Escrito en primavera-verano de 1894. Se publica según el texto de la edición hectográfica de 1894, impreso en hectógrafo. Entrega I.

«Rússkoie Bogatstvo»{21} abrió una campaña contra los socialdemócratas. Ya en el número 10 del año pasado, uno de los cabecillas de esta revista, el señor N. Mijailovski, anunció la inminente «polémica» contra «nuestros llamados marxistas o socialdemócratas»{22}. Luego aparecieron los artículos del señor S. Krivenko: «A propósito de los solitarios culturales» (núm. 12) y del señor N. Mijailovski: «Literatura y vida» (núms. 1 y 2 de «R. B.» de 1894). En cuanto a las concepciones propias de la revista sobre nuestra realidad económica, fueron expuestas con mayor amplitud por el señor S. Yuzhakov en el artículo: «Cuestiones del desarrollo económico de Rusia» (núms. 11 y 12). Estos señores, que pretenden representar en su revista las ideas y la táctica de los auténticos «amigos del pueblo», son enemigos declarados de la socialdemocracia. Tratemos, pues, de examinar de cerca a estos «amigos del pueblo», su crítica del marxismo, sus ideas y su táctica.

El señor N. Mijailovski presta la mayor atención a los fundamentos teóricos del marxismo y, por ello, se detiene especialmente en el análisis de la concepción materialista de la historia. Después de exponer en líneas generales el contenido de la vasta literatura marxista que explica esta doctrina, el señor Mijailovski inicia su crítica con la siguiente perorata:

«Ante todo —dice—, surge por sí sola la pregunta: ¿en qué obra expuso Marx su concepción materialista de la historia? En *El Capital* nos ofreció un ejemplo de combinación de la fuerza lógica con la erudición, con la investigación minuciosa tanto de toda la literatura económica como de los hechos correspondientes. Sacó a la luz a teóricos de la ciencia económica largo tiempo olvidados o hoy desconocidos para todos, y no dejó de lado los detalles más insignificantes de cualquier informe de inspectores fabriles o de las declaraciones de peritos en diversas comisiones especiales; en una palabra, removió una mole abrumadora de material fáctico, en parte para fundamentar, en parte para ilustrar sus teorías económicas. Si él creó una concepción “completamente nueva” del proceso histórico, explicó todo el pasado de la humanidad desde un nuevo punto de vista y resumió todas las teorías filosófico-históricas existentes hasta entonces, lo hizo, por supuesto, con el mismo esmero: revisó efectivamente y sometió a análisis crítico todas las teorías conocidas del proceso histórico, trabajó sobre una masa de hechos de la historia universal. La comparación con Darwin, tan habitual en la literatura marxista, refuerza aún más esta idea. ¿Qué es toda la obra de Darwin? Unas cuantas ideas generalizadoras, estrechamente vinculadas entre sí, que coronan todo un Mont-Blanc de material fáctico. ¿Dónde está la obra correspondiente de Marx? No existe. Y no solo no existe tal obra de Marx, sino que tampoco existe en toda la literatura marxista, pese a toda su extensión cuantitativa y difusión.»

Toda esta perorata es sumamente característica para comprender cuán poco entienden *El Capital* y a Marx en el público. Abrumados por la enorme fuerza probatoria de la exposición, hacen reverencias a Marx, lo elogian y, al mismo tiempo, pierden por completo de vista el contenido fundamental de la doctrina y, como si nada, continúan las viejas canciones de la «sociología subjetiva». No se puede menos que recordar al respecto el acertadísimo epígrafe elegido por Kautsky en su libro sobre la doctrina económica de Marx:

«Wer wird nicht einen Klopstock loben?
Doch wird ihn jeder lesen? Nein.
Wir wollen weniger erhoben
Und fleissiger gelesen sein!»[45]

(¿Quién no alabará a un Klopstock?
Pero, ¿lo leerá todo el mundo? No.
¡Quisiéramos ser menos ensalzados
y leídos con más diligencia!)

¡Exactamente! El señor Mijailovski debería elogiar menos a Marx y leerlo con más aplicación o, mejor, reflexionar con mayor seriedad sobre lo que lee.

«En *El Capital* Marx nos dio un ejemplo de combinación de la fuerza lógica con la erudición» —dice el señor Mijailovski. El señor Mijailovski, en esta frase, nos dio un ejemplo de combinación de una frase brillante con la vacuidad de contenido —observó un marxista. Y esta observación es completamente justa. En efecto, ¿en qué se manifestó esa fuerza lógica de Marx? ¿Qué resultados dio? Al leer la perorata que citamos del señor Mijailovski, se podría pensar que toda esa fuerza se dirigió a las «teorías económicas» en el sentido más estricto de la palabra, y solo a ellas. Y, para subrayar con mayor fuerza los estrechos límites del campo en que Marx manifestó su fuerza lógica, el señor Mijailovski insiste en los «detalles más insignificantes», en la «minuciosidad», en los «teóricos desconocidos para todos», etc. Resulta como si Marx no hubiera aportado nada esencialmente nuevo, digno de mención, a los métodos de construcción de esas teorías, como si hubiera dejado los límites de la ciencia económica tal cuales eran entre los economistas anteriores, sin ampliarlos, sin introducir una comprensión «completamente nueva» de esta ciencia misma. Sin embargo, todo lector de *El Capital* sabe que esto es una falsedad total. No se puede menos que recordar a este respecto lo que escribió sobre Marx el señor Mijailovski hace 16 años, al polemizar con el burgués trivial señor Y. Zhukovski{23}. ¿Será que los tiempos eran otros, o los sentimientos más frescos? Pero lo cierto es que tanto el tono como el contenido del artículo del señor Mijailovski eran completamente distintos. «“El objetivo final de esta obra es mostrar la ley de desarrollo (en el original: Das ökonomische Bewegungsgesetz — la ley económica del movimiento) de la sociedad moderna” —dice C. Marx sobre su *El Capital*, y mantiene rigurosamente su programa» —así se expresaba el señor Mijailovski en 1877. Veamos ahora más de cerca ese programa, mantenido —según reconocimiento del crítico— de manera rigurosa. Consiste en «mostrar la ley económica del desarrollo de la sociedad moderna».

Ya esta misma formulación nos coloca frente a varias cuestiones que requieren esclarecimiento. ¿Por qué habla Marx de la «sociedad moderna (modern)», cuando todos los economistas anteriores a él discurrían sobre la sociedad en general? ¿En qué sentido emplea la palabra «moderna», por qué rasgos distingue precisamente esta sociedad moderna? Y además, ¿qué significa eso de la ley económica del movimiento de la sociedad? Estamos acostumbrados a oír de los economistas —y ésta es, entre otras, una de las ideas predilectas de los publicistas y economistas del círculo al que pertenece «Rússkoie Bogatstvo»— que solo la producción de valores está sujeta a leyes puramente económicas, mientras que la distribución, según dicen, depende de la política, de cómo actúe sobre la sociedad el poder, la *intelligentsia*, etc. ¿En qué sentido habla Marx, entonces, de la ley económica del movimiento de la sociedad, y además llama a esta ley *Naturgesetz* — ley natural? ¿Cómo entender esto, cuando tantísimos sociólogos autóctonos han llenado resmas de papel afirmando que el ámbito de los fenómenos sociales se distingue especialmente del ámbito de los fenómenos histórico-naturales, y que por eso, para investigar los primeros, hay que aplicar un «método subjetivo en sociología» completamente especial?

Todas estas perplejidades surgen de manera natural y necesaria, y, por supuesto, solo la ignorancia más absoluta puede pasarlas por alto al hablar de *El Capital*. Para aclarar estas cuestiones, citemos antes que nada otro pasaje del mismo prefacio a *El Capital*, apenas unas líneas más abajo:

«Mi punto de vista consiste —dice Marx— en que considero el desarrollo de la formación económico-social como un proceso histórico-natural»{24}.

Basta una simple yuxtaposición de estos dos pasajes del prefacio —que acabamos de citar— para ver que justamente ahí reside la idea fundamental de *El Capital*, desarrollada, como hemos oído, con estricta coherencia y con una rara fuerza lógica. Señalemos, ante todo, dos circunstancias a este respecto: Marx habla únicamente de una «formación económico-social», de la capitalista, es decir, afirma que ha investigado la ley del desarrollo únicamente de esta formación y de ninguna otra. Esto, en primer lugar. Y en segundo lugar, señalemos los procedimientos mediante los cuales Marx elaboró sus conclusiones: dichos procedimientos consistieron, como acabamos de oír del señor Mijailovski, en una «investigación minuciosa de los hechos correspondientes».

Pasemos ahora al análisis de esta idea fundamental de El Capital, que tan hábilmente ha intentado eludir nuestro filósofo subjetivo. ¿En qué consiste propiamente el concepto de formación económico-social? ¿Y de qué manera el desarrollo de tal formación puede y debe ser considerado como un proceso histórico-natural? He aquí las cuestiones que ahora se nos plantean. Ya he señalado que, desde el punto de vista de los viejos economistas y sociólogos (no para Rusia), el concepto de formación económico-social es completamente superfluo: ellos discurren sobre la sociedad en general, discuten con los Spencer acerca de qué es la sociedad en general, cuál es el fin y la esencia de la sociedad en general, etc. En semejantes razonamientos, estos sociólogos subjetivos se apoyan en argumentos como que el fin de la sociedad es el beneficio de todos sus miembros, que por eso la justicia exige tal o cual organización, y que los órdenes que no corresponden a esta organización ideal («La sociología debe comenzar con cierta utopía», estas palabras de uno de los autores del método subjetivo, el señor Mijailovski, caracterizan perfectamente la esencia de sus procedimientos) son anormales y deben ser eliminados. «La tarea esencial de la sociología —razona, por ejemplo, el señor Mijailovski— consiste en esclarecer las condiciones sociales bajo las cuales tal o cual necesidad de la naturaleza humana obtiene satisfacción». Veis que a este sociólogo le interesa únicamente una sociedad que satisfaga a la naturaleza humana, y no unas formaciones sociales que, además, pueden estar basadas en un fenómeno tan poco acorde con la «naturaleza humana» como el sojuzgamiento de la mayoría por una minoría. Veis también que, desde el punto de vista de este sociólogo, no puede ni hablarse de considerar el desarrollo de la sociedad como un proceso histórico-natural. («Una vez reconocido algo como deseable o indeseable, el sociólogo debe encontrar las condiciones para la realización de eso deseable o la eliminación de lo indeseable» —para «la realización de tales y cuales ideales», razona el mismo señor Mijailovski.) Más aún, no se puede hablar siquiera de desarrollo, sino tan sólo de diferentes desviaciones de lo «deseable», de «defectos» ocurridos en la historia a causa de... a causa de que los hombres no eran inteligentes, no supieron comprender bien lo que exige la naturaleza humana, no supieron encontrar las condiciones para la realización de tales órdenes razonables. Es evidente que la idea fundamental de Marx acerca del proceso histórico-natural de desarrollo de las formaciones económico-sociales socava de raíz esta moral infantil, que pretende llevar el nombre de sociología. ¿De qué manera elaboró Marx esta idea fundamental? Lo hizo aislando, de entre las diferentes esferas de la vida social, la esfera económica, aislando, de entre todas las relaciones sociales, las relaciones de producción, como relaciones fundamentales, primarias, que determinan todas las demás relaciones. El propio Marx describió así el curso de sus razonamientos acerca de esta cuestión: «El primer trabajo que emprendí para resolver las dudas que me acosaban fue un examen crítico de la filosofía hegeliana del derecho{25}. Este trabajo me llevó al resultado de que las relaciones jurídicas, al igual que las formas políticas, no pueden ser deducidas ni explicadas sólo a partir de fundamentos jurídicos y políticos; menos aún pueden ser explicadas y deducidas a partir del llamado desarrollo general del espíritu humano. Su raíz se halla únicamente en las relaciones materiales, vitales, cuyo conjunto denomina Hegel, siguiendo el ejemplo de los escritores ingleses y franceses del siglo XVIII, la “sociedad civil”. Y la anatomía de la sociedad civil debe buscarse en la economía política. Los resultados a los que me condujo el estudio de esta última pueden formularse brevemente como sigue. En la producción material, los hombres se ven forzados a establecer entre sí determinadas relaciones, las relaciones de producción. Estas últimas corresponden siempre al grado de desarrollo de la productividad que en un momento dado poseen sus fuerzas económicas. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza la superestructura política y jurídica y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. De este modo, el orden de producción condiciona los procesos sociales, políticos y puramente espirituales de la vida. Su existencia no sólo no depende de la conciencia del hombre, sino que, por el contrario, esta última depende de ellos. Pero en una cierta etapa de desarrollo de su productividad, las fuerzas entran en colisión con las relaciones de producción de los hombres entre sí. A consecuencia de ello, empiezan a contradecir también aquello que sirve de expresión jurídica de las relaciones de producción, es decir, los órdenes de propiedad. Entonces las relaciones de producción dejan de corresponder a la productividad y empiezan a constreñirla. De aquí surge una época de revolución social. Con la modificación del fundamento económico, toda la enorme superestructura que se alza sobre él se transforma de un modo más o menos lento o rápido. Al examinar estas revoluciones es necesario siempre distinguir estrictamente la modificación material en las condiciones de producción, que debe ser constatada con el rigor de las ciencias naturales, y la modificación en las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas y filosóficas, en una palabra, en las formas ideológicas, en las cuales la conciencia humana penetra en este conflicto y a causa del cual se libra la lucha de manera encubierta. A un individuo aislado no lo juzgamos por lo que él piensa de sí mismo; pero tampoco se puede juzgar una época de revoluciones por su autoconciencia. Por el contrario, esta autoconciencia debe ser explicada a partir de las contradicciones de la vida material, del conflicto entre las condiciones de producción y las condiciones de productividad... Considerados en sus rasgos generales, los órdenes de producción asiático, antiguo, feudal y el moderno, burgués, pueden ser considerados como épocas progresivas en la historia de las formaciones económicas de la sociedad»{26}.

Ya en sí misma, esta idea del materialismo en sociología era una idea genial. Por supuesto, por ahora no era más que una hipótesis, pero una hipótesis que por primera vez creaba la posibilidad de una actitud estrictamente científica hacia las cuestiones históricas y sociales. Hasta entonces, al no saber descender hasta las relaciones más simples y primigenias como las de producción, los sociólogos abordaban directamente la investigación y el estudio de las formas político-jurídicas, tropezaban con el hecho del surgimiento de estas formas a partir de unas u otras ideas de la humanidad en un momento dado, y se detenían ahí; resultaba que las relaciones sociales parecían ser construidas por los hombres conscientemente. Pero esta conclusión, que encontró su plena expresión en la idea del *Contrat Social*{27} (cuyas huellas son muy notorias en todos los sistemas del socialismo utópico), contradecía por completo todas las observaciones históricas. Nunca ocurrió, ni ocurre ahora, que los miembros de la sociedad se representen el conjunto de las relaciones sociales en las que viven como algo definido, íntegro, penetrado por tal o cual principio; al contrario, la masa se adapta inconscientemente a estas relaciones y hasta tal punto no tiene una noción de ellas como relaciones sociales históricas particulares que, por ejemplo, la explicación de las relaciones de intercambio, en las que los hombres vivieron durante muchos siglos, no fue dada hasta los tiempos más recientes. El materialismo eliminó esta contradicción, continuando el análisis más a fondo, hacia el origen mismo de estas ideas sociales del hombre; y su conclusión sobre la dependencia del curso de las ideas respecto del curso de las cosas es la única compatible con la psicología científica. Además, desde otro punto de vista, por primera vez esta hipótesis elevó la sociología al grado de ciencia. Hasta entonces, a los sociólogos les resultaba difícil distinguir, en la compleja red de fenómenos sociales, los fenómenos importantes de los no importantes (ésta es la raíz del subjetivismo en sociología) y no sabían hallar un criterio objetivo para tal distinción. El materialismo proporcionó un criterio plenamente objetivo, al destacar las relaciones de producción como la estructura de la sociedad y al dar la posibilidad de aplicar a estas relaciones ese criterio científico general de la repetibilidad, cuya aplicabilidad a la sociología negaban los subjetivistas. Mientras se limitaban a las relaciones sociales ideológicas (es decir, aquellas que, antes de constituirse, pasan por la conciencia de los hombres[46]), no podían advertir la repetibilidad y regularidad en los fenómenos sociales de diferentes países, y su ciencia era, en el mejor de los casos, únicamente una descripción de estos fenómenos, una recopilación de material en bruto. El análisis de las relaciones sociales materiales (es decir, de aquellas que se constituyen sin pasar por la conciencia de los hombres: al intercambiar productos, los hombres entablan relaciones de producción, incluso sin ser conscientes de que ahí existe una relación social de producción) — el análisis de las relaciones sociales materiales dio inmediatamente la posibilidad de observar la repetibilidad y la regularidad y de generalizar los regímenes de diferentes países en un concepto fundamental único: *formación social*. Sólo tal generalización dio la posibilidad de pasar de la descripción (y la valoración desde el punto de vista del ideal) de los fenómenos sociales a su análisis estrictamente científico, que destaca, digamos como ejemplo, lo que diferencia a un país capitalista de otro, e investiga lo que es común a todos ellos.

Finalmente, en tercer lugar, esta hipótesis creó por primera vez la posibilidad de una sociología científica, también porque sólo la reducción de las relaciones sociales a las de producción, y de estas últimas a la altura de las fuerzas productivas, dio una base sólida para la representación del desarrollo de las formaciones sociales como un proceso histórico-natural. Y se comprende de por sí que sin tal concepción no puede haber ciencia social. (Los subjetivistas, por ejemplo, reconociendo la conformidad a leyes de los fenómenos históricos, no estaban, sin embargo, en condiciones de contemplar su evolución como un proceso histórico-natural, precisamente porque se detenían en las ideas y fines sociales del hombre, sin saber reducir estas ideas y fines a las relaciones sociales materiales.)

Pero he aquí que Marx, habiendo expresado esta hipótesis en la década de 1840, acomete el estudio fáctico (esto es *nota bene*[47]) del material. Toma una de las formaciones económico-sociales —el sistema de la economía mercantil— y, sobre la base de una masa gigantesca de datos (que estudió durante no menos de 25 años), ofrece un análisis detalladísimo de las leyes del funcionamiento de esta formación y de su desarrollo. Este análisis está limitado únicamente a las relaciones de producción entre los miembros de la sociedad: sin recurrir ni una sola vez para explicar la cuestión a ningún elemento situado fuera de estas relaciones de producción, Marx da la posibilidad de ver cómo se desarrolla la organización mercantil de la economía social, cómo se transforma en capitalista, creando las clases antagónicas (dentro ya de los límites de las relaciones de producción) de la burguesía y el proletariado, cómo desarrolla la productividad del trabajo social e introduce con ello un elemento que entra en contradicción irreconciliable con los fundamentos mismos de esta organización capitalista.

Tal es el esqueleto de *El Capital*. Sin embargo, toda la cuestión reside en que Marx no se satisfizo con este esqueleto, en que no se limitó a la mera «teoría económica» en el sentido habitual, en que —explicando la estructura y el desarrollo de una formación social dada exclusivamente por las relaciones de producción— rastreó no obstante en todas partes y constantemente las superestructuras correspondientes a estas relaciones de producción, revistió el esqueleto de carne y sangre. Y por eso *El Capital* tuvo un éxito tan gigantesco, porque este libro del «economista alemán» mostró al lector toda la formación social capitalista como algo vivo —con sus aspectos cotidianos, con la manifestación social fáctica del antagonismo de clases inherente a las relaciones de producción, con la superestructura política burguesa que protege la dominación de la clase capitalista, con las ideas burguesas de libertad, igualdad, etc., con las relaciones familiares burguesas. Ahora se comprende que la comparación con Darwin es completamente exacta: *El Capital* no es otra cosa que «varias ideas generalizadoras, ligadas entre sí del modo más estrecho, que coronan todo un Mont Blanc de material fáctico». Y si alguien, al leer *El Capital*, no supo advertir estas ideas generalizadoras, la culpa ya no es de Marx, quien incluso en el prefacio, como hemos visto, señaló estas ideas. Es más, tal comparación es correcta no sólo desde el punto de vista externo (que por alguna razón desconocida interesó especialmente al señor Mijailovski), sino también desde el interno. Así como Darwin puso fin a la concepción de las especies animales y vegetales como algo sin relación alguna, casual, «creado por Dios» e inmutable, y por primera vez colocó la biología sobre una base plenamente científica, al establecer la mutabilidad de las especies y la continuidad entre ellas, así Marx puso fin a la concepción de la sociedad como un agregado mecánico de individuos, que admite toda clase de cambios a voluntad de las autoridades (o, lo que es igual, a voluntad de la sociedad y del gobierno), que surge y cambia casualmente, y por primera vez colocó la sociología sobre una base científica, al establecer el concepto de formación económico-social como conjunto de unas relaciones de producción dadas, al establecer que el desarrollo de tales formaciones es un proceso histórico-natural.

Ahora —desde la aparición de *El Capital*— la comprensión materialista de la historia ya no es una hipótesis, sino una tesis científicamente demostrada, y mientras no tengamos otro intento de explicar científicamente el funcionamiento y desarrollo de alguna formación social —precisamente de una formación social, y no del modo de vida de algún país o pueblo, o incluso de una clase, etc.—, otro intento que de igual manera sepa introducir orden en los «hechos correspondientes», como supo hacerlo el materialismo, que de igual manera sepa dar un cuadro vivo de una formación determinada con una explicación estrictamente científica de la misma, hasta entonces la comprensión materialista de la historia será sinónimo de ciencia social. El materialismo no representa «una comprensión científica de la historia por excelencia», como piensa el señor Mijailovski, sino la única comprensión científica de ella.

Y ahora —¿pueden ustedes imaginarse una curiosidad más divertida que el hecho de que haya aparecido gente que, habiendo leído *El Capital*, no supo hallar allí materialismo? ¿Dónde está? —pregunta con sincero desconcierto el señor Mijailovski.

Leyó el Manifiesto Comunista y no se percató de que la explicación del ordenamiento moderno —jurídico, político, familiar, religioso y filosófico— se da allí de manera materialista, y que incluso la crítica de las teorías socialistas y comunistas busca y encuentra sus raíces en determinadas relaciones de producción.

Leyó Miseria de la filosofía y no se percató de que el análisis de la sociología de Proudhon se realiza allí desde un punto de vista materialista, que la crítica a la solución de las más diversas cuestiones históricas propuesta por Proudhon parte de los principios del materialismo, y que las indicaciones del propio autor acerca de dónde buscar los datos para resolver esas cuestiones se reducen todas a remisiones a las relaciones de producción.

Leyó El Capital y no se percató de que tenía ante sí un modelo de análisis científico de una —y la más compleja— formación social según el método materialista, un modelo universalmente reconocido y jamás superado. Y así está, sentado, sumido en honda reflexión sobre la profunda cuestión: «¿En qué obra expuso Marx su concepción materialista de la historia?».

Cualquiera que conozca a Marx le respondería con otra pregunta: ¿en qué obra no expuso Marx su concepción materialista de la historia? Pero es probable que el señor Mijailovski se entere de las investigaciones materialistas de Marx solo cuando, en alguna obra historiosófica de algún Kareiev, aparezcan indicadas con sus correspondientes números bajo el epígrafe: «materialismo económico».

Pero lo más curioso de todo es que el señor Mijailovski acusa a Marx de no haber «revisado (sic![48]) todas las teorías conocidas del proceso histórico». Esto ya es completamente divertido. ¿En qué consistían, en sus 9/10 partes, estas teorías? En construcciones puramente apriorísticas, dogmáticas, abstractas de lo que es la sociedad, lo que es el progreso, etc., etc. (Tomo a propósito ejemplos cercanos a la mente y al corazón del señor Mijailovski.) Pero estas teorías son inútiles ya por el hecho mismo de existir, son inútiles por sus métodos fundamentales, por su total e impenetrable carácter metafísico. Porque empezar con las preguntas de qué es la sociedad, qué es el progreso, significa empezar por el final. ¿De dónde obtendréis el concepto de sociedad y progreso en general, si no habéis estudiado aún ninguna formación social en particular, si no habéis sido capaces siquiera de establecer este concepto, ni siquiera de abordar un estudio fáctico serio, un análisis objetivo de cualesquiera relaciones sociales? Este es el signo más evidente de la metafísica, con la que comenzaba toda ciencia: mientras no se sabía emprender el estudio de los hechos, siempre se inventaban a priori[49] teorías generales, que invariablemente quedaban estériles. El metafísico-químico, al no saber aún investigar fácticamente los procesos químicos, inventaba una teoría sobre qué fuerza era la afinidad química. El metafísico-biólogo disertaba sobre qué era la vida y la fuerza vital. El metafísico-psicólogo razonaba sobre qué era el alma. Ya el método en sí era absurdo. No se puede razonar sobre el alma sin haber explicado en particular los procesos psíquicos: el progreso aquí debe consistir precisamente en abandonar las teorías generales y las construcciones filosóficas sobre lo que es el alma, y en saber situar sobre una base científica el estudio de los hechos que caracterizan estos o aquellos procesos psíquicos. Por eso, la acusación del señor Mijailovski es exactamente igual a la de un metafísico-psicólogo que, habiendo dedicado toda su vida a escribir «investigaciones» sobre la cuestión de qué es el alma (sin conocer a ciencia cierta la explicación de un solo fenómeno psíquico, por simple que sea), se pusiera a acusar al psicólogo científico de no haber revisado todas las teorías conocidas sobre el alma. Este psicólogo científico desechó las teorías filosóficas sobre el alma y abordó directamente el estudio del sustrato material de los fenómenos psíquicos —los procesos nerviosos—, y ofreció, digamos, el análisis y la explicación de tal o tales procesos psíquicos. Y he aquí que nuestro metafísico-psicólogo lee este trabajo, lo elogia —diciendo que los procesos están bien descritos y los hechos bien estudiados—, pero no queda satisfecho. Permítame, se inquieta al oír que por todas partes se habla de una concepción completamente nueva de la psicología por parte de este científico, de un método especial de psicología científica; permítame, se exalta el filósofo, ¿en qué obra está expuesto este método? ¡Si en este trabajo «no hay más que hechos»! ¡En él ni se menciona la revisión de «todas las teorías filosóficas conocidas sobre el alma»! ¡Este no es un trabajo adecuado! Exactamente del mismo modo, El Capital, por supuesto, no es un trabajo adecuado para un sociólogo-metafísico que no advierte la esterilidad de los razonamientos apriorísticos sobre lo que es la sociedad, que no comprende que tales métodos, en lugar de estudio y explicación, solo sirven para introducir subrepticiamente bajo el concepto de sociedad, ya sea las ideas burguesas del mercachifle inglés, ya los ideales pequeñoburgués-socialistas del demócrata ruso, y nada más. Precisamente por eso, todas estas teorías filosófico-históricas surgían y estallaban como pompas de jabón, siendo en el mejor de los casos un síntoma de las ideas y relaciones sociales de su tiempo, y no haciendo avanzar ni un ápice la comprensión humana de relaciones sociales, aunque fueran aisladas, pero reales (y no de aquellas que «corresponden a la naturaleza humana»). El gigantesco paso adelante dado en este sentido por Marx consistió precisamente en que desechó todos esos razonamientos sobre la sociedad y el progreso en general, y en cambio ofreció un análisis científico de una sociedad y un progreso determinados: los capitalistas. ¡Y el señor Mijailovski le acusa de haber empezado por el principio y no por el final, por el análisis de los hechos y no por las conclusiones finales, por el estudio de relaciones sociales particulares, históricamente determinadas, y no por teorías generales sobre en qué consisten estas relaciones sociales en general! Y pregunta: «¿dónde está el trabajo adecuado?». ¡Oh, sapientísimo sociólogo subjetivo!

Si nuestro filósofo subjetivo se hubiera limitado a una simple perplejidad sobre en qué obra está fundamentado el materialismo, no sería tan grave. Pero él, a pesar de que no ha encontrado en ninguna parte no solo una fundamentación, sino siquiera una exposición de la concepción materialista de la historia (o tal vez precisamente porque no la ha encontrado), empieza a atribuir a esta doctrina pretensiones que ella jamás ha declarado. Tras citar a Blos diciendo que Marx proclamó una concepción completamente nueva de la historia, él, sin el menor reparo, discurre a continuación como si esta teoría pretendiera haber «explicado a la humanidad su pasado», haber explicado «todo (sic!!?) el pasado de la humanidad», etc. ¡Pero esto es pura falsedad de principio a fin! La teoría pretende explicar solo una organización social capitalista, y ninguna otra. Si la aplicación del materialismo al análisis y explicación de una formación social dio resultados tan brillantes, es completamente natural que el materialismo en la historia se convierta ya no en una hipótesis, sino en una teoría científicamente comprobada; es completamente natural que la necesidad de tal método se extienda también a las restantes formaciones sociales, aunque estas no hayan sido aún sometidas a un estudio fáctico especial y a un análisis detallado, del mismo modo que la idea del transformismo, demostrada en relación con un número suficiente de hechos, se extiende a todo el campo de la biología, aunque en relación con especies aisladas de animales y plantas no haya sido aún posible establecer con precisión el hecho de su transformación. Y así como el transformismo no pretende en absoluto explicar «toda» la historia de la formación de las especies, sino solo situar los métodos de esta explicación a una altura científica, del mismo modo el materialismo en la historia jamás ha pretendido explicarlo todo, sino solo indicar el «único método científico», según la expresión de Marx (El Capital), de explicar la historia{28}. Se puede juzgar por esto qué procedimientos polémicos tan ingeniosos, serios y decentes emplea el señor Mijailovski cuando primero tergiversa a Marx, atribuyendo al materialismo en la historia las absurdas pretensiones de «explicarlo todo», de encontrar «la llave de todas las cerraduras históricas» (pretensiones rechazadas de inmediato, por supuesto, y de forma muy mordaz, por Marx en su «carta»{29} acerca de los artículos de Mijailovski), luego se burla de estas pretensiones inventadas por él mismo y, finalmente, tras citar los pensamientos exactos de Engels —exactos porque esta vez se ofrece una cita y no un resumen— de que la economía política, tal como la entienden los materialistas, «está aún por crearse», de que «todo lo que hemos recibido de ella se limita» a la historia de la sociedad capitalista{30}, ¡saca la conclusión de que «estas palabras restringen enormemente el campo de acción del materialismo económico»! ¡Qué ilimitada ingenuidad o qué ilimitada arrogancia debe tener una persona para esperar que tales trucos pasen desapercibidos! Primero tergiversó a Marx, luego se burló de su propia mentira, después citó las ideas exactas, ¡y ahora tiene el descaro de declarar que con ellas se restringe el campo de acción del materialismo económico!

¿No es cierto que es encantadora esta crítica? Engels dice que sus conocimientos de «historia» económica eran débiles y que por eso no publicaron su obra de carácter histórico-filosófico «general». El señor Mijailovski lo reinterpreta diciendo que sus conocimientos eran débiles «para una obra como» la elaboración de los «puntos fundamentales del socialismo científico», es decir, de la crítica científica del régimen burgués, ya expuesta en el «Manifiesto». Una de dos: o el señor Mijailovski no entiende la diferencia entre el intento de abarcar toda la filosofía de la historia y el intento de explicar científicamente el régimen burgués, o bien supone que Marx y Engels tenían conocimientos insuficientes para la crítica de la economía política. Y en ese caso es muy cruel al no compartir con nosotros sus consideraciones sobre esa insuficiencia, sus correcciones y adiciones. La decisión de Marx y Engels de no publicar la obra histórico-filosófica y concentrar todas sus fuerzas en el análisis científico de una sola organización social caracteriza únicamente el más alto grado de probidad científica. La decisión del señor Mijailovski de hacer payasadas con este añadido de que, dizque, Marx y Engels exponían sus concepciones reconociendo ellos mismos la insuficiencia de sus conocimientos para elaborarlas, caracteriza solo procedimientos polémicos que no atestiguan ni inteligencia ni sentido de la decencia.

Otro ejemplo: «Para fundamentar el materialismo económico como teoría histórica, hizo más el *alter ego*[50] de Marx, Engels —dice el señor Mijailovski—. Él tiene una obra especialmente histórica: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en conexión (*im Anschluss*) con las investigaciones de Morgan”. Este “*Anschluss*” es extraordinariamente notable. El libro del norteamericano Morgan apareció muchos años después de que Marx y Engels proclamaran los fundamentos del materialismo económico y con total independencia de él». Y he aquí que, dizque, «los materialistas económicos *se adhirieron*» a este libro y, además, como en los tiempos prehistóricos no había lucha de clases, introdujeron una «*corrección*» a la fórmula de la concepción materialista de la historia, a saber, que el factor determinante, junto a la producción de bienes materiales, es la producción del hombre mismo, es decir, la procreación, que desempeña un papel primordial en la época primitiva, cuando el trabajo, por su productividad, estaba aún demasiado poco desarrollado.

«El gran mérito de Morgan consiste —dice Engels— en que en las relaciones gentilicias de los indios norteamericanos encontró la clave de los enigmas más importantes, hasta entonces irresolubles, de la historia antigua griega, romana y germana»{32}.

«Así pues —sentencia a este propósito el señor Mijailovski—, a fines de los años 40 fue descubierta y proclamada una concepción de la historia completamente nueva, materialista y auténticamente científica, que hizo para la ciencia histórica lo mismo que la teoría de Darwin para las ciencias naturales modernas». Pero esta concepción —repite luego una vez más el señor Mijailovski— nunca fue fundamentada científicamente. «No solo no fue verificada en el vasto y diverso campo del material fáctico (¡“El Capital” — “no es una obra adecuada”: allí solo hay hechos e investigaciones minuciosas!), sino que ni siquiera fue suficientemente motivada, aunque fuera mediante la crítica y la exclusión de otros sistemas filosófico-históricos». El libro de Engels —«*Herrn E. Dührings Umwälzung der Wissenschaft*»[51]— «solo son intentos ingeniosos, expresados de pasada», y el señor Mijailovski considera por ello posible pasar por alto una multitud de cuestiones esenciales que son abordadas en esta obra, a pesar de que esos «intentos ingeniosos» muestran de manera muy ingeniosa la vacuidad de la sociología «que comienza con utopías»; a pesar de que en esta obra se ofrece una crítica detallada de la «teoría de la violencia», según la cual los órdenes político-jurídicos determinan los económicos y que tan celosamente defienden los señores publicistas de «Riqueza Rusa». En efecto, es mucho más fácil lanzar sobre una obra unas cuantas frases que nada expresan, que analizar seriamente siquiera una cuestión resuelta en ella de modo materialista; además, es seguro, porque la censura probablemente nunca autorizará la traducción de este libro, y el señor Mijailovski, sin temor por su filosofía subjetiva, puede calificarlo de ingenioso.

Aún más característico y aleccionador (para ilustrar que la lengua le ha sido dada al hombre para ocultar sus pensamientos, o para dar a la vacuidad forma de pensamiento) es el comentario sobre «El Capital» de Marx. «En “El Capital” hay páginas brillantes de contenido histórico, *pero* (¡ese notable “pero”! No es siquiera un “pero”, sino ese famoso “*mais*” que, traducido al ruso, significa: “las orejas no crecen por encima de la frente”) ellas, por la propia tarea del libro, están ceñidas a un solo período histórico determinado y no es que afirmen los postulados fundamentales del materialismo económico, sino que *simplemente tocan el aspecto económico de cierto grupo de fenómenos históricos*». Dicho de otra manera: «El Capital» —dedicado precisamente al estudio de la sociedad capitalista— ofrece un análisis materialista de esta sociedad y de sus superestructuras, «p e r o» el señor Mijailovski prefiere pasar por alto ese análisis: se trata, verá usted, de «un solo» período, y él, el señor Mijailovski, quiere abarcar todos los períodos y, además, abarcarlos de modo tal que no se hable en particular de ninguno. Es comprensible que para lograr este fin —es decir, para abarcar todos los períodos sin tocar esencialmente ninguno— no haya más que un camino: el de los lugares comunes y las frases, «brillantes» y vacías. Y en el arte de salir del paso con frases nadie puede compararse con el señor Mijailovski. Resulta que no vale la pena (por separado) tocar en esencia las investigaciones de Marx por cuanto él, Marx, «*no es que afirme los postulados fundamentales del materialismo económico, sino que simplemente toca el aspecto económico de cierto grupo de fenómenos históricos*». ¡Qué profundidad de pensamiento! — «¡*No afirma*», sino «*simplemente toca*»!— ¡Qué sencillo es, en efecto, emborronar toda cuestión con una frase! Por ejemplo, cuando Marx muestra repetidamente de qué modo en la base de la igualdad civil, del libre contrato y de otros fundamentos semejantes del Estado de derecho se hallan las relaciones entre los productores de mercancías, ¿qué es eso? ¿Afirma con ello el materialismo o «simplemente» lo toca? Con la modestia que le es propia, nuestro filósofo se abstiene de responder en esencia y directamente extrae conclusiones de sus «intentos ingeniosos» de hablar brillantemente sin decir nada.

«No es de extrañar —reza esta conclusión— que para una teoría que pretendía iluminar la historia universal, cuarenta años después de su proclamación, la antigua historia griega, romana y germánica siguieran siendo enigmas sin resolver; y la clave de estos enigmas la proporcionó, en primer lugar, un hombre completamente ajeno a la teoría del materialismo económico, que nada sabía de ella, y en segundo lugar, con ayuda de un factor no económico. Cierta impresión cómica produce el término “producción del hombre mismo”, es decir, la procreación, al que Engels se aferra para conservar al menos una conexión verbal con la fórmula fundamental del materialismo económico. Sin embargo, se ve obligado a reconocer que la vida de la humanidad durante muchos siglos no se conformó a esta fórmula». Y, en efecto, ¡polemiza Ud. de un modo que «no es de extrañar», Sr. Mijailovski! La teoría consistía en que para «iluminar» la historia hay que buscar los fundamentos no en las relaciones ideológicas, sino en las relaciones sociales materiales. La insuficiencia del material fáctico no permitía aplicar este método al análisis de algunos fenómenos importantísimos de la historia más antigua de Europa, por ejemplo, la organización gentilicia{33}, que por esta razón seguía siendo un enigma[52]. Pero he aquí que en América, el rico material recopilado por Morgan le da a éste la posibilidad de analizar la esencia de la organización gentilicia, y él llegó a la conclusión de que su explicación debe buscarse no en las relaciones ideológicas (por ejemplo, jurídicas o religiosas), sino en las materiales. Está claro que este hecho proporciona una brillante confirmación del método materialista —y nada más. Y cuando el Sr. Mijailovski, como reproche a esta doctrina, esgrime el hecho de que, en primer lugar, la clave de los más difíciles enigmas históricos la encontró un hombre «completamente ajeno» a la teoría del materialismo económico —sólo cabe asombrarse de hasta qué punto la gente puede no distinguir entre lo que habla en su favor y lo que los golpea con dureza. En segundo lugar —razona nuestro filósofo— la procreación es un factor no económico. Pero, ¿dónde ha leído Ud. en Marx o Engels que ellos hablaran indefectiblemente de materialismo económico? Al caracterizar su concepción del mundo, ellos la llamaban simplemente materialismo. Su idea fundamental (expresada de manera completamente definida, por ejemplo, en la cita de Marx más arriba reproducida) consistía en que las relaciones sociales se dividen en materiales e ideológicas. Las últimas representan sólo una superestructura sobre las primeras, que se forman al margen de la voluntad y la conciencia del hombre, como (resultado de) la forma de actividad del hombre orientada al mantenimiento de su existencia. La explicación de las formas político-jurídicas —dice Marx en la cita arriba mencionada— hay que buscarla en las «relaciones materiales de vida». ¿Acaso piensa el Sr. Mijailovski que las relaciones relativas a la procreación pertenecen a las relaciones ideológicas? Las explicaciones del Sr. Mijailovski a este respecto son tan características que vale la pena detenerse en ellas. «Por más malabarismos que hagamos con la procreación —dice—, intentando establecer aunque sea una conexión verbal entre ella y el materialismo económico, por más que se entrecruce en la compleja red de fenómenos de la vida social con otros fenómenos, incluidos los económicos, ella tiene sus propias raíces, fisiológicas y psíquicas. (¿Acaso está contando esto para niños de pecho, Sr. Mijailovski, eso de que la procreación tiene raíces fisiológicas? ¡Vamos! ¡A quién le está Ud. echando un cuento!) Y esto nos recuerda que los teóricos del materialismo económico no han saldado sus cuentas no sólo con la historia, sino tampoco con la psicología. No cabe ninguna duda de que los vínculos gentilicios han perdido su significado en la historia de los países civilizados, pero difícilmente se puede afirmar esto con tanta seguridad acerca de los vínculos directamente sexuales y familiares. Estos se han visto sometidos, por supuesto, a fuertes cambios bajo la presión de una vida que se complica en general, pero con cierta habilidad dialéctica se podría demostrar que no sólo las relaciones jurídicas, sino también las propias relaciones económicas constituyen una superestructura sobre las relaciones sexuales y familiares. No nos ocuparemos de ello, pero señalaremos al menos la institución de la herencia».

¡Por fin ha tenido suerte nuestro filósofo! De la esfera de las frases vacías[53] ha pasado a hechos concretos, que admiten verificación y no permiten «echar un cuento» tan fácilmente sobre la esencia del asunto. Veamos, pues, de qué manera demuestra nuestro crítico de Marx que la institución de la herencia es una superestructura sobre las relaciones sexuales y familiares. «Por herencia se transmiten —razona el Sr. Mijailovski— los productos de la producción económica (“¡Productos de la producción económica”! ¡Qué culto es esto! ¡Qué sonoro! ¡Y qué lenguaje tan elegante!), y la propia institución de la herencia está condicionada, en cierta medida, por el hecho de la competencia económica. Pero, en primer lugar, por herencia se transmiten también valores no materiales, —lo que se expresa en la preocupación por educar a los hijos en el espíritu de los padres». De modo que ¡la educación de los hijos entra en la institución de la herencia! Por ejemplo, en las leyes civiles rusas hay un artículo según el cual «los padres deben esforzarse mediante la educación doméstica en preparar la moral de sus [hijos] y contribuir a los fines del gobierno». ¡¿Acaso no es esto lo que nuestro filósofo llama la institución de la herencia?! —«y en segundo lugar —permaneciendo incluso exclusivamente en la esfera económica—, si la institución de la herencia es impensable sin los productos de la producción que se transmiten por herencia, es exactamente igual de impensable sin los productos de la “procreación”, —sin ellos y sin esa compleja y tensa psique que directamente se adhiere a ellos». (¡No, fíjense en el lenguaje: la psique compleja se «adhiere» a los productos de la procreación! ¡Pero si esto es una preciosidad!) De manera que la institución de la herencia es una superestructura sobre las relaciones familiares y sexuales, ¡porque la herencia es impensable sin la procreación! ¡Pero si esto es un verdadero descubrimiento de América! Hasta ahora, todos suponían que la procreación puede explicar la institución de la herencia tan poco como la necesidad de ingerir alimentos puede explicar la institución de la propiedad. Hasta ahora, todos pensaban que si, por ejemplo, en Rusia, en la época del florecimiento del sistema pomestie{34}, la tierra no podía transmitirse por herencia (ya que se consideraba sólo propiedad condicional), la explicación de esto debía buscarse en las peculiaridades de la organización social de aquel tiempo. El Sr. Mijailovski supone, debe ser, que el asunto se explica simplemente por el hecho de que la psique que se adhería a los productos de la procreación del terrateniente de entonces se distinguía por una complejidad insuficiente.

Rasquen al «amigo del pueblo» —podemos decir, parafraseando un conocido dicho— y encontrarán a un burgués. En efecto, ¿qué otro sentido pueden tener estos razonamientos del señor Mijáilovski sobre la relación del instituto de la herencia con la educación de los hijos, con la psique de la procreación, etc., sino el de que el instituto de la herencia es tan eterno, necesario y sagrado como la educación de los hijos? Cierto es que el señor Mijáilovski se esforzó por dejarse una escapatoria al declarar que «hasta cierto punto, el instituto de la herencia está condicionado por el hecho de la competencia económica»; pero esto no es otra cosa que una tentativa de eludir una respuesta concreta a la cuestión, y una tentativa, además, con medios inadecuados. ¿Cómo podemos tomar en cuenta esta observación, cuando no se nos ha dicho ni una palabra acerca de hasta qué «cierto punto» exactamente depende la herencia de la competencia?, ¿cuando no se ha explicado en absoluto qué es lo que explica propiamente esta conexión entre la competencia y el instituto de la herencia? En realidad, el instituto de la herencia presupone ya la propiedad privada, y esta última surge solo con la aparición del intercambio. En su base se halla la ya incipiente especialización del trabajo social y la alienación de los productos en el mercado. Mientras, por ejemplo, todos los miembros de una comunidad indígena primitiva elaboraban en común todos los productos que necesitaban, era imposible también la propiedad privada. Pero cuando en la comunidad penetró la división del trabajo y sus miembros empezaron a ocuparse cada uno por separado de la producción de un solo producto y a venderlo en el mercado, entonces la expresión de esta particularidad material de los productores de mercancías fue el instituto de la propiedad privada. Tanto la propiedad privada como la herencia son categorías de órdenes sociales en los que ya se han formado familias pequeñas y aisladas (monógamas) y ha comenzado a desarrollarse el intercambio. El ejemplo del señor Mijáilovski demuestra precisamente lo contrario de lo que él quería demostrar.

El señor Mijáilovski tiene aún otra indicación fáctica —¡y de nuevo es, a su modo, una perla!—: «En lo que respecta a los lazos gentilicios —continúa corrigiendo al materialismo—, estos palidecieron en la historia de los pueblos civilizados, en parte, ciertamente, bajo los rayos de la influencia de las formas de producción (otra escapatoria, solo que aún más evidente. ¿De qué formas de producción exactamente? ¡Una frase vacía!), pero en parte se disolvieron en su propia continuación y generalización: en los lazos nacionales». ¡De modo que los lazos nacionales son la continuación y generalización de los lazos gentilicios! El señor Mijáilovski toma evidentemente sus concepciones sobre la historia de la sociedad del cuentecillo infantil que se enseña a los alumnos de secundaria. La historia de la sociedad —reza esta doctrina de las cartillas— consiste en que primero fue la familia, esa célula de toda sociedad[54]; luego, dizque la familia creció hasta convertirse en tribu, y la tribu creció hasta convertirse en Estado. Si el señor Mijáilovski repite con aire de importancia esta tontería pueril, esto demuestra solamente —dejando aparte todo lo demás— que no tiene la más mínima noción sobre el curso, aunque sea, de la historia rusa. Si se podía hablar de régimen gentilicio en la antigua Rus, es indudable que ya en la Edad Media, en la época del reino moscovita, esos lazos gentilicios ya no existían, es decir, el Estado se basaba en uniones nada gentilicias, sino locales: los terratenientes y los monasterios acogían a campesinos de diversos lugares, y las comunidades que así se formaban eran uniones puramente territoriales. Sin embargo, difícilmente se podía hablar entonces de lazos nacionales en el sentido propio de la palabra: el Estado se descomponía en «tierras» separadas, en parte incluso principados, que conservaban huellas vivas de la antigua autonomía, particularidades en la administración, a veces sus propias tropas especiales (los boyardos locales iban a la guerra con sus propios regimientos), fronteras aduaneras especiales, etc. Solo el nuevo período de la historia rusa (aproximadamente desde el siglo XVII) se caracteriza por la fusión realmente efectiva de todas esas regiones, tierras y principados en un todo único. Esta fusión no fue provocada por los lazos gentilicios, dignísimo señor Mijáilovski, ni siquiera por su continuación y generalización: fue provocada por el intercambio creciente entre las regiones, por la circulación de mercancías que aumentaba gradualmente, por la concentración de los pequeños mercados locales en un solo mercado de toda Rusia. Puesto que los dirigentes y dueños de este proceso fueron los capitalistas-comerciantes, la creación de estos lazos nacionales no fue otra cosa que la creación de lazos burgueses. Con sus dos indicaciones fácticas, el señor Mijáilovski solo se derrotó a sí mismo y no nos dio nada más que muestras de trivialidades burguesas: trivialidades porque explicaba el instituto de la herencia por la procreación y su psique, y la nacionalidad por los lazos gentilicios; burguesas porque tomaba las categorías y superestructuras de una formación social históricamente determinada (basada en el intercambio) por categorías tan generales y eternas como la educación de los hijos y los lazos sexuales «directos».

