Escrito en el destierro a finales de 1897.

Publicado por primera vez en 1898 en Ginebra en un folleto separado.

Se imprime según el texto del folleto de la edición de 1902, cotejado con la copia manuscrita y el texto de la recopilación: Vl. Ilín. «En 12 años», 1907.

Cubierta de la 2.ª edición del folleto de V. I. Lenin «Las tareas de los socialdemócratas rusos». — 1902.

Han pasado exactamente cinco años desde que se escribiera el presente folleto, que ahora aparece en segunda edición debido a las necesidades de la agitación. En este corto período nuestro joven movimiento obrero ha dado un paso tan gigantesco hacia delante, y tan profundos han sido los cambios en la situación de la socialdemocracia rusa y en el estado de sus fuerzas, que acaso parezca extraño que haya podido surgir la necesidad de una simple reimpresión de un viejo folleto. ¿Acaso «Las tareas de los socialdemócratas rusos» no han variado en absoluto en 1902 en comparación con 1897? ¿Acaso no han avanzado ni un solo paso las opiniones al respecto del propio autor, que entonces no hacía sino sacar conclusiones de lo que era tan sólo su «primera experiencia» de actividad partidaria?

Estas preguntas (u otras semejantes) probablemente surjan en más de un lector, y para responder a ellas debemos remitirnos al folleto «¿Qué hacer?» y complementar algo de lo dicho allí. Remitirnos, para señalar la exposición que hace el autor de sus opiniones sobre las tareas actuales de la socialdemocracia; complementar lo dicho allí (págs. 31-32, 121, 138) [241] acerca de las condiciones en que fue escrito el folleto que ahora se reedita y sobre su relación con un «período» especial en el desarrollo de la socialdemocracia rusa. De tales períodos señalé en total cuatro en el mencionado folleto («¿Qué hacer?»), refiriendo el último «al terreno del presente, en parte del futuro»; califiqué como tercer período el de predominio (o, al menos, amplia difusión) de la tendencia «economicista» {94}, a partir de 1897-1898; como segundo período, los años 1894-1898; y como primero, 1884-1894. En el segundo período, a diferencia del tercero, no vemos divergencias entre los propios socialdemócratas. La socialdemocracia era entonces ideológicamente unitaria, y se intentó por entonces también alcanzar la unidad práctica y organizativa (formación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) {95}. La atención principal de los socialdemócratas se dirigía entonces no a esclarecer y resolver tales o cuales cuestiones internas del partido (como en el tercer período), sino, por un lado, a la lucha ideológica contra los adversarios de la socialdemocracia, y por otro, al desarrollo de la labor práctica del partido.

Entre la teoría y la práctica de los socialdemócratas no existía el antagonismo que hubo en la época del «economismo».

El presente folleto refleja precisamente las particularidades de la situación de entonces y de las «tareas» de la socialdemocracia en aquel momento. El folleto llama a profundizar y ampliar la labor práctica, sin ver «obstáculo» alguno para ello en la falta de claridad de ciertas concepciones generales, principios y teorías, ni ver (porque entonces no existía) dificultad alguna en conjugar la lucha política y la económica. El folleto se dirige a los adversarios de la socialdemocracia con sus esclarecimientos de principios, a los narodovoltsi {96} y a los narodopravtsi {97}, esforzándose por disipar los malentendidos y prejuicios que les llevan a mantenerse al margen del nuevo movimiento.

Pues bien, en el momento actual, cuando el período del «economismo» toca visiblemente a su fin, la posición de los socialdemócratas vuelve a ser semejante a la de hace cinco años. Por supuesto, las tareas que se alzan ante nosotros hoy son inconmensurablemente más complejas, en consonancia con el gigantesco crecimiento del movimiento durante este tiempo, pero los rasgos fundamentales del momento presente reproducen, sobre una base más amplia y a mayor escala, los rasgos del «segundo» período. La discordancia entre nuestra teoría, programa, tareas tácticas y práctica va desapareciendo a medida que desaparece el economismo. De nuevo podemos y debemos llamar con audacia a profundizar y ampliar la labor práctica, pues en una medida considerable ya está despejado el terreno de las premisas teóricas de esta labor. De nuevo debemos prestar especial atención a las corrientes ilegales no socialdemócratas en Rusia, y otra vez nos hallamos ante las mismas corrientes, en esencia, sólo que mucho más desarrolladas, formalizadas y «maduras» que en la primera mitad de los años 90 del siglo pasado.

Los narodovoltsi, en el proceso de despojarse de sus viejos ropajes, han llegado a convertirse en «socialistas-revolucionarios» {98}, como mostrando ya con este mismo nombre que se han detenido a mitad de camino. Del viejo (socialismo «ruso») han desertado, pero al nuevo (la socialdemocracia) no se han sumado. La única teoría del socialismo revolucionario que conoce la humanidad moderna, esto es, el marxismo, la relegan al archivo sobre la base de una crítica burguesa (¡«socialistas»!) y oportunista (¡-«revolucionarios»!). La falta de ideas y de principios los conduce en la práctica al «aventurerismo revolucionario», que se manifiesta tanto en su empeño por poner en el mismo plano a capas y clases sociales como la intelectualidad, el proletariado y el campesinado, como en su estridente prédica del terror «sistemático», en su notable programa agrario mínimo (socialización de la tierra, cooperativas, adscripción a la parcela. Véase «Iskra» {99} núms. 23 y 24 [242]), en su actitud hacia los liberales (véase «Rusia Revolucionaria» {100} núm. 9 y la reseña del señor Zhitlovski sobre «Osvobozhdenie» {101} en el núm. 9 de «Sozialistische Monatshefte» {102}), y en muchas otras cosas de las que probablemente aún tendremos que hablar en más de una ocasión. En Rusia abundan todavía los elementos y condiciones sociales que alimentan la inestabilidad intelectual, que suscitan en personas de talante radical el deseo de combinar lo viejo y caduco con lo novedoso pero sin vida, que les impiden fundir su causa con el proletariado que libra su lucha de clase; a tal punto que la socialdemocracia rusa habrá de vérselas con una corriente o corrientes como la «social-revolucionaria» hasta que la evolución capitalista y la agudización de las contradicciones de clase les prive de todo terreno.

Los narodopravtsi, que en 1897 se caracterizaban por una indeterminación no menor (véase abajo, págs. 20-22) [243] que los actuales social-revolucionarios, desaparecieron muy rápidamente de la escena en consecuencia de ello. Pero su idea «sensata» —separar por completo la reivindicación de libertad política del socialismo— no murió ni podía morir, pues en Rusia son muy fuertes y se refuerzan sin cesar las corrientes liberal-democráticas entre las más diversas capas de la gran y pequeña burguesía. Por eso, heredera legítima de los narodopravtsi, su continuadora definida, consecuente y madura ha resultado ser la «Osvobozhdenie» liberal, que desea agrupar en torno a sí a los representantes de la oposición burguesa en Rusia. Y del mismo modo que es inevitable la caducidad y extinción de la vieja Rusia anterior a las reformas, del campesinado patriarcal, del viejo tipo de intelectualidad capaz de entusiasmarse por igual con la comunidad rural, las cooperativas agrícolas y el terror «inasible», igualmente inevitables son el crecimiento y la maduración de las clases poseedoras de la Rusia capitalista, la burguesía y la pequeña burguesía, con su sensato liberalismo, que empieza a comprender que no es rentable mantener un gobierno absoluto torpe, salvaje, costoso y que en nada protege del socialismo; con su reivindicación de formas europeas de lucha de clase y de dominación de clase; con su innato afán (en la época del despertar y crecimiento del proletariado) de encubrir sus intereses burgueses de clase mediante la negación de la lucha de clases en general.

