científico, ni que la

concepción romántica es diametralmente opuesta a la

concepción científica del capitalismo. La simpatía del

populista por el romántico y su conmovedora unanimidad, han impedido

al autor de los artículos de Rússkoie Bogatstvo

caracterizar de modo correcto a ese representante clásico del

romanticismo en la ciencia económica.





Acabamos de citar una apreciación sobre Sismondi en que dice que

"expresa las dudas que [la economía política clásica]

tiene de sí misma".





Pero Sismondi no pensaba limitarse a semejante papel (que le asegura un

lugar honroso entre los economistas). Como hemos vifto, trataba de resolver

esas dudas, aunque lo hizo con muy poco resultado. Es más, acusaba a

los clásicos y a su ciencia, no por haberse detenido ante el

análisis de las contradicciones, sino porque habían seguido

métodos erróneos. "La vieja ciencia no nos enseña a

comprender, ni a prevenir" las nuevas calamidades (I, XV), dice en el

prólogo a la segunda edición de su libro, explicando esto, no

porque el análisis de esta ciencia sea incompleto e inconsecuente sino

porque se había "entregado a las abstracciones" (I, 55: los nuevos

discípulos de A. Smith en Inglaterra se lanzaron [fe sont

jetes] a las abstracciones, y se olvidaron del "hombre") y "sigue un

camino falso" (II, 448). ¿Pero entonces cuáles son esas

acusaciones de Sismondi a los autores clásicos que lo autorizan a

sacar semejante conclusión?





"Los más célebres economistas prestaban muy poca

atención al consumo y a la salida de las mercancías" (II,

124).





Esta acusación se repitió, desde los tiempos de Sismondi,

innumerables veces. Se consideraba necesario diferenciar "el consumo" de la

"producción", como rama especial de la ciencia; se

decí'í que la producción obedecía a leyes

naturales, mientras que el consumo es determinado por la distribución,

que depende de la voluntad de los hombres, etc., etc. Sabemos que nuestros

populistas comparten las mismas ideas, y ponen en primer plano la

distribución. [65]





¿Y qué sentido tiene, pues, esta acusación? Se basa

sólo en una concepción completamente anticientífica de

la economía política, que no tiene por objeto, de manera

alguna, como se dice con frecuencia, "la producción de valores

materiales" (este es el objeto de la tecnología), sino las relaciones

sociales entre los hombres en el proceso de la producción. Sólo

si se concibe "la producción" en el primer sentido, es posible

disociarla de "la distribución"; en este caso, en el "rubro" dedicado

a la producción figurarán categorías que se refieren al

proceso del trabajo en general, en lugar de categorías de formas

históricamente determinadas de la economía social:

habitualmente, tales trivialidades que no tienen sentido no sirven más

que para oscurecer después las condiciones históricas y

sociales. (Ejemplo: la noción de capital). Pero si consideramos

lógicamente la "producción" como expresión de las

relaciones sociales en el proceso de la producción, entonces tanto la

"distribución" como el "consumo" perderán toda

significación independiente. Aclaradas las relaciones establecidas en

la producción, queda aclarada con ello la parte del producto

que corresponde a cada clase y, por consiguiente, también "la

distribución" y "el consumo". Y viceversa: cuando quedan sin aclarar

las relaciones de producción (por ejemplo, cuando no se entiende el

proceso de* la producción del capital social en su conjunto), todos

los razonamientos sobre el consumo y la distribución se trasforman en

trivialidades, o en expresión de inocentes deseos románticos.

Sismondi fue el primero en hacer semejantes comentarios. Rodbertus

también habló mucho sobre 'la distribución del producto

nacional", y las autoridades "modernas" de Efrussi llegaron inclusive a

fundar "escuelas" especiales, uno de cuyos principios era dar preferente

atención a la distribución[66]. Y todos esos teóricos de "la distribución" y del

"consumo" no supieron resolver siquiera el problema básico de la

diferencia entre ei capital social y la renta social; siguieron

debatiéndose en las contradicciones ante las cuales se había

detenido A. Smith [67]. Este problema

pudo resolverlo sólo un economista que nunca hizo de la

distribución una cuestión aparte, que protestaba

enérgicamente contra los razonamientos "vulgares" acerca de "la

distribución" (véase las observaciones de Marx al programa de

Gotha, citadas por P. Struve en sus Notas críticas, pág.

129, epígrafe al cap. IV) [68] .

Más aun. La propia solución del problema residía en el

análisis de la reproducción del capital social. El autor

no hizo una cuestión aparte ni de la distribución ni del

consumo; como llevó hasta el final el análisis de la

producción, quedaron completamente aclaradas ambas cosas, por

sí solas.





"El análisis cientííico del modo capitalista de

producción demuestra que [...] las relaciones de distribución

son esencialmente idénticas a las de producción, constituyen el

reverso de estas últimas, pues tanto unas como otras presentan el

mismo carácter histórico transitorio". "El salario presupone el

trabajo asalariado, y la ganancia el capital. Estas formas concretas de

distribución presuponen, en consecuencia, determinados caracteres

[Charaktere] sociales en cuanto a las condiciones de

producción, y relaciones sociales determinadas de los agentes de

producción. Las relaciones concretas de distribución son, pues,

simplemente la expresión histórica de determinadas relaciones

de producción [... ] cada forma de distribución desaparece al

desaparecer la forma determinada de producción a la que corresponde y

de la cual emana".





"La teoría que sólo considera como históricas las

relaciones de distribución pero no las de producción, es, por

una parte, el punto de vista de la crítica ya iniciada, pero

tímida aún [inconsecuente, befangen], de la

economía burguesa. Por otra parte, está basada en la

confusión e identificación del proceso social de la

producción con el simple proceso del trabajo, tal como la

realizaría una persona artificialmente aislada, sin la menor ayuda de

la sociedad. Como el proceso de trabajo es sólo un proceso entre el

hombre y la naturaleza, sus elementos simples son iguales en todas las formas

sociales del desarrollo. Pero cada forma histórica concreta de este

proceso sigue desarrollando las bases materiales y sus formas sociales." (El

capital, t. III, 2, págs. 415 419, 420, del original

alemán). [69]





No le ha ido mejor a Sismondi en sus ataques de otro género contra

los clásicos, ataques que ocupan mayor lugar en sus Nouveaux

Príncipes. "Los nuevos discípulos de A. Smith en Inglaterra

se han lanzado a las abstracciones, y se olvidaron del hombre"... (I, 55).

Para Ricardo, "la riqueza es todo y los hombres nada son" (II, 331). "Ellos

[los economistas que abogan por el libre comercio] sacrifican a menudo a los

hombres y los intereses reales en aras de una teoría abstracta" (II,

457), etc.





¡Qué viejos son estos ataques, y al mismo tiempo qué

nuevos! Me refiero aquí a los populistas que los han renovado,

levantando tanto ruido con motivo del reconocimiento abierto de que el

desarrollo capitalista de Rusia es su desarrollo efectivo, real e inevitable.

¿Acaso no repetían lo mismo en todos los tonos cuando

vociferaban sobre la "apología del poder del dinero", sobre el

"espíritu social burgués", etc.? [70] Pues a ellos, en grado mucho mayor que a Sismondi, puede

aplicárseles la objeción hecha a la crítica sentimental

del capitalismo en general: Man shreie nicht zu sehr über den

Zynismus! Der Zynismus liegt in der Sache, nicht in den Worten, welche dio

Sache bezeichnen! (¡No griten tanto sobre el cinismo! ¡El

cinismo no reside en las palabras que describen la realidad sino en la

realidad misma!).





"En grado mucho mayor aun", decimos nosotros. Porque los románticos

de Europa occidental no tenían ante sus ojos el análisis

científico de las contradicciones del capitalismo; porque ellos fueron

los primeros en señalarlas; porque fulminaban "(con palabras

lastimosas", por lo demás) a los hombres que no veían esas

contradicciones.





Sismondi se descarga sobre Ricardo porque éste, con una franqueza

despiadada, extrajo todas las conclusiones de los hechos que había

observado y estudiado en la sociedad burguesa: señaló

abiertamente tanto la existencia de la producción por la

producción, como la trasformación de la fuerza de trabajo en

mercancía, considerada como otra mercancía cualquiera; y el

hecho de que "para la sociedad" sólo era importante la renta pura, es

decir el volumen del beneficio[71]. Pero

Ricardo decía la pura verdad: en la realidad, todo sucede

precisamente así. Y si esta verdad le parecía "baja" a

Sismondi, no habría debido buscar la causa de esa bajeza en la

teoría de Ricardo, ni atacar, de manera alguna, esas "abstracciones";

sus exclamaciones dirigidas contra Ricardo pertenecen íntegramente al

dominio "del engaño que nos enaltece".





¿Y nuestros románticos actuales? ¿Piensan negar la

realidad del "poder del dinero"? ¿Piensan negar que ese poder es

omnipotente, no sólo entre la población industrial, sino

también entre la población agrícola, en toda "comunidad

campesina", en toda aldehuela perdida? ¿Piensan negar la

inevitabilidad de la vinculación de este hecho con la

economía mercantil? No, ni intentan ponerlo en duda. Simplemente

procuran no hablar de ello. Temen llamar las cosas por su verdadero

nombre.





Y nosotros comprendemos muy bien su temor: el reconocimiento franco de la

realidad privaría de toda base a la crítica sentimental

(populista) del capitalismo. No es de extrañar que se lancen al

combate con tanto apasionamiento, sin haber tenido tiempo siquiera de limpiar

las armas herrumbradas del romanticismo. No es de extrañar que no

elijan los medios y quieran presentar la hostilidad hacia la crítica

sentimental, como hostilidad contra la crítica en general. Pues

están luchando por su derecho a la existencia.





Sismondi intentó inclusive erigir su crítica sentimental en

método especial de ciencia social. Ya vimos que no reprochaba a

Ricardo porque su análisis objetivo se hubiese detenido ante las

contradicciones del capitalismo (este reproche habría sido fundado),

sino precisamente porque dicho análisis era objetivo.

Decía que Ricardo "se olvida del hombre". En el prefacio a la segunda

edición de Nouveaux Principes, encontramos el siguiente

párrafo:





"Considero necesario protestar contra los métodos habituales, con

frecuencia tan superficiales, con frecuencia tan falsos, con que se juzga una

obra que trata de ciencias sociales. El problema que se propone resolver es

mucho más complicado que los que nacen de las ciencias naturales; y al

mismo tiempo, se dirige al corazón más que a la razón"

(I, XVI). ¡Cuan familiares son al lector ruso estas ideas sobre la

oposición existente entre las ciencias naturales y sociales, que se

dirigen, estas últimas, al "corazón"! [72] Sismondi exterioriza anuí los mismos pensamientos que

algunos decenios más tarde serían nuevamente "redescubiertos"

en el extremo oriente de Europa por la "escuela rusa de sociólogos" y

que figurarían como un singular "método subjetivo en

sociología"... Apela, desde luego-al ieual que nuestros

sociólogos nacionales-"al corazón y, al mismo tiempo, a la

razón" [73]. Pero ya hemos visto

de qué manera "el corazón" del pequeño burgués

triunfaba, en los problemas más importantes, sobre "la razón"

del economista teórico.





 




POSTCRIPTUM [74]




La exactitud de la apreciación que hemos dado aquí del

sentimental Sismondi y de su actitud respecto del científicamente

"objetivo" Ricardo, es confirmada por completo por el juicio de Marx en el

segundo tomo de Teorías de la plusvalía, aparecido en

1905 (Theorien über den Mehrwert, II, B., I. T., S. 304 u. ff.

Bemerkungen über die Geschichte der Entdeckung des sogenannten

Ricardoschen Gesetzes [75]).

Oponiendo Ricardo, como hombre de ciencia, a Malthus, a quien considera un

miserable plagiario, abogado a sueldo de los potentados y sicofante

desvergonzado, Marx dice:





"Ricardo refuta el modo de producción en general, como el

más conveniente para la creación de riqueza, y para su

época tiene razón. Quiere la producción por la

producción misma, y está en lo justo. Quien pretenda

afirmar, como han hecho algunos adversarios sentimentales de Ricardo, que la

producción como tal no constituye un fin, olvida que la

producción por la producción misma no significa sino el

desarrollo de las fuerzas productivas humanas, o sea, el desarrollo de la

riqueza de la naturaleza humana, como fin en sí. Quienes, como

Sismondi, contraponen a este fin el bienestar del individuo, sólo

afirman en realidad que se debe frenar el desarrollo de la especie

para asegurar el del ser humano; que, por ejemplo, no se debería

aceptar ninguna guerra, ya que en todas las guerras perecen indefectiblemente

muchas personas. Sismondi tiene razón solamente en lo que se refiere a

los economistas que pretenden paliar o negar este antagonismo". (S.

309). Desde su punto de vista, Ricardo tiene todo el derecho de comparar a

los proletarios con las máquinas, con las mercancías, en la

producción capitalista. " Es ist dieses stoisch, objektiv,

uñssenschaftlich." "(Esto es estoico, objetivo,

científico") (S. 313). Se comprende que este juicio es válido

sólo para una época determinada, a comienzos del siglo XIX.



 





 



* * *




 





 





CAPÍTULO II




CARÁCTER DE LA CRITICA DEL CAPITALISMO EN LOS

ROMÁNTICOS




Ya nos hemos ocupado suficientemente de la "razón"

de Sismondi. Veamos ahora más de cerca su "corazón". Tratemos

de coordinar todo lo que sabemos de su punto de vista (que hasta este

momento hemos estudiado sólo como elemento relacionado con las

cuestiones teóricas), de su actitud frente al capitalismo, de

sus simpatías sociales, de su manera de entender los problemas "

político-sociales" de la época en que le tocó

actuar.



 





 





I




LA CRITICA SENTIMENTAL DEL CAPITALISMO




El rasgo distintivo de la época en que escribía Sismondi fue

el rápido desarrollo del cambio (de la economía

monetaria, para emplear la terminología moderna), que se

evidenció de manera particularmente aguda después de la

destrucción de los vestigios del feudalismo por la revolución

francesa. Sismondi condenaba francamente ese desarrollo y la

intensificación del cambio, atacaba "la competencia funesta" y

exhortaba "al gobierno a defender a la población contra los efectos de

la competencia" (ch. VIII, 1. VII), etc. "Los cambios rápidos

echan a perder las buenas costumbres del pueblo. En la preocupación

constante por una venta conveniente no se puede evitar la tentativa de pedir

precios exorbitantes y de engañar, y cuanto más difícil

es la existencia para el que vive de cambios constantes, tanto

más se halla expuesto a la tentación de emplear el

engaño" (I, 169). ¡Hacía falta tal ingenuidad para

denunciar la economía monetaria como lo hacen nuestros populistas!

"... La riqueza comercial es sólo la segunda en importancia en el

orden económico; y la riqueza territorial

[territoríale], que provee los medios de subsistencia, debe

ponerse primera en orden de importancia. Toda esta clase numerosa que vive

del comercio debe percibir parte de los productos de la tierra sólo en

el caso en que éstos existan; ella [esta clase] debe desarrollarse

sólo en la medida, en que crezcan también dichos productos" (I,

322-323). El señor N.-on que llena con sus quejas páginas

enteras porque el crecimiento del comercio y de la industria se adelanta con

respecto al de la agricultura, ¿habrá dado siquiera un solo

paso hacia adelante en relación con este romántico patriarcal?

Estas quejas de un romántico y de un populista son sólo

testimonio de su completa incomprensión de la economía

capitalista. ¿Puede existir un capitalismo en el cual el

desarrollo del comercio y de la industria no se adelante al de la

agricultura? El crecimiento del capitalismo es el crecimiento de la

economía mercantil, es decir, de la división social del

trabajo, que una tras otra arranca de la agricultura las diversas

formas de elaboración de la materia prima, originariamente vinculada a

su obtención, elaboración y consumo, dentro de una

única economía natural. Por ello, en todas partes y

siempre, el capitalismo significa un desarrollo más

rápido del comercio y de la industria en comparación con la

agricultura; un aumento más rápido de la

población comercial e industrial, un peso y significación

mayores del comercio y de la industria dentro del

réóimen general de la economía social [76]. No puede ser de otra manera. Y el

señor N.-on al repetir semejantes lamentaciones, prueba una vez

más que sus concepciones económicas no han ido más

allá de un romanticismo superficial y sentimental. "Ese

espíritu irracional de empresa [esprit d'entreprise], ese

exceso de toda clase de comercio que provoca una cantidad tan grande de

bancarrotas en Estados Uniüos, debe su existencia, sin duda alguna, a la

multiplicación de los bancos y a la facilidad con que el

crédito falaz está ocupando el lugar de un haber efectivo"

(fortune réelle, II, 111), etc., etc. ¿Pero en nombre de

qué atacaba Sismondi la economía monetaria (y el capitalismo)?

¿Qué le oponía? La pequeña producción

independiente, la economía natural de los campesinos en el campo, los

oficios en las ciudades. He aquí lo que dice de la primera, en el

capítulo Sobre la economía patriarcal rural (ch. 111, 1.

III. De l'exploitation patriarcale. El libro 3 trata de la riqueza

"territorial"):





"Los primeros propietarios de tierra fueron ellos mismos labradores,

realizaban todos los trabajos del campo con la ayuda de sus hilos y de sus

servidores domésticos. Organización social alguna [77] garantiza una mavor dicha y virtud a la clase

más numerosa de la población, ni brinda más abundancia

[opulence] para todos, ni más estabilidad al orden social [...]

En los países donde el agricultor es propietario [oii Je fermier

est propriétaire] y donde los productos pertenecen por entero

[sans partage] a las mismas personas que han realizado todo el

trabajo, es decir, en los países cuya economía agrícola

designamos con el nombre de patriarcal, vemos a cpda paso signos del amor del

agricultor a la casa que habita, a la tierra que cuida [...] El trabajo mismo

constituye pira él un placer [...] En aquellos felices países

donde la agricultura es patriarcal, se estudia la naturaleza particular de

cada campo, y esos conocimientos se trasmitan de padres a hijos [...] Las

grandes granjas, explotadas por los hombres más ricos, podrán

elevarse seguramente, por encima de los prejuicios y de la rutina, pero los

conocimientos [Tintélligence, es decir, los conocimientos de

agricultura] no llegarán hasta aquellos que trabajan solos, y

serán mal aplicados [...] La economía patriarcal mejora las

costumbres y el carácter de este sector tan numeroso de la

nación, sobrp el rual recaen todos los trabajos del campo. La

propiedad crea hábitos de orden y de ahorro, la satisfacción

diaria refrena la inclinación hacia la gula [gonrmandise] y la

ebriedad [... ] Como casi no realiza intercambios más que con la

naturaleza, él [el agricultor] tiene menos ocasión que

ningún otro obrero industrial de tener que fiarse de la gente y de

esgrimir contra ella el arma de la mala fe" (I, 165-170). "Los primeros

granjeros fueron antes simples labradores; realizaban con sus propias manos

la mayor parte de los trabajos agrícolas; sus iniciativas estaban

siempre en relación con las fuerzas de su familia [... ] Pero no

dejaron de ser campesinos: ellos mismos conducen el arado [tiennent

eux-mémes les comes de leur charrué]; ellos mismos cuidan

el ganado en el campo y en el establo, viven al aire libre,

habituándose a las fatigas diarias y a la alimentación sobria

que forman ciudadanos fuertes y soldados bravos [78]. Casi nunca emplean para trabajar con ellos a obreros

jornaleros, sino sólo a servidores domésticos [des

domestiques], elegidos siempre entre sus iguales, a los que tratan como

iguales, comen en la misma mesa, beben del mismo vino y visten la misma ropa.

De esa manera los agricultores con sus servidores no forman más que

una clase de campesinos, animados de los mismos sentimientos, compartiendo

los mismos placeres, expuestos a las mismas influencias y ligados a la patria

por los mismos lazos" (I, 221).





¡He aquí la famosa "producción popular"! Y que no se

diga que Sismondi desconoce la necesidad de unir a los productores; dice

directamente (véase más adelante) que "desea como ellos [como

Fourier, Owen, Thompson y Muiron] las asociaciones" (II, 365). Que no se diga

que él aboga precisamente por la propiedad; al contrario, el

centro de gravedad, para él, está en la pequeña hacienda

agrícola (II, 355), y no en la pequeña propiedad. Se comprende

que esta idealización de la pequeña hacienda campesina, revista

una forma diferente en otras condiciones históricas y en otro medio.

Pero no cabe la menor duda que el romanticismo y el populismo exaltan

precisamente la pequeña hacienda campesina.





Sismondi idealiza del mismo modo los oficios primitivos y las

corporaciones.





"El zapatero rural, que es al mismo tiempo comerciante, fabricante y

trabajador, no confeccionará ni un solo par de zapatos sin haber

recibido el correspondiente encargo" (II, 262), mientras que la manufactura

capitalista, por no conocer la demanda, puede sufrir un descalabro. "Es

indudable tanto desde el punto de vista teórico como del

práctico, que el establecimiento de las corporaciones [corps de

métier] impedía, y tenía que impedir, la

formación de una superpoblación. Es indudable también

que esta superpoblación existe actualmente, y que es la resultante

necesaria del régimen actual" (I, 431). Podríamos multiplicar

semejantes citas, pero dejamos para más tarde el análisis de

las recetas prácticas de Sismondi. Por ahora, para penetrar en su

punto de vista, nos limitaremos a lo citado. Los razonamientos que hemos

reproducido pueden ser resumidos de la manera siguiente: 1) la

economía monetaria es condenada porque destruye la prosperidad de los

pequeños productores v su acercamiento mutuo (sea el del artesano al

consumidor o el del agricultor a otros agricultores iguales a él), 2)

se ensalza la pequeña producción porque asegura la

independencia del productor y elimina las contradicciones del

capitalismo.





Señalemos que estas dos ideas integran el patrimonio esencial del

populismo[79] y tratemos de penetrar en

su contenido.





La crítica de la economía monetaria por los

románticos y por los populistas se reduce a comprobar que engendra el

individualismo[80] y el antagonismo

(competencia), así como la falta de seguridad del productor y la

inestabilidad de la economía social[81]. Empecemos por el "individualismo". Comúnmente se

contrapone la unión de los campesinos de una misma comunidad, o de

artesanos (o kustares) de un mismo oficio, al capitalismo, que destruye esa

unión y la remplaza por la competencia. Este razonnmier.to repite un

error típico del romanticismo, que partiendo de las contradicciones

del capitalismo niega que representa una forma superior de

organización social. ¿Acaso el capitalismo, que destruye

los lazos propios de la comunidad campesina, de las corporaciones, de los

arteles, etc., no los remplaza por otros? ¿Acaso la eronomía

mercantil no es ya un vínculo entre los productores,

establecido por el mercado"? [82]

El carácter antagónico, pleno de oscilaciones y

contradicciones, de este vínculo, no otorga derecho a negar

su existencia. Y sabemos que, precisamente, el desarrollo de las

contradicciones es el que pone def manifiesto, con vigor creciente, la

solidez de ese vínculo, obliga a los diferentes elementos y

clases de la sociedad a buscar la unión, no ya en los límites

estrechos de una comunidad o de un distrito, sino la unión de todos

los representantes de una misma clase en toda la nación y hasta

en diferentes Estados. Sólo un romántico puede, desde su punto

de vista reaccionario, negar la existencia de estos vínculos y su

profunda significación, que se basa en la comunidad del papel

desempeñado en la economía nacional y no en intereses

territoriales, profesionales, religiosos, etc. Y si semejante razonamiento le

ha valido el calificativo de romántico a Sismondi, quien

escribía en una época en que la existencia de estos nuevos

vínculos engendrados por el capitalismo se hallaba aún en

estado embrionario, nuestros populistas merecen con más razón

tal calificativo, puesto que en la actualidad, sólo personas

completamente ciegas pueden negar la enorme importancia de tales

vínculos.