Es sumamente característico aquí que tan pronto como nuestro filósofo subjetivo intentó pasar de las frases a indicaciones fácticas concretas, quedó en ridículo. Y al parecer se siente de maravilla en esa posición no muy limpia: allí está sentado, acicalándose y salpicando todo alrededor con lodo. Quiere, por ejemplo, refutar la tesis de que la historia es una serie de episodios de lucha de clases, y he aquí que, tras declarar con aire de profunda reflexión que esto es «un extremo», dice: «La sociedad internacional de los obreros, fundada por Marx y organizada con fines de lucha de clases, no impidió que los obreros franceses y alemanes se degollaran y arruinaran mutuamente», con lo cual, dizque, se demuestra que el materialismo no ajustó cuentas «con el demonio de la vanidad nacional y del odio nacional». Semejante afirmación muestra, por parte del crítico, la más burda incomprensión del hecho de que los intereses muy reales de la burguesía comercial e industrial constituyen el fundamento principal de este odio, y de que hablar del sentimiento nacional como factor independiente significa solo encubrir la esencia del asunto. Por lo demás, ya hemos visto qué concepción tan profunda de la nacionalidad tiene nuestro filósofo. El señor Mijáilovski no sabe referirse a la Internacional{35} sino con una ironía puramente burenniana{36}: «Marx es el jefe de la sociedad internacional de los obreros, la cual, ciertamente, se disgregó, pero ha de resurgir». Claro está que si se ve el nec plus ultra[55] de la solidaridad internacional en el sistema del intercambio «justo», tal como lo embadurna con trivialidad pequeñoburguesa el cronista de la vida interior en el n.° 2 de Rússkoie Bogatstvo, y no se comprende que el intercambio, tanto justo como injusto, siempre presupone e incluye la dominación de la burguesía, y que sin la destrucción de la organización económica basada en el intercambio es imposible el cese de los conflictos internacionales, entonces es comprensible esa sola mofa a costa de la Internacional. Entonces es comprensible que el señor Mijáilovski no pueda de ninguna manera asimilar la simple verdad de que no hay otro medio de lucha contra el odio nacional que la organización y la unión de la clase oprimida para la lucha contra la clase opresora en cada país por separado, y la unión de tales organizaciones obreras nacionales en un solo ejército obrero internacional para la lucha contra el capital internacional. En cuanto a que la Internacional no impidió que los obreros se degollaran entre sí, basta con recordar al señor Mijáilovski los acontecimientos de la Comuna, que mostraron la actitud real del proletariado organizado hacia las clases gobernantes que libraban la guerra.

Lo particularmente indignante en toda esta polémica del señor Mijailovski son precisamente sus procedimientos. Si no está satisfecho con la táctica de la Internacional, si no comparte las ideas en cuyo nombre se organizan los trabajadores europeos, que al menos las critique directa y abiertamente, exponiendo sus propias concepciones sobre una táctica más adecuada, sobre puntos de vista más correctos. Pero no se formula ninguna objeción precisa y clara, sino que sólo se desparraman, aquí y allá, en medio de un proceloso mar de frases, burlas insensatas. ¿Cómo no calificar esto de porquería, sobre todo si se tiene en cuenta que la defensa de las ideas y la táctica de la Internacional no está legalmente permitida en Rusia? Tales son los procedimientos del señor Mijailovski cuando polemiza con los marxistas rusos: no tomándose el trabajo de formular honrada y precisamente tales o cuales tesis suyas para someterlas a una crítica directa y determinada, prefiere aferrarse a retazos oídos de la argumentación marxista y tergiversarla. Juzguen ustedes mismos: «Marx era demasiado inteligente y demasiado docto para pensar que precisamente él había descubierto la idea de la necesidad histórica y de la legalidad de los fenómenos sociales... En los peldaños inferiores (de la escalera marxista[56]) esto no lo saben (que "la idea de la necesidad histórica no es una novedad inventada o descubierta por Marx, sino una verdad establecida desde hace mucho tiempo") o, por lo menos, tienen una noción confusa de aquel gasto secular de fuerzas intelectuales y energía que se invirtió en el establecimiento de esta verdad».

Es comprensible que semejantes declaraciones puedan realmente producir impresión en un público que oye hablar del marxismo por primera vez, y con respecto a él, el crítico puede fácilmente alcanzar su objetivo: tergiversar, hacer payasadas y «vencer» (como, según dicen, se expresan acerca de los artículos del señor Mijailovski los colaboradores de «R. B-va»). Cualquiera que esté, aunque sea poco, familiarizado con Marx, verá de inmediato toda la falsedad y la vacuidad de semejantes procedimientos. Se puede no estar de acuerdo con Marx, pero no se puede discutir que él formuló con la más completa determinación aquellas concepciones suyas que constituían una novedad en relación con los socialistas anteriores. La novedad consistía en que los socialistas anteriores consideraban suficiente, para fundamentar sus concepciones, mostrar la opresión de las masas bajo el régimen moderno, mostrar la superioridad de un orden tal en el que cada uno recibiría lo que él mismo hubiera producido, mostrar la correspondencia de este orden ideal con la «naturaleza humana», con el concepto de vida racional-moral, etc. Marx consideraba imposible satisfacerse con semejante socialismo. No limitándose a caracterizar el orden moderno, a evaluarlo y condenarlo, dio una explicación científica del mismo, reduciendo este orden moderno, diverso en los diferentes Estados europeos y no europeos, a una base común: la formación económico-social capitalista, cuyas leyes de funcionamiento y desarrollo sometió a un análisis objetivo (mostró la necesidad de la explotación bajo este orden). Del mismo modo, no consideraba posible satisfacerse con la afirmación de que el orden socialista es el único que corresponde a la naturaleza humana —como decían los grandes socialistas utópicos y sus míseros epígonos, los sociólogos subjetivos—. Mediante el mismo análisis objetivo del orden capitalista, demostraba él la necesidad de su transformación en socialista. (Sobre la cuestión de cómo exactamente lo demostraba él y cómo objetaba a esto el señor Mijailovski, aún tendremos que volver.) He aquí la fuente de esa referencia a la necesidad que a menudo se puede encontrar entre los marxistas. La tergiversación que el señor Mijailovski introdujo en la cuestión es evidente: omitió todo el contenido fáctico de la teoría, toda su esencia, y presentó el asunto de tal manera como si toda la teoría se redujera a una sola palabra, «necesidad» («no se puede remitir únicamente a ella en los asuntos prácticos complejos»), como si la prueba de esta teoría consistiera en que así lo exige la necesidad histórica. En otras palabras, silenciando el contenido de la doctrina, se aferró a un solo mote suyo y ahora empieza de nuevo a hacer payasadas sobre aquel «círculo simplemente plano» en el cual él mismo se esforzó en convertir la doctrina de Marx. No vamos, por supuesto, a seguir estas payasadas, porque ya nos hemos familiarizado bastante con esa cosa. Que él mismo haga cabriolas para solaz y placer del señor Burenin (quien no en vano le dio una palmadita en la cabeza al señor Mijailovski en «Nóvoe Vremia»{37}), que él mismo, después de hacer una reverencia a Marx, le ladre a hurtadillas: «su polémica con los utopistas e idealistas es ya de por sí unilateral», es decir, incluso sin que los marxistas repitan sus argumentos. No podemos de ninguna manera calificar estas salidas más que como ladridos, porque no ha presentado ni una sola objeción literalmente fáctica, determinada y verificable contra esta polémica, de modo que —por muy gustosamente que entraríamos en una conversación sobre este tema, considerando esta polémica sumamente importante para la resolución de las cuestiones socialistas rusas— sencillamente no estamos en condiciones de responder a los ladridos y sólo podemos encogernos de hombros:

No carece de interés el subsiguiente razonamiento del señor Mijáilovski sobre la necesidad histórica, ya que nos revela, aunque sea parcialmente, el bagaje ideológico real de «nuestro conocido sociólogo» (título del que goza el señor Mijáilovski a la par que el señor V. V. entre los representantes liberales de nuestra «sociedad culta»). Habla del «conflicto entre la idea de la necesidad histórica y la importancia de la actividad personal»: los actores sociales se equivocan al considerarse actores, cuando en realidad son «actuados», «marionetas movidas desde un misterioso subsuelo por las leyes inmanentes de la necesidad histórica»; tal conclusión se derivaría, según él, de esta idea, que por ello mismo es calificada de «estéril» y «difusa». No todos los lectores comprenderán, tal vez, de dónde ha sacado el señor Mijáilovski toda esta patraña de las marionetas, etc. El caso es que uno de los temas predilectos del filósofo subjetivo es la idea del conflicto entre el determinismo y la moral, entre la necesidad histórica y la importancia del individuo. Ha escrito montañas de papel y ha proferido un abismo de absurdos sentimentales pequeñoburgueses para resolver este conflicto en favor de la moral y del papel del individuo. En realidad, no existe conflicto alguno: ha sido inventado por el señor Mijáilovski, que temía (y no sin fundamento) que el determinismo privara de suelo a la moral pequeñoburguesa que tanto ama. La idea del determinismo, al establecer la necesidad de los actos humanos y rechazar la absurda fábula del libre albedrío, en modo alguno aniquila ni la razón, ni la conciencia del hombre, ni la valoración de sus acciones. Muy al contrario, solo desde un punto de vista determinista es posible una valoración rigurosa y correcta, y no echar la culpa de cualquier cosa al libre albedrío. Del mismo modo, la idea de la necesidad histórica no socava en absoluto el papel del individuo en la historia: toda la historia se compone precisamente de las acciones de individuos, que son indudablemente actores. La verdadera cuestión que surge al valorar la actividad social del individuo consiste en: ¿bajo qué condiciones está asegurado el éxito de esa actividad? ¿En qué consisten las garantías de que esa actividad no quedará como un acto aislado, que se ahogue en un mar de actos opuestos? En esto consiste también la cuestión que resuelven de distinta manera los socialdemócratas y los demás socialistas rusos: ¿de qué modo la actividad orientada a la realización del régimen socialista debe incorporar a las masas para dar frutos serios? Es evidente que la solución de esta cuestión depende directa e inmediatamente de la concepción sobre la agrupación de las fuerzas sociales en Rusia, sobre la lucha de clases que compone la realidad rusa; y, una vez más, el señor Mijáilovski no hizo más que dar vueltas y rodeos en torno a la cuestión, sin siquiera intentar plantearla con precisión y tratar de dar una u otra solución. La solución socialdemócrata de la cuestión se basa, como es sabido, en el punto de vista de que el orden económico ruso representa una sociedad burguesa, de la cual solo puede haber una salida, que se desprende necesariamente de la esencia misma del régimen burgués: precisamente la lucha de clases del proletariado contra la burguesía. Es evidente que una crítica seria debería dirigirse o bien contra el punto de vista de que nuestro orden es burgués, o bien contra la concepción de la esencia de ese orden y de las leyes de su desarrollo; pero el señor Mijáilovski ni siquiera piensa en abordar cuestiones serias. Prefiere salir del paso con fraseología vacua acerca de que la necesidad es un paréntesis demasiado general, etc. ¡Pues sí, cualquier idea será un paréntesis demasiado general, señor Mijáilovski, si usted, a la manera de la vobla seca, primero le extrae todo el contenido y luego se pone a jugar con la cáscara que queda! Esta esfera de la cáscara que recubre las cuestiones realmente serias y candentes de la actualidad es la esfera predilecta del señor Mijáilovski, y él, por ejemplo, subraya con particular orgullo que «el materialismo económico ignora o ilumina incorrectamente la cuestión de los héroes y la multitud». ¡Vaya, figúrese! ¡La cuestión de qué clases y sobre qué base se conforma la realidad rusa contemporánea es, para el señor Mijáilovski, probablemente demasiado general, y la elude! En cambio, la cuestión de qué relaciones existen entre el héroe y la multitud, indistintamente si esta multitud es de obreros, campesinos, fabricantes o terratenientes, esa cuestión le interesa sobremanera. Tal vez sean cuestiones «interesantes», pero reprochar a los materialistas que dirijan todos sus esfuerzos a resolver cuestiones que tienen relación directa con la liberación de la clase trabajadora, significa ser un aficionado a la ciencia filistea, y nada más. Como conclusión de su «crítica» (?) del materialismo, el señor Mijáilovski nos ofrece un nuevo intento de presentar los hechos de manera falsa y una nueva adulteración. Tras expresar su duda sobre la justeza de la opinión de Engels de que "El Capital" fue silenciado por los economistas de oficio{38} (¡aduciendo como fundamento la curiosa consideración de que en Alemania hay numerosas universidades!), el señor Mijáilovski dice: «Marx no tenía en absoluto en mente precisamente a ese círculo de lectores [los obreros] y esperaba algo también de las personas de ciencia». Es completamente falso: Marx comprendía perfectamente cuán poco se podía contar con la imparcialidad y la crítica científica por parte de los representantes burgueses de la ciencia, y en el epílogo a la segunda edición de "El Capital" se expresó de manera perfectamente clara al respecto. Dice allí: «La comprensión que "El Capital" encontró rápidamente en amplios círculos de la clase obrera alemana es la mejor recompensa por mi trabajo. El señor Meyer, un hombre que se sitúa en las cuestiones económicas desde el punto de vista burgués, expuso en un folleto aparecido durante la guerra franco-prusiana una idea completamente acertada, a saber: que la gran capacidad para el pensamiento teórico (der grosse theoretische Sinn), considerada como patrimonio hereditario de los alemanes, ha desaparecido por completo en las llamadas clases cultas, pero en cambio revive de nuevo en la clase obrera»{39}.

La adulteración se refiere de nuevo al materialismo y está construida enteramente según el primer modelo. «La teoría (del materialismo) nunca fue científicamente fundamentada ni verificada». Tal es la tesis. Prueba: «Algunas páginas buenas de contenido histórico en Engels, Kautsky y algunos otros, igualmente (como en la respetable obra de Blos) podrían prescindir de la etiqueta del materialismo económico, puesto que (¡fíjese: "puesto que"!) de hecho (¡sic!) en ellas se toma en consideración todo el conjunto de la vida social, aunque con predominio de la cuerda económica en este acorde». Conclusión…: «en la ciencia, el materialismo económico no se ha justificado».

¡Treta conocida! Para demostrar la falta de fundamento de la teoría, el señor Mijáilovski primero la tergiversa, atribuyéndole la absurda intención de no tomar en consideración todo el conjunto de la vida social, cuando en realidad, por el contrario, los materialistas (marxistas) fueron los primeros socialistas que plantearon la cuestión de la necesidad de analizar no solo la economía, sino todas las facetas de la vida social[57]; luego constata que «de hecho» los materialistas explicaban «bien» todo el conjunto de la vida social mediante la economía (hecho que, evidentemente, refuta al autor); y, finalmente, extrae la conclusión de que el materialismo «no se ha justificado». ¡En cambio, sus adulteraciones, señor Mijáilovski, se han justificado estupendamente!

He aquí todo lo que aduce el señor Mijáilovski en «refutación» del materialismo. Repito, no hay aquí crítica alguna, sino una vacua y pretenciosa cháchara. Si se pregunta a cualquiera: ¿qué objeciones ha presentado el señor Mijáilovski contra el punto de vista de que las relaciones de producción están en la base de las demás? ¿Cómo ha refutado él la justeza del concepto de formación social y del proceso histórico-natural de desarrollo de estas formaciones, elaborado por Marx mediante el método materialista? ¿Cómo ha demostrado la incorrección de las explicaciones materialistas de diversas cuestiones históricas, aducidas siquiera por los autores que él ha mencionado? Cualquiera deberá responder: de ningún modo ha objetado, de ningún modo ha refutado, no ha señalado incorrección alguna. Solo ha dado vueltas y rodeos, procurando embrollar la esencia de la cuestión con frases, inventando al paso diferentes artilugios insustanciales.

Es difícil esperar algo serio de semejante crítico cuando sigue, en el n.º 2 de R. B-va, refutando el marxismo. La única diferencia es que su inventiva para las tergiversaciones ya se ha agotado y empieza a servirse de las ajenas.

Para empezar, divaga sobre la «complejidad» de la vida social: he aquí que, según él, hasta el galvanismo se vincula con el materialismo económico, puesto que los experimentos de Galvani «causaron impresión» también en Hegel. ¡Asombrosa agudeza! ¡Con el mismo éxito se podría vincular también al señor Mijailovski con el emperador de China! ¿Qué se deduce de esto, sino que hay personas a las que les produce placer decir sandeces?

«La esencia del curso histórico de las cosas –continúa el señor Mijailovski–, inaprensible en general, tampoco ha sido aprehendida por la doctrina del materialismo económico, aunque esta parece apoyarse en dos pilares: en el descubrimiento de la significación omnideterminante de las formas de producción e intercambio, y en la indiscutibilidad del proceso dialéctico».

¡Así pues, los materialistas se apoyan en la «indiscutibilidad» del proceso dialéctico! Es decir, fundamentan sus teorías sociológicas en las tríadas de Hegel{40}. Tenemos ante nosotros la acusación estereotipada contra el marxismo de usar la dialéctica hegeliana, acusación que los críticos burgueses de Marx ya parecían haber desgastado lo suficiente. Incapaces de objetar nada sustancial contra la doctrina, estos señores se aferraban al modo de expresión de Marx, atacaban el origen de la teoría, creyendo socavar así su esencia. Y el señor Mijailovski no tiene reparo en recurrir a semejantes procedimientos. El pretexto para ello fue un capítulo de la obra de Engels contra Dühring{41}. Objetando a Dühring, que atacaba la dialéctica de Marx, Engels dice que Marx jamás pensó en «demostrar» nada mediante las tríadas hegelianas, que Marx solo estudió e investigó el proceso real, y que reconocía como único criterio de la teoría su fidelidad a la realidad. Y si, dicho sea de paso, a veces resultaba que el desarrollo de algún fenómeno social coincidía con el esquema hegeliano: posición – negación – negación de la negación, no hay en ello nada sorprendente, porque en la naturaleza esto no es, en general, una rareza. Y Engels empieza a aducir ejemplos del ámbito natural-histórico (el desarrollo de la semilla) y social – como que primero existió el comunismo primitivo, luego la propiedad privada y después la socialización capitalista del trabajo; o primero el materialismo primitivo, luego el idealismo y, finalmente, el materialismo científico, etc. Para cualquiera es evidente que el centro de gravedad de la argumentación de Engels reside en que la tarea de los materialistas es reflejar correcta y exactamente el proceso histórico real, y que la insistencia en la dialéctica, la selección de ejemplos que demuestran la veracidad de la tríada, no son más que residuos de aquel hegelianismo del que surgió el socialismo científico, residuos de su modo de expresión. En efecto, una vez declarado categóricamente que «demostrar» algo con tríadas es un disparate, que nadie lo ha pretendido, ¿qué significación pueden tener los ejemplos de procesos «dialécticos»? ¿No está claro que no son más que una indicación del origen de la doctrina y nada más? El propio señor Mijailovski lo siente al decir que el origen de una teoría no debe imputársele como culpa. Pero para ver en los razonamientos de Engels algo más que el origen de la teoría, sería necesario, obviamente, demostrar que al menos una cuestión histórica ha sido resuelta por los materialistas no sobre la base de los hechos correspondientes, sino mediante tríadas. ¿Acaso ha intentado demostrar esto el señor Mijailovski? En absoluto. Al contrario, él mismo se ha visto forzado a reconocer que «Marx llenó de tal modo el vacío esquema dialéctico con contenido fáctico que se lo puede quitar de ese contenido como la tapa de una taza, sin que nada cambie» (sobre la excepción que hace aquí el señor Mijailovski –respecto al futuro– hablaremos más abajo). Si es así, ¿para qué se afana entonces el señor Mijailovski con tanto celo con esa tapa que nada cambia? ¿Para qué machaca que los materialistas «se apoyan» en la indiscutibilidad del proceso dialéctico? ¿Para qué declara, guerreando con esta tapa, que guerrea contra uno de los «pilares» del socialismo científico, siendo esto una absoluta falsedad?

De suyo se entiende que no voy a seguir cómo el señor Mijailovski analiza los ejemplos de las tríadas, porque, repito, esto no guarda relación alguna ni con el materialismo científico ni con el marxismo ruso. Pero es interesante la pregunta: ¿qué fundamentos tenía, a fin de cuentas, el señor Mijailovski para tergiversar así la relación de los marxistas con la dialéctica? Los fundamentos eran dos: en primer lugar, el señor Mijailovski oyó campanas, pero no supo de dónde venían; en segundo lugar, el señor Mijailovski cometió (o, más exactamente, se apropió de Dühring) una tergiversación más.

He aquí la descripción del método dialéctico que Marx pescó del abismo de notas periodísticas y de prensa sobre El Capital y tradujo al alemán porque esta caracterización del método, como él mismo dice, es completamente exacta. Cabe preguntarse: ¿se menciona acaso aquí una sola palabra sobre tríadas, tricotomías, la indiscutibilidad del proceso dialéctico y demás sandeces contra las cuales guerrea tan caballerosamente el señor Mijailovski? Y Marx, inmediatamente después de esta descripción, dice directamente que su método es «directamente opuesto» al método de Hegel. Según Hegel, el desarrollo de la idea, según las leyes dialécticas de la tríada, determina el desarrollo de la realidad. Solo en este caso, por supuesto, se puede hablar del significado de las tríadas, de la indiscutibilidad del proceso dialéctico. A mi modo de ver, al contrario –dice Marx–: «lo ideal no es más que el reflejo de lo material». Y todo el asunto se reduce así a la «comprensión positiva de lo presente y de su necesario desarrollo»: para las tríadas no queda otro lugar que el papel de tapa y cáscara («coqueteé con el lenguaje hegeliano» –dice Marx en este mismo epílogo), por la que solo los filisteos son capaces de interesarse. Ahora bien, preguntamos: ¿cómo debemos juzgar a un hombre que ha querido criticar uno de los «pilares» del materialismo científico, es decir, la dialéctica, y se ha puesto a hablar de todo lo que usted quiera, incluso de ranas y de Napoleón, pero justamente no de en qué consiste esta dialéctica, no de si realmente el desarrollo de la sociedad es un proceso histórico-natural; de si es correcta la concepción materialista de las formaciones económico-sociales como organismos sociales particulares; de si son acertados los métodos de análisis objetivo de estas formaciones; de si realmente las ideas sociales no determinan el desarrollo social, sino que son determinadas por él; etc.? ¿Se puede admitir en este caso solo una incomprensión?

Ad 2)[60]... Después de semejante «crítica» de la dialéctica, el señor Mijailovski le atribuye a Marx estos procedimientos de demostración «por medio» de la tríada hegeliana y, por supuesto, guerrea victoriosamente contra ellos. «Respecto al futuro –dice–, las leyes inmanentes de la sociedad están planteadas exclusivamente de manera dialéctica». (En esto consiste la excepción antes mencionada.) El razonamiento de Marx sobre la inevitabilidad de la expropiación de los expropiadores en virtud de las leyes del desarrollo del capitalismo tiene un carácter «exclusivamente dialéctico». El «ideal» de Marx sobre la comunalidad de la tierra y el capital – «en el sentido de inevitabilidad e indudabilidad se sostiene exclusivamente sobre el extremo de la cadena hegeliana de tres eslabones».

Este argumento está enteramente tomado de Dühring, quien lo expuso en su «Kritische Geschichte der Nationalökonomie und des Sozialismus» (3-te Aufl., 1879. S. 486–487)[61]. Al hacerlo, el señor Mijailovski no menciona ni una palabra sobre Dühring. Aunque, quizás, ¿llegó por sí mismo a esta tergiversación de Marx?

Engels dio una excelente respuesta a Dühring, y como él cita y critica a Dühring, nos limitaremos a esta respuesta de Engels{44}. El lector verá que se aplica enteramente también al señor Mijailovski.

«Ese esbozo histórico (la génesis de la llamada acumulación originaria del capital en Inglaterra) –dice Dühring– es, en comparación, uno de los pasajes todavía mejores del libro de Marx, y sería aún mejor si no se apoyara, además de en los científicos, en los muletones dialécticos. La negación de la negación hegeliana desempeña aquí –a falta de argumentos mejores y más claros– el papel de comadrona, gracias a cuyos servicios el futuro se libera de las entrañas del pasado. La supresión de la propiedad individual, producida del modo indicado desde el siglo XVI, constituye la primera negación. A esta le seguirá otra, que se caracteriza como negación de la negación y, al mismo tiempo, como restablecimiento de la “propiedad individual”, pero en una forma superior, basada en la posesión común de la tierra y de los instrumentos de trabajo. Si esta nueva “propiedad individual” es denominada al mismo tiempo por el señor Marx “propiedad comunal”, en esto precisamente se manifiesta la unidad superior hegeliana, en la que la contradicción es superada (aufgehoben – término específicamente hegeliano), es decir, según el juego de palabras hegeliano, tanto superada como conservada.

…La expropiación de los expropiadores se presenta, por consiguiente, como un producto automático de la realidad histórica en sus condiciones materiales externas… Difícilmente se convencerá una sola persona razonable de la necesidad de la posesión comunal de la tierra y del capital basándose en la fe en trucos hegelianos como el de la negación de la negación. La nebulosa deformidad de las representaciones de Marx no puede, por lo demás, sorprender a quien conozca lo que se puede hacer con un material científico como la dialéctica hegeliana, o –mejor dicho– qué absurdos deben resultar necesariamente de él. A los no familiarizados con estas artimañas les diré francamente que la primera negación desempeña en Hegel el papel de un concepto tomado del catecismo sobre la caída en el pecado, y la segunda, el de una unidad superior que conduce a la redención. Sobre semejantes trucos de analogía, tomados del dominio de la religión, no se puede, naturalmente, fundamentar la lógica de los hechos… El señor Marx se contenta con su confusa idea de una propiedad a la vez individual y comunal y deja a sus adeptos la tarea de resolver por sí mismos este profundo enigma dialéctico». Así habla el señor Dühring.

He aquí, pues –concluye Engels–, que Marx sería incapaz de demostrar la necesidad de la revolución social, la necesidad de introducir la propiedad comunal de la tierra y de los medios de producción creados por el trabajo, sin recurrir a la negación de la negación hegeliana; fundando su teoría socialista en tales trucos de analogía tomados de la religión, llegaría a la conclusión de que en la sociedad futura existirá una propiedad que es al mismo tiempo individual y comunal, como unidad superior hegeliana de la contradicción superada[62].

Dejemos de momento a un lado la negación de la negación y examinemos esta «propiedad, al mismo tiempo individual y comunal». El señor Dühring la califica de «nebulosa» y, –por asombroso que parezca–, en este punto realmente tiene razón. Por desgracia, sin embargo, quien se halla en esa «nebulosa» no es en absoluto Marx, sino, una vez más, el propio señor Dühring... Enmendando a Marx según Hegel, le endosa una supuesta unidad superior de la propiedad, de la que Marx no dijo ni una palabra.

En Marx se lee: «Es la negación de la negación. Esta restablece la propiedad individual, pero sobre la base de las conquistas de la era capitalista: la cooperación de los trabajadores libres y su posesión comunal de la tierra y de los medios de producción creados por ellos mismos. La transformación de la propiedad privada dispersa, basada en el trabajo propio de los individuos, en propiedad capitalista es, naturalmente, un proceso mucho más largo, penoso y difícil que la transformación de la propiedad privada capitalista, que ya descansa de hecho sobre un proceso social de producción, en propiedad social». Eso es todo. Así, el orden creado por la expropiación de los expropiadores se caracteriza como el restablecimiento de la propiedad individual sobre la base de la posesión comunal de la tierra y de los medios de producción creados por los propios trabajadores. Para cualquiera que entienda el alemán (y también el ruso, señor Mijailovski, porque la traducción es perfectamente exacta), esto significa que la propiedad comunal se extiende a la tierra y a los demás medios de producción, y la propiedad individual a los restantes productos, es decir, a los objetos de consumo. Y para que la cosa resulte comprensible incluso a niños de 6 años, Marx, en la pág. 56 (ed. rusa, pág. 30){45}, supone «una unión de hombres libres que trabajan con medios de producción comunes y que gastan planificadamente sus fuerzas de trabajo individuales como una sola fuerza de trabajo social», es decir, una comunidad socialísticamente organizada, y dice: «El producto total del trabajo es un producto social. Una parte de este producto sirve de nuevo como medios de producción. Sigue siendo social. Pero la otra parte es consumida como medios de subsistencia por los miembros de la unión. Por consiguiente, debe ser distribuida entre ellos». Esto debería resultar suficientemente claro incluso para el señor Dühring.

La propiedad a la vez individual y comunal, esa nebulosa deformidad, ese absurdo que resultaría de la dialéctica hegeliana, esa confusión, ese profundo enigma dialéctico que Marx deja a sus adeptos la tarea de resolver, es, una vez más, una libre invención y una patraña del señor Dühring…

Ahora —prosigue Engels—, ¿qué papel desempeña en Marx la negación de la negación? En las páginas 791 y siguientes (ed. rusa, págs. 648 y sigs.){46}, Marx contrapone los resultados finales de la investigación económica e histórica expuesta en las 50 páginas anteriores (35 en la ed. rusa) acerca de la llamada acumulación originaria de capital. Antes de la era capitalista existía, al menos en Inglaterra, la pequeña producción basada en la propiedad privada del trabajador sobre sus medios de producción. La llamada acumulación originaria consistió aquí en la expropiación de esos productores directos, es decir, en la destrucción de la propiedad privada basada en el trabajo propio. Esta destrucción fue posible porque dicha pequeña producción sólo es compatible con marcos estrechos y primitivos de la producción y la sociedad, y en una determinada fase de desarrollo ella misma crea las bases materiales para su propia destrucción. Esta destrucción, la transformación de los instrumentos de producción individuales y dispersos en instrumentos socialmente concentrados, constituye la prehistoria del capital. Tan pronto como los trabajadores se convirtieron en proletarios y sus medios de producción en capital, tan pronto como el modo de producción capitalista se sostuvo sobre sus propios pies, la socialización ulterior del trabajo y la ulterior transformación de la tierra y otros medios de producción (en capital), y, por consiguiente, la ulterior expropiación de los propietarios privados, adquiere una nueva forma. «Ahora, el que ha de ser expropiado no es ya el trabajador que dirige su propia economía, sino el capitalista que explota a muchos obreros. Esta expropiación se opera por el juego de las leyes inmanentes del propio modo de producción capitalista, por la concentración de capitales. Un capitalista mata a muchos. Paralelamente a esta concentración, o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla la forma cooperativa del proceso de trabajo en dimensiones cada vez mayores; se desarrolla la aplicación tecnológica consciente de la ciencia, la explotación social planificada de la tierra, la transformación de los instrumentos de trabajo en instrumentos que sólo pueden ser utilizados colectivamente, y la economización de todos los medios de producción al ser usados como medios de producción colectivos del trabajo social combinado. Junto con el número constantemente decreciente de magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de esta transformación, crece la masa de miseria, opresión, esclavitud, degradación, explotación, pero también la indignación de la clase obrera, constantemente engrosada, educada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso de producción capitalista. El capital se convierte en un freno para el modo de producción que floreció junto con él y bajo su égida. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que se vuelven incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Suena la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados».

Y ahora pregunto al lector: ¿dónde están los ingeniosos rizos y arabescos dialécticos, dónde la confusión de conceptos que reduce todas las diferencias a cero, dónde los milagros dialécticos para los creyentes y los juegos de prestidigitación según el modelo hegeliano de la doctrina del logos, sin los cuales Marx, según Dühring, no habría podido llevar a cabo su exposición? Marx demuestra históricamente, y aquí resume de manera sucinta, que, al igual que en otro tiempo la pequeña producción engendró con su propio desarrollo las condiciones de su destrucción, del mismo modo ahora la producción capitalista ha engendrado por sí misma las condiciones materiales de las que debe perecer. Tal es el proceso histórico, y si al mismo tiempo resulta ser dialéctico, la culpa no es de Marx, por muy fatal que esto pueda parecerle al señor Dühring.

Sólo ahora, tras haber concluido con su demostración histórico-económica, prosigue Marx: «El modo de producción y apropiación capitalista, y, por tanto, la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad individual basada en el trabajo propio. La negación de la producción capitalista es producida por ella misma, con la necesidad de un proceso histórico-natural. Esto es la negación de la negación», etc. (como se ha citado antes).

Así pues, al llamar a este proceso negación de la negación, Marx no piensa en absoluto en ver en ello la prueba de su necesidad histórica. Al contrario: después de haber demostrado históricamente que este proceso en parte se ha realizado ya realmente, y en parte aún debe realizarse, sólo después lo caracteriza como un proceso que además transcurre según una determinada ley dialéctica. Eso es todo. Así, es de nuevo una pura tergiversación del señor Dühring cuando afirma que la negación de la negación presta aquí el servicio de una comadrona que ayuda al futuro a liberarse de las entrañas del pasado, o que Marx exige que alguien se convenza de la necesidad de la propiedad común de la tierra y del capital basándose en la fe en la ley de la negación de la negación» (pág. 125).

El lector ve que toda esta hermosa réplica de Engels a Dühring se aplica íntegramente también al Sr. Mijailovski, quien afirma exactamente lo mismo, que el futuro en Marx se sostiene exclusivamente en el extremo de la cadena hegeliana y que la convicción en su inevitabilidad sólo puede basarse en la fe[63].

Toda la diferencia entre Dühring y el Sr. Mijailovski se reduce a los dos siguientes pequeños puntos: en primer lugar, Dühring —a pesar de que no puede hablar de Marx sin echar espuma por la boca— consideró, no obstante, necesario mencionar en el apartado siguiente de su «Historia» que Marx, en el epílogo{47}, rechaza categóricamente la acusación de hegelianismo. En cambio, el Sr. Mijailovski ha silenciado esta (arriba citada) exposición absolutamente precisa y clara de Marx acerca de lo que él entiende por método dialéctico.

En segundo lugar. La segunda originalidad del Sr. Mijailovski consiste en que ha centrado toda la atención en el uso de los tiempos verbales. ¿Por qué, al hablar del futuro, emplea Marx el tiempo presente?, pregunta con aire triunfal nuestro filósofo. Sobre esto puede usted consultar cualquier gramática, estimado crítico: le dirán que el presente se usa en lugar del futuro cuando ese futuro se presenta como inevitable e indudable. Pero ¿por qué, por qué es indudable?, se inquieta el Sr. Mijailovski, deseoso de mostrar una agitación tan intensa que pueda justificar incluso la tergiversación. También sobre este punto dio Marx una respuesta absolutamente precisa. Se la puede considerar insuficiente o errónea, pero entonces hay que mostrar en qué consiste exactamente y por qué exactamente es errónea, y no soltar disparates sobre el hegelianismo.

Hubo un tiempo en que el Sr. Mijailovski no sólo conocía en qué consistía esta respuesta, sino que además instruía a otros al respecto. El Sr. Zhukovski —escribía en 1877— podía considerar, con fundamento, conjetural la construcción de Marx respecto al futuro, pero «no tenía el derecho moral» de eludir la cuestión de la socialización del trabajo, «a la que Marx atribuye una importancia enorme». ¡Pues claro! ¡Zhukovski en 1877 no tenía el derecho moral de eludir la cuestión, y el Sr. Mijailovski en 1894 sí lo tiene! Tal vez, ¡quod licet Jovi, non licet bovi[64]!

No puedo dejar de recordar aquí una curiosidad sobre la comprensión de esta socialización, expresada en su día por «Otechéstvennie Zapiski»{48}. En el número 7 de 1883 se publicó allí una «Carta a la redacción» de cierto Sr. Postoronni, quien, exactamente igual que el Sr. Mijailovski, consideraba conjetural la «construcción» de Marx respecto al futuro. «En esencia —razona este señor—, la forma social del trabajo, bajo el dominio del capitalismo, se reduce a que varios centenares o millares de obreros tornean, golpean, giran, ponen, quitan, arrastran y realizan multitud de otras operaciones en un mismo local. Y el carácter general de este régimen se expresa magníficamente con el refrán: “cada uno para sí, y Dios para todos”. ¿Qué tiene que ver aquí la forma social del trabajo?».

Esto sí que demuestra de inmediato que la persona ha comprendido de qué se trata. ¡La «forma social del trabajo» se «reduce» a «trabajar en un mismo local»! Y después de semejantes ideas descabelladas en una de las mejores revistas rusas, pretenden convencernos de que la parte teórica de El Capital es reconocida por todos en la ciencia. Incapaz de oponer a El Capital nada medianamente serio, la «ciencia reconocida por todos» ha empezado a hacerle reverencias, mientras sigue evidenciando la ignorancia más elemental y repitiendo las viejas vulgaridades de la economía escolar. Conviene detenerse algo en esta cuestión, para mostrar al señor Mijailovski en qué consiste la esencia del asunto, que él, según su inveterada costumbre, eludió por completo.

La socialización del trabajo por medio de la producción capitalista no consiste en modo alguno en que la gente trabaje en un mismo local (esto es, tan sólo, una pequeña parte del proceso), sino en que la concentración de capitales va acompañada de la especialización del trabajo social, de la reducción del número de capitalistas en cada rama industrial y del aumento del número de ramas industriales particulares; en que muchos procesos de producción fragmentados se funden en un único proceso social de producción. Si, por ejemplo, en la época del tejido artesanal los pequeños productores hilaban su propio hilo y lo transformaban en tejidos, teníamos pocas ramas industriales (el hilado y el tejido se hallaban fusionados). En cambio, bajo la socialización capitalista de la producción, el número de ramas industriales particulares aumenta: la hilatura de algodón se realiza por separado, el tejido por separado; esta misma separación y concentración de la producción hacen surgir nuevas ramas: la producción de máquinas, la extracción de hulla, etc. En cada rama industrial, ahora más especializada, el número de capitalistas es cada vez menor. Esto significa que la vinculación social entre los productores se refuerza cada vez más, que los productores se cohesionan formando un todo único. Los pequeños productores dispersos realizaban cada uno varias operaciones a la vez y por eso eran relativamente independientes de los demás: si, pongamos por caso, el artesano mismo sembraba el lino, hilaba y tejía, era casi independiente de los otros. Precisamente en ese régimen de pequeños y fragmentados productores mercantiles (y solo en él) se justificaba el refrán «cada cual para sí y Dios para todos», es decir, la anarquía de las oscilaciones del mercado. Muy distinto es el caso cuando, gracias al capitalismo, se ha alcanzado la socialización del trabajo. El fabricante que produce tejidos depende del fabricante de hilados de algodón; este último depende del capitalista plantador que sembró el algodón, del dueño de la fábrica de maquinaria, de la mina de hulla, etc., etc. El resultado es que ningún capitalista puede prescindir de los demás. Está claro que el refrán «cada cual para sí» resulta ya completamente inaplicable a este régimen: aquí cada cual trabaja para todos y todos para cada cual (y para Dios no queda lugar, ni como fantasía celestial ni como «becerro de oro» terreno). El carácter del régimen cambia por completo. Si en la época del régimen de pequeñas empresas fragmentadas se detenía el trabajo en alguna de ellas, esto repercutía solo sobre un pequeño número de miembros de la sociedad, no provocaba una confusión general y por eso no atraía la atención de todos ni impulsaba a una intervención social en el asunto. Pero si esa paralización ocurre en una gran empresa, dedicada a una rama industrial fuertemente especializada y que por ello trabaja casi para toda la sociedad y depende a su vez de toda la sociedad (simplificando, tomo el caso en que la socialización ha llegado a su punto culminante), entonces ha de detenerse la actividad en todas las demás empresas de la sociedad, porque solo de esa empresa pueden recibir los productos necesarios, y solo pueden realizar todas sus mercancías si las de esa empresa están disponibles. Todas las producciones se funden así en un único proceso productivo social y, sin embargo, cada producción es dirigida por un capitalista particular, dependiendo de su arbitrio, y entrega los productos sociales a su propiedad privada. ¿Acaso no está claro que la forma de producción entra en una contradicción irreconciliable con la forma de apropiación? ¿Acaso no es evidente que esta última no puede por menos de adaptarse a la primera, que no puede por menos de volverse también social, es decir, socialista? Pero el agudo filisteo de Otechestvennie Zapiski lo reduce todo a trabajar en un mismo local. ¡La verdad es que ha apuntado al cielo con el dedo! (He descrito tan solo el proceso material, un cambio en las relaciones de producción, sin tocar el aspecto social del proceso, la unificación, cohesión y organización de los obreros, por tratarse de un fenómeno derivado y secundario).

Si a los «demócratas» rusos hay que explicarles cosas tan elementales, la causa reside en que están hundidos hasta las orejas en las ideas pequeñoburguesas, hasta el punto de que les es absolutamente imposible representarse otros órdenes que los pequeñoburgueses.

Volvamos, no obstante, al señor Mijailovski. ¿Qué ha objetado contra los hechos y consideraciones en los que Marx basó la conclusión sobre la inevitabilidad del régimen socialista por obra de las propias leyes del desarrollo capitalista? ¿Acaso ha demostrado que, en la realidad —bajo la organización mercantil de la economía social—, no se producen el crecimiento de la especialización del proceso social del trabajo, la concentración de los capitales y de las empresas ni la socialización de todo el proceso laboral? No, no ha aportado ni una sola indicación para refutar esos hechos. ¿Ha puesto en duda la tesis de que en la sociedad capitalista es inherente una anarquía irreconciliable con la socialización del trabajo? Nada ha dicho al respecto. ¿Ha probado que la unificación del proceso de trabajo de todos los capitalistas en un único proceso social de trabajo puede coexistir con la propiedad privada, que es posible y pensable otra salida de la contradicción distinta de la señalada por Marx? No, no ha dicho ni una palabra sobre ello.

¿Sobre qué se sostiene, pues, su crítica? Sobre falsificaciones, tergiversaciones y un torrente de frases que no son otra cosa que cascabeles.

¿Cómo calificar, en efecto, procedimientos tales en que el crítico —tras soltar previamente un montón de disparates acerca de pasos trina y secuencialmente consecutivos de la historia— formula a Marx, con aire grave, una pregunta como: «¿y después, qué?», es decir, cómo discurrirá la historia más allá de aquella fase final del proceso que él ha descrito? ¡Tengan la bondad de fijarse! Marx, desde el comienzo mismo de su actividad literaria y revolucionaria, declaró con toda precisión cuál era su exigencia hacia la teoría sociológica: esta debe representar exactamente el proceso real… y nada más (confróntese, por ejemplo, el Manifiesto Comunista sobre el criterio de la teoría de los comunistas{49}). En El Capital respetó con el máximo rigor ese requisito: habiéndose planteado como tarea el análisis científico de la formación social capitalista, puso un punto final tras demostrar que el desarrollo, que realmente está teniendo lugar ante nuestros ojos, de esta organización posee tal tendencia, que dicha organización debe perecer ineluctablemente y transformarse en otra, superior. Y el señor Mijailovski, tras eludir toda la esencia de la doctrina de Marx, lanza su estúpida pregunta: «¿y después, qué?». Y añade con profunda reflexión: «Debo confesar con franqueza que no me imagino con total claridad la respuesta de Engels». En cambio, nosotros sí debemos confesar con franqueza, señor Mijailovski, que nos imaginamos con total claridad el espíritu y los procedimientos de semejante «crítica».

O he aquí otro razonamiento: «En la Edad Media, la propiedad individual de Marx, basada en el trabajo propio, no era ni el único ni el predominante, ni siquiera en la esfera de las relaciones económicas. Junto a ella existían muchas otras cosas a las cuales, sin embargo, el método dialéctico, según la interpretación de Marx (¡y no según la tergiversación del señor Mijáilovski!), no propone retornar… Es evidente que todos estos esquemas no constituyen un cuadro de la realidad histórica, ni siquiera de sus proporciones, sino que tan sólo satisfacen la inclinación de la mente humana a pensar todo objeto en los estados de pasado, presente y futuro». ¡Hasta los procedimientos de sus tergiversaciones, señor Mijáilovski, son monótonos hasta la náusea! Primero le ha atribuido al esquema de Marx, que pretende formular el proceso real de desarrollo del capitalismo[65] —y nada más—, el propósito de demostrar cualquier cosa mediante tríadas; luego constata que el esquema de Marx no se corresponde con ese plan que usted le ha impuesto (la tercera etapa restablece sólo un aspecto de la primera, omitiendo todos los demás), ¡y con el mayor descaro deduce que «el esquema, evidentemente, no representa un cuadro de la realidad histórica»!

¿Acaso es concebible una polémica seria con una persona incapaz (empleando la expresión de Engels sobre Dühring) de citar con exactitud ni siquiera por excepción? ¿Se puede replicar algo cuando se asegura al público que el esquema «evidentemente» no corresponde a la realidad sin haber hecho siquiera el intento de mostrar en qué consiste su inexactitud?

En lugar de criticar el contenido real de las concepciones marxistas, el señor Mijáilovski ejercita su agudeza a propósito de las categorías de pasado, presente y futuro. Engels, por ejemplo, objetando contra las «verdades eternas» del señor Dühring, dice que «en la actualidad se nos predica» una triple moral: la cristiano-feudal, la burguesa y la proletaria, de suerte que el pasado, el presente y el futuro tienen sus teorías morales propias{50}. A propósito de esto, el señor Mijáilovski discurre: «yo pienso que en la base de todas las divisiones triples de la historia en períodos se encuentran precisamente las categorías de pasado, presente y futuro». ¡Qué profundidad de pensamiento! Pero ¿quién no sabe que si se examina cualquier fenómeno social en el proceso de su desarrollo, en él aparecerán siempre vestigios del pasado, fundamentos del presente y gérmenes del futuro? ¿Acaso Engels, por ejemplo, pretendió afirmar que la historia de la moral (él hablaba solamente del «presente») se limitase a los tres momentos indicados, que a la moral feudal, por ejemplo, no la hubiera precedido la moral esclavista, y a esta última, la moral de la comunidad comunista primitiva? ¡En lugar de criticar seriamente el intento de Engels de desentrañar las corrientes contemporáneas de las ideas morales mediante su explicación materialista, el señor Mijáilovski nos obsequia con una fraseología vacua!

