En el n.º 239 de *Ruskiye Védomosti* {90} (del 30 de agosto) ha sido insertado un articulillo del señor N. Levitski: «Sobre algunas cuestiones que atañen a la vida popular». «Viviendo en la aldea y en comunicación constante con el pueblo», el autor «hace tiempo tropezó» con algunas cuestiones de la vida popular cuya solución, mediante las «medidas» correspondientes, constituye una «necesidad inaplazable», una «exigencia perentoria». El autor expresa la convicción de que sus «breves apuntes» sobre un tema de tal importancia «hallarán eco entre las personas que se interesan por las necesidades del pueblo», y manifiesta el deseo de suscitar un intercambio de opiniones acerca de las cuestiones por él propuestas.

El «estilo elevado» con que está escrito el articulillo del señor N. Levitski y la profusión de palabras altisonantes ya inducen a esperar que se trata de problemas realmente importantes, inaplazables y perentorios de la vida contemporánea. En realidad, las propuestas del autor sólo ofrecen un ejemplo más, y sumamente relevante, de ese verdadero proyectismo maniloviano al que los publicistas del populismo han acostumbrado al público ruso. He aquí por qué hemos considerado útil intervenir sobre las cuestiones planteadas por el señor N. Levitski.

El señor N. Levitski enumera cinco «cuestiones» (por puntos), y para cada «cuestión» el autor no sólo da una «respuesta», sino que señala con total determinación la «medida» correspondiente. Primera cuestión: el crédito «barato y accesible», la eliminación de la arbitrariedad de los usureros, «de los kulaks y de toda clase de parásitos y rapaces». Medida: «elaborar un tipo más simplificado de cajas rurales campesinas», y el autor proyecta la emisión de libretas de ahorro de las cajas del banco estatal no a título individual, sino a cooperativas especialmente constituidas, que por medio de un tesorero realizan los ingresos y obtienen los préstamos. ¡De modo que a esta conclusión ha llevado al autor su antiguo «trato con el pueblo» acerca de un asunto tan manido como el crédito: la «elaboración» de un nuevo tipo de cajas! El autor supone, evidentemente, que se gasta demasiado poco papel y tinta entre nosotros en la elaboración de interminables «tipos», «modelos», «reglamentos», «reglamentos modelo», «reglamentos normales», etc., etc. «Viviendo en la aldea», nuestro hombre práctico no ha advertido ninguno de los problemas más importantes suscitados por el afán de sustituir al «kulak» por el «crédito barato y accesible». No vamos a discutir aquí, naturalmente, la significación del crédito: aceptamos como dato el propósito del autor y examinamos desde un ángulo puramente práctico los medios de los cuales el autor habla con tanta pompa. El crédito es una institución del intercambio mercantil desarrollado. Cabe preguntarse: ¿es posible tal institución en nuestro campesinado, que está colocado, por innumerables residuos de leyes estamentales y prohibiciones, en condiciones que excluyen el intercambio mercantil regular, libre, extenso y desarrollado? ¿No resulta ridículo, al hablar de necesidades perentorias e inaplazables del pueblo, reducir el problema del crédito a la elaboración de un nuevo tipo de «reglamentos», silenciando por completo la necesidad de abolir toda una masa de «reglamentos» que obstaculizan el intercambio mercantil regular en el campesinado, que impiden la libre circulación de bienes, muebles e inmuebles, el libre tránsito de los campesinos de un lugar a otro y de una ocupación a otra, el libre acceso a las sociedades campesinas de personas procedentes de otras clases y estamentos? Combatir a «los kulaks, los usureros, los parásitos y los rapaces» mediante el perfeccionamiento de los «reglamentos» de las cajas de crédito: ¿qué puede haber más cómico que esto? La usura en sus peores formas se mantiene con mayor fuerza precisamente en nuestra aldea gracias a su cerrazón estamental, gracias a la existencia de mil trabas que sujetan el desarrollo del intercambio mercantil… y he aquí que nuestro autor práctico no menciona ni con una palabra esas trabas y proclama que el asunto perentorio del crédito rural es la elaboración de nuevos reglamentos. Con toda probabilidad, los países capitalistas desarrollados, en los cuales la aldea hace tiempo está situada en condiciones acordes con el giro mercantil y en los cuales el crédito ha alcanzado un amplio desarrollo, con toda probabilidad, esos países lograron tal éxito gracias a los abundantes «reglamentos» redactados por benévolos funcionarios.

