Escrito en el destierro a finales de 1897.

Publicado por primera vez en 1898 en la recopilación: Vladímir Ilín. «Estudios y Artículos Económicos». San Petersburgo.

Se publica según el texto de la recopilación

I

II

El parágrafo II del artículo sobre «Las Bases de la Reforma de la Enseñanza Media» lleva el siguiente título, dado por el Sr. Yuzhakov: «Tareas de la escuela secundaria. Intereses de clase y escuela de clase» (véase el Índice). El tema, como se ve, presenta un interés apasionante, prometiendo esclarecernos una de las cuestiones más importantes no solo de la instrucción pública, sino de toda la vida social en general, y precisamente aquella que provoca una de las principales discrepancias entre los populistas y los «discípulos» {116}. Veamos, pues, qué ideas tiene el colaborador de «Rússkoe Bogatstvo» sobre los «intereses de clase y la escuela de clase».

El autor dice con toda razón que la fórmula: «la escuela debe preparar al hombre para la vida» es completamente vacua, que la cuestión está en qué es necesario para la vida y «para quién es necesario» (6). «Para quién es necesaria la enseñanza secundaria significa: ¿en interés de quién, por el bien y el provecho de quién se imparte la enseñanza a los alumnos de la escuela secundaria?» (7). Excelente planteamiento de la cuestión, y saludaríamos de todo corazón al autor si... si todos estos preludios no resultaran ser, en la exposición ulterior, frases vacías: «Estos pueden ser los intereses del bien y del provecho del Estado, de la nación, de tal o cual clase social, del propio individuo que se educa». Comienza la confusión: hay que concluir que una sociedad dividida en clases es compatible con un Estado sin clases, con una nación sin clases, ¡con individuos situados fuera de las clases! Veremos enseguida que esto no es en absoluto un lapsus del Sr. Yuzhakov, que él precisamente sostiene esta absurda opinión. «Si al elaborar el programa escolar se tienen en cuenta los intereses de clase, no puede hablarse, por consiguiente, de un tipo general único de escuela secundaria estatal. Los establecimientos de enseñanza, en tal caso, son por necesidad estamentales, y además no solo instructivos, sino también educativos, porque deben dar no solo una instrucción adaptada a los intereses y tareas especiales del estamento, sino también hábitos estamentales y un espíritu corporativo estamental» (7). La primera conclusión de esta perorata es que el Sr. Yuzhakov no comprende la diferencia entre estamentos y clases, y por eso confunde de manera atroz estos conceptos completamente distintos. En otros lugares de su artículo (véase, por ej., la pág. 8) se revela la misma incomprensión, y esto es tanto más sorprendente cuanto que el Sr. Yuzhakov, en este mismo artículo, casi se aproximó a la diferencia esencial de estos conceptos. «Hay que recordar —relata el Sr. Yuzhakov en la pág. 11— que a menudo (en modo alguno necesariamente, sin embargo) las organizaciones política, económica y espiritual constituyen a veces un privilegio jurídico, a veces una pertenencia de hecho de grupos especiales de la población. En el primer caso, son estamentos; en el segundo, clases». Aquí está correctamente señalada una de las diferencias entre la clase y el estamento, precisamente que las clases se diferencian unas de otras no por privilegios jurídicos, sino por condiciones de hecho, que, por consiguiente, las clases de la sociedad moderna presuponen la igualdad jurídica. Y el Sr. Yuzhakov, al parecer, tampoco ignora la otra diferencia entre los estamentos y las clases: «... Nosotros... renunciamos entonces (es decir, después de la abolición del derecho de servidumbre)... al régimen de servidumbre y estamental de la vida nacional, incluido el sistema de la escuela estamental cerrada. En la actualidad, la implantación del proceso capitalista divide a la nación rusa no tanto en estamentos, cuanto en clases económicas...» (8). Aquí está correctamente señalado también el otro rasgo que distingue los estamentos de las clases en la historia de Europa y de Rusia, a saber: que los estamentos son un atributo de la sociedad feudal, y las clases, de la sociedad capitalista [250]. Si el Sr. Yuzhakov hubiera reflexionado aunque fuera un poco sobre estas diferencias y no se hubiera entregado con tanta ligereza al poder de su ágil pluma y de su corazón kleinbürger [251], no habría escrito ni la perorata arriba citada, ni otras tonterías como que los programas de clase de las escuelas deben fragmentar los programas para ricos y para pobres, que en la Europa occidental los programas de clase no tienen éxito, que la escuela de clase presupone un aislamiento clasista, etc., etc. Todo esto muestra más claro que claro que, a pesar del título tan prometedor, a pesar de las frases grandilocuentes, el Sr. Yuzhakov no ha comprendido en absoluto en qué consiste la esencia de la escuela de clase. Esta esencia, estimadísimo Sr. Populista, consiste en que la instrucción está organizada de manera idéntica y es igualmente accesible para todos los que poseen medios. Solo en esta última palabra reside la esencia de la escuela de clase, a diferencia de la escuela estamental. Por eso, es una pura insensatez lo que dijo el Sr. Yuzhakov en la perorata arriba citada, de que con intereses de clase en las escuelas «no puede hablarse de un tipo general único de escuela secundaria estatal». Justamente al revés: la escuela de clase, si es consecuente, es decir, si se ha liberado de todos y cada uno de los residuos estamentales, presupone necesariamente un tipo general único de escuela. La esencia de la sociedad de clases (y, por consiguiente, de la instrucción de clase) consiste en la plena igualdad jurídica, en la plena equiparación de derechos de todos los ciudadanos, en la plena equiparación de derechos y accesibilidad de la instrucción para los que poseen medios. La escuela estamental exige del alumno la pertenencia a un estamento determinado. La escuela de clase desconoce los estamentos, conoce solo a los ciudadanos. Exige de todos y cada uno de los alumnos solo una cosa: que pague su enseñanza. La diferencia de programas para ricos y para pobres no es en absoluto necesaria para la escuela de clase, pues a aquellos que carecen de medios para pagar la enseñanza, los gastos de material didáctico, el mantenimiento del alumno durante todo el período escolar, la escuela de clase simplemente no los admite a la enseñanza secundaria. La escuela de clase no presupone en absoluto un aislamiento clasista: al contrario, a diferencia de los estamentos, las clases dejan siempre completamente libre el paso de individuos aislados de una clase a otra. La escuela de clase no se cierra para nadie que tenga medios para estudiar. Que en la Europa occidental «estos peligrosos programas de semiinstrucción y de alienación clasista moral e intelectual de las diferentes capas del pueblo no tienen éxito» (9), es una completa tergiversación de la realidad, pues todo el mundo sabe que tanto en Occidente como en Rusia, la escuela secundaria es, por su esencia, clasista, y que sirve a los intereses solo de una parte muy, muy pequeña de la población. En vista de la increíble confusión de conceptos que revela el Sr. Yuzhakov, consideramos incluso no superfluo hacer para él la siguiente aclaración adicional: en la sociedad moderna, también aquella escuela secundaria que no cobra ningún arancel por la enseñanza, no deja ni mucho menos de ser una escuela de clase, porque los gastos de mantenimiento del alumno durante 7-8 años son inconmensurablemente más altos que el pago por la enseñanza, y estos gastos son accesibles solo para una minoría insignificante. Si el Sr. Yuzhakov quiere ser un consejero práctico de los reformadores modernos de la escuela secundaria, si quiere plantear la cuestión sobre el terreno de la realidad moderna (y él precisamente la plantea así), debería haber hablado solo de la sustitución de la escuela estamental por la escuela de clase, solo de esto, o ya callarse por completo respecto a esta cuestión espinosa de los «intereses de clase y la escuela de clase». Y, dicho sea de paso, no es grande la conexión de estas cuestiones de principio con la sustitución de las lenguas antiguas por las modernas, que recomienda el Sr. Yuzhakov en este artículo. Si se hubiera limitado a esta recomendación, no le habríamos objetado e incluso estaríamos dispuestos a perdonarle su incontinente elocuencia. Pero, puesto que él mismo planteó la cuestión de los «intereses de clase y la escuela de clase», que cargue entonces con la responsabilidad por todas sus frases insensatas.