A propósito de tales procedimientos de «crítica» del señor Mijáilovski, iniciada con la declaración de que no sabe en qué obra está expuesta la concepción materialista de la historia, no será quizás inútil recordar que hubo un tiempo en que el autor conocía una de esas obras y sabía valorarla de modo más correcto. En 1877, el señor Mijáilovski se expresaba así sobre «El Capital»: «Si se le quita a ‘El Capital’ la pesada, tosca e innecesaria tapa de la dialéctica hegeliana (¡Qué extrañeza! ¿Por qué en 1877 la ‘dialéctica hegeliana’ era ‘innecesaria’, y en 1894 ha resultado que el materialismo se apoya en la ‘incontrovertibilidad del proceso dialéctico’?), entonces, independientemente de otros méritos de esta obra, veremos en ella un material magníficamente elaborado para resolver la cuestión general de la relación de las formas con las condiciones materiales de su existencia y un magnífico planteamiento de esta cuestión para una esfera determinada». – «La relación de las formas con las condiciones materiales de su existencia» es, en efecto, precisamente ese problema de la correlación de los diferentes aspectos de la vida social, de la superestructura de las relaciones sociales ideológicas sobre las materiales, en cuya solución conocida consiste precisamente la doctrina del materialismo. Prosigamos.

«En realidad, todo ‘El Capital’ (cursiva mía) está dedicado a investigar cómo una forma social, una vez surgida, se desarrolla sin cesar, intensifica sus rasgos típicos, subordinando a sí, asimilando los descubrimientos, los inventos, los perfeccionamientos de los modos de producción, los nuevos mercados, la propia ciencia, obligándolos a trabajar para sí, y cómo, finalmente, los ulteriores cambios de las condiciones materiales ya no puede soportarlos dicha forma».

¡Suceso asombroso! En 1877, «todo ‘El Capital’» estaba dedicado a la investigación materialista de una determinada forma social (pues ¿en qué otra cosa consiste el materialismo sino en explicar las formas sociales por las condiciones materiales?), ¡y en 1894 ha resultado que ni siquiera se sabe dónde, en qué obra buscar la exposición de ese materialismo!

En 1877, en «El Capital» se hallaba la «investigación» de cómo «los ulteriores cambios de las condiciones materiales ya no puede soportarlos dicha forma» (o sea, ¿la capitalista? ¿no es cierto?) (obsérvese esto); ¡y en 1894 ha resultado que no hay investigación alguna, y que la convicción de que la forma capitalista no puede soportar el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas se sostiene «exclusivamente sobre el remate de la tríada hegeliana»! ¡En 1877, el señor Mijáilovski escribía que «el análisis de las relaciones de una forma social dada con las condiciones materiales de su existencia quedará para siempre (cursiva mía) como un monumento de la fuerza lógica y la enorme erudición del autor»; y en 1894 declara que la doctrina del materialismo no ha sido comprobada ni fundamentada científicamente jamás y en ningún lugar!

¡Suceso asombroso! Pero ¿qué significa esto en realidad? ¿Qué ha sucedido?

Han sucedido dos circunstancias: en primer lugar, el socialismo ruso, campesino, de los años 70, que «bufaba» contra la libertad a causa de su carácter burgués, que luchaba contra los «liberales de frente despejada» que se empeñaban en disimular el carácter antagónico de la vida rusa, y que soñaba con una revolución campesina, se ha descompuesto por completo y ha engendrado ese trivial liberalismo pequeñoburgués que percibe «impresiones tonificantes» en las corrientes progresivas de la economía campesina, olvidando que vienen acompañadas (y condicionadas) de la expropiación masiva del campesinado. – En segundo lugar, en 1877 el señor Mijáilovski se entusiasmaba tanto con su tarea de defender al «sanguíneo» (es decir, al socialista revolucionario) Marx contra los críticos liberales, que no advirtió la incompatibilidad del método de Marx con su propio método. Pero he aquí que le explicaron esta contradicción irreconciliable entre el materialismo dialéctico y la sociología subjetiva; se la explicaron los artículos y los libros de Engels, se la explicaron los socialdemócratas rusos (en Plejánov se encuentran más de una vez observaciones muy certeras dirigidas al señor Mijáilovski), y el señor Mijáilovski, en vez de ponerse seriamente a revisar la cuestión, sencillamente se ha puesto testarudo. En lugar de acoger con simpatía a Marx (como lo hiciera en 1872 y 1877){51}, ahora le ladra desde detrás de la esquina con elogios de dudosa calidad, y arma ruido echa espumarajos contra los marxistas rusos que no quieren contentarse con «la protección de los económicamente más débiles», con almacenes de mercancías y mejoras en la aldea, con museos y arteles para artesanos y otros benévolos progresos pequeñoburgueses por el estilo, sino que quieren seguir siendo «sanguíneos», partidarios de la revolución social, e instruir, guiar y organizar a los elementos sociales realmente revolucionarios.

Después de esta pequeña digresión al terreno del pasado remoto, parece que podemos ya dar por terminado el análisis de la «crítica» que el señor Mijáilovski hace de la teoría de Marx. Intentemos, pues, hacer balance y resumir los «argumentos» del crítico.

La doctrina que él se propuso demoler se apoya, en primer lugar, en la concepción materialista de la historia y, en segundo lugar, en el método dialéctico.

En cuanto al primero, el crítico declaró ante todo que no sabe en qué obra se expone el materialismo. Al no encontrar esta exposición en parte alguna, él mismo se puso a inventar lo que es el materialismo. Para dar una idea de las pretensiones excesivas de este materialismo, inventó que los materialistas pretenden haber explicado todo el pasado, presente y futuro de la humanidad, y cuando después, al contrastar con la declaración auténtica de los marxistas, resultó que consideraban explicada sólo una formación social, entonces el crítico decidió que los materialistas restringen el campo de acción del materialismo, con lo cual, según él, se derrotan a sí mismos. Para dar una idea de los procedimientos de elaboración de este materialismo, inventó que los propios materialistas reconocían la debilidad de sus conocimientos para una tarea como la elaboración del socialismo científico, a pesar de que Marx y Engels reconocieron la debilidad de sus conocimientos (en 1845-1846) en relación con la historia económica en general, y a pesar de que esta obra, que demostraba la debilidad de sus conocimientos, nunca la publicaron. Después de tales preludios, se nos obsequió también con la crítica: "El Capital" fue aniquilado porque trata sólo de un período, mientras que al crítico le hacen falta todos los períodos, y además porque "El Capital" no afirma el materialismo económico, sino que simplemente lo aborda; argumentos tan evidentemente sólidos y serios que hubo que reconocer que el materialismo nunca fue fundamentado científicamente. Luego, contra el materialismo se adujo el hecho de que un hombre, completamente ajeno a esta doctrina, que estudiaba los tiempos prehistóricos en un país totalmente distinto, llegó a conclusiones materialistas. Para mostrar a continuación que la producción de hijos está vinculada al materialismo de un modo totalmente incorrecto, que esto es un puro artificio verbal, el crítico se puso a demostrar que las relaciones económicas representan una superestructura sobre las relaciones sexuales y familiares. Las indicaciones dadas con este motivo por el serio crítico para enseñanza de los materialistas nos enriquecieron con la profunda verdad de que la herencia es imposible sin la producción de hijos, que a los productos de esta producción de hijos se «adhiere» una psique compleja y que los hijos son educados en el espíritu de los padres. De paso, supimos también que los vínculos nacionales son la continuación y generalización de los vínculos gentilicios. Prosiguiendo sus investigaciones teóricas sobre el materialismo, el crítico observó que el contenido de muchos argumentos de los marxistas consiste en que la opresión y la explotación de las masas son «necesarias» bajo el régimen burgués y que este régimen «necesariamente» debe transformarse en socialista, y entonces no tardó en declarar que la necesidad es un paréntesis demasiado general (a falta de decir qué es precisamente lo que los hombres consideran necesario) y que, por lo tanto, los marxistas son místicos y metafísicos. El crítico declaró también que la polémica de Marx con los idealistas es «unilateral», sin decir ni una palabra sobre cómo se relacionan las concepciones de estos idealistas con el método subjetivo y cómo se relaciona con ellas el materialismo dialéctico de Marx.

En cuanto al segundo pilar del marxismo, el método dialéctico, bastó un solo empujón del audaz crítico para derribar este pilar. Y el empujón fue muy certero: el crítico se afanó y trabajó con increíbles esfuerzos para refutar la idea de que por medio de las tríadas se puede demostrar algo, omitiendo decir que el método dialéctico no consiste en absoluto en las tríadas, que consiste precisamente en la negación de los procedimientos del idealismo y del subjetivismo en sociología. Otro empujón estuvo especialmente dirigido contra Marx: con ayuda del valiente señor Dühring, el crítico atribuyó a Marx el increíble disparate de que pretendía demostrar la necesidad de la ruina del capitalismo mediante tríadas, y combatió victoriosamente contra este disparate.

¡He aquí la epopeya de las brillantes «victorias» de «nuestro conocido sociólogo»! ¿No es cierto que resulta «edificante» (Burenin) la contemplación de estas victorias?

No podemos dejar de tocar aquí una circunstancia más, que no tiene relación directa con la crítica de la doctrina de Marx, pero que es sumamente característica para esclarecer los ideales del crítico y su comprensión de la realidad. Se trata de su actitud hacia el movimiento obrero en Occidente.

Más arriba se ha citado la declaración del Sr. Mijailovski de que el materialismo no se ha justificado en la "ciencia" (¿quizás en la ciencia de los "amigos del pueblo" alemanes?), pero este materialismo —razona el Sr. Mijailovski— "se difunde ciertamente con mucha rapidez entre la clase obrera". ¿Cómo explica el Sr. Mijailovski este hecho? "En lo que respecta al éxito del que goza el materialismo económico, por así decirlo, en extensión —dice—, a su difusión en una forma no verificada críticamente, el centro de gravedad de este éxito no reside en la ciencia, sino en la práctica cotidiana, establecida por las perspectivas orientadas hacia el futuro". ¿Qué otro sentido puede tener esta torpe frase sobre la práctica "establecida" por perspectivas orientadas hacia el futuro, sino el de que el materialismo se difunde no porque explique correctamente la realidad, sino porque se aparta de esta realidad en dirección a una perspectiva? Y más adelante se dice: "Estas perspectivas no exigen de la clase obrera alemana que las asimila, ni de quienes toman parte activa en su destino, ni conocimientos, ni trabajo de pensamiento crítico. Exigen solo fe". En otras palabras, ¡la difusión en extensión del materialismo y del socialismo científico depende de que esta doctrina promete a los obreros un futuro mejor! Pero basta el conocimiento más elemental de la historia del socialismo y del movimiento obrero en Occidente para ver todo el absurdo y la falsedad de esta explicación. Todo el mundo sabe que el socialismo científico nunca trazó perspectivas propias del futuro: se limitó a dar un análisis del régimen burgués contemporáneo, a estudiar las tendencias de desarrollo de la organización social capitalista, y nada más. "No decimos al mundo —escribía Marx ya en 1843, y cumplió este programa con exactitud—: 'deja de luchar; toda tu lucha son tonterías'; nosotros le damos la verdadera consigna de lucha. Solo mostramos al mundo por qué lucha realmente, y la conciencia es algo que el mundo debe adquirir por sí mismo, lo quiera o no"{52}. Todo el mundo sabe que, por ejemplo, "El Capital" —esa obra principal y fundamental que expone el socialismo científico— se limita a las alusiones más generales sobre el futuro, rastreando solo aquellos elementos, ya existentes hoy, de los que surge el régimen futuro. Todo el mundo sabe que, en cuanto a perspectivas del futuro, daban inmensamente más los socialistas anteriores, que describían con todo detalle la sociedad futura, deseando entusiasmar a la humanidad con el cuadro de un orden tal en el que los hombres se las arreglan sin lucha, en el que sus relaciones sociales no se basan en la explotación, sino en los verdaderos principios del progreso, correspondientes a las condiciones de la naturaleza humana. Sin embargo, a pesar de toda una falange de personas talentosísimas que exponían estas ideas, y de socialistas convencidísimos, sus teorías permanecieron al margen de la vida, sus programas al margen de los movimientos políticos populares, hasta que la gran industria maquinizada no arrastró al torbellino de la vida política a las masas del proletariado obrero y hasta que no se encontró la verdadera consigna de su lucha. Esta consigna la encontró Marx —"no un utopista, sino un erudito estricto, incluso a veces árido", como lo calificaba el Sr. Mijailovski en tiempos muy lejanos, en 1872—, y la encontró en absoluto mediante perspectivas de ningún tipo, sino mediante el análisis científico del régimen burgués contemporáneo, mediante el esclarecimiento de la necesidad de la explotación bajo la existencia de este régimen, mediante la investigación de las leyes de su desarrollo. El Sr. Mijailovski puede, por supuesto, asegurar a los lectores de "Rússkoie Bogatstvo" que la asimilación de este análisis no requiere ni conocimientos ni trabajo de pensamiento, pero ya hemos visto en él mismo (y veremos aún más en su colaborador el economista{53}) una incomprensión tan burda de verdades elementales establecidas por este análisis, que semejante declaración solo puede provocar, naturalmente, una sonrisa. Queda como hecho indiscutible la difusión y el desarrollo del movimiento obrero precisamente allí y en la medida en que se desarrolla la gran industria capitalista maquinizada; el éxito de la doctrina socialista precisamente en aquel caso en que abandona los razonamientos sobre las condiciones sociales correspondientes a la naturaleza humana y emprende el análisis materialista de las relaciones sociales contemporáneas, el esclarecimiento de la necesidad del régimen actual de explotación.

Habiendo intentado eludir las causas reales del éxito del materialismo en el medio obrero mediante una caracterización de la relación de esta doctrina con las "perspectivas" directamente opuesta a la verdad, el Sr. Mijailovski comienza ahora a burlarse de la manera más vulgar y pequeñoburguesa de las ideas y la táctica del movimiento obrero de Europa Occidental. Como hemos visto, no supo aducir literalmente ni un solo argumento contra las demostraciones de Marx sobre la inevitabilidad de la transformación del régimen capitalista en socialista como consecuencia de la socialización del trabajo, y sin embargo ironiza con el mayor desparpajo sobre que "el ejército de proletarios" prepara la expropiación de los capitalistas, "tras lo cual cesará ya toda lucha de clases y sobrevendrá en la tierra paz y buena voluntad entre los hombres". Él, el Sr. Mijailovski, conoce caminos mucho más simples y seguros para la realización del socialismo que este: solo hace falta que los "amigos del pueblo" indiquen de manera más detallada las "vías claras e inmutables" de la "deseada evolución económica", y entonces a estos "amigos del pueblo" seguramente "se les llamará" para resolver "problemas económicos prácticos" (véase el artículo del Sr. Yuzhakov: "Cuestiones del desarrollo económico de Rusia", núm. 11 de "R. B."), y mientras tanto… mientras tanto los obreros deben esperar, confiar en los "amigos del pueblo" y no emprender con "infundada autosuficiencia" una lucha independiente contra los explotadores. Deseando fulminar definitivamente esta "infundada autosuficiencia", nuestro autor se indigna con patetismo contra "esta ciencia que cabe casi en un diccionario de bolsillo". ¡Qué horror, realmente: la ciencia, y folletos socialdemócratas que cuestan unos céntimos y caben en el bolsillo! ¿No está claro hasta qué punto es infundadamente autosuficiente la gente que solo valora la ciencia en la medida en que enseña a los explotados la lucha independiente por su liberación, enseña a apartarse de todos esos "amigos del pueblo" que disimulan el antagonismo de clases y quieren cargar sobre sí toda la tarea, y que por eso exponen esta ciencia en publicaciones baratas, que tanto chocan a los filisteos? ¡Qué distinto sería si los obreros confiaran su suerte a los "amigos del pueblo"! Ellos les mostrarían una verdadera ciencia, universitaria y filistea, en muchos tomos, les familiarizarían detalladamente con la organización social correspondiente a la naturaleza humana, con tal de que… ¡los obreros aceptaran esperar y no emprendieran ellos mismos la lucha con tan infundada autosuficiencia!

Antes de pasar a la segunda parte de la "crítica" del Sr. Mijailovski, dirigida ya no contra la teoría de Marx en general, sino contra los socialdemócratas rusos en particular, nos vemos obligados a hacer una pequeña digresión. El caso es que el Sr. Mijailovski, del mismo modo que, al criticar a Marx, no solo no intentó exponer con precisión su teoría, sino que la tergiversó directamente, falsea de manera completamente impía las ideas de los socialdemócratas rusos. Es necesario restablecer la verdad. Lo más cómodo es hacerlo mediante la comparación de las ideas de los anteriores socialistas rusos con las ideas de los socialdemócratas. La exposición de las primeras la tomo del artículo del Sr. Mijailovski en "Rússkaya Mysl" de 1892, núm. 6, en el que hablaba también del marxismo (y hablaba —dicho sea en su descrédito— en un tono decente, sin tocar cuestiones que en la prensa censurada solo pueden tratarse al estilo Burenin, sin mezclar a los marxistas con todo tipo de basura) y, en contraposición a él —o al menos, si no en contraposición, en paralelo—, exponía sus propios puntos de vista. No deseo en absoluto, por supuesto, ofender al Sr. Mijailovski, es decir, incluirlo entre los socialistas, ni a los socialistas rusos equiparándolos con el Sr. Mijailovski: pienso solo que el curso de la argumentación en unos y en otro es en esencia el mismo, y la diferencia radica en el grado de firmeza, franqueza y consecuencia de las convicciones.

Al exponer las ideas de Otechestvennye Zapiski, el señor Mijailovski escribía: «En la composición de los ideales ético-políticos incluíamos la pertenencia de la tierra al agricultor y de los instrumentos de trabajo al productor». El punto de partida, como se ve, es de lo más bienintencionado, pleno de los más bondadosos deseos… «Las formas medievales de trabajo[66] aún existentes entre nosotros están fuertemente resquebrajadas, pero no veíamos razón alguna para acabar del todo con ellas, en aras de doctrina alguna, fueran liberales o no liberales».

¡Extraño razonamiento! Pues cualesquiera que sean las «formas de trabajo» solo pueden resquebrajarse a consecuencia de su sustitución por otras formas; y, sin embargo, no hallamos en nuestro autor (como no hallaríamos en ninguno de sus correligionarios) siquiera un intento de analizar estas nuevas formas y de explicarlas, así como de esclarecer las causas del desplazamiento de las viejas formas por estas nuevas. Aún más extraña es la segunda parte de la diatriba: «no veíamos razón alguna para acabar con estas formas en aras de doctrinas». Pues ¿de qué medios disponemos «nosotros» (es decir, los socialistas —véase la salvedad hecha más arriba) para «acabar» con las formas de trabajo, esto es, para reestructurar las relaciones de producción dadas entre los miembros de la sociedad? ¿Acaso no es absurda la idea de rehacer estas relaciones según una doctrina? Escuchemos más: «Nuestra tarea no consiste en cultivar forzosamente una civilización “original” desde nuestras propias entrañas nacionales, pero tampoco en trasplantar sobre nosotros la civilización occidental íntegramente, con todas las contradicciones que la desgarran: hay que tomar lo bueno de todas partes, de donde se pueda, y que sea propio o ajeno, ya no es cuestión de principio, sino de conveniencia práctica. Al parecer, esto es tan sencillo, claro y comprensible que no hay de qué hablar». ¡En efecto, qué sencillo es! «Tomar» lo bueno de todas partes, ¡y asunto concluido! De las formas medievales «tomar» la pertenencia de los medios de producción al trabajador, y de las formas nuevas (es decir, capitalistas) «tomar» la libertad, la igualdad, la instrucción, la cultura. ¡Y no hay de qué hablar! El método subjetivo en sociología aparece aquí como en la palma de la mano: la sociología comienza con una utopía —la pertenencia de la tierra al trabajador— y señala las condiciones para realizar lo deseable: «tomar» lo bueno de aquí y de allá. Este filósofo contempla las relaciones sociales de un modo puramente metafísico, como un simple agregado mecánico de tales o cuales instituciones, un simple ensamblaje mecánico de tales o cuales fenómenos. Él arranca uno de estos fenómenos —la pertenencia de la tierra al agricultor en las formas medievales— y cree que se lo puede trasplantar exactamente igual a cualesquiera otras formas, como se traslada un ladrillo de un edificio a otro. Pero esto significa precisamente no estudiar las relaciones sociales, sino mutilar el material objeto de estudio: pues la realidad no conoce esa pertenencia de la tierra al agricultor que exista separada e independientemente, tal como usted la ha tomado: esto no es sino uno de los eslabones de las relaciones de producción de entonces, las cuales consistían en que la tierra estaba dividida entre grandes terratenientes, los pómieschiki, que los pómieschiki asignaban esta tierra a los campesinos para explotarlos, de modo que la tierra era como un salario en especie: proporcionaba al campesino los productos necesarios para que pudiera producir un plusproducto para el pómieschik; era un fondo para que los campesinos soportaran las prestaciones en beneficio del pómieschik. ¿Por qué el autor no examinó este sistema de relaciones de producción, limitándose a arrancar un solo fenómeno presentándolo así bajo una luz completamente falsa? Porque el autor no sabe manejar las cuestiones sociales: él (repito que utilizo los razonamientos del señor Mijailovski solo como ejemplo para la crítica de todo el socialismo ruso) no se plantea en absoluto el objetivo de explicar las «formas de trabajo» de entonces, de presentarlas como un determinado sistema de relaciones de producción, como una determinada formación social. Le es ajeno, hablando en el lenguaje de Marx, el método dialéctico, que exige contemplar la sociedad como un organismo vivo en su funcionamiento y desarrollo.

Sin plantearse en absoluto la cuestión de las causas del desplazamiento de las viejas formas de trabajo por las nuevas, repite en el razonamiento sobre estas nuevas formas exactamente el mismo error. Para él basta con constatar que estas formas «resquebrajan» la pertenencia de la tierra al agricultor, es decir, en términos generales, se expresan en la separación del productor de los medios de producción, y condenar esto por no corresponder al ideal. Y de nuevo su razonamiento es completamente absurdo: arranca un solo fenómeno (la pérdida de la tierra) sin intentar siquiera presentarlo como miembro de otro sistema de relaciones de producción, basado en la economía mercantil, que engendra necesariamente la competencia entre los productores de mercancías, la desigualdad, la ruina de unos y el enriquecimiento de otros. Él ha señalado un solo fenómeno: la ruina de la masa, apartando a un lado el otro —el enriquecimiento de la minoría—, y con ello se ha colocado en la imposibilidad de comprender ni lo uno ni lo otro.

¡Y a semejantes procedimientos los llama todavía: «buscar respuestas a las cuestiones de la vida en su forma revestida de carne y hueso» (R. B., núm. 1 de 1894), mientras que él, justamente al contrario, sin saber ni querer explicar la realidad, sin mirarla directamente a la cara, ha huido vergonzosamente de estas cuestiones de la vida, con su lucha del propietario contra el desposeído, al reino de las inocentes utopías; a esto lo llama: «buscar respuestas a las cuestiones de la vida en la formulación ideal de su candente y compleja realidad concreta» (R. B., núm. 1), mientras que en realidad no ha hecho intento alguno de analizar y explicar esta realidad concreta.

En lugar de ello nos ha dado una utopía, compuesta mediante el más absurdo arrancamiento de elementos aislados de distintas formaciones sociales: de la medieval tomó tal cosa, de la «nueva» tal otra, etc. Es comprensible que una teoría basada en esto no pudiera sino quedar al margen de la evolución social real, por la sencilla razón de que a nuestros utopistas les tocaba vivir y actuar no en las relaciones sociales compuestas por elementos tomados de aquí y de allá, sino en aquellas que determinan las relaciones del campesino con el kulak (campesino hacendado), del artesano con el acaparador, del obrero con el fabricante, relaciones que no fueron comprendidas por ellos en absoluto. Sus intentos y esfuerzos por rehacer estas relaciones incomprendidas conforme a su ideal no podían sino fracasar.

He aquí, en los rasgos más generales, un esbozo de la situación de la cuestión del socialismo en Rusia cuando «nacieron los marxistas rusos».

Ellos comenzaron precisamente con la crítica de los procedimientos subjetivos de los antiguos socialistas; no conformándose con constatar la explotación y condenarla, desearon explicarla. Viendo que toda la historia de Rusia a partir de la reforma consiste en la ruina de la mayoría y el enriquecimiento de la minoría, observando la gigantesca expropiación de los pequeños productores junto al progreso técnico generalizado, notando que estas corrientes polares surgen y se refuerzan allí y en la medida en que se desarrolla y consolida la economía mercantil, no pudieron menos de concluir que están ante una organización burguesa (capitalista) de la economía social, que genera necesariamente la expropiación y la opresión de las masas. Su programa práctico ya estaba determinado directamente por esta convicción: se reducía a sumarse a esta lucha del proletariado contra la burguesía, la lucha de las clases desposeídas contra las poseedoras, que constituye el contenido principal de la realidad económica de Rusia, desde la remota aldea perdida hasta la más novedosa fábrica perfeccionada. ¿Cómo sumarse? – La propia realidad les sugirió de nuevo la respuesta. El capitalismo llevó las ramas principales de la industria hasta la etapa de la gran industria maquinizada; al socializar así la producción, creó las condiciones materiales para un nuevo orden y, al mismo tiempo, creó una nueva fuerza social: la clase de los obreros fabriles, el proletariado urbano. Sometida a la misma explotación burguesa que, por su esencia económica, constituye la explotación de toda la población trabajadora de Rusia, esta clase se halla, sin embargo, en condiciones particularmente ventajosas respecto a su emancipación: ya no está atada en nada a la vieja sociedad, enteramente construida sobre la explotación; sus propias condiciones de trabajo y las circunstancias de su vida la organizan, la obligan a pensar, le dan la posibilidad de salir a la arena de la lucha política. Es natural que los socialdemócratas dirigieran toda su atención y todas sus esperanzas hacia esta clase, que redujeran su programa al desarrollo de su autoconciencia de clase, orientaran toda su actividad a ayudarla a alzarse hacia una lucha política directa contra el régimen actual y a arrastrar a esta lucha a todo el proletariado ruso.

Veamos ahora cómo combate el señor Mijáilovski contra los socialdemócratas. ¿Qué objeta a sus concepciones teóricas, a su actividad política socialista?

Las concepciones teóricas de los marxistas son expuestas por el crítico de la siguiente manera: "La verdad – según dicen, supuestamente, los marxistas – consiste en que, por las leyes inmanentes de la necesidad histórica, Rusia desarrollará su producción capitalista, con todas sus contradicciones internas, con la devoración de los pequeños capitales por los grandes, y mientras tanto, el mujik desprendido de la tierra se convertirá en proletario, se unificará, se socializará, y el asunto estará en el bolsillo, que sólo quedará ponérselo en la cabeza a la humanidad feliz".

He aquí, por lo visto, que los marxistas no se diferencian en nada de los "amigos del pueblo" en la comprensión de la realidad, sino sólo en la representación del futuro: ellos, al parecer, no se ocupan en absoluto del presente, sino sólo de las "perspectivas". De que éste es precisamente el pensamiento del señor Mijáilovski no cabe la menor duda: los marxistas, dice él, "están plenamente seguros de que en sus previsiones del futuro no hay nada de utópico, sino que todo está sopesado y medido según las prescripciones de una ciencia rigurosa"; y, por último, aún más claro: los marxistas "creen y confiesan la inmutabilidad de un esquema histórico abstracto".

En una palabra, tenemos ante nosotros la acusación más trivial y vulgar contra los marxistas, de la que desde hace mucho tiempo se valen todos aquellos que no pueden objetar nada sustancial contra sus concepciones. ¡"Los marxistas confiesan la inmutabilidad de un esquema histórico abstracto"!

¡Pero si esto es una completa mentira e invención!

Ningún marxista, en ninguna parte y jamás, ha argumentado de manera que en Rusia "deba haber" capitalismo "porque" lo hubo en Occidente, etc. Ningún marxista ha visto jamás en la teoría de Marx una especie de esquema filosófico-histórico de validez universal, algo más que la explicación de tal o cual formación económico-social. Sólo un filósofo subjetivo, el señor Mijáilovski, logró mostrar tal incomprensión de Marx que vio en él una teoría filosófica universal, en respuesta a lo cual recibió una explicación completamente clara de Marx de que se había equivocado de dirección. Jamás ningún marxista ha basado sus concepciones socialdemócratas en otra cosa que no sea su correspondencia con la realidad y la historia de las relaciones económico-sociales dadas, es decir, rusas, ni podía basarlas en otra cosa, porque esta exigencia a la teoría fue declarada de manera completamente clara y precisa y puesta en la base de toda la doctrina por el propio fundador del "marxismo", Marx.

Por supuesto, el señor Mijáilovski puede refutar estas declaraciones cuanto quiera con el argumento de que él escuchó "con sus propios oídos" precisamente la confesión de un esquema histórico abstracto. Pero ¿qué nos importa a nosotros, los socialdemócratas, o a quien sea, el hecho de que al señor Mijáilovski le haya tocado escuchar de sus interlocutores todo tipo de absurdos disparatados? ¿No prueba esto únicamente que él elige muy felizmente a sus interlocutores, y nada más? Es muy posible, por supuesto, que estos ingeniosos interlocutores del ingenioso filósofo se llamaran a sí mismos marxistas, socialdemócratas, etc., pero ¿quién no sabe que en la actualidad (como se ha observado desde hace tiempo) a cualquier granuja le gusta disfrazarse con ropajes "rojos"?[67] Y si el señor Mijáilovski es tan perspicaz que no puede distinguir a tales "disfrazados" de los marxistas, o si ha comprendido a Marx tan profundamente que no ha notado este criterio de toda su doctrina, tan enérgicamente destacado por él (la formulación de "lo que está ocurriendo ante nuestros ojos"), esto demuestra, una vez más, solamente que el señor Mijáilovski no es inteligente, y nada más.

En cualquier caso, si él se lanzó a una polémica en la prensa contra los socialdemócratas, debía haber tenido en cuenta a aquel grupo de socialistas que desde hace ya mucho tiempo lleva ese nombre y lo lleva en exclusiva, de modo que otros no pueden ser confundidos con él, y que tiene sus representantes literarios: Plejánov y su círculo{54}. Y si él hubiera hecho esto – y así, evidentemente, debería haber procedido cualquier persona medianamente decente – y se hubiera dirigido al menos a la primera obra socialdemócrata, al libro de Plejánov "Nuestras discrepancias", habría visto allí en las primeras páginas la declaración categórica del autor en nombre de todos los miembros del círculo:

"Nosotros no queremos en ningún caso encubrir nuestro programa con la autoridad de un gran nombre" (es decir, con la autoridad de Marx). ¿Entiende usted el idioma ruso, señor Mijáilovski? ¿Entiende usted la diferencia entre la confesión de esquemas abstractos y la negación de toda autoridad de Marx al juzgar los asuntos rusos?

¿Entiende usted que, al hacer pasar el primer juicio que tuvo la fortuna de escuchar de sus interlocutores por marxista, y al ignorar la declaración impresa de uno de los miembros destacados de la socialdemocracia en nombre de todo el grupo, actuó usted deshonestamente?

Y más adelante la declaración es aún más precisa:

"Repito – dice Plejánov –, entre los marxistas más consecuentes es posible una discrepancia sobre la cuestión de la evaluación de la realidad rusa actual"; nuestra doctrina es "el primer intento de aplicación de una teoría científica dada al análisis de relaciones sociales extremadamente complejas y enmarañadas".

Parece difícil hablar más claro: los marxistas toman prestados incondicionalmente de la teoría de Marx sólo los valiosos procedimientos, sin los cuales es imposible el esclarecimiento de las relaciones sociales, y, por consiguiente, ven el criterio de su evaluación de estas relaciones en absoluto en esquemas abstractos y tonterías semejantes, sino en la fidelidad y la correspondencia de ésta con la realidad.

¿O acaso piensa usted que, al hacer tales declaraciones, el autor razonaba en realidad de otro modo? Pero eso no es verdad. La cuestión de la que se ocupaba era: "¿Debe Rusia pasar por la fase capitalista de desarrollo?" Así pues, la cuestión estaba formulada de un modo totalmente no marxista, sino según los métodos subjetivos de diversos filósofos autóctonos, que ven los criterios de ese "deber ser" ya sea en la política de las autoridades, ya sea en la actividad de la "sociedad", ya sea en el ideal de una sociedad "acorde con la naturaleza humana" y otras sandeces semejantes. Cabe preguntar ahora: ¿cómo debía responder a semejante pregunta un hombre que profesa esquemas abstractos? Es evidente que se pondría a hablar de la indiscutibilidad del proceso dialéctico, del significado filosófico general de la teoría de Marx, de la inexorabilidad de que cada país pase por la fase… etc., etc.

¿Y cómo respondió Plejánov?

Respondió como sólo un marxista podía y debía hacerlo:

Dejó completamente de lado la cuestión del "deber ser", por considerarla ociosa y que sólo puede interesar a los subjetivistas, y habló todo el tiempo únicamente de las relaciones económico-sociales reales, de su evolución real. Por eso no dio una respuesta directa a esa pregunta tan mal planteada, sino que respondió en cambio así: "Rusia ha emprendido el camino capitalista".

Y el señor Mijáilovski, con aires de entendido, ¡se pone a disertar sobre la profesión de un esquema histórico abstracto, sobre las leyes inmanentes de la necesidad y otras sandeces increíbles! ¡Y llama a esto "polémica contra los socialdemócratas"!!

¡Me niego rotundamente a comprender: si esto es un polemista, entonces, después de esto, ¿a quién se le ha de llamar charlatán?!

No se puede dejar de señalar, a propósito del razonamiento arriba citado del señor Mijáilovski, que expone los puntos de vista de los socialdemócratas como si "Rusia desarrollase su propia producción capitalista". Evidentemente, a juicio de este filósofo, en Rusia no existe una producción capitalista "propia". El autor debe de adherirse a la opinión de que el capitalismo ruso se limita a un millón y medio de obreros; más abajo volveremos a encontrarnos con esta idea pueril de nuestros "amigos del pueblo", que vaya a saberse dónde clasifican el resto de la explotación del trabajo libre. "Rusia desarrollará su propia producción capitalista con todas sus contradicciones internas, y mientras tanto, el mujik desposeído de la tierra se convertirá en proletario". ¡Cuanto más se adentra uno en el bosque, más leña! Así pues, ¿en Rusia no hay "contradicciones internas"? es decir, hablando claramente, ¿no hay explotación de la masa del pueblo por un puñado de capitalistas? ¿no hay ruina de la inmensa mayoría de la población y enriquecimiento de un puñado de personas? ¿Al mujik sólo le queda aún por ser arrancado de la tierra? ¿Y en qué consiste toda la historia de Rusia posterior a la reforma, sino en la expropiación masiva del campesinado, con una intensidad nunca vista en ninguna parte? Hay que tener un gran coraje para declarar públicamente tales cosas. Y el señor Mijáilovski posee ese coraje: "Marx operaba con un proletariado ya formado y un capitalismo ya hecho, mientras que nosotros tenemos aún que crearlos". ¡Rusia tiene aún que crear el proletariado! ¡En Rusia, en la que precisamente se puede hallar una miseria de las masas sin salida, una explotación tan desvergonzada del trabajador —que ha sido comparada (y con razón) con Inglaterra por la situación de sus pobres—, y donde el hambre de millones de personas es un fenómeno constante, junto, por ejemplo, con una exportación de cereales en continuo aumento, en Rusia no hay proletariado!!

¡Yo creo que al señor Mijáilovski habría que erigirle un monumento en vida por estas palabras clásicas![68]

Por lo demás, más adelante veremos que ésta es una táctica constante y consecuentísima de los "amigos del pueblo": cerrar farisaicamente los ojos ante la situación imposible de los trabajadores en Rusia, representándola como meramente "quebrantada", de modo que bastarían los esfuerzos de la "sociedad culta" y del gobierno para encauzarlo todo por el buen camino. Estos caballeros piensan que si cierran los ojos ante el hecho de que la situación de la masa trabajadora es mala no porque esté "quebrantada", sino porque es objeto del saqueo más descarado por parte de un puñado de explotadores; que si, a la manera del avestruz, esconden la cabeza para no ver a esos explotadores, entonces esos explotadores desaparecerán. Y cuando los socialdemócratas les dicen que eso es una cobardía vergonzosa: temer mirar a la realidad de frente, cuando toman como punto de partida ese hecho de la explotación y dicen que la única explicación posible de ella radica en la organización burguesa de la sociedad rusa, que escinde a la masa del pueblo en proletariado y burguesía, y en el carácter de clase del Estado ruso, el cual no es más que un órgano de dominación de esa burguesía, y que, por lo tanto, la única salida consiste en la lucha de clases del proletariado contra la burguesía, entonces esos "amigos del pueblo" empiezan a clamar que ¡los socialdemócratas quieren despojar de la tierra al pueblo!! ¡quieren destruir nuestra organización económica popular!!

Llegamos ahora al pasaje más indignante de toda esta "polémica", que cuando menos es indecorosa: precisamente la "crítica" (?) que el señor Mijáilovski hace de la actividad política de los socialdemócratas. Todo el mundo comprende que la actividad de los socialistas y agitadores entre los obreros no puede ser objeto de una discusión honesta en nuestra prensa legal y que lo único que en este aspecto puede hacer una prensa decente sujeta a censura es "callar con tacto". El señor Mijáilovski se olvidó de esta regla tan elemental y no tuvo reparo en aprovechar su monopolio de dirigirse al público lector para cubrir de lodo a los socialistas.

¡Sin embargo, habrá medios de luchar contra este crítico desvergonzado incluso al margen del periodismo legal!

"Por lo que yo entiendo —ingenuiza el señor Mijáilovski—, los marxistas rusos pueden dividirse en tres categorías: marxistas espectadores (observadores impasibles del proceso), marxistas pasivos (que sólo 'alivian los dolores del parto'. No 'se interesan por el pueblo que está asentado en la tierra y vuelven su atención y sus esperanzas hacia aquellos que ya han sido desposeídos de los medios de producción') y marxistas activos (que insisten abiertamente en la ulterior ruina de la aldea)".

¿¡Pero qué es esto!? ¿Acaso el señor crítico puede ignorar que los marxistas rusos son socialistas que parten de la concepción de que la realidad es una sociedad capitalista y que su única salida es la lucha de clases del proletariado contra la burguesía? ¿De qué manera y con qué motivo los mete en el mismo saco con una vulgaridad tan insensata? ¿Con qué derecho (moral, desde luego) extiende el término "marxistas" a personas que, evidentemente, no aceptan las tesis más elementales y fundamentales del marxismo, personas que jamás y en ningún lugar han actuado como un grupo especial, que jamás y en ningún lugar han declarado tener un programa propio y especial?

El señor Mijáilovski se ha reservado toda una serie de escapatorias para justificar procedimientos tan indignantes.

"Tal vez —bromea con la ligereza de un pitiminí mundano— no sean verdaderos marxistas, pero ellos se consideran y se declaran tales". ¿Dónde lo han declarado y cuándo? ¿En los salones liberales y radicales de Petersburgo? ¿En cartas privadas? Sea. ¡Pues hable entonces con ellos en sus salones y en su correspondencia! ¡Pero usted interviene públicamente y por escrito contra personas que (bajo la bandera del marxismo) jamás y en ningún lugar han intervenido públicamente! Y encima se atreve a declarar que polemiza contra los socialdemócratas, ¡sabiendo que este nombre lo lleva sólo un grupo de socialistas revolucionarios y que con nadie más se le puede confundir![69]

El señor Mijailovski se escabulle y da vueltas como un colegial sorprendido en falta: yo no tengo absolutamente nada que ver aquí —se esfuerza por demostrarle al lector— yo "lo he oído con mis propios oídos y lo he visto con mis propios ojos". ¡Sí, magnífico! De buena gana creemos que ante sus ojos no hay nada más que vulgares y canallas, pero ¿qué tenemos que ver nosotros, los socialdemócratas, en esto? ¿Quién ignora que "en la actualidad, cuando" no solo la actividad socialista, sino cualquier actividad social mínimamente independiente y honesta suscita persecución política, por cada uno que trabaja realmente bajo una u otra bandera —la del populismo, el marxismo o, digamos, el constitucionalismo— hay varias decenas de charlatanes que encubren con ese nombre su cobardía liberal, y aún, quizás, varios canallas redomados que arreglan sus propios negocios sucios? ¿No es evidente que solo la más baja vulgaridad sería capaz de reprochar a cualquiera de estas corrientes el hecho de que su bandera sea manchada (y además de manera no pública ni abierta) por toda clase de escoria? Toda la exposición del señor Mijailovski es una cadena continua de tergiversaciones, distorsiones y falsificaciones. Más arriba hemos visto que las "verdades" de las que parten los socialdemócratas las ha tergiversado por completo, las ha expuesto de una manera que ningún marxista, en ningún lugar ni momento, las ha expuesto ni podría haberlas expuesto. Y si hubiera expuesto la comprensión real de la realidad rusa por parte de los socialdemócratas, no habría podido dejar de ver que "ajustarse" a estos puntos de vista solo puede hacerse de una única manera: contribuyendo al desarrollo de la autoconciencia de clase del proletariado, organizándolo y cohesionándolo para la lucha política contra el régimen actual. A él, por lo demás, aún le queda una triquiñuela. Con aires de inocencia ofendida, eleva farisaicamente los ojos al cielo y sentencia con melosidad: "Me alegra mucho oír esto, pero no entiendo contra qué protestan ustedes" (así lo dice en el n.º 2 de "R. B."). "Lean con más atención mi reseña sobre los marxistas pasivos, y verán que digo: desde el punto de vista ético, nada se puede objetar".

Y esto, por supuesto, no es más que un refrito de las anteriores y lamentables evasivas.

Díganme, por favor, ¿cómo llamarían el acto de una persona que declarara criticar el populismo social-revolucionario (y tomo un período en que otro aún no había surgido), y que se pusiera a exponer, más o menos, cosas como estas:

"Los narodniki, según entiendo, se dividen en tres categorías: narodniki consecuentes, que aceptan plenamente las ideas del mujik y, en exacta correspondencia con sus deseos, generalizan los azotes, el maltrato a las mujeres y, en general, llevan a cabo esa abominable política del gobierno del látigo y el garrote que, por cierto, se llamaba política popular; luego, digamos, los narodniki-cobardes, que no se interesan por las opiniones del mujik y solo intentan trasplantar a Rusia un movimiento revolucionario ajeno a ella, mediante asociaciones, etc., contra lo cual, por lo demás, desde el punto de vista ético nada se puede objetar, si no fuera por lo resbaladizo del camino, que fácilmente puede llevar al cobarde narodnik al consecuente o al audaz; y, finalmente, los narodniki-audaces, que realizan en toda su plenitud los ideales populares del mujik hacendoso y por eso se asientan en la tierra para dedicarse de lleno al kulakismo": toda persona decente llamaría a esto, por supuesto, una burla vil y vulgar. Y si, además, la persona que expusiera tales cosas no pudiera obtener una refutación de los narodniki en la misma prensa; si, además, las ideas de estos narodniki se hubieran expuesto hasta entonces solo ilegalmente y por eso muchos no tuvieran una noción precisa de ellas y pudieran creer fácilmente todo lo que se les dijera sobre los narodniki, entonces todos estarían de acuerdo en que tal persona...

Quizás, por lo demás, el señor Mijailovski tampoco ha olvidado del todo la palabra que aquí correspondería poner.

¡Pero basta ya! Aún quedan muchas insinuaciones semejantes en el señor Mijailovski, pero no conozco trabajo más fatigoso, más ingrato, más negro que revolcarse en este fango, recopilar las alusiones dispersas aquí y allá, cotejarlas, buscar al menos una sola objeción seria.

¡Basta!

Abril de 1894.

## De los editores{55}

En el texto del artículo, el lector encontrará notas al pie con indicaciones sobre el análisis ulterior de algunas cuestiones, cuando en realidad dicho análisis no existe.

La razón de ello reside en que el presente artículo constituye solo la primera parte de la respuesta a los artículos de "Rússkoie Bogatstvo" sobre el marxismo. La extrema falta de tiempo impidió la salida oportuna de este artículo, mientras que no consideramos posible demorarlo más: ya llevamos 2 meses de retraso. He aquí por qué nos decidimos a publicar por ahora el análisis de la "crítica" del señor N. Mijailovski, sin esperar a que termine la impresión de todo el artículo.

En las próximas ediciones 2.ª y 3.ª, el lector encontrará, además del presente análisis, también el análisis de las concepciones socioeconómicas de otros cabecillas de "Rússkoie Bogatstvo", los señores S. Yuzhakov y S. Krivenko, en relación con un esbozo de la realidad económica de Rusia y las "ideas y tácticas" de los socialdemócratas que de ella se derivan.

## A la presente edición{56}

La presente edición es una reproducción exacta de la primera. No habiendo participado en absoluto en la redacción del texto, no nos hemos considerado con derecho a someterlo a cambio alguno y nos hemos limitado únicamente a la labor editorial. El motivo que nos impulsó a emprender este trabajo fue la certeza de que la presente obra contribuirá a una cierta animación de nuestra propaganda socialdemócrata.

Considerando que la disposición a servir a la causa de esta propaganda debe ser una consecuencia ineludible de las convicciones socialdemócratas, nos dirigimos a todos los correligionarios del autor del presente folleto con la propuesta de contribuir por todos los medios (especialmente, por supuesto, mediante la reedición) a la difusión más amplia posible tanto de la presente obra como de todos los órganos de propaganda marxista en general. El momento actual es particularmente propicio para dicha contribución. La actividad de "Rússkoie Bogatstvo" adquiere, respecto a nosotros, un carácter cada vez más provocador. En su afán de paralizar la difusión en la sociedad de las ideas socialdemócratas, la revista ha llegado a acusarnos directamente de indiferencia hacia los intereses del proletariado y de insistir en la ruina de las masas. Nos atrevemos a pensar que con tales procedimientos la revista solo se perjudica a sí misma y prepara nuestra victoria. Sin embargo, no hay que olvidar que los calumniadores disponen de todos los medios materiales para la más amplia propaganda de sus calumnias. Tienen a su disposición varios miles de ejemplares de la revista, a su servicio salas de lectura y bibliotecas. Por tanto, para demostrar a nuestros enemigos que las ventajas de una posición privilegiada tampoco garantizan siempre el éxito de las insinuaciones, debemos aplicar todos nuestros esfuerzos. Expresamos la plena certeza de que estos esfuerzos se encontrarán.

Julio de 1894.

## Entrega III

Cubierta de la III entrega de la edición hectografiada del libro de V. I. Lenin "¿Quiénes son los «amigos del pueblo» y cómo luchan contra los socialdemócratas?" — 1894 (Reducida)

Para concluir, conozcamos aún a otro "amigo del pueblo", el señor Krivenko, que también sale a la guerra directa contra los socialdemócratas.