En cuanto a la inseguridad e inestabilidad, etc., no es más que la

antigua cantilena de la que ya hemos hablado con motivo del mercado exterior.

En ataques de este género se revela también el romántico

que condena, temeroso, precisamente aquello que más aprecia en el

capitalismo la teoría científica: su tendencia, que le es

inherente, el desarrollo; su incontenible tendencia a progresar, la

imposibilidad de detenerse o de reproducir los procesos económicos en

las mismas proporciones que antes. Sólo un utopista que forja planes

fantásticos para hacer extensivas a toda la sociedad las uniones

medievales (como la comunidad rural) puede ignorar que "la inestabilidad" del

capitalismo es precisamente un inmenso factor de progreso que acelera el

desarrollo social, pues atrae a masas de la población, cada vez

más considerables, al torbellino de la vida social, las lleva a

reflexionar sobre el régimen que gobierna esa vida, las obliga a ser

ellas mismas "las forjadoras de su propia felicidad".





Las frases del señor N.-on sobre "la inestabilidad" de la

economía capitalista, sobre la falta de proporción en el

desarrollo del cambio, sobre la ruptura del equilibrio entre la industria y

la agricultura, entre la producción y el consumo, sobre la

anomalía de las crisis, etc., atestiguan de manera total que

aún comparte íntegramente el punto de vista del

romanticismo. Y por ello la crítica del romanticismo europeo

corresponde igualmente a su teoría, palabra por palabra. He

aquí la prueba:





"Escuchemos al viejo Boisguillebert:





"El precio de las mercancías-dice-debe ser siempre

proporcionado, porque sólo este acuerdo mutuo les da la

posibilidad en cada momento de ser nuevamente reproducidas [...] Como la

riqueza no es otra cosa que ese intercambio continuo entre hombre y hombre,

entre empresa y empresa, sería un terrible error buscar las causas de

la miseria en otra cosa que no fuera la interrupción de este

intercambio, a la que se llega por desviaciones de los precios

proporcionados".





Escuchemos también a un economista moderno[83] :





"Una gran ley que se debe aplicar a la producción es la de la

proporcionalidad [the law of proportion], que, sola, está en

condiciones de preservar la continuidad del valor [...] El equivalente debe

ser garantizado [...] Todas las naciones han intentado en diversas

épocas, mediante numerosas reglamentaciones y restricciones

comerciales, llevar a la práctica esta ley de la proporcionalidad,

siquiera en cierto grado. Mas el egoísmo inherente a la naturaleza

humana llevó las cosas a tal punto, que todo ese sistema de

regulación fue trastornado. Una producción proporcional

[proportionale production] es la realización de la verdadera

ciencia económico-social. (W. Atkinson, Principies of political

economy, London, 1840, págs. 170 y 195) [84] .





¡Futí Troja! [85]

Esta justa proporción entre la oferta y la demanda, que vuelve a ser

objeto de tantos buenos deseos, ha dejado de existir hace mucho. Se ha

convertido en una antigualla. Sólo fue posible en la época en

que eran limitados los medios de producción, y el cambio tenía

lugar dentro de límites muy restringidos. Con el nacimiento de la gran

industria esta justa proporción debía [musste]

desaparecer, y la producción tenía que pasar fatalmente, en una

sucesión perpetua, por las vicisitudes de prosperidad,

depresión, crisis, estancamiento, nueva prosperidad y así

sucesivamente.





Los que, como Sismondi, desean retornar a la justa proporcionalidad de la

producción y, al mismo tiempo, conservar las bases actuales de la

sociedad, son reaccionarios, puesto que para ser consecuentes deberían

aspirar también al (restablecimiento de las otras condiciones de la

industria de tiempos pasados.





¿Qué es lo que mantenía la producción en

proporciones justas, o casi justas? La demanda, que regía la oferta y

la precedía. La producción seguía paso a paso al

consumo. La gran industria, forzada por el propio carácter; de los

instrumentos de que dispone, a producir en una escala cada vez más

amplia, no puede aguardar la demanda. La producción precede al

consumo, la oferta fuerza la demanda.





"En la sociedad actual, en la industria basada en el cambio individual, la

anarquía de la producción, fuente de tanta miseria, es al mismo

tiempo la causa del progreso.





"Por eso, una de dos:





"o ustedes quieren las justas proporciones de siglos pasados con

los medios de producción de nuestra época, lo cual significa

ser a la vez reaccionario y utopista;





"o quieren el progreso sin anarquía: en ese caso, para conservar

las fuerzas productivas, es preciso renunciar al cambio individual." (Das

Elena der Philosophie, S. 46-48.)





Las últimas palabras se refieren a Proudhon, contra el cual

polemiza el autor, y expresan en consecuencia, la diferencia que separa sus

puntos de vista, tanto de los de Sismondi como de los de Proudhon. Por cierto

que el señor N.-on no ha llegado en todas sus concepciones ni

al uno ni al otro [86]. Pero

penétrese en el contenido de esta cita. ¿En qué consiste

la tesis fundamental del autor citado, la idea fundamental que lo ubica en

contradicción inconciliable con sus predecesores? Indiscutiblemente,

en que coloca la inestabilidad del capitalismo (comprobada por estos tres

escritores) sobre una base histórica y reconoce esta

inestabilidad como factor de progreso. En otras palabras: al decir que

el carácter mismo de los medios de producción (las

máquinas) provoca la tendencia ilimitada a la ampliación de la

producción y a la constante anticipación de la oferta a la

demanda, reconoce, en primer lugar, que el desarrollo capitalista actual, que

se efectúa a través de las desproporciones, crisis, etc., es

un desarrollo necesario. En segundo lugar, ve en ese desarrollo

elementos de progreso, consistentes en el desarrollo de las fuerzas

productivas, en la socialización del trabajo en toda la sociedad, en

el aumento de la movilidad y de la conciencia de la población, etc.

Con estos dos puntos queda agotada la diferencia que separa al autor de

Sismondi y de Proudhon, quienes coinciden con él en señalar "la

inestabilidad" y las contradicciones que ésta engendra, y en el

sincero deseo de eliminar dichas contradicciones. La incomprensión de

que esa "inestabilidad" es un rasgo necesario de todo capitalismo y de

la economía mercantil en general, los lleva a la utopía.

La incomprensión de los elementos de progreso inherentes a esa

inestabilidad, torna reaccionarias sus teorías[87].





Y ahora proponemos a los señores populistas que nos contesten la

siguiente pregunta: ¿comparte el señor N.-on la opinión

de la¡ teoría científica en lo que se refiere a los dos

puntos señalados? ¿Reconoce la inestabilidad como una propiedad

del régimen y del desarrollo actuales? ¿Reconoce los elementos

de progreso en esa inestabilidad? Todos saben que no; que el señor

N.-on, por el contrario, declara que esa "inestabilidad" del capitalismo es

una simple anormalidad, una desviación, etc.; la considera una

decadencia, una regresión (ver más arriba: " destruye la

estabilidad"); inclusive idealiza el estancamiento económico

(recuérdese: "los pilares seculares", "los principios santificados por

los siglos", etc.), cuya destrucción es precisamente el mérito

histórico del capitalismo "inestable". Por ello, es claro que

teníamos toda la razón cuando ubicamos a N.-on entre los

románticos, y que ninguna "cita" ni "referencia" de su parte modifica

ese carácter de sus propios razonamientos.





Más abajo nos detendremos una vez más en esa "

inestabilidad" (a propósito de la actitud hostil del romanticismo y

del populismo con respecto a la disminución de la población

rural en beneficio de la industria); por el momento citaremos un pasaje de

Crítica de algunas tesis de la economía política,

dedicado al análisis de los ataques sentimentales contra la

economía monetaria.





"Estos caracteres sociales determinados [el del vendedor y el del

comprador] no emanan del individuo en general, sino de las relaciones de

cambio entre los hombres que fabrican sus mercancías. Dichas

relaciones no son individuales por cuanto el comprador y el vendedor entran

en relación porque su trabajo no es individual y sólo porque

éste como trabajo individual se trasforma en dinero. Y por ello, es

también absurdo considerar estos caracteres económicos

burgueses de vendedor y comprador como formas sociales eternas de la

individualidad humana, ya que sería incorrecto deplorarlas como causa

de la destrucción de esa individualidad.





"El siguiente extracto del libro de Isaac Pereire: Legons sur

l'tndustrie et les finances, París, 1832 [88], muestra cómo, inclusive la forma más

superficial del antagonismo, que se manifiesta en la compra y en la venta,

lastima a las almas nobles. La circunstancia de que el mismo Isaac, en su

calidad de inventor y dictador del Crédit mobilier [89], haya adquirido la triste fama de lobo de la

Bolsa de París, es una muestra del contenido del libro citado,

además de la crítica sentimental de la economía. El

señor Pereire, en ese tiempo apóstol de Saint-Simon, dice:

'Debido a que los individuos se hallan aislarlos, separados los unos de los

otros, tanto en la producción romo en el consumo, existe entre ellos

el intercambio de los productos que fabrican. De la necesidad del cambio se

deriva la de determinar el valor relativo de los objetos. De esta manera, las

ideas del valor y del cambio se hallan vinculadas intimamente entre

sí, y en su forma actual las dos expresan el individualismo y el

antagonismo [...] Es posible determinar el valor de los productos sólo

porque existe venta v compra, o, en otras palabras: antagonismo entre

diferentes miembros de la sociedad. Corresponde preocuparse del precio, del

valor, sólo donde existe compra y venta; en una palabra: donde todo

individuo tiene una lucha para obtener los obietos que son necesarios

para el sostenimiento de su existencia" (obra citada, pág. 68).





Se preguntará: ¿en oué consiste, en este caso, el

sentimentalismo de Pereire? Éste habla sólo del

individualismo, del antagonismo, de la lucha, que son inherentes al

capitalismo; dice lo mismo oue en los más diversos tonos dicen

nuestros populistas y parecería que dijeran la verdad, poroue "el

individualismo, el antafonsimo y la lucha" son en verdad atributos

inevitables del cambio, de la economía, mercantil. El sentimentalismo

consiste en oue este partidario de Saint-Simon, llevado por su critica de las

contradicciones del capitalismo, no ve detrás de dichas

contradicciones el hecho de que el cambio también expresa

una forma especial de la economía, social y que, en

consecuencia, no sólo severa (esto es cierto sólo en

relación con las asociaciones medievales que el capitalismo destruye),

sino que también une a los hombres, obligándolos a

entrar en relaciones mutuas a través del mercado. [90]





Precisamente esta comprensión superficial, provocada por el

entusiasmo en "demoler" el capitalismo (desde el punto de vista

utópico), es la que ha dado motivo al autor citado para calificar

de sentimental la crítica de Pereire.





¿Mas qué nos importa Pereire, apóstol desde hace

mucho olvidado del no hace menos tiempo olvidado saintsimonismo? ¿No

sería mejor que nos refiriéramos al moderno "apóstol"

del populismo?





"La producción [...] ha perdido su carácter popular y

adquirió un carácter individual, capitalista" (el señor

N.-on, Reseñas, págs. 321-322).





Obsérvese cómo razona este romántico disfrazado: "la

producción popular adquirió un carácter individual". Y

como por " producción popular" el autor entiende la comunidad

rural[91], se trataría de la

decadencia del carácter social de la producción, de una

limitación de la forma social de la producción.





¿Es esto exacto? La "comunidad" organizaba (si es que lo

hacía; por lo demás estamos dispuestos a hacer toda clase

de concesiones al autor) la producción en el marco de cada comunidad

únicamente, la cual estaba aislada de todas las demás. El

carácter social de la producción abarcaba sólo a los

miembros de una comunidad [92]. El

capitalismo, en cambio, va confiriendo carácter social a la

producción en todo el Estado. "El individualismo" es la

destrucción de los vínculos sociales; pero el que las destruye

es el mercado, que crea en su lugar vínculos entre masas de

individuos no ligados por la comunidad, ni por el estamento, ni por la

profesión, ni por el estrecho distrito en que se ejerce el oficio,

etc. Los vínculos creados por el capitalismo se manifiestan en forma

de contradicciones y antagonismos; por esta razón nuestro

romántico no quiere verlos (aun cuando la comunidad, como

organización de producción, jamás existió sin

otras formas de contradicciones y antagonismos, inherentes a los viejos modos

de producción). Su punto de vista utópico hace que su

crítica del capitalismo sea una crítica sentimental.





 




II




EL CARÁCTER PEQUEÑOBURGUÉS DEL ROMANTICISMO




La idealización de la pequeña producción nos revela

otro rasgo característico de la crítica romántica y

populista: su carácter pequeñoburgués. Hemos

visto cómo el romántico francés y el romántico

ruso trasforman, de manera idéntica, la pequeña

producción en una "organización social", en una "forma de

producción", oponiéndola al capitalismo. Vimos

también que esta oposición nada encierra en sí misma,

salvo una comprensión muy superficial; aisla artificial y falsamente

una forma de la economía mercantil (el gran capital industrial), y la

condena, idealizando de manera utópica otra forma de la misma

economía mercantil (la pequeña producción). La

desgracia, tanto de los románticos europeos de comienzos del siglo xrx

como la de los románticos rusos de fines de siglo, consiste en que

inventan cierta pequeña explotación abstracta al margen de las

relaciones sociales de producción y pasan por alto un

insignificante detalle: que esa o^nueña explotación, la del

continente europeo de los años 1820-1830 ó la hacienda

campesina rusa de los años 1890-1900, existe, en realidad, en las

condiciones de la producción mercantil. En la práctica,

el pequeño productor ensalzado por los románticos y los

porjulistas no es más que un pequeño burgués que

se encuentra con las mismas relaciones contradictorias que los otros miembros

de la sociedad capitalista, y lucha como ellos para defenderse, cosa que, por

una parte, produce constantemente una pequeña minoría de

prandes burgueses y por otra arroja a la mayoría hacia las filas del

proletariado. En realidad, como cada uno lo ve y s^be, no existen productores

pequeños que no se encuentren entre estas dos clases

antagónicas; y esta posición intermedia condiciona

necesariamente el carácter específico de la pequeña

burguesía, su dualidad, su duplicidad, la atracción que ejerce

sobre ella la minoría que sale victoriosa de la lucha, su hostilidad

hacia los " fracasados", es decir, la mayoría. Cuanto más se

desarrolla la economía mercantil, tanto más intensa y

nítidamente se ponen de relieve esas condiciones, más claro se

torna el hecho de que la idealización de la pequeña

producción expresa sólo un punto de vista reaccionario,

pequeñoburgués.





No hay que engañarse en cuanto a la significación de estos

términos que el autor de la Crítica de algunas tesis de

economía política aplicaba precisamerte a Sismondi. Estos

términos no dicen, de manera alguna, que éste defendiese

a los pequeños burgueses retrógrados. No los defiende en

parte, alguna: quiere ubicarse en el punto de vista de las clases

laboriosas en general; expresa su simpatía por todos los

representantes de estas clases; se alegra, por ejemplo, con la

promulgación de una legislación del trabajo fabril; ataca al

capitalismo y señala sus contradicciones. En una palabra, su punto de

vista es idéntico al de los populistas actuales.





Pero entonces: ¿en qué se funda su caracterización de

pequeño burgués? Precisamente en que no comprende el

vínculo entre la pequeña producción (a la que idealiza)

y el gran capital (al que ataca). Precisamente en que no ve que su

favorito, el pequeño productor, el campesino, se va convirtiendo, en

la realidad, en un pequeño burgués. Nunca hay que olvidar la

siguiente aclaración que demuestra cómo las teorías de

diferentes escritores expresan los intereses y puntos de vista de diferentes

clases:





"No debe pensarse que por principio la pequeña burguesía

aspira a hacer triunfar sus intereses egoístas de clase. Por el

contrario, cree que las condiciones especíales de su

emancipación son las condiciones generales, las únicas

que pueden salvar a la sociedad moderna y evitar la lucha de clases. Tampoco

debe creerse que todos los representantes de la democracia son tenderos o

gente que se entusiasma con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de

éstos, por su cultura y su posición individual. Lo que los hace

representantes de la pequeña burguesía es que, en cuanto a

mentalidad, no van más allá de los límites que les

impone el sistema de vida; que, por lo tanto, se ven teóricamente

impulsados hacia los mismos problemas y las mismas soluciones que impulsan a

aquéllos en la práctica: el interés material y la

situación social. Tal es, en general, la relación que media

entre los representantes políticos y literarios de una clase, y

la clase por ellos representada" (C. Marx: El dieciocho brumario de Luis

Bonaparte, traducido por Bazárov y Stepánov, págs.

179-180) [93].





Por ello resultan muy cómicos aquellos populistas que creen que

cuando se señala su carácter pequeñoburgués, es

sólo con el objeto de decir algo especialmente ponzoñoso, que

no se trata más que de un procedimiento polémico. Esta actitud

muestra que no comprenden las ideas generales de sus adversarios, y sobre

todo no comprenden los fundamentos mismos de esa crítica del

capitalismo, con la cual todos ellos "están de acuerdo", y su

diferencia de la crítica sentimental y pequeñoburguesa. Por

sí sola, esa bien marcada tendencia de los populistas, de soslayar el

problema mismo de estas dos formas de crítica, de su existencia en

Europa occidental, de la actitud que adoptan hacia la crítica

científica, muestra con claridad por qué los populistas

no quieren comprender esta diferencia[94].





Ilustremos lo expuesto mediante un ejemplo. En la parte

bibliográfica de la revista Rússkaia Misl [95] de 1896, núm. 5 (págs. 229 y

sigs.), leemos que "en los últimos tiempos apareció y crece con

sorprendente velocidad un grupo" entre la intelectualidad que, en principio,

es absolutamente hostil al populismo. El señor crítico

señala en pocas palabras las causas y el carácter de esa

hostilidad, y no se puede dejar de advertir, con reconocimiento, que expone

con suma fidelidad la esencia de ese punto de vista hostil al

populismo[96] . El señor

crítico no comparte ese punto de vista. No comprende que las ideas

sobre los intereses de clase, etc., puedan obligarnos a negar "los ideales

populares" "( simplemente populares, y no populistas": ibid.,

pág. 229), que consistirían en el bienestar, la libertad, la

conciencia del campesinado, o sea, de la mayoría de la

población.





"Seguramente se nos objetará-dice el señor crítico-,

como se ha objetado a otros, que los ideales de un autor campesino [se

trataba de ciertos deseos expresados por un campesino] son ideales

pequeñoburgueses, y que por ello nuestra literatura, hasta ahora, ha

expresado y defendido los intereses de la pequeña burguesía.

Pero esto no es más que un espantajo, ¿y a quién si no a

aquellos que tienen el horizonte y¡ el nivel intelectual de la esposa

de un comerciante de Zamoskvoréchie[97] se puede asustar con semejante espantajo... ?"





¡Está dicho con energía! Pero sigamos más

adelante:





"... El criterio básico, tanto de las condiciones de convivencia

social del hombre, como de las medidas sociales concientes, no consiste en

categorías económicas, sobre todo, copiadas de países

ajenos y formadas en otras circunstancias, sino en la felicidad y el

bienestar material y espiritual de la mayoría de la población.

Y si tal forma de vida y tales medidas destinadas a sostenerla y a

desarrollarla conducen a esa felicidad, pueden ustedes llamarlas

pequeñoburguesas, o de cualquier otra manera; las cosas no

cambiarán por ello: esta forma de vida y estas medidas serán, a

pesar de todo, esencialmente progresistas, y por eso mismo

representarán el supremo ideal accesible a la sociedad en las

condiciones y en el estado en que se encuentra" (ib., págs.

229-230; la cursiva es del autor).





¿No ve acaso el señor crítico que en su entusiasmo

polémico ha saltado por encima del problema?





Después de declarar con toda severidad que acusar al populismo de

ser pequeñoburgués es simplemente agitar un " espantajo", no

aporta ninguna prueba en apoyo de esta afirmación salvo la siguiente

tesis increíblemente sorprendente: "El criterio [...] no consiste en

categorías económicas, sino en la felicidad de la

mayoría". ¡Y esto es como si se dijese: el criterio del tiempo

no consiste en las observaciones meteorológicas, sino en lo que siente

la mayoría! ¿Y qué son-cabe la pregunta-esas

"categorías económicas", sino una formulación

científica de las condiciones económicas y de vida de la

población, no de "la población" en general, sino de

determinados grupos de la misma, que ocupan determinado lugar en el

régimen existente de la economía social? Al contraponer

a "las categorías económicas" la tesis, que no puede ser

más abstracta, sobre "la felicidad de la mayoría", el

señor crítico borra sencillamente toda la evolución de

la ciencia social, desde fines del siglo pasado, y vuelve a la ingenua

especulación racionalista que ignora la existencia de relaciones

sociales determinadas y su desarrollo. [De un solo plumazo borra todo lo

valioso que obtuvo el pensamiento humano, al precio de búsquedas

seculares, al esforzarse por comprender los fenómenos sociales!

Y habiéndose desembarazado así de todo batraje

científico, el señor crítico no considera remedio el

problema. En efecto, concluve así: "Si tal régimen [...]

lleva a esa felicidad, cualquiera sea el nombre qué se le dé,

las cosas no cambiarán por ello". iNo faltaba más! La

cuestión es justamente saber cuál es ese régimen.

Pero si el pror>io autor acaba de señalar que contra los hombres

que veían en la economía campesina un régimen especial

"(producción popular". o romo se quiera) se han opuesto otros que

afirman que no "p trataba de un régimen especial, sino de un

régimen peaueñoburgués de los comunes, semejante

al de toda pequeña producción rn un país de

economía mercantil y de capitalismo. Y si de la nrimera

concepción surge automáticamente que "ese régimen" "(la

producción popular") 'lleva a la felicidad", de la segunda

rnncepción surge, también automáticamente, que "ese

régimen" (el pequeñoburgués) lleva al capitalismo, y a

ninguna otra cosa; arroja "a la mayoría de la población" a las

filas del proletariado v convierte a la minoría en burguesía

rural (o industrial). ¿No es evidente que el señor

crítico ha disparado al aire y, bajo los efectos de la

detonación, aceptó como probado lo que niega la segunda

concepción, tan despiadadamente motejada de "simple espantajo"?