Tenemos, por tanto, motivos para agradecer a los señores terratenientes liberales que intentan fundar un «partido constitucionalista del zemstvo» {103}. En primer lugar —comencemos por lo menos importante—, les agradeceremos por haber apartado de la socialdemocracia rusa al señor Struve, convirtiéndolo definitivamente de cuasi marxista en liberal, ayudándonos a demostrar con un ejemplo vivo a todos y cada uno el verdadero significado del bernsteinianismo en general, y del bernsteinianismo ruso en particular. En segundo lugar, al esforzarse por hacer conscientemente liberales a diferentes capas de la burguesía rusa, «La Liberación» nos ayudará con ello a acelerar la transformación de una masa cada vez mayor de obreros en socialistas conscientes. Entre nosotros hubo y hay tanto cuasi socialismo difuso, liberal-populista, que, en comparación con él, la nueva corriente liberal representa un evidente paso adelante. Ahora será tan fácil para los obreros demostrar gráficamente a la burguesía liberal y democrática rusa, explicar la necesidad de un partido político obrero independiente, que forme un todo único con la socialdemocracia internacional; tan sencillo será ahora llamar a los intelectuales a definir resueltamente su posición: liberalismo o socialdemocracia; las teorías y tendencias a medias serán trituradas tan rápidamente por las muelas de estos dos «antípodas» que crecen y se fortalecen. En tercer lugar —y esto es, por supuesto, lo más importante—, agradeceremos a los liberales si con su oposición contribuyen a quebrantar la alianza de la autocracia con ciertas capas de la burguesía y de los intelectuales. Decimos «si», porque con su coqueteo con la autocracia, con su ensalzamiento de la labor cultural pacífica, con su guerra contra los revolucionarios «tendenciosos», etc., los liberales quebrantan no tanto la autocracia como la lucha contra la autocracia. Al desenmascarar de manera firme e intransigente todas las medias tintas de los liberales, todos sus intentos de coquetear con el gobierno, debilitaremos con ello ese lado traicionero de la actividad política de los señores burgueses liberales, paralizaremos su siniestra y aseguraremos los mayores resultados de la labor de su diestra {104}.

De este modo, tanto los partidarios de «Naródnaya Volia» como los de «Naródnoye Pravo» han dado pasos muy grandes hacia adelante en el sentido del desarrollo, la definición y la conformación de sus verdaderas aspiraciones y de su verdadera naturaleza. La lucha que en la primera mitad de los años 90 del siglo pasado era una lucha entre pequeños círculos de jóvenes revolucionarios, se reanuda ahora como una lucha decidida de corrientes políticas maduras y de verdaderos partidos políticos.

La reedición de «Las tareas», por consiguiente, resultará acaso no inútil también en el sentido de que recordará a los jóvenes miembros del partido su pasado reciente, mostrará cómo surgió esa posición de los socialdemócratas entre las demás corrientes, que sólo ahora se ha definido plenamente, y ayudará a representarse con mayor claridad y nitidez las «tareas», homogéneas en esencia pero más complejas, del momento actual.

Ante la socialdemocracia se alza ahora con especial fuerza la tarea de poner fin a toda dispersión y vacilación en su seno, de cohesionarse más estrechamente y fusionarse en el plano organizativo bajo la bandera del marxismo revolucionario; de orientar todos los esfuerzos a la unificación de todos los socialdemócratas que trabajan en la práctica, a la profundización y ampliación de su actividad y, al mismo tiempo, de prestar seria atención a esclarecer, ante la masa más amplia posible de intelectuales y obreros, el verdadero significado de las dos corrientes arriba mencionadas, con las que la socialdemocracia tiene que contar desde hace ya mucho tiempo.

Agosto de 1902

Publicado en diciembre de 1902 en el folleto editado en Ginebra por la Liga en el Extranjero de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa

Se imprime según el texto del folleto

La tercera edición del presente folleto aparece en un momento del desarrollo de la revolución en Rusia que difiere sustancialmente tanto del año 1897, cuando este folleto fue escrito, como de 1902, cuando apareció su segunda edición. De más está decir que el folleto solo ofrece un esbozo general de las tareas de la socialdemocracia en general, y no una indicación concreta de las tareas actuales correspondientes al estado presente del movimiento obrero y revolucionario, así como a la situación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. A las tareas actuales de nuestro partido he dedicado el folleto «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática» (Ginebra, 1905) [244]. Del cotejo de ambos folletos, los lectores podrán formarse un juicio acerca de si las concepciones del autor se han desarrollado de manera consecuente en lo relativo a las tareas generales de la socialdemocracia y a las tareas especiales del momento dado. Que semejante cotejo no es inútil se desprende, entre otras cosas, de la reciente salida de tono del líder de nuestra burguesía liberal-monárquica, el señor Struve, quien acusó en «La Liberación» a la socialdemocracia revolucionaria (en la persona del III Congreso del POSDR {105}) de plantear la cuestión de la insurrección armada de un modo insurreccionalista y abstractamente revolucionarista {106}. Ya hemos señalado en «El Proletario» {107} (núm. 9, «La revolución enseña» [245]) que la simple comparación de «Las tareas de los socialdemócratas rusos» (1897), «¿Qué hacer?» (1902) [246] y «El Proletario» (1905) refuta la acusación de los liberacionistas {108} y demuestra la vinculación existente en el desarrollo de las concepciones socialdemócratas sobre la insurrección con el desarrollo del movimiento revolucionario en Rusia. La acusación de los liberacionistas no es más que una salida de tono oportunista de los partidarios de la monarquía liberal, que tratan de encubrir su traición a la revolución, su traición a los intereses del pueblo, sus aspiraciones a pactar con el poder zarista.

Agosto de 1905

Publicado en otoño de 1905 en el folleto editado por el Comité Central del POSDR en Ginebra

Se imprime según el texto del folleto

La segunda mitad de los años 90 se caracteriza por una notable animación en el planteamiento y la solución de los problemas revolucionarios rusos. La aparición del nuevo partido revolucionario de los partidarios de «Naródnoye Pravo», la creciente influencia y los éxitos de los socialdemócratas, la evolución interna del movimiento de «Naródnaya Volia»: todo ello suscitó una animada discusión de los problemas programáticos tanto en los círculos de socialistas —intelectuales y obreros— como en la literatura ilegal. En este último terreno, cabe mencionar «La cuestión candente» y el «Manifiesto» (1894) del partido de «Naródnoye Pravo», la «Hoja Volante del Grupo de Naródnaya Volia», la publicación en el extranjero de «Rabótnik» («El Trabajador»), editado por la «Unión de Socialdemócratas Rusos» {109}, la intensificada actividad de edición de folletos revolucionarios en Rusia, principalmente para obreros, la labor de agitación de la «Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera» de San Petersburgo en relación con las significativas huelgas de Petersburgo de 1896, etc.

En el momento actual (finales de 1897), el problema más candente es, desde nuestro punto de vista, el de la actividad práctica de los socialdemócratas. Subrayamos el lado práctico del socialdemocratismo, porque su aspecto teórico, según parece, ha superado ya el período más agudo de incomprensión tenaz por parte de los adversarios, del empeño, por un lado, de ahogar la nueva corriente desde su mismo surgimiento, y de la ferviente defensa de los fundamentos del socialdemocratismo, por el otro. Ahora, las concepciones teóricas de los socialdemócratas, en sus rasgos principales y fundamentales, se presentan ya suficientemente esclarecidas. No puede decirse lo mismo del lado práctico del socialdemocratismo, de su programa político, de sus métodos de actividad, de su táctica. Precisamente en esta esfera es donde, a nuestro entender, reinan más malentendidos e incomprensiones mutuas, que impiden acercarse por completo al socialdemocratismo a aquellos revolucionarios que en la teoría han renunciado plenamente al ideario de «Naródnaya Volia», pero que en la práctica —bien se ven llevados por la fuerza misma de las cosas a la propaganda y la agitación entre los obreros, e incluso más: a asentar su actividad entre los obreros sobre el terreno de la lucha de clases; bien se esfuerzan por destacar las tareas democráticas como base de todo el programa y de toda la actividad revolucionaria. Si no nos equivocamos, esta última caracterización corresponde a los dos grupos revolucionarios que actúan hoy en Rusia al lado de los socialdemócratas, a saber: los partidarios de «Naródnaya Volia» y los de «Naródnoye Pravo».