Por lo demás, no vamos a analizar sus artículos ("A propósito de los solitarios culturales" —en el n.º 12 de 1893, y "Cartas del camino" en el n.º 1 de 1894) como lo hemos hecho respecto a los señores Mijailovski y Yuzhakov. Allí, el análisis completo de sus artículos era necesario para representarnos claramente, en el primer caso, el contenido de sus objeciones contra el materialismo y el marxismo en general; en el segundo, sus teorías político-económicas. Ahora nos queda por conocer, para formarnos una idea completa de los "amigos del pueblo", su táctica, sus propuestas prácticas, su programa político. Este programa no está expuesto en ningún lugar por ellos de manera directa, con la misma coherencia y plenitud que sus concepciones teóricas. Por eso me veo obligado a extraer este programa de diferentes artículos de la revista, la cual se distingue por una solidaridad suficiente entre sus colaboradores como para no encontrar contradicciones. Me basaré preferentemente en los mencionados artículos del señor Krivenko frente a otros, tanto porque proporcionan más material, como porque su autor es un práctico, un político, tan típico de la revista como el señor Mijailovski lo es como sociólogo y el señor Yuzhakov como economista.

Sin embargo, antes de pasar a su programa, parece absolutamente necesario detenerse en un punto teórico más. Hemos visto más arriba cómo el Sr. Yuzhakov se las arreglaba con frases hueras sobre el arriendo popular que sostiene la economía popular, etc., encubriendo con ellas su incomprensión de la economía de nuestros agricultores. No tocó las industrias artesanales, limitándose a los datos sobre el crecimiento de la gran industria fabril. Ahora el Sr. Krivenko repite frases completamente semejantes sobre las industrias artesanales. Él contrapone directamente «nuestra industria popular», es decir, la artesanal, a la industria capitalista (núm. 12, págs. 180-181). «La producción popular (¡sic!), —dice—, en la mayoría de los casos surge naturalmente», mientras que la industria capitalista «se crea a cada paso artificialmente». En otro lugar contrapone «la pequeña industria popular» a «la grande, capitalista». Si preguntáis en qué consiste la peculiaridad de la primera, os enteraréis sólo de que es «pequeña»[70] y de que los instrumentos de trabajo están unidos al productor (tomo esta última definición del artículo antes mencionado del Sr. Mijáilovski). Pero esto está lejos aún de definir su organización económica, y además, es completamente inexacto. El Sr. Krivenko dice, por ejemplo, que «la pequeña industria popular aún hoy día da una suma mucho mayor de producción bruta y ocupa más brazos que la gran industria capitalista». El autor tiene en vista, evidentemente, los datos sobre el número de artesanos, que llega a 4 millones, y según otro cálculo a 7 millones. Pero ¿quién no sabe que la forma predominante de economía en nuestras industrias artesanales es el sistema doméstico de la gran producción? ¿Que la masa de artesanos no ocupa en la producción una posición independiente en absoluto, sino completamente dependiente, subordinada, que no trabaja con su propio material, sino con el material del comerciante, que paga al artesano sólo un jornal? Los datos sobre el predominio de esta forma se han citado incluso en la literatura legal. Me remito, por ejemplo, al excelente trabajo del conocido estadístico S. Jarizoménov en El Mensajero Jurídico{57} (1883, núms. 11 y 12). Resumiendo los datos disponibles en la literatura sobre nuestras industrias artesanales en las provincias centrales, donde están más desarrolladas, S. Jarizoménov llegó a la conclusión del predominio absoluto del sistema doméstico de la gran producción, es decir, de una forma indudablemente capitalista de industria. «Determinando el papel económico de la pequeña industria independiente —dice—, llegamos a las siguientes conclusiones: en la provincia de Moscú, el 86,5% del volumen anual de negocios de la industria artesanal lo proporciona el sistema doméstico de la gran producción, y sólo el 13,5% pertenece a la pequeña industria independiente. En los distritos de Aleksándrov y Pokrov de la provincia de Vladímir, el 96% del volumen anual de negocios de la industria artesanal recae en el sistema doméstico de la gran producción y la manufactura, y sólo el 4% lo da la pequeña industria independiente».

Estos datos, que se sepa, nadie ha intentado refutarlos, ni es posible refutarlos. ¿Cómo se puede, entonces, eludir y silenciar estos hechos, llamar a tal industria, en contraposición a la capitalista, «popular» y discurrir sobre la posibilidad de que de ella se desarrolle una verdadera?

La explicación de este directo ignorar los hechos sólo puede ser una: la tendencia general de los «amigos del pueblo», como la de todos los liberales rusos, a disimular el antagonismo de clases y la explotación del trabajador en Rusia, presentando todo esto como simples «defectos». Aunque, quizás, la causa resida también, además, en conocimientos tan profundos sobre el tema como los que muestra, por ejemplo, el Sr. Krivenko al llamar a la «producción de cuchillos de Pávlovo» «producción de carácter semiartesanal». ¡Es fenomenal hasta qué grado llega la tergiversación del asunto por parte de los «amigos del pueblo»! ¿Cómo se puede aquí discurrir sobre el carácter artesanal, cuando los cuchilleros de Pávlovo trabajan para el mercado, y no por encargo? ¿Acaso el Sr. Krivenko no clasifica como artesanía procedimientos tales como cuando el comerciante encarga al artesano artículos para enviarlos a la feria de Nizhni Nóvgorod? ¡Esto ya es demasiado gracioso, pero debe ser que es así!

En realidad, la producción de cuchillos es la que menos (en comparación con otras producciones de Pávlovo) ha conservado la pequeña forma artesanal con una (aparente) independencia de los productores: «La producción del cuchillo de mesa y artesanal[71] —dice N. F. Annenski—, ya se aproxima en grado significativo a la fabril o, más correctamente, a la manufacturera». De los artesanos ocupados en el cuchillo de mesa en la provincia de Nizhegoródskaya, 396 personas, sólo 62 (16%) trabajan para el mercado, 273 (69%) para el dueño[72] y 61 (15%) como jornaleros. Por consiguiente, sólo 1/6 parte de los artesanos no está esclavizada directamente al empresario. En cuanto a otra subdivisión de la producción de cuchillos —la producción de la navaja plegable (cortaplumas)—, ésta, según palabras del mismo autor, «ocupa un lugar intermedio entre el cuchillo de mesa y el candado: la mayor parte de los maestros aquí trabaja ya para el dueño, pero junto a ellos hay todavía bastantes artesanos independientes que tratan con el mercado».

En total, este tipo de cuchillo lo trabajan 2552 artesanos en la provincia de Nizhegoródskaya, de los cuales el 48% (1236) trabajan para el mercado, el 42% (1058) para el dueño y el 10% (258) como jornaleros. También aquí, por consiguiente, los artesanos independientes (?) están en minoría. Y por supuesto, los que trabajan para el mercado son independientes sólo en apariencia, pero en realidad están esclavizados no menos al capital de los acaparadores. Si tomamos los datos sobre las industrias de todo el distrito de Gorbátov de la provincia de Nizhegoródskaya, en el que las industrias ocupan a 21 983 trabajadores, es decir, el 84,5% de todos los trabajadores disponibles[73], obtendremos los siguientes datos (datos precisos sobre la economía de la industria se tienen sólo acerca de 10 808 trabajadores —en las industrias: metalúrgica, del curtido, guarnicionería, fieltrado, hilado de cáñamo): el 35,6% de los artesanos trabajan para el mercado; el 46,7% para el dueño y el 17,7% figuran como jornaleros. Así, vemos también aquí el predominio del sistema doméstico de la gran producción, el predominio de relaciones en las cuales el trabajo está esclavizado al capital.

Si los «amigos del pueblo» eluden tan libremente hechos de este género, esto ocurre también porque en su comprensión del capitalismo no han ido más allá de las vulgares representaciones cotidianas: capitalista = empresario rico e instruido, que lleva una gran economía maquinizada, y no quieren saber el contenido científico de este concepto. En el capítulo anterior vimos cómo el Sr. Yuzhakov empezaba el capitalismo directamente con la industria maquinizada, pasando por alto la cooperación simple y la manufactura. Éste es un error generalmente extendido, que conduce, entre otras cosas, a que se ignore la organización capitalista de nuestras industrias artesanales.

Por supuesto, el sistema doméstico de la gran producción es una forma capitalista de industria: tenemos aquí presentes todos sus rasgos —la economía mercantil en una fase ya alta de desarrollo, la concentración de los medios de producción en manos de individuos particulares, la expropiación de la masa de obreros, que no tienen sus propios medios de producción y por eso aplican su trabajo a medios ajenos, no trabajan para sí, sino para el capitalista. Evidentemente, por la organización de la industria esto es capitalismo puro; su peculiaridad en comparación con la gran industria maquinizada es el subdesarrollo técnico (explicado principalmente por lo monstruosamente bajo del salario) y la conservación por los obreros de una diminuta hacienda agrícola. Esta última circunstancia despista particularmente a los «amigos del pueblo», acostumbrados a pensar, como corresponde a genuinos metafísicos, en contradicciones directas y desnudas: «sí, sí —no, no, y lo que excede de esto, del Maligno proviene».

Obreros sin tierra —capitalismo; poseen tierra —no hay capitalismo; y se limitan a esta filosofía tranquilizadora, omitiendo de la vista toda la organización social de la economía, olvidando el hecho universalmente conocido de que la posesión de la tierra no elimina en absoluto la bestial miseria de estos terratenientes, sometidos al más descarado saqueo por parte de otros terratenientes semejantes: los «campesinos».

Ellos, parece, ni siquiera saben que el capitalismo nunca ha sido capaz —encontrándose en etapas relativamente bajas de desarrollo— de separar completamente al obrero de la tierra. Con respecto a Europa Occidental, Marx estableció la ley de que solo la gran industria maquinizada expropia definitivamente al obrero. Resulta, por tanto, comprensible que los razonamientos corrientes sobre la ausencia de capitalismo entre nosotros, que se argumentan diciendo que «el pueblo posee la tierra», carezcan de todo sentido, porque el capitalismo de la cooperación simple y de la manufactura nunca y en ningún lugar ha estado vinculado a la separación completa del trabajador de la tierra, sin dejar de ser por ello, naturalmente, capitalismo.

En cuanto a la gran industria maquinizada en Rusia —y esta forma la están adoptando rápidamente las ramas más grandes e importantes de nuestra industria—, también entre nosotros, pese a toda nuestra originalidad, posee la misma propiedad que en todo el resto del Occidente capitalista: no se aviene ya en absoluto con la conservación del vínculo del obrero con la tierra. Este hecho lo demostró, entre otros, Deméntiev con precisos datos estadísticos, a partir de los cuales (con total independencia de Marx) extrajo la conclusión de que la producción mecánica está indisolublemente ligada a la separación completa del trabajador de la tierra. Esta investigación probó una vez más que Rusia es un país capitalista, que en él el vínculo del trabajador con la tierra es tan débil e ilusorio, y el poder del poseedor (dueño del dinero, acaparador, campesino rico, manufacturero, etc.) es ya tan sólido, que basta un paso más de la técnica para que el «campesino» (?? que vive desde hace muchísimo tiempo de la venta de su fuerza de trabajo) se convierta en obrero puro[74]. La incomprensión por parte de los «amigos del pueblo» de la organización económica de nuestras industrias artesanales está lejos de limitarse, sin embargo, a esto. Incluso su idea de aquellas industrias donde no hay trabajo «para el amo» es tan superficial como su idea del agricultor (cosa que ya hemos visto más arriba). Ello, por lo demás, es completamente natural cuando se ponen a juzgar y opinar sobre cuestiones político-económicas unos señores que, al parecer, solo saben que en el mundo existen medios de producción que «pueden» estar unidos al trabajador —y esto es muy bueno—, y que «pueden» estar separados de él —y esto es muy malo—. Con eso no se llegará muy lejos.

Al discurrir sobre las industrias que se capitalizan y las que no se capitalizan (donde «la pequeña producción puede existir libremente»), el Sr. Krivenko señala, entre otras cosas, que en ciertas producciones «los gastos básicos de producción» son muy insignificantes y que por eso es posible la pequeña producción. Pone como ejemplo la producción de ladrillos, en la cual el costo de los gastos puede ser 15 veces menor que la rotación anual de las fábricas.

Puesto que esta es casi la única indicación fáctica del autor (repito que es el rasgo más característico de la sociología subjetiva el tener miedo de caracterizar y analizar la realidad de manera directa y precisa, prefiriendo remontarse a la esfera de los «ideales»... pequeñoburgueses), la tomaremos para mostrar cuán erróneas son las ideas de los «amigos del pueblo» sobre la realidad.

Disponemos de la descripción de la industria ladrillera (fabricación de ladrillos de arcilla blanca) en la estadística económica del zemstvo de Moscú («Recopilación», t. VII, fasc. I, parte 2, etc.). La industria se concentra principalmente en tres volosts del uyezd de Bogorodsk, donde se encuentran 233 establecimientos con 1.402 obreros (567 familiares[75] = 41 % y 835 asalariados = 59 %) y con una suma de producción anual de 357.000 rublos. La industria surgió hace tiempo, pero se ha desarrollado especialmente en los últimos 15 años, gracias a la construcción del ferrocarril, que facilitó considerablemente la venta. Antes de la construcción del ferrocarril, el papel principal lo desempeñaba la forma familiar de producción, que cede ahora ante la explotación del trabajo asalariado. Esta industria tampoco está exenta de la dependencia de los pequeños industriales respecto de los grandes en lo tocante a la venta: por la «falta de medios monetarios» los primeros venden el ladrillo a estos últimos en el propio lugar (a veces «en crudo», sin cocer) a precios terriblemente reducidos.

Sin embargo, tenemos la posibilidad de conocer la organización de la industria al margen de esta dependencia, gracias al censo por hogares de los artesanos adjunto al esbozo, donde se indica el número de obreros y la suma de la producción anual de cada establecimiento.

Para comprobar si es aplicable a esta industria la ley de que la economía mercantil es economía capitalista, es decir, que se transforma inevitablemente en ella en una determinada etapa de desarrollo, debemos comparar los establecimientos según su tamaño: la cuestión reside precisamente en la interrelación entre los establecimientos pequeños y grandes, por su papel en la producción, por la explotación del trabajo asalariado. Tomando como base el número de obreros, dividimos los establecimientos artesanales en tres grupos: I) establecimientos con 1-5 obreros (familiares y asalariados juntos); II) con 6-10 obreros y III) con más de 10 obreros.

Siguiendo el tamaño de los establecimientos, la composición de los obreros y la suma de la producción en cada grupo, obtenemos los siguientes datos:

* El denominador indica el número de establecimientos con obreros asalariados y el número de obreros asalariados. — Lo mismo en la tabla siguiente.

Fíjense en esta tablita y verán la organización burguesa o, lo que es lo mismo, capitalista de la industria: a medida que los establecimientos se hacen más grandes, aumenta la productividad del trabajo[76] (el grupo medio constituye una excepción), se intensifica la explotación del trabajo asalariado[77] y aumenta la concentración de la producción[78].

El tercer grupo, que basa su economía casi enteramente en el trabajo asalariado, concentra en sus manos —con el 10 % del número total de establecimientos— el 44 % de la suma total de la producción.

Esta concentración de los medios de producción en manos de una minoría, vinculada a la expropiación de la mayoría (los obreros asalariados), nos explica tanto la dependencia de los pequeños productores respecto de los acaparadores (los grandes industriales son precisamente los acaparadores), como la opresión del trabajo en esta industria. Vemos, por consiguiente, que la causa de la expropiación del trabajador y de su explotación reside en las propias relaciones de producción.

Los socialistas populistas rusos, como es sabido, sostenían la opinión contraria, viendo la causa de la opresión del trabajo en las industrias artesanales no en las relaciones de producción (que declaraban construidas sobre un principio que excluye la explotación), sino fuera de ellas: en la política, precisamente en la política agraria, fiscal, etc. Cabe preguntarse: ¿en qué se basaba y se basa esta opinión, que ahora ha adquirido casi la solidez de un prejuicio? ¿Acaso en que dominaba otra representación sobre las relaciones de producción en las industrias artesanales? En absoluto. Se basa únicamente gracias a la ausencia de cualquier intento de caracterizar de manera precisa y determinada las formas reales y dadas de la organización económica; se basa únicamente gracias a que no se distinguen particularmente las relaciones de producción ni se las somete a un análisis independiente. En una palabra, se basa únicamente en la incomprensión del único método científico de la ciencia social, a saber, el método materialista. Ahora se comprende también el curso de los razonamientos de nuestros viejos socialistas. En relación con las industrias artesanales, atribuyen la causa de la explotación a fenómenos que se encuentran fuera de las relaciones de producción; en relación con el capitalismo grande, fabril-industrial, no podían dejar de ver que allí la causa de la explotación reside precisamente en las relaciones de producción. Resultaba una oposición irreconciliable, una incongruencia, se volvía incomprensible de dónde podía haber surgido este gran capitalismo, cuando en las relaciones de producción (¡que ni siquiera se examinaban!) de las industrias artesanales no hay nada capitalista. La conclusión es natural: al no comprender el vínculo entre la industria artesanal y la capitalista, contraponen la primera a la segunda, como "popular" a "artificial". Aparece la idea de la contradicción del capitalismo con nuestro "régimen popular", idea que tiene una difusión tan amplia y que no hace mucho, en una edición renovada y mejorada, fue obsequiada al público ruso por el Sr. Nikolai—on. Tal idea se mantiene solo por rutina, a pesar de toda su fenomenal falta de lógica: sobre el capitalismo fabril-industrial se forman una representación basada en lo que realmente es, y sobre la industria artesanal, basada en lo que "puede ser"; sobre el primero, a partir del análisis de las relaciones de producción; sobre las segundas, sin intentar siquiera examinar por separado las relaciones de producción y trasladando directamente el asunto al ámbito de la política. Basta con recurrir al análisis de estas relaciones de producción, y veremos que el "régimen popular" representa las mismas relaciones de producción capitalistas, aunque en un estado no desarrollado, embrionario; que si se renuncia al ingenuo prejuicio de considerar a todos los artesanos iguales entre sí y se expresan con precisión las diferencias en su seno, la diferencia entre el "capitalista" de la fábrica y el "artesano" resultará a veces menor que la diferencia entre uno y otro "artesano"; que el capitalismo no representa una contradicción con el "régimen popular", sino una continuación y desarrollo directo, inmediato y próximo de este.

Quizás, sin embargo, se considere inadecuado el ejemplo tomado; se dirá que en este caso, en general, es demasiado grande el[79] porcentaje de obreros asalariados. Pero el hecho es que lo importante aquí no son en absoluto las cifras absolutas, sino las relaciones que estas revelan, relaciones que por su esencia son burguesas y no dejan de serlo ni cuando la burguesidad está fuertemente expresada, ni cuando está expresada débilmente.

Si se quiere, tomaré otro ejemplo, adrede con una burguesidad débil: tomaré (del libro del Sr. Isáiev sobre las industrias de la provincia de Moscú) la industria alfarera, "industria puramente doméstica", según palabras del señor profesor. Esta industria, por supuesto, puede servir como representante de las pequeñas industrias campesinas: la técnica es la más simple, los aperos los más insignificantes, la producción suministra objetos de uso cotidiano y necesario en todas partes. Y he aquí que, gracias al censo de hogares de los artesanos con los mismos datos que en el caso anterior, tenemos la posibilidad de estudiar la organización económica también de esta industria, indudablemente ya plenamente típica para toda la enorme masa de las pequeñas industrias rusas, "populares". Dividimos a los artesanos en grupos: I) los que tienen de 1 a 3 obreros (tanto familiares como asalariados juntos); II) los que tienen 4-5 obreros; III) los que tienen más de 5 obreros, y presentamos los mismos cálculos:

Es evidente que las relaciones también en esta industria —y se podrían aducir tantos ejemplos como se quisiera— resultan ser burguesas: vemos la misma descomposición sobre la base de la economía mercantil y, además, una descomposición específicamente capitalista, que conduce a la explotación del trabajo asalariado, que ya desempeña el papel principal en el grupo superior, el cual, con 1/8 parte de todos los establecimientos y con el 30% de los obreros, concentra casi 1/3 de toda la producción con una productividad del trabajo considerablemente más alta en comparación con la media. Estas solas relaciones de producción nos explican la aparición y el poder de los acaparadores. Vemos cómo en la minoría, que posee los establecimientos más grandes y más rentables y que obtiene una renta "neta" del trabajo ajeno (en el grupo superior de alfareros, por cada establecimiento hay 5,5 obreros asalariados), se acumulan "ahorros", mientras que la mayoría se arruina, e incluso los pequeños patronos (por no hablar ya de los obreros asalariados) no son capaces de llegar a fin de mes. Es comprensible e inevitable que estos últimos estén esclavizados por los primeros, inevitable precisamente a causa del carácter capitalista de las relaciones de producción dadas. Estas relaciones consisten en que el producto del trabajo social, organizado por la economía mercantil, va a parar a manos de personas privadas y en sus manos sirve como instrumento de opresión y esclavización del trabajador, medio para el enriquecimiento personal a costa de la explotación de la masa. Y no se crea que esta explotación, esta opresión se expresan más débilmente porque tal carácter de las relaciones está todavía poco desarrollado, porque la acumulación de capital, que va acompañada de la ruina de los productores, es insignificante. Todo lo contrario. Esto conduce solo a formas de explotación más groseras, propias de la servidumbre, conduce a que el capital, no estando aún en condiciones de subordinar directamente al obrero mediante la simple compra de su fuerza de trabajo por su valor, enreda al trabajador con toda una red de extorsiones usurarias, lo ata a sí mismo con procedimientos de kulak y, como resultado, le expolia no solo la plusvalía, sino también enormes partes del salario, y además lo envilece, quitándole la posibilidad de cambiar de "patrón", se burla de él, obligándolo a considerar como una beneficencia el que él "le da" (¡sic!) trabajo. Es comprensible que ningún obrero jamás aceptaría cambiar su situación por la del "independiente" artesano ruso en la "auténtica", "popular" industria. Es comprensible también que todas las medidas, predilectas de los radicales rusos, o bien no afectarán en lo más mínimo la explotación del trabajador y su esclavización al capital, quedando como experimentos aislados (arteles), o bien empeorarán la situación de los trabajadores (inalienabilidad de las parcelas), o bien, finalmente, solo depurarán, desarrollarán y consolidarán las relaciones capitalistas dadas (mejora de la técnica, créditos, etc.).

Los "Amigos del pueblo", por lo demás, nunca podrán concebir que en la industria campesina, con su miseria general, con la magnitud comparativamente insignificante de los establecimientos y la productividad extremadamente baja del trabajo, con la técnica primitiva y el escaso número de obreros asalariados, exista el capitalismo. No son de ninguna manera capaces de concebir que el capital es una determinada relación entre los hombres, una relación que sigue siendo la misma tanto con un grado mayor como menor de desarrollo de las categorías comparadas. Los economistas burgueses nunca pudieron comprender esto: siempre objetaron contra tal definición del capital. Recuerdo que en "Rússkaya Mysl", uno de ellos, hablando del libro de Zíber (sobre la teoría de Marx), citaba esta definición (capital — relación), ponía signos de exclamación y se indignaba.

Éste es el rasgo más característico de los filósofos burgueses: tomar las categorías del régimen burgués como eternas y naturales; por eso, también para el capital toman definiciones tales como, por ejemplo, la de trabajo acumulado que sirve para la producción ulterior, es decir, lo definen como una categoría eterna de la sociedad humana, emborronando así esa formación económica particular, históricamente determinada, en la cual este trabajo acumulado, organizado por la economía mercantil, cae en manos de quien no trabajó y sirve para la explotación del trabajo ajeno. Por eso obtienen, en lugar del análisis y estudio de un sistema determinado de relaciones de producción, una serie de trivialidades aplicables a todo tipo de órdenes, entremezcladas con el agua sentimental de la moral pequeño burguesa.

Veamos ahora por qué estos «amigos del pueblo» llaman a esta industria «popular» y por qué la contraponen a la capitalista. Sólo porque estos señores son ideólogos de la pequeña burguesía y ni siquiera son capaces de imaginar que estos pequeños productores viven y administran bajo un sistema de producción mercantil (razón por la cual yo los llamo pequeño burgueses) y que sus relaciones con el mercado los escinden necesaria e inevitablemente en burguesía y proletariado. Intenten ustedes estudiar la organización real de nuestras industrias «populares», en lugar de frasear sobre lo que «puede» salir de ellas, y veríamos si serían capaces de encontrar en Rusia una rama algo desarrollada de la industria artesana que no estuviera organizada de manera capitalista.

Y si no están de acuerdo en que los indicios necesarios y suficientes para este concepto son la monopolización de los medios de producción en manos de una minoría, la desposesión de la mayoría y la explotación del trabajo asalariado (dicho en general, la apropiación por personas privadas del producto del trabajo social, organizado por la economía mercantil, he ahí la esencia del capitalismo), entonces tengan la bondad de dar «su» definición del capitalismo y «su» historia del mismo.

De hecho, la organización de nuestras industrias artesanas «populares» ofrece una magnífica ilustración de la historia general del desarrollo del capitalismo. Nos muestra de manera patente su surgimiento, su germen, por ejemplo, en la forma de la cooperación simple (el grupo superior en la industria alfarera); muestra además cómo los «ahorros» que, gracias a la economía mercantil, se acumulan en manos de individuos aislados se convierten en capital, monopolizando primero la venta («acaparadores» y comerciantes), debido a que sólo los poseedores de esos «ahorros» disponen de los medios necesarios para la venta al por mayor, que permiten esperar la realización de las mercancías en mercados lejanos; cómo luego este capital comercial esclaviza a la masa de productores y organiza la manufactura capitalista, el sistema capitalista a domicilio de la gran producción; cómo, finalmente, la ampliación del mercado y el recrudecimiento de la competencia conducen al perfeccionamiento de la técnica; cómo este capital comercial se convierte en industrial y organiza la gran producción maquinizada. Y cuando este capital, fortalecido y habiendo esclavizado a millones de trabajadores, a regiones enteras, comienza ya directamente y sin miramientos a presionar al gobierno, convirtiéndolo en su lacayo, entonces nuestros ingeniosos «amigos del pueblo» alzan alaridos sobre la «implantación del capitalismo», ¡sobre su «creación artificial»!

¡No hay nada que decir, se dieron cuenta a tiempo!

Así pues, con sus frases sobre la industria popular, auténtica, correcta, etc., el señor Krivenko simplemente ha intentado emborronar el hecho de que nuestras industrias artesanas representan el mismo capitalismo en diferentes etapas de su desarrollo. Con estos procedimientos ya nos familiarizamos suficientemente con el señor Yuzhakov, quien, en lugar de estudiar la reforma campesina, soltaba frases sobre el objetivo fundamental del significativo manifiesto{58} y demás; en lugar de estudiar el arriendo, lo llamaba popular; en lugar de estudiar cómo se configura el mercado interior del capitalismo, filosofaba sobre su inevitable ruina por falta de mercados, etc.

Para mostrar hasta qué punto tergiversan los hechos los señores «amigos del pueblo», me detendré aún en un ejemplo más[80]. Nuestros filósofos subjetivos nos regalan tan raramente indicaciones precisas sobre hechos, que sería injusto pasar por alto una de estas indicaciones, la más precisa que tienen, a saber, la referencia del señor Krivenko (núm. 1 de 1894) a los presupuestos campesinos de Vorónezh. Aquí podemos, con el ejemplo de los datos que ellos mismos han escogido, convencernos palpablemente de qué representación de la realidad es más correcta, si la de los radicales rusos y «amigos del pueblo» o la de los socialdemócratas rusos.

El estadístico del zemstvo de Vorónezh, el señor Scherbina, ofrece en el apéndice de su descripción de la economía campesina en el distrito de Ostrogozhsk 24 presupuestos de economías campesinas típicas y los elabora en el texto[81].

El señor Krivenko reproduce esta elaboración, sin ver o, más exactamente, sin querer ver que sus procedimientos son completamente inadecuados para formarse una representación de la economía de nuestros campesinos agricultores. El caso es que estos 24 presupuestos describen economías completamente distintas —tanto acomodadas, como medias y pobres, lo que señala también el mismo señor Krivenko (pág. 159), aunque, al igual que el señor Scherbina, opera simplemente con cifras medias que reúnen tipos de campesinos sumamente diversos, y de ese modo encubre por completo su descomposición. Y la descomposición de nuestro pequeño productor es un hecho tan universal, tan grande (al que los socialdemócratas vienen llamando desde hace tiempo la atención de los socialistas rusos. Véanse las obras de Plejánov), que se perfila con toda claridad incluso en un número tan reducido de datos como el que ha escogido el señor Krivenko. En lugar de, al hablar de la economía campesina, dividir a los campesinos en categorías según la magnitud de su economía y el tipo de gestión, los divide, al igual que el señor Scherbina, en categorías jurídicas de campesinos ex estatales y ex terratenientes, concentrando toda la atención en la mayor prosperidad de los primeros en comparación con los segundos, y pierde de vista que las diferencias entre los campesinos dentro de esas categorías son mucho mayores que las diferencias entre categorías[82]. Para demostrarlo, divido estos 24 presupuestos en tres grupos: a) separo en particular 6 campesinos acomodados, luego b) 11 medianamente pudientes (núms. 7–10, 16–22 en Scherbina) y c) 7 pobres (núms. 11–15, 23–24 de los presupuestos en la tabla de Scherbina). El señor Krivenko dice, por ejemplo, que el gasto por economía en los campesinos ex estatales asciende a 541,3 rublos, y en los ex terratenientes a 417,7 rublos. Con ello pierde de vista que ese gasto dista mucho de ser igual entre los distintos campesinos: entre los ex estatales hay, por ejemplo, un campesino con un gasto de 84,7 rublos y uno con un gasto diez veces mayor: 887,4 rublos (incluso si omitimos a un colono alemán con un gasto de 1456,2 rublos). ¿Qué sentido puede tener un promedio obtenido sumando tales magnitudes? Si tomamos la división por categorías que yo he presentado, obtenemos que en el campesino acomodado el gasto por economía da en promedio 855,86 rublos, en el medio 471,61 rublos, y en el pobre 223,78 rublos[83].

La diferencia resulta ser de aproximadamente 4:2:1.

Sigamos. El señor Krivenko, siguiendo a Scherbina, presenta la magnitud del gasto en necesidades personales en las diferentes categorías jurídicas del campesinado: en los ex estatales, por ejemplo, el gasto en alimentos vegetales asciende por año y por comensal a 13,4 rublos, y en los ex terratenientes a 12,2 rublos. Mientras tanto, según las categorías económicas, las cifras dan: a) 17,7; b) 14,5 y c) 13,1. El gasto en alimentos cárnicos y lácteos por comensal: en los ex terratenientes, 5,2 rublos; en los ex estatales, 7,7 rublos. Por categorías: 11,7–5,8–3,6. Es evidente que el cómputo por categorías jurídicas sólo encubre diferencias enormes, y nada más. Es evidente, por tanto, que no sirve para nada. El ingreso en los campesinos ex estatales es mayor que en los ex terratenientes en un 53,7 %, dice el señor Krivenko: en promedio general, 539 rublos (de los 24 presupuestos), y según esas categorías, algo más de 600 rublos y cerca de 400 rublos. Mientras que, según la solvencia, el ingreso es el siguiente: a) 1053,2 rublos; b) 473,8 rublos; c) 202,4 rublos, es decir, las oscilaciones no son de 3:2, sino de 10:2.

«El valor del capital de las haciendas campesinas entre los antiguos campesinos del Estado es de 1060 rublos, y entre los antiguos campesinos señoriales, de 635 rublos», dice el Sr. Krivenko. Y por categorías: a) 1737,91 rublos; b) 786,42 rublos y c) 363,38 rublos: las oscilaciones nuevamente no son de 3:2, sino de 10:2. Con su división del campesinado en categorías jurídicas, el autor se privó de la posibilidad de formarse una idea correcta de la economía de ese campesinado.

Si observamos las haciendas de diferentes tipos de campesinos según su nivel de bienestar, veremos que las familias acomodadas tienen un ingreso medio de 1053,2 rublos y un gasto de 855,86 rublos, es decir, obtienen un ingreso neto de 197,34 rublos. La familia media tiene un ingreso de 473,8 rublos y un gasto de 471,61 rublos, es decir, un ingreso neto de 2,19 rublos por hacienda (esto sin contar aún el crédito y los atrasos): evidentemente, apenas logra llegar a fin de mes; de 11 haciendas, 5 tienen déficit. El grupo inferior, el de los campesinos pobres, lleva su hacienda directamente a pérdida: con un ingreso de 202,4 rublos y un gasto de 223,78 rublos, es decir, un déficit de 21,38 rublos[84]. Es evidente que si unimos estas haciendas y tomamos la media general (ingreso neto: 44,11 rublos), falsearemos por completo la realidad. Pasaríamos entonces por alto (como hizo el Sr. Krivenko) el hecho de que los campesinos acomodados que obtienen un ingreso neto, los seis, emplean peones (8 personas), hecho que nos explica el carácter de su hacienda agrícola (que se convierte en una granja), la cual les proporciona un ingreso neto y los libera casi por completo de la necesidad de recurrir a «actividades auxiliares». Estos propietarios (todos juntos) cubren con actividades auxiliares solo el 6,5% de su presupuesto (412 rublos de 6319,5), y dichas actividades —según una indicación del Sr. Scherbina— son tales como «el acarreo» o incluso «la compra de ovejas», es decir, no solo no testimonian una situación de dependencia, sino que, por el contrario, presuponen la explotación de otros (precisamente en este último caso: los «ahorros» acumulados se transforman en capital comercial). Estos propietarios tienen 4 establecimientos industriales que les proporcionan 320 rublos (5%) de ingreso[85].

Un tipo diferente de hacienda es el de los campesinos medios: ellos, como hemos visto, apenas pueden llegar a fin de mes. La agricultura no cubre sus necesidades, y el 19% de sus ingresos proviene de las llamadas actividades auxiliares. De qué tipo son estas actividades, lo sabemos por el artículo del Sr. Scherbina. Se indican para 7 propietarios: solo dos tienen un trabajo auxiliar independiente (sastrería y producción de carbón vegetal), los otros 5 venden su fuerza de trabajo («fue a segar a las tierras bajas», «trabaja como obrero en una destilería», «trabaja a jornal en la temporada de cosecha», «trabaja como pastor de ovejas», «trabajó en la hacienda señorial local»). Estos ya son semicampesinos, semiobreros. Las ocupaciones externas los apartan de su hacienda y, con ello, terminan de socavarla.

En cuanto a los campesinos pobres, en su caso la agricultura se realiza directamente a pérdida; la importancia de las «actividades auxiliares» en el presupuesto aumenta aún más (aportan el 24% de los ingresos), y estas actividades se reducen casi en su totalidad (a excepción de un propietario) a la venta de fuerza de trabajo. En dos de ellos, las «actividades auxiliares» (el trabajo como peones) predominan, aportando 2/3 de los ingresos.

De aquí se desprende claramente que estamos ante un pequeño productor en pleno proceso de descomposición, cuyos grupos superiores pasan a la burguesía y los inferiores al proletariado. Es comprensible que, si tomamos las medias generales, no veremos nada de esto y no obtendremos ninguna idea de la economía de la aldea.

Solo operando con estas medias ficticias pudo el autor recurrir a tal procedimiento. Para determinar el lugar de estas haciendas típicas en el tipo general de la hacienda campesina del distrito, el Sr. Scherbina toma la agrupación de los campesinos por tierra de reparto, y resulta que las 24 haciendas tomadas (en la media general) superan en bienestar a la hacienda media del distrito en aproximadamente 1/3. Este cálculo no puede considerarse satisfactorio, tanto porque entre estas 24 haciendas se observan enormes diferencias, como porque la agrupación por tierra de reparto encubre la descomposición del campesinado: la tesis del autor de que «la tierra de reparto representa la causa fundamental del bienestar» del campesino es completamente incorrecta. Todo el mundo sabe que la distribución «igualitaria» de la tierra dentro de la comuna no impide en absoluto que los miembros sin caballos abandonen la tierra, la cedan en arriendo, se vayan a trabajar fuera y se conviertan en proletarios, y que los que tienen muchos caballos tomen en arriendo grandes cantidades de tierra y lleven una hacienda grande y rentable. Si tomamos, por ejemplo, nuestros 24 presupuestos, veremos que un campesino rico, teniendo 6 des. de tierra de reparto, obtiene un ingreso total de 758,5 rublos; el medio –con 7,1 des. de reparto– 391,5 rublos; y el pobre –con 6,9 des. de reparto– 109,5 rublos. En general, hemos visto que la relación de ingresos en los diferentes grupos equivale a la relación 4:2:1, mientras que la relación de la tierra de reparto será la siguiente: 22,1:9,2:8,5 = 2,6:1,08:1. Esto es completamente comprensible, porque vemos, por ejemplo, que los campesinos acomodados, teniendo 22,1 des. de reparto por hogar, arriendan además 8,8 des., mientras que los medios, teniendo menos reparto (9,2 des.), arriendan menos: 7,7 des., y los pobres, con un reparto aún menor (8,5 des.), arriendan solo 2,8 des.[86] Por eso, cuando el Sr. Krivenko dice: «Desgraciadamente, los datos aportados por el Sr. Scherbina no pueden servir como medida exacta de la situación general de las cosas no solo en la provincia, sino incluso en el distrito», a esto solo se puede responder que no pueden servir como medida únicamente en el caso de recurrir al procedimiento incorrecto de calcular medias generales (procedimiento al que el Sr. Krivenko no debería haber recurrido), pero, en general, los datos del Sr. Scherbina son tan amplios y valiosos que dan la posibilidad de sacar conclusiones correctas; y si el Sr. Krivenko no las ha sacado, no hay por qué culpar al Sr. Scherbina. Este último proporciona, por ejemplo, en la pág. 197, una agrupación de los campesinos no por la tierra de reparto, sino por el ganado de trabajo, es decir, una agrupación según un criterio económico y no jurídico, y esta agrupación da pleno derecho a afirmar que las relaciones entre las diferentes categorías de las 24 haciendas típicas tomadas son completamente homogéneas con las relaciones de los diferentes grupos económicos en todo el distrito.

Dicha agrupación es la siguiente[87]

Distrito de Ostrogozhsk, provincia de Vorónezh.

Aquí, de los pobres se han separado dos peones (núms. 14 y 15 de los presupuestos en Scherbina), de modo que solo quedan 5 pobres.

A propósito de esta tabla, tampoco se puede dejar de señalar que aquí vemos exactamente el mismo aumento de la cantidad de tierra arrendada a medida que aumenta el bienestar, a pesar del aumento de la cantidad de tierra de reparto. De este modo, con los datos de otro distrito se confirma la incorrección de la idea sobre la importancia fundamental de la tierra de reparto. Por el contrario, vemos que la proporción de la tierra de reparto en toda la tenencia de tierra de un grupo dado disminuye a medida que aumenta el bienestar del grupo. Sumando la tierra de reparto y la arrendada y calculando el % de la tierra de reparto sobre esta suma, obtenemos los siguientes datos por grupos: I) 96,8%; II) 85,0%; III) 79,3%; IV) 63,3%. Y este fenómeno es completamente comprensible. Sabemos que desde la reforma emancipadora, la tierra se convirtió en Rusia en una mercancía. Quien tiene dinero, siempre puede comprar tierra: también hay que comprar la tierra de reparto. Es comprensible que los campesinos acomodados concentren la tierra en sus manos y que esta concentración se exprese con más fuerza en el arriendo debido a las trabas medievales a la circulación de la tierra de reparto. Los «amigos del pueblo», que defienden estas trabas, no comprenden que esta medida, insensata y reaccionaria, solo empeora la situación de los pobres: los campesinos arruinados, privados de inventario, en cualquier caso deben ceder la tierra, y la prohibición de realizar esta cesión (o venta) conducirá o bien a que la cedan a escondidas y, en consecuencia, en peores condiciones para el cedente, o bien a que los pobres entreguen gratuitamente la tierra a la «comunidad», es decir, al mismo kulak.

No puedo dejar de citar aquí la reflexión profundamente acertada de Gurvich sobre esta famosa «inalienabilidad»:

Para comprender esta cuestión, debemos ver quién es el comprador de la tierra campesina. Hemos visto que solo una parte menor de las parcelas de tierra de allotment (cuarta parte) fue comprada por comerciantes. En términos generales, las pequeñas parcelas vendidas por los nobles son compradas por los propios campesinos. Por consiguiente, esta cuestión afecta únicamente a las relaciones entre los campesinos y no toca los intereses de la nobleza ni de la clase capitalista. Es muy posible que, en tales casos, el gobierno ruso se digne arrojar una dádiva a los populistas. Esta extraña alianza (mésalliance) del paternalismo oriental patriarcal con una especie de monstruoso prohibicionismo estatal-socialista difícilmente dejará de suscitar la oposición precisamente de aquellos a quienes se pretende beneficiar. Como el proceso de descomposición de la aldea se desarrolla, evidentemente, desde su interior y no desde afuera, la inalienabilidad de la tierra campesina equivaldría, simple y llanamente, a la expropiación gratuita de los pobres en beneficio de los miembros ricos de la comunidad.

Observamos que el porcentaje de migrantes entre los campesinos de allotment{59} que tenían derecho a enajenar su tierra era considerablemente más alto que entre los antiguos campesinos de Estado con tenencia comunal de la tierra: concretamente, en el distrito de Ranenburg (provincia de Riazán), el porcentaje de migrantes entre los primeros era del 17 % y entre los segundos del 9 %. En el distrito de Dankov, entre los primeros era del 12 % y entre los segundos del 5 %. ¿A qué se debe esta diferencia? Un ejemplo concreto lo explicará:

«En 1881, una pequeña comunidad de 5 hogares, antiguos siervos de Grigorov, emigró de la aldea de Biguíldino, distrito de Dankov. Su tierra, 30 desiatinas, la vendió a un campesino rico por 1.500 rublos. Los emigrantes no tenían con qué subsistir y la mayoría de ellos se convirtieron en jornaleros anuales» («Recopilación de datos estadísticos», parte II, págs. 115, 247). Según datos del Sr. Grigóriev («Migraciones de los campesinos de la provincia de Riazán»), 300 rublos —tal es el precio de una parcela campesina media de 6 desiatinas— bastan para que una familia campesina pueda establecer una explotación agrícola en el sur de Siberia. De este modo, un campesino completamente arruinado tendría la posibilidad, al vender su parcela de tierra comunal, de convertirse en agricultor en una nueva región. La reverencia por las costumbres sagradas de los antepasados difícilmente podría resistir semejante tentación sin la intervención obstaculizante de la complaciente burocracia.

Por supuesto, me acusarán de pesimismo, como me acusaron hace poco por mis opiniones sobre la migración de los campesinos («El Mensajero del Norte», 1892, nº 5, art. de Bogdanovski). Se razona habitualmente de una manera aproximadamente así: supongamos que el asunto está presentado en exacta correspondencia con la vida tal como es en realidad, pero las consecuencias perniciosas (de las migraciones) deben su aparición a las condiciones anormales del campesinado, y en condiciones normales las objeciones (contra las migraciones) «no tendrían fuerza». Por desgracia, sin embargo, estas condiciones verdaderamente «anormales» se desarrollan de modo espontáneo, y la creación de condiciones «normales» no está en poder de los bienhechores del campesinado» (obra citada, pág. 137){60}.

No cabe la menor duda de que, en general y por término medio, las 24 explotaciones típicas están por encima del tipo medio, a nivel de distrito, de la explotación campesina. Pero si en lugar de estos ficticios promedios tomamos las categorías económicas, obtendremos la posibilidad de comparar.

Vemos que los jornaleros en las explotaciones típicas están algo por debajo de los propietarios sin ganado de trabajo, pero se acercan mucho a ellos. Los propietarios pobres se aproximan mucho a los poseedores de 1 cabeza de ganado de trabajo (si tienen 0,2 cabezas menos —los pobres: 2,8; los de un caballo: 3—, en cambio, la tierra total, tanto la allotment como la arrendada, es algo mayor: 12,6 desiatinas frente a 10,7). Los propietarios medios están muy poco por encima de los poseedores de 2-3 cabezas de ganado de trabajo (tienen un poco más de ganado; la tierra es algo menor), y los propietarios acomodados se acercan a los que poseen 4 y más cabezas de ganado de trabajo, siendo ligeramente inferiores a ellos. Tenemos, por consiguiente, derecho a sacar la conclusión de que en todo el distrito hay al menos un 10 % de propietarios que llevan una explotación agrícola rentable, regular, y que no necesitan ingresos complementarios. (Este ingreso —importa señalarlo— se expresa en dinero y, por tanto, presupone el carácter mercantil de la agricultura.) Llevan su explotación en medida considerable con ayuda de obreros asalariados: no menos de una cuarta parte de los hogares mantienen jornaleros fijos, y aún se desconoce cuántos toman jornaleros temporales. Luego, en el distrito, más de la mitad de los propietarios son pobres (hasta 6/10: sin caballo y con un caballo, 26 % + 31,3 % = 57,3 %), que llevan una explotación directamente deficitaria y, por tanto, se arruinan, sufriendo una expropiación constante e incesante. Se ven obligados a vender su fuerza de trabajo, y alrededor de 1/4 de los campesinos vive ya mucho más del trabajo asalariado que de la agricultura. Los restantes campesinos —los medios— llevan a duras penas su explotación agrícola con déficits permanentes y con ingresos complementarios, careciendo, por tanto, de la menor estabilidad económica.

Me he detenido adrede con tanto detalle en estos datos para mostrar la forma tergiversada en que el Sr. Krivenko presenta la realidad. Sin pensarlo mucho, toma los promedios generales y opera con ellos: naturalmente, resulta no solo una ficción, sino una falsedad directa. Hemos visto, por ejemplo, que un campesino acomodado (de los presupuestos típicos) cubre con su ingreso neto (+197,34) los déficits de nueve hogares pobres (–21,38 x 9 = –192,42), de modo que el 10 % de los campesinos ricos del distrito no solo cubrirá los déficits del 57 % de los pobres, sino que arrojará cierto excedente. Y el Sr. Krivenko, al obtener del presupuesto medio de 24 explotaciones un excedente de 44,14 rublos —y sin créditos ni atrasos, 15,97 rublos—, habla simplemente de la «decadencia» de los propietarios medios e inferiores al medio. En realidad, de decadencia solo puede hablarse acaso aplicándola al campesinado medio[88], en tanto que respecto a la masa de los pobres vemos ya una expropiación directa, acompañada además por la concentración de los medios de producción en manos de una minoría que posee explotaciones relativamente grandes y sólidamente establecidas.

El ignorar esta última circunstancia impidió al autor advertir otro rasgo, muy interesante, de estos presupuestos: ellos demuestran igualmente que la descomposición del campesinado crea un mercado interior. Por una parte, desde el grupo superior al inferior crece la importancia del ingreso procedente de ocupaciones complementarias (6,5 % – 18,8 % – 23,6 % del presupuesto total en los acomodados, medios y pobres), es decir, principalmente de la venta de la fuerza de trabajo. Por otra parte, de los grupos inferiores a los superiores crece el carácter mercantil (incluso más: burgués, como hemos visto) de la agricultura, crece el porcentaje de cereales destinados a la venta: el ingreso de la agricultura por categorías para todos los propietarios: a) El denominador muestra la parte en dinero del ingreso[89], que constituye el 45,9 % – 28,3 % – 25,4 % de la categoría superior a la inferior.