Si hubiera querido analizar con seriedad la segunda concepción, es

evidente que habría tenido que probar, de dos cosas, una: que la

"pequeña burguesía" es una categoría científica

incorrecta, que es posible imaginarse el capitalismo y la economía

mercantil de la pequeña burguesía (como lo hacen los

señores populistas, retornando enteramente al punto de vista de

Sismondi); o que esa categoría es inaplicable a Rusia, es

decir, que en nuestro país no hay capitalismo, ni dominio de la

economía mercantil; que los pequeños productores no se

trasforman en productores de mercancías; que en su medio no tiene

lugar el proceso señalado, por lo cual la mayoría se vuelca al

proletariado y se afirma "la independencia" de la minoría. Al ver que

atribuye la comprobación del carácter

pequeñoburgués del populismo a un frivolo deseo de "ofender" a

los señores populistas, y al leer en seguida la frase citada sobre el

"espantajo"', recordamos involuntariamente la famosa sentencia: "¡Por

favor, Kit Kítich! ¿Quién podría ofenderlo?

¡Usted mismo ofendería a cualquiera!" [98]





 




III




DEL CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN INDUSTRIAL A EXPENSAS DE LA

AGRÍCOLA




Retornemos ahora a Sismondi. Al lado de la idealización de la

pequeña burguesía, de la incomprensión romántica

de cómo el "campesinado" va trasformándose en pequeña

burguesía, en las condiciones del actual régimen social de

economía, sostiene una opinión muy característica sobre

la disminución de la población agrícola en provecho de

la industrial. Se sabe que este fenómeno, una de las manifestaciones

de mayor relieve del desarrollo capitalista de un país, se observa en

todos los países civilizados, y por consiguiente también en

Rusia [100].





Como eminente economista de su tiempo, Sismondi, por supuesto, no

podía dejar de ver este hecho. Lo comprueba abiertamente, pero no

comprende en absoluto su ligazón necesaria con el desarrollo del

capitalismo (aun lo más general: con la división del trabajo

social v con su consecuencia, el crecimiento de la economía

mercantil), condena sin más ni más ese fenómeno,

al que sólo considera un defecto del "sistema".





Luego de señalar los inmensos progresos de la agricultura inglesa,

Sismondi dice:





"Después de haber admirado esos campos tan cuidados, hay que

analizar la población que los labra; es menos de la mitad de la que

habría en Francia sobre territorio igual. A los ojos de algunos

economistas esto es un beneficio; a los míos es una pérdida"

(I, 239).





Se comprende por qué los ideólogos burgueses consideraban un

beneficio dicho fenómeno ( veremos inmediatamente que la

crítica científica del capitalismo tiene la misma

opinión ) : de esa manera formulaban ellos el aumento de la riqueza

burguesa, del comercio y de la industria. Al apresurarse a condenar el

hecho, Sismondi olvida pensar en sus causas.





"En Francia y en Italia-dice-, donde, según los cálculos,

las cuatro quintas partes de la población pertenecen a la clase

agrícola, esas cuatro quintas partes del pueblo se alimentarán

del cereal nacional, sea cual fuere el precio del cereal extranjero"

(I, 264). Fuit Troja!, podría decirse al respecto. En la

actualidad ya no existen países ( aun los más agrícolas

) que no se encuentren en completa dependencia de los precios del

cereal, es decir, de la producción capitalista mundial de

cereales.





"Si una nación no puede aumentar su población comercial sin

exigir de cada uno mayor cantidad de trabajo por el mismo salario, tiene que

temer el crecimiento de su población industrial" (I, 322). El lector

puede ver que no son más que consejos bienintencionados, que carecen

de todo sentido y significado, puesto que aquí el concepto de

"nación" hace abstracción artificial de las contradicciones

entre las clases que forman dicha "nación". Como siempre, Sismondi

trata sencillamente de eludir estas contradicciones, para lo cual

expresa; el inocente deseo ... de que tales contradicciones no existan.





"En Inglaterra, la agricultura ocupa sólo a 770.199 familias; el

comercio y la industria, a 959.632; y las demás capas de la sociedad,

a 413.316. Una parte tan grande de la población nutrida por la riqueza

comercial, sobre un total de 2.143.147 familias ó 10.150.615 personas,

es verdaderamente horrorosa [effrayanté]. Afortunadamente,

Francia está aún muy lejos de tener una cantidad tan enorme de

obreros cuya subsistencia dependa de los éxitos en mercados distantes"

(I, 434). Aquí Sismondi hasta parece haberse olvidado de que esa

"felicidad" depende sólo del atraso del desarrollo capitalista de

Francia.





Al describir los cambios "deseables", en el régimen actual (sobre

ellos hablaremos más abajo), Sismondi señala que el resultado

de las reformas al gusto romántico sería, sin duda, que

más de un país que vive sólo de la industria

vería cerrar muchos talleres, uno tras otro, y que la población

de las ciudades, que había crecido en forma desmedida,

disminuiría rápidamente, mientras que las poblaciones rurales

volverían a crecer" (II, 367).





¡En este ejemplo se pone de manifiesto con relieve particular la

debilidad de la crítica, sentimental del capitalismo y el despecho

impotente del pequeñoburgués! Sismondi se queja [101] simplemente de que los asuntos marchan

de ésta y no de otra manera. Su pesar con motivo de la

destrucción del edén de la estupidez y del embrutecimiento

patriarcal de la población rural es tan grande, que nuestro economista

ni siquiera analiza las causas del fenómeno. Pierde por eso de vista

que el aumento de la población industrial se halla necesaria e

indisolublemente ligado con la economía mercantil y el capitalismo. La

economía mercantil va desarrollándose en la medida en que se

desarrolla la división social del trabajo. Y esta división del

trabajo consiste precisamente en que una rama de la industria tras otra, una

manera de elaboración de la materia prima tras otra, se

desprende de la agricultura y se tornan independientes, formando, por

ende, la población industrial. Por ello, razonar sobre la

economía mercantil y el capitalismo, sin tomar en consideración

la ley del crecimiento relativo de la población industrial significa

no tener la menor idea de las propiedades esenciales del

régimen existente de economía social.





"Es propio del modo capitalista de producción que la

población agrícola disminuya constantemente en relación

con la no agrícola, porque en la industria (en el sentido estricto) el

crecimiento del capital constante con respecto al variable va unido al

aumento absoluto de este último, no obstante su disminución

relativa [102]. Mientras tanto en la

agricultura disminuye en términos absolutos el capital variable

necesario para la explotación de determinada porción de tierra;

en consecuencia, dicho capital puede aumentar a medida que se pongan en

explotación nuevas tierras [103], lo cual presupone, a su vez, un crecimiento mayor aún

de la población no agrícola" (III, 2, 177). [104]





También en este sentido el punto de vista de la teoría

moderna diverge diametralmente del romanticismo y sus quejas sentimentales.

Al comprenderse la necesidad de un fenómeno, se produce, como es

natural, una actitud en todo sentido distinta y se lo puede apreciar en sus

diferentes aspectos. El fenómeno que nos ocupa es precisamente una de

las contradicciones más profundas y generales del régimen

capitalista. La separación de la ciudad y el campo, su antagonismo y

la explotación del campo por la ciudad, que en todas partes son los

acompañantes del capitalismo cuando se desarrolla, constituyen un

producto inevitable del predominio de "la riqueza comercial" (para usar la

expresión de Sismondi) sobre "la riqueza territorial"

(agrícola). Debido a ello, el predominio de la ciudad sobre el campo

(en el sentido económico, político, intelectual y cualquier

otro) es un fenómeno general e inevitable en todos los países

con producción mercantil y capitalista, incluida Rusia y sólo

pueden deplorarlo los románticos sentimentales. La teoría

científica, por el contrario, señala el lado progremta

que el gran capital industrial aporta a esta contradicción. "Junto con

la preponderancia siempre creciente de la población urbana, que

aglutina la producción capitalista en los grandes centros, [...]

acumula la fuerza histórica motriz que hace avanzar la sociedad"

[105] (üie gescluchtlicbe

Bewegungskraft der Gessettschaff) [106]. Si el predominio de la ciudad es necesario, sólo el

aflujo de la población hacia ella puede paralizar (y está

paralizando, en efecto, tomo lo prueba la historia) el carácter

unilateral de dicho predominio. Si la ciudad se coloca inevitablemente en

situación privilegiada, dejando al campo en estado de

subordinación, de aplastamiento, sin desarrollo e inerme, sólo

la afluencia de la población rural hacia las ciudades, sólo la

mezcla y la fusión de las poblaciones agrícola y no

agrícola, puede sacar a la población rural de su impotencia.

Por ello, en respuesta a las quejas y lamentaciones reaccionarias de los

románticos, la teoría moderna señala cómo

precisamente esta aproximación de las condiciones de vida de las

poblaciones agrícola y no agrícola va creando las condiciones

para la eliminación del antagonismo entre la ciudad y el campo.





Se preguntará ahora: ¿cuál es el punto de vista de

nuestros economistas-populistas en esta cuestión? Sin duda alguna, el

sentimental-romántico. No sólo no comprenden la

necesidad del crecimiento de la población industrial en el

régimen actual de economía social, sino que hasta procuran

no ver el fenómeno mismo, imitando a ciertas aves que ante el

peligro ocultan la cabeza debajo del ala. Como era de esperar, quedaron sin

réplica las observaciones de P. Struve, que señalaban que en

los razonamientos del señor N.-on sobre el capitalismo la

afirmación de que el capital variable disminuye de manera absoluta

(Notas críticas, pág. 225) es un grueso error; y que es

absurdo oponer Rusia a Occidente, invocando el menor porcentaje de la

población industrial, sin tomar en cuenta el aumento de esa

proporción debido al desarrollo del capitalismo [107]. (Sozialpolitisches CentralWatt,

1893,núm. 1 [108]). Los

economistas-populistas que hablan constantemente de las particularidades de

Rusia, ni siquiera supieron plantear la mejor de las particularidades

reales de la formación de una población industrial en

Rusia[109], que hemos señalado

brevemente más arriba. Tal es la posición teórica

de los populistas en esta cuestión. Sin embargo, en los hechos, al

referirse a la situación de los campesinos después de la

Reforma, éstos, a quienes no les molestan las dudas de carácter

teórico, reconocen la emigración de los campesinos desalojados

de la agricultura hacia las ciudades y centros fabriles, limitándose

sólo a deplorar el hecho, como lo deploró

Sismondi [110]. El profundo proceso

de trasformación de las condiciones de vida de la masa de la

población, que se produjo en Rusia después de la

Reforma-proceso que asestó los primeros golpes al carácter

sedentario del campesinado y a su arraigamiento en el lugar, haciendo posible

que se desplazara y acercando a los trabajadores agrícolas a los no

agrícolas, a los trabajadores rurales a los urbanos[111] -, quedó totalmente inadvertido por los

populistas, tanto en su significación económica, como (y esto

es quizá más importante) en su significación moral y

educativa; no fue más que vm pretexto para suspiros sentimentales y

románticos.





 




IV




LAS ASPIRACIONES PRACTICAS DEL ROMANTICISMO




Procuraremos ahora sintetizar las ideas de Sismondi sobre el capitalismo

(tarea que, como recordará el lector, también se había

planteado Efrussi) y analizar el programa práctico del

romanticismo.





Vimos que el mérito de Sismondi fue haber sido uno de los primeros

en señalar las contradicciones del capitalismo. Sin embargo,

lejos de intentar analizarlas y explicar su origen, desarrollo y tendencia,

llegó a considerarlas desviaciones de lo normal, antinaturales o

erróneas. Combatía ingenuamente tales "desviaciones" con

sentencias, acusaciones, consejos de eliminarlas, etc., como si estas

contradicciones no expresaran los intereses reales de grupos reales de

la población, que ocupan un lugar bien definido en el conjunto del

régimen de la economía social actual. Este es el rasgo

más saliente del romanticismo: tomar la contradicción de

intereses (profundamente enraizada en el régimen mismo de la

economía social) por la contradicción o el error de una

doctrina, de un sistema, inclusive de las medidas tomadas, etc. El estrecho

horizonte del Kleinbürger [112] que se halla al margen de las contradicciones ya

desarrolladas y ocupa una posición intermedia, de transición

entre dos antípodas, se une aquí a un ingenuo idealismo -casi

estamos por decir al burocratismo-que explica el régimen social por

las opiniones de los hombres (en especial de las autoridades), y no a la

inversa. Vayan algunos ejemplos de semejantes razonamientos de Sismondi.





"Al olvidar a los hombres en aras de las cosas, ¿Inglaterra no

habrá sacrificado el fin en aras de los medios?





"El ejemplo de Inglaterra es tanto más sorprendente, pues se trata

de una nación libre, ilustrada, bien gobernada, y todos sus males

provienen de haber seguido una orientación económica

falsa" (I, p. IX). Para Sismondi, Inglaterra desempeña en

general el papel de ejemplo destinado a atemorizar al continente, exactamente

como nuestros románticos, que se imaginan estar dando algo nuevo y

sólo dan trastos viejos.





"Al llamar la atención de mis lectores sobre Inglaterra, he querido

mostrar [... ] la historia de nuestro propio futuro, si continuamos

procediendo según los principios que ella ha seguido" (I, pág.

XVI).





"...Los países del continente consideran necesario seguir a

Inglaterra en su carrera manufacturera" (II, 330). "No hav espectáculo

más sornrendente, más espantoso, que el que ofrece Inglaterra"

(II, 332).[113]





"No hay que olvidar que la riqueza es sólo aquello que representa

cosas agradables [n'est que la representaron] y comodidades para la

vida [¡la riqueza burguesa es sustituida anuí por la riqueza en

general!], y crear una riqueza artificial, condenando a la nación a

todo lo que constituve realmente la pobreza y el padecimiento, significa

tomar el objeto por su esencia" (preñare le mot pour la dhose)

(I, 379).





"...Mientras las naciones seguían sólo las indicaciones [

órdenes, indications] de la naturaleza y aprovechaban sus

ventajas de clima, de suelo, de situación, de posesión de

materias primas, no se colocaban en una posición antinatural [une

position forcee]; no buscaban una riqueza aparente [une opulence

apparente] que se trasforma, para la masa del pueblo, en pobreza real"

(I, 411). ¡¡La riqueza burguesa no es más qce aparente!!

"Es peligroso para una nación cerrar sus puertas al comercio exterior:

de esa manera se la fuerza, por decirlo así [en quelque sorte], a

una falsa actividad que ha de llevarla a la ruina" (I, 448). [114]





"...En el salario hay una parte necesaria que debe mantener la vida, el

vigor y la salud de aquellos que lo reciben [... ] ¡Guay del gobierno

que toque esta parte!; sacrifica todo [on sacrífie tout

ensemble], los hombres y la esperanza de futura riqueza [...]. Esta

diferencia nos hace comprender hasta qué punto es falsa la

política de los gobiernos que han reducido a las clases obreras al

solo salario necesario para aumentar las rentas netas de los fabricantes, de

los mercaderes y de los propietarios" (II, 169).[115]





"Ha llegado finalmente el momento de preguntar: ¿adonde vamos?

(où l'on veut aller)" (II, 328).





"Su separación [precisamente de la clase de los propietarios y la

clase de los trabajadores], la oposición de sus intereses, es la

consecuencia de la organización artificial que hemos dado a la

sociedad humana [...]. El orden natural del progreso social no tendía,

de manera alguna, a separar a los hombres de las cosas, o la riqueza del

trabajo; en el campo, el propietario podía seguir siendo agricultor;

en la ciudad, el capitalista podía seguir siendo artesano

[artisan<(i>]; la separación de la clase trabajadora y la de

los holgazanes no era de ninguna manera esencial para la existencia de la

sociedad o para la producción; la hemos introducido para mayor ventaja

de todos; y de nosotros depende [il nous appartient] regularizarla con el

fin de conseguir realmente esa ventaja" (11,348).





"Al colocar de esta manera a los productores [es decir, a los patronos y a

los obreros] en oposición mutua, se los obligó a marchar por un

camino diametralmente opuesto a los intereses de la sociedad [...]. En

esa lucha permanente por hacer bajar los salarios, el interés social,

del que no obstante cada uno es partícipe, es olvidado por todos" (II,

359-360). Y un poco antes habíamos encontrado también el

siguiente recuerdo de los caminos legados por la historia: "En el comienzo de

la vida social todo hombre posee un capital sobre el cual se ejerce su

trabajo y casi todos los artesanos viven de una renta que se forma por igual

de beneficio y de salario" (II, 359). [116]





Pensamos que es suficiente ya... Se puede tener la seguridad de que un

lector que no conoce a Sismondi ni al señor N.-on se verá en

dificultades para decir cuál de los dos románticos, el que es

citado en el texto o el citado en la nota, se ubica en un punto de vista

más primitivo e ingenuo.





Esto es enteramente válido también para las aspiraciones

prácticas de Sismondi, a las que tanto lugar dedicó en su

Nouveaux Principes.





Nuestra diferencia con A. Smith-dice Sismondi desde el primer libro de su

obra-consiste en que "nosotros reclamamos casi siempre esta

intervención del gobierno que A. Smith rechazaba" (I, 52). "El Estado

no enmienda la distribución [...]" (I, 80). "El legislador

podría acordar al pobre algunas garantías contra la competencia

general" (I, 81). "La producción debería ser proporcional a la

renta social, y los que incitan a una producción ilimitada sin

preocuparse por esta renta, están empujando la nación a su

ruina creyendo abrirle el camino de las riquezas" (le chemin des

richesses) (I, 82). "Cuando el progreso de la riqueza es gradual

[gradué], cuando es proporcional consigo mismo, cuando ninguna

de sus partes se desarrolla con exagerada rapidez, entonces extiende el

bienestar general [...]. "Quizá la obligación de los gobiernos

consista en hacer más pausado [ralentirü] ese movimiento,

con el fin de regularizarlo" (I, 409-410).





¡Sismondi no tiene ni la menor idea sobre la enorme importancia

histórica que posee el desarrollo de las fuerzas productivas de la

sociedad, que se efectúa precisamente a través de

contradicciones y desproporciones!





"Si el gobierno ejerce sobre la tendencia a la riqueza una acción

reguladora y moderadora, puede resultar infinitamente benéfico" (I,

413). "Ciertas reglamentaciones del comercio, condenadas hoy en día

por la opinión general, si merecen su condena como estímulo a

la producción, pueden tal vez ser justificadas en calidad de freno"

(1, 415).





Ya en estos razonamientos se ve en Sismondi una sorprendente falta de

tacto histórico: no tiene ni la menor idea de que todo el sentido

histórico del período en que él vivía

consistía en liberarse de las reglamentaciones medievales. No se da

cuenta que sus razonamientos no hacen más que llevar agua al molino de

los defensores del anclen regime [117], que eran tan poderosos entonces, inclusive en Francia, sin

hablar ya de otros Estados de la parte occidental del continente europeo,

donde gobernaban.[118]





Así, pues, el punto de partida de las aspiraciones prácticas

de Sismondi es la tutela, la traba, la reglamentación.





Esto emana, natural y necesariamente, del conjunto de sus ideas. Sismondi

vivió en la época en que la gran industria mecanizada daba sus

primeros pasos en el continente de Europa; en la época en que bajo la

influencia de las máquinas comenzaba aquella brusca y radical

trasformación de todas las relaciones sociales (nótese bien:

precisamente bajo la influencia de la industria mecanizada, y no del

"capitalismo" en general) [119],

trasformación que se ha llamado en la ciencia económica,

industrial revolution ( revolución industrial). He ahí

cómo la caracteriza uno de los primeros economistas que supo valorar

toda la profundidad de una revolución que creó las actuales

sociedades europeas en lugar de las sociedades patriarcales

semimedievales:





"... la historia de la industria inglesa en el curso de los últimos

sesenta años [escrito en 1844] no tiene otra igual en los anales de la

humanidad. Sesenta u ochenta años atrás Inglaterra era un

país como todos los demás, con pequeñas ciudades, una

industria poco desarrollada y simple y una esparcida pero, en

proporción, gran población agrícola; ahora es un

país como ningún otro, con una capital de 2.500.000

habitantes, con ciudades industriales inmensas, con una industria que provee

a todo el mundo y que hace casi todo con máquinas complicadas, con una

sagaz, inteligente y densa población, de la cual los dos tercios

están ocupados en la industria y el comercio, y que está

compuesta de clases totalmente diversas; que forma una nación nueva,

con otras costumbres y otras necesidades que las del pasado. La

revolución industrial tiene para Inglaterra el mismo significado que

la revolución política para Francia y la filosófica para

Alemania, y el contraste entre la Inglaterra de 1760 y la de 1844 es tan

grande como el de la Francia del acien régme y la Francia de la

revolución de julio".[120]





Era la ruptura más completa de todas las viejas y arraigadas

relaciones, cuya base económica era la pequeña

producción. Se comprende que Sismondi, con sus concepciones

reaccionarias, pequeñoburguesas, no haya podido entender el

significado de esa "ruptura". Se comprende que ante todo y por encima de

todo, desease, invitase, clamase y exigiese "impedir esa ruptura". [121]





¿De qué manera "impedir esa ruptura"? Se sobrentiende que,

en primer lugar, favoreciendo la producción popular... o sea "

patriarcal", al campesinado y a la pequeña agricultura en general.

Sismondi dedica un capítulo entero (II, VII, ch-VIII) a estudiar

"cómo el gobierno debe defender a la población de las

consecuencias de la competencia".





"Con respecto a la población agrícola, la tarea general del

gobierno consiste en asegurar a los trabajadores [á ceux quí

travailtent] una parte de la propiedad, o en sostener

[favoríser] la explotación que hemos denominado

patriarcal, con preferencia a todas las otras" (II, 340).





"Un estatuto de Isabel, que rio fue observado, prohibe edificar en

Inglaterra una choza [cottage] sin haberle concedido al menos un,

terreno de cuatro acres. Si se hubiera cumplido esta ley, no habría

podido celebrarse una sola boda entre jornaleros, sin que hubiesen recibido

su cottage, y ningún cottager habría sido

reducido al último grado de miseria. Esto habría sido un paso

hacia adelante [c'est quelque chose], pero aun insuficiente; con el

clima de Inglaterra, una población campesina viviría en la

indigencia con 4 acres por familia. En la actualidad, los cottagers en

Inglaterra no poseen, en su mayor parte, más que de 1,5 a 2 acres de

tierra, por los que pagan un arriendo bastante elevado [...]. Habría

que obligar por ley [...] al terrateniente cuando subdivide su campo entre

varios cottagers, a dar a cada uno una cantidad suficiente de tierra

para que pueda vivir" (II, 342-343).[122]





El lector ve que las aspiraciones del romanticismo son completamente

idénticas a las aspiraciones y programas de los populistas:

están elaborados por igual sobre el desconocimiento del desarrollo

económico real y sobre la tentativa absurda de hacer revivir en

la época de la gran industria mecanizada, de competencia encarnizada y

de lucha apasionada de intereses, condiciones paIriarcalr- qup sor" las

mismas de los tiempos más remotos.





 




V




CARÁCTER REACCIONARIO DEL ROMANTICISMO




Se comprende que Sismondi no podía ignorar la tendencia real

del desarrollo. Por eso, al exigir "que sea estimulada la peoueña

agricultura" (II, 355), dice explícitamente que convendría "dar

a la economía rural una orientación diametralmente opuesta a Ja

que está siguiendo en Inglaterra en la actualidad" (II, 354- 355).