Las frases del Sr. Yuzhakov sobre el tema dado, sin embargo, no se limitan en modo alguno a lo arriba citado. Fiel a las ideas básicas del «método subjetivo en sociología», el Sr. Yuzhakov, habiendo rozado la cuestión de las clases, se eleva a un «amplio punto de vista» (12, cf. 15), tan amplio, que desde él puede ignorar majestuosamente las diferencias de clase, tan amplio, que le permite hablar no de clases aisladas (¡uf, qué estrechez!), sino de toda la nación en general. Esta magnífica «amplitud» de punto de vista se alcanza mediante el manido recurso de todos los moralistas y moralistillas, especialmente de los moralistas kleinbürger. El Sr. Yuzhakov condena cruelmente esta división de la sociedad en clases (y el reflejo de esta división en la instrucción), hablando con grandísima elocuencia y con pathos incomparable del «peligro» (9) de este fenómeno; de que «el sistema de instrucción de clase en todos los aspectos y formas, en su base, contradice los intereses del Estado, de la nación y de los individuos que se educan» [252] (8); de la «inconveniencia y el peligro desde el punto de vista tanto estatal como nacional» (9) de los programas de clase en la escuela; de que los ejemplos de la historia muestran solo «aquel desarrollo excepcional y antinacional del régimen de clase y de los intereses de clase, del que hablamos más arriba y que ya hemos reconocido como peligroso para el bien nacional y para el propio Estado» (11); de que «en todas partes la organización estamental de la administración ha sido abolida de uno u otro modo» (11); de que esta «peligrosa» fragmentación en clases provoca «antagonismo entre los diferentes grupos de la población» y extirpa gradualmente «el sentimiento de solidaridad nacional y de patriotismo estatal general» (12); de que «los intereses de la nación como un todo, del Estado y de los ciudadanos aislados, comprendidos amplia, correcta y previsoramente, no deben contradecirse en general unos a otros (al menos en el Estado moderno)» (15), etc., etc. Todo esto es una pura falsedad, solo frases vacías, que empañan la esencia misma de la realidad moderna mediante «buenos deseos» del kleinbürger, carentes de todo sentido, deseos que imperceptiblemente pasan también a caracterizar lo que existe. Para encontrar una analogía con semejante cosmovisión, de la que fluyen tales frases, hay que dirigirse a los representantes de aquella escuela «ética» en Occidente, que fue la expresión natural e inevitable de la cobardía teórica y la perplejidad política de la burguesía de allí {117}.

Nos limitaremos a contraponer a esta magnífica elocuencia y hermoso corazón, a esta notable perspicacia y previsión, el siguiente pequeño hecho. El Sr. Yuzhakov rozó la cuestión de la escuela estamental y de clase. Sobre la primera cuestión pueden encontrarse datos estadísticos precisos, al menos sobre los gimnasios y progimnasios masculinos y sobre las escuelas reales. He aquí estos datos, tomados por nosotros de la publicación del Ministerio de Finanzas: «Las Fuerzas Productivas de Rusia» (San Petersburgo. 1896. Sección XIX. Instrucción Pública. Pág. 31):

«La distribución estamental de los alumnos (en % respecto a su número total) se ve en la siguiente tabla:

Esta tablita nos muestra de manera gráfica cuán imprudentemente se expresó el Sr. Yuzhakov al decir que nosotros renunciamos inmediata y decididamente (??) «a la escuela estamental». Por el contrario, el carácter estamental predomina ahora en nuestras escuelas secundarias, si incluso en los gimnasios (por no hablar ya de los establecimientos privilegiados para la nobleza, etc.) el 56% de los alumnos son hijos de nobles y funcionarios. Su único competidor serio son los estamentos urbanos, que han alcanzado el predominio en las escuelas reales. En cuanto a la participación de los estamentos rurales —especialmente si se tiene en cuenta su enorme predominio numérico sobre los demás estamentos— es completamente insignificante. Esta tablita muestra gráficamente, por consiguiente, que quien quiera hablar del carácter de nuestra escuela secundaria moderna, debe asimilar firmemente que solo puede tratarse de la escuela estamental y de la escuela de clase, y que, en la medida en que «nosotros» renunciamos realmente a la escuela estamental, esto se hace exclusivamente en favor de la escuela de clase. De suyo se entiende que no queremos decir con esto en absoluto que la cuestión de la sustitución de la escuela estamental por la escuela de clase y del mejoramiento de esta última sea una cuestión sin importancia o indiferente para aquellas clases que no disfrutan ni pueden disfrutar de la escuela secundaria: al contrario, también para ellas no es una cuestión indiferente, pues el carácter estamental, tanto en la vida como en la escuela, pesa sobre ellas de manera especialmente dura, pues la sustitución de la escuela estamental por la escuela de clase es solo uno de los eslabones en el proceso de europeización general y multifacética de Rusia. Queremos solo mostrar cómo tergiversó el asunto el Sr. Yuzhakov y cómo su presunto «amplio» punto de vista en realidad está inconmensurablemente por debajo incluso del punto de vista burgués sobre la cuestión. A propósito de lo burgués. He aquí que el Sr. A. Manuílov no puede comprender de ninguna manera por qué P. B. Struve, habiendo caracterizado tan definidamente la unilateralidad de Schulze-Gaevernitz, «propaga sin embargo sus ideas burguesas» («R. Bogatstvo» Nº 11, pág. 93). La incomprensión del Sr. A. Manuílov proviene entera y exclusivamente de su incomprensión de los puntos de vista básicos no solo de los «discípulos» rusos, sino también de todos los de Europa occidental, no solo de los discípulos, sino también del maestro. O, acaso, ¿querrá el Sr. Manuílov negar que entre los puntos de vista básicos del «maestro» —puntos de vista que atraviesan como un hilo rojo toda su actividad teórica, literaria y práctica— pertenece la hostilidad irrevocable hacia aquellos amantes de los «amplios puntos de vista» que empañan mediante frasecitas dulzonas la división clasista de la sociedad moderna? ¿Que entre sus puntos de vista básicos pertenece el reconocimiento decidido de la progresividad y preferibilidad de las «ideas burguesas» abiertas y consecuentes, en comparación con las ideas de aquellos kleinbürger que anhelan la contención y la detención del capitalismo? Si esto no le está claro al Sr. Manuílov, que reflexione al menos sobre las obras de su compañero de revista, el Sr. Yuzhakov. Que se imagine que, sobre la cuestión que ahora nos interesa, vemos al lado del Sr. Yuzhakov a un representante abierto y consecuente de las «ideas burguesas», que defiende precisamente el carácter de clase de la escuela moderna, demostrando que esto es lo mejor que se puede imaginar, y que aspira al total desplazamiento de la escuela estamental y a la ampliación de la accesibilidad de la escuela de clase (en el significado de esta accesibilidad señalado más arriba). De verdad, semejantes ideas serían incomparablemente superiores a las ideas del Sr. Yuzhakov; la atención se dirigiría con ello a las necesidades reales de la escuela moderna, precisamente a la eliminación de su cerrazón estamental, y no al difuso «amplio punto de vista» del kleinbürger. El esclarecimiento abierto y la defensa del carácter unilateral de la escuela moderna caracterizaría correctamente la realidad y, ya por su propia unilateralidad, ilustraría la conciencia del otro lado [253]. Y las «amplias» peroratas del Sr. Yuzhakov, al contrario, solo corrompen la conciencia social. En fin, el aspecto práctico de la cuestión... pero es que el Sr. Yuzhakov no sale ni un poquito de los límites de la escuela de clase, no solo en este artículo, sino también en su «utopía», a la que pasamos a continuación.