Por eso nos parece particularmente oportuno el intento de aclarar las tareas prácticas de los socialdemócratas y exponer las razones por las cuales consideramos que su programa es el más racional de los tres programas existentes, y que las objeciones contra él se basan en gran medida en un malentendido.

La actividad práctica de los socialdemócratas se plantea, como es sabido, la tarea de dirigir la lucha de clases del proletariado y organizar esta lucha en sus dos manifestaciones: la socialista (lucha contra la clase de los capitalistas, encaminada a destruir el régimen de clases y a organizar la sociedad socialista{110}) y la democrática (lucha contra el absolutismo, encaminada a conquistar en Rusia la libertad política y a democratizar el régimen político y social de Rusia). Hemos dicho: como es sabido. Y en efecto, desde su misma aparición como una corriente social-revolucionaria particular, los socialdemócratas rusos siempre señalaron con total claridad esta tarea de su actividad, siempre subrayaron la doble manifestación y el doble contenido de la lucha de clases del proletariado, siempre insistieron en el vínculo indisoluble de sus tareas socialistas y democráticas, vínculo expresado de manera patente en el nombre que adoptaron. No obstante, hasta hoy se encuentra a menudo con socialistas que tienen las ideas más tergiversadas acerca de los socialdemócratas, acusándolos de ignorar la lucha política, etc. Detengámonos, pues, un poco en la caracterización de ambos aspectos de la actividad práctica de la socialdemocracia rusa.

Comencemos por la actividad socialista. Desde que la «Unión de Lucha para la Emancipación de la Clase Obrera» de San Petersburgo desplegó su actividad entre los obreros petersburgueses, el carácter de la actividad socialdemócrata en este sentido, al parecer, debería ser completamente claro. La labor socialista de los socialdemócratas rusos consiste en la propaganda de las doctrinas del socialismo científico, en la difusión entre los obreros de la noción correcta sobre el régimen económico-social contemporáneo, sus bases y su desarrollo, sobre las distintas clases de la sociedad rusa, sobre su interrelación, sobre la lucha de estas clases entre sí, sobre el papel de la clase obrera en esta lucha, su actitud hacia las clases en decadencia y en desarrollo, hacia el pasado y el futuro del capitalismo, sobre la tarea histórica de la socialdemocracia internacional y de la clase obrera rusa. En vínculo indisoluble con la propaganda se encuentra la agitación entre los obreros, pasando naturalmente al primer plano dadas las condiciones políticas actuales de Rusia y el nivel de desarrollo de las masas obreras. La agitación entre los obreros consiste en que los socialdemócratas toman parte en todas las manifestaciones espontáneas de la lucha de la clase obrera, en todos los choques de los obreros con los capitalistas por la jornada laboral, el salario, las condiciones de trabajo, etc., etc. Nuestra tarea es fundir nuestra actividad con las cuestiones prácticas y cotidianas de la vida obrera, ayudar a los obreros a comprender estas cuestiones, llamar su atención sobre los abusos más importantes, ayudarlos a formular con mayor precisión y practicidad sus reivindicaciones ante los patronos, desarrollar en los obreros la conciencia de su solidaridad, la conciencia de los intereses comunes y la causa común de todos los obreros rusos como una clase obrera única que constituye parte del ejército mundial del proletariado. La organización de círculos entre los obreros, el establecimiento de contactos regulares y conspirativos entre ellos y el grupo central de los socialdemócratas, la publicación y difusión de literatura obrera, la organización de corresponsalías desde todos los centros del movimiento obrero, la edición de hojas volantes y proclamas de agitación y su difusión, la preparación de un contingente de agitadores experimentados: tales son, en sus rasgos generales, las manifestaciones de la actividad socialista de la socialdemocracia rusa.

Nuestro trabajo está orientado ante todo y principalmente hacia los obreros fabriles y manufactureros urbanos. La socialdemocracia rusa no debe dispersar sus fuerzas, debe concentrarse en la actividad entre el proletariado industrial, el más receptivo a las ideas socialdemócratas, el más desarrollado intelectual y políticamente, el más importante por su número y por su concentración en los grandes centros políticos del país. La creación de una sólida organización revolucionaria entre los obreros fabriles y manufactureros urbanos constituye, por tanto, la primera y más urgente tarea de la socialdemocracia, tarea de la cual sería extremadamente insensato distraerse en el momento actual. Pero, al reconocer la necesidad de concentrar nuestras fuerzas en los obreros fabriles y manufactureros y al condenar la dispersión de fuerzas, no queremos en absoluto decir que la socialdemocracia rusa deba ignorar a las demás capas del proletariado y de la clase obrera rusos. Nada de eso. El obrero fabril ruso, por las propias condiciones de su vida, se ve obligado a menudo a establecer las más estrechas relaciones con los artesanos, ese proletariado industrial disperso fuera de las fábricas en ciudades y aldeas y colocado en condiciones mucho peores. El obrero fabril ruso entra en contacto directo también con la población rural (con frecuencia el obrero fabril tiene su familia en la aldea) y, en consecuencia, no puede menos que relacionarse también con el proletariado rural, con la masa multimillonaria de jornaleros y peones agrícolas profesionales, así como con ese campesinado arruinado que, aferrándose a míseras parcelas de tierra, se ocupa en trabajos por deudas y en toda clase de "ingresos" eventuales, es decir, en el mismo trabajo asalariado. Los socialdemócratas rusos consideran inoportuno dirigir sus fuerzas al medio de los artesanos y obreros rurales, pero no tienen en absoluto la intención de desatender este medio, y se esforzarán por ilustrar a los obreros de vanguardia también sobre las cuestiones de la vida de los artesanos y obreros rurales, para que estos obreros, al entrar en contacto con las capas más atrasadas del proletariado, lleven también a ellas las ideas de la lucha de clases, del socialismo y de las tareas políticas de la democracia rusa en general y del proletariado ruso en particular. No es práctico enviar agitadores a los artesanos y obreros rurales mientras quede tal masa de trabajo entre los obreros fabriles y manufactureros urbanos, pero en multitud de casos el obrero socialista, sin proponérselo, entra en contacto con este medio, y debe saber aprovechar estos casos y comprender las tareas generales de la socialdemocracia en Rusia. Por eso incurren en un profundo error quienes acusan a la socialdemocracia rusa de estrechez, de pretender ignorar a la masa de la población trabajadora en aras solo de los obreros fabriles y manufactureros. Por el contrario, la agitación entre las capas de vanguardia del proletariado es el medio más seguro y el único para despertar (a medida que el movimiento se amplíe) también a todo el proletariado ruso. La difusión del socialismo y de la idea de la lucha de clases entre los obreros urbanos hará inevitablemente que estas ideas se extiendan también por canales más pequeños y dispersos: para ello es necesario que dichas ideas echen raíces más profundas en el medio más preparado y saturen a esta vanguardia del movimiento obrero ruso y de la revolución rusa. Al dirigir todas sus fuerzas a la actividad entre los obreros fabriles y manufactureros, la socialdemocracia rusa está dispuesta a apoyar a aquellos revolucionarios rusos que en la práctica lleguen a plantear el trabajo socialista sobre la base de la lucha de clases del proletariado, sin ocultar en absoluto que ninguna alianza práctica con otras fracciones de revolucionarios puede ni debe conducir a compromisos o concesiones en la teoría, en el programa, en la bandera. Convencidos de que la teoría revolucionaria que sirve de bandera al movimiento revolucionario solo puede ser actualmente la doctrina del socialismo científico y de la lucha de clases, los socialdemócratas rusos la difundirán con todas sus fuerzas, la protegerán de falsas interpretaciones y se alzarán contra todo intento de vincular el aún joven movimiento obrero en Rusia con doctrinas menos definidas. Las consideraciones teóricas demuestran, y la actividad práctica de los socialdemócratas lo muestra, que todos los socialistas en Rusia deben convertirse en socialdemócratas.