[123]





"Afortunadamente, Inglaterra posee el medio para hacer mucho en favor de

sus pobres rurales, dividiendo entre ellos sus inmensos terrenos comunales

(ses immenses commtmaux) [...] Si estas tierras comunales fueran

divididas en lotes libres (en propriétés franches) de 20

a 30 acres cada uno, ellos (los ingleses) verían renacer aquella

independiente y altiva clase de colonos, aquella yeomanry de cuya

destrucción casi completa se lamentan ahora" (II, 357-358).





"Los planes" del romanticismo se presentan como de muy fácil

realización, precisamente debido a ese desconocimiento de los

intereses reales que constituye la esencia del romanticismo. "Semejante

proposición [la distribución de pequeños lotes de tierra

a los jornaleros, cuyo mantenimiento quedaría a cargo de los grandes

propietarios], quizá subleve a los grandes terratenientes que en la

actualidad son los únicos que ejercen en Inglaterra el poder

legislativo; mas, no obstante, esa medida es justa [...]. Los grandes

terratenientes, y sólo ellos, tienen necesidad de jornaleros; ellos

los han creado, que ellos los mantengan" (II, 357).





No causarán asombro estas ingenuidades escritas a comienzos de

siglo; la "teoría" tan primitiva del romanticismo corresponde al

estado primitivo del capitalismo, el cual ha condicionado ese punto de vista,

igualmente primitivo. En esa época existía aún

concordancia entre el desarrollo real del capitalismo, su comprensión

teórica y la manera de encararlo, y Sismondi, en todo caso, se

presenta como escritor consecuente y fiel a sí mismo.





"Ya hemos señalado-dice-la protección que en otro tiempo

encontraba esta clase (la de los artesanos) en el establecimiento de los

gremios y las corporaciones [des júremeles et des

maítrises] [... ] No se trata de volver a establecer esa

organización extraña y opresora [...]. Pero el legislador debe

proponerse ante todo elevar la remuneración del trabajo industrial,

sacar a los jornaleros de la situación inestable

(précaire) en que viven v, por último, hacerles

más fácil la posibilidad de adquirir lo que ellos denominan una

posición [124] [un

état] [... ] En la actualidad, los obreros nacen y mueren obreros,

mientras que antes la situación del obrero no era más que una

preparación, el primer escalón para llegar a una

situación más elevada. Y es precisamente esa posibilidad de ir

elevándose (cette faculté progresíive) la que es

importante restablecer. Hay que proceder de manera que los patronos tengan

interés en hacer pasar a sus obreros a una posición más

elevada; es necesario que el hombre que ingresa en una manufactura comience,

en efecto, a trabajar simplemente por un salario, pero qtie tenga siempre

ante sí la esperanza de obtener, por su buena conducta, una parte de

las ganancias de la empresa" (II, 344-345).





¡Sería difícil expresar con mayor claridad el punto de

vista del pequeño burgués! Los gremios, ése es el ideal

de Sismondi; y la salvedad que hace con respecto a no restablecerlos

sólo significa, evidentemente, que correspondería retomar el

principio, la idea del gremio (tal como los populistas quieren retomar el

principio, la idea de la comunidad, y no esta forma de asociación

fiscal que actualmente se denomina comunidad), y dejar de lado sus

deformaciones medievales. El plan de Sismondi era absurdo, no porque

defendiese los gremios en su integridad y quisiera revivirlos integralmente;

no se planteaba semejante tarea. El absurdo consiste en que tomaba por modelo

la asociación surgida de la necesidad limitada, primitiva, que

sentían de unirse los artesanos de una misma localidad, y

quería aplicar esta forma, este modelo, a la sociedad capitalista en

la que aparece, como elemento unificador, socializador, la gran industria

mecanizada, que rompe las trabas medievales y borra las diferencias locales,

regionales y profesionales. Aceptando la necesidad de la asociación,

de la unión en general, en una u otra forma, el romántico toma

como modelo una asociación que responde a las estrechas necesidades de

unión en una sociedad patriarcal e inmóvil, y quiere aplicarla

a una sociedad completamente trasformada, con una población

móvil, en la cual es un hecho la socialización del trabajo, no

sólo en los marcos de una comunidad o de una corporación, sino

en la escala de todo el Estado y hasta más allá de los

límites de un solo Estado. [125]





Este error es el que valió al romántico la

calificación de reaccionarlo; por supuesto, con este

término no se entiende el deseo de restablecer simplemente las

instituciones medievales, sino la tentativa de aplicar a la nueva sociedad el

antiguo rasero patriarcal, el deseo de buscar un modelo en los viejos

regímenes y tradiciones, que no corresponden en absoluto a las

condiciones económicas modificadas.





Esta circunstancia es la que Efrussi no comprendió del todo. La

caracterización de la teoría de Sismondi como reaccionaria fue

tomada por él, en su sentido grosero, vulgar. Efrussi quedó

perplejo ... ¿Cómo es posible?-razona-, ¿qué

clase de reaccionario es Sismondi, si dice directamente que no quiere de modo

alguno restablecer los gremios? Y Efrussi concluye que es injusto "acusar" a

Sismondi de "retrógrado"; que, por el contrario, tenía "un

punto de vista correcto sobre la organización gremial y supo apreciar

toda su importancia histórica" (núm. 7, pág. 147), como,

según él, se ha establecido en las investigaciones

históricas de tales y cuales profesores sobre los lados buenos de la

mencionada organización.





¡Los escritores quasi [126] sabios tienen a veces la sorprendente cualidad de no ver el

bosque detrás de los árboles! La opinión de Sismondi

sobre los gremios es característica e importante, precisamente porque

vincula a la misma sus aspiraciones concretas [127]. Y por eso su doctrina es caracterizada como

reaccionaria,. ¡Y pensar que Efrussi se dedica a comentar, sin

referirse al campo ni a la ciudad, las obras históricas modernas sobre

los gremios!





El resultado de todas esas disquisiciones quasi sabias y fuera de

lugar fue que Efrussi pasó por alto lo que constituye el fondo de la

cuestión: ¿es justo o injusto caracterizar de reaccionaria la

doctrina de Sismondi? Aquél no supo ver precisamente lo esencial:

el punto de vista de éste. "En economía política

me han presentado -decía Sismondi-como enemigo del progreso social,

como partidario de instituciones bárbaras y opresivas. No; yo no

quiero lo que fue, pero quiero, sí, algo mejor en comparación

con lo actual. No puedo juzgar lo presente sin compararlo con lo pasado, y

estov muy lejos de querer restablecer las antiguas ruinas cuando demuestro

por medio de ellas las eternas necesidades de la sociedad" (II, 433). Los

deseos de los románticos son muy buenos (como los de los

populistas). Su conciencia de las contradicciones del capitalismo los coloca

por encima de los optimistas ciegos que niegan estas contradicciones. Y si se

califica a Sismondi de reaccionario, no es por haber querido regresar a la

Edad Media, sino porque en sus aspiraciones concretas "comparaba el presente

con el pasado" y no con el futuro; porque "demostraba las eternas necesidades

de la sociedad" [128]

medíante "las ruinas" y no mediante las tendencias del

desarrollo moderno. Y lo que no supo comprender Efrussi es este punto de

vista pequeñoburgués de Sismondi, que lo destaca netamente de

otros escritores que también demostraban, al mismo tiempo que

él y después de él, "las eternas necesidades de la

sociedad".





Este error de Efrussi puso de manifiesto una interpretación muy

estrecha de los términos doctrina "pequeñoburgués",

"reaccionaria", de lo que ya hemos hablado más arriba con motivo del

primero de estos términos. Ellos no indican, de manera alguna, las

aspiraciones egoístas de un pequeño tendero o el, deseo de

detener el desarrollo social, de volver hacia atrás: se refieren

sólo al carácter erróneo del punto de vista del

escritor en cuestión, a lo limitado de su comprensión y de sus

horizontes, lo que lo lleva a elegir medios (para la consecución

cíe fines muy loables) que en la práctica no pueden ser

eficaces, que no pueden satisfacer más que al pequeño productor

o prestar un servicio a los defensores del pasado. Sismondi, por ejemplo, no

es en modo alguno un fanático de la pequeña propiedad.

Comprende no menos que nuestros populistas actuales la necesidad de la

unión, de la asociación. Expresa el deseo de que "la mitad del

beneficio" de las empresas industriales "sea repartida entre los obreros

asociados" (II, 346). Se pronuncia explícitamente en favor de un

"sistema de asociación", en el cual "todos los adelantos de la

producción redunden en beneficio del que se dedica a ella" (II, 438).

Defendiendo su doctrina con respecto a las teorías de Owen, Fourier,

Thompson, Muiron, célebres en aquel tiempo, Sismondi declara: "Yo

desearía, como ellos, que hubiera una asociación entre los que

fabrican en conjunto un mismo producto, en lugar de enfrentarlos unos a

otros. Pero no creo que los medios que han propuesto para este fin puedan

conducirnos al mismo alguna vez" (II, 365).





La diferencia entre Sismondi y esos escritores estriba justamente en el

punto de vista. Y es entonces muy natural que, al no haberlo comprendido,

Efrussi haya presentado en forma totalmente falsa la actitud de Sismondi con

respecto a esos escritores.





Leemos en la revista " Rússkoie Bogatstvo", núm. 8,

pág. 57: "Si Sismondi ejerció sobre sus contemporáneos

una muy débil influencia, y si las reformas sociales por él,

propuestas no fueron realizadas, ello se explica principalmente por que se

adelantó mucho a su época. Escribía cuando la

burguesía festejaba su luna de miel [...]. Se comprende que, en tales

condiciones, las palabras del hombre que exige reformas sociales

tenían que convertirse en una voz predicando en el desierto. Sabemos,

empero, que las generaciones posteriores no lo han tratado mucho mejor. Se

explica quizá porque Sismondi, como ya dijimos, escribe en una

época de transición; aun cuando deseaba grandes cambios, no

podía desprenderse enteramente del pasado. Debido a eso,

parecía demasiado radical a los hombres moderados, y demasiado

moderado a los representantes de tendencias más radicales."





En primer lugar, decir que Sismondi "se había adelantado a su

época" por las reformas que proponía, significa no comprender

para nada la esencia misma de su doctrina, que comparaba-lo dice él

mismo-lo actual con lo pasado. Se requería una extrema miopía

(o una extrema parcialidad hacia el romanticismo) para dejar de ver el

espíritu general y la significación general de la teoría

de Sismondi, sólo porque éste era partidario de la

legislación fabril[129] ,

etc.





En segundo lugar, Efrussi supone de esta manera que la diferencia entre

Sismondi y los otros escritores consiste solamente en el carácter

más o menos radical de las reformas propuestas: éstos iban

más allá, mientras que Sismondi aún no se había

desprendido del todo de lo viejo.





No es así. La diferencia entre Sismondi y estos escritores era

mucho más profunda. No se trata de que unos ib°n más leios

mientras los otros eran timoratos [130], 

sino que consideraban el propio carácter de

las reformas desde dos puntos de vista diametralmente opuestos.

Sismondi señalaba "las eternas necesidades de la sociedad", que

también eran señaladas üor dichos escritores. Era

utopista; fundaba sus deseos en una idea abstracta y no en intereses reales,

y estos escritorps también eran utopistas v también basaban sus

planes en ideas abstractas. Pero el carácter de sus planes

difería totalmente porque los mismos encaraban el desarrollo

económico moderno, que planteaba la cuestión de "las

necesidades eternas", desde puntos de vista diametralmente opuestos.

Los escritores a que nos referimos anticipaban el futuro; adivinaban

genialmente las tendencias de la "ruptura" que la industria mecanizada estaba

realizando ante sus ojos. Miraban hacia donde se movía el desarrollo

real; se adelantaban efectivamente a ese desarrollo. Sismondi, en

cambio, le daba la espalda; su utopía no anticipaba el futuro,

sino que restauraba el pasado; no miraba hacia adelante, sino hacia

atrás soñaba con "detener In ruptura", la misma ruptura

de la que deducían sus utopías los escritores

señalados"[131]. He

aquí por qué la utopía de Sismondi es calificada, y con

toda justicia, de reaccionaria. Volvernos a repetir míe lo que

justifica t"l caracterización es sólo el hecho de que

Sismondi no comprendió el papel progresista de "la ruptura" de las

viejas relaciones sociales semimedievales, patriarcales, de los Estados de

Europa occidental, que desde finales del siglo pasado comenzó a

producir la gran industria mecanizada.





Este punto de vista específico de Sismondi asoma inclusive entre

sus razonamientos sobre "la asociación", en general. "Yo

deseo-dice-que la propiedad de las manufacturas (la

propriété des manufactures) sea repartida entre un gran

número de medianos capitalistas, y no reunida por un solo hombre,

poseedor de muchos millones [...]" (II, 365). El punto de vista del

pequeño burgués se expresa con mayor relieve aun en este

párrafo: "No es la clase de los pobres la que hay que eliminar, sino

la de loa jornaleros; hay que devolverlos a la clase de los propietarios"

(II, 308). "Devolverlos" a la clase de los propietarios: ¡en

estas palabras está toda la esencia de la doctrina de Sismondi!





Sin duda el mismo Sismondi debe haber percibido la imposibilidad de

realizar sus buenos deseos y la marcada disonancia entre los mismos y el

antagonismo de intereses de la época. "La tarea de unir nuevamente los

intereses de los que participan en conjunto en una misma (qui concourrent

a la méme production) [...] es, sin duda, difícil, mas no

creo que sea tan grande como podría suponerse" (II, 450) [132] . La conciencia de esta falta de

correspondencia entre sus anhelos y aspiraciones, por una parte, y las

condiciones de la realidad y su desarrollo, por la otra, engendra, como es

natural, la tendencia a demostrar que "aún no es tarde" para "volver

atrás", etc. El romántico intenta apoyarse en el hecho de que

las contradicciones del régimen actual no están aún

suficientemente desarrolladas, en el atraso del país. "Los

pueblos han conquistado el sistema de libertad en que hemos entrado [se

refiere a la caída del feudalismo]; pero mientras destruían el

yugo que soportaron tanto tiempo, las clases trabajadoras (les hommes de

peine representantes del trabajo) no estaban privadas de toda propiedad.

En la aldea, en calidad de medieros, campesinos óhinsk [133] (censitaires), arrendatarios,

poseían tierras (ils se trouvérent associés à

la propriété du sol). En las ciudades, como miembros de

corporaciones, asociaciones de oficios (métiers), formadas para

la defensa común, eran industriales independientes (ils se

trouvérent associés á la propriété de leur

industrie). Sólo en nuestros días, sólo en la

época más reciente (c'est dans ce moment méme) el

progreso de la riqueza y la competencia rompe todas esas asociaciones. Pero

esa ruptura (révolution) se ha hecho sólo a medias" (II,

437).





"Sólo una nación, es verdad, se halla actualmente en esa

situación antinatural; sólo en una nación vemos este

permanente contraste de una riqueza ficticia (richesse apparente) con

la tremenda pobreza de la décima parte de la población, forzada

a vivir de la caridad pública. Pero esa nación, tan digna de

ser imitada en otros sentidos, tan deslumbrante hasta en sus errores, ha

seducido con su ejemplo a todos los hombres de Estado del continente. Y si

estas reflexiones ya no pueden serles de utilidad, considero que debo

prestar, al menos, un servicio a la humanidad y a mis compatriotas mostrando

los peligros del camino que sigue y demostrando, por su misma experiencia,

que hacer descansar toda la economía política sobre el

principio de una competencia ilimitada significa sacrificar el interés

de la humanidad a la acción simultánea de todas las pasiones

personales" (II, 368) [134].

Así termina Sismondi sus Nouveaux Principes.





Marx definió con claridad la importancia general de Sismondi y su

teoría, en el siguiente juicio, que comienza reseñando las

condiciones de la vida económica de Europa occidental que engendraron

esa teoría (precisamente en la época en que el capitalismo

apenas empezaba a crear allí la gran industria mecanizada), y luego da

su apreciación de la misma.[135]





"La pequeña burguesía y los estamentos de pequeños

campesinos de la Edad Media fueron los precursores de la burguesía

moderna. En los países de una industria y un comercio menos

desarrollado esta clase continúa vegetando al lado de la

burguesía en ascenso.





"En los países donde se ha desarrollado la civilización

moderna, se ha formado-y, como parte complementaria de la sociedad

capitalista, sigue formándose sin cesar-un estamento de burgueses

medios que (oscila entre el proletariado y la burguesía). Pero los

individuos que componen esa clase son continuamente desplazados hacia las

filas del proletariado a causa de la competencia, y, con el desarrollo de la

gran industria, ven aproximarse el momento en que desaparecerán por

completo como fracción independiente de la sociedad moderna y en que

serán remplazados en el comercio, la manufactura y la agricultura, por

capataces y empleados.





"En países como Francia, donde los campesinos constituyen bastante

más de la mitad de la población, es natural que surgieran

escritores que se colocaban del lado del proletariado, criticaban las

condiciones capitalistas con el rasero del pequeño burgués y

del pequeño campesino, y defendían la causa obrera desde el

punto de vista de la pequeña burguesía. Así nació

la doctrina social pequeñoburguesa. Sismondi es el más alto

exponente de esta literatura, no sólo en Francia, sino también

en Inglaterra.





"Esta doctrina supo captar con mucha sagacidad las contradicciones

inherentes a las modernas condiciones de producción. Puso al desnudo

el hipócrita optimismo de los economistas. Señaló los

efectos destructores de la producción mecanizada y de la

división del trabajo, la concentración de los capitales y de la

propiedad de la tierra, la superproducción y las crisis, la inevitable

ruina de la pequeña burguesía y de los campesinos, la miseria

del proletariado, la anarquía en la producción, las indignantes

injusticias en la distribución de la riqueza, la exterminadora guerra

industrial de las naciones entre sí, la disolución de las

viejas costumbres de las antiguas relaciones familiares, de las viejas

nacionalidades. [136]





"El contenido positivo de esa corriente consiste, o bien en su anhelo de

restablecer los antiguos medios de producción y de cambio, y con los

mismos las antiguas relaciones de propiedad y el antiguo régimen

social; o bien en querer encajar por la fuerza los medios modernos de

producción y de cambio en el estrecho marco del antiguo régimen

de propiedad, que ha sido roto, y fatalmente roto por los mismos. En uno y

otro caso, esa corriente es a la vez reaccionaria y utópica.





"Para la industria, la organización gremial; para la agricultura,

el régimen patriarcal: he aquí su última palabra"

.[137]





Hemos procurado demostrar la justeza de esta caracterización cuando

analizamos cada uno de los elementos que componen la doctrina de Sismondi.

Ahora nos limitaremos a señalar un curioso procedimiento utilizado por

Efrussi que culmina todos los errores de su exposición crítica

y apreciación del romanticismo. El lector recordará que en el

comienzo mismo de su artículo (núm. 7 de la revista

Rússkoie Bogatstvo), Efrussi declaró que incluir a

Sismondi entre los reaccionarios y los utopistas es "injusto" y " falso"

(loe. cit., pág. 138). Para demostrar esta tesis se ingenió

primero en guardar silencio absoluto sobre lo principal, a saber, la

relación del punto de vista de Sismondi con la situación

e intereses de una clase particular de la sociedad capitalista, la de los

pequeños productores; segundo, al analizar las diferentes tesis de la

doctrina de Sismondi, presentó su posición respecto de la

teoría moderna, bien bajo una luz completamente falsa-tal como lo

hemos demostrado más arriba-, o bien ignoró simplemente la

teoría moderna al hacer la defensa de Sismondi invocando a sabios

alemanes que "no fueron más allá" que éste; y tercero,

quiso por último resumir su juicio sobre Sismondi de la siguiente

manera: " Nuestra [!] opinión sobre la importancia de Simonde

de Sismondi -dice-podemos resumirla [!!] con las siguientes palabras" de un

economista alemán (Rússkoie Bogatsitvo, núm. 8,

pág. 57). Sigue el extracto citado más arriba, o más

bien apenas un fragmento de la caracterización dada por aquel

economista, ¡puesto que se excluye precisamente la parte donde se

explica cuál es el vínculo de la teoría de Sismondi con

una clase particular de la sociedad moderna, y la otra parte cuya

conclusión establece de manera definitiva el carácter

reaccionario y utópico de Sismondil Mas aún. Efrussi no se

limitó a entresacar un fragmento del juicio mencionado, que no

da idea alguna de la apreciación integral, y a mostrar

así bajo una luz completamente falsa la actitud de este economista

frente a Sismondi. Además, al aparecer sólo como trasmisor de

las opiniones de aquel economista, pretendió embellecer a

Sismondi.





"Agreguemos a ello-dice Efrussi-que, de acuerdo con algunas opiniones

teóricas, Sismondi es el precursor de los más destacados

economistas modernos [138]:

recordemos sus opiniones sobre la renta del capital y las crisis, su

clasificación de la renta nacional, etc." (ibíd.). De

esta manera, en vez de agregar, a la comprobación de los

méritos de Sismondi hecha por el economista alemán, la

comprobación por ese mismo economista de su punto de vista

pequeñoburgués y del carácter reaccionario de su

utopía, Efrussi agrega a la cantidad de méritos

de aquél precisamente las partes de su doctrina (la

"clasificación de la renta nacional", por ejemplo) que no tienen

una sola palabra científica, según el juicio del economista

a que nos referimos.





Se nos puede replicar: Efrussi puede no compartir en general la

opinión de que hay que buscar la explicación de las doctrinas

económicas en la realidad económica; puede estar profundamente

convencido de que la teoría de A. Wagner sobre "la

clasificación de la renta nacional" es "la más notable".

Accedemos a ello gustosamente. ¿Pero qué derecho tenía

entonces de coquetear con la teoría con la cual los señores

populistas gustan tanto decir que están "de acuerdo", si en realidad

no comprendió para nada la posición adoptada por esa

teoría frente a Sismondi, y si hizo todo lo posible (y aun lo

imposible) para presentar dicha posición bajo un aspecto completamente

falso?





No habríamos dedicado tanto especio a esta cuestión si se

tratara sólo de Efrussi, escritor cuyo nombre aparece poco menos que

por primera vez en la literatura populista. Lo que más importa no es

su personalidad, y menos aun sus concepciones, sino la posición de

los populistas frente a la teoría-que dicen compartir-del eminente

economista alemán. Efrussi no es, en modo alguno, una

excepción. Por el contrario, su ejemplo es típico en todo

sentido y para probarlo hemos hecho constantemente un paralelo entre los

puntos de vista y la teoría de Sismondi y los puntos de vista y la

teoría del señor N.-on [139]. La analogía resultó completa: tanto las

concepciones teóricas y la manera de abordar el capitalismo como el

carácter de las deducciones y las aspiraciones concretas de ambos

escritores, son similares. Y como las concepciones del señor

N.-on pueden ser consideradas la última palabra del populismo, tenemos

el derecho de llegar a la conclusión de que la doctrina

económica de los populistas no es más que una variedad rusa del

romanticismo europeo en general.