III

El artículo del Sr. Yuzhakov que examina la «cuestión de la instrucción popular general» (véase el título del libro) se titula: «Utopía instructiva. Plan de instrucción secundaria obligatoria para todo el pueblo». Ya por el título se ve que este artículo sumamente instructivo del Sr. Yuzhakov promete muchísimo. Pero en realidad, la «utopía» del Sr. Yuzhakov promete aún incomparablemente más. «En modo alguno menos que esto, queridos lectores, sin ninguna concesión o compromiso... —así comienza el autor su artículo—. Una educación gimnasial completa para toda la población de ambos sexos, obligatoria para todos y sin gasto alguno por parte del Estado, del zemstvo y del pueblo, ¡tal es mi enorme utopía instructiva!» (201). El bueno del Sr. Yuzhakov considera, evidentemente, que el quid de esta cuestión reside en los «gastos»; en esta misma página repite una vez más que la instrucción primaria popular general requiere gastos, mientras que la instrucción secundaria popular general, según su «plan», no requiere gasto alguno. No solo el plan del Sr. Yuzhakov no requiere gasto alguno: promete mucho más que la instrucción secundaria para todo el pueblo. Para mostrar el volumen completo de lo que nos promete el colaborador de «R. Bogatstvo», hay que adelantarse y citar las propias exclamaciones triunfantes del autor, cuando ya ha expuesto todo su plan y lo admira. El plan del Sr. Yuzhakov consiste en que a la enseñanza gimnasial se una el trabajo productivo de los «gimnasistas», que se mantienen a sí mismos: «... El cultivo de una parcela de tierra... asegura una alimentación abundante, sabrosa y sana de toda la joven generación desde el nacimiento hasta la finalización del curso del gimnasio, así como la alimentación de los jóvenes que trabajan para pagar el precio de la enseñanza (de esta institución del Zukunftsstaat [254] de Yuzhakov, con más detalle abajo), y de todo el personal de administradores, profesores y encargados de hacienda. Con ello, todos ellos están asegurados también de calzado, así como de costura de la ropa. Además, de paso se obtienen de dicha parcela alrededor de 20 mil rublos, concretamente 15 mil de los excedentes de leche y cereales de primavera... y alrededor de 5 mil r. de la venta de pieles, cerdas, plumas y otros productos secundarios» (216). ¡Piense solamente, lector, el mantenimiento de toda la joven generación hasta la finalización del curso del gimnasio, es decir, hasta los 21-25 años (pág. 203)! ¡Esto significa, pues, el mantenimiento de la mitad de toda la población del país [255]! El mantenimiento y educación de decenas de millones de población, ¡esto ya es una verdadera «organización del trabajo»! Evidentemente, el Sr. Yuzhakov se ha enfadado mucho con aquellas malas personas que afirman que los proyectos populistas de «organización del trabajo» son frases vacías de vacíos charlatanes, y ha decidido aniquilar por completo a estas malas personas publicando todo un «plan» de tal «organización del trabajo», llevado a cabo «sin gasto alguno»... Pero esto no es aún todo: «... Por el camino hemos ampliado la tarea; hemos tomado sobre la misma organización el mantenimiento de toda la población infantil; nos hemos preocupado de asegurar a los jóvenes con una dote seria para el campo al salir; hemos encontrado posible destinar con los mismos medios a cada gimnasio, es decir, a cada volost, un médico, un veterinario, un agrónomo científico, un horticultor científico, un tecnólogo y no menos de seis maestros de oficios (que elevarán la cultura y satisfarán las correspondientes necesidades de toda la localidad)... ¡Y todas estas tareas encuentran su resolución financiera y económica con la realización de nuestro plan...!» [256]. ¡Cómo serán confundidas ahora aquellas malas lenguas que decían que el famoso «nosotros» populista es un «misterioso desconocido», es un judío con dos kipás, etc.! ¡Qué calumnia tan indigna! De ahora en adelante, bastará con remitirse al «plan» del Sr. Yuzhakov para demostrar la omnipotencia de esos «nosotros» y la factibilidad de «nuestros» proyectos.

¿Quizás surja en el lector una duda respecto a esta palabra: factibilidad? ¿Quizás el lector diga que, habiendo llamado a su creación utopía, el Sr. Yuzhakov con ello mismo eliminó la cuestión de la factibilidad? — Esto sería así si el Sr. Yuzhakov no hubiera hecho él mismo salvedades sumamente esenciales respecto a la palabra «utopía», si no hubiera subrayado repetidas veces en toda su exposición la factibilidad de su plan. «Tengo la osadía de pensar —declara al comienzo mismo del artículo— que tal instrucción secundaria popular general parece una utopía solo a primera vista» (201)... ¿Qué más quiere usted?... «Tengo una osadía aún mayor para afirmar que tal instrucción para toda la población es mucho más factible que la instrucción primaria popular general, ya realizada, sin embargo, por Alemania, Francia, Inglaterra, los Estados Unidos, y muy cercana a su realización también en algunas gubernias de Rusia» (201). El Sr. Yuzhakov está hasta tal punto convencido de esta factibilidad de su plan (evidentemente, después de lo dicho, la expresión «plan» es más correcta que utopía), que no desdeña incluso las más pequeñas «comodidades prácticas» al elaborar este plan, dejando a propósito, por ej., el sistema de dos gimnasios, uno masculino y otro femenino, por respeto al «prejuicio en el continente europeo contra la enseñanza conjunta» de ambos sexos, —subrayando insistentemente que su plan «permite no alterar los planes de estudio establecidos de los gimnasios masculinos y femeninos, da más ocupación y, por ende, más remuneración al personal docente...». «Todo esto tiene una importancia no pequeña cuando se desea no limitarse a un experimento, sino alcanzar realmente una instrucción popular general» (205-206). Muchos han sido los utopistas en el mundo, rivalizando en lo seductor y lo armonioso de sus utopías, pero difícilmente se encontrará entre ellos siquiera uno tan atento a los «planes de estudio establecidos» y a la remuneración del personal docente. Estamos seguros de que la posteridad durante mucho tiempo señalará al Sr. Yuzhakov como un «utopista» verdaderamente práctico y verdaderamente eficiente.

Es evidente que, con semejantes promesas del autor, su plan de instrucción popular general merece el examen más atento.

IV

El principio del que parte el Sr. Yuzhakov consiste en que el gimnasio debe ser al mismo tiempo una hacienda agrícola, debe asegurar su propia existencia mediante el trabajo estival de sus alumnos. Tal es la idea básica de su plan. «De que esta idea es correcta, apenas es posible dudar» (237), considera el Sr. Yuzhakov. Y nosotros estamos de acuerdo con él en que hay aquí realmente una idea correcta, que solo que no se puede enredar ni obligatoriamente con los «gimnasios», ni con la posibilidad de «resarcir» los gimnasios mediante el trabajo de los alumnos. Esta idea correcta consiste en que no se puede imaginar el ideal de la sociedad futura sin la unión de la enseñanza con el trabajo productivo de la joven generación: ni la enseñanza y educación sin trabajo productivo, ni el trabajo productivo sin enseñanza y educación paralelas podrían ser situados a la altura que requiere el nivel moderno de la técnica y el estado del conocimiento científico. Esta idea la expresaron ya los viejos grandes utopistas; la comparten plenamente también los «discípulos», quienes precisamente por esta razón, entre otras, no se oponen en principio al trabajo industrial de las mujeres y los adolescentes, consideran reaccionarios los intentos de prohibir por completo este trabajo e insisten solo en que se realice en condiciones plenamente higiénicas. En vano, por eso, se expresa el Sr. Yuzhakov de este modo: «Yo solo quería dar una idea» (237)... Esta idea fue dada hace tiempo, y no nos atrevemos a suponer (mientras no se demuestre lo contrario) que el Sr. Yuzhakov pudiera no estar familiarizado con ella. El colaborador de «Rússkoe Bogatstvo» quiso dar y dio un plan completamente independiente para la realización de esta idea. Solo en este aspecto se debe reconocer como original, pero en eso, su originalidad llega hasta... hasta las columnas de Hércules {118}.