Pasemos a las tareas democráticas y al trabajo democrático de los socialdemócratas. Repetimos una vez más que este trabajo está indisolublemente ligado al socialista. Al hacer propaganda entre los obreros, los socialdemócratas no pueden eludir las cuestiones políticas y considerarían cualquier intento de eludirlas o incluso de postergarlas como un error profundo y un retroceso respecto a las tesis fundamentales del socialdemocratismo mundial. Junto con la propaganda del socialismo científico, los socialdemócratas rusos se plantean como tarea la propaganda de las ideas democráticas entre las masas obreras, se esfuerzan por difundir la noción del absolutismo en todas las manifestaciones de su actividad, de su contenido de clase, de la necesidad de derrocarlo, de la imposibilidad de una lucha exitosa por la causa obrera sin la conquista de la libertad política y la democratización del régimen político y social de Rusia. Al agitar entre los obreros sobre la base de las reivindicaciones económicas inmediatas, los socialdemócratas vinculan indisolublemente con ello también la agitación sobre la base de las necesidades, calamidades y reivindicaciones políticas inmediatas de la clase obrera: agitación contra la opresión policial, que se manifiesta en cada huelga, en cada choque de los obreros con los capitalistas; agitación contra la restricción de los derechos de los obreros, como ciudadanos rusos en general y como la clase más oprimida y más privada de derechos en particular; agitación contra cada representante destacado y lacayo del absolutismo que entra en contacto directo con los obreros y muestra de manera palpable a la clase obrera su esclavitud política. Si no hay ninguna cuestión de la vida obrera en el ámbito económico que no pueda ser utilizada para la agitación económica, de igual modo no hay tampoco ninguna cuestión en el ámbito político que no sirva de tema para la agitación política. Estos dos tipos de agitación están indisolublemente vinculados en la actividad de los socialdemócratas, como dos caras de una misma moneda. Tanto la agitación económica como la política son igualmente necesarias para el desarrollo de la autoconciencia de clase del proletariado; tanto la agitación económica como la política son igualmente necesarias como guía de la lucha de clases de los obreros rusos, pues toda lucha de clases es una lucha política. Una y otra agitación, al despertar la conciencia de los obreros, organizarlos, disciplinarlos, educarlos para la actividad solidaria y para la lucha por los ideales socialdemócratas, darán a los obreros la posibilidad de probar sus fuerzas en las cuestiones y necesidades más inmediatas, les permitirán obtener concesiones parciales de su enemigo, mejorando su situación económica, obligando a los capitalistas a tener en cuenta la fuerza organizada de los obreros, obligando al gobierno a ampliar los derechos de los obreros, a prestar atención a sus reivindicaciones, manteniendo al gobierno en constante temor ante las masas obreras hostilmente dispuestas, dirigidas por una sólida organización socialdemócrata.

Hemos señalado la inseparable cercanía entre la propaganda y la agitación socialistas y democráticas, el completo paralelismo del trabajo revolucionario en una y otra esfera. Pero también existe una gran diferencia entre ambos tipos de actividad y de lucha. Esta diferencia consiste en que, en la lucha económica, el proletariado se encuentra completamente solo, teniendo en su contra tanto a los terratenientes nobles como a la burguesía, y gozando apenas (y ni mucho menos siempre) de la ayuda de aquellos elementos de la pequeña burguesía que gravitan hacia el proletariado. Entretanto, en la lucha democrática, política, la clase obrera rusa no se encuentra sola; junto a ella se sitúan todos los elementos, capas de la población y clases políticamente opositores, en la medida en que son hostiles al absolutismo y libran contra él su lucha en unas u otras formas. Junto al proletariado están aquí también los elementos de la burguesía de talante opositor, o de las clases instruidas, o de la pequeña burguesía, o de las nacionalidades perseguidas por el absolutismo, o de religiones y sectas perseguidas, etc., etc. Surge, naturalmente, la pregunta: ¿en qué relaciones debe situarse la clase obrera respecto a estos elementos? Y, seguidamente, ¿no debería unirse a ellos para la lucha común contra el absolutismo? Pues todos los socialdemócratas reconocen que la revolución política en Rusia debe preceder a la socialista; ¿no sería conveniente, uniéndose con todos los elementos políticamente opositores para luchar contra el absolutismo, postergar por ahora el socialismo, no es esto obligatorio para intensificar la lucha contra el absolutismo?

Examinemos ambas cuestiones.

En cuanto a la relación de la clase obrera, como luchador contra el absolutismo, con todas las demás clases y grupos sociales políticamente opositores, está determinada con toda precisión por los principios fundamentales de la socialdemocracia, expuestos en el célebre «Manifiesto Comunista» {111}. Los socialdemócratas apoyan a las clases sociales progresistas frente a las reaccionarias, a la burguesía frente a los representantes de la propiedad privilegiada y estamental de la tierra y frente a la burocracia, a la gran burguesía frente a las apetencias reaccionarias de la pequeña burguesía. Este apoyo no presupone ni exige compromiso alguno con programas y principios no socialdemócratas; es un apoyo a un aliado contra un enemigo dado, al prestar este apoyo los socialdemócratas con el fin de acelerar la caída del enemigo común, pero no esperan nada para sí de estos aliados temporales ni les ceden nada. Los socialdemócratas apoyan todo movimiento revolucionario contra el orden social vigente, a toda nacionalidad oprimida, religión perseguida, estamento humillado, etc., en su lucha por la equiparación de derechos.

El apoyo a todos los elementos políticamente opositores se expresará en la propaganda de los socialdemócratas por cuanto, al demostrar la hostilidad del absolutismo a la causa obrera, los socialdemócratas señalarán también la hostilidad del absolutismo hacia unos u otros grupos sociales, señalarán la solidaridad de la clase obrera con esos grupos en tales o cuales cuestiones, en unas u otras tareas, etc. En la agitación, este apoyo se expresará en que los socialdemócratas se valdrán de cada manifestación de la opresión policíaca del absolutismo y señalarán a los obreros cómo este yugo recae sobre todos los ciudadanos en general, y en particular sobre los representantes de los estamentos, nacionalidades, religiones, sectas, etc., especialmente oprimidos, y cómo este yugo repercute sobre la clase obrera en particular. Por último, en la práctica este apoyo se expresa en que los socialdemócratas rusos están dispuestos a concertar alianzas con revolucionarios de otras orientaciones para el logro de unos u otros fines particulares, y esta disposición ha sido demostrada más de una vez en la práctica.