Segunda cuestión: «el desamparo de la familia campesina en caso de fallecimiento del cabeza de familia», así como «la necesidad inaplazable» de «conservar y proteger por todos los medios y procedimientos posibles a la población campesina agrícola laboriosa». Como puede verse, cuanto más se avanza, más amplios y grandiosos se tornan los «problemas» del señor N. Levitski. Si el primer problema tocaba a una institución burguesa de lo más común, cuya utilidad podríamos reconocer sólo con muy grandes reservas, aquí se nos plantea ya un problema de tan gigantesca importancia que «en principio» reconocemos plenamente su carácter perentorio y no podemos negar al autor nuestra simpatía por plantear semejante cuestión. Mas a la gigantesca cuestión corresponde también, en el populista, una «medida» de gigantesca… ¿cómo decirlo con suavidad?… insensatez. Escuchen: «… aparece la necesidad inaplazable de organizar e implantar un seguro mutuo de vida obligatorio (¡sic!) [234], masivo, abaratado hasta el mínimo posible, de toda la población campesina [235] (mediante sociedades, cooperativas, arteles, etc.). Al mismo tiempo es preciso aclarar el papel y la participación en este asunto a) de las sociedades privadas de seguros, b) del zemstvo y c) del Estado».

¡Habrase visto cuán poco perspicaces son nuestros mujiks! No piensan en que si el jefe de familia muere, la familia se verá abocada a pedir limosna; si el grano no da fruto, tendrán que perecer de hambre, y a veces el grano fructifica, pero no se libran de andar mendigando, al regreso de búsquedas infructuosas de «jornales». No barruntan esos tontos de mujiks que en el mundo existe el «seguro de vida», del cual ya hace tiempo gozan muchos buenos señores y con el cual otros buenos señores (los poseedores de acciones de las sociedades de seguros) ganan dinero. No barrunta el hambriento «Syssoika» [236] que le bastaría con organizar, junto con otro hambriento, «Mitiay», una sociedad de seguro mutuo de vida (¡con una cuota mínima, pero que muy mínima!), y sus familias quedarían aseguradas en caso de fallecimiento de los jefes de familia. Por fortuna, por esos mujiks imprevisores piensa nuestra ilustrada intelectualidad populista, uno de cuyos representantes, «viviendo en la aldea y en comunicación constante con el pueblo», «hace tiempo tropezó» con este grandioso, pasmosamente grandioso «proyecto».

Cuestión tercera. «En relación con esta cuestión, es necesario plantear y debatir el problema de la formación de un capital de ámbito imperial para el seguro de vida de la población campesina [237], de manera similar a como existen capitales imperiales para la alimentación y contra incendios». De suyo se comprende que para el seguro es preciso debatir la cuestión del capital. Pero nos parece que el muy respetable autor ha incurrido aquí en una omisión sustancial. ¿Acaso no es «necesario plantear y debatir» también la cuestión de a qué ministerio y a qué departamento compete la institución proyectada? Por una parte, sin duda, debe encargarse de ella el Ministerio del Interior, por el departamento económico. Por otra parte, está interesada directamente también la Sección de Zemstvos del Ministerio del Interior. En tercer lugar, del seguro debe ocuparse asimismo el Ministerio de Hacienda. ¿No sería más pertinente, en vista de ello, proyectar la creación de una «Dirección General de Seguro Mutuo Obligatorio Estatal de Vida de toda la Población Campesina», tomando, por ejemplo, como modelo la Dirección General de Cría Caballar Estatal?

Cuestión cuarta. «En vista, además, de la enorme difusión en Rusia de toda clase de arteles, así como del indudable provecho y significación que tienen para la economía nacional, ha madurado la necesidad perentoria de 4) organizar una Sociedad especial y específica para el fomento de los arteles agrícolas y otros». Que toda clase de arteles reportan provecho a aquellas clases de la población que los constituyen es indudable. Indudable es también que para toda la economía nacional la unión de representantes de distintas clases reportará gran provecho. Sólo que el autor se entusiasma en vano al hablar de la «enorme difusión en Rusia de toda clase de arteles». Todo el mundo sabe que, en comparación con cualquier país de Europa occidental, en Rusia hay increíblemente poco, fenomenalmente poco, de «toda clase de arteles»… «Todo el mundo sabe»… excepto el soñador Manilov. Lo sabe también, por ejemplo, la redacción de *Ruskiye Védomosti*, que insertó, antes del artículo del señor N. Levitski, un artículo muy interesante y sustancioso titulado «Los sindicatos en Francia»; y el señor N. Levitski podría haberse enterado por ese artículo de cuán infinitamente extendidos están en la capitalista Francia (en comparación con la no capitalista Rusia) «los arteles de toda clase». Subrayo «de toda clase», porque de este mismo artículo se ve con facilidad, por ejemplo, que en Francia hay sindicatos de cuatro clases: 1) sindicatos obreros (2.163 sindicatos con 419.172 miembros); 2) sindicatos patronales (1.622 con 130.752 miembros); 3) sindicatos agrícolas (1.188 con 398.048 miembros) y 4) sindicatos mixtos (173 con 31.126 miembros). ¡Eche la suma, señor Levitski! Obtendrá cerca de un millón de personas (979.000) unidas en «arteles de toda clase», y dígame ahora, con la mano en el corazón: ¿no le da vergüenza por la frase que se le deslizó sobre la «enorme difusión en Rusia de toda clase (¡sic!!!.) de arteles»? ¿No advierte usted la impresión cómica, tristemente cómica, que produce su artículo, impreso junto a las escuetas cifras sobre «los sindicatos en Francia»? Esos pobres franceses, a quienes, al parecer, la llaga del capitalismo ha privado de la «enorme difusión de arteles de toda clase», probablemente soltarían una carcajada homérica ante la propuesta de montar «una Sociedad especial y específica»… ¡para fomentar la fundación de cualesquiera sociedades! Pero esta risa, de suyo se entiende, no sería más que la manifestación de la conocida frivolidad francesa, incapaz de comprender la solidez rusa. Esos frívolos franceses no sólo constituyen «toda clase de arteles» sin haber organizado previamente una «sociedad para el fomento de los arteles», sino que incluso —¡horribile dictu! [238]— no elaboran previamente «reglamentos modelo», «normales», ni «tipos simplificados» de las distintas sociedades.