Aquí vemos otra vez de manera patente cómo los medios de producción, de los cuales se separan los campesinos expropiados, se transforman en capital.

Se comprende que el Sr. Krivenko, a partir de un material así utilizado —o, más bien, desfigurado—, no pudiera sacar conclusiones correctas. Después de describir, según palabras de un campesino de Nóvgorod, vecino suyo en un vagón de ferrocarril, el carácter monetario de la economía campesina en aquellos lugares, se ve obligado a sacar la justa conclusión de que precisamente esa situación, la situación de la economía mercantil, «forma» «capacidades especiales» y engendra una sola preocupación: «arrendar (las tierras de siega) más barato», «vender más caro» (pág. 156)[90]. Esta situación sirve de «escuela» que «despierta (¡cierto!) y aguza las dotes comerciales». «Surgen talentos de los que salen Kolupáyevs, Derunovs y otros tragavidas de diversa denominación[91], mientras que los cándidos e ingenuos se rezagan, decaen, se arruinan y pasan a ser jornaleros» (pág. 156).

Los datos de una provincia situada en condiciones completamente distintas —agrícola (Vorónezh)— conducen a las mismas conclusiones. Al parecer, el asunto está bastante claro: se perfila nítidamente el sistema de la economía mercantil como fondo fundamental de la economía del país en general y del campesinado “comunal” en particular; se perfila también el hecho de que esta economía mercantil, y precisamente ella, escinde al “pueblo” y al “campesinado” en proletariado (se arruinan, pasan a ser jornaleros) y burguesía (explotadores), es decir, se transforma en economía capitalista. Pero los “amigos del pueblo” jamás se deciden a mirar directamente la realidad y a llamar a las cosas por su nombre (¡eso es demasiado “severo”!). Y el señor Krivenko razona:

“Algunos consideran que este orden de cosas es completamente natural (habría que añadir: una consecuencia completamente natural del carácter capitalista de las relaciones de producción. Entonces sería una transmisión exacta de las opiniones de ‘algunos’, y entonces ya no sería posible eludir esas opiniones con frases vacías, sino que habría que analizar el asunto en su esencia. Cuando el autor no se proponía el objetivo especial de combatir a ‘algunos’, él mismo debía reconocer que la economía monetaria es precisamente la ‘escuela’ de la que salen los ‘talentosos’ explotadores y los ‘inocentes’ jornaleros) y ven en ello la misión invencible del capitalismo. (¡Pues claro! Considerar que la lucha debe librarse precisamente contra la ‘escuela’ y los ‘explotadores’ que en ella dominan, junto con sus lacayos administrativos e intelectuales, significa considerar invencible al capitalismo. En cambio, dejar en plena intangibilidad la ‘escuela’ capitalista con sus explotadores y querer eliminar sus productos capitalistas con medidas liberales a medias, significa ser un verdadero ‘amigo del pueblo’). Nosotros lo vemos de un modo algo distinto. El capitalismo desempeña sin duda un papel significativo, como ya hemos señalado más arriba (es precisamente la indicación, hecha más arriba, sobre la escuela de explotadores y jornaleros); no obstante, no se puede decir que su papel sea tan omnímodo y decisivo, que en los cambios que se producen en la economía nacional no haya otros factores, y en el futuro ninguna otra salida” (pág. 160).

¡Ahí lo tiene! En lugar de una caracterización exacta y directa del régimen actual, en lugar de una respuesta definida a la pregunta de por qué el campesinado se escinde en explotadores y jornaleros, el señor Krivenko se sale por la tangente con frases que no dicen nada. “No se puede decir que el papel del capitalismo sea decisivo”. —He aquí justamente el quid de la cuestión, si se puede o no decir esto.

Para defender su opinión, usted debería haber señalado qué otras causas deciden el asunto, qué otra salida puede haber, además de la que señalan los socialdemócratas: la lucha de clases del proletariado contra los explotadores[92]. Sin embargo, no se hace ninguna indicación. Aunque, tal vez, ¿el autor considera como indicación precisamente lo que sigue? Por muy grotesco que fuera, de los “amigos del pueblo” hay que esperarlo todo.

“Decaen, como hemos visto, en primer lugar las haciendas débiles, las que tienen poca tierra” —precisamente menos de 5 desiatinas de lote. “En cambio, las haciendas típicas de los campesinos estatales, con 15,7 desiatinas de lote, se distinguen por su estabilidad… Cierto es que para obtener tal ingreso (neto de 80 rublos) arriendan además otras 5 desiatinas, pero esto sólo indica que les hace falta.”

¿A qué se reduce esta “enmienda”, que añade al capitalismo la consabida “falta de tierra”? A que aquellos que tienen poco, también lo pierden, mientras que los poseedores (con 15,7 desiatinas) adquieren aún más[93]. ¡Pero si es una paráfrasis vacía de la tesis de que unos se arruinan y otros se enriquecen! Ya es hora de abandonar estas frases hueras sobre la falta de tierra, que no explican nada (puesto que la tierra de lote no se da a los campesinos gratis, sino que se vende), y sólo describen el proceso, y además lo describen de forma inexacta, ya que habría que hablar no sólo de la tierra, sino de los medios de producción en general, y no de que los campesinos tienen “poco”, sino de que los campesinos se van despojando de ellos, de que son expropiados por el capitalismo creciente. “No queremos decir en absoluto —concluye su filosofía el señor Krivenko— que la agricultura deba y pueda, en todas las condiciones, permanecer ‘natural’ y aislada de la industria transformadora (¡frases de nuevo! ¿Acaso no se ha visto usted obligado hace un momento a reconocer la existencia, ya en el presente, de la escuela de la economía monetaria, que presupone el intercambio y, por tanto, la separación de la agricultura respecto a la industria transformadora? ¿A qué viene de nuevo esta papilla sobre lo posible y lo debido?), sino que decimos únicamente que crear artificialmente una industria aislada no es racional (interesante sería saber si está ‘aislada’ la industria de los de Kimry y de los de Pávlovo, y quién, cómo y cuándo la ‘creó artificialmente’), que la separación del trabajador respecto a la tierra y a los instrumentos de producción se produce bajo la influencia no sólo del capitalismo, sino también de otros factores que lo preceden y lo coadyuvan.”

Aquí, según parece, se presuponía de nuevo una profunda reflexión acerca de que si el trabajador se separa de la tierra, la cual pasa al explotador, ello se debe a que el primero tiene “poca” tierra y el segundo “mucha”.

¡Y semejante filosofía acusa a los socialdemócratas de “estrechez” cuando ven la causa decisiva en el capitalismo!… Me he detenido una vez más con tanto detalle en la descomposición del campesinado y de los artesanos justamente porque era necesario ilustrar de manera palpable cómo se representan el asunto los socialdemócratas y cómo lo explican. Era necesario mostrar que los mismos hechos que al sociólogo subjetivista se le presentan como que los campesinos “han empobrecido”, y los “afanosos” y los “explotadores” “se han guardado las ganancias en su propio provecho”, desde el punto de vista materialista se presentan como descomposición burguesa de los productores de mercancías, descomposición provocada necesariamente por la fuerza misma de la economía mercantil. Era necesario mostrar en qué hechos se basa la tesis (citada más arriba, en el primer fascículo[94]) de que la lucha entre poseedores y desposeídos se da en Rusia por doquier, no sólo en las fábricas y talleres, sino también en la aldea más remota, y que en todas partes esta lucha es la lucha de la burguesía y el proletariado que se conforman sobre el terreno de la economía mercantil. La descomposición, la descampesinización de nuestros campesinos y artesanos, que se puede representar con exactitud gracias a un material tan excelente como la estadística de los zemstvos, proporciona la prueba fáctica de la justeza precisamente de la comprensión socialdemócrata de la realidad rusa, según la cual el campesino y el artesano son un pequeño productor en el sentido “categórico” de esta palabra, es decir, un pequeño burgués. Esta tesis puede ser llamada el punto central de la teoría del SOCIALISMO OBRERO con respecto al viejo socialismo campesino, que no comprendía ni la situación de economía mercantil en que vive este pequeño productor, ni su descomposición capitalista sobre ese terreno. Y por eso, quien quisiera criticar seriamente el socialdemocratismo, debería haber centrado precisamente en esto su argumentación, demostrar que Rusia no representa en el aspecto político-económico un sistema de economía mercantil, que no es sobre este terreno que se produce la descomposición del campesinado, que la expropiación de la masa de la población y la explotación del trabajador pueden explicarse por alguna otra cosa, y no por la organización burguesa, capitalista, de nuestra economía social (y campesina incluida).

¡Inténtenlo, señores!

Luego, hay otra razón por la que preferí ilustrar la teoría socialdemócrata con datos precisamente sobre la economía del campesinado y de los artesanos. Sería una desviación del método materialista si, al criticar las concepciones de los «amigos del pueblo», me limitara a comparar sus ideas con las ideas marxistas. Es necesario además explicar las ideas «populistas», mostrar su BASE MATERIAL en nuestras actuales relaciones socioeconómicas. Los cuadros y ejemplos de la economía de nuestros campesinos y artesanos muestran qué es ese «campesino» del que los «amigos del pueblo» quieren ser ideólogos. Ellos demuestran el carácter burgués de la economía de nuestra aldea y con ello confirman la justeza de catalogar a los «amigos del pueblo» como ideólogos de la pequeña burguesía. Más aún: muestran que entre las ideas y programas de nuestros radicales y los intereses de la pequeña burguesía existe un vínculo muy estrecho. Este vínculo, que será aún más claro tras analizar en detalle su programa, explica la amplia difusión de estas ideas radicales en nuestra «sociedad»; también explica perfectamente el servilismo político de los «amigos del pueblo» y su disposición a las componendas.

Hubo, por último, otra razón para detenerse tan detalladamente en la economía precisamente de aquellos aspectos de nuestra vida social donde el capitalismo está menos desarrollado y de donde los populistas solían tomar material para sus teorías. Estudiando y describiendo esta economía era más fácil responder al fondo de una de las objeciones más difundidas contra la socialdemocracia que circulan entre nuestro público. Partiendo de la idea habitual del antagonismo entre el capitalismo y el «régimen popular» y viendo que los socialdemócratas consideran el gran capitalismo un fenómeno progresivo, que quieren apoyarse precisamente en él para luchar contra el actual régimen depredador, – nuestros radicales, sin más razonamientos, acusan a los socialdemócratas de ignorar los intereses de la masa del campesinado, de querer «cocer a cada mujik en el caldero fabril», etc.

Todas estas razones se basan precisamente en ese procedimiento sorprendentemente ilógico y extraño de juzgar al capitalismo por lo que es en realidad, y a la aldea por lo que «puede ser». Es evidente que no puede responderse mejor a esto que mostrándoles la aldea real, su economía real.

Todo aquel que mire esta economía con imparcialidad y científicamente, deberá reconocer que la Rusia rural representa un sistema de mercados pequeños y fragmentados (o pequeñas secciones del mercado central) que rigen la vida socioeconómica de cada pequeño distrito. Y en cada uno de esos distritos vemos todos los fenómenos propios de una organización socioeconómica regulada por el mercado: vemos la descomposición de los productores directos patriarcales, antes iguales, en ricos y pobres, vemos el surgimiento del capital, especialmente del comercial, que teje sus redes sobre el trabajador, succionándole todos los jugos. Cuando ustedes comparan las descripciones de la economía del campesinado hechas por nuestros radicales con los datos exactos de las fuentes primarias sobre la vida económica de la aldea, les asombra la ausencia, en el sistema de concepciones criticado, de lugar para esa masa de pequeños mercaderes que pululan en cada uno de esos mercados, todos esos shibáis, ivashis y comoquiera que los llamen los campesinos locales, toda esa masa de pequeños explotadores que mandan en los mercados y oprimen sin piedad al trabajador. Generalmente se los aparta con un «éstos ya no son campesinos, sino mercaderes». – Sí, tienen ustedes toda la razón: «ya no son campesinos». Pero intenten ustedes separar en un grupo especial a todos esos «mercaderes», es decir, usando el lenguaje preciso de la economía política, a aquellos que llevan una economía mercantil y que, aunque sea en parte, se apropian del trabajo ajeno; intenten expresar con datos exactos la fuerza económica de este grupo y su papel en toda la economía del distrito; intenten luego poner en un grupo contrapuesto a todos aquellos que «ya no son campesinos» porque llevan al mercado su fuerza de trabajo, porque no trabajan para sí mismos, sino para otro; intenten cumplir estas exigencias elementales de una investigación imparcial y seria, y verán un cuadro tan vívido de la descomposición burguesa que del mito del «régimen popular» no quedará más que un recuerdo. Esta masa de pequeños explotadores rurales representa una fuerza terrible, terrible sobre todo porque oprimen al trabajador de manera dispersa, individual, porque lo encadenan a sí y le quitan toda esperanza de liberación, terrible porque esta explotación, con el salvajismo de la aldea engendrado por la baja productividad del trabajo y la falta de comunicaciones propias del sistema descrito, no es solamente un robo del trabajo, sino también una vejación asiática de la persona, que se encuentra constantemente en la aldea. Ahora bien, si ustedes comparan esta aldea real con nuestro capitalismo, comprenderán entonces por qué los socialdemócratas consideran progresiva la labor de nuestro capitalismo cuando éste unifica esos mercados pequeños y fragmentados en un solo mercado para toda Rusia, cuando crea, en lugar de una infinidad de pequeños y bienintencionados sanguijuelos, un puñado de grandes «pilares de la patria», cuando socializa el trabajo y eleva su productividad, cuando rompe esa sujeción del trabajador a los chupasangres locales y crea una sujeción al gran capital. Esta sujeción es progresiva en comparación con aquella –a pesar de todos los horrores de la opresión del trabajo, de la extinción, del embrutecimiento, de la mutilación de los organismos de mujeres y niños, etc.– porque DESPIERTA LA MENTE DEL OBRERO, convierte el sordo y confuso descontento en protesta consciente, convierte la rebelión dispersa, menuda, absurda en una lucha de clases organizada por la emancipación de toda la gente trabajadora, lucha que extrae su fuerza de las condiciones mismas de existencia de ese gran capitalismo y por lo tanto puede contar con un ÉXITO SEGURO.

En respuesta a la acusación de ignorar a la masa del campesinado, los socialdemócratas pueden citar con pleno derecho las palabras de Carlos Marx:

«La crítica ha arrancado de las cadenas las flores imaginarias que las adornaban, no para que la humanidad siga llevando esas cadenas en su forma desprovista de toda fantasía y de toda alegría, sino para que se despoje de las cadenas y tienda la mano hacia la flor viva»{61}.

Los socialdemócratas rusos arrancan de nuestra aldea las flores imaginarias que la adornan, luchan contra la idealización y las fantasías, realizan esa labor destructiva por la que los «amigos del pueblo» los odian tan mortalmente, no para que la masa del campesinado quede en la situación de opresión, extinción y esclavización actuales, sino para que el proletariado comprenda cuáles son las cadenas que atan por doquier al trabajador, comprenda cómo se forjan esas cadenas, y sea capaz de alzarse contra ellas, para arrojarlas y tender la mano hacia la flor verdadera.

Cuando llevan esta idea a aquellos representantes de la clase trabajadora que, por su situación, son los únicos capaces de asimilar la autoconciencia de clase e iniciar la lucha de clases, – entonces los acusan de querer cocer al mujik en el caldero.

¿Y quiénes acusan? – 

Gentes que depositan sus esperanzas de emancipación del trabajador en el «gobierno» y la «sociedad», es decir, en los órganos de esa misma burguesía que, en todas partes, ha encadenado a los trabajadores!

¡Y semejantes babosas se atreven a hablar de la falta de ideal de los socialdemócratas!

Pasemos al programa político de los «amigos del pueblo», cuyas concepciones teóricas hemos examinado, creo yo, ya en demasía. ¿Con qué medidas quieren ellos «apagar el incendio»? ¿En qué ven la salida que, según dicen, los socialdemócratas señalan incorrectamente?

«La reorganización del Banco Campesino —dice el señor Yuzhakov en el artículo “El Ministerio de Agricultura” (núm. 10 de R. B—vo)—, la creación de una administración colonizadora, la reglamentación en interés de la economía nacional del arrendamiento de tierras fiscales, la elaboración y regulación del problema del arrendamiento: tal es el programa de restauración de la economía nacional y de defensa de ésta contra la violencia económica (sic!) por parte de la naciente plutocracia.» Y en el artículo «Problemas del desarrollo económico», este programa de «restauración de la economía nacional» se completa con los siguientes «primeros pasos, pero necesarios»: «eliminar todos los obstáculos que hoy atan a la comuna rural; liberarla de la tutela, transición a las labranzas comunales (socialización de la industria agrícola) y desarrollar la elaboración comunal de las materias primas obtenidas de la tierra». Y los señores Krivenko y Karýshev añaden: «crédito barato, forma cooperativa (artel) de economía, seguridad de venta, posibilidad de prescindir de la ganancia empresarial (de esto hablaremos especialmente más adelante), invención de motores más baratos y otras mejoras técnicas», y, por último, «museos, almacenes, oficinas de comisión».

Miren atentamente este programa y verán que estos señores se colocan entera y completamente sobre el terreno de la sociedad moderna (es decir, sobre el terreno de los órdenes capitalistas, aunque no lo reconocen) y pretenden salir del paso remendándolo y reparándolo, sin comprender que todos sus progresos —el crédito barato, las mejoras técnicas, los bancos, etc.— sólo pueden fortalecer y desarrollar a la burguesía.

Nik.—on tiene toda la razón, ciertamente —y ésta es una de sus tesis más valiosas, contra la que no pudieron dejar de protestar los «amigos del pueblo»—, al afirmar que con ninguna reforma emprendida sobre la base del orden actual se puede remediar la situación, que el crédito, los traslados, las reformas fiscales y el paso de toda la tierra a manos de los campesinos no cambiarían nada esencial, sino que, por el contrario, deberían fortalecer y desarrollar la economía capitalista, actualmente frenada por una «tutela» excesiva, por los residuos de los pagos feudales, por la sujeción de los campesinos a la tierra, etc. Los economistas que desean el desarrollo extensivo del crédito —dice él—, como el príncipe Vasílchikov (indudable «amigo del pueblo» por sus ideas), quieren lo mismo que los economistas «liberales», es decir, burgueses, «aspiran al desarrollo y consolidación de las relaciones capitalistas». No comprenden el carácter antagónico de nuestras relaciones de producción (tanto en el campesinado como en los demás estamentos) y, en vez de esforzarse por sacar este antagonismo a la luz, en vez de unirse abiertamente a aquellos que son esclavizados por él y ayudarles a alzarse en lucha, sueñan con poner fin a la lucha mediante medidas dirigidas a todos, encaminadas a la conciliación y a la unificación. Se comprende qué resultado puede salir de todas estas medidas: basta recordar los ejemplos de descomposición antes citados para convencerse de que todos esos créditos[95], mejoras, bancos y demás «progresos» sólo podrán ser aprovechados por aquellos que, mediante una economía sólida y ordenada, dispongan de ciertos «ahorros», es decir, por una ínfima minoría, por la pequeña burguesía. Y por más que se reorganice el Banco Campesino y otras instituciones análogas, con ello no se tocará en absoluto el hecho fundamental y cardinal de que la masa de la población está siendo expropiada y sigue siéndolo, sin tener medios ni siquiera para alimentarse, y no digamos ya para establecer una economía regular.

Lo mismo hay que decir de las «cooperativas» (arteles) y de las «labranzas comunales». El señor Yuzhakov califica a estas últimas de «socialización de la industria agrícola». Naturalmente, esto no pasa de ser una curiosidad, pues para socializar es precisa una organización de la producción que no se limite a los límites de una aldea cualquiera, ya que exige la expropiación de los «chupasangres» que han monopolizado los medios de producción y dirigen la actual economía social rusa. Y para esto hace falta lucha, lucha y lucha, y no una moraleja pequeñoburguesa de pacotilla.

Y por eso estas medidas se transforman para ellos en tibias semi-medidas liberales, que vegetan gracias a la generosidad de burgueses filántropos y que causan mucho más daño al apartar a los explotados de la lucha que beneficio con el posible mejoramiento de la situación de individuos aislados, el cual no puede ser sino raquítico y precario en el marco general de las relaciones capitalistas. A qué extremo de deformidad llega en estos señores el encubrimiento del antagonismo en la vida rusa —encubrimiento que se realiza, por supuesto, con las mejores intenciones, para poner fin a la verdadera lucha, es decir, precisamente con esas intenciones de las que está empedrado el infierno—, lo demuestra el siguiente razonamiento del señor Krivenko:

«La intelligentsia dirige las empresas de los fabricantes y puede dirigir la industria popular.»

Toda su filosofía se reduce a gimotear sobre el tema de que hay lucha y explotación, pero «podría» no haberla, si… si no hubiera explotadores. En realidad, ¿qué quiso decir el autor con su frase sin sentido? ¿Acaso se puede negar que las universidades y otros centros de enseñanza rusos producen cada año tal «intelligentsia» (??), que lo único que busca es quien la alimente? ¿Acaso se puede negar que los medios necesarios para mantener a esa «intelligentsia» los tiene actualmente en Rusia solo la minoría burguesa? ¿Acaso la intelligentsia burguesa de Rusia va a desaparecer porque los «amigos del pueblo» digan que «podría» no estar al servicio de la burguesía? Sí, «podría», si no fuera burguesa. ¡«Podría» no ser burguesa «si» no hubiera en Rusia burguesía ni capitalismo! ¡Y estas gentes pasan toda la vida con esos «si» y «ojalá»! Por lo demás, estos señores no solo se niegan a conceder un papel decisivo al capitalismo, sino que, en general, no quieren ver nada malo en el capitalismo. Si se eliminan ciertos «defectos», quizá se las arreglarían muy bien bajo él. ¿Qué tal esta declaración del señor Krivenko:

La producción capitalista y la capitalización de las industrias artesanales no representan en absoluto una puerta por la que la industria manufacturera solo pueda alejarse del pueblo. Por supuesto, puede alejarse, pero también puede adentrarse en la vida popular y acercarse a la agricultura y a la industria extractiva. Para ello son posibles varias combinaciones y pueden servir tanto otras puertas como estas mismas" (161). El Sr. Krivenko tiene algunas cualidades muy buenas, en comparación con el Sr. Mijáilovski. Por ejemplo, la franqueza y la rectitud. Donde el Sr. Mijáilovski llenaría páginas enteras con frases pulidas y ágiles, rondando el tema sin tocarlo, el práctico y eficiente Sr. Krivenko corta por lo sano y, sin el menor reparo, expone ante el lector todos los absurdos de sus concepciones en su totalidad. ¡Fíjense! "El capitalismo puede adentrarse en la vida popular". ¡Es decir, el capitalismo es posible sin la separación del trabajador de los medios de producción! De verdad, es encantador; ahora, al menos, nos representamos con total claridad lo que quieren los "amigos del pueblo". Quieren una economía mercantil sin capitalismo, un capitalismo sin expropiación y sin explotación, con solo una pequeña burguesía que vegeta pacíficamente bajo el amparo de terratenientes humanitarios y administradores liberales. Y con el semblante serio de un funcionario de departamento que se propone beneficiar a Rusia, se ponen a idear combinaciones de un sistema en el que los lobos estén saciados y las ovejas enteras. Para hacernos una idea del carácter de estas combinaciones, debemos remitirnos al artículo del mismo autor en el n.º 12 ("A propósito de los solitarios culturales"): "La forma artelaria y estatal de la industria —razona el Sr. Krivenko, imaginándose, al parecer, que ya lo han 'llamado' a 'resolver problemas económicos prácticos'— no representa en absoluto todo lo que en este caso se puede concebir. Es posible, por ejemplo, una combinación como esta". Y a continuación se relata cómo llegó a la redacción de "R. Bógatstvo" un técnico con un proyecto de explotación técnica de la región del Don en forma de sociedad anónima con pequeñas acciones (de no más de 100 rublos). Al autor del proyecto se le propuso modificarlo, más o menos, de esta manera: "que las acciones pertenecieran no a personas privadas, sino a las comunidades rurales, de modo que la parte de su población que trabajara en las empresas recibiría un salario ordinario, y las comunidades rurales le garantizarían la vinculación con la tierra".

¿No es cierto, qué genialidad administrativa! ¡Con qué conmovedora simplicidad y facilidad se introduce el capitalismo en la vida popular y se eliminan sus cualidades perniciosas! Solo hay que arreglarlo de modo que, por mediación de la comunidad, los ricos rurales compren las acciones[96] y reciban ingresos de la empresa en la que trabajaría una "parte de la población", asegurada en su vinculación con la tierra; una "vinculación" tal que no da posibilidad de vivir de esta tierra (si no, ¿quién iría a trabajar por un "salario ordinario"?), pero es suficiente para atar a la persona al lugar, esclavizarla precisamente a la empresa capitalista local y quitarle la posibilidad de cambiar un patrón por otro. Hablo de patrón, de capitalista, con pleno derecho, porque quien paga al trabajador un salario no puede ser llamado de otra manera.

El lector quizás ya esté molesto conmigo por detenerme tanto en semejante desatino, que no merece, al parecer, ninguna atención. Pero permítame. Aunque sea un desatino, es un desatino que es útil y necesario estudiar, porque refleja las relaciones socioeconómicas reales de Rusia y, en virtud de ello, pertenece a las ideas sociales más extendidas entre nosotros, con las que los socialdemócratas tendrán que habérselas durante mucho tiempo todavía. La cuestión es que la transición del modo de producción feudal, de servidumbre, al capitalista en Rusia engendró, y en parte sigue engendrando ahora, una situación del trabajador en la que el campesino, al no poder alimentarse de la tierra y soportar las cargas a favor del terrateniente (y aún hoy las soporta), se veía obligado a recurrir a "ingresos complementarios", que tenían al principio, en los buenos viejos tiempos, la forma o bien de trabajo artesanal independiente (por ejemplo, el transporte), o bien de trabajo no independiente, pero remunerado de manera relativamente aceptable debido al desarrollo extremadamente débil de las industrias. Esta situación aseguraba un cierto bienestar, comparado con el actual, del campesinado, el bienestar de la gente sometida a servidumbre, que vegetaba pacíficamente bajo la sombra de cien mil nobles jefes de policía y de los emergentes recolectores de la tierra rusa: la burguesía.

Y he aquí que los "amigos del pueblo" idealizan este régimen, descartando sencillamente sus lados oscuros, sueñan con él; "sueñan" porque en la realidad hace ya muchísimo que no existe, hace muchísimo que fue destruido por el capitalismo, que engendró la expropiación masiva del campesinado agrícola y transformó los antiguos "ingresos" en la más desenfrenada explotación dada la abundancia de "brazos" trabajadores que se ofrecían.

Nuestros caballeros de la pequeña burguesía quieren precisamente la conservación de la "vinculación" del campesino con la tierra, pero no quieren el régimen de servidumbre, que era lo único que aseguraba esta vinculación y que fue quebrado precisamente por la economía mercantil y el capitalismo, que hicieron imposible esta vinculación. Quieren ingresos complementarios que no arranquen al campesino de la tierra, que —al trabajar para el mercado— no engendren competencia, no creen capital y no esclavicen a este la masa de la población. Fieles al método subjetivo en sociología, quieren "tomar" lo bueno de aquí y de allá, pero en la práctica, por supuesto, este deseo pueril solo conduce a una ensoñación reaccionaria que ignora la realidad, conduce a la incapacidad de comprender y utilizar los aspectos verdaderamente progresistas y revolucionarios de los nuevos órdenes, y a la simpatía por medidas que eternizan los buenos viejos órdenes del trabajo semiservil y semilibre; órdenes que poseían todos los horrores de la explotación y la opresión y no ofrecían ninguna posibilidad de salida.

Para demostrar la justeza de esta explicación, que califica a los "amigos del pueblo" de reaccionarios, me remitiré a dos ejemplos.

En la estadística del zemstvo de Moscú podemos leer la descripción de la hacienda de una tal Sra. K. (en el distrito de Podolsk), que (la hacienda, no la descripción) suscitaba la admiración tanto de los estadísticos moscovitas como del Sr. V. V., si no me falla la memoria (él escribió sobre esto, me parece, en algún artículo de revista).

Esta famosa hacienda de la Sra. K. sirve al Sr. V. Orlov como "hecho que confirma convincentemente en la práctica" su tesis predilecta de que "allí donde la agricultura campesina se encuentra en estado satisfactorio, también la hacienda de los terratenientes privados se gestiona mejor". Del relato del Sr. Orlov sobre la propiedad de esta señora se desprende que ella gestiona la hacienda mediante el trabajo de los campesinos locales, quienes cultivan su tierra a cambio de harina recibida en préstamo durante el invierno, etc., y que la propietaria se muestra notablemente solícita con los campesinos, les ayuda, de modo que ahora son los campesinos más prósperos de la volost, cuyo grano "alcanza casi hasta la nueva cosecha (antes no les bastaba ni hasta San Nicolás de invierno)".

Cabe preguntarse: ¿excluye acaso "semejante planteamiento de la cuestión la oposición de intereses entre el campesino y el terrateniente", como piensan los Sres. N. Kablukov (t. V, p. 175) y V. Orlov (t. II, pp. 55-59 y otras)? Es evidente que no, pues la Sra. K. vive del trabajo de sus campesinos. Por consiguiente, la explotación no está en absoluto eliminada. No ver la explotación detrás de las buenas relaciones con los explotados es disculpable para la Sra. K., pero de ningún modo para un economista-estadístico que, admirando este caso, se equipara plenamente a aquellos Menschenfreunde[97] en Occidente que admiran las buenas relaciones del capitalista con el obrero, relatan con embeleso casos en que el fabricante se preocupa por los obreros, les organiza economatos, viviendas, etc. Deducir de la existencia (y, por tanto, de la "posibilidad") de semejantes "hechos" la ausencia de oposición de intereses significa no ver el bosque por culpa de los árboles. Esto, en primer lugar.

Y, en segundo lugar, del relato del Sr. Orlov vemos que los campesinos de la Sra. K., «gracias a las excelentes cosechas (la terrateniente les dio buenas semillas), han adquirido ganado» y llevan una hacienda «arreglada». Imagínese que estos «hacendados arreglados» se han vuelto no «casi», sino plenamente arreglados: el grano les alcanza no «casi» hasta la nueva cosecha ni «a la mayoría», sino a todos y les alcanza por completo. Imaginemos que estos campesinos tienen suficiente tierra, que poseen también los «pastos y el paso de ganado» que ahora no tienen (¡vaya arreglo!), y que arriendan a la Sra. K. a cambio de trabajo. ¿Acaso cree el Sr. Orlov que entonces –es decir, si la hacienda campesina fuera realmente arreglada– estos campesinos se pondrían a «cumplir todos los trabajos en la finca de la Sra. K. con esmero, puntualidad y rapidez», como lo hacen ahora? ¿O quizás la gratitud hacia la buena señora, que exprime los jugos de los campesinos arreglados de manera tan maternal, será un impulso no menos fuerte que la desesperanza de la situación actual de los campesinos, que no pueden prescindir de los pastos y el paso de ganado?

Es evidente que en el fondo las ideas de los «amigos del pueblo» son las mismas: como auténticos ideólogos de la pequeña burguesía, no quieren la supresión de la explotación, sino su mitigación; no quieren la lucha, sino la conciliación. Sus amplios ideales, desde cuyo punto de vista vapulean con tanto celo a los estrechos socialdemócratas, no van más allá de un campesinado «arreglado» que cumpla sus «obligaciones» ante los terratenientes y capitalistas, con la sola condición de que los terratenientes y capitalistas los traten con justicia.

Otro ejemplo. El Sr. Yuzhakov, en su bastante conocido artículo «Normas de la propiedad popular de la tierra en Rusia» (Rússkaya Mysl, 1885, núm. 9), exponía sus puntos de vista sobre cuáles debían ser las dimensiones de la propiedad «popular» de la tierra, es decir, en la terminología de nuestros liberales, una propiedad que excluyera el capitalismo y la explotación. Ahora –tras la excelente aclaración del asunto por el Sr. Krivenko– sabemos que él también lo veía desde la óptica de la «introducción del capitalismo en la vida popular». Como mínimo de propiedad «popular» de la tierra, tomaba parcelas que cubrieran «el sustento en grano y los pagos»[98], y lo demás, según decía, se podía obtener con «trabajos complementarios»… En otras palabras, se resignaba abiertamente a un orden en el cual el campesino, conservando su vínculo con la tierra, quedaba sometido a una doble explotación: en parte por el terrateniente –por la «parcela»– y en parte por el capitalista –por los «trabajos complementarios». Esta situación de los pequeños productores, sometidos a una doble explotación y colocados, además, en unas condiciones de vida que engendran necesariamente el embrutecimiento y la postración, quitando toda esperanza no ya de victoria, sino incluso de lucha de la clase oprimida, esta situación semimedieval es el nec plus ultra del horizonte y los ideales de los «amigos del pueblo». Y he aquí que cuando el capitalismo, desarrollándose con enorme rapidez durante todo el período de la historia posreforma de Rusia, empezó a arrancar de raíz este pilar de la vieja Rusia –el campesinado patriarcal, semiservil–, a arrancarlo de su entorno medieval, semifeudal, y a colocarlo en el más moderno y puramente capitalista, obligándolo a abandonar sus lugares asentados y a vagar por toda Rusia en busca de trabajo, rompiendo la esclavización al «empleador» local y mostrando en qué consisten los fundamentos de la explotación en general, de la explotación de clase, y no solo del despojo de un determinado usurero; cuando el capitalismo empezó a arrastrar en masa al resto de la población campesina, embrutecida y oprimida hasta una condición animal, al torbellino de una vida sociopolítica cada vez más compleja, entonces nuestros paladines alzaron clamores y lamentos por la caída y el derrumbe de los pilares. Y aún hoy continúan clamando y lamentándose por aquellos buenos tiempos viejos, aunque ahora, al parecer, ya hay que estar ciego para no ver el lado revolucionario de este nuevo modo de vida, para no ver cómo el capitalismo crea una nueva fuerza social, no ligada en nada al viejo régimen de explotación y colocada en condiciones de luchar contra él.

En los «amigos del pueblo», sin embargo, no se advierte el menor rastro de deseos de un cambio radical del orden actual. Se satisfacen plenamente con medidas liberales sobre el terreno dado, y el Sr. Krivenko, en el campo de la invención de tales medidas, manifiesta auténticas dotes administrativas de un pompadour[62] autóctono.

«En general, esta cuestión –discurre sobre la necesidad de un “estudio detallado y una transformación radical de nuestra industria popular”– requiere un examen especial y la división de las producciones en grupos de producciones aplicables a la vida popular (¡sic!), y de aquellas cuya aplicación encuentra dificultades serias».

Un modelo de tal división en grupos nos lo brinda el mismo Sr. Krivenko, que divide las industrias en aquellas que no se capitalizan, aquellas donde ya ha ocurrido la capitalización y aquellas que pueden «disputar a la gran industria por la existencia».

«En el primer caso –sentencia el administrador–, la pequeña producción puede existir libremente»: ¿y ser libre respecto al mercado, cuyas oscilaciones descomponen a los pequeños productores en burguesía y proletariado? ¿ser libre de la ampliación de los mercados locales y de su reunión en un gran mercado? ¿ser libre del progreso de la técnica? ¿O acaso ese progreso de la técnica, bajo la producción mercantil, puede no ser capitalista? En el último caso, el autor exige «la organización de la producción también en forma grande»: «Es evidente –dice– que aquí ya se necesita la organización de la producción también en forma grande; se necesita capital fijo y circulante, máquinas, etc., o el equilibrio de estas condiciones mediante algo distinto: crédito barato, supresión del intermediario excesivo, forma artel de hacienda y posibilidad de prescindir de la ganancia empresarial, seguridad en las ventas, invención de motores más baratos y otras mejoras técnicas o, por último, cierta reducción del salario, si esta se viera compensada con otras ventajas».

Un razonamiento sumamente característico para definir a los «amigos del pueblo» con sus amplios ideales de palabra y su liberalismo estereotipado de hecho. Nuestro filósofo empieza, como ven, nada menos que con la posibilidad de prescindir de la ganancia empresarial y con la organización de la gran economía. Perfecto: eso es precisamente lo que quieren también los socialdemócratas. Pero ¿cómo pretenden lograr esto los «amigos del pueblo»? Pues para organizar la gran producción sin empresarios es necesario, en primer lugar, abolir la organización mercantil de la economía social y sustituirla por una organización comunal, comunista, en la que el regulador de la producción no sea el mercado, como ahora, sino los propios productores, la propia sociedad de los trabajadores, en la que los medios de producción pertenezcan no a personas privadas, sino a toda la sociedad. Semejante sustitución de la forma privada de apropiación por la comunal exige, evidentemente, una previa transformación de la forma de producción, exige la fusión de los procesos productivos dispersos, diminutos y aislados de los pequeños productores en un solo proceso productivo social, exige, en una palabra, precisamente aquellas condiciones materiales que crea el capitalismo. Pero los «amigos del pueblo» no tienen la menor intención de apoyarse en el capitalismo. ¿Cómo piensan actuar entonces? No se sabe. Ni siquiera mencionan la abolición de la economía mercantil: es obvio que sus amplios ideales no pueden salir de ningún modo de los marcos de este sistema de producción social. Además, para suprimir la ganancia empresarial habría que expropiar a los empresarios, cuyas «ganancias» provienen precisamente de haber monopolizado los medios de producción. Para esa expropiación de los pilares de nuestra patria hace falta un movimiento popular revolucionario contra el régimen burgués, movimiento del que solo es capaz el proletariado obrero, en modo alguno ligado a dicho régimen. Pero los «amigos del pueblo» ni siquiera piensan en lucha alguna, y ni sospechan de la posibilidad y la necesidad de otros agentes sociales, aparte de los órganos administrativos de los propios empresarios. Está claro que no tienen la menor intención seria de alzarse contra la «ganancia empresarial»: el señor Krivenko simplemente soltó una fanfarronada. Y de inmediato se corrige: se puede, efectivamente, «equilibrar» algo como «la posibilidad de prescindir de la ganancia empresarial» – «con otra cosa», a saber, con el crédito, la organización de las ventas, las mejoras técnicas. Todo se arregló, pues, muy felizmente: en lugar de algo tan ofensivo para los señores empresarios como la supresión de sus derechos sagrados a la «ganancia», aparecieron unas medidas liberales tan dóciles que no harán sino proporcionar al capitalismo mejores instrumentos de lucha, que no harán sino fortalecer, consolidar y desarrollar a nuestra pequeña burguesía «popular». Y para no dejar ninguna duda de que los «amigos del pueblo» defienden únicamente los intereses de esa pequeña burguesía, el señor Krivenko ofrece todavía la siguiente notable aclaración. ¡Resulta que la supresión de la ganancia empresarial se puede «equilibrar»... «con la reducción del salario»! A primera vista puede parecer que esto es un completo despropósito. Pero no. Es la aplicación consecuente de las ideas del espíritu pequeño-burgués. El autor observa un hecho como la lucha del gran capital contra el pequeño, y como verdadero «amigo del pueblo» se pone, por supuesto, del lado del pequeño... capital. Ha oído decir, además, que uno de los medios de lucha más poderosos para los pequeños capitalistas es la reducción del salario, hecho perfectamente constatado y registrado en una multitud de producciones en Rusia, junto con la prolongación de la jornada laboral. Y he aquí que, queriendo salvar a toda costa a los pequeños... capitalistas, ¡propone «una cierta reducción del salario, si se compensara con otras ventajas»! Los señores empresarios, de cuya «ganancia» se dijeron al principio cosas al parecer un tanto extrañas, pueden estar completamente tranquilos. Creo que hasta estarían encantados de sentar en el ministerio de finanzas a ese genial administrador que proyecta, contra los empresarios, la reducción del salario.

Se puede citar otro ejemplo más de cómo, bajo los administradores liberal-humanitarios de «R. Bogatstvo», asoma el burgués de pura cepa, en cuanto el asunto toca alguna cuestión práctica. En la «Crónica de la vida interior» del número 12 de «R. Bogatstvo», se trata el tema del monopolio.

«El monopolio y el sindicato – dice el autor – son los ideales de la industria desarrollada». Y a continuación se sorprende de que estas instituciones aparezcan también entre nosotros, aunque no tenemos «una fuerte competencia de capitales». «Ni la industria azucarera ni la petrolera han alcanzado aún un desarrollo especial. El consumo tanto de azúcar como de keroseno está en nuestro país prácticamente en estado embrionario, si reparamos en la insignificante cantidad de estos productos que corresponde en Rusia a cada consumidor en comparación con otros países. Parecería que el campo para el desarrollo de estas ramas industriales es todavía muy amplio y puede absorber una masa enorme de capitales».

Es característico que aquí, justamente en una cuestión práctica, el autor se haya olvidado de la idea favorita de «R. Bogatstvo» sobre la contracción del mercado interior. Se ve forzado a reconocer que dicho mercado tiene ante sí todavía un desarrollo gigantesco, y no una contracción. Llega a esta conclusión comparando con Occidente, donde el consumo es mayor. ¿Por qué? – Porque la cultura es más elevada. – Pero ¿en qué consisten los fundamentos materiales de esa cultura sino en el desarrollo de la técnica capitalista, en el crecimiento de la economía mercantil y del intercambio, que ponen a las personas en colisiones más frecuentes entre sí, destruyendo el aislamiento medieval de las distintas localidades? ¿Acaso en Francia, por ejemplo, no era la cultura inferior a la nuestra antes de la gran revolución, cuando aún no se había completado la escisión de su campesinado semimedieval en burguesía rural y proletariado? Y si el autor hubiera observado con más atención la vida rusa, no habría podido dejar de advertir, por ejemplo, el hecho de que en las localidades con capitalismo desarrollado las necesidades de la población campesina son considerablemente más elevadas que en las comarcas puramente agrícolas. Esto lo señalan unánimemente todos los investigadores de nuestras industrias artesanales domésticas en todos los casos en que dichas industrias alcanzan un desarrollo tal que imponen una impronta artesanal a toda la vida de la población[99].

Los «amigos del pueblo» no prestan atención alguna a semejantes «pequeñeces», porque para ellos el asunto se explica «simplemente» por la cultura o por la vida en general que se va complicando, sin plantearse siquiera la cuestión de los fundamentos materiales de esa cultura y de esa complicación. – Y si se dirigieran siquiera a la economía de nuestra aldea, tendrían que reconocer que es precisamente la descomposición del campesinado en burguesía y proletariado lo que crea el mercado interior.

Ellos piensan, probablemente, que el crecimiento del mercado no significa en absoluto el crecimiento de la burguesía. «El monopolio – continúa su razonamiento el citado cronista de la vida interior – entre nosotros, dado el débil desarrollo de la producción en general y la ausencia de empuje e iniciativa, será un nuevo freno para el desarrollo de las fuerzas del país». Hablando del monopolio del tabaco, el autor calcula que «sustraerá de la circulación popular 154 millones de rublos». Aquí ya se pierde de vista directamente que la base de nuestro orden económico es la economía mercantil, cuyo guía es también entre nosotros, como en todas partes, la burguesía. Y en lugar de hablar de la restricción de la burguesía por el monopolio, el autor habla del «país», en lugar de hablar de la circulación mercantil, burguesa, habla de la circulación «popular»[100]. El burgués jamás está en condiciones de captar la diferencia entre estos conceptos, por enorme que sea. Para mostrar hasta qué punto es realmente evidente esa diferencia, me remitiré a una revista que goza de autoridad a los ojos de los «amigos del pueblo»: «Otechestvennie Zapiski». En el número 2 de 1872, en el artículo «La plutocracia y sus fundamentos» leemos:

Según la caracterización de Marlo, el rasgo más esencial de la plutocracia es el amor a la forma liberal del Estado o, al menos, al principio de la libertad de adquisición. Si tomamos este rasgo y recordamos lo que ocurría hace unos 8 o 10 años, veremos que en materia de liberalismo hemos hecho progresos gigantescos… Cualquier periódico o revista que tomemos – todos, al parecer, representan más o menos el principio democrático, todos luchan por los intereses del pueblo. Pero, junto a las concepciones democráticas, e incluso bajo su manto (obsérvese esto), se deslizan constante, deliberada o indeliberadamente, aspiraciones plutocráticas.

El autor cita como ejemplo el mensaje de los comerciantes de San Petersburgo y Moscú al ministro de Finanzas, con el agradecimiento de este honorable estamento de la burguesía rusa por el hecho de que "él basó la situación financiera de Rusia en la mayor expansión posible de la única y fructífera actividad privada". Y el autor del artículo concluye: "Elementos y veleidades plutocráticas existen indudablemente en nuestra sociedad, y en cantidad suficiente".

He aquí: sus predecesores, en un tiempo ya muy remoto, cuando aún estaban vivas y frescas las impresiones de la gran reforma liberadora (que debía, según el descubrimiento del Sr. Yuzhakov, liberar las vías tranquilas y regulares del desarrollo de la producción "popular", pero que en realidad liberó solo las vías del desarrollo de la plutocracia), no pudieron por menos de reconocer el carácter plutocrático, es decir, burgués, de la iniciativa privada en Rusia.

¿Por qué, entonces, han olvidado ustedes esto? ¿Por qué, al hablar del giro "popular" y del desarrollo de las "fuerzas del país" gracias al desarrollo de la "iniciativa y el espíritu emprendedor", no mencionan ustedes el carácter antagónico de este desarrollo, el carácter explotador de esta iniciativa y de este espíritu emprendedor? Se puede y se debe, por supuesto, pronunciarse contra los monopolios y otras instituciones similares, ya que, indudablemente, empeoran la situación del trabajador, pero no hay que olvidar que, además de todas estas trabas medievales, el trabajador está encadenado por trabas aún más fuertes, modernas, burguesas. Indudablemente, la abolición de los monopolios será útil para todo el "pueblo", porque, cuando la economía burguesa se ha convertido en la base de la economía del país, estos restos del régimen medieval solo añaden a las calamidades capitalistas otras calamidades aún peores: las medievales. Indudablemente, es necesario destruirlos – y cuanto más rápida y radicalmente, mejor – para, al limpiar a la sociedad burguesa de las trabas semifeudales heredadas, desatar las manos a la clase obrera, facilitarle la lucha contra la burguesía.

Así es como hay que hablar, llamando a las cosas por su nombre: que la abolición de los monopolios y de cualquier otra restricción medieval (cuyo nombre en Rusia es legión) es necesaria para la clase obrera para facilitarle la lucha contra el orden burgués. Eso es todo. Olvidar, tras la solidaridad de intereses de todo el "pueblo" contra las instituciones medievales y feudales, el profundo e irreconciliable antagonismo entre la burguesía y el proletariado en el seno de ese "pueblo", solo pueden hacerlo los burgueses.