He aquí abordamos la segunda cuestión. Al señalar la solidaridad con los obreros de tales o cuales grupos de oposición, los socialdemócratas destacarán siempre a los obreros, explicarán siempre el carácter temporal y condicional de esta solidaridad, subrayarán siempre el aislamiento de clase del proletariado, que mañana puede volverse contra sus aliados de hoy. Se nos dirá: «tal indicación debilitará en el momento actual a todos los luchadores por la libertad política». Tal indicación fortalecerá a todos los luchadores por la libertad política, responderemos nosotros. Son fuertes solo aquellos luchadores que se apoyan en los intereses reales conscientemente asumidos de ciertas clases, y todo encubrimiento de estos intereses de clase, que ya desempeñan un papel dominante en la sociedad moderna, solo debilita a los luchadores. Esto, en primer lugar. Y en segundo lugar, en la lucha contra el absolutismo, la clase obrera debe destacarse, pues solo ella es enemiga consecuente hasta el fin e incondicional del absolutismo, solo entre ella y el absolutismo son imposibles los compromisos, solo en la clase obrera puede el democratismo hallar un partidario sin reservas, sin indecisiones, sin mirar atrás. En todas las demás clases, grupos y capas de la población, la hostilidad al absolutismo no es incondicional, su democratismo mira siempre hacia atrás. La burguesía no puede dejar de percibir el freno que el absolutismo impone al desarrollo industrial y social, pero teme la plena democratización del régimen político y social, y siempre puede aliarse con el absolutismo contra el proletariado. La pequeña burguesía es bifaz por su propia naturaleza y, gravitando, por un lado, hacia el proletariado y hacia el democratismo, por otro lado, gravita hacia las clases reaccionarias, intenta detener la historia, es capaz de ceder a los experimentos y coqueteos del absolutismo (aunque sea en forma de la «política popular» de Alejandro III {112}), es capaz de concertar una alianza con las clases gobernantes contra el proletariado en aras de fortalecer su posición como pequeños propietarios. Las personas instruidas, en general la «intelectualidad», no pueden dejar de sublevarse contra la salvaje opresión policial del absolutismo, que persigue el pensamiento y el conocimiento, pero los intereses materiales de esta intelectualidad la atan al absolutismo, a la burguesía, la obligan a ser inconsecuente, a concertar compromisos, a vender su ardor revolucionario y opositor por un sueldo del Estado o por la participación en ganancias o dividendos. En cuanto a los elementos democráticos de las nacionalidades oprimidas y las confesiones perseguidas, todos saben y ven que las contradicciones de clase dentro de estas categorías de la población son mucho más profundas y fuertes que la solidaridad de todas las clases de dicha categoría contra el absolutismo y por las instituciones democráticas. Solo el proletariado puede ser —y, por su posición de clase, no puede dejar de ser— un demócrata consecuente hasta el fin, un enemigo resuelto del absolutismo, incapaz de concesión o compromiso alguno. Solo el proletariado puede ser el luchador de vanguardia por la libertad política y por las instituciones democráticas, pues, en primer lugar, el yugo político gravita sobre el proletariado con la mayor fuerza, sin hallar correctivo alguno en la posición de esta clase, que no tiene acceso ni al poder supremo, ni siquiera a los funcionarios, ni influencia sobre la opinión pública. Y en segundo lugar, solo el proletariado es capaz de llevar hasta el fin la democratización del régimen político y social, pues tal democratización entregaría este régimen en manos de los obreros. He aquí por qué la fusión de la actividad democrática de la clase obrera con el democratismo de las demás clases y grupos debilitaría la fuerza del movimiento democrático, debilitaría la lucha política, la haría menos decidida, menos consecuente, más proclive a los compromisos. Por el contrario, el destacarse de la clase obrera como luchador de vanguardia por las instituciones democráticas fortalecerá el movimiento democrático, fortalecerá la lucha por la libertad política, pues la clase obrera empujará a todos los demás elementos democráticos y políticamente opositores, empujará a los liberales hacia los radicales políticos, empujará a los radicales a una ruptura irrevocable con todo el régimen político y social de la sociedad moderna. Hemos dicho más arriba que todos los socialistas de Rusia deben convertirse en socialdemócratas. Añadimos ahora: todos los demócratas genuinos y consecuentes de Rusia deben convertirse en socialdemócratas. Aclaremos nuestra idea con un ejemplo. Tomemos la institución de la burocracia, los funcionarios, como una capa especial de personas especializadas en la administración y colocadas en una posición privilegiada frente al pueblo. Desde la Rusia absolutista, semiasiática, hasta la culta, libre y civilizada Inglaterra, vemos en todas partes esta institución, que constituye un órgano necesario de la sociedad burguesa. Al atraso de Rusia y a su absolutismo corresponde la total carencia de derechos del pueblo frente a la burocracia, la total ausencia de control sobre la burocracia privilegiada. En Inglaterra existe un poderoso control del pueblo sobre la administración, pero incluso allí este control dista mucho de ser completo, incluso allí la burocracia conserva no pocos privilegios, y a menudo es el amo, no el servidor del pueblo. También en Inglaterra vemos que fuertes grupos sociales sostienen la posición privilegiada de la burocracia, impiden la plena democratización de esta institución. ¿A qué se debe? A que la plena democratización de la misma conviene a los intereses únicamente del proletariado: las capas más avanzadas de la burguesía defienden algunas prerrogativas de la burocracia, se alzan contra la elegibilidad de todos los funcionarios, contra la abolición total del censo, contra la responsabilidad directa de los funcionarios ante el pueblo, etc., pues estas capas sienten que de semejante democratización definitiva se valdrá el proletariado contra la burguesía. Así también en Rusia. Contra la omnipotente, irresponsable, corrupta, salvaje, ignorante y parasitaria burocracia rusa se alzan numerosísimas y muy diversas capas del pueblo ruso. Pero, aparte del proletariado, ninguna de estas capas permitiría la plena democratización de la burocracia, porque todas las demás capas (la burguesía, la pequeña burguesía, la «intelectualidad» en general) tienen hilos que las vinculan con la burocracia, porque todas estas capas son afines a la burocracia rusa. ¿Quién no sabe cuán fácilmente se realiza en la santa Rusia la transformación de un intelectual radical, un intelectual socialista, en funcionario del gobierno imperial —un funcionario que se consuela con que aporta «beneficio» dentro de los límites de la rutina oficinesca—, un funcionario que justifica con ese «beneficio» su indiferentismo político, su servilismo ante el gobierno del knut y el látigo? Solo el proletariado es incondicionalmente hostil al absolutismo y a la burocracia rusa, solo al proletariado no lo unen hilos con estos órganos de la sociedad terrateniente-burguesa, solo el proletariado es capaz de una hostilidad irreconciliable y una lucha resuelta contra ellos.

Al demostrar que el proletariado, dirigido en su lucha de clase por la socialdemocracia, es el luchador de vanguardia de la democracia rusa, topamos aquí con una opinión sumamente difundida y sumamente extraña, según la cual la socialdemocracia rusa relega las tareas políticas y la lucha política. Como vemos, esta opinión es diametralmente opuesta a la verdad. ¿Cómo explicar tan sorprendente incomprensión de los principios de la socialdemocracia, expuestos muchas veces y ya formulados en las primeras publicaciones socialdemócratas rusas, en los folletos y libros editados en el extranjero por el grupo «Emancipación del Trabajo» {113}? Nos parece que la explicación de este hecho asombroso reside en las tres circunstancias siguientes.

En primer lugar, en la incomprensión general de los principios del socialdemocratismo por parte de los representantes de las viejas teorías revolucionarias, acostumbrados a construir programas y planes de acción sobre la base de ideas abstractas, y no sobre la base del cálculo de las clases reales que actúan en el país, colocadas por la historia en una determinada interrelación. Precisamente la ausencia de este examen realista de aquellos intereses que sostienen a la democracia rusa es lo único que pudo haber engendrado la opinión de que la socialdemocracia rusa deja en la sombra las tareas democráticas de los revolucionarios rusos.

En segundo lugar, en la incomprensión de que la unión de las cuestiones económicas y políticas, de la actividad socialista y democrática en un todo único, en una única lucha de clases del proletariado no debilita, sino que fortalece el movimiento democrático y la lucha política, acercándola a los intereses reales de las masas populares, sacando las cuestiones políticas de los «estrechos gabinetes de la intelectualidad» a la calle, al seno de las clases obreras y trabajadoras, disolviendo las ideas abstractas de la opresión política en aquellas manifestaciones reales de esta, de las que más sufre el proletariado y sobre cuya base la socialdemocracia realiza su agitación. Al radical ruso a menudo le parece que el socialdemócrata, que en lugar de llamar directa e inmediatamente a los obreros avanzados a la lucha política, señala la tarea del desarrollo del movimiento obrero, la organización de la lucha de clases del proletariado, – que el socialdemócrata, de ese modo, retrocede en su democratismo, pospone la lucha política. Pero si aquí hay un retroceso, es solo aquel del que habla el proverbio francés: «¡il faut reculer pour mieux sauter!» (¡hay que retroceder para saltar mejor!).