Se sobrentiende que las particularidades históricas y

económicas de Rusia, por un lado, y su atraso incomparablemente mavor,

por otro, confieren al populismo pronunciados rasgos distintivos. Pero estas

diferencias no son de calidad y en consecuencia no modifican la

similitud del populismo y el romanticismo

pequeñoburgués.





Quizás el rasgo distintivo más destacado de los

economistaspopulistas, y el que más llama la atención, sea la

tendencia a disfrazar su romanticismo declarando su "acuerdo" con la

teoría moderna, y citándola el mayor número de veces

posible, aun cuando ésta sea netamente hostil al romanticismo y se

haya desarrollado en encarnizada lucha contra las más variadas

doctrinas oequeñoburguesas.





El análisis de la teoría de Sismondi ofrece particular

interés precisamente porque permite examinar los procedimientos

generales utilizados para los disfraces de tal tipo.





Hemos visto que, tanto el romanticismo como la teoría

moderna, señalan las mismas contradicciones en la

economía social actual. De esto se valen los populistas para sostener

que la teoría moderna reconoce que las contradicciones se manifiestan

en las crisis, en la búsqueda de mercados exteriores, en el

crecimiento de la producción acompañado por descenso del

consumo, en la protección aduanera, en la acción nefasta de la

industria mecanizada, etc., etc. Y los populistas tienen toda la

razón: la teoría moderna reconoce en efecto, todas

estas contradicciones, que tambien el rompnticicmo había

reconocido. Pero, cabe preguntar: ¿hay un solo populista que se hava

preguntado alguna vez en qué se distingue el análisis

científico de esas contradicciones-que las reduce a los diferentes

intereses engendrados por el régimen económico existente-, del

método eme sólo las comprueba para formular buenos deseos? No,

en ninguno de los populistas encontraremos un análisis de este

problema aue, precisamente, caracteriza la diferencia míe existe entre

la teoría moderna v el romanticismo. Los populistas comprueban esas

contradicciones con el solo objeto de formular buenos deseos.





Cabe preguntar también: ¿uno solo de los populistas

trató alguna vez de averiguar en aué difiere la crítica

sentimental del capitalismo de su crítica científica,

dialéctica? Ninguno ha pinteado esta cuestión que caracteriza

la segunda diferencia importante entre la teoría moderna v el

romanticismo. Ninguno consideró necesario tomar como criterio propio

de sus teorías el desarrollo actual de l^s relaciones

económico-sociales (en tanto que la anlicacíón de dicho

criterio es lo que distingue en esencia a la critica científica).





Y cabe preguntarse, por último: ¿uno solo de los populistas

preguntó alguna vez, en qué difiere el punto de vista

del romanticismo, que idealizo la pequeña produccion y deplora la

"ruptura" de sus pilles por el "capitalismo", del de la teoría

moderna, que considera como punto de partida de sus razonamientos la erran

producción capitalista por medio de mámiinas y considera

progresista esa "ruptura de los pilares"? (Utilizamos esta expresión,

comúnmente aceptada por los populistas, porque caracteriza, en forma

notable el proceso de trasformación de las relaciones sociales bajo la

influencia de la gran industria mecanizada, que se ha operado en todas

partes, y no sólo en Rusia, en formo tan brusca y violenta, que

sorprendió al pensamiento social.) Una vez más, no. Ninguno de

los populistas se planteó ese interrogante, ninguno de ellos hizo la

menor tentativa de aplicar a 'la ruptura" rusa los mismos criterios que

hicieron reconocer como progresista "la ruptura" en la Europa occidental.

Todos ellos deploran la suerte de los pilares y recomiendan que cese "la

ruptura"; asesaran, con lágrimas en los ojos, que esa es precisamente

"la teoría moderna"...





La comparación de su "teoría", que presentan como una nueva

y original solución del problema del capitalismo, fundada en la

última palabra de la ciencia y de la experiencia de Europa occidental,

con la teoría de Sismondi, muestra claramente a qué

período primitivo de desarrollo del capitalismo y del pensamiento

social se remonta la aparición de una teoría de este

género. Pero lo esencial no es que esta teoría sea anticuada.

¡Más de una teoría anticuada para Europa podría

ser modernísima para Rusia! Lo que importa es que en el momento de

su aparición esta teoría era ya pequeñoburguesa y

reaccionaría.





 




VI




LA POSICIÓN DEL ROMANTICISMO Y DE LA TEORÍA

CIENTÍFICA


EN RELACIÓN CON LOS IMPUESTOS A LOS CEREALES QUE SE APLICAN EN

INGLATERRA




Para completar la comparación entre la teoría del

romanticismo y la moderna en lo referente a los puntos principales de la

economía contemporánea, confrontaremos sus respectivos juicios

a propósito de un problema práctico. El valor de esta

comparación es tanto mayor porque, por un lado, se trata de uno de los

más importantes problemas prácticos del capitalismo, de un

problema de principio; y por el otro, porque sobre él se han pronmv

ciado los dos representantes más destacados de ambas teorías

antagónicas.





Nos referimos a las leyes cerealeras[141] en Inglaterra y a la abolición de las mismas. Durante

el segundo cuarto del presente siglo, este problema suscitó el

interés más profundo, no sólo entre los economistas

ingleses, sino también entre los del continente: todos

comprendían que no se trataba de una cuestión particular de

política aduanera, sino de un problema general que hacía a la

libertad de comercio, a la libre competencia, a "la suerte del capitalismo".

Se trataba, precisamente, de coronar el edificio del capitalismo instaurando

íntegramente la libertad de competencia, de desbrozar el camino para

llevar a término "la ruptura" que la gran industria mecanizada

había comenzado a operar en Inglaterra a partir de. fines del siglo

pasado; se trataba de eliminar los obstáculos que frenaban esa

"ruptura" en la agricultura. Y precisamente así

enfocaron esta cuestión los dos economistas continentales a los que

vamos a referirnos, Sismondi agregó a la segunda edición de su

obra Nouveaux príncipes un capítulo especial titulado

"Acerca de las leyes sobre el comercio de cereales" (I. III, ch. X).





Empieza por señalar que el problema es candente: "Una mitad del

pueblo inglés exige ahora la abolición de las leyes oerealeras,

profundamente irritado contra quienes las mantienen; y la otra mitad exige el

mantenimiento de las mismas, y lanza gritos de indignación contra

quienes las quieren abolir" (I, 251).





Al analizar el problema, Sismondi señala que los intereses de los

granjeros ingleses exigen que se impongan impuestos a los cereales, para

asegurar un remuneratins price " (un precio

rendídor, sin pérdidas"). Por el contrarío, los

intereses de los manufactureros exigen la abolición de dichas leyes,

pues las manufacturas no pueden existir sin mercados exteriores y el

desarrollo de las exportaciones inglesas se veía frenado por las leyes

que ponían trabas a la importación: "Los manufactureros

aducíin que la saturación del mercado con que tropiezan en los

lugares de venta es también el resultado de las mismas leyes; que la

gente rica del continente no podía comprar sus mercaderías

porque no encontraba dónde vender su trigo" (I, 251). [142]





"Es probable que la apertura del mercado al cereal extranjero arruine a

los terratenientes ingleses y haga descender a un nivel muchísimo

más bajo el precio del arriendo. Esto sería indudablemente una

calamidad, pero no una injusticia" (I, 2.54). Y Sismondi fe dispone a

demostrar con la mayor ingenuidad que la renta de los terratenientes debe

estar en relación con los servicios (sic) que ellos prestan "a

la sociedad" (¿a la capitalista?), etc. "Los

granjeros-continúa-extraerán su capital [...] en parte, al

menos, de la agricultura."





Este razonamiento de Sismondi (con el cual él se da por satisfecho)

pone en evidencia el vicio fundamental del romanticismo, que no presta

suficiente atención al proceso del desarrollo económico que

tiene lugar en la realidad. Hemos visto que el propio Sismondi llama la

atención sobre el desarrollo progresista y el incremento del sistema

de economía basado en granjas en Inglaterra. Pero en lugar de estudiar

las causas que originan ese proceso, se apresura a condenarlo. Sólo

esa precipitación, ese deseo de imponer a la historia sus inocentes

anhelos, puede explicar que Sismondi pierda de vista la tendencia general del

desarrollo del capitalismo en la agricultura y la inevitable

aceleración de dicho proceso con la derogación de las

leyes cerealeras, es decir, el progreso capitalista de la agricultura, en

lugar de la decadencia que profetiza.





Pero Sismondi se mantiene fiel a sí mismo. En cuanto se acerca a la

contradicción que caracteriza ese proceso capitalista, recurre a su

ingenua "refutación" de la misma, tratando de demostrar a todo trance

que el camino por el que marcha "la patria inglesa" es equivocado.





"¿Qué hará el jornalero? [...]. El trabajo

cesará, los campos de labranza serán trasformados en pastizales

[...]. ¿Qué suerte correrán las 540.000 familias que se

verán privadas de trabajo? [143]. Aun suponiendo que sirvan para cualquier trabajo en la

industria, ¿se dispone acaso en la actualidad de una industria que

esté en condiciones de emplearlos? [...]. ¿Habrá un

gobierno que pueda voluntariamente exponer a la mitad de la nación que

gobierna a una crisis semejante? [...]. Y los otros, aquellos a los que

serían sacrificados los agricultores, ¿obtendrían

algún provecho de ello? Ya que esos agricultores son los más

cercanos y seguros consumidores de las manufacturas inglesas. La

cesación de su consumo asestaría a la industria un golpe

más funesto que el cierre del más grande mercado extranjero"

(255-256). Y aquí viene la famosa "reducción del mercado

interior". "¿Cuánto perderán las manufacturas debido a

la cesación del consumo por toda la clase de los agricultores ingleses

y que constituye casi la mitad de la nación? ¿Cuánto

perderán como consecuencia del cese del consumo de las personas ricas,

cuyas rentas provenientes de la agricultura serían liquidadas casi por

completo?" (267). El romántico se desvive por demostrar a los

fabricantes que las contradicciones propias del desarrollo de su

producción y de su riqueza no son más que la expresión

de su error, su falta de previsión. Y para "convencerlos" "del

peligro" que representa el capitalismo, Sismondi pinta un cuadro detallado de

la competencia que los amenaza por parte del cereal polaco y ruso (p.

257-261). Para ello echa mano a toda clase de argumentos, e inclusive trata

de herir el amor propio de los ingleses. "¿Qué sería del

honor de Inglaterra si el emperador de Rusia, cada vez que desease obtener

una concesión cualquiera, pudiera rendirla por hambre cerrando los

puertos del Báltico?" (268). Recuerde el lector cómo, para

demostrar que "la apología del poder del dinero" es un error,

decía Sismondi que en las ventas es fácil el engaño...

Quiere "refutar" a los teóricos del sistema de economía basado

en las granjas, y señala que los granjeros ricos no pueden resistir la

competencia de los míseros campesinos (ver la cita más arriba

mencionada), y en definitiva llega otra vez a su conclusión favorita,

evidentemente convencido de que ha logrado demostrar lo "erróneo" del

camino seguido por "la patria inglesa". "El ejemplo de Inglaterra nos hace

ver que esta práctica [el desarrollo de la economía monetaria,

a la que Sismondi contrapone I' habitude de se fournir

soi-méme, "ganarse la vida con el propio esfuerzo"] no está

exenta de peligros" (263). "El sistema económico [precisamente el

basado en las granjas] es malo en sí, tiene un fundamento peligroso, y

ese sistema es el que hay que tratar de cambiar" (266).





¡Un problema concreto, nacido del choque de intereses determinados

dentro de determinado sistema de economía, se ve así ahogado

por un torrente de inocentes deseos! Pero el hecho es que el problema fue

planteado en forma tan tajante por las propias partes interesadas que era ya

completamente imposible circunscribirse a semejante "solución" (tal

como lo hace el romanticismo con respecto a todos los demás

problemas).





"¿Qué hacer, entonces?-interroga Sismondi desesperado-;

¿abrir los puertos de Inglaterra o clausurarlos? ¿Condenar al

hambre y a la muerte a los obreros de las manufacturas o a los de la

agricultura de Inglaterra? En verdad, es un problema terrible; la

situación en que se encuentra el ministerio inglés es una de

las más delicadas en que pueden hallarse los hombres de Estado" (260).

Y vuelve una vez más a "la conclusión general" sobre el

"peligro" del sistema de las granjas, el "peligro de someter toda la

agricultura a un sistema de especulación". ¿Pero "cómo

hacer para que en Inglaterra se adopten medidas que sean al mismo tiempo

serias y graduables, que permitan reivindicar la importancia [remettraient

en honneitr] de las pequeñas granjas, cuando una mitad de la

nación ocupada en las manufacturas sufre hambre, y las medidas que

ella reclama amenazan con el hambre a la otra mitad ocupada en la

agricultura? Esto, lo ignoro. Estimo necesario someter a considerables

cambios las leyes referentes al comercio de cereales, pero a quienes exigen

su completa abolición les aconsejo analizar minuciosamente los

siguientes problemas" (267), y aquí sigue la enumeración de

viejas quejas y temores sobre la decadencia de la agricultura, la

reducción del mercado interno, etc.





De esta manera, ya en su primer choque con la realidad, el romanticismo ha

sufrido el más completo fiasco. Se vio forzado a otorgarse a sí

mismo el teftimoniíin paupertatis [144] y firmar personalments su recibo. Recuérdese con

cuánta facilidad y sencillez "resolvía" el romanticismo todos

los problemas en la "teoría". El proteccionismo es irracional; el

capitalismo es un extravío pernicioro; el camino seguido por

Inglaterra es erróneo y peligroso; la producción debe marchar a

la par del consumo; la industria y el comercio, a la par de la agricultura;

las máquinas son ventajosas sólo cuando conducen a la

elevación del jornal, ó a la reducción de la jornada de

trabpjo; los medios de producción no deben ser separados de los

productores; el intercambio no debe adelantarse a la producción, ro

debe conducir a la especulación, etc., etc. Para cada

contradicción el romanticismo tenía la frase sentimental

correspondiente para cubrirla; cada pregunta tenía como respuesta la

expresión de un anhelo inocente, y pegar las mismas etiquetas a todas

las manifestaciones de la vida corriente se llamaba " solución" de los

problemas. ¡No es de extrañar que esas soluciones fueran tan

conmovedoramente sencillas y fáciles! Sólo que ignoraban una

pequeña circunstancia: los intereses reales, en cuyo conflicto

residía precisamente la contradicción. Y cuando el desarrollo

de dicha contradicción lo puso frente a uno de esos conflictos

particularmente agudos, cual es la lucha de los partidos, que en Inglaterra

precedió a la derogación de las leyes cerealeras, nuestro

romántico se vio completamente perdido. Se sentía tan bien en

medio de la niebla de ilusiones y de buenos deseos, componía con tanta

maestría sentencias aplicables a la "sociedad" en general (pero

inaplicables a cualquier régimen social históricamente

determinado); pero cuando, de su mundo de fantasías fue a caer a la

vorágine de la vida real y de la lucha de intereses, resultó

que no tenía criterio para solucionar problemas concretos. Habiendo

contraído la costumbre de las formulaciones abstractas v de las

soluciones también abstractas reducía el problema a esta

fórmula pura y simple: ¿a qué población

corresponde arruinar: a la agrícola o a la manufacturera? Y el

romántico, por supuesto, sólo podía llegar a la

conclusión de que no hay que arruinar a ninguna, que "es preciso tomar

por otro camino"..., pero las contradicciones reales ya lo han sitiado tan

estrechamente que le impiden elevarse de nuevo hacia las nebulosidades de sus

buenos deseos, y el romántico se ve forzado a dar una

respuesta. Sismondi no dio una, sino dos respuestas: la primera, "lo

ignoro"; la segunda, "por un lado no puede dejar de reconocerse, y por el

otro, es preciso admitir".[145]





El 9 de enero de 1848, en Bruselas, en una reunión pública,

Carlos Marx pronunció su "discurso sobre el librecambio" [146]. Contrariamente al romanticismo, para el cual

"la economía política no es una ciencia exacta sino una ciencia

moral", tomó como punto de partida para su exposición un simple

y objetivo cálculo de los intereses en pugna. En vez de

considerar el problema de las leyes cerealeras como una cuestión de

"sistema" elegido por la nación, o de legislación (tal como lo

hacía Sismondi), el orador comenzó por presentarlo como un

conflicto de intereses entre los fabricantes y los terratenientes, y

mostró cómo los fabricantes ingleses procuraban hacer de

él una causa nacional, persuadir a los obreros de que obraban en

interés de todo el pueblo. Contrariamente al romántico, que

expone el asunto como consideraciones en las que debe inspirarse el

legislador para realizar la reforma, el orador redujo el problema al

conflicto de intereses reales de las diferentes clases de la sociedad

inglesa. Mostró que el fondo del problema era la necesidad de abaratar

las materias primas para los fabricantes. Señaló la actitud de

desconfianza de los obreros ingleses, que veían "en los hombres

abnegados, en un Bowring, un Bright y Cía., a sus más grandes

enemigos".





"Al costo de elevadas inversiones los fabricantes construyen palacios en

los cuales la Anti-Corn-Law League [Liga contra las leyes cerealeras]

[147] instala, en cierto modo, su

residencia oficial; envían a todos los puntos de Inglaterra un

ejército de misioneros para que prediquen la religión del

librecambio, publican y distribuyen gratuitamente millares de folletos,

destinados a ilustrar al obrero sobre sus propios intereses, gastan enormes

sumas de dinero para atraerse a la prensa, montan un gran aparato

administrativo para dirigir el movimiento librecambista y derrochan

elocuencia en los mítines públicos. En uno de tales

mítines un obrero exclamó: ¡Si los terratenientes

vendieran nuestros huesos, ustedes, los fabricantes, serían los

primeros en comprarlos para echarlos a un molino de vapor y trasformarlos en

harinal Los trabajadores ingleses han comprendido admirablemente bien el

significado de la lucha entre los terratenientes y los fabricantes. Saben de

sobra que se quiere rebajar el precio del cereal para rebajar los salarios, y

que el beneficio del capital aumentará en la proporción en que

disminuya la renta."





De este modo, la formulación del problema en sí es

totalmente distinta que en Sismondi. Se trata, en primer lugar, de explicar

la posición de las diferentes clases de la sociedad inglesa en este

problema, desde el punto de vista de sus respectivos intereses; en segundo

lugar, de esclarecer el significado de la reforma dentro de la

evolución general de la economía social de Inglaterra.





Sobre este último punto, las opiniones del orador coinciden con las

de Sismondi, en el sentido de que él también ve en ello, no una

cuestión particular, sino una cuestión general; la del

desitriollo del capitalismo en general, la del "librecambio" como sistema.

"La abolición de las leyes cerealeras en Inglaterra ha sido el

más grande triunfo obtenido por el libre comercio en el siglo xix".

"Con la abolición de las leyes cerealeras, llega a su punto culminante

el desarrollo de la libre competencia y la moderna economía social

[148]. En consecuencia, para estos

autores, se plantea este interrogante: ¿es, pues, deseable que

continúe el desarrollo del capitalismo, o hay que detenerlo y

buscar "otros caminos"?, etc. Y nosotros sabemos que la respuesta afirmativa

que dieron a esta pregunta es precisamente la que dio solución a un

problema general, de principio, cual es el relativo a los "destinos del

capitalismo" y no al problema particular de las leyes cerealeras en

Inglaterra, pues el punto de vista aquí establecido se aplicó,

mucho más tarde, también a otros grandes países. En la

década d_e 1840 ambos sostenían la misma opinión con

respecto a Alemania y a América; [149] declaraban que la libre competencia constituya para esos

países un factor progresista; en lo que respecta a Alemania, uno de

ellos escribía, todavía en la década del 60, que ese

país sufre no sólo a causa del capitalismo sino también

debido al insuficiente desarrollo del mismo. [150]





Pero volvamos al discurso. Hemos señalado que el punto de vista del

orador difiere en sus principios del de Sismondi y reduce el problema a los

intereses de las diferentes clases que componen la sociedad inglesa. Esa

profunda diferencia la vemos en el planteamiento del problema puramente

teórico del papel que desempeña la abolición de las

leyes cerealeras en la economía social. Para él, no es un

problema abstracto el sistema que debe adoptar Inglaterra, y el camino

que debe elegir (es así como lo plantea Sismondi, olvidando que

Inglaterra tiene un pasado y un presente que determinan ya este camino). No:

de entrada ubica el asunto en el terreno del régimen

económico-social existente-, se pregunta cuál debe ser

la ttapa siguiente en el desarrollo de ese régimen, después

de la abolición de las leyes cerealeras.





La dificultad estribaba en determinar qué infuencia tendría

la abolición de esas leyes sobre la agricultura, pues en efecto

sobre la industria era evidente para todos.





Para demostrar qué utilidad tendría esa abolición

también para la agricultura, la Anti-Corn-Law League

asignó premios para los tres mejores trabajos que trataran sobre la

influencia benéfica de la abolición de esas leyes sobre la

agricultura inglesa. El orador comienza por exponer brevemente los puntos de

vista de los tres laureados: Hope, Morse y Greg, y a continuación

destaca a este último, quien aplica en su trabajo, de modo más

científico y más riguroso, los principios establecidos por la

economía política clásica.





Greg, fuerte fabricante él mismo, se dirige de preferencia a los

grandes granjeros y trata de demostrar que la abolición de las leyes

cerealeras desalojará de la agricultura a los granjeros

pequeños, quienes se volcarán a la industria, pero que

será ventajosa para los grandes, los que tendrán así la

posibilidad de afincarse en la tierra por períodos más

prolongados, de invertir en ella más capital, de emplear mayor

cantidad de máquinas y reducir el trabajo, que será más

barato al abaratarse el cereal. En cuanto a los terratenientes,

tendrán que contentarse con una renta más baja, pues las

tierras de inferior calidad, no aptas para hacer frente a la competencia del

cereal importado más barato, dejarán de ser cultivadas.





El orador tuvo perfecta razón al considerar que esa

predicción y esa abierta apología del capitalismo en la

agricultura eran más científicas. La historia justificó

tal predicción. "La abolición de las leyes cerealeras dio a la

agricultura inglesa un enorme impuso [...]. La disminución absoluta de

la población obrera rural aumentaba paralelamente a la

ampliación de la superficie cultivada, a la intensificación del

cultivo, a la gigantesca acumulación del capital invertido en la

tierra y dedicado a su cultivo, al aumento del producto de la tierra, sin

paralelo en la historia de la agronomía inglesa, al aumento de la

renta de los terratenientes, al crecimiento de la riqueza de los

arrendatarios capitalistas [...] La condición básica para los

nuevos métodos fue la mayor inversión de capital por acre de

tierra y, en consecuencia, la concentración acelerada de las

granjas".[151]





Pero el orador, por supuesto, no se limita a reconocer que los

razonamientos de Greg son los más justos. En boca de éste, no

son otra cosa que argumentos utilizados por un "librecambista" que discurre

sobre la agricultura inglesa en general, y que procura demostrar las ventajas

que reportaría para toda la nación la abolición de las

leyes cerealeras. De lo expuesto más arriba surge con claridad que era

otro el punto de vista del orador.