Por lo demás, sería absurdo pensar en avergonzar con esto a los "amigos del pueblo", cuando, respecto a lo que necesita la aldea, dicen, por ejemplo, cosas como estas:

"Hace varios años – relata el Sr. Krivenko – cuando algunos periódicos examinaban qué profesiones y qué tipo de personas instruidas necesitaba la aldea, la lista resultaba muy larga y variada y abarcaba casi toda la vida: tras los doctores y las doctoras venían los practicantes, tras ellos los abogados, tras los abogados los maestros, los organizadores de bibliotecas y librerías, los agrónomos, los silvicultores y, en general, personas dedicadas a la agricultura, técnicos de las más diversas especialidades (un ámbito muy vasto y aún casi intacto), organizadores y directores de instituciones de crédito, almacenes de mercancías, etc.".

Detengámonos, al menos, en esos "intelectuales" (??), cuya actividad se relaciona directamente con la esfera económica, en esos silvicultores, agrónomos, técnicos, etc. ¡Cuán necesarias son, en efecto, estas personas para la aldea! Pero, ¿para QUÉ aldea? – Por supuesto, para la aldea de los terratenientes, para la aldea de los campesinos acomodados, que tienen "ahorros" y pueden pagar los servicios de todos estos artesanos a los que el Sr. Krivenko se digna llamar "intelectuales". Esa aldea ansía, en verdad y desde hace mucho, tanto técnicos como crédito y almacenes de mercancías; de ello da testimonio toda la literatura económica. Pero hay otra aldea, mucho más numerosa, que no estaría de más recordaran más a menudo los "amigos del pueblo": la aldea del campesinado arruinado y empobrecido, despojado hasta lo sumo, que no solo no tiene "ahorros" para pagar el trabajo de los "intelectuales", sino que ni siquiera tiene pan en cantidad suficiente para no morir de hambre. ¡¿Y a esta aldea quieren ustedes ayudarla con almacenes de mercancías?! ¿Qué van a depositar allí nuestros campesinos de un solo caballo o sin caballo, en esos almacenes de mercancías? ¿Su ropa? Ya la empeñaron en 1891 a los kulaks rurales y urbanos, quienes organizaron entonces, en cumplimiento de su receta humanitario-liberal, verdaderos "almacenes de mercancías" en sus casas, tabernas y tiendas. Quedan tal vez solo los "brazos" trabajadores. Pero para esta mercancía, ni siquiera los funcionarios rusos han inventado hasta ahora "almacenes de mercancías"…

Es difícil imaginar una prueba más evidente del extremo envilecimiento de estos "demócratas" que este enternecimiento por los progresos técnicos en el "campesinado" y este cerrar los ojos ante la expropiación masiva de ese mismo "campesinado". El Sr. Karyshev, por ejemplo, en el nº 2 de "R. Bogatstva" ("Esbozos", § XII), con el embeleso de un cretino liberal, relata casos de "perfeccionamientos y mejoras" en la economía campesina: "la difusión en la economía campesina de variedades mejoradas de semillas" (avena americana, centeno Vaza, avena Clydesdale, etc.). "En algunos lugares, los campesinos destinan para las semillas pequeñas parcelas especiales de tierra, en las que, tras un esmerado cultivo, se plantan a mano ejemplares seleccionados de granos". "Muchas y muy diversas innovaciones" se registran "en el ámbito de los aperos[101] y máquinas mejorados": aporcadores, arados ligeros, trilladoras, aventadoras, clasificadoras. Se constata "el aumento de la diversidad de tipos de fertilizantes": fosforitas, estiércol de cola, palomina, etc. "Los corresponsales insisten en la necesidad de organizar en las aldeas almacenes locales de los zemstvos para la venta de fosforitas", y el Sr. Karyshev, citando la obra del Sr. V. V.: "Corrientes progresivas en la economía campesina" (a la que también se refiere el Sr. Krivenko), cae, a propósito de todos estos conmovedores progresos, en un verdadero éxtasis:

Estas noticias, que hemos podido exponer solo sucintamente, producen una impresión tonificante y a la vez triste... Tonificante, porque este pueblo, empobrecido, endeudado, en gran parte desprovisto de caballos, no se cruza de brazos, no se entrega a la desesperación, no cambia de oficio, sino que permanece fiel a la tierra, comprendiendo que en ella, en su correcto tratamiento, está su futuro, su fuerza, su riqueza. (¡Pues claro! ¡Se sobreentiende que precisamente este mujik empobrecido y desprovisto de caballos compra fosforitas, seleccionadoras, trilladoras, semillas de avena de Clydesdale! ¡Oh, sancta simplicitas![102] Pero esto no lo escribe una colegiala, ¡sino un profesor, doctor en economía política! No, dígase lo que se quiera, esto no se puede explicar solo con la santa ingenuidad.) Busca febrilmente los modos de ese correcto tratamiento, busca nuevos caminos, métodos de cultivo, semillas, aperos, fertilizantes, todo lo que pueda ayudar a fecundar a su nodriza, la tierra, que le recompensará tarde o temprano con creces[103]... Estas noticias producen una impresión triste no porque (quizá el lector piense que el «amigo del pueblo» mencionará aquí, al fin, la expropiación masiva del campesinado, que acompaña y provoca la concentración de la tierra en manos de mujiks acaudalados, su transformación en capital, en base de una agricultura perfeccionada; esa expropiación que precisamente arroja al mercado brazos «libres» y «baratos» que forjan los éxitos de la «iniciativa» nacional en el terreno de todas esas trilladoras, seleccionadoras y aventadoras —¡en absoluto!—), sino porque... hay que despertarnos precisamente a nosotros mismos. ¿Dónde está nuestra ayuda a ese afán del mujik por levantar su hacienda? Para nosotros hay ciencia, literatura, museos, almacenes, oficinas de comisiones. (De verdad, señores, así, yuxtapuesto: «ciencia» y «oficinas de comisiones»... Hay que estudiar a los «amigos del pueblo» no cuando combaten a los socialdemócratas, pues para ese caso se ponen un uniforme cosido con jirones de los «ideales de los padres», sino en su atuendo cotidiano, cuando discuten detalladamente cuestiones de la vida diaria. Y entonces podrán ustedes observar a estos ideólogos de la pequeña burguesía con todo su color y olor.) ¿Existe algo semejante para el mujik? Hay, por supuesto, embriones, pero parece que se desarrollan con mucha lentitud. El mujik quiere un ejemplo: ¿dónde están nuestros campos experimentales, nuestras haciendas modelo? El mujik busca la palabra impresa: ¿dónde está nuestra literatura agronómica popular?... El mujik busca fertilizantes, aperos, semillas: ¿dónde están nuestros almacenes de los zemstvos para todo esto, el acopio al por mayor, las facilidades de compra, de difusión?... ¿Dónde están ustedes, agentes privados y de los zemstvos? Vayan y trabajen, que el tiempo ya ha llegado, y

¡Ahí los tienen, a estos amigos de los pequeños burgueses «populistas», en pleno deleite de sí mismos con sus progresos pequeñoburgueses!

Parecería que, aun sin analizar la economía de nuestra aldea, bastaría con observar este hecho notorio de nuestra nueva historia económica —los progresos en la hacienda campesina, constatados por todos, simultáneamente con la gigantesca expropiación del campesinado— para convencerse de lo absurdo de la imagen del campesinado como un todo solidario en su interior y homogéneo; ¡para convencerse del carácter burgués de todos esos progresos! Pero los «amigos del pueblo» permanecen sordos a todo esto. Habiendo perdido los buenos aspectos del viejo populismo social-revolucionario ruso, se han aferrado con fuerza a uno de sus mayores errores: la incomprensión del antagonismo de clase dentro del campesinado.

«El populista de los años 70 —dice Gúrvich con mucho acierto— no tenía la menor idea del antagonismo de clase dentro del propio campesinado, limitando ese antagonismo exclusivamente a las relaciones entre el “explotador” —el kulak o devorador del mir— y su víctima, el campesino impregnado de espíritu comunista[104]. Gleb Uspenski se alzaba solitario con su escepticismo, respondiendo con una sonrisa irónica a la ilusión general. Con su excelente conocimiento del campesinado y su enorme talento artístico, que penetraba hasta la esencia misma de los fenómenos, no podía dejar de ver que el individualismo se había convertido en la base de las relaciones económicas no solo entre el usurero y el deudor, sino entre los campesinos en general. Véase su artículo “Igualarse a un rasero”{63} en El Pensamiento Ruso, 1882, núm. 1» (op. cit., pág. 106).

Pero si era excusable e incluso natural caer en esta ilusión en los años 60 y 70 —cuando aún se disponía de relativamente pocos datos precisos sobre la economía de la aldea, cuando todavía no se manifestaba tan nítidamente la descomposición de la aldea—, ahora habría que cerrar los ojos a propósito para no ver esa descomposición. Es sumamente característico que precisamente en los últimos tiempos, cuando la ruina del campesinado ha alcanzado, al parecer, su apogeo, se oiga por todas partes hablar de corrientes progresistas en la hacienda campesina. El señor V. V. (también un «amigo del pueblo» indiscutible) escribió un libro entero sobre este tema. Y no se le podrá reprochar inexactitud fáctica. Al contrario, el hecho no admite duda: el hecho del progreso técnico, agrocultural, en el campesinado, pero igualmente indiscutible es el hecho de la expropiación masiva del campesinado. Y he aquí que los «amigos del pueblo» concentran toda su atención en cómo el «mujik» busca febrilmente nuevos métodos de cultivo que le ayuden a fecundar a su nodriza, la tierra, dejando de lado el reverso de la medalla: la febril separación del propio «mujik» de la tierra. Como avestruces, esconden la cabeza para no mirar de frente a la realidad, para no ver que asisten precisamente al proceso de transformación en capital de aquella tierra de la que el campesinado es arrancado, al proceso de creación del mercado interior[105]. ¡Intenten refutar la existencia de estos dos procesos polares en nuestro campesinado comunal, intenten explicarlos de otro modo que no sea por el carácter burgués de nuestra sociedad! — ¡Ni hablar! Cantar aleluya y deshacerse en frases humanitarias y benévolas: he ahí el alfa y omega de toda su «ciencia», de toda su «actividad» política.

Y este zurcido mansamente liberal del orden de cosas actual lo elevan incluso a toda una filosofía. «Una pequeña obra viva —razona con profundidad el señor Krivenko— es mucho mejor que una gran holgazanería». —Nuevo e inteligente. Y luego, prosigue, «una obra pequeña no es en absoluto sinónimo de un objetivo pequeño». Como ejemplo de tal «ampliación de la actividad», cuando una obra pequeña se vuelve «correcta y buena», se cita la actividad de una señora en la organización de escuelas, luego la actividad de abogados en el campesinado, que desplaza a los picapleitos, la sugerencia de que los abogados viajen a provincias para asistir a sesiones itinerantes de los tribunales de distrito a fin de defender a los acusados, y, en fin, la ya conocida organización de almacenes para la artesanía: la ampliación de la actividad (hasta alcanzar dimensiones de un gran objetivo) debería consistir aquí en la creación de almacenes «con las fuerzas unidas de los zemstvos en los puntos más activos».

Todo esto es, por supuesto, muy elevado, humanitario y liberal —«liberal» porque despejará el sistema económico burgués de todas sus trabas medievales y con ello facilitará al obrero la lucha contra ese mismo sistema, al que, naturalmente, semejantes medidas no solo no afectarán, sino que, al contrario, fortalecerán—, y todo esto lo leemos desde hace mucho en todas las publicaciones liberales rusas. No valdría la pena siquiera pronunciarse en contra, si no nos obligaran a ello los señores de Rús. Bog., que se han puesto a enarbolar estos «mansos brotes de liberalismo» CONTRA los socialdemócratas y como ejemplo para ellos, reprochándoles además la renuncia a los «ideales de los padres». Y entonces no podemos dejar de decir que es, como mínimo, gracioso rebatir a los socialdemócratas proponiendo y señalando una actividad liberal tan moderada y pulcra (es decir, servidora de la burguesía). Y a propósito de los padres y sus ideales, cabe señalar que, por muy erróneas, por muy utópicas que fueran las viejas teorías de los populistas rusos, al menos mantenían una actitud ABSOLUTAMENTE negativa hacia semejantes «mansos brotes de liberalismo». Tomo prestada esta última expresión de una nota del señor N. K. Mijáilovski: «A propósito de la edición rusa del libro de K. Marx» (Anales de la Patria, 1872, núm. 4), nota escrita de forma muy viva, enérgica y fresca (en comparación con sus escritos actuales) y que protestaba airadamente contra la propuesta de no ofender a nuestros jóvenes liberales.

Pero esto fue hace tanto tiempo, tanto, que los «amigos del pueblo» han tenido ocasión de olvidarlo por completo y con su táctica han demostrado palmariamente que, en ausencia de una crítica materialista de las instituciones políticas, en ausencia de una comprensión del carácter de clase del Estado moderno, del radicalismo político al oportunismo político no hay más que un paso.

He aquí algunas muestras de este oportunismo:

«La transformación del ministerio de bienes del Estado en ministerio de agricultura —declara el señor Yuzhakov— puede tener una profunda influencia en el curso de nuestro desarrollo económico, pero puede también quedarse en un mero reajuste de funcionarios» (núm. 10 de «R. B.»).

Todo depende, pues, de a quiénes «se convoque»: si a los amigos del pueblo o a los representantes de los intereses de los terratenientes y capitalistas. Los intereses mismos pueden no ser tocados.

«La protección del económicamente más débil frente al económicamente más fuerte constituye la primera tarea natural de la intervención estatal», continúa en el mismo lugar el mismo señor Yuzhakov, y le hace eco, en los mismos términos, el cronista de la vida interior en el núm. 2 de «R. B—va». Y para no dejar ninguna duda de que entiende este disparate filantrópico[106] del mismo modo que sus dignos compinches, los ideólogos liberales y radicales de la pequeña burguesía de Europa occidental, añade a continuación de lo antes dicho:

«Los land bills de Gladstone{64}, el seguro obrero de Bismarck, la inspección de fábricas, la idea de nuestro banco campesino, la organización de los reasentamientos, las medidas contra los kulaks, todo esto son intentos de aplicar precisamente este principio de intervención estatal con el fin de defender al económicamente más débil».

Esto ya es bueno por lo franco que es. El autor dice aquí abiertamente que quiere situarse exactamente en el mismo terreno de las relaciones sociales dadas que los señores Gladstone y Bismarck, que quiere exactamente remendar y zurcir la sociedad actual (la burguesa, cosa que él no comprende, como tampoco la comprenden los partidarios de los Gladstone y los Bismarck en Europa occidental), y no luchar contra ella. En plena armonía con esta concepción teórica fundamental suya está también la circunstancia de que ven el instrumento de las reformas en un órgano surgido sobre la base de esta sociedad actual y que salvaguarda los intereses de las clases que en ella dominan: en el Estado. Lo consideran abiertamente omnipotente y situado por encima de todas las clases, esperando de él no solo «apoyo» para el trabajador, sino también la creación de un orden auténtico y correcto (como hemos oído del señor Krivenko). Por lo demás, es comprensible que de ellos, como ideólogos purísimos de la pequeña burguesía, no quepa esperar otra cosa. Esta es, en efecto, una de las características fundamentales y distintivas de la pequeña burguesía, que, dicho sea de paso, la convierte en una clase reaccionaria: el pequeño productor, disgregado y aislado por las propias condiciones de la producción, atado a un lugar determinado y a un explotador determinado, es incapaz de comprender el carácter de clase de la explotación y de la opresión que sufre a veces no menos que el proletario, es incapaz de comprender que también el Estado en la sociedad burguesa no puede dejar de ser un Estado de clase[107].

¿Por qué, sin embargo, estimadísimos señores «amigos del pueblo», hasta ahora —y desde la época de esa misma reforma liberadora con especial energía— nuestro gobierno no ha hecho más que «apoyar, proteger y crear» exclusivamente a la burguesía y al capitalismo? ¿Por qué esa actividad tan perversa de ese gobierno absoluto, supuestamente situado por encima de las clases, ha coincidido precisamente con el período histórico caracterizado en la vida interior por el desarrollo de la economía mercantil, del comercio y de la industria? ¿Por qué pensáis que estos últimos cambios en la vida interior son lo posterior, y la política del gobierno lo anterior, a pesar de que los primeros cambios se producían de manera tan profunda que el gobierno ni siquiera los advertía y les ponía un sinfín de trabas, a pesar de que ese mismo gobierno «absoluto», en otras condiciones de la vida interior, «apoyaba», «protegía» y «creaba» a otra clase?

¡Oh, los «amigos del pueblo» jamás se plantean semejantes preguntas! Todo esto es, para ellos, materialismo y dialéctica, «hegelianismo», «mística y metafísica». Sencillamente piensan que si se le pide con mucho mimo y zalamería a ese gobierno, puede arreglarlo todo estupendamente. Y, en lo que respecta a la zalamería, hay que hacerle justicia a «R. Bogatstvo»: en verdad, incluso dentro de la prensa liberal rusa, se distingue por su incapacidad para comportarse con un mínimo de independencia. Juzgad vosotros mismos:

«La abolición del impuesto sobre la sal, la abolición del impuesto de capitación y la reducción de los pagos de redención» son calificadas por el señor Yuzhakov de «grave alivio para la economía nacional». ¡Pues claro! ¿Y no estuvo acompañada la abolición del impuesto sobre la sal de la instauración de un montón de nuevos impuestos indirectos y del aumento de los antiguos? ¿No estuvo acompañada la abolición del impuesto de capitación del aumento de los pagos de los antiguos campesinos del Estado bajo la apariencia de transferirlos a la redención? ¿No quedó también ahora, tras la cacareada reducción de los pagos de redención (con la que el Estado no devolvió a los campesinos ni siquiera la ganancia que había obtenido con la operación de redención), la desproporción entre los pagos y la rentabilidad de la tierra, es decir, la pervivencia directa de las cargas feudales? ¡No importa! Aquí lo esencial es solo el «primer paso», el «principio», y luego… ¡luego se podrá seguir pidiendo!

Pero todo esto no son más que flores. He aquí los frutos:

«Los años 80 aliviaron la carga del pueblo (con las medidas señaladas) y con ello salvaron al pueblo de la ruina definitiva».

Frase también clásica por su descaro lacayuno, que solo puede equipararse quizás a la declaración antes citada del señor Mijailovski de que aún nos falta crear el proletariado. No se puede uno olvidar, a este respecto, de la historia de la evolución del liberal ruso, tan certeramente descrita por Schedrín. Ese liberal empieza pidiendo a las autoridades reformas «en la medida de lo posible»; prosigue mendigando «bueno, al menos algo»; y termina en la posición eterna e inquebrantable del «conforme a la vileza». Pues bien, ¿cómo no decir, realmente, de los «amigos del pueblo» que han ocupado esta eterna e inquebrantable posición, cuando, bajo la viva impresión del hambre de millones de personas, ante la cual el gobierno se condujo primero con avaricia mercachifle y después con cobardía igualmente mercachifle, dicen públicamente que el gobierno ha salvado al pueblo de la ruina definitiva? Pasarán aún unos cuantos años, con una expropiación aún más rápida del campesinado; el gobierno añadirá a la creación del ministerio de agricultura la supresión de uno o dos impuestos directos y la instauración de varios nuevos impuestos indirectos; luego el hambre abarcará a 40 millones de personas, y estos señores escribirán exactamente lo mismo: ya veis, pasan hambre 40 millones y no 50; esto se debe a que el gobierno ha aliviado la carga del pueblo y lo ha salvado de la ruina definitiva, ¡se debe a que ha escuchado a los «amigos del pueblo» y ha creado el ministerio de agricultura!

Otro ejemplo:

El cronista de la vida interior en el núm. 2 de «R. B—va», arguyendo que Rusia es «por suerte» (¡sic!) un país atrasado, «que conserva elementos para fundamentar su régimen económico sobre el principio de solidaridad»[108], dice que, por eso, está en condiciones de presentarse «en las relaciones internacionales como portadora de la solidaridad económica», y que las posibilidades de ello aumentan para Rusia gracias a su indiscutible «pujanza política».

¡El gendarme europeo, el puntal constante y más fiel de toda reacción, que ha llevado al pueblo ruso a tal oprobio que, estando oprimido en su casa, ha servido de instrumento para oprimir a los pueblos de Occidente, este gendarme es calificado de portador de la solidaridad económica!

¡Esto ya rebasa toda medida! Los señores «amigos del pueblo» dejan en pañales a todos los liberales. No solo piden al gobierno, no solo lo ensalzan, sino que rezan directamente a ese gobierno, rezan con prosternaciones hasta el suelo, rezan con tal celo que a uno le produce escalofríos oír cómo crujen sus frentes de fieles súbditos.

¿Recordáis la definición alemana del filisteo?

A nuestros asuntos esta definición no se ajusta del todo. Dios… Dios ocupa entre nosotros un lugar muy secundario. En cambio, las autoridades, eso ya es otra cosa. Y si en esta definición sustituimos la palabra «Dios» por la palabra «autoridades», obtendremos la expresión más exacta del bagaje ideológico, del nivel moral y del valor cívico de los rusos y humanitario-liberales «amigos del pueblo».

Ante semejante concepción disparatada del gobierno, los «amigos del pueblo» expresan una actitud correspondiente hacia la llamada «intelectualidad». El señor Krivenko escribe: «La literatura»... debe «evaluar los fenómenos según su significado social y alentar todo intento activo hacia el bien. Ha repetido y sigue repitiendo sobre la falta de maestros, médicos, técnicos, sobre que el pueblo enferma, empobrece (¡hay pocos técnicos!), no sabe leer ni escribir, etc., y cuando aparecen personas a las que ya les hastió estar sentadas ante mesas de juego, participar en espectáculos de aficionados y comer pasteles de noble con viziga, personas que salen a trabajar con rara abnegación (¡piensen ustedes: rechazaron, nada menos, las mesas de juego, los espectáculos y los pasteles!) y, a pesar de multitud de obstáculos, ella debe saludarlas».

Dos páginas más abajo, con la seriedad profesional de un oficinista curtido por la experiencia, amonesta a las personas que «vacilaban ante la cuestión de si debían o no convertirse en jefes de zemstvo, en alcaldes de ciudad, en presidentes y miembros de las juntas de zemstvo según el nuevo reglamento. En una sociedad con una conciencia desarrollada de las necesidades y deberes cívicos (¡escuchen, señores: en verdad, esto vale los discursos de los famosos pompadour rusos, de algún Baránov o Kósich!) ni semejantes vacilaciones, ni tal actitud ante el asunto serían concebibles, porque ella asimilaría a su manera toda reforma, siempre que en ella haya aspectos vitales, es decir, se habría aprovechado y habría dado desarrollo a aquellos de sus aspectos que son convenientes; y los aspectos innecesarios los habría convertido en letra muerta; y si en la reforma no hay vitalidad en absoluto, entonces se habría quedado enteramente como un cuerpo extraño».

¡Qué diablos es esto! ¡Una suerte de oportunismo barato y se presenta con tal autoelogio! La tarea de la literatura es recoger chismes de salón sobre los malvados marxistas, hacer reverencias ante el gobierno por salvar al pueblo de la ruina definitiva, saludar a las personas a las que hastió sentarse ante mesas de juego, enseñar al «público» a no rehuir siquiera de cargos como el de jefe de zemstvo... Pero, ¿qué estoy leyendo? ¿«La Semana»{65} o «Tiempo Nuevo»? No, es «Riqueza Rusa», el órgano de los avanzados demócratas rusos...

Y semejantes señores discurren sobre los «ideales de los padres», pretenden que ellos, precisamente ellos, guardan las tradiciones de aquellos tiempos en que Francia difundía por toda Europa las ideas del socialismo{66} y cuando la asimilación de estas ideas daba en Rusia las teorías y doctrinas de Herzen y Chernyshevski. Esto es ya un auténtico despropósito, que sería profundamente indignante y ofensivo si «Riqueza Rusa» no fuera demasiado ridículo, si semejantes declaraciones en las páginas de tal revista no provocaran únicamente una risa homérica. ¡Sí, ustedes mancillan esos ideales! En efecto, ¿en qué consistían esos ideales de los primeros socialistas rusos, los socialistas de aquella época que Kautsky caracterizó tan acertadamente con las palabras:

— «cuando cada socialista era un poeta y cada poeta, un socialista»?

— Fe en un modo particular, en el régimen comunal de la vida rusa; de ahí, fe en la posibilidad de una revolución socialista campesina: eso era lo que los animaba, lo que levantaba a decenas y cientos de personas a la lucha heroica contra el gobierno. Y ustedes no podrán reprochar a los socialdemócratas que no supieran valorar el enorme mérito histórico de esos mejores hombres de su tiempo, que no supieran respetar profundamente su memoria. Pero yo les pregunto: ¿dónde está ahora esa fe? No existe, no existe hasta tal punto que cuando el año pasado el señor V. V. intentó discurrir sobre que la comuna educa al pueblo para la actividad solidaria, sirve de foco de sentimientos altruistas, etc.{67}, incluso el señor Mijailovski se sintió avergonzado y, con pudor, comenzó a reprochar al señor V. V. que «no existe ningún estudio que demuestre la conexión de nuestra comuna con el altruismo»{68}. Y, en efecto, tal estudio no existe. Pero, fíjense: hubo un tiempo en que, sin estudio alguno, la gente creía, y creía con devoción.

¿Cómo? ¿por qué? ¿sobre qué base?...

— «cada socialista era un poeta y cada poeta, un socialista».

Y luego —añade el mismo señor Mijailovski— todos los investigadores concienzudos están de acuerdo en que la aldea se escinde, segregando, por un lado, una masa de proletariado, y por otro, un puñado de «kulaks» que tienen bajo su bota al resto de la población. Y de nuevo tiene razón: la aldea efectivamente se escinde. Es más, la aldea hace ya mucho tiempo que se ha escindido por completo. Junto con ella se ha escindido también el viejo socialismo campesino ruso, cediendo el lugar, por un lado, al socialismo obrero; por otro, degenerando en un vulgar radicalismo pequeñoburgués. De otro modo que degeneración no puede calificarse esta transformación. De la doctrina sobre el modo particular de la vida campesina, sobre las vías absolutamente originales de nuestro desarrollo, ha brotado una suerte de eclecticismo enclenque, que ya no puede negar que la producción mercantil se ha convertido en la base del desarrollo económico, que ha desembocado en el capitalismo, y que solo se niega a ver el carácter burgués de todas las relaciones de producción, se niega a ver la necesidad de la lucha de clases bajo este régimen. De un programa político calculado para levantar al campesinado hacia una revolución socialista contra las bases de la sociedad contemporánea[110] ha brotado un programa calculado para remendar, «mejorar» la situación del campesinado conservando las bases de la sociedad contemporánea.

Propiamente hablando, todo lo anterior podía ya dar una idea de qué «crítica» cabe esperar de estos señores de «Riqueza Rusa» cuando se ponen a «fulminar» a los socialdemócratas. No hay ni el intento de exponer directa y concienzudamente su comprensión de la realidad rusa (en lo referente a la censura, habría sido perfectamente posible si se hubiera hecho especial hincapié en el aspecto económico, si se hubieran atenido a las mismas expresiones generales, en parte esópicas, en que se condujo toda su «polémica») y de objetar contra ella en lo esencial, objetar contra la justeza de las conclusiones prácticas que de ella se derivan. En lugar de esto, prefieren despacharse con frases vacuas en sumo grado sobre esquemas abstractos y la fe en ellos, sobre la convicción de la necesidad de que cada país atraviese por la fase... etc., sandeces con las que ya nos hemos familiarizado suficientemente con el señor Mijailovski. Al mismo tiempo, incurren en tergiversaciones directas. El señor Krivenko, por ejemplo, declara que Marx «reconocía que para nosotros era posible, con el deseo (¿¡?! Entonces, según Marx, ¿la evolución de las relaciones socioeconómicas depende de la voluntad y la conciencia de las personas? ¿Qué es esto: ignorancia sin medida o desvergüenza sin parangón?) y la actividad correspondiente, evitar las peripecias capitalistas e ir por otro camino, más conveniente (¡¡¡sic!!!)».

Nuestro caballero pudo proferir este desatino mediante una tergiversación directa. Al citar la conocida «Carta de K. Marx» («Véstnik Yuridícheski», 1888, núm. 10), el pasaje en que Marx habla de su alta estima por Chernyshevski, quien consideraba posible para Rusia «no sufrir los tormentos del régimen capitalista», el señor Krivenko, cerrando las comillas, es decir, concluyendo la reproducción exacta de las palabras de Marx (que terminan así: «él [Chernyshevski] se pronuncia en el sentido de la última solución»), añade: «Y yo, dice Marx, comparto (cursiva del señor Krivenko) esos puntos de vista» (pág. 186, núm. 12).

Pero en realidad Marx dice: «Y mi honorable crítico tenía, cuanto menos, tantas razones para deducir de mi estima por ese "gran científico y crítico ruso" la conclusión de que comparto los puntos de vista de este último sobre dicha cuestión, como para, a la inversa, sacar de mi arremetida polémica contra el "belletrista" y paneslavista ruso la conclusión de que los rechazo»{69} («V. Y.», 1888, núm. 10, pág. 271).

Así pues, Marx dice que el señor Mijailovski no tenía derecho a ver en él a un adversario de la idea del desarrollo particular de Rusia, porque él respeta también a quienes defienden esa idea, – y el señor Krivenko tergiversa esto como si Marx «reconociera» ese desarrollo particular. Una tergiversación directa. La declaración citada de Marx muestra con toda claridad que elude la respuesta de fondo: «el señor Mijailovski podría haber tomado como base cualquiera de las dos observaciones contradictorias, es decir, no tenía fundamento ni en una ni en otra para construir sus conclusiones sobre mi punto de vista acerca de los asuntos rusos en general». Y para que esas observaciones no dieran pie a tergiversaciones, Marx en esa misma «carta» dio respuesta directa a la cuestión de qué aplicación podía tener su teoría a Rusia. Esta respuesta muestra con particular evidencia que Marx elude la respuesta de fondo, el análisis de los datos rusos, únicos que pueden decidir la cuestión: «Si Rusia –respondió– aspira a convertirse en una nación capitalista según el modelo de las naciones de Europa occidental, – y en el curso de los últimos años se ha hecho mucho daño a sí misma en este sentido –, no lo conseguirá sin transformar previamente a una buena parte de sus campesinos en proletarios»{70}.

Parece que esto ya está del todo claro: la cuestión consistía precisamente en si Rusia aspira a ser una nación capitalista, si la ruina de su campesinado es un proceso de creación de órdenes capitalistas, de un proletariado capitalista; y Marx dice que «si» aspira a ello, entonces para esto es necesario convertir a una buena parte de los campesinos en proletarios. En otras palabras, la teoría de Marx consiste en investigar y explicar la evolución de los órdenes económicos de determinados países, y su «aplicación» a Rusia sólo puede consistir en que, UTILIZANDO los procedimientos elaborados del método MATERIALISTA y de la economía política TEÓRICA, INVESTIGAR las relaciones de producción rusas y su evolución[111].

La elaboración de una nueva teoría metodológica y político-económica significó un progreso tan gigantesco de la ciencia social, un paso tan colosal hacia adelante para el socialismo, que para los socialistas rusos casi inmediatamente después de la aparición de «El Capital» la principal cuestión teórica se convirtió en la cuestión de «los destinos del capitalismo en Rusia»; en torno a esta cuestión se concentraban los debates más candentes, y de ella dependía la decisión de las más importantes tesis programáticas. Y es notable que cuando apareció (hace unos 10 años) un grupo especial de socialistas que resolvía la cuestión de la evolución capitalista de Rusia en sentido afirmativo y basaba esa decisión en los datos de la realidad económica rusa, no encontró una crítica directa y definida de fondo, una crítica que aceptara las mismas bases metodológicas y teóricas generales y explicara de otro modo los datos correspondientes.

Los «Amigos del pueblo», que han emprendido toda una campaña contra los marxistas, argumentan igualmente sin análisis de los datos fácticos. Se zafan, como vimos en el primer artículo, con frases. A la vez, el señor Mijailovski no pierde la ocasión de aguzar su ingenio a propósito de que entre los marxistas no hay unanimidad, de que no se han puesto de acuerdo entre sí. Y «nuestro conocido» N. K. Mijailovski se ríe muy divertido a propósito de su agudeza a cuenta de los marxistas «auténticos» y «no auténticos». Es cierto que entre los marxistas no hay completa unanimidad. Pero este hecho es presentado por el señor Mijailovski, en primer lugar, de manera incorrecta, y en segundo lugar, demuestra no la debilidad, sino precisamente la fuerza y vitalidad de la socialdemocracia rusa. La cuestión es que el último período se caracteriza especialmente por el hecho de que los socialistas llegan a las concepciones socialdemócratas por caminos diversos y por eso, coincidiendo incondicionalmente en la posición básica y principal de que Rusia representa una sociedad burguesa, surgida del régimen de servidumbre, de que su forma política es un Estado de clase y de que el único camino para poner fin a la explotación del trabajador consiste en la lucha de clase del proletariado, – divergen en muchas cuestiones particulares tanto en los procedimientos de argumentación como en las explicaciones detalladas de tales o cuales fenómenos de la vida rusa. Puedo por ello adelantarme a alegrar al señor Mijailovski con la declaración de que también en las cuestiones, por ejemplo, que han sido abordadas en estas breves notas – sobre la reforma campesina, sobre la economía de la agricultura campesina y las industrias artesanales, sobre el arrendamiento, etc. – existen, dentro de los límites de la posición básica y general para todos los socialdemócratas que acabo de aducir, distintas opiniones. La unanimidad de personas que se tranquilizan con el reconocimiento unánime de «elevadas verdades» como la de que la reforma campesina podría haber abierto a Rusia caminos tranquilos de un desarrollo correcto, – el Estado podría haber llamado no a representantes de los intereses capitalistas, sino a «amigos del pueblo», – la comuna podría haber socializado la agricultura junto con la industria manufacturera, a la que el artesano podría haber elevado a la gran producción, – el arrendamiento popular sostenía la economía popular, – esta unanimidad entrañable y conmovedora ha sido sustituida por la discrepancia de personas que buscan la explicación de la organización económica real, dada, de Rusia, como sistema de determinadas relaciones de producción, la explicación de su evolución económica real, de sus superestructuras políticas y de todo tipo.

Y si tal trabajo, conduciendo desde distintos puntos de vista al reconocimiento de aquella posición general que determina incondicionalmente también la actividad política solidaria y por eso da el derecho y obliga a todos los que la aceptan a considerarse y llamarse «SOCIALDEMÓCRATAS», – deja aún un vasto campo de discrepancias sobre una masa de cuestiones particulares resueltas en diferente sentido, esto, por supuesto, demuestra sólo la fuerza y vitalidad de la socialdemocracia rusa[112].

Además, las condiciones de este trabajo son tan malas que es difícil imaginar algo peor: no hay ni puede haber un órgano que unifique los trabajos aislados; las comunicaciones privadas bajo nuestras condiciones policiales están extremadamente dificultadas. Es comprensible que los socialdemócratas no puedan ponerse de acuerdo y concertarse como es debido sobre los detalles, que se contradigan unos a otros…

¿Verdad que es realmente gracioso?

En la «polémica» del señor Krivenko con los socialdemócratas puede suscitar perplejidad el hecho de que él hable de no sé qué «neomarxistas». Algún lector pensará que entre los socialdemócratas se ha producido algo parecido a una escisión, que de los viejos socialdemócratas se han separado los «neomarxistas». – Nada semejante. Nadie, en ningún lugar y nunca, ha actuado públicamente en nombre del marxismo con una crítica de las teorías y el programa de los socialdemócratas rusos, con la defensa de otro marxismo. La cuestión es que los señores Krivenko y Mijailovski han escuchado distintos chismes de salón sobre los marxistas, han observado a distintos liberales que encubren con el marxismo su vacuidad liberal, y con el ingenio y tacto que les son propios se han puesto con semejante bagaje a «criticar» a los marxistas. No es de extrañar que esta «crítica» constituya una cadena ininterrumpida de curiosidades y groserías.

«Para ser consecuente –razona el señor Krivenko–, es necesario dar a esto una respuesta afirmativa» (a la pregunta: «¿no habría que esforzarse por el desarrollo de la industria capitalista?») y «no reparar ni en la compra de tierras campesinas, ni en la apertura de tiendas y tabernas», es necesario «alegrarse del éxito de los numerosos taberneros en la duma, ayudar a los aún más numerosos acaparadores del trigo campesino».

En verdad, es bastante divertido. Intente usted decirle a semejante «amigo del pueblo» que la explotación del trabajador en Rusia es por todas partes, por su esencia, capitalista, que los campesinos acomodados y los acaparadores de la aldea deben ser clasificados como representantes del capitalismo según tales y cuales indicios político-económicos que demuestran el carácter burgués de la descomposición del campesinado; se pondrá a vociferar, lo calificará de herejía increíble, se pondrá a gritar sobre la copia ciega de fórmulas y esquemas abstractos de Europa Occidental (evitando, además, de la manera más cuidadosa, el contenido fáctico de la argumentación «herética»). Y cuando se trata de pintar los «horrores» que traen consigo los malvados marxistas, entonces se puede dejar de lado la ciencia elevada y los ideales puros, entonces se puede reconocer que los acaparadores del trigo campesino y de la tierra campesina son de hecho representantes del capitalismo, y no sólo «cazadores» de aprovecharse de lo ajeno.

Intente usted demostrar a este «amigo del pueblo» que la burguesía rusa no sólo tiene ya en sus manos, por todas partes, el trabajo del pueblo, debido a la concentración, sólo en ella, de los medios de producción, sino que también presiona al gobierno, engendrando, forzando y determinando el carácter burgués de su política; caerá en el más completo furor, se pondrá a gritar sobre la omnipotencia de nuestro gobierno, sobre que éste, sólo por un fatal malentendido y una desgraciada casualidad, «convoca» a representantes de los intereses del capitalismo, y no a los «amigos del pueblo», que implanta artificialmente el capitalismo… Y, de paso, ustedes mismos se ven obligados a reconocer precisamente como representantes del capitalismo a los taberneros en la Duma, es decir, a uno de los elementos de este mismo gobierno que supuestamente está por encima de las clases. Pero, acaso, señores, ¿los intereses del capitalismo están representados en nuestra Rusia sólo en la «Duma» y únicamente por los «taberneros»?..

En cuanto a las sucias salidas de tono, las hemos visto en exceso en el Sr. Mijailovski y las encontramos de nuevo en el Sr. Krivenko, quien, por ejemplo, deseando aniquilar el odiado socialdemocratismo, narra cómo «algunos van a las fábricas (cuando, por lo demás, se presentan buenos puestos técnicos y de oficina), motivando su ingreso exclusivamente por la idea de acelerar el proceso capitalista». Por supuesto, no hay necesidad de responder a cosas ya del todo indecentes. Aquí sólo cabe poner un punto final.

¡Continúen, señores, en el mismo espíritu, continúen con audacia! El gobierno imperial —ese mismo que, como acabamos de oír de ustedes, ya ha tomado medidas (aunque con defectos) para salvar al pueblo de la ruina definitiva— adoptará, para salvarlos a ustedes de ser desenmascarados en su trivialidad e ignorancia, medidas ya libres de todo defecto. La «sociedad culta», como antes, de buena gana, en el intervalo entre la empanada de viziga y el tapete verde, disertará sobre el hermano menor y elaborará humanitarios proyectos de «mejora» de su situación; sus representantes sabrán con gusto por ustedes que, al ocupar los puestos de jefes de zemstvo o de cualesquiera otros celadores del bolsillo campesino, manifiestan una desarrollada conciencia de las necesidades y deberes cívicos. ¡Continúen! Se les asegura no sólo la tranquilidad, sino también la aprobación y los elogios… de labios de los señores Burenin.

Para concluir, no estará de más, me parece, responder a la pregunta que probablemente ya se le ha ocurrido a más de un lector. ¿Valía la pena hablar tanto tiempo con semejantes señores? ¿Valía la pena, en esencia, responder a ese torrente de lodo liberal y protegido por la censura, que ellos han tenido a bien llamar polémica?

Me parece que valió la pena, no por ellos, por supuesto, ni por el público «culto», sino por la útil lección que los socialistas rusos pueden y deben sacar para sí de esta campaña. Esta campaña brinda la prueba más evidente, más convincente, de que aquella época del desarrollo social de Rusia en la que el democratismo y el socialismo se fusionaban en un todo inseparable e indivisible (como sucedía, por ejemplo, en la época de Chernyshevski), ha caído para siempre en la eternidad, sin retorno. Ahora no hay ya, en absoluto, ningún fundamento para aquella idea —que todavía sigue persistiendo en ciertas partes entre los socialistas rusos, reflejándose de manera extremadamente nociva tanto en sus teorías como en su práctica— de que en Rusia no existe una profunda diferencia cualitativa entre las ideas de los demócratas y las de los socialistas.

Todo lo contrario: entre estas ideas media todo un abismo, y ya sería hora de que los socialistas rusos comprendieran esto, comprendieran la INEVITABILIDAD y la IMPERIOSA NECESIDAD de una RUPTURA COMPLETA Y DEFINITIVA con las ideas de los demócratas.

Veamos, en efecto, qué era y en qué se ha convertido ese demócrata ruso en los tiempos que engendraron la mencionada idea. Los «amigos del pueblo» nos brindan suficiente material para semejante paralelo.

Sumamente interesante, a este respecto, es la salida del Sr. Krivenko contra el Sr. Struve, quien terció en una publicación alemana contra el utopismo del Sr. Nik. —ons (su nota – «Sobre la cuestión del desarrollo capitalista de Rusia», Zur Beurtheilung der kapitalistischen Entwicklung Rußlands – apareció en el «Sozialpolitisches Centralblatt»{71}, III, Nº 1, del 2 de octubre de 1893). El Sr. Krivenko se lanza contra el Sr. Struve por el hecho de que éste adscribe supuestamente al «socialismo nacional» (el cual, según sus palabras, es «de naturaleza puramente utópica») las ideas de quienes «están por la comuna rural y la adjudicación de tierra». Esta terrible acusación de supuesto socialismo enfurece por completo al respetabilísimo autor:

«¿Acaso —exclama— no había nadie más (aparte de Herzen, Chernyshevski y los populistas) que estuviera por la comuna rural y la adjudicación de tierra? ¿Acaso los redactores del reglamento sobre los campesinos, que pusieron la comuna y la independencia económica de los campesinos como base de la reforma, y los investigadores de nuestra historia y de la vida contemporánea que se pronuncian a favor de estos principios, y casi toda nuestra prensa seria y decente, que también está por estos principios, acaso todos ellos son víctimas del error llamado 'socialismo nacional'?»

¡Tranquilícese, respetabilísimo Sr. «amigo del pueblo»! Se ha asustado usted tanto de esa horrible acusación de socialismo, que ni siquiera se ha tomado el trabajo de leer atentamente el «pequeño artículo» del Sr. Struve. Y en verdad, ¡qué flagrante injusticia sería acusar de socialismo a quienes están «por la comuna rural y la adjudicación de tierra»! ¡Por favor! ¿Qué tiene eso de socialista? Pues se llama socialismo a la protesta y la lucha contra la explotación del trabajador, lucha dirigida a la completa supresión de dicha explotación; en cambio, «estar por la adjudicación» significa ser partidario de que los campesinos rescaten toda la tierra que estaba a su disposición. Incluso si no se está por el rescate, sino por la cesión gratuita a los campesinos de toda la tierra que poseían antes de la reforma, tampoco en ese caso hay allí nada de socialista, pues precisamente esa propiedad campesina sobre la tierra (que se fue gestando a lo largo del período feudal) fue, tanto en Occidente como entre nosotros en Rusia[113], la base de la sociedad burguesa. «Estar por la comuna rural», es decir, protestar contra la injerencia policial en los modos tradicionales de distribución de la tierra, ¿qué tiene de socialista, cuando es de todos sabido que la explotación del trabajador coexiste perfectamente, y se engendra, en el seno mismo de esa comuna? ¡Pues esto significaría ya estirar de un modo imposible la palabra «socialismo»: habría que calificar de socialista, tal vez, incluso al Sr. Pobedonóstsev!

El Sr. Struve no comete en absoluto una injusticia tan terrible. Él habla de la «utopicidad del socialismo nacional» de los populistas, y a quiénes considera él populistas se ve por el hecho de que califica «Nuestras discrepancias», de Plejánov, como una polémica con los populistas. Plejánov, indudablemente, polemizaba con socialistas, con gentes que nada tienen en común con la prensa rusa «seria y decente». Y por lo tanto, el Sr. Krivenko no tenía ningún derecho de aplicar a sí mismo lo que se refiere a los populistas. Mas si él deseaba a toda costa conocer la opinión del Sr. Struve sobre la tendencia a la que él mismo se adhiere, entonces me sorprende por qué no prestó atención y no tradujo para «R. Bogatstva» el siguiente pasaje del artículo del Sr. Struve:

«A medida que avanza el desarrollo capitalista —dice el autor—, la cosmovisión recién descrita (la populista) debe perder su base. O bien degenerará (wird herabsinken) en una corriente reformista bastante pálida, capaz de compromisos y en busca de compromisos[114], para lo cual existen desde hace tiempo gérmenes prometedores, o bien reconocerá el desarrollo real como inevitable y extraerá las conclusiones teóricas y prácticas que de aquí se derivan necesariamente; en otras palabras, dejará de ser utópica.»

Si el señor Krivenko no adivina dónde existen entre nosotros los gérmenes de esa corriente que sólo es capaz de compromisos, yo le aconsejaría que volviera la vista hacia «Rússkoe Bogatstvo», hacia las concepciones teóricas de esta revista, que representan un intento lastimoso de pegar los retazos de la doctrina populista con el reconocimiento del desarrollo capitalista de Rusia, hacia su programa político, calculado para mejorar y restaurar la economía de los pequeños productores sobre la base de las condiciones capitalistas existentes[115].

Éste es, en general, uno de los fenómenos más característicos y significativos de nuestra vida social en los últimos tiempos: la degeneración del populismo en un oportunismo pequeñoburgués.

En efecto, si tomamos el contenido del programa de «R. B—vo» —todas esas regulaciones de migraciones y arriendos, todos esos créditos baratos, museos, almacenes, mejoras técnicas, arteles y labranzas colectivas—, veremos que goza realmente de una enorme difusión en toda la «prensa seria y decente», es decir, en toda la prensa liberal que no pertenece a los órganos feudales o a los reptiles{72}. La idea de la necesidad, utilidad, urgencia e «inocuidad» de todas estas medidas ha echado profundas raíces en toda la intelectualidad y ha recibido una difusión extraordinariamente amplia: la encontramos tanto en las hojas y periódicos provincianos como en todas las investigaciones, recopilaciones, descripciones de los zemstvos, etc., etc. Es indudable que, si se admitiera esto como populismo, el éxito sería enorme e indiscutible.

Pero esto no es en absoluto populismo (en el viejo y habitual sentido de la palabra), y este éxito y esta enorme difusión en extensión se han alcanzado al precio de la vulgarización del populismo, al precio de la transformación del populismo socialrevolucionario, bruscamente opositor a nuestro liberalismo, en un oportunismo culturalista, que se funde con este liberalismo y que expresa sólo los intereses de la pequeña burguesía.