Para unir el trabajo productivo universal con la enseñanza universal, es necesario, evidentemente, imponer a todos la obligación de participar en el trabajo productivo. ¿Parecería que esto es evidente por sí mismo? — Resulta, sin embargo, que no. Nuestro «populista» resuelve esta cuestión de modo que la obligación del trabajo físico debe ser establecida realmente como un principio general, pero en modo alguno para todos, sino solo para los insolventes.

¿Pensará el lector, quizás, que estamos bromeando? Por Dios, que no.

«Los gimnasios puramente urbanos para las gentes acomodadas, dispuestas a pagar con dinero el precio completo de la educación, podrían mantener el tipo actual» (229). En la pág. 231, los «acomodados» en general están directamente incluidos en el número de aquellas «categorías de la población» que no son atraídas a la instrucción obligatoria en los «gimnasios agrícolas». El trabajo productivo obligatorio es, por consiguiente, para nuestro populista, no una condición del desarrollo humano universal y multifacético, sino simplemente un pago por la enseñanza en el gimnasio. Justamente así. Al comienzo mismo de su artículo, el Sr. Yuzhakov examina la cuestión de los trabajadores de invierno necesarios para el gimnasio agrícola. Lo más «lógico» le parece el siguiente medio de asegurar al gimnasio con trabajadores de invierno. Los alumnos de las clases inferiores no trabajan y, por consiguiente, disfrutan gratuitamente del mantenimiento y la enseñanza, sin pagar nada por los gastos que esto supone para el gimnasio. «Y si esto es así, ¿no se convierte en su obligación directa pagar con trabajo estos gastos al finalizar el curso? Esta obligación, cuidadosamente considerada y firmemente establecida para todo aquel que no pueda pagar el coste de la enseñanza, suministrará a la hacienda gimnasial el contingente necesario de trabajadores de invierno y un contingente suplementario de trabajadores de verano... Teóricamente esto es muy simple, fácil de comprender y absolutamente indiscutible» (205, cursivas nuestras). ¡Por Dios, qué puede haber más «simple» que esto! ¡Si tienes dinero, pagas, y si no tienes dinero, trabajas! Cualquier tendero estará de acuerdo en que esto es en sumo grado «fácil de comprender». Y además, ¡qué notablemente práctico! — Solo que... solo que ¿qué tiene que ver aquí la «utopía»? ¿Y para qué embarra el Sr. Yuzhakov con semejantes planes aquella gran idea básica que quería poner como fundamento de su utopía?

El trabajo compensatorio de los alumnos insolventes es la base de todo el plan del Sr. Yuzhakov. Él admite, ciertamente, también otro medio de adquirir trabajadores de invierno —la contratación [257]—, pero lo relega a un segundo plano. En cambio, el trabajo compensatorio es obligatorio durante tres años (y en caso de necesidad, durante cuatro) para todos los que no ingresen en el servicio militar, es decir, para 2/3 de los alumnos y para todas las muchachas. «Solo este sistema —declara directamente el Sr. Yuzhakov— da la clave para la resolución de la tarea de la instrucción popular general, y ni siquiera primaria, sino secundaria» (207-208). «Un pequeño contingente de trabajadores permanentes, que se hayan quedado por completo en el gimnasio y se hayan incorporado a él (¡?), completa estas fuerzas de trabajo de la hacienda gimnasial. Tales son las posibles y en modo alguno utópicas fuerzas de trabajo de nuestro gimnasio agrícola» (208). Bueno, por supuesto, otros trabajos también —¡cuántos hay en la hacienda!— ellos los harán: «El personal complementario de cocineros y lavanderas, así como los escribientes, pueden ser fácilmente elegidos de entre los trabajadores de tres años que hayan terminado el gimnasio» (209). Los gimnasios necesitarán también artesanos: sastres, zapateros, carpinteros, etc. Por supuesto, se podrá «darles ayudantes de entre los que cumplen el trabajo compensatorio de tres años» (210).

¿Qué recibirán por su trabajo estos braceros (o gimnasistas agrícolas? verdaderamente, no sé ya cómo llamarlos)? Recibirán todo lo necesario para la vida, «alimentación abundante y sabrosa». El Sr. Yuzhakov calcula con exactitud todo esto, estableciendo las normas de productos «que habitualmente se suministran al trabajador rural». Cierto, él «no se propone alimentar al gimnasio de este modo» (210), pero de todos modos deja estas normas, porque, bien, los gimnasistas recogerán además de su tierra patatas, guisantes, lentejas, sembrarán para sí mismos cáñamo y girasol para el aceite de cuaresma, luego recibirán carne en los días de carne media libra y leche 2 vasos. No piense, lector, que el Sr. Yuzhakov toca esto solo de pasada, solo como ejemplo lo enumera. No, él lo ha calculado todo detalladamente: tanto el número de terneros, añojos y de dos años, como el mantenimiento de los enfermos, y el pienso para las aves. No se ha olvidado ni de las aguas sucias de la cocina, ni de las vísceras, ni de las peladuras de verduras (212). No se le ha escapado nada. Luego, la ropa y el calzado se pueden hacer en el gimnasio con medios propios. «Pero la tela de algodón para la ropa blanca de vestir, de cama y de mesa, y para la ropa de verano, la tela más densa para el vestido de invierno y la piel, aunque sea de oveja, para la ropa exterior de invierno, hay que comprarlas, por supuesto. Por supuesto, todo el personal de pedagogos y empleados con sus familias debe proveerse por sí mismo de materiales, aunque se puede permitirles usar los talleres. Pero propiamente para los alumnos y para los trabajadores de 3 años, este gasto, sin escatimar, se puede determinar en unos 50 rublos al año, o alrededor de 60 000 rublos para todo el establecimiento anualmente» (213).

Empezamos positivamente a enternecernos por la practicidad de nuestro populista. ¡Imagínese tan solo: «nosotros», «la sociedad», introducimos una tan grandiosa organización del trabajo, damos al pueblo la instrucción secundaria universal, y todo esto sin gasto alguno, y con qué enormes adquisiciones morales! ¡Qué hermosa lección se dará a «nuestros» actuales trabajadores rurales, que con toda su ignorancia, insolencia y salvajismo no consienten en trabajar por menos de 61 rublos al año con manutención del amo [258], cuando vean cómo los braceros instruidos del gimnasio trabajarán por 50 rublos al año! Se puede estar seguro de que incluso la propia Koróbochka {119} estará de acuerdo ahora con el Sr. Yuzhakov en que los fundamentos teóricos de su plan son extraordinariamente «fáciles de comprender».

V

¿Cómo se organizará la hacienda de los gimnasios y su administración? La hacienda será, como ya hemos visto, mixta: en parte natural, en parte monetaria. El Sr. Yuzhakov da, por supuesto, indicaciones muy detalladas sobre esta importante cuestión. En la pág. 216 calcula con precisión, por partidas, que cada gimnasio necesitará de 160 a 170 mil rublos en dinero, de modo que para todos los 15-20 mil gimnasios... alrededor de tres mil millones de rublos. Bueno, por supuesto, venderán los productos agrícolas y obtendrán dinero por ellos. Nuestro autor es tan previsor, que toma en consideración las condiciones generales de la economía mercantil-capitalista moderna: «Los gimnasios situados cerca de la ciudad o en las proximidades de las estaciones de ferrocarril, en líneas no alejadas de los grandes centros, deberían recibir un tipo completamente distinto. La horticultura, la jardinería, la ganadería lechera y los oficios pueden aquí sustituir plenamente el cultivo de campo» (228). El comercio, por consiguiente, será ya no de broma. Quién se ocupará de él, el autor no lo comunica. Hay que suponer que los consejos pedagógicos de los gimnasios se convertirán en parte también en consejos comerciales. — Los escépticos, quizás, desearían saber cómo proceder en caso de bancarrota de los gimnasios, y si sabrán éstos llevar en general el negocio comercial. — Pero, por supuesto, serían objeciones infundadas: si ahora los comerciantes sin instrucción llevan el comercio, ¿cabe dudar del éxito cuando se encarguen de este asunto los representantes de nuestra sociedad inteligente?