Explica que la rebaja en los precios del cereal, tan alabada por los

"librecambistas", significa la ineludible reducción de los salarios,

el abaratamiento de la mercancía "trabajo" (o más exactamente:

fuerza de trabajo); que la reducción del precio del cereal

jamás podrá equilibrar para el obrero esa rebaja del salario:

primero, porque al descender el precio del cereal, le será más

difícil al obrero ahorrar sobre el consumo del mismo para poder

adquirir otros artículos; y en segundo lugar, porque el progreso de la

industria torna más baratos los artículos de consumo al

remplazar la cerveza por la vodka, el pan por las papas, la lana y el lino

por las telas de algodón, haciendo descender así el nivel de

las necesidades y de vida del trabajador.





Vemos así que aparentemente, el orador plantea los elementos

del problema del mismo modo que Sismondi: él también

reconoce que el librecambio entraña de modo inevitable la ruina de los

pequeños granjeros, la miseria de los obreros en la industria y en la

agricultura. Nuestros populistas, que además se distinguen por un arte

inimitable en el modo de "citar" interrumpen por lo común sus "citas"

justamente en este lugar y, henchidos de satisfacción, declaran que

están muy "de acuerdo". Tales procedimientos, empero, sólo

sirven para mostrar, primero, que no comprenden la enorme diferencia en el

modo de plantear el problema que hemos señalado más arriba; y

segundo, que no ven que la diferencia esencial entre la teoría moderna

y el romanticismo apenas comienza aquí: el romántico da

la espalda al problema concreto del desarrollo real, para sumergirse en los

sueños; el realista, por el contrario, se vale de los hechos

establecidos a su criterio para llegar a la solución precisa del

problema concreto.





Luego de predecir el mejoramiento de la situación de los obreros en

un futuro próximo, el orador prosigue:





"Los economistas nos objetarán al respecto:





Y bien, convengamos en que la competencia entre los trabajadores, que

ciertamente no disminuirá bajo el régimen del librecambio, no

tardará en poner al salario en consonancia con el precio más

bajo de las mercancías. Pero por otro lado, la disminución del

precio de las mercancías conducirá a un aumento en el consumo;

un mayor consumo exigirá una producción más intensiva,

lo cual implicará una mayor demanda de fuerza de trabajo y el

resultado de esta mayor demanda de fuerza de trabajo será la

elevación de los salarios.





"Toda esta argumentación se reduce a lo siguiente: el

librecambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria crece, si la

riqueza, las fuerzas productivas, en una palabra, si el capital productivo

aumenta la demanda de trabajo, también se eleva el precio del trabajo

y, por consiguiente, el salario. El acrecentamiento del capital constituye

la más favorable circunstancia para el obrero. Esto hay que

reconocerlo [152]. Si el capital

queda estancado, la industria no sólo se estancará, sino que

comenzará a declinar, y en ese caso el trabajador será la

primera víctima, sucumbirá antes que el capitalista. Y en el

caso en que el capital vaya en aumento, o sea, tal corno ya se ha dicho,

en el caso mejor para el obrero, ¿cuál será su

suerte? Pues, sucumbirá igualmente..." Y el orador explica en detalle,

apoyándose en los datos de los economistas ingleses, cómo la

concentración del capital acentúa la división del

trabajo, la cual abarata la fuerza de trabajo al sustituir el trabajo

calificado por el simple; cómo las máquinas desalojan a los

obreros; cómo el gran capital arruina a los pequeños

industriales y pequeños rentistas, y agrava las crisis que aumentan

aun más el número de desocupados. La conclusión de su

análisis es que el librecambio no significa otra cosa que el libre

desarrollo del capital.





De este modo, el orador supo hallar el criterio para solucionar el

problema que, a primera vista, conducta al dilema insoluble ante el cual se

detuvo Sismondi: tanto el librecambio como la restricción del mismo

conducen por igual a los obreros a la ruina. Ese criterio es el desarrollo

de las fuerzas productivas. Esta manera de plantear el problema sobre el

terreno histórico se manifestó inmediat^mente: en luear de

comparar el capitalislismo con una sociedad abstracta, tal como

debería ser (es decir, en definitiva, con una utopía), lo hizo

con las etapas precedentes de la economía social,

comparó entre sí las diferentes etapas del capitalismo en la

sucesión consecutiva y comprobó que las fuerzas productivas

de la sociedad se desarrollan gracias al desarrollo del capitalismo. Al

aplicar a la argumentación de los librecambistas una crítica

científica, el orador quiso evitar el error habitual de los

románticos, quienes al negar todo valor a esta crítica "tiran

al niño con el agua sucia de la bañera"; quiso extraer el grano

bueno, es decir, comprobar el hecho indudable del gigantesco progreso de la

técnica. Nuestros populistas, con su agudeza característica,

habían llegado, por supuesto, a la conclusión de que el autor

de referencia, que en forma tan abierta se toma de parte del gran capital

contra el pequeño productor, es un "apologista del poder del

dinero", tanto más cuanto que había declarado ante la faz de

Europa continental que las deducciones extraídas de la vida inglesa

las hacía extensivas también a su patria, donde la gran

industria mecanizada daba en ese entonces sus primeros pasos vacilantes. Y

sin embargo, en este ejemnlo (al igual que en multitud de ejemplos

análogos de la historia de Europa occidental) podrían ellos

estudiar a fondo el fenómeno que no pueden (¿o no quieren?)

comprender de ninguna manera: que el reconocimiento del carácter

progresista del gran capital, en oposición a la pequeña

producción, dista mucho, muchísimo, de ser una

"apología".





Basta recordar el capítulo de Sismondi arriba citado, y el discurso

en cuestión, para convencerse de la superioridad de este

último, tanto en el sentido teórico como en su posición

hostil a toda "apología". El orador caracterizó las

contradicciones que acompañan el desarrollo del gran capital, de una

manera mucho más precisa, completa, directa y franca de lo que lo

hayan hecho jamás los románticos. Pero en ningún momento

recurrió a una sola frase sentimental para deplorar dicho desarrollo.

En momento alguno dejó caer una sola palabra sobre la posibilidad,

cualquiera que fuera, de "tomar otro camino". Comprendía que quienes

utilizan esa frase sólo pretenden cubrir con ella el hecho de que son

ellos mismos quienes "toman otro camino" que el que les plantea la vida, es

decir, determinada realidad económica, un desarrollo económico

determinado y los intereses, también determinados, que aumentan sobre

el terreno de este desarrollo económico.





El criterio mencionado, enteramente científico, le dio la

posibilidad de resolver este problema manteniéndose en su

posición de realista consecuente.





"Empero, señores-decía el orador-, no crean que al criticar

el librecambio tenemos la intención de defender el sistema

proteccionista." Y señaló que en el actual régimen de

economía social, el librecambio y el proteccionismo tienen la misma

base de sustentación; se refirió en forma concisa al proceso de

"ruptura" de la vieja vida económica y de las viejas relaciones

semipatriarcales en los países de Europa occidental que el capitalismo

produce tanto en Inglaterra como en el continente; señaló el

hecho social de que, en determinadas condiciones, el librecambio

acelera dicha "ruptura" [153].

"Y sólo en este sentido, señores-concluyó el orador-,

doy mi voto en favor del librecambio".[154]●



 





 





_______________________________________



NOTAS





[1] Para una

caracterización del romanticismo económico: trabajo escrito

por Lenin en Siberia, en la primavera de 1897 durante el destierro. Se

publicó por primera vez en cuatro números (7-10) de la revista

de los "marxistes legales", Novóie Slovo "(Nueva palabra")

(abril-julio de 1897), con la firma de "K. T-n"; más tarde fue

incluido en la recopilación Vladímir Ilín, Estudios y

artículos económicos, editada en octubre de 1898 (en la

cubierta y en la portada de la recopilación figura el año

1899). En 1908 se publicó, con algunas enmiendas y reducciones, en la

recopilación titulada El problema agrario, en la que no se

incluyó el punto III del II Capítulo, titulado "Del crecimiento

de la población industrial a expensas de la agrícola", y la

parte final despunto V del mismo capítulo, "Carácter

reaccionario del romanticismo", habiéndose agregado al Cap. I el

"Postcriptum".





Al preparar las ediciones legales de 1897-1898, Lenin, por

razones de censura, se vio obligado a sustituir las palabras "teoría

de Marx" y "teoría del marxismo" por "teoría moderna"; los

nombres "Marx" y " Carlos Marx" por el de "el conocido economista

alemán"; la palabra " marxista" por "realista"; sustituir El

capital por "tratado", y así sucesivamente. En la edición

de 1908, una parte considerable de estas expresiones fueron corregidas por

Lenin en el texto mismo o aclaradas en notas al pie de página. En la

segunda y tercera ediciones rusas de las Obras, las enmiendas de Lenin

aparecen tn las notas al pie de página. En la presente edición

figuran en el texto mismo. 121.





[37] Socialistas

de cátedra (o reformadores de cátedra): representantes de

una corriente de la economía política burguesa de las

décadas del 70 y 80 que, so capa de socialismo, difundian el

reformismo liberal burgués desde las cátedras universitarias.

El temor provocado entre las clases explotadoras por la difusion del marxismo

y el crecimiento del movimiento obrero, así como los esfuerzos de los

ideólogos burgueses para encontrar nuevos medios de mantener sometidos

a los obreros, fueron los que hicieron nacer el socialismo de

cátedra.





Entre los socialistas de cátedra se encontraban A.

Wagner, G. Schmoller, L. Brentano y V. Sombart, quienes afirmaban que el

Estado burgués se encuentra por encima de las clases, puede conciliar

a clases mutuamente hostiles e imponer en forma gradual el "socialismo" sin

afectar los intereses de los capitalistas, pero teniendo en cuenta al mismo

tiempo, hasta donde ello sea posible, las exigencias de los trabajadores.

Sugerían la legalización del trabajo asalariado reglamentado

por la policía y la reimplantación de las corporaciones

medievales. Marx y Engels demostraron la esencia reaccionaria de esta

corriente y Lenin los denominó chinches de la "ciencia universitaria

policíaca burguesa", que odiaban las tesis revolucionarias de Marx.

Los puntos de vista de los socialistas de cátedra fueron difundidos en

Rusia por los "marxistas legales". 166.





[60]Proteccionismo: medidas económicas destinadas a

desarrollar la industria capitalista y la agricultura del país con el

fin de protegerlos contra la competencia extranjera. La más

importante de estas medidas es la imposición de elevados aranceles

aduaneros sobre las mercancías de otros países, a fin de

reducir la importación, limitación de la cantidad de

artículos que se importan, medidas restrictivas relacionadas con las

divisas, fomento de la exportación de productos nacionales mediante la

reducción de los impuestos, subsidios a capitalistas, etc.





El proteccionismo surgió en Inglaterra, durante la

acumulación originaria, y se difundió ampliamente en la

época del capitalismo industrial en particular bajo el imperialismo,

en cuyas condiciones tiende a asegurar a los monopolios capitalistas la venta

de las mercancías en el mercado interno a precios más elevados,

la obtención de una superganancia monopolista a expensas del saqueo de

las masas populares. 183.





[61]

Freetrade (librecambio): corriente de la economía

política burguesa que exige la libertad de comercio y la no

intervención del Estado en la actividad privada. Surgió en

Inglaterra a fines del siglo xvín y entre 1830 y 1840 la ciudad de

Mánchester fue el baluarte de esta corriente, por cuya razón

los partidarios del librecambio fueron denominados también

"manchesterianos"; la "escuela manchesteriana" estaba encabezada por Cobden y

Bright, y su influencia se reflejó en la política de Francia,

Alemania, Rusia y otros países. A. Smith y D. Ricardo fundamentaron

teóricamente esta tendencia. pMarx y Engels denunciaron que la

burguesía intentaba aprovechar la consigna del libre comercio para

realizar una demagogia social.188.





[99]

Nóvoie Slovo "(Nueva palabra"): revista mensual,

científica, literaria y política que fue editada en Petersburgo

desde 1894 por los liberales populistas, y a partir de 1897 por los

"marxistas legales" (P. Struve, M. Tugán-Baranovski, ele.). Durante el

destierro en Siberia Lenin publicó en esa revista dos

artículos; por una caracterización del romanticismo

económico y A propósito de un suelto periodístico

(véase el presente tomo, págs. 121-258; 308-313).

También se publicaron trabajos de J. Plejánov, V.

Zasúlich, L. Mártov, M. Gorki, etíj. En diciembre de

1897 la publicación fue clausurada por el gobierno zarista. 2/5.





[140] C. Marx,

ob. cit., t. I, pág. 399, nota. Éií, las

ediciones de 1897 y 1898, al final de la cita de Marx, por razones de

censura, Lenin remplazó las palabras "de la revolución social"

(der sozíalen Revolution), por "de trasformación

social". En la edición de 1908 tradujo directamente "de la

revolución social". Esta enmienda ha sido incluida en el texto de la

presente edición de las Obras completas. 237.





[141] Las

leyes cerealeras: sancionadas en Inglaterra en 1815 fijaban altos

impuestos sobre los cereales de otros países, y a veces

prohibían totalmente la importación. Daban a los grandes

terratenientes la posibilidad de elevar en el mercado interior los precios de

los cereales y obtener enormes ganancias, y fortalecían la

posición política de la aristocracia vinculada con el agro.

Entre los grandes terratenientes y la burguesía se desarrolló

una intensa y prolongada lucha, en torno de las leyes cerealeras, que

terminó con su abolición en 1846. 245.





[147]

Anti-Corn-Law League "( Liga contra las leyes cerealeras"): fue

fundada en 1838 por Cobden y Bright, fabricantes textiles de

Mánchester, que eran los pilares del librecambio en Inglaterra. La

Liga luchaba por la abolición de las leyes cerealeras, defendía

la necesidad del libre comercio y afirmaba demagógicamente que

contribuiría a elevar el nivel de vida de la clase obrera, mientras

que, en la práctica la disminución de los precios de los

cereales hacía bajar los salarios de los obreros y aumentar los

beneficios de los capitalistas. La lucha er.tre la burguesía

industrial y la aristocracia rural terminó en 1846, con la

promulgación del "bilí" que derogaba las leyes cerealeras.

Véase la apreciación del movimiento por la derogación de

esas leyes en Miseria de la filosofía, ed. cit., págs.

200-217. 251.





[155]Die Neue

Zeit "(Tiempos nuevos"): revista teórica de la socialdemocracia

alemana, publicada en Stuttgart de 1883 a 1923. Hasta 1917 apareció

bajo la redacción de K. Kautsky; a partir de 1917 fue dirigida por G.

Cunow. Entre 1885 y 1895 se publicaron en Die Neue Zeit algunos

artículos de Marx y de Engels. Éste hacía llegar con

frecuencia su asesoramiento a la Redacción y la criticaba agudamente

por sus desviaciones del marxismo. También aparecían en esa

publicación artículos de F. Mehring, P. Lafargue, J.

Plejánov y otros líderes del movimiento obrero alemán y

del internacional. A partir de la segunda mitad de la década del 90,

después de la muerte de Engels, la revista comenzó a publicar

sistemáticamente artículos de los revisionistas, incluida una

serie de artículos de E. Bernstein titulada "Problemas del socialismo"

con lo que inició una campaña contra el marxismo. Durante la

primera guerra imperialista mundial, ocupó una posición

centrista, y en la práctica apoyó a los socialchovinistas.

252.





[156] Lenin se

refiere al artículo de Marx y Engels, "Una circular contra Kriege" y

al IV capítulo del II tomo de "La ideología alemana",

publicados en la revista Westphalische Damrífboot de julio de

1846 y agosto-6 setiembre de 1847; algunos pasajes de estos trabajos fueron

reproducidos en los núms. 27 y 28, de 1895 y 1896, de Die Neue

Zeit.





Das Westphalische Dampfboot: revista mensual,

órgano de una de de las corrientes de socialismo

pequeñoburgués de Alemania (el " socialismo auténtico");

se publicó desde enero de 1845 hasta marzo de 1848. 252.





[142] Por

unilateral que sea esta explicación de los fabricantes ingleses, que

desconocen las causas más profundas de las crisis y su carácter

inevitable, en los casos en que la ampliación del mercado es

débil, contiene sin embarco una idea absolutamente justa, y es que la

realización de un producto por la vía de su exportación

exige como norma la correspondiente importación. Recomendamos a

la atención de los economistas este argumento de los fabricantes

ingleses que eluden el problema de la realización del producto en la

sociedad capitalista con estas palabras tan profundas: "Se

exportará".





[143] Para

"probar" que el capitalismo es nocivo, Sismondi improvisa al instante un

cálculo aproximado (a los que es tan afecto, por ejemplo, nuestro

romántico ruso el señor V. V.). 600.000 familias-dice-se

dedican a la agricultura. Si los campos de labranza son remplazados por los

de pastoreo, "bastará" apenas una décima parte de esa

cantidad... Cuanto menor es la capacidad de un autor para comprender el

proceso en toda su complejidad, tanto mayor es su empeño en recurrir a

cálculos infantiles hechos "a ojo de buen cubero".





[144] Certificado

de pobreza. (Ed.)





[145] "Por un

lado uno no puede dejar de reconocer, y por el otro, es preciso admitir",

expresión irónica empleada por N. Saltikov-Schedrín en

sus cuentos Diarlo de un provinciano en San Petersburgo y El funeral.

(Ed.)





[146] Discours

sur le libre échange. Utilizamos la traducción alemana: Rede

über die Frage des Freihandels,





[148] Die Lage

der arbeitenden Klasse in England (1845). ["La situación de la

clase obrera en Inglaterra", ed. cit., pág. 255. Ed.] Esta

obra, que parte del mismo punto de vista, fue escrita antes de la

abolición de las leyes cerealeras (1846), mientras que el discurso que

mencionamos es posterior a su abolición. Empero, la diferencia

de fecha no tiene importancia para nosotros: basta comparar los citados

razonamientos de Sismondi de 1827, con ese discurso de 1848, para ver la

completa identidad entre los elementos del problema, en ambos autores.

La idea misma de comparar a Sismondi con el economista alemán

posterior a él fue tomada por nosotros del Handworterbuch der

Staatswissenschaften, B. V., Art. "Sismondi", von Lippert, Seite

679. El paralelo llegó a ofrecer un interés tan palpitante, que

la exposición del señor Lippert perdió de golpe su

sequedad... es decir, su "objetividad" y se trasformó en interesante,

viva e inclusive apasionante.





[149]

Véase en Die Neue Zeit[155] los artículos de Marx, recientemente hallados,

publicados en Westphalisches Dampfboot.[156]





[150]

Véase C. Marx, F. Engels, ob. cit., t. I, pág. 6.

(Ed.)





[151] Escrito en

1867. (Véase C. Marx, ob. cit., t. I, pág. 544-545. Ed.)

En lo que concierne, al aumento de la renta, hay que tener en cuenta para

explicar este fenómeno, la ley establecida por el moderno

análisis de la renta diferencial, o sea, que la elevación de

la renta puede producirse paralelamente a la disminución del precio

del cereal. "Cuando los aranceles ingleses sobre los cereales fueron

derogados en 1846, los fabricantes ingleses creyeron que con esta medida

habían condenado a la miseria a la aristocracia terrateniente. Lejos

de ello, éstos se enriquecieron todavía más.

¿Cómo se explica esto? Muy sencillamente. A partir de entonces

los terratenientes exigieron a sus arrendatarios capitalistas, en los

contratos de arriendo, la inversión en cada acre de tierra, de 12

libras esterlinas anuales en lugar de 8; y, en segundo lugar, como

tenían muchos representantes en la cámara baja, los

terratenientes consiguieron, en beneficio propio, un fuerte subsidio oficial,

para efectuar el drenaje y otras mejoras permanentes en sus tierras. Y dado

que jamás hubo una total renuncia a las peores tierras, sino que a lo

sumo, y de un modo puramente temporal, se las empleó para otros fines,

las rentas se elevaron en proporción a los capitales invertidos en la

tierra y la aristocracia terrateniente mejoró, inclusive, su

situación" (Das Kapital, III, 2, 259.) [Véase C. Marx, ob.

cit., t. III, pág. 620. Ed.]





[152] La cursiva

es nuestra.





[153] Con

respecto a este significado progresista de la abolición de las leyes

cerealeras, también el autor de Die Lage lo señalaba con

mucha claridad, aun antes de dicha abolición (1. c.,

pág. 179), y subrayaba en particular la influencia de esta medida

sobre la conciencia de los productores.





[154] Por razones

de censura Lenin modificó aquí (o excluyó)

algunas palabras del citado pasaje del Discurso que analiza.

Así, donde Marx dice "acelera la revolución social", traduce

"acelera esta ruptura"; y en lugar de "sólo en este sentido, en el

sentido revolucionario", dice "sólo en este sentido". (Ed.)





[2] Efrussi

murió en el año 1897. Rússkoie Bogatstvo le

dedica un artículo necrológico en su entrega del mes de marzo

de 1897.





[3]Es muy cierto que

Sismondi no era socialista, tal como lo señala Efrussi en el comienzo

de su artículo, repitiendo lo dicho por Lippert (ver Handwdrterbuch

der Staatswissenschaften, V. Band, Artikel "Sismondf, von Lippert,

Seite 678. ["Diccionario de Ciencias Políticas", t. V,

artículo Sísmondi, de Lippert, pág. 678.

Ed.] ).





[4] V. V.

(seudónimo de V. P. Vorontsov) y N.-on o Nikolal-on ( seudónimo

de N. F. Danielsón). Véase V. I. Lenin, ob. cit., "

Biografías", tomo complementario 1. (Ed.)





[5] Todas las citas que

siguen, salvo indicación especial, corresponden a la edición de

Nouveaux Principes mencionada anteriormente.





[6] Aquí, como en lo demás casos, la cursiva es nuestra,

salvo cuando se señala lo contrario.





[7] Trátase del

marxismo. (Nota del autor a la edición de 1908. Ed.)





[8] De esta monera se

van creando simultáneamente los elementos del capital variable (el

obrero "libre") y del capital constante; este último lo constituyen

los medios de producción de los que se ve despojado el pequeño

productor.





[9] Sobre esta parte de

la doctrina de Sismondi-la reducción del mercado interior como

consecuencia del desarrollo del capitalismo-Efrussi nada dice. Muchas veces

veremos aún que éste ha omitido precisamente lo que caracteriza

con mayor relieve el punto de vista de Sismondi y la posición

del populismo respecto de su doctrina.





[10]

Plusvalía, sobrevalor (Uéhrwert, según

Marx). En sus trabajos de la década del 90 Lenin empleaba

indistintamente ambos términos. Mal tarde utiliza exclusivamente

plusvalía. (Ed.)





[11] Más

exactamente: la parte de la ganancia que no se destina a la

acumulación.





[12] En efecto,

Sismondi ahora apenas establece la distinción entre capítal

y renta. El primero es invertido en la producción y la segunda va

al consumo. Pero se trata de la sociedad. Y ésta "consume"

también el capital fijo. La diferencia mencionada desaparece y el

proceso económico-social, que trasforma "el capital para uno" en

"renta para otro", queda sin ser aclarado.