Para convencerse de esto último, basta remitirse a los cuadros antes expuestos de la descomposición de los campesinos y los artesanos —y esos cuadros no pintan en absoluto hechos aislados o nuevos, sino que representan simplemente un intento de expresar en términos político-económicos esa «escuela» de «chupasangres» y «jornaleros» cuya existencia en nuestro campo no es negada ni siquiera por los adversarios—. Es comprensible que las medidas «populistas» sólo puedan fortalecer a la pequeña burguesía; o bien (los arteles y las labranzas colectivas) deben constituir paliativos míseros, seguir siendo experimentos lastimosos que la burguesía liberal cultiva con tanta ternura en toda Europa por la sencilla razón de que no afectan en absoluto a dicha «escuela». Por esta misma razón, incluso los señores Yermólov y Witte no pueden tener nada contra semejantes progresos. Todo lo contrario. ¡Hagan el favor, señores! Ellos les darán incluso dinero «para experimentos» —con tal de desviar a la «intelectualidad» del trabajo revolucionario (subrayar el antagonismo, esclarecerlo al proletariado, intentar encauzar este antagonismo por la vía de la lucha política directa) hacia ese zurcido del antagonismo, de la conciliación y la unificación. ¡Hagan el favor!

Detengámonos un poco en el proceso que condujo a tal degeneración del populismo. En su mismo surgimiento, en su forma original, esta teoría poseía una armonía suficiente: partiendo de la idea de un modo particular de vida popular, creía en los instintos comunistas del campesino «comunal» y por eso veía en el campesinado a un luchador directo por el socialismo, pero le faltaba, por un lado, una elaboración teórica, una confirmación en los hechos de la vida rusa, y, por otro, experiencia en la aplicación de un programa político que se basara en esas supuestas cualidades del campesino.

El desarrollo de la teoría avanzó precisamente en estas dos direcciones: la teórica y la práctica. El trabajo teórico se orientó principalmente al estudio de aquella forma de tenencia de la tierra en la que se querían ver los gérmenes del comunismo; y este trabajo proporcionó un material fáctico sumamente diverso y riquísimo. Pero este material, que se refiere sobre todo a la forma de tenencia de la tierra, ocultó por completo a los investigadores la economía del campo. Esto ocurrió de manera tanto más natural cuanto que, en primer lugar, los investigadores carecían de una teoría firme sobre el método en la ciencia social, una teoría que esclareciera la necesidad de aislar y estudiar especialmente las relaciones de producción; y, en segundo lugar, el material fáctico recopilado daba indicaciones directas e inmediatas sobre las necesidades más apremiantes del campesinado, sobre las calamidades más cercanas que oprimen la hacienda campesina. Y toda la atención de los investigadores se concentró en el estudio de estas calamidades: la escasez de tierra, los altos impuestos, la falta de derechos, el abatimiento y la postración del campesino. Todo esto fue descrito, estudiado y esclarecido con tal riqueza de materiales, con detalles tan minuciosos, que, por supuesto, si nuestro Estado no fuera un Estado de clase, si su política no estuviera orientada por los intereses de las clases dominantes, sino por una discusión imparcial de las «necesidades del pueblo», debería haberse convencido mil veces de la necesidad de eliminar estas calamidades. Los investigadores ingenuos, que creían en la posibilidad de «persuadir nuevamente» a la sociedad y al Estado, se ahogaron por completo en los detalles de los hechos que habían recopilado y perdieron de vista una cosa: la estructura político-económica del campo, perdieron de vista el trasfondo fundamental de aquella hacienda que efectivamente era oprimida por estas calamidades inmediatas y cercanas. El resultado fue, naturalmente, que la defensa de los intereses de la hacienda oprimida por la escasez de tierra, etc., resultó ser la defensa de los intereses de aquella clase que tenía en sus manos esa hacienda, la única que podía mantenerse y desarrollarse bajo las relaciones económico-sociales dadas dentro de la comuna, bajo el sistema económico vigente en el país.

¡El trabajo teórico, orientado al estudio de aquella institución que debía servir de base y baluarte para eliminar la explotación, condujo a la elaboración de un programa que expresa los intereses de la pequeña burguesía, es decir, precisamente de la clase sobre la cual descansa este orden explotador!

Al mismo tiempo, el trabajo práctico revolucionario se desarrollaba también en una dirección completamente inesperada. La fe en los instintos comunistas del mujik exigía, naturalmente, que los socialistas dejaran de lado la política y «fueran al pueblo». La realización de este programa fue emprendida por una masa de trabajadores enérgicos y talentosísimos, quienes en la práctica tuvieron que convencerse de la ingenuidad de la idea sobre los instintos comunistas del mujik. Se decidió, sin embargo, que la cuestión no estaba en el mujik, sino en el gobierno, y todo el trabajo se dirigió a la lucha contra el gobierno, una lucha que ya sólo libraban los intelectuales y, a veces, los obreros que se unían a ellos. Al principio, esta lucha se libró en nombre del socialismo, apoyándose en la teoría de que el pueblo estaba preparado para el socialismo y de que mediante una simple toma del poder se podría realizar no sólo una revolución política, sino también social. En los últimos tiempos, esta teoría, al parecer, ya ha perdido todo crédito, y la lucha de los voluntadistas del pueblo contra el gobierno se está convirtiendo en la lucha de los radicales por la libertad política.

Y, por otra parte, el trabajo condujo, en consecuencia, a resultados directamente opuestos a su punto de partida; por otro lado, resultó un programa que expresa únicamente los intereses de la democracia burguesa radical. En rigor, este proceso aún no ha concluido, pero parece haberse definido ya por completo. Semejante evolución del populismo era absolutamente natural e inevitable, pues en la base de la doctrina yacía una noción puramente mítica sobre un régimen especial (comunal) de la economía campesina: al contacto con la realidad, el mito se disipó, y del socialismo campesino surgió una representación democrático-radical del campesinado pequeñoburgués.

Paso a los ejemplos de la evolución del demócrata:

«Hay que preocuparse —razona el señor Krivenko— de que, en lugar de un hombre universal, no nos convirtamos en una papilla panrusa, rebosante sólo de una confusa fermentación de buenos sentimientos, pero incapaz tanto de una verdadera abnegación como de hacer algo sólido en la vida». La moraleja es excelente; veamos a qué se aplica. «En este último aspecto —prosigue el señor Krivenko—, conozco un hecho tan lamentable»: vivía en el sur de Rusia una juventud «animada por las mejores intenciones y por el amor al hermano menor; al mujik se le prodigaba toda clase de atenciones y respeto; se le sentaba casi en el primer lugar, se comía con él con la misma cuchara, se le agasajaba con mermeladas y pastas; se le pagaba todo más caro que a otros, se le daba dinero —tanto prestado como “para el té”, y así sin más—, se le hablaba del ordenamiento europeo, de las asociaciones obreras, etc. En la misma localidad vivía también un joven alemán, Schmidt, administrador o, mejor dicho, simple jardinero, un hombre sin ideas humanitarias de ninguna clase, una verdadera alma alemana, estrecha y formal (¡¿sic??!!)», etc. Y he aquí que, al cabo de 3 o 4 años de vivir en aquella localidad, se dispersaron. Pasaron unos 20 años más, y el autor, al visitar la región, se enteró de que «el señor Schmidt» (ascendido de jardinero Schmidt a señor Schmidt por su actividad útil) había enseñado a los campesinos viticultura, la cual les proporciona ahora «cierto ingreso» de 75 a 100 rublos al año, por lo cual se conservaba de él una «buena memoria», mientras que «de los señores que sólo alimentaban buenos sentimientos hacia el mujik y nada sustancial (!) hicieron por él, no se conservó ni siquiera memoria».

Si echamos cuentas, resulta que los acontecimientos descritos se remontan a los años 1869‑1870, es decir, precisamente a la época en que se sitúan las tentativas de los socialistas populistas rusos de trasplantar a Rusia el rasgo más avanzado y más importante del «ordenamiento europeo»: la Internacional{73}.

Está claro que la impresión que produce el relato del señor Krivenko resulta demasiado chocante, y por eso se apresura a hacer una salvedad:

«Con esto no digo, naturalmente —explica—, que Schmidt sea mejor que esos señores, sino que digo gracias a qué, pese a todos sus demás defectos, dejó una huella más duradera en esa localidad y en su población. (¡No digo que sea mejor, sino que dejó una huella más duradera, ¡¿qué tontería es esa?!) Tampoco digo que él hiciera algo importante, sino que, al contrario, aduzco lo hecho por él como muestra de la más minúscula obra, ocasional y que nada le costó, pero una obra indudablemente vital».

La salvedad, como ven, es muy ambigua, pero el meollo del asunto no está en su ambigüedad, sino en que el autor, al contraponer la falta de resultados de una actividad al éxito de la otra, no sospecha, evidentemente, la diferencia radical en la orientación de estos dos tipos de actividad. Ahí está toda la sustancia, la que hace que este relato sea tan característico para definir la fisonomía del demócrata contemporáneo.

Pues esa juventud, al hablar al mujik del «ordenamiento europeo y de las asociaciones obreras», quería, evidentemente, levantar a ese mujik para la transformación de las formas de la vida social (quizás esta conclusión mía sea errónea en este caso, pero cualquiera convendrá, creo, en que es legítima, ya que se sigue inevitablemente del relato del señor Krivenko arriba citado), quería levantarlo para la revolución social contra la sociedad actual, que engendra tan monstruosa explotación y opresión de los trabajadores, junto con el regocijo general por toda clase de progresos liberales. En cambio, «el señor Schmidt», como auténtico propietario, sólo quería ayudar a otros propietarios a arreglar sus asuntos de dueños, y nada más. Y bien, ¿cómo se pueden comparar, yuxtaponer estas dos actividades, orientadas en direcciones diametralmente opuestas? ¡Es como si alguien se pusiera a comparar el fracaso de la actividad de una persona que intentaba destruir una construcción, con el éxito de la actividad de quien quería consolidarla! Para hacer una comparación con algún sentido, habría que examinar por qué fue tan fallida la tentativa de esa juventud que iba al pueblo para levantar a los campesinos a la revolución: ¿acaso no porque partía de la idea errónea de que justamente «el campesinado» es el representante de la población trabajadora y explotada, cuando en realidad el campesinado no constituye una clase especial (–ilusión que quizá sólo se explica por la influencia refleja de la época de la caída de la servidumbre, cuando el campesinado actuaba realmente como clase, pero sólo como clase de la sociedad feudal–), ya que en su propio seno se están formando las clases de la burguesía y del proletariado? En una palabra, era necesario analizar las viejas teorías socialistas y la crítica de ellas por los socialdemócratas. Pero el señor Krivenko, en cambio, se desvive por demostrar que la obra del «señor Schmidt» es «una obra indudablemente vital». ¡Pero, por favor, estimadísimo señor «amigo del pueblo», para qué se empeña usted en forzar una puerta abierta! ¿Quién pone eso en duda? Plantar una viña y obtener de ella 75‑100 rublos de ingreso: ¿qué puede haber, en verdad, más vital?[116]

Y el autor se pone a explicar que, si un propietario planta una viña en su terreno, será una actividad dispersa, mientras que si lo hacen varios propietarios, será una actividad generalizada y extendida, que convierte una pequeña obra en algo verdadero, correcto, como, por ejemplo, A. N. Engelhardt{74}, que no sólo empleaba fosfatos en su finca, sino que introdujo la producción de fosfatos entre otros.

¡Verdaderamente magnífico este demócrata, ¿no es cierto?!

Tomemos otro ejemplo del terreno de los juicios sobre la reforma campesina. ¿Cuál fue la actitud hacia ella de un demócrata de la mencionada época de indivisibilidad entre democracia y socialismo, Chernyshevski? Al no poder manifestar abiertamente sus opiniones, callaba, y mediante reticencias caracterizaba así la reforma que se preparaba:

¡Habrían intentado acercarse con la propuesta de esa obra «vital» a aquellos jóvenes que le hablaban al mujik de las asociaciones europeas! ¡Cómo los habrían recibido, qué hermosa réplica les habrían dado! ¡Ustedes temerían mortalmente sus ideas, como ahora temen al materialismo y a la dialéctica!

«Supongamos que yo estuviera interesado en que se tomaran medidas para conservar las provisiones de cuya reserva se compone vuestra comida. Se sobreentiende que, si yo lo hacía por pura inclinación hacia vosotros, mi celo se basaba en el supuesto de que las provisiones os pertenecen y de que la comida preparada con ellas es sana y provechosa para vosotros. Imaginaos, pues, mis sentimientos cuando me entero de que las provisiones no os pertenecen en absoluto y de que por cada comida preparada con ellas se os cobra un dinero que no sólo no vale la comida misma (esto fue escrito antes de la reforma. ¡Y los señores Yuzhakov ahora aseguran que el principio fundamental de ésta es asegurar a los campesinos!), sino que, además, no podéis pagar en general sin extrema estrechez. ¿Qué pensamientos acuden a mi cabeza ante estos descubrimientos tan extraños?... ¡Qué tonto fui al afanarme por una obra para cuya utilidad no están aseguradas las condiciones! ¿Quién, sino un tonto, puede afanarse por conservar la propiedad en manos de ciertas personas, sin haberse cerciorado previamente de que la propiedad llegará a esas manos y llegará en condiciones ventajosas? … ¡Mejor que se pierdan todas esas provisiones, que sólo daño causan a la persona que amo! ¡Mejor que se pierda toda esa obra, que a vosotros sólo os trae ruina!»

Subrayo los pasajes que muestran con mayor relieve la profunda y excelente comprensión que Chernyshevski tenía de la realidad contemporánea a él, la comprensión de lo que eran los pagos campesinos, la comprensión del carácter antagónico de las clases sociales rusas. Es importante señalar también que él sabía exponer estas ideas puramente revolucionarias en la prensa sometida a censura. En sus obras ilegales escribía lo mismo, pero sin rodeos. En el «Prólogo al prólogo», Volguin (en boca de quien Chernyshevski pone sus propios pensamientos) dice:

«Que el asunto de la liberación de los campesinos sea entregado en manos del partido terrateniente. La diferencia no es grande»[117], y ante la observación de su interlocutor de que, por el contrario, la diferencia es colosal, puesto que el partido terrateniente se opone a la adjudicación de tierra a los campesinos, él responde con decisión:

«No, no es colosal, sino insignificante. Sería colosal si los campesinos recibieran la tierra sin rescate. Quitarle a un hombre una cosa o dejársela es una diferencia, pero cobrarle un pago por ella viene a ser lo mismo. El plan del partido terrateniente difiere del plan de los progresistas solo en que es más simple, más breve. Por eso es incluso mejor. Menos dilaciones, probablemente menos gravamen también para los campesinos. Aquel campesino que tenga dinero, se comprará la tierra. Quien no lo tenga, no tiene por qué obligársele a comprarla. Eso solo servirá para arruinarlos. El rescate es la misma compra».

Se requería precisamente la genialidad de Chernyshevski para, en aquella época, en el momento mismo de la realización de la reforma campesina (cuando aún no estaba suficientemente esclarecida ni siquiera en Occidente), comprender con tal claridad su carácter burgués fundamental, comprender que ya entonces en la «sociedad» y en el «Estado» rusos imperaban y gobernaban clases sociales irrevocablemente hostiles al trabajador y que predeterminaban sin atenuantes la ruina y la expropiación del campesinado. Y al mismo tiempo, Chernyshevski comprendía que la existencia de un gobierno que encubre nuestras relaciones sociales antagónicas es un mal terrible, que agrava especialmente la situación de los trabajadores.

«Si se dice la verdad –continúa Volguin–, mejor será que sean liberados sin tierra». (Es decir, si entre nosotros son tan fuertes los terratenientes feudales, mejor que actúen abiertamente, de modo directo y digan las cosas hasta el final, en lugar de ocultar esos mismos intereses feudales bajo los compromisos de un gobierno absoluto e hipócrita.)

«La cuestión está planteada de tal modo que no encuentro motivos para acalorarme siquiera por si los campesinos serán o no liberados; menos aún por quién los liberará, si los liberales o los terratenientes. A mi juicio, da igual. Los terratenientes son incluso mejores».

De las «Cartas sin dirección»: «Se habla: liberar a los campesinos… ¿Dónde están las fuerzas para tal empresa? Aún no hay fuerzas. No se puede emprender una obra cuando no se tienen fuerzas para ello. Y miren ustedes a qué se encamina: se pondrán a liberar. Lo que resulte, júzguenlo ustedes mismos; lo que resulta cuando uno emprende una obra que no puede realizar. Se echa a perder la obra, resultará una abominación»{75}.

Chernyshevski comprendía que el Estado burocrático-feudal ruso no tenía fuerzas para liberar a los campesinos, es decir, para derrocar a los feudales, que él solo era capaz de producir «una abominación», un mezquino compromiso entre los intereses de los liberales (el rescate es la misma compra) y los terratenientes, un compromiso que engaña a los campesinos con el fantasma de la garantía y la libertad, pero que en realidad los arruina y los entrega de pies y manos a los terratenientes. Y él protestaba, maldecía la reforma, deseaba su fracaso, deseaba que el gobierno se enredara en su propio funambulismo entre liberales y terratenientes y se produjese un derrumbe que sacara a Rusia al camino de la lucha abierta de clases.

Y nuestros «demócratas» contemporáneos, ahora, cuando las geniales previsiones de Chernyshevski se han convertido en hechos, cuando 30 años de historia han refutado sin piedad toda clase de ilusiones económicas y políticas, glorifican la reforma, ven en ella una sanción de la producción «popular», se las ingenian para extraer de ella la prueba de la posibilidad de una especie de vía que eludiría a las clases sociales hostiles al trabajador. Repito, la actitud respecto a la reforma campesina es la prueba más patente de cuán profundamente se ha aburguesado nuestro democratismo. Estos señores no han aprendido nada, y han olvidado muchísimo, muchísimo.

Como paralelo, tomaré las «Otechestvennie Zapiski» de 1872. Ya he citado antes fragmentos del artículo «La plutocracia y sus fundamentos» acerca de los progresos que, en materia de liberalismo (que encubría los intereses plutocráticos), había hecho la sociedad rusa en el primer decenio que siguió a la «gran reforma liberadora».

Si antes –escribía el mismo autor en ese mismo artículo– aparecían con frecuencia personas que lloriqueaban a propósito de las reformas y añoraban los tiempos antiguos, ahora ya no las hay. «A todos les gustaron los nuevos órdenes, todos miran con alegría y tranquilidad», y el autor muestra después cómo también la literatura «se convierte ella misma en órgano de la plutocracia», difundiendo los intereses y ambiciones plutocráticos «bajo el manto del democratismo». Examínese con más atención este razonamiento. El autor está descontento de que «todos» estén satisfechos con los nuevos órdenes creados por la reforma, de que «todos» (los representantes de la «sociedad» y de la «intelectualidad», por supuesto, no los trabajadores) estén alegres y tranquilos, a pesar de las evidentes propiedades burguesas, antagónicas, de esos nuevos órdenes: el público no advierte que el liberalismo no hace sino encubrir la «libertad de adquisición», y, como es natural, una adquisición a costa de la masa trabajadora y en perjuicio de ella. Y él protesta. Justamente esta protesta, característica del socialista, es lo valioso en su razonamiento. Nótese que esta protesta contra el plutocratismo encubierto por el democratismo contradice la teoría general de la revista: ellos, en efecto, niegan cualesquiera momentos, elementos e intereses burgueses en la reforma campesina, niegan el carácter de clase de la intelectualidad rusa y del Estado ruso, niegan la existencia de un suelo para el capitalismo en Rusia y, sin embargo, no pueden dejar de sentir, de palpar el capitalismo y la burguesía. Y en la medida en que las «Otechestvennie Zapiski», sintiendo el carácter antagónico de la sociedad rusa, combatían el liberalismo burgués y el democratismo burgués; en esa medida realizaban una obra común a todos nuestros primeros socialistas, quienes, aunque no supieron comprender ese carácter antagónico, sí lo percibían y querían luchar contra la organización misma de la sociedad que lo engendraba; en esa medida, las «Otechestvennie Zapiski» fueron progresistas (desde luego, desde el punto de vista del proletariado). Los «amigos del pueblo» han olvidado ese carácter antagónico, han perdido todo olfato para percibir cómo, «bajo el manto del democratismo», también entre nosotros, en la santa Rusia, se esconden burgueses de pura sangre; y por eso ahora son reaccionarios (en relación con el proletariado), puesto que embadurnan el antagonismo, no hablan de lucha, sino de una actividad cultural conciliadora.

Pero ¿acaso, señores, el liberal ruso de frentedespejada, el representante democrático de la plutocracia en los años 60, ha dejado de ser ideólogo de la burguesía en los años 90 solo porque su frente se ha nublado con la neblina del dolor ciudadano?

¿Acaso la «libertad de adquisición» en grandes dimensiones, la libertad de adquirir grandes créditos, grandes capitales, grandes mejoras técnicas, deja de ser liberal, es decir, burguesa, bajo la inmutabilidad de las relaciones socioeconómicas dadas, solo porque sea sustituida por la libertad de adquirir pequeños créditos, pequeños capitales, pequeñas mejoras técnicas?

Repito, no es que hayan pasado a otra opinión bajo la influencia de un cambio radical de puntos de vista o de una revolución radical de nuestros órdenes. No, simplemente han olvidado.

Habiendo perdido ese único rasgo que en otro tiempo hacía progresistas a sus predecesores, pese a toda la inconsistencia de sus teorías, pese a la visión ingenuamente utópica de la realidad, los «amigos del pueblo» no han aprendido absolutamente nada en todo este intervalo de tiempo. Y sin embargo, incluso independientemente del análisis político-económico de la realidad rusa, ya la sola historia política de Rusia en estos 30 años debería haberles enseñado mucho.

Por aquel entonces, en la época de los años 60, la fuerza de los terratenientes feudales estaba quebrantada: habían sufrido, es cierto, no una derrota definitiva, pero sí tan contundente que tuvieron que retirarse de la escena. Los liberales, por el contrario, alzaron la cabeza. Comenzaron a manar frases liberales sobre el progreso, la ciencia, el bien, la lucha contra la injusticia, sobre los intereses del pueblo, la conciencia del pueblo, las fuerzas del pueblo, etcétera, etcétera: las mismas frases que aún hoy, en momentos de particular desaliento, les producen náuseas a nuestros quejicas radicales en sus salones, a nuestros fraseólogos liberales en sus banquetes de aniversario, en las páginas de sus revistas y periódicos. Los liberales resultaron ser lo bastante fuertes como para rehacer a su manera los «nuevos órdenes»; no por completo, desde luego, pero sí en buena medida. Aunque en aquella época tampoco había en Rusia «una clara luz de abierta lucha de clases», sin embargo había más luz que ahora, de modo que incluso aquellos ideólogos de la clase trabajadora que no tenían la menor idea de esa lucha de clases, que preferían soñar con un futuro mejor antes que explicar el asqueroso presente, incluso ellos no podían dejar de ver que tras el liberalismo se ocultaba la plutocracia, que esos nuevos órdenes eran órdenes burgueses. Y era precisamente la desaparición de la escena de los terratenientes feudales —que no distraían la atención hacia lacras aún más flagrantes del día, que no impedían examinar los nuevos órdenes en su forma (relativamente) pura— lo que permitía advertirlo. Pero los demócratas de entonces, sabiendo condenar el liberalismo plutocrático, no supieron, sin embargo, comprenderlo ni explicarlo científicamente, no supieron comprender su carácter necesario dentro de la organización capitalista de nuestra economía social, no supieron comprender el carácter progresivo de este nuevo modo de vida en comparación con el viejo, el feudal, no supieron comprender el papel revolucionario del proletariado que aquel engendraba, y se limitaron a «resoplar» con desdén ante esos órdenes de «libertad» y «humanidad», consideraban el carácter burgués como algo casual, esperaban que en el «régimen popular» debían surgir todavía otras relaciones sociales.

Y he aquí que la historia les mostró esas otras relaciones sociales. Los terratenientes feudales, no del todo rematados por la reforma, tan monstruosamente deformada por sus intereses, revivieron (por un momento) y mostraron de manera patente cómo son esas otras relaciones sociales nuestras, aparte de las burguesas, lo mostraron bajo la forma de una reacción tan desenfrenada, increíblemente absurda y bestial, que nuestros demócratas se acobardaron, se agacharon, en vez de avanzar transformando su ingenuo democratismo —que sabía sentir el carácter burgués, pero no comprenderlo— en socialdemocracia; retrocedieron hacia los liberales, y se enorgullecen ahora de que sus lamentos… es decir, quería decir, de que sus teorías y programas son compartidos por «toda la prensa seria y decente». Al parecer, la lección era muy elocuente: se hacía demasiado evidente la ilusión de los viejos socialistas acerca de un modo de vida popular particular, de los instintos socialistas del pueblo, del carácter casual del capitalismo y de la burguesía; al parecer, ya se podía mirar directamente a la realidad y reconocer abiertamente que no ha habido ni hay en Rusia otras relaciones económico-sociales que las burguesas y las feudales caducas, y que, por tanto, no puede haber otro camino al socialismo que a través del movimiento obrero. Pero estos demócratas no han aprendido nada, y las ingenuas ilusiones del socialismo pequeñoburgués cedieron el lugar a la práctico sensatez del progresismo pequeñoburgués.

Ahora las teorías de estos ideólogos de la pequeña burguesía, cuando se presentan como representantes de los intereses de los trabajadores, son directamente reaccionarias. Enmascaran el antagonismo de las relaciones económico-sociales rusas contemporáneas, razonando como si se pudiera ayudar a la causa con medidas generales, calculadas para todos, de «ascenso», «mejora», etc., como si se pudiera conciliar y unificar. Son reaccionarias al presentar a nuestro Estado como algo que está por encima de las clases y, por tanto, apto y capaz de prestar una ayuda seria y honesta a la población explotada.

Son reaccionarias, en fin, porque no comprenden en absoluto la necesidad de la lucha, y de una lucha desesperada, de los propios trabajadores por su emancipación. Según los «amigos del pueblo», por ejemplo, resulta que ellos mismos quizás puedan arreglarlo todo. Los obreros pueden estar tranquilos. Miren, a la redacción de «R. B – va» ya ha llegado incluso un técnico, y ellos casi habían terminado de elaborar una de sus «combinaciones» para «introducir el capitalismo en la vida popular». Los socialistas deben ROMPER DECIDIDA y DEFINITIVAMENTE con todas las ideas y teorías pequeñoburguesas: HE AHÍ LA PRINCIPAL Y PROVECHOSA LECCIÓN que se debe sacar de esta campaña.

Ruego se note que hablo de ruptura con las ideas pequeñoburguesas, no con los «amigos del pueblo» ni con sus ideas —porque no puede haber ruptura con aquello con lo que nunca ha habido vínculo—. Los «amigos del pueblo» son sólo unos representantes de una de las corrientes de esta clase de ideas socialistas pequeñoburguesas. Y si en esta ocasión saco la conclusión de la necesidad de romper con las ideas socialistas pequeñoburguesas, con las ideas del viejo socialismo campesino ruso en general, es porque la presente campaña contra los marxistas, emprendida por representantes de las viejas ideas atemorizados por el crecimiento del marxismo, los ha incitado a exponer de manera particularmente plena y conspicua las ideas pequeñoburguesas. Al confrontar estas ideas con el socialismo contemporáneo, con los datos actuales sobre la realidad rusa, vemos con asombrosa claridad hasta qué punto se han agotado esas ideas, cómo han perdido toda base teórica íntegra, descendiendo a un eclecticismo lamentable, a un programa de lo más vulgar culturalista-oportunista. Puede decirse que esto no es culpa de las viejas ideas del socialismo en general, sino sólo de los señores en cuestión, a quienes, por lo demás, nadie cuenta entre los socialistas; pero tal objeción me parece completamente infundada. En todas partes he tratado de mostrar la inevitabilidad de tal degeneración de las viejas teorías, en todas partes he tratado de dedicar el menor espacio posible a la crítica de esos señores en concreto, y el mayor posible a las tesis generales y fundamentales del viejo socialismo ruso. Y si los socialistas creyeran que he expuesto estas tesis de manera incorrecta, inexacta o incompleta, sólo puedo responder con la más humilde súplica: ¡por favor, señores, expónganlas ustedes mismos, desarrollenlas como es debido!

De veras, nadie más que los socialdemócratas se alegraría de tener la posibilidad de sostener una polémica con los socialistas.

¿Acaso creen que nos resulta grato responder a la «polémica» de semejantes señores y que nos habríamos metido en esto de no haber por su parte un reto directo, insistente y tajante?

¿Acaso creen que no tenemos que hacer un esfuerzo sobre nosotros mismos para leer, releer y analizar esta repugnante mezcolanza de frases oficial-liberales con moral pequeñoburguesa?

Pero no es culpa nuestra que sean sólo semejantes señores quienes emprenden ahora la fundamentación y exposición de tales ideas. Ruego se note también que hablo de la necesidad de romper con las ideas pequeñoburguesas del socialismo. Las teorías pequeñoburguesas analizadas son INCONDICIONALMENTE reaccionarias EN CUANTO se presentan como teorías socialistas.

Pero si comprendemos que en realidad aquí no hay absolutamente nada de socialismo, es decir, que todas estas teorías en modo alguno explican la explotación del trabajador y, por tanto, son completamente incapaces de servir para su liberación, que en realidad todas estas teorías reflejan y llevan a la práctica los intereses de la pequeña burguesía, entonces tendremos que tratarlas de otro modo, tendremos que plantear la cuestión: ¿cómo debe relacionarse la clase obrera con la pequeña burguesía y sus programas? Y a esta pregunta no se puede responder sin tomar en consideración el carácter dual de esta clase (en Rusia esta dualidad es particularmente fuerte debido al menor desarrollo del antagonismo entre la pequeña y la gran burguesía). Es progresista en la medida en que plantea reivindicaciones democráticas generales, es decir, lucha contra cualesquiera residuos de la época medieval y del feudalismo; es reaccionaria en la medida en que lucha por conservar su posición como pequeña burguesía, tratando de contener, de hacer retroceder el desarrollo general del país en dirección burguesa. Reivindicaciones reaccionarias semejantes, como, por ejemplo, la famosa inalienabilidad de las parcelas, así como otros muchos proyectos de tutela sobre el campesinado, suelen esconderse bajo el decoroso pretexto de la defensa de los trabajadores; pero en la práctica, naturalmente, no hacen sino empeorar su situación, dificultando al mismo tiempo su lucha por su liberación. Hay que distinguir estrictamente estas dos facetas del programa pequeñoburgués y, negando cualquier carácter socialista de estas teorías, luchando contra sus aspectos reaccionarios, no hay que olvidar su parte democrática. Explicaré con un ejemplo cómo la negación total de las teorías filisteas por los marxistas no sólo no excluye el democratismo en su programa, sino que, por el contrario, exige insistir en él de manera aún más apremiante. Más arriba se señalaban los tres puntos fundamentales en los que siempre se amparaban los representantes del socialismo filisteo en sus teorías: la escasez de tierra, los elevados pagos, la opresión administrativa.

No hay absolutamente nada de socialista en la reivindicación de eliminar estos males, pues no explican en absoluto la expropiación ni la explotación, y su eliminación no afectará en nada a la opresión del capital sobre el trabajo. Pero su eliminación despojará a esta opresión de los harapos medievales que la refuerzan, facilitará al obrero la lucha directa contra el capital y, por tanto, como reivindicación democrática, encontrará el más enérgico apoyo de los trabajadores. Los pagos y los impuestos son, en general, una cuestión a la que sólo la pequeña burguesía puede atribuir una importancia especial, pero en nuestro país los pagos del campesinado representan en muchos aspectos una simple supervivencia del feudalismo: tales son, por ejemplo, los pagos de redención, que deben ser abolidos inmediata e incondicionalmente; tales son aquellos impuestos que recaen sólo sobre los campesinos y los pequeñoburgueses urbanos, de los cuales están exentos los «nobles». Los socialdemócratas siempre apoyarán la reivindicación de eliminar estos residuos de las relaciones medievales que condicionan el estancamiento económico y político. Otro tanto cabe decir de la escasez de tierra. Ya me he detenido mucho más arriba en demostrar el carácter burgués de los lamentos al respecto. Es indudable, sin embargo, que, por ejemplo, la reforma campesina, mediante los recortes de tierras, saqueó directamente a los campesinos en beneficio de los terratenientes, sirviendo a esta enorme fuerza reaccionaria tanto directamente (arrebatando la tierra campesina) como indirectamente (mediante el hábil deslinde de las parcelas). Y los socialdemócratas insistirán de la manera más enérgica en la devolución inmediata a los campesinos de la tierra que les fue arrebatada, en la expropiación completa de la propiedad terrateniente de la tierra, ese baluarte de las instituciones y tradiciones feudales. Este último punto, que coincide con la nacionalización de la tierra, no encierra nada de socialista, porque las relaciones de granjeros que ya se están formando entre nosotros florecerían con ello aún más rápida y espléndidamente, pero es sumamente importante en sentido democrático, como la única medida que podría quebrantar definitivamente a los nobilísimos terratenientes. Por último, hablar de la carencia de derechos del campesinado como causa de su expropiación y explotación sólo pueden, naturalmente, señores como Yuzhakov y V. V., pero la opresión administrativa sobre el campesinado no sólo es indudable, sino que representa no una simple opresión, sino un auténtico desprecio hacia los campesinos, como «vil populacho» al que le es propio estar subordinado a los nobilísimos terratenientes, al que el disfrute de los derechos civiles comunes se le concede sólo como gracia especial (por ejemplo, los traslados[118]), y del que cualquier pompadour puede disponer como de gente encerrada en una casa de trabajo. Y los socialdemócratas se suman incondicionalmente a la reivindicación del pleno restablecimiento del campesinado en sus derechos civiles, de la abolición completa de todos los privilegios de la nobleza, de la supresión de la tutela burocrática sobre el campesinado y de la concesión a éste de la autoadministración.

En general, los comunistas rusos, seguidores del marxismo, más que ningún otro, deben llamarse SOCIALDEMÓCRATAS y no olvidar nunca en su actividad la enorme importancia del DEMOCRATISMO[119].

En Rusia, los residuos de las instituciones medievales, semifeudales, son aún infinitamente tan fuertes (en comparación con Europa Occidental), pesan con un yugo tan agobiante sobre el proletariado y sobre el pueblo en general, frenando el crecimiento del pensamiento político en todos los estamentos y clases, que no se puede dejar de insistir en la enorme importancia que tiene para los trabajadores la lucha contra cualquier institución feudal, contra el absolutismo, los estamentos y la burocracia. Es necesario mostrar a los trabajadores con todo detalle qué monstruosa fuerza reaccionaria representan estas instituciones, cómo refuerzan la opresión del capital sobre el trabajo, cómo oprimen de manera humillante a los trabajadores, cómo retienen al capital en sus formas medievales, que no ceden a las novísimas, las industriales, en cuanto a la explotación del trabajo, pero que añaden a esta explotación terribles dificultades para la lucha por la liberación. Los trabajadores deben saber que, sin derrocar estos pilares de la reacción[120], no tendrán ninguna posibilidad de librar una lucha exitosa contra la burguesía, ya que mientras existan, el proletariado rural ruso, cuyo apoyo es condición indispensable para la victoria de la clase obrera, nunca saldrá de la situación de gente oprimida y acorralada, capaz sólo de una desesperación embrutecida, y no de una protesta y una lucha inteligentes y firmes. Por eso, la lucha junto a la democracia radical contra el absolutismo y los estamentos e instituciones reaccionarios es un deber directo de la clase obrera, que deben inculcarle los socialdemócratas, sin dejar al mismo tiempo, ni por un minuto, de inculcarle que la lucha contra todas estas instituciones es necesaria sólo como medio para facilitar la lucha contra la burguesía, que la realización de las reivindicaciones democráticas generales es necesaria para el obrero únicamente como desbroce del camino que conduce a la victoria sobre el principal enemigo de los trabajadores: una institución de naturaleza puramente democrática, el capital, que en Rusia es particularmente propenso a sacrificar su democratismo, a aliarse con los reaccionarios para oprimir a los trabajadores, para frenar con más fuerza el surgimiento del movimiento obrero.

Lo expuesto determina suficientemente, creo, la actitud de los socialdemócratas hacia el absolutismo y la libertad política, así como su actitud hacia la corriente, particularmente fortalecida en los últimos tiempos, orientada a la «unificación» y la «alianza» de todas las fracciones de revolucionarios para la conquista de la libertad política{76}.

Ésta es una corriente bastante original y característica.

Es original porque las propuestas de «alianza» no parten de un grupo determinado o de determinados grupos con programas determinados que coinciden en tal o cual cosa. Si así fuera, la cuestión de la alianza sería una cuestión de cada caso particular, una cuestión concreta que resolverían los representantes de los grupos que se unen. Entonces no podría haber una corriente «unificadora» especial. Pero existe tal corriente y surge simplemente de gente que se ha desligado de lo viejo, pero no se ha unido a nada nuevo: la teoría en la que se apoyaban hasta ahora los luchadores contra el absolutismo se derrumba visiblemente, destruyendo también aquellas condiciones de solidaridad y organización que son necesarias para la lucha. Y he aquí que los señores «unificadores» y «aliadófilos» piensan, probablemente, que esa teoría es más fácil de crear reduciéndola toda a la protesta contra el absolutismo y a la exigencia de libertad política, sorteando todas las demás cuestiones socialistas y no socialistas. Es comprensible que este ingenuo error se refute inevitablemente a sí mismo a los primeros intentos de semejante unificación.

Pero esta corriente «unificadora» es característica porque expresa una de las últimas fases del proceso de transformación del populismo combativo y revolucionario en un democratismo políticamente radical, proceso que he tratado de esbozar más arriba. La unificación sólida de todos los grupos revolucionarios no socialdemócratas bajo la bandera indicada sólo será posible cuando se elabore un programa sólido de reivindicaciones democráticas que haya acabado con los prejuicios del viejo particularismo ruso. La creación de un partido democrático semejante es considerada por los socialdemócratas, por supuesto, como un paso adelante útil, y su trabajo dirigido contra el populismo debe contribuir a ello, contribuir a la erradicación de todos los prejuicios y mitos, a la agrupación de los socialistas bajo la bandera del marxismo y a la formación, por los demás grupos, de un partido democrático.

Y con este partido, por supuesto, no podría haber «unificación» por parte de los socialdemócratas, que consideran necesaria la organización independiente de los obreros en un partido obrero especial, pero los obreros prestarían el más enérgico apoyo a toda lucha de los demócratas contra las instituciones reaccionarias.

La degeneración del populismo en la más vulgar teoría del radicalismo pequeñoburgués – de la cual (degeneración) dan testimonio con tanta evidencia los «amigos del pueblo» – nos muestra qué error colosal cometen quienes llevan a los obreros la idea de la lucha contra el absolutismo sin explicarles al mismo tiempo el carácter antagónico de nuestras relaciones sociales, en virtud del cual también los ideólogos de la burguesía abogan por la libertad política, sin explicarles el papel histórico del obrero ruso como luchador por la liberación de toda la población trabajadora.

A los socialdemócratas les gusta reprocharles que pretenden, al parecer, tomar para su uso exclusivo la teoría de Marx, mientras que, según dicen, su teoría económica es aceptada por todos los socialistas. Pero cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene explicar a los obreros la forma del valor, la esencia del orden burgués y el papel revolucionario del proletariado, si en Rusia la explotación del trabajador se explica en general y en todas partes por algo que no es en absoluto la organización burguesa de la economía social, sino, por ejemplo, la escasez de tierra, los pagos, la opresión de la administración?

¿Qué sentido tiene explicar a los obreros la teoría de la lucha de clases si esta teoría no puede explicar siquiera sus relaciones con el fabricante (nuestro capitalismo ha sido implantado artificialmente por el gobierno), por no hablar ya de la masa del «pueblo» que no pertenece a la clase constituida de los obreros fabriles?

¿De qué manera se puede aceptar la teoría económica de Marx con su conclusión sobre el papel revolucionario del proletariado como organizador del comunismo a través del capitalismo, cuando aquí se quieren buscar caminos hacia el comunismo al margen del capitalismo y del proletariado que él crea?

Es evidente que, en semejantes condiciones, la llamada del obrero a luchar por la libertad política equivaldrá a llamarlo a sacar las castañas del fuego para la burguesía avanzada, porque no se puede negar (es característico que incluso los populistas y narodovoltsi no lo negaran) que la libertad política servirá ante todo a los intereses de la burguesía, dando a los obreros no un alivio de su situación, sino sólo... sólo un alivio de las condiciones de lucha... contra esa misma burguesía. Digo esto contra aquellos socialistas que, sin aceptar la teoría de los socialdemócratas, dirigen sin embargo su agitación al medio obrero, convencidos empíricamente de que sólo en él se pueden encontrar elementos revolucionarios. Estos socialistas ponen su teoría en contradicción con la práctica y cometen un error extremadamente grave, distrayendo a los obreros de su tarea directa: la ORGANIZACIÓN DEL PARTIDO OBRERO SOCIALISTA[121].

Este error surgió naturalmente en la época en que los antagonismos de clase de la sociedad burguesa estaban todavía completamente subdesarrollados, aplastados por la servidumbre, cuando esta última engendraba la protesta solidaria y la lucha de toda la intelectualidad, creando la ilusión de un democratismo especial de nuestra intelectualidad, de la ausencia de una profunda escisión entre las ideas de los liberales y los socialistas. Ahora, cuando el desarrollo económico ha avanzado tanto que incluso quienes antes negaban que hubiera suelo para el capitalismo en Rusia reconocen que hemos entrado precisamente en la vía capitalista de desarrollo, ahora ya no es posible ninguna ilusión al respecto. La composición de la «intelectualidad» se perfila con la misma claridad que la composición de la sociedad dedicada a la producción de valores materiales: si en esta última reina y gobierna el capitalista, en la primera marca la pauta la turba, cada vez más rápidamente creciente, de arribistas y mercenarios de la burguesía: la «intelectualidad» satisfecha y tranquila, ajena a toda clase de quimeras y que sabe bien lo que quiere. Nuestros radicales y liberales no sólo no niegan este hecho, sino que, al contrario, lo subrayan con insistencia, desgañitándose en demostrar su inmoralidad, en condenarlo, en esfuerzos por aplastarlo, avergonzarlo... y aniquilarlo. Estas ingenuas pretensiones de avergonzar a la intelectualidad burguesa por su burguesidad son tan ridículas como los afanes de los economistas filisteos de asustar a nuestra burguesía (invocando la experiencia de los «hermanos mayores») con que marcha hacia la ruina del pueblo, hacia la miseria, el desempleo y el hambre de las masas; este juicio sobre la burguesía y sus ideólogos recuerda aquel juicio sobre el lucio que decidió arrojarlo al río. Más allá de estos límites comienza la «intelectualidad» liberal y radical, que vierte una cantidad innumerable de frases sobre el progreso, la ciencia, la verdad, el pueblo, etc., a la que le gusta llorar por los años 60, cuando no había discordias, decadencia, abatimiento ni apatía y todos los corazones ardían de democratismo.

Con la ingenuidad que les es propia, estos señores no quieren comprender de ninguna manera que la solidaridad de entonces era provocada por las condiciones materiales de entonces, que no pueden volver: la servidumbre oprimía por igual a todos: al burgomaestre servil, que había acumulado algún dinerillo y deseaba vivir a su gusto, al campesino hacendoso, que odiaba al señor por las exacciones, la injerencia y el apartarlo de su hacienda, al proletario de servidumbre y al campesino empobrecido, a quien vendían en servidumbre al comerciante; de ella sufrían tanto el comerciante-fabricante como el obrero, el artesano como el maestrico. Entre todas estas personas, el único vínculo era que todas eran hostiles a la servidumbre: más allá de esta solidaridad comenzaba el más agudo antagonismo económico. ¿Hasta qué punto hay que adormecerse con dulces sueños para no ver todavía hoy este antagonismo, que ha alcanzado un desarrollo tan enorme; para lloriquear sobre el retorno de los tiempos de solidaridad, cuando la realidad exige lucha, exige que todo aquel que no quiera ser un voluntario o involuntario secuaz de la burguesía se ponga al lado del proletariado.

Si no toman al pie de la letra las altisonantes frases sobre los «intereses del pueblo» e intentan profundizar, verán que tienen ante ustedes a los más puros ideólogos de la pequeña burguesía, que sueña con mejorar, apoyar y restaurar su economía («popular», en su lenguaje) mediante diversos progresos inofensivos y que es absolutamente incapaz de comprender que, sobre la base de las relaciones de producción existentes, todos estos progresos no harán más que proletarizar a las masas cada vez con mayor profundidad. No se puede dejar de estar agradecido a los «Amigos del pueblo» por haber contribuido en gran medida a esclarecer el carácter de clase de nuestra intelectualidad y por haber reforzado así la teoría de los marxistas sobre el carácter pequeñoburgués de nuestros pequeños productores; inevitablemente, deben acelerar la extinción de las viejas ilusiones y mitos que durante tanto tiempo han confundido a los socialistas rusos. Los «Amigos del pueblo» han manoseado, desgastado y mancillado de tal modo estas teorías, que los socialistas rusos que se aferraban a ellas se enfrentan inevitablemente a un dilema: o bien revisar de nuevo estas teorías, o bien desecharlas por completo, dejándolas para uso exclusivo de esos señores que, con autosuficiente triunfalismo, anuncian urbi et orbi[122] la compra de instrumentos perfeccionados por los campesinos ricos... que con aire serio les aseguran que es necesario saludar a la gente que se ha cansado de estar sentada tras el tapete verde. ¡Y en ese mismo sentido disertan sobre el «régimen popular» y la «intelectualidad» no solo con seriedad, sino con frases pretenciosas y colosales sobre amplios ideales, sobre un planteamiento ideal de las cuestiones de la vida!...

La intelectualidad socialista solo puede aspirar a un trabajo fructífero cuando rompa con las ilusiones y empiece a buscar apoyo en el desarrollo real, y no deseado, de Rusia, en las relaciones económico-sociales reales, y no posibles. Su trabajo TEÓRICO deberá, en este caso, orientarse hacia el estudio concreto de todas las formas de antagonismo económico en Rusia, el estudio de su conexión y su desarrollo consecuente; debe desvelar este antagonismo allí donde esté encubierto por la historia política, por las peculiaridades de los ordenamientos jurídicos, por los prejuicios teóricos establecidos. Debe ofrecer un cuadro íntegro de nuestra realidad como un sistema determinado de relaciones de producción, mostrar la necesidad de la explotación y la expropiación de los trabajadores bajo este sistema, y mostrar la salida de este orden de cosas que señala el desarrollo económico.

Esta teoría, basada en un estudio detallado y pormenorizado de la historia y la realidad rusas, debe dar respuesta a las demandas del proletariado, y si satisface las exigencias científicas, todo despertar del pensamiento de protesta del proletariado conducirá inevitablemente este pensamiento al cauce de la socialdemocracia. Cuanto más avance la elaboración de esta teoría, tanto más rápido crecerá la socialdemocracia, ya que ni los más astutos guardianes del orden actual pueden impedir el despertar del pensamiento del proletariado; no pueden impedirlo porque este mismo orden trae consigo necesaria e inevitablemente una expropiación cada vez más intensa de los productores, un crecimiento cada vez mayor del proletariado y de su ejército de reserva, y esto junto al progreso de la riqueza social, al enorme crecimiento de las fuerzas productivas y a la socialización del trabajo por el capitalismo. Por mucho que quede aún por hacer para elaborar una teoría semejante, la garantía de que los socialistas cumplirán este trabajo la constituye la difusión entre ellos del materialismo, el único método científico que exige que todo programa sea una formulación precisa del proceso real; la garantía la constituye el éxito de la socialdemocracia, que asume estas ideas, un éxito que ha alborotado de tal modo a nuestros liberales y demócratas que sus revistas gruesas, según observó un marxista, han dejado de ser aburridas.