En tercer lugar, el malentendido se debe a que el propio concepto de «lucha política» tiene un significado diferente para el naródovolets y el narodopravets, por un lado, y para el socialdemócrata, por el otro. Los socialdemócratas entienden la lucha política de otra manera, la entienden de un modo mucho más amplio que los representantes de las viejas teorías revolucionarias. Una ilustración palpable de esta tesis, que puede parecer paradójica, nos la proporciona el «Lietuchii Listok “Gruppy narodovoltsev”» n.º 4, del 9 de diciembre de 1895. Aunque saludamos de todo corazón esta publicación, que testimonia el profundo y fecundo trabajo de pensamiento que se está desarrollando entre los actuales naródovoltsi, no podemos dejar de señalar el artículo de P. L. Lavrov «Sobre cuestiones programáticas» (págs. 19-22), que muestra de manera patente la diferente comprensión de la lucha política por parte de los naródovoltsi de viejo cuño[247]. «… Aquí –escribe P. L. Lavrov, refiriéndose a la relación del programa naródovolcheski con el programa socialdemócrata–, lo esencial es una sola cosa y nada más: ¿es posible la organización de un partido obrero fuerte bajo el absolutismo y al margen de la organización de un partido revolucionario dirigido contra el absolutismo?» (pág. 21, columna 2); lo mismo, un poco antes (columna 1): «… organizar un partido obrero ruso bajo el dominio del absolutismo, sin organizar al mismo tiempo un partido revolucionario contra ese absolutismo». Nos resultan completamente incomprensibles estas diferencias, para P. L. Lavrov tan cardinalmente esenciales. ¿Cómo es eso? ¿«El partido obrero al margen del partido revolucionario dirigido contra el absolutismo»? ¿Acaso el propio partido obrero no es un partido revolucionario? ¿Acaso no está dirigido contra el absolutismo? La explicación de esta extrañeza la da el siguiente pasaje del artículo de P. L. Lavrov: «La organización del partido obrero ruso tiene que crearse bajo las condiciones de la existencia del absolutismo con todos sus encantos. Si los socialdemócratas lograran hacer esto, sin organizar al mismo tiempo una conspiración política[248] contra el absolutismo con todas las condiciones de semejante conspiración[249], entonces, por supuesto, su programa político sería el programa adecuado de los socialistas rusos, ya que la liberación de los obreros se realizaría por las fuerzas de los propios obreros. Pero es muy dudoso, si no imposible» (pág. 21, col. 1). ¡He aquí la esencia! Para el naródovolets, el concepto de lucha política es idéntico al concepto de conspiración política. Hay que reconocer que en estas palabras P. L. Lavrov ha logrado señalar realmente con total nitidez la diferencia fundamental en la táctica de la lucha política entre los naródovoltsi y los socialdemócratas. Las tradiciones del blanquismo {114}, del conspiracionismo, son terriblemente fuertes entre los naródovoltsi, hasta tal punto fuertes que no pueden imaginarse la lucha política más que en forma de conspiración política. Los socialdemócratas, en cambio, no incurren en semejante estrechez de miras; no creen en las conspiraciones; piensan que el tiempo de las conspiraciones ha pasado hace mucho, que reducir la lucha política a la conspiración significa, por un lado, limitarla desmesuradamente y, por otro, elegir los procedimientos de lucha más desacertados. Cualquiera comprende que las palabras de P. L. Lavrov acerca de que «la actividad de Occidente sirve de modelo incondicional para los socialdemócratas rusos» (pág. 21, col. 1), no pasan de ser una salida polémica, y que, en realidad, los socialdemócratas rusos nunca olvidaron nuestras condiciones políticas, nunca soñaron con la posibilidad de crear en Rusia un partido obrero abierto, nunca separaron la tarea de la lucha por el socialismo de la tarea de la lucha por la libertad política. Pero siempre pensaron y continúan pensando que esta lucha no debe ser librada por conspiradores, sino por un partido revolucionario que se apoya en el movimiento obrero. Piensan que la lucha contra el absolutismo no debe consistir en organizar conspiraciones, sino en educar, disciplinar y organizar al proletariado, en la agitación política entre los obreros, que estigmatice toda manifestación del absolutismo, clave en la picota a todos los caballeros del gobierno policial y arranque concesiones a ese gobierno. ¿No es precisamente esta la actividad de la «Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera» de San Petersburgo? ¿No representa acaso esta organización precisamente el embrión de un partido revolucionario que se apoya en el movimiento obrero, dirige la lucha de clases del proletariado, la lucha contra el capital y contra el gobierno absoluto, sin organizar conspiración alguna y extrayendo sus fuerzas precisamente de la unión de la lucha socialista y democrática en una lucha de clases única e indivisible del proletariado petersburgués? ¿Acaso la actividad de la «Unión», a pesar de toda su brevedad, no ha demostrado ya que el proletariado dirigido por la socialdemocracia representa una gran fuerza política, con la que el gobierno ya se ha visto obligado a contar, a la que se apresura a hacer concesiones? La ley del 2 de junio de 1897, tanto por la premura de su promulgación como por su contenido, muestra palpablemente su significado como concesión arrancada por el proletariado, como posición conquistada al enemigo del pueblo ruso. Esta concesión es muy minúscula, la posición muy insignificante, pero es que esa organización de la clase obrera que logró arrancar esta concesión tampoco se distingue ni por su amplitud, ni por su solidez, ni por su antigüedad, ni por su riqueza de experiencia o de medios: la «Unión de Lucha» se fundó, como es sabido, solo en 1895/96, y sus llamamientos a los obreros se limitaban a hojas hectografiadas y litografiadas. ¿Es posible negar que una organización semejante, que uniera por lo menos los centros más importantes del movimiento obrero en Rusia (la circunscripción de San Petersburgo, la de Moscú-Vladímir, la del sur y las ciudades más importantes, como Odesa, Kiev, Sarátov, etc.), que dispusiera de un órgano revolucionario y gozara de tal autoridad entre los obreros rusos como la que goza la «Unión de Lucha» entre los obreros de San Petersburgo; que una organización semejante sería el factor político más importante en la Rusia contemporánea, un factor con el que el gobierno no podría dejar de contar en toda su política interior y exterior? Al dirigir la lucha de clases del proletariado, desarrollar la organización y la disciplina entre los obreros, ayudarlos a luchar por sus necesidades económicas y a conquistar una posición tras otra al capital, educar políticamente a los obreros y perseguir sistemática e inflexiblemente al absolutismo, acosando a cada bashi-bazuk zarista que haga sentir al proletariado la pesada zarpa del gobierno policial, una organización semejante sería al mismo tiempo una organización de partido obrero adaptada a nuestras condiciones y un poderoso partido revolucionario dirigido contra el absolutismo. En cuanto a discurrir de antemano sobre qué medio empleará esta organización para asestar un golpe decisivo al absolutismo, si preferirá, por ejemplo, la insurrección, la huelga política de masas u otro procedimiento de ataque, discurrir sobre esto de antemano y resolver esta cuestión en el momento actual sería un doctrinarismo vacío. Sería como si unos generales formaran un consejo de guerra antes de haber reunido el ejército, movilizado y conducido a la campaña contra el enemigo. En cambio, cuando el ejército del proletariado luche de manera inflexible y bajo la dirección de una sólida organización socialdemócrata por su emancipación económica y política, entonces ese mismo ejército indicará a los generales los procedimientos y los medios de acción. Entonces y solo entonces se podrá resolver la cuestión de asestar el golpe final al absolutismo, pues la solución de la cuestión depende precisamente del estado del movimiento obrero, de su amplitud, de los procedimientos de lucha elaborados por el movimiento, de las propiedades de la organización revolucionaria que lo dirige, de la actitud hacia el proletariado y hacia el absolutismo de los otros elementos sociales, de las condiciones de la política exterior e interior: en una palabra, de miles de condiciones, que es imposible e inútil prever de antemano.

Por eso es también sumamente injusta la siguiente apreciación de P. L. Lavrov:

«Pero si ellos (los socialdemócratas) se ven obligados, de una u otra manera, a agrupar no solo las fuerzas obreras para la lucha contra el capital, sino también a cohesionar a personalidades y grupos revolucionarios para la lucha contra el absolutismo, entonces los socialdemócratas rusos adoptarán de hecho el programa de sus adversarios, los narodovoltsi, cualquiera que sea el nombre que se den. La diferencia de puntos de vista sobre la comuna, sobre los destinos del capitalismo en Rusia, sobre el materialismo económico son particularidades, muy insignificantes para la causa real y que contribuyen o dificultan la solución de tareas particulares, de procedimientos particulares de preparación de los puntos fundamentales, pero nada más» (pág. 21, col. 1).