Para la hacienda, los gimnasios necesitarán, naturalmente, tierra. El Sr. Yuzhakov escribe: «Pienso... que si esta idea estuviera destinada a recibir una prueba práctica, para el experimento los primeros gimnasios agrícolas de este tipo deberían recibir una parcela de 6 a 7 mil desiatinas» (228). Para 109 millones de población —20 000 gimnasios— se requerirían alrededor de 100 millones de desiatinas, pero no hay que olvidar que solo 80 millones están ocupados en el trabajo agrícola. «Solo sus hijos deben ser conducidos a través de los gimnasios agrícolas». Y luego, aproximadamente otros 8 millones hay que descontar para diferentes categorías de la población [259], quedarán 72 millones. Para ellos se necesitan solo 60-72 millones de desiatinas. «Y esto, por supuesto, es mucho» (231), pero el Sr. Yuzhakov no se inmuta. Al fisco también le pertenece mucha tierra, solo que está situada no del todo convenientemente. «Así, en el Polesia septentrional hay 127,6 millones de desiatinas, y aquí, especialmente si se adopta el sistema de permuta, donde sea necesario, de tierras privadas e incluso campesinas por tierras del fisco con el fin de proporcionar las primeras a las escuelas, probablemente no sería difícil asegurar gratuitamente con tierra a nuestros gimnasios agrícolas. Igual de bien está el asunto»... en el sudeste (231). Hum... ¡«bien»! ¡Enviarlos, por consiguiente, a la gubernia de Arcángel! — Cierto, hasta ahora ésta ha servido más como lugar de destierro, y los bosques fiscales allí, en una enorme mayoría, ni siquiera están «ordenados», pero esto no significa nada. ¡En cuanto envíen allí a los gimnasistas con preceptores ilustrados, ellos talarán todos esos bosques, desmontarán la tierra e implantarán la cultura!

Y en la región central se puede organizar la redención de tierras: no son, bien, más de 80 millones de desiatinas. Emitir «obligaciones garantizadas», y los pagos correspondientes, como es natural, repartirlos «entre los gimnasios que hayan recibido una parcela gratuita» (232) — ¡y asunto concluido! El Sr. Yuzhakov asegura que no hay que asustarse de la «grandiosidad de la operación financiera. No es una quimera ni una utopía» (232). Será «en esencia una hipoteca excelentemente garantizada». ¡Cómo no va a estar garantizada! Solo que una vez más: ¿qué tiene que ver aquí la «utopía»? ¿Y acaso el Sr. Yuzhakov considera seriamente a nuestros campesinos ya tan oprimidos y subdesarrollados como para obtener de ellos el consentimiento para semejante plan? Paguen, si son tan amables, los pagos de redención por la tierra, y los «pagos por el préstamo para el primer establecimiento» [260], y mantengan, si son tan amables, todo el gimnasio, y paguen el salario a todos los profesores, y para colmo, tengan la bondad de pagar con tres añitos de trabajo por todo esto (es decir, ¿por haber contratado a los profesores pagándoles?) ¡¿No será ya demasiado bueno, ilustrado Sr. «populista»?! ¿Pensó usted, al reimprimir en 1897 su creación, aparecida en la revista «R. Bogatstvo» en 1895, adónde le lleva el amor, propio de todos los populistas, por las diferentes operaciones financieras y redenciones? Recuerde, lector, que se había prometido la instrucción popular general «sin gasto alguno por parte del Estado, del zemstvo y del pueblo». Y nuestro genial financiero, en efecto, no pide ni un rublo ni del Estado ni del zemstvo. ¿Y del «pueblo»? O, más exactamente, ¿de los campesinos insolventes? [261] Con su dinero se compra la tierra, y se establecen los gimnasios (pues ellos pagan los intereses y la amortización de los capitales empleados en esto), ellos también pagan a los profesores y mantienen todos los gimnasios. Y además los trabajos compensatorios. ¿Y por qué? — Porque —responde el inexorable financiero— en las clases inferiores, los gimnasistas no pagaron por su instrucción y mantenimiento (204). Pero, en 1er lugar, a las edades no laborales están atribuidas solo «las clases preparatorias y las dos primeras clases gimnasiales» (206), y más adelante ya van las semilaborales. Y en 2º lugar, a estos niños los mantienen precisamente sus hermanos mayores, ellos también pagan a los profesores por la enseñanza de los menores. No, Sr. Yuzhakov, no solo ahora, sino también en los tiempos de Arakchéyev {120}, semejante plan habría sido completamente irrealizable, pues esto es realmente una «utopía» de servidumbre.

En cuanto a la administración de los gimnasios, el Sr. Yuzhakov da muy pocas informaciones al respecto. El personal docente, ciertamente, lo ha enumerado con precisión y ha asignado a todos ellos un salario «comparativamente no alto» (pues vivienda gratuita, manutención de los hijos, «la mitad del gasto en ropa») — ¿piensa usted, quizás, que de 50 rublos al año? No, algo más: «al director, a la directora y al agrónomo jefe, 2400; al inspector», etc., según el rango, descendiendo por la escala jerárquica, hasta 200 rublos para los empleados inferiores (214). Como se ve, ¡no es mala carrera para aquellos representantes de la sociedad ilustrada que «prefirieron» la escuela urbana de pago al gimnasio agrícola! Preste atención a esa «mitad del gasto en ropa» asegurada a los Sres. profesores: según el plan de nuestro populista, ellos disfrutarán de los talleres (como ya hemos visto), es decir, darán a los «gimnasistas» para que les remienden y cosan la ropa. ¿No es cierto cuán solícito es el Sr. Yuzhakov... con los Sres. profesores? Por lo demás, también se preocupa por los «gimnasistas», tal como un buen amo se preocupa por el ganado: hay que darle de comer, de beber, albergarlo y... y aparearlo. ¿No gusta?:

«Si... se permitieran los matrimonios entre los jóvenes que hayan terminado el curso y se hayan quedado tres años en el gimnasio..., entonces esa estancia de 3 años en el gimnasio será mucho menos gravosa que el servicio militar» (207). «¡Si se permitieran los matrimonios...!». Es decir, ¿puede que no se permita? ¡Pero para eso hace falta una nueva ley, respetable Sr. Progresista, una ley que limite los derechos civiles de los campesinos! ¿Cabe, sin embargo, asombrarse de semejante «lapsus» (?) del Sr. Yuzhakov, si en toda su «utopía», en medio de un examen detalladísimo de las cuestiones sobre el salario de los profesores, sobre los trabajos compensatorios de los gimnasistas, etc., no se ha acordado ni una sola vez de que no estaría de más —al menos en la «utopía»— conceder algunos derechos en la administración del «gimnasio» y en la gestión de la hacienda a los propios «alumnos», que, bien, mantienen por sí mismos todo el establecimiento y lo terminan a los 23-25 años, que, bien, no son solo «gimnasistas», sino también ciudadanos? ¡De esta pequeñez se ha olvidado por completo nuestro populista! En cambio, ha elaborado cuidadosamente la cuestión de los «alumnos» de mala conducta. «Un cuarto tipo (de gimnasios) habría que crear para los alumnos expulsados de los gimnasios ordinarios por mala conducta. Obligando a toda la joven generación a cursar la enseñanza secundaria, sería irracional liberar de ella a causa de la mala conducta. Esto podría ser una tentación y un estímulo al mal comportamiento para las clases superiores. (¡De verdad, así está impreso en la pág. 229!!) La institución de gimnasios especiales para los expulsados por mala conducta sería el complemento lógico de todo el sistema». Se llamarían «gimnasios correccionales» (230).