[13] Véase el

presente tomo, págs. 143-146. (Ed.)





[14] Y de las que

prudentemente se han abstenido otros economistas que repitieron el error de

A. Smith.





[15] Véase,

por ejemplo, t. II. págs. 456-457, y otros muchos pasajes. Más

abajo citaremos algunos ejemplos y el lector verá que hasta la manera

de expresarse de nuestros románticos, por el estilo del señor

N.-on, no difiere, en absoluto, de la de Sismondi.





[16] Ver el

apéndice de Nouveaux Príncipes, 2° edición,

t. II: Eclaircissements relatifs á la balance des consommations

avec les productions "(Aclaraciones relativas a la balanza de consumo y

de la producción". Ed.), donde Sismondi traduce y discute el

artículo del discípulo de Ricardo (MacCulloch) publicado en

The Edinburgh Revíew, bajo el título: "

Investigación de si la capacidad de consumo de la sociedad crece

siempre paralelamente a la capacidad de producción". (Se refiere al

artículo polémico de MacCulloch "Los planes del señor

Owen para mitigar la desgracia nacional", aparecido en forina anónima

en The Edinburgh Revieiv de 1819, al que responde Sismondi. The

Edinburgh Revieui era una revista científica, literaria y

política, que se publicó desde 1802 hasta 1929. Ed.)





[17] Véase,

C. Marx, El capital, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1957, t. H,

pág. 292 y t. III, págs. 712-713. (Ed.)





[18]

Señalamos aquí sólo la esencia de la nueva

teoría que ha proporcionado esta solución, y reservamos otro

lugar para una exposición más detallada. Véase Das

Kapital, II Band, III Abschnitt. (Véase C. Marx, ob. cit.,

t. II), sec. III, pág. 275.Ed.) Para más detalles, véase

El desarrollo del capitalismo, cap. I. (Véase V. I. Lenin,

ab. cit., t. III. En las ediciones de 1897 y 1898 Lenin cita

aquí al libro de M. I. Tugán-Baranovski Las crisis

industríales, parte II. En la edición de 1908 señala

su propio libro, El desarrollo del capitalismo en Rusia cuya primera

edición apareció en 1899. Ed.)





[19] Y así

razonan nuestros economistas-populistas, los señores V. V. y N.-on.

Más arriba nos detuvimos deliberadamente, muy en detalle, sobre los

errores de Sismondi en torno del problema del consumo productivo y personal,

y de los artículos de consumo y los medios de producción (A.

Smith estaba mucho más cerca de esa diferencia que Sismondi). Quisimos

mostrar al lector que los representantes clásicos de esta

errónea teoría percibían su insuficiencia,

veían la contradicción y hacían tentativas por encontrar

una salida. En cambio, nuestros "originales" teóricos no sólo

nada ven, nada sienten, sino que ni siquiera reconocen la teoría ni la

historia del problema acerca del cual peroran con tanto ardor.





[20] Véase C.

Marx, ob. cit., t. II, pág. 304. (Ed.)





[21] Recordamos al

lector cómo enfocaría Sismondi este problema. Distinguía

nítidamente dichos medios de producción para cada familia, e

Intentaba hacer lo mismo para la sociedad. En rigor de verdad, el que lo "

enfocó" fue Smith; Sismondi no hizo mis que parafrasearlo.





[22] Como es sabido,

en esta cuestión (de si la producción crea mercados para

sí), la teoría moderna adoptó enteramente la

posición de los clásicos, que contestaban en forma afirmativa,

en contra del romanticismo, que responde negativamente. "El

verdadero límite de la producción capitalista, es el

propio capital." (Das Kapital, t. III, I, 231. (Véase C. Marx,

ob. cit., t. III, pág. 235. Ed.)





[23] "El primer

efecto de la competencia-dice Sismondi-ha sido la baja de los salarios y el

aumento simultáneo del número de obreros" (I, 403). No nos

detenemos aquí sobre los errores en los cálculos que hace

Sismondi: considera, por ejemplo, que la ganancia será del 8 por

ciento para el capital fijo y el 8 por ciento para el circulante; que el

número de obreros se elevara en proporción al aumento del

capital circulante (que él no sabe diferenciar como es debido del

variable); que el capital fijo entra íntegramente en el precio del

producto. En el caso dado, todo esto carece de importancia, porque la

deducción es justa: disminución de la parte del capital

variable dentro de la suma total del capital, como resultado necesario de la

acumulación.





[24] Del

análisis expuesto más arriba se desprende que un caso asi

también es posible. Depende de la proporción del capital

constante y del capital variable en el nuevo capital, y en qué medida

la disminución de la parte del capital variable afecta las viejas

producciones.





[25] Frase del juez

Liapkin-Tiapkin, personaje caricaturesco de la comedia El inspector,

de N. Gógol. (Ed.)





[26] Esto es tan

evidente, que hasta Sismondi reconocía la necesidad de hacer

abstracción del comercio exterior en el análisis de la

realización. "Para seguir con más precisión dichos

cálculos-dice a propósito de la correspondencia entre

producción y consumo-y simplificar el problema, hicimos hasta ahora

completa abstracción del comercio exterior y partimos del supuesto de

una nación aislada; la sociedad humana, por sí misma,

constituye una nación aislada, y lo que atañe a una

nación sin comercio exterior atañe por igual a todo el

género humano." (I, 115).





[27] N.-on,

pág. 205.





[28] Confrontar

Zíber: David Ricardo, etc., San Petersbugro, 1885, pág.

466, nota.





[29] Confrontar

más abajo: Rede über die Frage des Frethandeh (C. Marx,

"Discurso sobre el librecambio". Ed.).





[30] Aquí

sólo me refiero a la apreciación del capitalismo, no al modo de

comprenderlo. En este último sentido, los románticos, tal como

hemos visto, no se elevaron por encima de los clásicos.





[31] La doctrina

según la cual en la economía capitalista el producto total

está compuesto de dos partes llevó, a A. Smith y a los

economistas posteriores a el, a una interpretación errónea de

"la acumulación del capital individual". Ellos enseñaron que la

parte acumulada de la ganancia se gasta íntegramente en el salario,

cuando en realidad se gasta: 1) en capital constante y 2) en salario.

También Sismondi repite este error de los clásicos.





[32] Das

Kapital, II Band, S. 304. Traducción rusa, pág. 232. La

cursiva es nuestra. (Véase, C. Marx, ob. cit. t. II, sec. II,

pág. 248. Ed.)





[33] "Sobre el

conocimiento del mercado". (Ed.)





[34] En El

desarrollo del capitalismo (págs. 16 y 19) (véase V. I.

Lenin, ob. cit., tomo III, cap. I, § VI. Ed.) ya

señalé las inexactitudes y errores del señor

Tugán-Baranovski, que lo llevaron después a pasarse enteramente

al campo de los economistas burgueses. (Nota del autor a la edición de

1908. Ed.)





[35] Confrontar:

Sismondi, ob. cít., I, 8.





[36] Rodbertus.

Anotemos, de paso, que Bernstein, restaurando en general los prejuicios de la

economía burguesa, introdujo confusión también en este

problema, al afirmar que la teoría de las crisis de Marx no difiere

mucho, que digamos, de la de Rodbertus "(Die Voraussetzungen, etc.",

Stuttgart, 1889, S. 67), [E. Bernstein: "Premisas, etc.", Stuttgart,

1889, pág. 67. Etf.], y que Marx se contradice al reconocer en el

subconsumo de las masas la causa final de las crisis. [Nota del autor a la

ed. de 1908. Ed.]





[38] Es

característico inclusive el método mismo de exposición:

el libro 3? trata de "la riqueza territorial" (ríchesse

territoriale) de la tierra, es decir, de la agricultura. El libro

siguiente, el 4°rdot; "de la riqueza comercial" (de la richesse

commerciale), es decir, de la industria y del comercio. ¡Como si el

producto de la tierra y la tierra misma no se trasformasen también en

mercancías bajo el dominio del capitalismo! Por esa razón no

existe concordancia entre estos dos libros. La industria es tratada

sólo desde el punto de vista de su forma capitalista,

contemporánea de Sismondi. En cuanto a la agricultura, se la describe

como un mosaico heterogéneo, con toda clase de sistemas de

explotación de la tierra: patriarcal, esclavista, mediería,

prestación personal, aparcería, sistemas de economía

basados en granjas, enfiteusis (arriendo a perpetuidad). Y como resultado de

ello, la confusión más completa: el autor no hace la historia

de la agricultura-puesto que todos esos "sistemas" no se hallan ligados entre

sí-, ni un análisis de la agricultura dentro de la

economía capitalista, aun cuando esta última constituye el

verdadero objeto de su obra y aun cuando, en lo que respecta a la industria,

sólo la considera bajo su forma capitalista.





[39] Ricardo.

Obras, trad. de Ziber, pág. 35: "¿Acaso la naturaleza no

hace nada por el hombre en la industria manufacturera? ¿Acaso carecen

de valor la fuerza del viento y del agua que ponen en acción nuestras

máquinas y facilitan la navegación marítima? La

presión atmosférica y la elasticidad del vapor, mediante las

cuales ponemos en movimiento las más admirables máquinas,

¿no constituyen dones de la naturaleza? Sin hablar ya de la

acción del calor, que ablanda y funde los metales, y de la

participación del aire en los procesos de tintura y de

fermentación, no existe una sola rama de la manufactura eu que la

naturaleza no preste su ayuda al hombre, haciéndolo, además,

generosa y gratuitamente".





[40] Hacemos, por

nuestra parte, la salvedad de que no podemos saber con certeza a quién

se refiere Efrussi cuando habla del "más eminente economista moderno":

¿es un representante de la escuela que, como se sabe, es absolutamente

extraña al romanticismo, o bien el autor del más voluminoso

Handbuch?





[41] Por lo que se

sabe, este punto de vista sobre la superpoblación fue formulado por

primera vez por Engels, en Die Lage der arbettenden Klasse in Englnnd

(1845). (Véase F. Engels, La situación de la clase obrera en

Inglaterra, ed. cit. pág. 97. Ed. Después de

describir el ciclo habitual de producción de la industria inglesa, el

autor dice:





"Resulta que en todos los tiempos, exceptuando los breves

períodos del más alto resurgimiento, la industria inglesa debe

tener un ejército de reserva de obreros desocupados para poder, en los

meses de mayor actividad, producir la cantidad de mercancías

requeridas. Esta reserva es más o menos numerosa, según que las

condiciones del mercado ocasionen una mavor o menor ocupación de la

misma. Y si también en la época de mayor resurgimiento del

mercado, por lo menos de tiempo en tiempo, los distritos agrícolas,

Irlanda y las ramas de la industria menos sujetas al resurgimiento, pueden

suministrar un número de trabajadores, éstos, por un lado,

forman todavía una minoría, y pertenecen, por otro lado, a la

reserva, con la única diferencia que cada resurgimiento les muestra

que también pertenecen a ella".





Es importante subrayar en la última frase que una

parte de la población rural que se vuelca temporariamente a la

industria, es considerada parte integrante del ejército de reserva.

Esto es justamente lo que la teoría moderna llama forma latente

de superpoblación (véase El capital de Marx).

(Véase C. Marx, ob. cit., t. I, punto 4, cap. XXIII,

págs. 516-517. Ed.)





[42] Confrontar

Zíber, David Ricardo, etc., págs. 552-553. S.

Petersburgo, 1885.





[43] Véase C.

Marx, ob. cit., t. I, págs. 516-517. (Ed.)





[44] Por eso no nos

referiremos aquí a la circunstancia, sumamente original de que, al no

estar registrados, muchísimos obreros de esta categoría sirven

de base a los economistas populistas para no tomarlos en cuenta.





[45] Ver el

apéndice de la traducción rusa del Ensayo acerca da la

población, de Malthus (traducción de Bíbikov, S.

Petersburgo, 1868), extracto de la obra de Proudhon De la

justicia.





[46] Y ya vimos en

más de una oportunidad, que Efrussi procura introduciren todas

partes este paralelo de las concepciones de Sismondi con la teoría

moderna.





[47] En las

ediciones de 1898 y 1908 se había suprimido el texto encerrado entre

los dos asteriscos. (Ed.)





[48] "A decir

verdad-dice Zíber en el comienzo de este capítulo-, la doctrina

expuesta sobre las máquinas y la gran industria es una fuente tan

inagotable de nuevas ideas e investigaciones originales que si a alguien se

le ocurriera ponderar íntegramente los méritos propios de esta

doctrina, tendría que dedicar a este solo objeto casi todo un libro"

(pág. 473).





[49] Commrando "la

división del trabajo" en la rnmun'dsd rural y en la seriedad

capitalista con su industria mecanizada, Zíber observa con toda

nisticia: "Entre los 'sumandos' de la comunidad camnesina y los de una

sociedad con producción mecanizada eviste más o menos la misma

diferencia que, por ejemplo, entre la unidad 'decena' y la unidad 'centena'"

( página 495).





[50] Zíber,

obra citada, pág. 467.





[51] La palabra

"realista" se usa aquí en lugar de la palabra, manísta,

exclusivamente por consideraciones relacionadas con la censura. Por la misma

causa, las referencias a El capital son remplazadas por las

referencias al libro de Zíber, que hacía una exposición

de El capital de Marx. (Nota del autor a la edición de 1908.

Ed.)





[52] Pag. 108. La

cita es del libro Recopilación de artos estadíst'cos de la

provincia de Moscú, t. VII, vol. III, pág. 32. (Los

estadísticos resumen aquí el libro de Korsak Sobre las

formas de la industria): "La organización misma de los oficios

cambia totalmente a partir de 1822: de productores artesanales

independientes, los campesinos se van trasformando en simples realizadores de

algunas operaciones de la gran industria fabril, y se limitan a percibir un

salario según la tarea".





[53] Zíber

señalaba muy acertadamente que no conviene usar la terminología

habitual (fábrica, taller, etc.) en una investigación

científica, e indicaba la necesidad de distinguir la industria

mecanizada de la manufactura capitalista (pág. 474).





[54] N.-on,

pág. 322. ¿Acaso esto difiere en un ánice de la

idealización de la economía campesina patriarcal que hace

Sismondi?





[55] Suponemos que

no hay necesidad de demostrar aquí este hecho notorio. Basta recordar

Ins penueñín industrias de cerrajería de Pávlovo,

de curtiembres de Bogorodsk, de calzado de Kimri, de gorras del detrito de

Molvítino. de acordeones y de samovares de Tula, de orfebrerías

de Krásnoie Sieló y de Ríbnaia Slobodá, de

cucharas de Siemiónovsk, de artículos de carey en

"Ustiánschina", de fieltro en el distrito de Semiónov en la

provincia de Nizhni-Nóvgorod, etc. Citamos de memoria: si se recurre a

cualquier trabajo de investigación sobre la industria artesanal,

podrá prolongarse la lista hasta el infinito.





[56] Rogamos no

olvidar que el significado científico de este término no es

igual al que tiene ordinariamente. La ciencia limita su aplicación a

la gr?n industria mecanizada.





[57] Tal como lo

había planteado, por ejemplo, A. Volguin, La fundamentación

del populismo en las obras del señor Vorontsov (V. V.), S.

Petersburgo, 1896.





[58] Tout

court, simplemente. En francés en el original. (Ed.)





[59] Aquí se

encuentra ya esbozada, sobre la base de Ta teoría de Marx, la

crítica de las opiniones del señor N.-on, tarea que

realicé más tarde en El desarrollo del capitalismo.

[Nota del autor a la edición de 1908. Ed.]





[*] Con mayor

razón. (Ed.)





[62] De la misma

manera que Reseñas "abunda" en llamamientos "a nosotros", en

exclamaciones y frases semejantes, que hacen caso omiso de las

contradicciones.





[63] Entramos en

sospechas si el señor N.-on no considera esas "citas" como

talismán que lo protege contra cualquier crítica, pues de otra

manera es difícil explicar la circunstancia de que haya podido "citar"

en uno de sus artículos de Rússkoie Bogatstvo (1894,

núm. 6, pág. 88) la opinión de uno de los representantes

de la nueva teoría, donde se coloca a Sismondi entre los

pequeños burgueses reaccionarios y utópicos, sabiendo, por los

señores Struve y Tugán-Baranovski, que se ha comparado su

doctrina con la de Sismondi. Es probable que esté profundamente

convencido de que con semejante "cita" ha "refutado" dicha

comparación. [Las citas a que se alude fueron tomadas de la

caracterización del socialismo pequeñoburgués de

Sismondi, formulada en el "Manifiesto del .Partido Comunista" (C. Marx y F.

Engels, ob. cit., págs. 29-30). N. Danielson también se

refiere a esta cita en su artículo "Acerca de las condiciones de

nuestro desarrollo económico", publicado en R. Bogatstvo,

núm. 6, 1894. Ed.]





[64] Comienzo del

titulo del libro de C. Marx, Zur Kri&k der poltttechen Oekonomle

"(Contribución a la crítica de la economía

política"), citado por Lenin, quien trascribe un pasaje de la

traducción al ruso, de Rumiántsev, publicada en 1890. (Ed.)





[65] Se entiende de

por sí que tampoco acá deja Efrussi de ensalzar a Sismondi.

Leemos en Rússkoie Bogatstvo, núm. 8, pág. 56:

"En la doctrina de Sismondi algunas medidas especiales propuestas por

él no son tan importantes como el espíritu general de que se

halla impregnado todo su sistema. A despecho de la escuela clásica,

destaca, con fuerza especial, los intereses de la distribución y no

los de la producción". A pesar de sus reiteradas " referencias" a los

economistas "modernos", Efrussi no comprendió en absoluto esa

doctrina, y sigue repitiendo los absurdos sentimentales que caracterizan la

crítica primitiva del capitalismo. También aauí nuestro

populista quiere salvarse comparando a Sismondi con "muchos destacados

renresentontes de la escuela histórica"; resulta que "Sismondi ha ido

más allá" (ibíd). y Efrussi se da por

completamente satisfecho con estol "Ha ido más allá" de los

prrfpsores alemanes: ¿qué más hace falta? A semejanza de

los otros populistas, Efrussi trata de trasladar el centro de gravedad hacia

el hecho de que Sismondi criticó al capitalismo. Pero por lo que

parece el economista de Rússkoie Bogatstvo no tiene la menor

idea de que la crítica del capitalismo puede ser de diferente

carácter; que se lo puede criticar tanto desde el punto de vista

sentimental como desde el punto de vista científico.





[66] Con toda

justicia, Ingram compara a Sismondi con los "socialistas de cátedra"

(pág. 212, Historia de la economía política,

Moscú, 1891), y declara con ingenuidad: "Ya nos hemos adherido [!!] al

punto de vista de Sismondi sobre el Estado, como fuerza que debe preocuparse

[... ] de extender los bienes de la unión social y del progreso

moderno, en lo posible, a todas las clases de la sociedad" (215). Ya hemos

visto, en el ejemplo del protec. cionismo, cuál es la profundidad que

caracteriza estas "concepciones" de Sismondi.





[67] Véase,

por ejemplo, el artículo La renta, de R. Meyer, en el

Handworterbuch der Staatswissenschaften (trad. al ruso en la

recopilación Prbmíshlennost ["Industria". Ed.],

que muestra la lamentable confusión del razonamiento de los "modernos"

profesores alemanes sobre este tenia. Es curioso que R. Meyer, que se apoya

directamente en A. Smith y que cita en su bibliografía los mismos

capítulos del tomo II de El capital en que figura una

refutación completa de Smith, no lo mencione en el texto.





[68] Véase C.

Marx, F. Engels, ob. cit., "Crítica del programa de Gotha",

págs. 459-460. En las ediciones de 1897 y 1898, por razones de

censura, Lenin no alude directamente a Marx, sino a Struve. En la

edición de 1908 menciona ya la "Crítica..." de Marx. Esta

enmienda se ha incluido en el texto de la presente edición, (Ed.)





[69] Véase C.

Marx, ob. cit., t. III, págs. 739-740, 742, 743 y 744.

(Ed.)





[70] Lenin se

refiere a los siguientes artículos polémicos de los populistas

contra los marxistas: "Una apología del poder del dinero como signo de

la época", publicado con el seudónimo de Nikolai-on en

Rússkoie Bogatstvo, num. 1-2, de 1895; y "El socialdemocratismo

alemán y el espíritu burgués ruso", aparecido en

Nedielia, núms. 47-49, de 1894. con el seudónimo de V. V.

(Ed.)





[71] Efrussi, por

ejemplo, repite muy ufano las frases sentimentales de Sismondi acerca de

que¡ el aumento de la renta pura del empresario no constituye ganancia

alguna para la economía nacional, etc., y sólo le reprocha que

lo haya "reconocido" de manera totalmente conciente (pág. 43,

núm. 8).





Téngase a bien comparar esto con los resultados del

análisis científico del capitalismo:





La renta bruta (Roheinkommen) de la sociedad

está formada por el salario + la ganancia + la renta. La renta neta

(Reineinkommen) es el sobre- valor.





"Si nos fijamos en la renta de toda la sociedad, vemos que

la renta nacional está formada por el salario, más las

ganancias, más la renta del suelo, es decií, de la renta bruta.

Sin embargo, esto es también una abstracción en el sentido de

que toda la sociedad basada en la producción capitalista se coloca en

el punto de vista capitalista y considera como renta neta sólo la que

se compone de la ganancia y de la renta del suelo" (III, 2, 375-376).

[Véase C. Marx, ob. cit., t. III, pág. 711. Ed.]





El autor acepta, pues, completamente la definición

de Ricardo "de la renta neta" "de la sociedad", la misma definición

que había provocado "la famosa objeción" de Sismondi

(Rússkoie Bogatstvo, núm. 8, pág. 44):

"¿Cómo? ¿La riqueza es todo y los hombres nada son?"

(II, 331). En la sociedad actual, desde luego que sí.





[72] "La

economía política no es una ciencia de simóle

cálculo [n'est pa.t une science de calcul], sino una ciencia

moral [. ..] Lleva hacia el fin sólo cuando se ha tomado en

consideración los sentimientos, las necesidades y las pasiones de los

hombres" (I, 313). Estas frases sentimentales en las que Sismondi ve nuevas

concepciones de la ciencia social, lo mismo que los sociólogos nisos

de la escuela "ubietivista cuando prof;eren exclamaciones muy parecidas.^

muestran en realidad en qué estado infantilmente primitivo se hallnba

aún la crítica de la burguesía. ¿Acaso el

análisis científico de las contradicciones, conservando su

carácter de "cálculo" rigurosamente objetivo, no proporciona

una base firme para comprender los "sentimientos, las necesidades y las

pasiones", no las pasiones de "los hombres" en general-de esta

abstracción a la que tanto el romántico como el populista

llenan de un contenido específicamente pequeñoburgués-.

sino de hombres de clases determinados? Pero la verdad es que Sismondi

no pudo refutar teóricamente a los economistas, y por ello se

limitaba a proferir frases sentimentales. "El 'diletantismo' utónico

se había visto obligado a hacer concesiones teóricas a t^do

defensor, más o menos erudito, del orden burgués. El utopista,

para acallar la conciencia que tiene de su propia impotencia, se consuela,

reprochando a sus adversarios de objetividad: admitamos-piensa-que usted.

según deban, es más culto que yo; en cambio yo soy más

bueno", (Béltov. pág. 43).