Resulta extraño incluso refutar esta última afirmación, ¡la de que la diferencia de puntos de vista sobre las cuestiones fundamentales de la vida rusa y del desarrollo de la sociedad rusa, sobre las cuestiones básicas de la comprensión de la historia, pueda referirse solo a «particularidades»! Hace tiempo que se ha dicho que sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario, y en la actualidad difícilmente hay necesidad de demostrar semejante verdad. La teoría de la lucha de clases, la comprensión materialista de la historia rusa y la valoración materialista de la situación económica y política contemporánea de Rusia, el reconocimiento de la necesidad de reducir la lucha revolucionaria a los intereses determinados de una clase determinada, analizando sus relaciones con otras clases: llamar «particularidades» a estas importantísimas cuestiones revolucionarias es hasta tal punto colosalmente inexacto e inesperado por parte de un veterano de la teoría revolucionaria, que casi estamos dispuestos a considerar este pasaje simplemente como un lapsus. En cuanto a la primera mitad de la diatriba citada, su injusticia es aún más asombrosa. Declarar públicamente que los socialdemócratas rusos solo agrupan las fuerzas obreras para la lucha contra el capital (¡es decir, para la lucha económica únicamente!), sin cohesionar a personalidades y grupos revolucionarios para la lucha contra el absolutismo, significa o bien no conocer, o bien no querer conocer los hechos universalmente conocidos sobre la actividad de los socialdemócratas rusos. ¿O acaso P. L. Lavrov no considera a quienes trabajan prácticamente en las filas de los socialdemócratas como «personalidades revolucionarias» y «grupos revolucionarios»? ¿O (esto es, quizás, más correcto) entiende por «lucha» contra el absolutismo solo las conspiraciones contra el absolutismo? (Compárese con la pág. 21, col. 2: «...se trata de... la organización de una conspiración revolucionaria»; cursiva nuestra). ¿Acaso, en opinión de P. L. Lavrov, quien no organiza conspiraciones políticas, tampoco lleva a cabo lucha política? Repetimos una vez más: semejante punto de vista corresponde plenamente a las viejas tradiciones del viejo populismo, pero no corresponde en absoluto ni a las concepciones modernas sobre la lucha política, ni a la realidad moderna.

Nos queda por decir unas palabras sobre los narodopravtsi. P. L. Lavrov tiene toda la razón, en nuestra opinión, al decir que los socialdemócratas «recomiendan a los narodopravtsi como más francos y están dispuestos a apoyarlos, sin fusionarse con ellos, por lo demás» (pág. 19, col. 2); solo habría que añadir: como demócratas más francos y en la medida en que los narodopravtsi actúen como demócratas consecuentes. Lamentablemente, esta condición es más bien un futuro deseable que un presente real. Los narodopravtsi expresaron el deseo de liberar las tareas democráticas del populismo y, en general, del vínculo con las formas anticuadas del «socialismo ruso», pero ellos mismos resultaron estar lejos de haberse liberado de los viejos prejuicios y lejos de ser consecuentes, cuando llamaron a su partido, exclusivamente de transformaciones políticas, partido «social (¡¿?!)-revolucionario» (véase su «Manifiesto» del 19 de febrero de 1894) y declararon en su «manifiesto» que «en el concepto de derecho popular entra la organización de la producción popular» (nos vemos obligados a citar de memoria), introduciendo así subrepticiamente los mismos prejuicios del populismo. Por ello, quizás, P. L. Lavrov no carecía del todo de razón al llamarlos «políticos de mascarada» (pág. 20, col. 2). Pero, tal vez, sea más justo considerar el narodopravstvo como una doctrina de transición, a la que no se puede dejar de reconocer el mérito de haberse avergonzado de la originalidad de las doctrinas populistas y de haber entablado abiertamente una polémica con los más repugnantes reaccionarios del populismo, que ante el absolutismo clasista policial se permiten hablar de la deseabilidad de reformas económicas y no políticas (véase «La Cuestión Candente», publicación del partido «Derecho Popular»). Si en el partido de los narodopravtsi realmente no hay nadie más que ex socialistas que ocultan su bandera socialista con fines tácticos, poniéndose solo la máscara de políticos no socialistas (como supone P. L. Lavrov, pág. 20, col. 2), entonces, por supuesto, este partido no tiene ningún futuro. Pero si en este partido hay también políticos no socialistas auténticos, y no de mascarada, demócratas no socialistas, entonces este partido puede aportar no poca utilidad, esforzándose por acercarse a los elementos políticamente opositores de nuestra burguesía, esforzándose por despertar la autoconciencia política de la clase de nuestra pequeña burguesía, pequeños comerciantes, pequeños artesanos, etc., de esa clase que en todas partes de Europa Occidental desempeñó su papel en el movimiento democrático, que en nuestro país, en Rusia, ha realizado progresos particularmente rápidos en el aspecto cultural y en otros durante la época posterior a la reforma, y que no puede dejar de sentir la opresión del gobierno policial con su cínico apoyo a los grandes fabricantes, magnates financieros e industriales monopolistas. Para ello es necesario solo que los narodopravtsi se planteen como tarea precisamente el acercamiento a las diversas capas de la población y no se limiten a la misma «intelectualidad» de siempre, cuya impotencia, al estar aislada de los intereses reales de las masas, es reconocida también por «La Cuestión Candente». Para ello es necesario que los narodopravtsi abandonen toda pretensión de fusión de elementos sociales heterogéneos y de relegación del socialismo ante las tareas políticas, que abandonen la falsa vergüenza que impide el acercamiento a las capas burguesas del pueblo, es decir, que no solo hablen de un programa de políticos no socialistas, sino que actúen también en consonancia con este programa, despertando y desarrollando la autoconciencia clasista de aquellos grupos y clases sociales para quienes el socialismo no es necesario en absoluto, pero que cuanto más avanzan, tanto más fuertemente sienten la opresión del absolutismo y la necesidad de la libertad política.

La socialdemocracia rusa es todavía muy joven. Apenas está saliendo de ese estado embrionario en que las cuestiones teóricas ocupaban un lugar predominante. Apenas está comenzando a desarrollar su actividad práctica. En lugar de la crítica de las teorías y programas socialdemócratas, los revolucionarios de otras fracciones deben, por fuerza de la necesidad, presentar la crítica de la actividad práctica de los socialdemócratas rusos. Y hay que reconocer que esta última crítica se distingue del modo más tajante de la crítica teórica, se distingue hasta tal punto que resultó posible inventar el cómico rumor de que la «Liga de Lucha» de San Petersburgo es una organización no socialdemócrata. La mera posibilidad de semejante rumor muestra ya lo incorrecto de las acusaciones corrientes contra los socialdemócratas de ignorar la lucha política. La mera posibilidad de tal rumor testimonia ya que muchos revolucionarios, a quienes no pudo convencer la teoría de los socialdemócratas, comienzan a convencerse por su práctica.

Ante la socialdemocracia rusa se extiende aún un campo de trabajo inmenso, apenas iniciado. El despertar de la clase obrera rusa, su espontánea aspiración al conocimiento, a la unión, al socialismo, a la lucha contra sus explotadores y opresores, se manifiesta cada día con mayor nitidez y amplitud. Los colosales avances que el capitalismo ruso ha realizado en los últimos tiempos garantizan que el movimiento obrero crecerá sin cesar en extensión y profundidad. En la actualidad atravesamos, al parecer, ese período del ciclo capitalista en que la industria «prospera», el comercio marcha animadamente, las fábricas trabajan a pleno rendimiento y, como hongos tras la lluvia, surgen innumerables nuevas plantas, nuevas empresas, sociedades anónimas, construcciones ferroviarias, etc., etc. No hace falta ser profeta para predecir la inevitabilidad de una quiebra (más o menos brusca) que ha de sobrevenir tras esta «prosperidad» industrial. Esa quiebra arruinará a una masa de pequeños propietarios, lanzará a masas de obreros a las filas del desempleo y planteará así, ante todas las masas obreras, de forma aguda, los problemas del socialismo y la democracia que hace ya tiempo se alzan ante cada obrero consciente, ante cada obrero que piensa. Los socialdemócratas rusos deben preocuparse de que esa quiebra sorprenda al proletariado ruso más consciente, más unido, comprendiendo las tareas de la clase obrera rusa, capaz de rechazar a la clase de los capitalistas, que hoy cosechan ganancias colosales y siempre aspiran a descargar las pérdidas sobre los obreros, — capaz de ponerse al frente de la democracia rusa en la lucha decisiva contra el absolutismo policial, que ata de pies y manos a los obreros rusos y a todo el pueblo ruso.