¿No es cierto cuán incomparable es esta «utopía instructiva» al gusto ruso, ¡con gimnasios correccionales para aquellos malvados que, quizás, se «sientan tentados» por la perspectiva de «liberarse»... de la instrucción!?

VI

Los lectores no habrán olvidado, quizás, cierto proyecto de dirección de la industria, justamente caracterizado como un renacimiento del mercantilismo {121}, como un proyecto de «organización burguesa-burocrática-socialista de la industria nacional» {122} (pág. 238). Para caracterizar el «plan» del Sr. Yuzhakov, hay que emplear un término aún más complejo. Hay que llamar a este plan experimento de servidumbre-burocrático-burgués-socialista. Un término de 4 pisos, bastante torpe, pero ¿qué le vamos a hacer? El plan es también torpe. En cambio, este término transmite con exactitud todos los rasgos característicos de la «utopía» del Sr. Yuzhakov. Comencemos el análisis por el 4º piso. «Uno de los rasgos básicos del concepto científico del socialismo es la regulación planificada de la producción social», dice con razón el autor ahora citado [262]. En la «utopía» hay este rasgo, pues la hacienda de decenas de millones de trabajadores se organiza de antemano según un plan general único. El carácter burgués de la utopía no está sujeto a duda: en 1er lugar, la escuela secundaria, según el «plan» del Sr. Yuzhakov, sigue siendo una escuela de clase. ¡Y esto después de todas aquellas pomposas frases que vomitó el Sr. Yuzhakov «contra» la escuela de clase en su primer artículo!! Para los acomodados una escuela, para los insolventes otra; si tienes dinero, pagas por la enseñanza, y si no, trabajas. Poco más: para los acomodados se ha dejado, como hemos visto, «el tipo actual». En las escuelas secundarias actuales, por ej., del Ministerio de Instrucción Pública, el pago por la enseñanza cubre solo el 28,7% de toda la suma de gastos, el 40,0% lo da el fisco; el 21,8%, subvenciones de personas, instituciones y sociedades; el 3,1%, intereses del capital, y el 6,4%, otras fuentes («Las Fuerzas Productivas», Sección XIX, pág. 35). Por consiguiente, el Sr. Yuzhakov ha reforzado aún, en comparación con el actual, el carácter de clase de la escuela secundaria: según su «plan», ¡las gentes acomodadas pagarán solo el 28,7% del coste de su enseñanza, y las insolventes, todo el coste de su enseñanza, y encima los trabajos compensatorios por añadidura! ¿No está mal para una utopía «populista»? En 2º lugar, en el plan se supone la contratación de trabajadores de invierno por el gimnasio —especialmente de entre los campesinos sin tierra. En 3er lugar, se mantiene la oposición entre la ciudad y el campo —esta base de la división social del trabajo—. Si el Sr. Yuzhakov introduce la organización planificada del trabajo social, si escribe una «utopía» sobre la unión de la enseñanza con el trabajo productivo, el mantenimiento de esta oposición es un absurdo que muestra que nuestro autor no tiene idea del objeto que se propone examinar. No solo los «maestros» de los actuales discípulos escribieron contra este absurdo, sino también los viejos utopistas, e incluso nuestro gran utopista ruso {123}. ¡Al Sr. Yuzhakov esto no le importa! En 4º lugar —y este es el fundamento más profundo para llamar burguesa a la «utopía»—, en ella se ha dejado la producción mercantil junto al intento de organización planificada de la producción social. Los gimnasios producen productos para el mercado. ¡Por consiguiente, la producción social estará dirigida por las leyes del mercado, a las que deberán someterse también los «gimnasios»! ¡Al Sr. Yuzhakov esto no le importa! ¿Y de dónde han sacado ustedes —dirá él, quizás— que la producción será dirigida por unas leyes del mercado? ¡Todo esto son tonterías! La producción estará dirigida no por las leyes del mercado, sino por las disposiciones de los Sres. directores de los gimnasios agrícolas. Voilà tout [263]. — Del carácter puramente burocrático de la organización de los gimnasios utópicos del Sr. Yuzhakov ya hemos hablado. «La Utopía Instructiva», es lícito esperarlo, prestará un útil servicio al público lector ruso, mostrándole cuán profundo es el «democratismo» de los populistas modernos. — El rasgo de servidumbre en el «plan» del Sr. Yuzhakov son los trabajos compensatorios de los insolventes por la enseñanza. Si un proyecto semejante lo escribiera un burgués consecuente, no tendría ni el 1er ni el 2º piso, y el proyecto sería inconmensurablemente superior e inconmensurablemente más útil que semejante utopía populista. Los trabajos compensatorios son la esencia económica del régimen de servidumbre. En el régimen capitalista, el insolvente debe vender su fuerza de trabajo para comprar los medios de vida. En el régimen de servidumbre, el insolvente debe compensar con trabajo los medios de vida que ha recibido del terrateniente. Los trabajos compensatorios requieren necesariamente la coerción al trabajo, la falta de plenitud de derechos del que los realiza, aquello que el autor de «El Capital» llamó «außerökonomischer Zwang» [264] (III, 2, 324) {124}. Por eso, también en Rusia, en la medida en que se conservaron y se conservan los trabajos compensatorios, su complemento necesario es la falta de plenitud de derechos civiles del campesino, la adscripción a la tierra, los castigos corporales, el derecho de cesión para el trabajo. El Sr. Yuzhakov no comprende esta conexión entre los trabajos compensatorios y la falta de plenitud de derechos, pero el olfato de hombre «práctico» le ha sugerido que con los trabajos compensatorios de los gimnasistas no está de más introducir gimnasios correccionales para aquellos que osaran sustraerse a la instrucción; que los «gimnasistas»-trabajadores mayorcitos deben permanecer en la situación de muchachos-alumnos.

Y cabe preguntarse: ¿para qué le hicieron falta a nuestro utopista los tres primeros pisos de su creación? Habría dejado solo el cuarto piso, y entonces nadie habría podido objetar ni una sola palabra, pues el hombre mismo dijo directa y anticipadamente que escribe una «utopía». Pero he aquí que su naturaleza kleinbürger lo traicionó. Por un lado, la «utopía» es una buena cosa, y por otro lado, los honorarios docentes para la señora intelligentsia también son una cosa no mala. Por un lado, «sin gasto alguno para el pueblo», y por otro lado, no, tú, hermanito, los intereses y la amortización los pagas íntegramente, y además trabaja tres añitos compensando. Por un lado, declamaciones ampulosas sobre el peligro y el daño de la división clasista, y por otro lado, una «utopía» puramente clasista. En estas eternas oscilaciones entre lo viejo y lo nuevo, en estas curiosas pretensiones de saltar por encima de la propia cabeza, es decir, de situarse por encima de todas las clases, consiste la esencia de toda cosmovisión kleinbürger.