Quinta cuestión… (ha madurado la necesidad perentoria) «de editar, vinculado a dicha sociedad (o aparte), un órgano especial… consagrado exclusivamente al estudio del movimiento cooperativo en Rusia y en el extranjero…» ¡Sí, sí, señor Levitski! Cuando un estómago estropeado le impide a uno comer como es debido, no le queda sino leer acerca de cómo otras personas comen. Sólo que a una persona que ha llegado a tal grado de enfermedad, quizá ni siquiera los médicos le permitirían leer sobre los almuerzos ajenos: semejante lectura podría despertar apetitos inmoderados, que no se corresponden con la dieta… Los médicos serían en este caso completamente consecuentes.

Hemos expuesto con suficiente detalle la pequeña nota del señor N. Levitski. Acaso pregunte el lector si valía la pena detenerse tanto en una nota de periódico, si valía la pena consagrarle un comentario tan largo. ¿Qué importancia tiene que a una persona (llena, en general, de los más benévolos deseos) se le haya ocurrido soltar un despropósito acerca de un tal seguro mutuo obligatorio de vida de toda la población campesina? Nos ha tocado escuchar opiniones idénticas con motivo de casos análogos. Tales opiniones son más que infundadas. Pero ¿es o no casual que a nuestros «publicistas de vanguardia» de cuando en cuando les ataque la náusea con algún «proyecto» fenomenalmente estrambótico, en el espíritu del «socialismo de siervos» [240], que no deja más alternativa que encogerse de hombros? ¿Es o no casual que incluso órganos como *Rússkoye Bogatstvo* y *Ruskiye Védomosti* —órganos que en modo alguno pertenecen al populismo ultra, que siempre protestan contra los extremos del populismo y contra las conclusiones del populismo à la [239] señor V. V., órganos que incluso no tienen reparo en cubrir los harapos de su populismo con el oropel de una nueva etiqueta, como por ejemplo alguna «escuela ético-sociológica»—, que incluso esos órganos, periódicamente y con grandísima regularidad, obsequien al público ruso una u otra «utopía ilustradora» del señor S. Yuzhakov, el proyecto de enseñanza media obligatoria en gimnasios agrícolas con trabajo compensatorio de los campesinos menesterosos a cambio de su educación, o bien proyectitos como éste del señor N. Levitski sobre el seguro mutuo obligatorio de vida de toda la población campesina?

Sería demasiado ingenuo explicar este fenómeno como casualidad. Un Manilov anida en cada populista. El desprecio por las condiciones reales de la realidad y de la evolución económica real, la renuencia a analizar los intereses reales de las distintas clases de la sociedad rusa en su interrelación, el hábito de juzgar y decidir desde arriba sobre las «necesidades» y los «destinos» de la patria, la jactancia respecto a los misérrimos residuos de uniones medievales que existen en las comunas y arteles rusos, en combinación con una actitud despectiva hacia las uniones incomparablemente más desarrolladas propias de un capitalismo más avanzado… todos estos rasgos se encuentran, en uno u otro grado, en cada uno de los populistas. Por eso resulta siempre tan instructivo observar cómo algún escritor no muy inteligente, pero sí muy ingenuo, con un arrojo merecedor de mejor causa, lleva estos rasgos hasta su pleno desarrollo lógico y los plasma en un vistoso retrato de algún «proyecto». Tales proyectos resultan siempre tan vistosos, tan chillones, que basta con mostrárselos al lector para demostrar el daño que el populismo pequeñoburgués actual causa a nuestro pensamiento social y a nuestro desarrollo social. En tales proyectos hay siempre mucho de cómico; en una lectura superficial, las más de las veces no se obtiene siquiera otra impresión que el deseo de reír. Pero intente uno analizarlos a fondo… y dirá: «¡todo esto sería cómico si no resultase tan triste!» {91}

Escrito en el destierro en septiembre de 1897.

Publicado en octubre de 1897 en la revista *Nóvoye Slovo*, n.º 1.

Firmado: K. T—e

Se imprime según el texto de la revista.