¡Manos a la obra, camaradas! ¡No perdamos un tiempo precioso! Los socialdemócratas rusos tienen ante sí una enorme cantidad de trabajo para satisfacer las demandas del proletariado que despierta, para organizar el movimiento obrero, para fortalecer los grupos revolucionarios y su vínculo mutuo, para suministrar a los obreros literatura de propaganda y agitación, para unificar los círculos obreros y los grupos socialdemócratas diseminados por todos los confines de Rusia en un partido obrero socialdemócrata único.

A los obreros y socialistas de Petersburgo, de parte de la «Liga de Lucha»

Tiempos difíciles viven los revolucionarios de Petersburgo. Diríase que el gobierno ha reunido todas sus fuerzas para aplastar el movimiento obrero recién surgido y que se manifestó con tanta pujanza. Los arrestos han cobrado proporciones inusitadas, las cárceles están atestadas. Apresan a los intelectuales, hombres y mujeres, apresan también y deportan en masa a los obreros. Apenas si hay día que no traiga noticias de nuevas y nuevas víctimas del gobierno policial, que con furia se ha lanzado sobre sus enemigos. El gobierno se ha propuesto la tarea de impedir que la nueva corriente del movimiento revolucionario ruso se fortalezca y se ponga de pie. Procuradores y gendarmes ya se jactan de haber logrado desbaratar la «Liga de Lucha».

Esta jactancia es mentira. La «Liga de Lucha» está intacta, a pesar de toda la persecución. Con plena satisfacción constatamos que los arrestos en masa cumplen su función, siendo una poderosa herramienta de agitación entre los obreros y entre los intelectuales socialistas, que en lugar de los revolucionarios caídos surgen otros nuevos, dispuestos, con renovadas fuerzas, a alzarse en las filas de los luchadores por el proletariado ruso y por todo el pueblo ruso. Sin sacrificios no puede haber lucha, y a la feroz cacería de los sayones zaristas respondemos serenamente: ¡los revolucionarios han muerto — viva la revolución!

La intensificación de la persecución sólo ha podido provocar hasta ahora un debilitamiento temporal de funciones aisladas de la «Liga de Lucha», una carencia temporal de agentes y agitadores. Precisamente tal carencia se siente ahora y nos obliga a dirigir un llamamiento a todos los obreros conscientes y a todos los intelectuales que deseen entregar sus fuerzas al servicio de la causa revolucionaria. La «Liga de Lucha» necesita agentes. Que todos los círculos y todos los individuos que quieran trabajar en cualquier esfera, aunque sea la más reducida, de la actividad revolucionaria, lo manifiesten a quienes tienen vínculo con la «Liga de Lucha». (En el caso de que algún grupo no pudiera encontrar a tales personas —lo que es muy poco probable—, puede dirigirse a través de la «Unión de Socialdemócratas Rusos» en el extranjero.) Se necesitan trabajadores para todo tipo de labor, y cuanto más rigurosamente se especialicen los revolucionarios en funciones aisladas de la actividad revolucionaria, cuanto más rigurosamente reflexionen sobre los procedimientos conspirativos y el encubrimiento de su quehacer, cuanto más abnegadamente se consagren a una labor modesta, poco visible, parcial — tanto más seguro estará todo el trabajo, tanto más difícil será para los gendarmes y espías descubrir a los revolucionarios. El gobierno ha tejido ya de antemano una red de sus agentes no sólo en los focos reales, sino también en los posibles y probables focos de elementos antigubernamentales. El gobierno desarrolla de manera infalible, en extensión y profundidad, la actividad de sus servidores que persiguen a los revolucionarios, inventa nuevos procedimientos, coloca a nuevos provocadores, procura presionar a los detenidos mediante intimidaciones, presentación de declaraciones falsas, firmas falsificadas, introducción subrepticia de notas fraguadas y medios semejantes. Sin el fortalecimiento y desarrollo de la disciplina, la organización y la conspiración revolucionarias es imposible la lucha contra el gobierno. Y la conspiración exige ante todo la especialización de los círculos e individuos aislados en funciones delimitadas del trabajo y la atribución del papel unificador a un núcleo central de la «Liga de Lucha» de un número insignificante de miembros. Las funciones aisladas del trabajo revolucionario son infinitamente diversas: se necesitan agitadores legales que sepan hablar entre los obreros de manera que no se les pueda procesar por ello, que sepan decir sólo a, dejando que otros digan b y c. Se necesitan distribuidores de literatura, de octavillas. Se necesitan organizadores de círculos y grupos obreros. Se necesitan corresponsales de todas las fábricas y plantas que proporcionen información sobre todos los incidentes. Se necesitan personas que vigilen a los espías y provocadores. Se necesitan organizadores de pisos francos. Se necesitan personas para transmitir la literatura, para transmitir encargos, para toda clase de comunicaciones. Se necesitan recolectores de fondos. Se necesitan agentes en el medio intelectual y funcionarial que estén en contacto con los obreros, con la vida fabril, con la administración (con la policía, la inspección de fábricas, etc.). Se necesitan personas para las comunicaciones con las diferentes ciudades de Rusia y de otros países. Se necesitan personas para la organización de distintos modos de reproducción mecánica de toda clase de literatura. Se necesitan personas para el almacenamiento de literatura y otros objetos, etc., etc. Cuanto más fraccionada, más menuda sea la labor que asuma un individuo o un grupo aislado, tanto mayores serán las probabilidades de que logre organizar esa labor de manera reflexiva y garantizarla al máximo contra el descalabro, examinar todas las particularidades conspirativas, aplicando toda clase de procedimientos para burlar la vigilancia de los gendarmes e inducirlos a error; tanto más seguro será el éxito del trabajo, tanto más difícil será para la policía y los gendarmes rastrear al revolucionario y su vínculo con la organización, tanto más fácil será para el partido revolucionario reemplazar a los agentes y miembros caídos por otros sin perjuicio para toda la causa. Sabemos que tal especialización es una cosa muy difícil, difícil porque exige del individuo máxima perseverancia y máxima abnegación, exige la entrega de todas las fuerzas a un trabajo poco visible, monótono, carente de relaciones con los camaradas, que subordina toda la vida del revolucionario a una seca y rigurosa reglamentación. Pero sólo en estas condiciones lograron los corifeos de la práctica revolucionaria en Rusia llevar a cabo las empresas más grandiosas, invirtiendo años en la preparación multilateral del asunto, y estamos profundamente convencidos de que en los socialdemócratas no habrá menos abnegación que en los revolucionarios de generaciones anteriores. Sabemos también que según el sistema que proponemos, para muchas personas que anhelan aplicar sus fuerzas al trabajo revolucionario, será muy penoso el período preparatorio mientras la «Liga de Lucha» reúne las debidas informaciones sobre la persona o el grupo que ofrece sus servicios y pone a prueba su capacidad en encargos aislados. Pero sin ese examen previo es imposible la actividad revolucionaria en la Rusia contemporánea.

Al proponer a nuestros nuevos camaradas semejante sistema de actividad, expresamos las tesis a las que nos ha conducido una prolongada experiencia, profundamente convencidos de que, con este sistema, el éxito de la labor revolucionaria está máximamente garantizado.

La casa en la aldea de Shúshenskoye, en la que V. I. Lenin vivió durante su destierro. Las dos ventanas del extremo izquierdo son las de la habitación de Lenin.