¿Conoce usted, lector, la obra del Sr. Serguéi Sharápov: «El Hacendado Rural Ruso. Algunos pensamientos sobre la estructura de la hacienda en Rusia sobre nuevas bases» (Suplemento gratuito a la revista «Séver» {125} de 1894), San Petersburgo. 1894? A los colaboradores de «R. Bogatstvo» en general, y al Sr. Yuzhakov en particular, les recomendaríamos mucho que se familiarizaran con él. Su primer capítulo se titula: «Las condiciones morales de la hacienda rusa». El autor masica aquí ideas muy cercanas al «populismo» sobre la diferencia radical de Rusia respecto a Occidente, sobre el predominio en Occidente del frío cálculo comercial, sobre la ausencia de toda cuestión moral para los hacendados y trabajadores de allí. Al contrario, en Rusia, gracias a la dotación de tierra a los campesinos en 1861, «para su existencia se definió una finalidad completamente distinta que en Occidente» (8). «Nuestro campesino, que recibió la tierra, obtuvo una finalidad independiente de la existencia». Bueno, en una palabra, fue sancionada la producción popular, como se expresó de manera mucho más nítida el Sr. Nikolái —on. El terrateniente en nuestro país, sigue desarrollando su pensamiento el Sr. Sharápov, está interesado en el bienestar del campesino, pues este mismo campesino, con su inventario, cultiva las tierras del terrateniente. «En sus (del terrateniente) cálculos, además de las consideraciones de la utilidad privada de la empresa, entra también un elemento moral, mejor dicho psicológico» (12. Cursiva del autor). Y el Sr. Sharápov habla con pathos (que no cedería al pathos del Sr. Yuzhakov) de la imposibilidad del capitalismo entre nosotros. Entre nosotros es posible y necesaria, en lugar del capitalismo, «la unión del amo y el mujik» (título del capítulo II del libro del Sr. Sharápov). «La hacienda debe construirse sobre la estrecha solidaridad del amo y el mujik» (25): el amo debe implantar la cultura, y el mujik... ¡bueno, el mujik, por supuesto, debe trabajar! Y he aquí que él, el Sr. Serguéi Sharápov, «después de largos y penosos errores», realizó por fin en su finca «la mencionada unidad del amo y el mujik» (26). Introdujo una rotación racional de cultivos, etc., etc., y con los campesinos concluyó el siguiente contrato: los campesinos reciben del terrateniente prados, pastos y tierra de labor, más semillas para tantas desiatinas, etc. Los campesinos se obligan, a cambio, a hacer todos los trabajos en la hacienda del terrateniente (sacar el estiércol, esparcir la fosforita, arar, sembrar, recoger, acarrear a «mi granero», trillar, etc., etc., tantas desiatinas de cada cereal) y luego pagar además, primero 600 r., después 800, 850, 1100, finalmente 1200 rublos (es decir, un aumento cada año). El pago de este dinero se fracciona... de acuerdo a los ingresos de intereses al Banco de la Nobleza (36 y sigs.). El autor, por supuesto, es un «convencido partidario de la comuna rural» (37). Decimos: «por supuesto», pues en ausencia de leyes sobre la adscripción de los campesinos a la parcela y sobre el aislamiento estamental de la comuna campesina, semejantes tipos de hacienda serían imposibles. La garantía de los pagos de los campesinos consiste, para el Sr. Sharápov, «en la no autorización, sin su participación, de la venta de los productos acabados, a consecuencia de lo cual se hace inevitable verter y almacenar todo esto en su granero» (36). Como sería extraordinariamente difícil recibir los pagos de los pobres, el Sr. Sharápov lo dispuso de modo que él los recibe de los campesinos ricos: estos campesinos ricos seleccionan por sí mismos a un grupo de débiles, se ponen al frente de este artel (38) y entregan el dinero al terrateniente sin falta, porque del pobre siempre lo obtendrán al vender los productos (39). «Para muchos pobres, especialmente los de familia pequeña, es muy duro trabajar mi trabajo. Tienen que esforzarse mucho, mucho, pero no pueden eludirlo, los campesinos no admitirán en el rebaño de ganado al cabeza de familia que elude. Yo tampoco lo admitiré, a esto me obligan los campesinos, y el pobre, de grado o por fuerza, trabaja. Esto, por supuesto, es una violencia de un cierto género, pero ¿sabe usted lo que resulta? Un año o dos de arriendo, y al pobre se le han pagado los atrasos fiscales, las cosas se han desempeñado, aparecen unas moneditas libres, se reedifica la casa... ¡mire usted! Ya ha salido de la pobreza» (39). Y el Sr. Sharápov «indica con orgullo» que «sus» campesinos (dice más de una vez «mis campesinos») prosperan, que él implanta la cultura, introduce el trébol, la fosforita, etc., mientras que «los campesinos por sí mismos no harán nada» (35). «Todos los trabajos deben realizarse, al mismo tiempo, según mi disposición y mi indicación. Yo elijo los días de siembra, de saca de estiércol, de siega. Durante todo el verano, casi se restablece entre nosotros el derecho de servidumbre, excepto, por supuesto, los cachetes y las ejecuciones en la caballeriza» (pág. 29).

Como se ve, el hacendado sincero Sr. Sharápov es algo más franco que el ilustrado publicista Sr. Yuzhakov. ¿Y es grande la diferencia entre los tipos de hacienda en la finca del primero y en la utopía del segundo? Aquí y allá, toda la esencia está en los trabajos compensatorios; aquí y allá vemos coerción, ya sea por la presión de los ricos que dirigen la «comuna», ya sea por la amenaza de enviar al gimnasio correccional. — El lector objetará que el Sr. Sharápov gestiona la hacienda por provecho, ¡mientras que los funcionarios en la utopía del Sr. Yuzhakov gestionan la hacienda por celo del bien común! — Disculpe. El Sr. Sharápov dice directamente que él gestiona la hacienda por motivos morales, que da la mitad de la renta a los campesinos, etc., y no tenemos ni derecho ni fundamento para creerle menos que al Sr. Yuzhakov, quien, recordemos, también ha asegurado a sus utópicos profesores «un puesto lucrativo» en modo alguno utópico. Y si algún que otro terrateniente sigue el consejo del Sr. Yuzhakov y cede su tierra para un gimnasio agrícola, recibiendo de los «gimnasistas» intereses para el pago al Banco de la Nobleza —(«una hipoteca excelentemente garantizada», en palabras del propio Sr. Yuzhakov)—, entonces la diferencia casi desaparecerá por completo. Queda, por supuesto, una enorme diferencia en las «cuestiones de instrucción», pero dígame, por el amor de Dios, ¿acaso también el Sr. Serguéi Sharápov no habría preferido contratar braceros instruidos por 50 rublos, en vez de no instruidos por 60 rublos?

Ahora bien, si el Sr. Manuílov aún ahora no comprende por qué los discípulos rusos (y no solo los rusos) consideran necesario, en interés del trabajo, apoyar a los burgueses consecuentes y las ideas burguesas consecuentes contra aquellos residuos de lo viejo que engendran haciendas de los señores Sharápov y «utopías» de los señores Yuzhakov, entonces, lo confesamos, nos es difícil incluso explicarnos con él, pues hablamos, evidentemente, en diferentes idiomas. El Sr. Manuílov razona, al parecer, según la famosa receta del famoso Sr. Mijáilovski: hay que tomar lo bueno de aquí y de allá —al modo como la novia de Gógol {126} quería tomar la nariz de un pretendiente y colocarla sobre el mentón del otro. Y a nosotros nos parece que semejante razonamiento es solo la cómica pretensión del kleinbürger de elevarse por encima de ciertas clases, completamente formadas en nuestra realidad y que han ocupado un lugar completamente determinado en el proceso de desarrollo histórico que está ocurriendo ante nuestros ojos. Las «utopías» que natural e inevitablemente surgen de semejante razonamiento, ya no son cómicas, sino dañinas, especialmente cuando conducen a desenfrenadísimas invenciones burocráticas. En Rusia este fenómeno se observa, por razones plenamente comprensibles, con particular frecuencia, pero no se limita a Rusia. No en vano Antonio Labriola, en su excelente libro: «Essais sur la conception matérialiste de l'histoire» (París, Giard et Brière, 1897) [265] dice, refiriéndose a Prusia, que a aquellas formas dañinas de utopías, contra las que lucharon hace medio siglo los «maestros», se ha añadido ahora una más: «la utopía burocrática y fiscal, la utopía de los cretinos» (l'utopie bureaucratique et fiscale, l'utopie des crétins. Page 105, note [266]).