[73] ¡Como si

los "problemas" que surgen de las ciencias naturales no se dirigiesen

también al "corazón"!





[74] Escrito para la

edición de 1908. (Ed.)





[75]

Teorías de la plusvalía, t. II, parte I, págs.

304 y siguientes. Observaciones sobre la historia del descubrimiento de la

llamada ley de Ricardo. Véase C. Marx, ób. cit., t.

IV, Historia critica de la teoría de la plusvalía,

págs. 405 y 407. (Ed.)





[76] Siempre y en

todas partes, en las condiciones del desarrollo capitalista, la agricultura

queda rezagada respecto del comercio y de la industria; se halla

siempre subordinada a los mismos y es explotada por ellos; sólo

más tarde es atraída por ellos a la vía de la

producción capitalista.





[77] Nótese

que Sismondi-exactamente igual que nuestros populistas- trasforma de golpe la

economía independiente de los campesinos en una "organización

social". Es un evidente truco. ¿Qué vincula a esas campesinos

de diferentes localidades? Precisamente la división del trabajo social

y la economía mercantil, que han remplazado los vínculos

feudales. Se ve en seguida que se convierte en utopía uno de los

elementos del régimen de la economía mercantil, y que no se

comprenden los demás. Compárese con lo escrito por el

señor N.-on, pág. 322: "La forma de industria basada en ia

posesión de los instrumentos de producción por los campesinos".

Que la posesión de los instrumentos de producción por los

campesinos constituye, tanto histórica como lógicamente, el

punto de partida de la producción capitalista, ¡el

señor N.-on ni siquiera lo sospecha!





[78] Compare el

lector estos empalagosos cuentos de abuela con lo que dice el publicista "de

avanzada" de fines del siglo xix, que el señor Struve cita en sus

Natas críticas, pág. 17. (Lenin denomina así,

irónicamente, al populista liberal S. luzhakov, un pasaje de cuyo

artículo "Problemas de la hegemonía a fines del siglo xix", que

se publicó en el núm. 3-4 de Rússkaia Misl, de

1885, citaba S. Struve. Ed.)





[79] También

en lo que atañe a esta cuestión el señor N.-on ha

acumulado una cantidad tan grande de contradicciones, que se pueden

seleccionar todas las tesis Que se quiera, sin vínculo alguno

entre sí. Sin embargo, no caben dudas sobre la idealización de

la economía campesina, a través del término nebuloso de

"producción popular". La nebulosidad es la atmósfera más

cómoda para todos los disfraces.





[80]

Compárese con N.-on, pág. 321 in f. y otras.





[81]

Ibíd., pág. 335. Página 184: el capitalismo

"priva de estabilidad", etc., etc.





[82] "En realidad,

sociedad, asociación, son denominaciones que pueden darse a

todas las sociedades, lo mismo a la feudal que a la burguesa, que es la

asociación fundada en la competencia. ¿Cómo puede haber,

pues, escritores que piensen que solamente con la palabra

asociación pueden impugnar la competencia?" (Marx, Dos Elena

der Philosophíe [Marx, Miseria de la filosofía.

Ed.]). El autor critica con rigor la condena sentimental de la

competencia, y destaca directamente su aspecto progresista, su fuerza

motriz que empuja hacia adelante "el progreso técnico y el progreso

social". Debido a la censura, Lenin remplaza aquí la palabra

"socialistas" por escritores. Ed.)





[83] Escrito en

1847.





[84] W. Atkinson:

Principios de economía política, Londres, 1840,

págs. 170 y 195. (Ed.)





[85]

¡Aquí ardió Troyal (Ed.)





[86] Aunque subsiste

una pregunta: por quó no llegó? ¿No será porque

estos escritores planteaban los problemas de manera más amplia,

considerando en su conjunto el régimen económico existente, su

lugar y su papel en el desarrollo de toda la humanidad, sin limitar su

horizonte a un solo país, como si fuera posible crear para

él una teoría especial?





[87] Este

término se usa en el sentido

histérico-filosófico; caracteriza sólo el

error de los teóricos que toman los modelos de sus sistemas en

regímenes que han caducado. No se aplica a las cualidades

personales de dichos teóricos, ni a sus programas. Todos saben que, en

el sentido corriente de la palabra, ni Sismondi ni Froudhon eran

reaccionarios. Explicamos estas verdades elementales porque los

señores populistas, como veremos más adelante, no las han

comprendido basta ahora.





[88] Lecciones

sobre la industria y las finanzas. París, 1832. (Ed.)





[89] Crédito

mobiliario. Banco que concede préstamos con garantías de

propiedades muebles. (Ed.)





[90] Al remplazar

las uniones locales y de estamento, por la unidad basada en la

situación social y los intereses sociales dentro de todo un Estado y

hasta, de todo el mundo.





[91] Véase V.

I. Lenta, ób. cit., tomo I, nota 3. (Ed.)





[92] Según

los datos estadísticos del zemstvo (Recopilación general

de Blagoviéschenski), la extensión media de una

comunidad, en 123 distritos de 22 provincias, era de 53 familias con

323 personas de ambos sexos.





[93] Véase C.

Marx y F. Engels, ob. cit., pág. 178. En las ediciones de 1897

y 1898 debido a la censura Lenin no menciona el nombre de Marx y presenta la

cita remitiendo al lector a la obra de N. Béltov (J. Plejánov)

Ensayo sobre el desarrollo de la concepción monista de la

historia, En la edición de 1908 se refiere ya abiertamente a Marx.

(Ed.)





[94] Por ejemplo,

Efrussi escribió dos artículos sobre "cómo consideraba

Sismondi el desarrollo del capitalismo" (Rússkoie Bogatstvo,

núm. 7, pág. 139), y a pesar de ello, no comprendió

absolutamente nada de cómo lo consideraba Sismondi. El colaborador

de Rússkoie Bogatstvo no advirtió el carácter

pequeñoburgués del punto de vista de Sismondi. Y como Efrussi,

sin duda, conoce a Sismondi, y conree precisamente (como veremos más

abajo) al representante de la teoría moderna que caracterizó a

Sismondi como sabemos; y como quiere también "estar de acuerdo" con el

representante de la teoría moderna, resulta que su

incomprensión adquiere un sentido determinado. El populista no

podía advertir en el romántico lo que no veía en

sí mismo.





[95] Véase V.

I. Lenin, ob. cit., tomo I, nota 6. (Ed.)





[96] Desde luego,

esto suena de manera muy extraña: ¡¡elogiar a una persona

por haber trasmitido fielmente pensamientos ajenos!' ¿Pero qué

se le va a hacer? Entre los polemistas habituales de Rússkoie

Bogatstvo y del viejo Novóie Slovo [99] de los señores Krivenko y Vorontsov, esta

clase de polémica es, en efecto, una rara excepción.





[97]

Zamoskvoréchto, barrio de Moscú. (Ed.)





[98] Kit

Kítich, apodo de Tit Títich, rico comerciante, personaje de

la comedia de A. Ostrovski. hombros rotos. Lenin daba el nombre de Kit

Kítich a los magnates capitalistas. (Ed.)





[100] El

porcentaje de la poblacion urbana en Rusia europea fue creciendo en la

época posterior a la Reforma. Tenemos que limitarnos aquí a la

indicacion de este síntoma, el más conocido, aunque esté

lejos de expresar plenamente el fenómeno que se trata, pues no

abarca importantes particularidades de Rusia en comparación con la

Europa occidental. No es éste el lugar para analizar esas

particularidades (ausencia de libertad de desplazamiento para los campesinos,

existencia de aldeas industriales y fabriles, colonización interna del

país, etc.).





[101] "En su

ulterior desarrollo, esta tendencia [precisamente la de la crítica

pequeñoburguesa, encabezada por Sismondi] se convirtió en

cobardes quejas sobre la situación actual. (Véase C. Marx y F.

Engels, ob. cit., pág. 30. Ed.)





[102] El lector

puede juzgar por esto la agudeza de ingenio del señor N.-on, quien en

sus Reseñas, sin reparo alguno, trasforma la disminución

relativa del capital variable y del número de obreros, en

absoluta, y extrae en consecuencia una multitud de las más

absurdas deducciones sobre la "reducción" del mercado interior,

etc.





[103] Es

precisamente esta condición la que hemos tenido presente cuando

decimos que la colonización interior de Rusia hace más compleja

la ley que se manifiesta en un crecimiento mayor de la población

industrial. Baste recordar la diferencia que existe entre el centro de Rusia,

poblado desde hace mucho, donde el crecimiento de la población

industrial aumenta menos a expensas de las ciudades que de las aldeas y

villorrios fabriles, y Novorrossía, pur ejemplo, poblada

después de la Reforma, y donde el crecimiento de las ciudades es

comparable, en cuanto a la rapidez, al que se observa en Norteamérica.

Esperamos analizar esta cuestión con más detalles en otra

oportunidad.





[104]

Véase C. Marx, ob. cit., t. III, págs. 550-551.

(Ed.)





[105]

Véase C. Marx, ob. cit., t. I, pág. 400. (Ed.)





[106] En Die

Lage der arbeitenden Klasse in England [La situación de la clase

obrera en Inglaterra. En español, ed. cit. Ed.], 1845, se

da asimismo una caracterización particularmente elocuente del papel

progresista que desempeñan los centros industriales en el desarrollo

intelectual de la población. El reconocimiento de este papel no ha

impedido al autor de La situación de la clase obrera en

Inglaterra comprender profundamente la contradicción que se

manifiesta en la separación de la ciudad y el campo, como lo prueba su

obra polémica contra Dühring.





[107] Recuerde el

lector que áismondi cometía precisamente este error

cuando hablaba de la "felicidad" de Francia con su 80 por ciento de

población agrícola, como si ello fuese la particularidad de

quién sabe qué " pro.cción popular", etc., y no la

expresión de su retraso en el desarrollo del capitalismo.





[108]

Sozialpolistischen Centralblatt "(Periódico central

político-social"), órgano del ala derecha de la

socialdemocracia alemana, publicado por primera vez en 1892. (Ed.)





[109]

Compárese con Volguin: La -fundamentación del populismo en

las obras del señor Vorontsov, S. Petersburgo, 1896, págs.

215-216.





[110] Es de

estricta justicia decir, por otra parte, que Sismondi, que observa el

crecimiento de la población industrial en algunos países y

reconoce el carácter general de este fenómeno, comprende en

algunos casos, que esto no es sólo una "anomalía", etc., sino

un profundo cambio de las condiciones de vida de la población, cambio

en el que hay eme reconocer también algo de bueno. Al menos, su

siguiente juicio sobre el daño de la división del trabajo

revela puntos de vista mucho más profundos que. por ejemplo, los del

señor Mijailovski, quien ha inventado una "fórmula general del

progreso" en lugar de analizar las formas determinadas que va tornando la

división del trabajo en las diversas formaciones de la economía

social y en las diversas épocas de desarrollo.





"Aun cuando la monotonía de las operaciones a que

se reduce toda la actividad de los obreros en una fábrica debe,

evidentemente, perjudicar su desarrollo mental [intelligence], sin

embargo es justo decir que, de acuerdo con las observaciones de los mejores

jueces [juges, conocedores!, los obreros manufactureros en Inglaterra tienen

un nivel más elevado de desarrollo, en cuanto a instrucción

moral que los obreros agrícolas [ouvriers den chamns]" (I,

397). Y Sismondi señala por qué: Vivant sans cesse ensemble,

mtfns émi'sés par la fntisue, et pouvant se livrer davnntae,e

á la conversaron, les idees ont circulé plus rapidement entre

eux (Como viven siempre juntos, están menos agotados por la fatiga

y tienen mayores posibilidades de conversar, las ideas han circulado

más rápidamente entre ellos. Ed.). Pero observa

melancólicamente, aucun attachement a I'orare établi

(ningún apego al orden establecido. Ed.).





[111]

También este proceso adquiere formas diferentes en la zona central de

Rusia europea y en las regiones periféricas. A la periferia se

dirigen, principalmente, los obreros agrícolas de las

provincias centrales de tierra negra y también, en parte, los no

agrícolas de las provincias industriales, que aportan sus

conocimientos de "oficios" e "implantan" la industria entre la

población puramente agrícola. Desde la zona industrial

parten los obreros no agrícolas a todos los confines de Rusia,

pero con preferencia hacia las capitales y los grandes centros Industriales;

esta corriente industrial, si es que se la puede llamar así, es tan

intensa, que origina una escasez de obreros agrícolas, los

cuales también se dirigen hacia las provincias industriales

(las de Moscú, de laroslavl y otras), desde las zonas centrales de

tierra negra Véase la obra de S. Korolenko El trabajo y la libre

contratación, etc.





[112]

Pequeño burgués. (Ed.)





[113] Para

mostrar mejor el parecido del romántico ruso con el europeo,

citaremos, en las notas, al señor N.-on. "No quisimos aprovechar la

lección que nos dio la marcha económica del desarrollo de

Europa occidental. Nos deslumbro tanto el brillo del desarrollo del

capitalisrno en Inelaterra, y sigue sorprendiéndonos el desarrollo,

inconmensurablemente más rápido, del capitalismo en Estados

Unidos de Norteamérica", etc. (323). Como se ve ¡ni siquiera las

expresiones del señor N.-on brillan por su novedad! Se "sorprende" por

lo que "sorprendía" también a Sismondi a comienzos del

siglo.





[114] "... Es

falso el camino económico por el que hemos seguido durante los

úiltimos 30 años" (281). "...Estuvimos identificando durante

demasiado tiempo los intereses del capitalismo con los de la economía

nacional-extravío sumamente pernicioso-[...]. Los resultados

visibles de la protección a la industria [...] nos han

enceguecido tanto, que hemos perdido de vista por completo el aspecto

nacional social [...]. Hemos perdido de vista el motivo por el cual se

produce ese desarrollo, hemos olvidado también la finalidad de toda

producción, cualquiera sea" (298), ¡salvo la capitalista! "La

actitud desdeñosa hacia nuestro propio pasado [...], la

implantación del capitalismo [...]" (283) "... Nosotros [...] hemos

empleado todos los medios para implantar el capitalismo [...]" (323)

"...hemos perdido de vista [...]" (íbid.).





[115] "...No

hemos impedido el desarrollo de las formas capitalistas de la

producción, no obstante que éstas están basadas en la

expropiación del campesinado" (323).





[116] "En vez de

atenernos firmemente a nuestras tradiciones seculares, en vez de desarrollar

el principio del vínculo estrecho del productor directo con los medios

de producción [...], en vez de acrecentar la productividad [del

campesino] concentrando en sus manos los medios de producción

[...], en lugar de todo eso, hemos tomado el camino completamente

opuesto" (322- 323). "Hemos tomado el desarrollo del capitalismo por el

de toda la producción popular [...], hemos perdido de vista que

el desarrollo de uno [...] puede realizarse exclusivamente a expensas del

otro" (323). Las cursivas son nuestras.





[117] En

francés en el original. (Ed.)





[118] Efrussi ve

"valor cívico" en estas lamentaciones y aspiraciones de Sismondi

(núm. 7, pág. 139). ¡Se necesita valor cívico para

exteriorizar deseos sentimentales!! Échese una mirada a cualquier

manual de historia de enseñanza secundaria, y se leerá que en

Europa occidental, durante el primer cuarto del siglo xix, los Estados

estaban organizados como la ciencia del Derecho Constitucional denomina

Polizeistaat [Estado policial. Ed.]. Se leerá en ellos

que la misión histórica de ese cuarto de siglo y también

del siguiente, era precisamente luchar contra ese Estado. Se

comprenderá entonces que el punto de vista de Sismondi es la

expresión de la estulticia del pequeño campesino francés

de la época de la Restauración; que Sismondi nos da un ejemplo

de combinación de romanticismo sentimental

pequeñoburgués, con una fenomenal falta de madurez

cívica.





[119] El

capitalismo no apareció en Inglaterra a fines del siglo xviii, sino

mucho antes.





[120] Engels:

Die Lage der arbeintenden Klasse in England. (La situación de la

clase obrera en Inglaterra, ed. cit., pág. 38. Ed.)





[121] Nos

atrevemos a esperar que el señor N.-on no se quejará de

nosotros porque estemos copiando esta expresión (pág. 345), que

nos parece sumamente lograda y característica.





[122] "Atenernos

a nuestras tradiciones seculares (¿no será esto patriotismo?

...),; desarrollar el principio del vínculo estrecho que hemos

heredado del productor inmediato con, los medios de producción [...]"

(señor N.-on, 322). "Nos hemos desviado del camino que seguimos

durante muchos siglos; hemos comenzado a eliminar la producción basada

en el vínculo estrecho del productor directo con los medios de

producción, en el vínculo estrecho de la agricultura y la

industria de trasformación, y hemos puesto en la base de nuestra

política económica el principio del desarrollo de la

producción capitalista basado en la expropiación de los medios

de producción de los productores directos, con todos los males y

calamidades que la acompañan, y que sufre actualmente Europa

occidental" (281). Que el lector compare ahora esto con la opinión de

los propios "europeos occidentales", señalada más arriba, sobre

esas "calamidades que están sufriendo", etc. "El principio [...] de

dotar a los campesinos de tierra o [...] proporcionar a los propios

productores las herramientas de trabajo" (pág. 2). "... Los seculares

pilares nacionales" (pág. 75). "...En estas cifras [precisamente

cifras que muestran "cuan grande es el mínimun de cantidad de

tierra que se requiere en Hs condiciones económicas existentes, para

la seguridad material de la población rural"] tenemos, en

consecuencia, uno de los elementos para la solución del problema

económico, pero solamente uno de los elementos" (pág.

65). Como se ve, los románticos de Europa occidental gustaban, no

nietos que los rusos, de buscar "en las tradiciones seculares" una

"sanción" de la producción popular.





[123]

Compárese el programa populista de "arrastrar la historia en otra

dirección" del señor V. V. Compárese con el de Volguin,

l. c., pág. 181.





[124] La cursiva

es del autor.





[125] Los

populistas cometen exactamente el mismo error, en lo que concierne a otra

forma de asociación (la comunidad) que satisfacía la

necesidad limitada de unirse que sentían los campesinos de una misma

localidad, liga, dos entre sí por la posesión en común

de la tierra, de los campos de pastoreo, etc. (y principalmente porque se

encontraban bajo el poder de un mismo terrateniente y de los mismos

funcionarios); pero que no responde en absoluto a las necesidades de la

economía mercantil y del capitalismo, que rompe todas las trabas

locales, de estamento y de categorías, y que introduce un profundo

antagonismo de intereses económicos dentro de la comunidad. En

la sociedad capitalista, la necesidad de asociarse, de organizarse, no ha

disminuido, sino que, por el contrarío, ha aumentado

inconmensurablemente. Pero es en todo sentido absurdo aplicar el antiguo

criterio para satisfacer esta necesidad de la nueva sociedad. Esta nueva

sociedad exige ya, en primer término, que la asociación no sea

local, de estamentos, de categorías; y en segundo lugar, que su punto

de partida sea la diversidad de situaciones y de intereses, creados por el

capitalismo y por la diferenciación del campesinado. En cambio, una

asociación local, de estamento, que agrupe a campesinos muy diferentes

por su situación económica y sus intereses, ahora, en virtud de

su carácter obligatorio, se vuelve perjudicial, tanto

para los propios campesinos como para todo el desarrollo social.





[126] En

latín en el original. (Ed.)





[127]

Véase más arriba, por ejemplo, el título del

capítulo del cual entresacamos los razonamientos sobre los gremios

(que también cita Efrussi: pág. 147).





[128] La

circunstancia de que demostraba la existencia de esas necesidades lo coloca

-repetimos- muy por encima de los estrechos economistas burgueses.





[129] Pero

tampoco en esta cuestión se había "adelantado" Sismondi a su

época, puesto que no hacía más que aprobar lo que estaba

realizándose ya en Inglaterra, sin comprender el vínculo de

esas reformas con la gran industria mecanizada y su papel histórico

progresista.





[130] No queremos

decir que en ese afecto no haya diferencias entre los escritores mencionados;

pero esto no aclara nada y sitúa falsamente a Sismondi con

respecto a los miamos: resultaría así que todos ellos

sustentarían un mismo punto de vista, difiriendo sólo en el

carácter más o menos radical y consecuente de sus deducciones.

La cuestión no estriba en que Sismondi no "iba" tan leios. sino

en nue "iba" hacía atrás, mientras que los escritores

indicados "iban" hacia adelante.





[131] "Roben

Owen-dice Marx-, padre de las fábricas y los almacenes cooperativos, a

pesar de que estaba lejos de compartir las ilusiones de sus imitadores sobre

la importancia [Tragweite] de estos elementos aislados de

trasfonnación, no sólo tomaba el sistema fabril como punto de

partida de sus ensayos, sino que declaraba además, que era

teóricamente el punto de partida de la revolución

social."[140]





[132] "El

problema que tendrá que resolver la sociedad rusa, va

complicándose día a día. Con cada día que

trascurre el capitalismo se apodera de dominios cada vez más amplios

[...]" (Ibíd.)





[133]

Campesinos chinsh: los que tenían derecho a la posesión

hereditaria de la tierra a perpetuidad, y que debían pagar una

caución solidaria casi fija, conocida con el nombre de chinsh.

En la Rusia zarista el sistema de chinsh regía principalmente

en Polonia, Lituania, Bielorrusia y el litoral de Ucrania sobre el mar Negro.

(Ed.)





[134] "La

sociedad rusa deberá resolver un problema difícil, pero no

insoluble: desarrollar las fuerzas productivas de la población en

forma tal que pueda aprovecharlas, no una insignificante minoría, sino

la totalidad del pueblo." (N.-on, 343.)





[135]

Véanse las citas en Rússkoie Bogatstvo, núm. 8,

pág. 57 y también en la misma revista, núm. 6,

pág. 94, en el artículo del señor N.-on.





[136] Este pasaje

es citado por Efrussi en el núm. 8 de Rússkoie

Bogatstvo, pág. 57 (a partir del último

párrafo).





[137] En

Rússkoie Bogatstvo, artículo indicado, 1894, núm.

6, pág. 88, el señor N.-on comete en la traducción de

ese fragmento dos inexactitudes y una omisión. En vez de

"pequeñoburgués" y "pequeño campesino" traduce: "

estrechamente burgués" y "estrechamente campesino". En vez de "causa

obrera" traduce "causa del pueblo", aun cuando en el original figura " der

Arbeiter", Y ha omit-'do las palabras: "fatalmente rotos por los mismos"

(gesprengt werden musiten).





[138] ¿Tal

vea al "stilo de Adolpb Wagner? K. T.





[139] Otro

economista populista, el señor V. V., es completamente solidario con

el señor N.-on en cuanto a las cuestiones más importantes

señaladas más arriba, y sólo se diferencia por su punto

de vista más primitivo aún.