VII

Para concluir, volvamos una vez más a las cuestiones de instrucción pública, pero no al libro del Sr. Yuzhakov que lleva este título. Ya se ha observado que este título es demasiado amplio, pues las cuestiones de instrucción pública no se cubren en absoluto con las cuestiones escolares, la instrucción no se limita en absoluto a la escuela. Si el Sr. Yuzhakov planteara realmente las «cuestiones de instrucción pública» de manera fundamental y examinando las relaciones entre las diferentes clases, entonces no podría eludir la cuestión del papel del desarrollo capitalista de Rusia en el problema de la instrucción de las masas trabajadoras. Esta cuestión la rozó otro colaborador de «Rús. Bogatstvo», el Sr. Mijáilovski, en el Nº 11 de 1897. A propósito de las palabras del Sr. Novus de que Marx no temía, y con pleno derecho no temía, escribir sobre el «idiotismo de la vida aldeana» {127} y veía el mérito del capitalismo y de la burguesía en «la destrucción de este idiotismo», el Sr. Mijáilovski escribe:

«No sé dónde exactamente tiene Marx escritas estas groseras (?) palabras...» ¡Reconocimiento característico de su desconocimiento de una de las más importantes obras de Marx (concretamente el «Manifiesto»)! Pero aún es más característico lo que sigue: «... pero hace tiempo se sabe que si Alejandro Magno fue un gran héroe, no por eso se deben romper las sillas. Marx era en general poco cuidadoso en las expresiones, y, por supuesto, imitarle en este aspecto, por lo menos, no es inteligente. Pero aun así, estoy seguro (¡escuchen!), de que la expresión citada en Marx es una simple boutade. Y si la generación que, junto con el Sr. Zlatovratski, se atormentó sobre las complejas cuestiones de la vida aldeana, recibió mucha pena vana, también la pena —aunque de otro tipo— para aquella generación que se eduque en la actitud despectiva hacia el «idiotismo de la vida aldeana»...» (pág. 139).

Es sumamente característico para el Sr. Mijáilovski, que ha declarado más de una vez que está de acuerdo con la doctrina económica de Marx, esta completa incomprensión de dicha doctrina, que le permite declarar «con seguridad» que las palabras de Marx citadas por Novus son ¡resultado de un simple apasionamiento, de un simple descuido en las expresiones, una simple boutade! No, Sr. Mijáilovski, usted se equivoca cruelmente. Estas palabras de Marx no son una boutade, sino la expresión de uno de los rasgos más básicos y más importantes de toda su cosmovisión, tanto teórica como práctica. En estas palabras está claramente expresado el reconocimiento de la progresividad de aquel proceso de atracción de la población de la agricultura a la industria, del campo a las ciudades, que sirve como uno de los signos más característicos del desarrollo capitalista, que se observa tanto en Occidente como en Rusia. En el artículo: «Para una caracterización del romanticismo económico», ya he hablado sobre la importancia tan grande que tiene este punto de vista de Marx, aceptado por todos los «discípulos», y cuán agudamente contradice a todas y cada una de las teorías románticas, empezando por el viejo Sismondi y terminando por el Sr. N. —on. En el mismo lugar se indicó (pág. 39 {128}) que este punto de vista está expresado de manera completamente definida por Marx también en «El Capital» (I. Band, 2-te Aufl., S. 527–528 [267]), así como por Engels en la obra: «La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra» {129}. Se puede añadir aquí también la obra de Marx: «Der Achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte» (Hamb. 1885. Cf. S. 98 [268]) [269]. Ambos escritores expusieron tan detalladamente sus puntos de vista sobre esta cuestión, los repitieron tan a menudo con los más diversos motivos, que solo a una persona completamente desconoce su doctrina pudo ocurrírsele la idea de declarar la palabra «idiotismo» en la cita aducida como simple «grosería» y «boutade». Por último, el Sr. Mijáilovski podría recordar también el hecho de que todos los seguidores de estos escritores se han pronunciado siempre sobre toda una serie de cuestiones prácticas en el espíritu de esta doctrina, defendiendo, por ejemplo, la plena libertad de desplazamiento, levantándose contra los proyectos de dotar al obrero de un pedacito de tierra o de una casita propia, etc.

Además, el Sr. Mijáilovski, en la perorata transcrita, acusa a Novus y a sus partidarios de que presuntamente educan a la generación moderna «en la actitud despectiva hacia el idiotismo de la vida aldeana». Esto no es verdad. Los «discípulos» merecerían, por supuesto, reprobación si se relacionaran «despectivamente» con el habitante de la aldea, abrumado por la miseria y la ignorancia, pero el Sr. Mijáilovski no podría demostrar semejante actitud en ninguno de ellos. Hablando del «idiotismo de la vida aldeana», los discípulos muestran al mismo tiempo la salida que de esta situación abre el desarrollo del capitalismo. Repitamos lo dicho más arriba en el artículo sobre el romanticismo económico: «Si el predominio de la ciudad es necesario, solo la atracción de la población a las ciudades puede paralizar (y en efecto, como lo demuestra la historia, paraliza) el carácter unilateral de este predominio. Si la ciudad se destaca necesariamente en una situación privilegiada, solo el aflujo de la población rural a las ciudades, solo esta mezcla y fusión de la población agrícola y no agrícola puede elevar a la población rural de su desamparo. Por eso, en respuesta a las quejas y lamentos reaccionarios de los románticos, la teoría moderna señala cómo precisamente este acercamiento de las condiciones de vida de la población agrícola y no agrícola crea las condiciones para la eliminación de la oposición entre la ciudad y el campo» [270].

Esto no es en absoluto una actitud despectiva hacia el «idiotismo de la vida aldeana», sino un deseo de encontrar una salida de él. De tales puntos de vista se sigue solo una «actitud despectiva» hacia aquellas doctrinas que proponen «buscar caminos para la patria», en lugar de buscar una salida en el camino dado y en su curso ulterior.

La diferencia entre los populistas y los «discípulos» en la cuestión del significado del proceso de atracción de la población de la agricultura a la industria consiste no solo en una divergencia teórica fundamental y en una distinta valoración de los hechos de la historia y la realidad rusas, sino también en la resolución de las cuestiones prácticas relacionadas con este proceso. Los «discípulos», naturalmente, insisten en la necesidad de abolir todas las restricciones anticuadas al desplazamiento y al traslado de los campesinos del campo a las ciudades, mientras que los populistas o bien defienden directamente estas restricciones, o bien rodean con cautela la cuestión de las mismas (lo que en la práctica se reduce a la misma defensa). El Sr. Manuílov podría, también con este ejemplo, esclarecerse aquella circunstancia que le sorprende, de que los «discípulos» expresen solidaridad con los representantes de la burguesía. Un burgués consecuente siempre estará a favor de la abolición de las mencionadas restricciones al desplazamiento, y para el obrero, el interés más vital le exige esta abolición. Por consiguiente, la solidaridad entre ellos es completamente natural e inevitable. Al contrario, para los agrarios (grandes y pequeños, hasta los mujiks hacendosos inclusive) no es ventajoso este proceso de atracción de la población a la industria, y ellos se esfuerzan celosamente por frenarlo, secundados por las teorías de los Sres. populistas.

Concluimos: sobre la importantísima cuestión de la atracción de la población de la agricultura por el capitalismo, el Sr. Mijáilovski mostró una completa incomprensión de las doctrinas de Marx, y la correspondiente divergencia de los «discípulos» rusos y los populistas, tanto en los puntos teóricos como prácticos, la eludió con frases que no dicen nada.