Al subrayar de este modo la necesidad, la importancia y la enormidad del trabajo teórico de los socialdemócratas, no quiero decir en absoluto que este trabajo se sitúe en primer lugar con respecto al trabajo PRÁCTICO[123], y menos aún que el segundo se aplace hasta que finalice el primero. Solo podrían concluir eso los adeptos del «método subjetivo en sociología» o los seguidores del socialismo utópico. Claro está que si la tarea de los socialistas se concibe como la búsqueda de «otras vías de desarrollo (aparte de las reales)» para el país, entonces es natural que el trabajo práctico solo sea posible cuando filósofos geniales descubran y muestren esas «otras vías»; y a la inversa, una vez descubiertas y mostradas estas vías, termina el trabajo teórico y empieza el trabajo de quienes deben encaminar a la «patria» por la «recién descubierta» «otra vía». La cuestión se plantea de un modo completamente distinto cuando la tarea de los socialistas se reduce a ser los dirigentes ideológicos del proletariado en su lucha real contra los enemigos reales y actuales que se interponen en el camino real del desarrollo económico-social dado. Bajo esta condición, el trabajo teórico y el práctico se funden en uno solo, en un trabajo que el veterano de la socialdemocracia alemana, Liebknecht, caracterizó tan acertadamente con las palabras:

Studieren, Propagandieren, Organisieren[124].

No se puede ser dirigente ideológico sin el trabajo teórico antes señalado, como tampoco se puede serlo sin orientar este trabajo según las exigencias de la causa, sin propagar los resultados de esta teoría entre los obreros y ayudar a su organización.

Este planteamiento de la tarea garantiza a la socialdemocracia contra los defectos que tan a menudo aquejan a los grupos socialistas: contra el dogmatismo y el sectarismo.

No puede haber dogmatismo allí donde el criterio supremo y único de la doctrina se sitúa en su correspondencia con el proceso real del desarrollo económico-social; no puede haber sectarismo cuando la tarea se reduce a contribuir a la organización del proletariado, cuando, por consiguiente, el papel de la «intelectualidad» se reduce a hacer innecesarios a los dirigentes intelectuales específicos.

Por eso, a pesar de la existencia de divergencias entre los marxistas en distintas cuestiones teóricas, los métodos de su actividad política han seguido siendo los mismos desde el surgimiento del grupo y lo siguen siendo hasta ahora.

La actividad política de los socialdemócratas consiste en contribuir al desarrollo y a la organización del movimiento obrero en Rusia, a su transformación de su estado actual de intentos aislados de protesta, «rebeliones» y huelgas, carentes de una idea rectora, en una lucha organizada de TODA la CLASE obrera rusa, dirigida contra el régimen burgués y que aspira a la expropiación de los expropiadores, a la abolición de ese orden social que se basa en la opresión del trabajador. La base de esta actividad es la convicción común de los marxistas de que el obrero ruso es el representante único y natural de toda la población trabajadora y explotada de Rusia[125].

– Natural, porque la explotación del trabajador en Rusia es, en todas partes, capitalista por su esencia, si dejamos de lado los restos agonizantes de la economía de servidumbre; solo que la explotación de la masa de productores es pequeña, dispersa, no desarrollada, mientras que la explotación del proletariado fabril es grande, socializada y concentrada. En el primer caso, esta explotación aún está envuelta en formas medievales, en diferentes apéndices políticos, jurídicos y consuetudinarios, ardides y artimañas, que impiden al trabajador y a su ideólogo ver la esencia del orden de cosas que oprime al trabajador, ver dónde y cómo es posible salir de él. Por el contrario, en el último caso, la explotación ya está plenamente desarrollada y aparece en su forma pura, sin ninguna particularidad que enturbie el asunto. El obrero no puede dejar de ver que lo oprime el capital, que la lucha debe librarse contra la clase de la burguesía. Y esta lucha suya, dirigida a la consecución de las necesidades económicas más inmediatas, al mejoramiento de su situación material, exige inevitablemente de los obreros la organización, se convierte inevitablemente en una guerra no contra personas, sino contra una clase, la misma clase que no solo en las fábricas y talleres, sino en todas partes y por doquier oprime y aplasta al trabajador. He aquí por qué el obrero fabril no es más que el representante de vanguardia de toda la población explotada, y para que él realice su representación en una lucha organizada y firme, no se requiere en absoluto entusiasmarlo con "perspectivas" cualesquiera; para ello solo se requiere una simple explicación a él de su situación, una explicación del régimen político-económico del sistema que lo oprime, una explicación de la necesidad e inevitabilidad del antagonismo de clase bajo este sistema. Esta situación del obrero fabril en el sistema general de las relaciones capitalistas lo convierte en el único combatiente por la liberación de la clase obrera, porque solo el estadio superior de desarrollo del capitalismo, la gran industria maquinizada, crea las condiciones materiales y las fuerzas sociales necesarias para esta lucha. En todos los demás lugares, en las formas inferiores de desarrollo del capitalismo, no existen estas condiciones materiales: la producción está fragmentada en miles de pequeñísimas economías (que no dejan de ser economías fragmentadas bajo las formas más igualitarias de tenencia comunal de la tierra), el explotado en su mayoría posee aún una economía minúscula y, de este modo, se vincula al mismo sistema burgués contra el cual debe luchar: esto retrasa y dificulta el desarrollo de las fuerzas sociales que son capaces de derrocar el capitalismo. La explotación fragmentada, aislada, pequeña, ata a los trabajadores a un lugar, los desune, no les da la posibilidad de comprender su solidaridad de clase, no les da la posibilidad de unirse al entender que la causa de la opresión no es tal o cual persona, sino todo el sistema económico. Por el contrario, el gran capitalismo rompe inevitablemente todo vínculo del obrero con la vieja sociedad, con un lugar determinado y un explotador determinado, lo une, lo hace pensar y lo coloca en condiciones que dan la posibilidad de iniciar una lucha organizada. Los socialdemócratas centran toda su atención y toda su actividad en la clase obrera. Cuando sus representantes de vanguardia asimilen las ideas del socialismo científico, la idea del papel histórico del obrero ruso, cuando estas ideas obtengan una amplia difusión y entre los obreros se creen organizaciones sólidas que transformen la actual guerra económica dispersa de los obreros en una lucha de clase consciente, entonces el OBRERO ruso, alzándose a la cabeza de todos los elementos democráticos, derribará el absolutismo y conducirá al PROLETARIADO RUSO (junto al proletariado de TODOS LOS PAÍSES) por el camino directo de la lucha política abierta hacia la VICTORIOSA REVOLUCIÓN COMUNISTA.

Fin.

1894.

Última página del III fascículo de la edición hectografiada del libro de V. I. Lenin "¿Quiénes son los 'amigos del pueblo' y cómo luchan contra los socialdemócratas?" – 1894. (Reducido)

## Apéndice I

Presento aquí en una tabla los datos sobre aquellos 24 presupuestos de los que se habla en el texto. Resumen de los datos sobre la composición y los presupuestos de 24 economías campesinas típicas en el distrito de Ostrogozhsk.

### Explicación de la tabla.

1) Las primeras 21 columnas están tomadas íntegramente de la compilación. La columna 22 reúne las columnas de la compilación: de centeno, trigo, avena y cebada, mijo y alforfón, otros cereales, patatas, legumbres y heno (8 columnas). Sobre cómo se calculó el ingreso de los cereales (columna 23) sin contar la paja y el tamo, se habla en el texto. Luego la columna 24 reúne las columnas de la compilación: de caballos, ganado vacuno, ovejas, cerdos, aves de corral, pieles y lana, sebo y carne, productos lácteos, mantequilla (9 columnas). Las columnas 25–29 están tomadas íntegramente de la compilación. Las columnas 30–34 reúnen las columnas de la compilación: gastos en centeno, trigo, mijo y alforfón, patatas, legumbres, sal, mantequilla, sebo y carne, pescado, productos lácteos, vodka, té (12 columnas). La columna 35 reúne las columnas de la compilación: en jabón, queroseno, velas, ropa y vajilla (4 columnas). Las demás columnas son claras.

2) La columna 8 se determinó sumando el número de desiatinas de tierra arrendada con el número de desiatinas de tierra cultivable en la composición de la parcela (en la compilación existe tal columna).

3) Las cifras inferiores en las columnas: "Distribución del ingreso y el gasto" significan la parte monetaria de los gastos e ingresos. En las columnas 25–28 y 37–42 todo el ingreso (gasto) es monetario. La parte monetaria (el autor no la separa) se determinaba restando del ingreso bruto lo consumido en la propia economía.

## Apéndice II

El señor Struve coloca, con toda razón, a la cabeza de la crítica a N.–on la tesis de que "la doctrina de Marx sobre la lucha de clases y el Estado es completamente ajena al economista político ruso". No poseo la osadía del señor Krivenko como para juzgar, sobre la base de esta sola breve nota (de 4 columnas) del señor Struve, el sistema de sus concepciones (otros artículos suyos me son desconocidos); tampoco puedo dejar de decir que no soy solidario con todas las tesis por él expresadas, y por lo tanto puedo defender no su artículo en su totalidad, sino solo ciertas tesis fundamentales que él aduce. Pero, en cualquier caso, la circunstancia señalada está valorada con profunda justeza: en efecto, la incomprensión de la lucha de clases, inherente a la sociedad capitalista, es el error cardinal del señor N.–on. La rectificación de este único error sería suficiente para que, incluso de sus tesis teóricas e investigaciones, se siguieran necesariamente conclusiones socialdemócratas. En efecto, la omisión de la lucha de clases testimonia una crasísima incomprensión del marxismo, incomprensión que tanto más debe imputarse al señor N.–on cuanto que él, en general, desea hacerse pasar por un estricto partidario de los principios de Marx. ¿Puede alguien, un poco familiarizado con Marx, negar que la doctrina de la lucha de clases es el centro de gravedad de todo el sistema de sus concepciones?

El señor N.–on pudo, por supuesto, aceptar la teoría de Marx con excepción de este punto, aunque fuera, por ejemplo, por su falta de correspondencia, pongamos, con los datos de la historia y la realidad rusas; pero entonces, en primer lugar, sería imposible hablar de que la teoría de Marx explica nuestro orden de cosas, imposible hablar incluso de esta teoría y del capitalismo, ya que habría que rehacer la teoría y elaborar un concepto de otro capitalismo, al que no le sean inherentes las relaciones antagónicas y la lucha de clases. En cualquier caso, habría que haberlo especificado con todo detalle, explicar por qué el autor, diciendo A del marxismo, no quiere decir B. Nada semejante ha intentado hacer el señor N.–on.

El Sr. Struve, con toda razón, llegó a la conclusión de que la incomprensión de la lucha de clases convierte al Sr. Nik.—on en un utopista, pues quien ignora la lucha de clases en la sociedad capitalista eo ipso[126] ignora todo el contenido real de la vida sociopolítica de esa sociedad y, para realizar sus desiderata, se ve inevitablemente condenado a flotar en la esfera de sueños inocentes. Esta incomprensión lo convierte en un reaccionario, porque las exhortaciones a la «sociedad» y al «Estado», es decir, a los ideólogos y políticos de la burguesía, sólo sirven para confundir a los socialistas, para hacerles tomar por aliados a los peores enemigos del proletariado, y para frenar la lucha de los obreros por su emancipación en vez de contribuir a la intensificación, clarificación y mayor organización de esa lucha.

Puesto que hemos hablado del artículo del Sr. Struve, no podemos dejar de tocar aquí la respuesta del Sr. Nik.—on en el núm. 6 de «R. Bogatstva»[127].

«Resulta —razona el Sr. Nik.—on, tras presentar datos sobre el lento crecimiento del número de obreros fabriles, crecimiento que queda rezagado respecto al aumento de la población— resulta que entre nosotros el capitalismo no sólo no cumple su “misión histórica”, sino que él mismo pone límites a su propio desarrollo. He aquí por qué, entre otras cosas, tienen mil veces razón quienes buscan “para su patria una vía de desarrollo distinta de la que ha seguido y sigue Europa Occidental”». (¡Y esto lo escribe un hombre que reconoce que Rusia sigue el mismo camino capitalista!) El Sr. Nik.—on ve el incumplimiento de esa «misión histórica» en que «la corriente económica hostil a la comuna (es decir, el capitalismo) destruye las bases mismas de su existencia sin aportar esa dosis de significación unificadora tan característica de Europa Occidental y que con especial fuerza empieza a manifestarse en Norteamérica».

Dicho de otra manera, nos encontramos ante el consabido argumento oficial contra los socialdemócratas, inventado por el célebre Sr. V. V., quien contemplaba el capitalismo desde el punto de vista de un funcionario departamental que resuelve el problema estatal de «introducir el capitalismo en la vida del pueblo»: si cumple «la misión», se le puede dejar pasar; si no la cumple, «no se le deja entrar». Aparte de todas las demás cualidades de esta argumentación tan ocurrente, la propia «misión» del capitalismo era entendida por el Sr. V. V. —y por lo visto la entiende el Sr. Nik.—on— de un modo increíblemente incorrecto y estrecho, hasta el absurdo; y de nuevo, claro está, la estrechez de su propia comprensión la endosan sin miramiento alguno a los socialdemócratas: ¡sobre ellos se puede calumniar como sobre difuntos, ya que no les permiten el acceso a la prensa legal!

Marx veía la labor progresista y revolucionaria del capitalismo en que éste, al socializar el trabajo, al mismo tiempo, mediante el mecanismo del propio proceso, «educa, une y organiza a la clase obrera», la educa para la lucha, organiza su «indignación», la une para la «expropiación de los expropiadores», para la conquista del poder político y para arrebatar los medios de producción de manos de «unos pocos usurpadores» a fin de entregarlos a toda la sociedad (El Capital, pág. 650){77}.

He aquí la formulación de Marx.

Del «número de obreros fabriles» ni hablar, por supuesto: se habla de la concentración de los medios de producción y de la socialización del trabajo. Está claro que estos criterios nada tienen que ver con el «número de obreros fabriles».

Pero nuestros originales intérpretes de Marx lo han interpretado precisamente en el sentido de que la socialización del trabajo bajo el capitalismo se reduce al trabajo en un mismo local de los obreros fabriles y, por tanto, ¡el grado de la labor progresista del capitalismo se mide... por el número de obreros fabriles! Si el número de obreros fabriles aumenta, el capitalismo realiza bien su labor progresista; si disminuye, significa que «cumple mal su misión histórica» (pág. 103 del artículo del Sr. Nik.—on), y la «intelectualidad» debe «buscar otras vías para su patria».

Y he aquí que la intelectualidad rusa se pone a buscar «otras vías». Lleva buscándolas ya más de una década, demostrando[128] con todas sus fuerzas que el capitalismo es un desarrollo «incorrecto» porque conduce a la desocupación y a las crisis. En 1880 estábamos ante una crisis; y también en 1893: ya es hora de salirse de esa vía, pues es evidente que nosotros estamos mal.

Y la burguesía rusa «oye, calla y come»{78}: en efecto, «está mal» cuando ya no se pueden obtener beneficios fabulosos; y ella, a coro con los liberales y los radicales, se dedica afanosamente, gracias a los capitales liberados y más baratos, a construir nuevos ferrocarriles. «Nosotros» estamos mal porque en los viejos lugares ya hemos desplumado por completo al pueblo, y tenemos que pasar al capital industrial, que no es capaz de enriquecernos tanto como el capital comercial: así que «nosotros» nos dirigiremos a las periferias orientales y septentrionales de la Rusia europea, donde aún es posible la «acumulación originaria» que rinde cientos de por ciento de beneficio, donde la descomposición burguesa del campesinado está lejos de haberse consumado. La intelectualidad ve todo esto e incansablemente amenaza con que «nosotros» volveremos a caer en un crac. Y, en efecto, sobreviene un nuevo crac. Una masa de pequeños capitalistas es aplastada por los grandes, una masa de campesinos es expulsada de la agricultura, que pasa cada vez más a manos de la burguesía; crece de manera gigantesca el mar de miseria, de desocupación, de extinción por hambre —y la «intelectualidad», con la conciencia tranquila, remite a sus profecías y de nuevo se lamenta de la vía incorrecta, demostrando la falta de solidez de nuestro capitalismo por la ausencia de mercados exteriores.

Y la burguesía rusa «oye, calla y come». Mientras la «intelectualidad» busca nuevas vías, ella emprende construcciones gigantescas de ferrocarriles hacia sus colonias, creándose allí un mercado, llevando a un país joven las delicias del orden burgués, cultivando con particular rapidez también allí una burguesía industrial y agrícola, y arrojando a una masa de productores a las filas de la población perpetuamente hambrienta y desocupada.

¿Será posible que los socialistas sigan limitándose a lamentar las vías incorrectas y a demostrar la falta de solidez del capitalismo... con el lento aumento del número de obreros fabriles?

Antes de pasar a esta idea pueril[129], es forzoso mencionar que el Sr. Nik.—on ha reproducido de manera sumamente inexacta el pasaje criticado del artículo del Sr. Struve. En su artículo se dice literalmente lo siguiente:

«Si el autor (es decir, el Sr. Nik.—on) señala la diferencia en la composición de la población rusa y la norteamericana por el género de ocupación – para Rusia se admite que el 80% de toda la población ocupada en actividades económicas (erwerbsthätigen) está empleada en la agricultura, mientras que en los Estados Unidos sólo el 44% –, no se da cuenta de que el desarrollo capitalista de Rusia trabajará precisamente para reducir esa diferencia de 80–44: en esto consiste, puede decirse, su misión histórica».

Se podrá juzgar que la palabra «misión» está aquí muy torpemente puesta, pero la idea del Sr. Struve es clara: el Sr. Nik.—on no se ha fijado en que el desarrollo capitalista de Rusia (él mismo reconoce que ese desarrollo es efectivamente capitalista) reducirá la población agrícola, pues ésta es una ley general del capitalismo. Por consiguiente, para refutar esa objeción, el Sr. Nik.—on tendría que haber mostrado: 1) que él no había pasado por alto esa tendencia del capitalismo, o 2) que el capitalismo no tiene dicha tendencia.

En lugar de ello, el Sr. Nik.—on se pone a examinar datos sobre el número de nuestros obreros fabriles (el 1% de la población según su cálculo). Pero ¿acaso el Sr. Struve habla de obreros fabriles? ¿Acaso el 20% de la población en Rusia y el 56% en América son obreros fabriles? ¿Acaso las nociones de «obreros fabriles» y «población no ocupada en la agricultura» son idénticas? ¿Se puede negar que también en Rusia disminuye la parte de la población empleada en la agricultura?

Tras esta rectificación, que considero tanto más necesaria cuanto que el Sr. Krivenko ya tergiversó este pasaje en esta misma revista, pasemos a la idea misma del Sr. Nik.—on sobre «el mal cumplimiento de su misión por nuestro capitalismo».

En primer lugar, es absurdo identificar el número de obreros fabriles con el número de trabajadores ocupados en la producción capitalista, como lo hace el autor de los «Ensayos». Esto significa repetir (e incluso exagerar) el error de los economistas rusos pequeñoburgueses, que hacen comenzar el capitalismo directamente con la gran industria maquinizada. ¿Acaso los millones de artesanos rusos que trabajan para los comerciantes con materiales de estos por un salario corriente no están ocupados en la producción capitalista? ¿Acaso los jornaleros y peones agrícolas no reciben de los patronos un salario y no les entregan plusvalor? ¿Acaso los obreros ocupados en la industria de la construcción (rápidamente desarrollada en nuestro país después de la reforma) no están sometidos a la explotación capitalista? etcétera [130].

En segundo lugar, es absurdo comparar el número de obreros fabriles (1 400 000) con toda la población y expresar esta relación en porcentaje. Esto significa simplemente comparar magnitudes inconmensurables: la población apta para el trabajo con la no apta, la ocupada en la producción de valores materiales con los «estados ideológicos», etc. ¿Acaso cada obrero fabril no alimenta a un cierto número de miembros de la familia no trabajadores? ¿Acaso los obreros fabriles no alimentan —además de a sus patronos y a toda una caterva de comerciantes— a un montón de soldados, funcionarios y demás señores a los que ustedes suman a la población agrícola y contraponen todo ese mejunje a la fabril? ¿Acaso no hay, además, en Rusia industrias como la pesca, etc., que es igualmente absurdo contraponer a la industria fabril, uniéndolas a la agricultura? Si hubieran querido hacerse una idea de la composición de la población de Rusia por ocupaciones, habría sido necesario, en primer lugar, separar especialmente a la población ocupada en la producción de valores materiales (excluyendo, por consiguiente, por un lado a la población no trabajadora y por otro a los soldados, funcionarios, curas, etc.) y, en segundo lugar, intentar distribuirla por diferentes ramas del trabajo nacional. Si no hubiera datos para ello, más valdría no emprender semejantes cálculos [131], en lugar de andar desvariando sobre el 1% (??!!) de la población ocupada en la industria fabril.

En tercer lugar —y esto es lo principal y la más monstruosa deformación de la teoría de Marx sobre la acción progresiva y revolucionaria del capitalismo—, ¿de dónde han sacado ustedes que la «significación unificadora» del capitalismo se expresa en la unificación de los obreros fabriles solamente? ¿Acaso no toman ustedes su concepción del marxismo de los artículos de los «Anales Patrios» sobre la socialización del trabajo? ¿Acaso no la reducen ustedes también al trabajo en un mismo local? Pero no. A Nik.—on, al parecer, no se le podría hacer ese reproche, pues caracteriza con exactitud la socialización del trabajo por el capitalismo en la segunda página de su artículo en el n.º 6 de «R. B— va», señalando correctamente los dos rasgos de esta socialización: 1) trabajo para toda la sociedad y 2) unificación de los trabajadores individuales para obtener el producto del trabajo común. Sin embargo, si es así, ¿a qué venía entonces juzgar la «misión» del capitalismo por el número de obreros fabriles, cuando esta «misión» se cumple mediante el desarrollo del capitalismo y de la socialización del trabajo en general, mediante la creación del proletariado en general, respecto al cual los obreros fabriles desempeñan únicamente el papel de las filas avanzadas, de la vanguardia? Es indiscutible, por supuesto, que el movimiento revolucionario del proletariado depende también del número de estos obreros, de su concentración, del grado de su desarrollo, etc., pero todo ello no da ni el más mínimo derecho a reducir la «significación unificadora» del capitalismo al número de obreros fabriles. Esto significa restringir hasta lo imposible la idea de Marx.

Pondré un ejemplo. En su folleto «Zur Wohnungsfrage» [132], Federico Engels habla de la industria alemana y señala que en ningún otro país, excepto Alemania —se refiere sólo a Europa Occidental— hay tal cantidad de obreros asalariados que posean un jardín o un pequeño campo. «La industria artesanal rural, unida a la horticultura o a la agricultura —dice—, constituye la amplia base de la joven gran industria de Alemania» {79}. Esta industria artesanal, a medida que crece la penuria del pequeño campesinado alemán, se desarrolla cada vez más (como en Rusia, añadiremos por nuestra cuenta), pero aquí la UNIÓN de la industria con la agricultura no es una condición de BIENESTAR del artesano, sino, por el contrario, de una OPRESIÓN aún mayor. Atado a su lugar, se ve obligado a aceptar cualquier precio y entrega por ello al capitalista no sólo el plusvalor, sino también una gran parte del salario (como en Rusia, con el enorme desarrollo del sistema doméstico de la gran producción). «Éste es un aspecto del problema —continúa Engels—, pero tiene también un reverso… Con la difusión de la industria artesanal, el campesinado de una región tras otra va siendo arrastrado al movimiento industrial de la época moderna. Esta revolución de las regiones agrícolas mediante la industria artesanal extiende la revolución industrial en Alemania a un espacio mucho mayor de lo que ocurrió en Inglaterra y Francia… Esto explica por qué en Alemania, a diferencia de Inglaterra y Francia, el movimiento obrero revolucionario ha alcanzado una difusión tan fuerte por un amplio espacio del país, en lugar de limitarse exclusivamente a los centros urbanos. Y esto mismo explica el crecimiento tranquilo, firme e incontenible de este movimiento. En Alemania está claro que una insurrección victoriosa en la capital y en otras grandes ciudades sólo será posible cuando también la mayoría de las ciudades pequeñas y gran parte de las regiones rurales estén maduras para la transformación» {80}.

He aquí, pues: no sólo la «significación unificadora del capitalismo», sino también el éxito del movimiento obrero depende, según resulta, no sólo del número de obreros fabriles, ¡sino también del número de… artesanos! Y nuestros originalistas, ignorando la organización puramente capitalista de la inmensa mayoría de las industrias artesanales rusas, las contraponen al capitalismo como una especie de industria «popular», ¡y juzgan el «porcentaje de población que se halla a disposición directa del capitalismo» por el número de obreros fabriles! Esto recuerda ya el razonamiento del señor Krivenko: los marxistas quieren centrar toda la atención en los obreros fabriles, pero como éstos son sólo 1 millón de cada 100, no representan más que un pequeño rincón de la vida, y consagrarse a ello es como limitarse a trabajar en instituciones estamentales o de beneficencia (n.º 12 de «R. B— va»). ¡Las fábricas y talleres son un pequeño rincón de la vida como las instituciones estamentales y benéficas! ¡Oh, genial señor Krivenko! ¿Acaso son precisamente las instituciones estamentales las que producen productos para toda la sociedad? ¿Acaso es el régimen de las instituciones estamentales el que explica la explotación y la expropiación de los trabajadores? ¿Acaso es precisamente en las instituciones estamentales donde hay que buscar a los representantes avanzados del proletariado, capaces de alzar la bandera de la liberación de los obreros?

Tales cosas no asombran en boca de pequeños filósofos burgueses, pero cuando se encuentra algo parecido en el señor Nik.—on, resulta un tanto ofensivo.

En la argumentación del señor Nik.—on quedó aún un punto: al decir que nuestro capitalismo no aporta aquel significado unificador que «es tan característico para Europa Occidental y comienza a manifestarse con especial fuerza en Norteamérica», tiene en vista, evidentemente, el movimiento obrero. Así pues, debemos buscar otras vías, ya que nuestro capitalismo no genera movimiento obrero. Este argumento, parece, ya fue anticipado por el señor Mijailovski. Marx operaba con un proletariado ya formado – aleccionaba él a los marxistas. Y en respuesta a la observación hecha por un marxista de que él ve en la miseria solo miseria, contestó de este modo: esta observación, como de costumbre, está tomada enteramente de Marx. Pero si acudimos a ese pasaje de «Miseria de la filosofía», veremos que no es aplicable a nuestros asuntos, que nuestra miseria es solo miseria. – En realidad, sin embargo, de «Miseria de la filosofía» aún no veremos nada. Marx dice allí acerca de los comunistas de la vieja escuela, que ellos ven en la miseria solo la miseria, sin notar su lado revolucionario, destructor, que es el que derrocará la vieja sociedad{82}. Es obvio que el fundamento para afirmar la inaplicabilidad de esto a nuestros asuntos es para el señor Mijailovski la ausencia de «manifestación» del movimiento obrero. A propósito de este razonamiento, notemos, en primer lugar, que solo un conocimiento muy superficial de los hechos puede sugerir la idea de que Marx operaba con un proletariado ya formado. El programa comunista de Marx fue elaborado por él antes de 1848. ¿Qué movimiento obrero[134] había entonces en Alemania? No había entonces ni siquiera libertad política, y el trabajo de los comunistas se limitaba a círculos secretos (como entre nosotros ahora). El movimiento obrero socialdemócrata, que mostró a todos de manera patente el papel revolucionario y unificador del capitalismo, comenzó dos décadas más tarde, cuando la doctrina del socialismo científico se había formado definitivamente, cuando la gran industria se había extendido más ampliamente y se encontraron filas de talentosos y enérgicos difusores de esta doctrina en el medio obrero. Al presentar en una luz incorrecta los hechos históricos, olvidando la masa de trabajo invertido por los socialistas para dar conciencia y organización al movimiento obrero, nuestros filósofos además atribuyen a Marx las concepciones fatalistas más absurdas. Según su punto de vista, la organización y socialización de los obreros ocurrirían, dizque, por sí mismas y, en consecuencia, si nosotros, viendo el capitalismo, no vemos el movimiento obrero, sería porque el capitalismo no cumple su misión, y no porque nosotros trabajamos aún débilmente en esa organización y propaganda entre los obreros. No vale la pena refutar esta escapatoria pequeñoburguesa y cobarde de nuestros originales filósofos: la refuta toda la actividad de los socialdemócratas de todos los países, la refuta cada discurso público de cualquier marxista. La socialdemocracia – dice Kautsky con toda razón – es la unión del movimiento obrero con el socialismo. Y para que el trabajo progresista del capitalismo «se manifieste» también entre nosotros, nuestros socialistas deben emprender con toda energía su trabajo; deben elaborar más detalladamente la comprensión marxista de la historia y la realidad rusas, rastreando de manera más concreta todas las formas de la lucha de clases y de la explotación, que están particularmente enredadas y encubiertas en Rusia. Deben, además, popularizar esta teoría, llevarla al obrero, deben ayudar al obrero a asimilarla y a elaborar la forma de organización más ADECUADA para nuestras condiciones, para la difusión de la socialdemocracia y la cohesión de los obreros en una fuerza política. Y los socialdemócratas rusos no solo jamás han dicho haber concluido, haber cumplido este trabajo de ideólogos de la clase obrera (aquí no se avista el fin del trabajo), sino que, al contrario, siempre han subrayado que solo lo comienzan, que aún se necesitan muchos esfuerzos de muchas y muchas personas para crear aunque sea algo sólido.

Además de la comprensión insatisfactoria y deformemente estrecha de la teoría de Marx, esta objeción corriente sobre la ausencia del trabajo progresista de nuestro capitalismo se basa también, al parecer, en la absurda idea del mítico «régimen popular».

Cuando el «campesino» en la famosa «comuna» se escinde en un pobre y un rico, en representantes del proletariado y del capital (sobre todo comercial), entonces no se quiere ver ahí el capitalismo embrionario, medieval y, soslayando la estructura político-económica de la aldea, se perora en busca de «otras vías para la patria» sobre las modificaciones de la forma de la posesión de la tierra de los campesinos, con la cual se confunde imperdonablemente la forma de organización económica, como si dentro de la misma «comuna igualitaria» no floreciera entre nosotros la descomposición puramente burguesa del campesinado. Y cuando este capitalismo, desarrollándose, rebasa las estrechas formas del capitalismo medieval, aldeano, rompe el poder feudal de la tierra y obliga al campesino, ya desde hace mucho completamente despojado y hambriento, a abandonar la tierra a la sociedad para su reparto igualitario entre los kulaks triunfantes, a irse a otro lugar, a vagar por toda Rusia, pasando una masa de tiempo sin trabajo, a contratarse hoy con un terrateniente, mañana con un contratista de la construcción de ferrocarriles, luego como peón en la ciudad o como jornalero con un campesino rico, etc.; cuando este «campesino», cambiando de patrones por toda Rusia, ve que en todas partes, adondequiera que vaya, es sometido al saqueo más descarado, ve que junto a él saquean a otros como él, a otros pobres, ve que no siempre saquea el «señor», sino también «su propio hermano el mujik», con solo que tenga dinero para comprar fuerza de trabajo; ve cómo el gobierno sirve en todas partes a sus patrones, restringiendo los derechos de los obreros y reprimiendo bajo el pretexto de motín cualquier intento de defender sus derechos más elementales; ve cómo se vuelve cada vez más intenso el trabajo del obrero ruso, más rápido el crecimiento de la riqueza y el lujo, mientras la situación del obrero empeora sin cesar, la expropiación se intensifica y el desempleo se convierte en la norma, en ese tiempo nuestros críticos del marxismo buscan otras vías para la patria, en ese tiempo deciden la profunda cuestión: ¿se puede reconocer aquí el trabajo progresista del capitalismo, cuando vemos el lento aumento del número de obreros fabriles, y no deberíamos rechazar y reconocer como falso nuestro capitalismo porque cumple «mal, muy, muy mal su misión histórica»?

¿Verdad que es una ocupación elevada, ampliamente humana?

¡Y qué estrechos doctrinarios estos malvados marxistas, cuando dicen que buscar otras vías para la patria en presencia, por toda Rusia, de la explotación capitalista del trabajador significa esconderse de la realidad en la esfera de las utopías, cuando consideran que quien cumple mal su misión no es nuestro capitalismo, sino los socialistas rusos que no quieren comprender que soñar con apaciguar la lucha económica secular de las clases antagónicas de la sociedad rusa significa caer en el manilovismo{83}, no quieren comprender que se debe esforzarse por dar organización y conciencia a esta lucha y, para ello, emprender el trabajo socialdemócrata!

Para concluir, no se puede dejar de señalar otra salida de tono del señor Nik.—on contra el señor Struve, en el mismo № 6 de «R. B—va».

«No se puede dejar de prestar atención, – dice el señor Nik.—on, – a una cierta peculiaridad de la polémica del señor Struve. Él escribía para el público alemán, en una seria revista alemana, y empleaba procedimientos, al parecer, completamente inadecuados. Hay que pensar que no solo el público alemán, sino incluso el ruso, ha crecido – «a la medida de una persona adulta», como para poder caer en los diversos «espantajos» con que está salpicado su artículo. «Utopía», «programa reaccionario» y expresiones semejantes se encuentran en cada columna. Pero, ay, estas «palabras terribles» decididamente no producen ya el efecto con el que, al parecer, cuenta el señor Struve» (pág. 128).

Tratemos de dilucidar si hay en esta polémica de los señores Nik.—on y Struve «procedimientos inadecuados» y, si los hay, quién los emplea.

El señor Struve es acusado de emplear «procedimientos inadecuados» sobre la base de que en un artículo serio engaña al público con «espantajos» y «palabras terribles».

Usar «espantajos» y «palabras terribles» significa dar una caracterización del adversario que es marcadamente desaprobatoria, sin estar al mismo tiempo clara y nítidamente motivada, sin derivarse con necesidad del punto de vista del autor (un punto de vista claramente expuesto), sino expresando simplemente el deseo de insultar, de vapulear.

Es evidente que sólo este último rasgo convierte los epítetos marcadamente desaprobatorios en «espantajos». Pues el Sr. Slonimski se expresó duramente sobre el Sr. Nik.—on, pero como al hacerlo formuló clara y precisamente su punto de vista de un liberal ordinario, absolutamente incapaz de comprender el carácter burgués del orden actual, y formuló con total nitidez sus argumentos fenomenales, se le puede acusar de cualquier cosa, pero no de «procedimientos inadecuados». El Sr. Nik.—on también se expresó duramente sobre el Sr. Slonimski, citándole, entre otras cosas, como edificación y enseñanza, las palabras de Marx, «que también se han confirmado entre nosotros» (reconocimiento del Sr. Nik.—on), sobre el carácter reaccionario y utópico de esa defensa de la pequeña producción artesanal y de la pequeña propiedad campesina de la tierra que desea el Sr. Slonimski, acusándolo de «estrechez», «ingenuidad», etc. Miren, el artículo del Sr. Nik.—on está «aderezado» con los mismos epítetos (subrayados) que el artículo del Sr. Struve, pero no podemos hablar de «procedimientos inadecuados», porque todo esto está motivado, todo esto se deriva de un punto de vista determinado y de un sistema de concepciones del autor, que pueden ser incorrectos, pero aceptándolos no se puede tratar al adversario sino como a un utopista ingenuo, estrecho y reaccionario.

Veamos cómo están las cosas en el artículo del Sr. Struve. Al acusar al Sr. Nik.—on de utopismo, del cual debe derivarse un programa reaccionario, y de ingenuidad, señala con toda claridad las bases por las que ha llegado a tal opinión. Primero: al desear la «socialización de la producción», el Sr. Nik.—on «apela a la sociedad (¡sic!) y al Estado». Esto «demuestra que la doctrina de Marx sobre la lucha de clases y sobre el Estado es completamente ajena al economista político ruso». Nuestro Estado es «representante de las clases dominantes». – Segundo: «Si al capitalismo real se le contrapone un régimen económico imaginario, que debe aparecer simplemente porque lo deseamos, en otras palabras, si se quiere la socialización de la producción al margen del capitalismo, esto sólo testimonia una comprensión ingenua, no acorde con la historia». Con el desarrollo del capitalismo, el desplazamiento de la economía natural, la disminución de la población rural, «el Estado moderno saldrá de las penumbras en que aún se encuentra en nuestro tiempo patriarcal (hablamos de Rusia), saldrá a la clara luz de la abierta lucha de clases, y para la socialización de la producción habrá que buscar otras fuerzas y factores».

¿Acaso no es ésta una motivación suficientemente clara y precisa? ¿Se puede impugnar la veracidad de las indicaciones fácticas del Sr. Struve sobre los pensamientos del autor? ¿Acaso el Sr. Nik.—on ha tomado realmente en cuenta la lucha de clases, inherente a la sociedad capitalista? No. Él habla de la sociedad y del Estado, olvidando esa lucha, excluyéndola. Dice, por ejemplo, que el Estado apoyó al capitalismo, en lugar de socializar el trabajo a través de la comuna, etc. Es evidente que él considera que el Estado podía actuar de una u otra manera, que, por consiguiente, está por encima de las clases. ¿No está claro que la acusación contra el Sr. Struve por usar «espantajos» es clamorosamente injusta? ¿No está claro que una persona que piensa que nuestro Estado es un Estado de clase, no puede sino considerar como un utopista ingenuo y reaccionario a quien se dirige a ese Estado para la socialización del trabajo, es decir, para eliminar a las clases dominantes? No sólo eso. Cuando se acusa al adversario de usar «espantajos», silenciando su punto de vista del que se derivó su apreciación, a pesar de que él lo formuló claramente, y cuando además se le acusa en una revista sometida a censura, donde ese punto de vista no puede penetrar, ¿no cabe pensar que esto es un «procedimiento absolutamente inadecuado»?

Sigamos adelante. El segundo argumento del Sr. Struve está formulado con no menos claridad. Que la socialización del trabajo al margen del capitalismo, a través de la comuna, es un régimen imaginario, es indudable, porque no existe en la realidad. Esta realidad la describe el propio Sr. Nik.—on así: hasta 1861, las unidades productivas eran la «familia» y la «comuna» («Ocherki», págs. 106–107). Esta «producción pequeña, fragmentada, autosuficiente, no podía desarrollarse de manera considerable, por eso es característica como extremadamente rutinaria, poco productiva». El cambio ulterior consistió en que «la división social del trabajo se profundizó constante y cada vez más». Por consiguiente, el capitalismo rompió las estrechas fronteras de las antiguas unidades productivas y socializó el trabajo en toda la sociedad. Esta socialización del trabajo por nuestro capitalismo la reconoce también el Sr. Nik.—on. Por lo tanto, al querer apoyarse para la socialización del trabajo no en el capitalismo, que ya ha socializado el trabajo, sino en la comuna, cuya destrucción fue precisamente lo que trajo por primera vez la socialización del trabajo en toda la sociedad, él resulta ser un utopista reaccionario. Éste es el pensamiento del Sr. Struve. Se puede considerarlo correcto o incorrecto, pero no se puede negar que de esta opinión se derivó con necesidad lógica un juicio duro sobre el Sr. Nik.—on, y que por eso no hay lugar para hablar de «espantajos».

No sólo eso. Cuando el Sr. Nik.—on termina su polémica con el Sr. Struve atribuyendo al adversario el deseo de desposeer de la tierra al campesinado («si por programa progresista se entiende la desposesión de la tierra del campesinado, entonces el autor de los Ocherki es conservador»), pese a la declaración directa del Sr. Struve de que él quiere la socialización del trabajo, la quiere a través del capitalismo, y para ello quiere apoyarse en las fuerzas que se verán a la «clara luz de la abierta lucha de clases», esto no puede sino calificarse de una tergiversación diametralmente opuesta a la verdad. Y si se toma en cuenta que en la prensa sometida a censura el Sr. Struve no habría podido hablar de las fuerzas que aparecen a la clara luz de la lucha de clases, y que, por consiguiente, al adversario del Sr. Nik.—on se le tapó la boca, entonces difícilmente se puede poner en duda que el procedimiento del Sr. Nik.—on es ya por completo un «procedimiento inadecuado».

## Anexo III

Cuando hablo de comprensión estrecha del marxismo, me refiero a los propios marxistas. No se puede dejar de notar a este respecto que el marxismo es sometido a la más monstruosa reducción y deformación cuando nuestros liberales y radicales se ponen a exponerlo en las páginas de la prensa legal. ¡Qué exposición! ¡Piensen nada más cómo hay que mutilar esta doctrina revolucionaria para poder meterla en el lecho de Procusto{84} de la censura rusa! Y nuestros publicistas realizan esta operación con el corazón ligero: el marxismo en su exposición se reduce, por así decirlo, a la doctrina de cómo bajo el régimen capitalista la propiedad individual, basada en el trabajo del propietario, realiza su desarrollo dialéctico, cómo se transforma en su negación y luego se socializa. Y en este «esquema» consideran con seriedad todo el contenido del marxismo, pasando por alto todas las particularidades de su método sociológico, pasando por alto la doctrina de la lucha de clases, pasando por alto el objetivo directo de la investigación: poner al descubierto todas las formas de antagonismo y explotación, para ayudar al proletariado a sacudirlas. No es de extrañar que resulte algo hasta tal punto pálido y estrecho que nuestros radicales se pongan a deplorar a los pobres marxistas rusos. ¡Cómo no! ¡El absolutismo ruso y la reacción rusa no serían absolutismo y reacción si, existiendo ellos, se pudiera exponer el marxismo de manera íntegra, exacta y completa, llevando hasta el final sus conclusiones! Y si nuestros liberales y radicales conocieran debidamente el marxismo (al menos por la literatura alemana), se avergonzarían de deformarlo así en las páginas de la prensa censurada. Si no se puede exponer la teoría, callen o hagan la salvedad de que no exponen ni de lejos todo, de que omiten lo más esencial, pero ¿por qué, al exponer fragmentos, vociferan acerca de la estrechez?

Pues sólo así se puede llegar a semejantes curiosidades, posibles únicamente en Rusia, cuando se cataloga de marxistas a personas que no tienen la menor idea de la lucha de clases, del inevitable antagonismo inherente a la sociedad capitalista y del desarrollo de este antagonismo, personas que no tienen noción del papel revolucionario del proletariado; incluso a personas que presentan directamente proyectos burgueses, con tal de que utilicen términos como «economía monetaria», su «necesidad» y otras expresiones por el estilo, para cuyo reconocimiento como específicamente marxistas se requiere toda la profundidad de ingenio del señor Mijailovski.

Y Marx cifraba todo el valor de su teoría en que, «por su propia esencia, es una teoría crítica[135] y revolucionaria»{85}. Y esta última cualidad es, en efecto, propia del marxismo plena e incondicionalmente, porque esta teoría se plantea directamente como tarea descubrir todas las formas del antagonismo y de la explotación en la sociedad moderna, seguir su evolución, demostrar su carácter transitorio, la inevitabilidad de su transformación en otra forma y servir así al proletariado para que éste ponga fin, cuanto más rápida y fácilmente, a toda explotación. La fuerza atractiva irresistible que arrastra hacia esta teoría a los socialistas de todos los países consiste precisamente en que ella une un carácter científico riguroso y supremo (siendo la última palabra de la ciencia social) con un carácter revolucionario, y los une no de manera casual, no sólo porque el fundador de la doctrina reuniera en su persona las cualidades de científico y de revolucionario, sino que los une en la teoría misma de manera interna e indisoluble. En efecto, aquí la tarea de la teoría, el objetivo de la ciencia, se plantea directamente como el de contribuir a la clase oprimida en su lucha económica que realmente se está desarrollando.

«Nosotros no le decimos al mundo: cesa de luchar, toda tu lucha son bagatelas. Nosotros sólo le damos la verdadera consigna de lucha»{86}.

Por consiguiente, la tarea directa de la ciencia, según Marx, consiste en dar la verdadera consigna de lucha, es decir, en saber presentar objetivamente esta lucha como el producto de un sistema determinado de relaciones de producción, en saber comprender la necesidad de esta lucha, su contenido, el curso y las condiciones de su desarrollo. No se puede dar la «consigna de lucha» sin estudiar con todo detalle cada forma particular de esta lucha, sin seguir cada uno de sus pasos, al pasar de una forma a otra, para poder en cada momento dado determinar la situación, sin perder de vista el carácter general de la lucha, su objetivo general: la completa y definitiva destrucción de toda explotación y de toda opresión.

Intenten comparar con la teoría «crítica y revolucionaria» de Marx los insulsos disparates que exponía en su «crítica» y contra los cuales combatía «nuestro conocido» N. K. Mijailovski, y quedarán asombrados de cómo pueden existir realmente personas que se consideran «ideólogos de la clase trabajadora» y se limitan… a ese «círculo chato» en que convierten la teoría de Marx nuestros publicistas, borrando de ella todo lo vivo.

Intenten comparar con las exigencias de esta teoría nuestra literatura narodnik, que también parte, por cierto, del deseo de ser ideóloga de los trabajadores, una literatura dedicada a la historia y al estado actual de nuestro régimen económico en general y del campesinado en particular, y quedarán asombrados de cómo pudieron los socialistas conformarse con semejante teoría, que se limitaba al estudio y la descripción de las calamidades y a la moraleja acerca de esas calamidades. La servidumbre no se presenta como una forma determinada de organización económica que engendraba tal explotación, tales clases antagónicas, tales regímenes políticos, jurídicos, etc., sino simplemente como los abusos de los terratenientes y la injusticia respecto a los campesinos. La reforma campesina no se presenta como un choque de determinadas formas económicas y de determinadas clases económicas, sino como una medida de las autoridades que, pese a sus mejores intenciones, «eligieron» por error el «camino equivocado». La Rusia posterior a la reforma se presenta como una desviación del verdadero camino, acompañada de calamidades para los trabajadores, y no como un sistema determinado de relaciones de producción antagónicas, con tal o cual desarrollo.

Ahora, sin embargo, la pérdida de crédito de esta teoría es indudable, y cuanto más rápido comprendan los socialistas rusos que, al nivel actual de los conocimientos, no puede existir teoría revolucionaria al margen del marxismo, cuanto más rápido orienten todas sus fuerzas a la aplicación de esta teoría a Rusia, en el aspecto teórico y en el práctico, tanto más seguro y rápido será el éxito del trabajo revolucionario.

Para una ilustración gráfica de la corrupción que introducen los señores «amigos del pueblo» en el «pobre pensamiento ruso» actual con su llamamiento a la intelectualidad para que ejerza una influencia cultural sobre el «pueblo» a fin de «crear» una industria correcta, verdadera, etc., citemos la opinión de personas que mantienen un modo de pensar radicalmente distinto del nuestro: los «narodopravtsi», esos descendientes directos e inmediatos de los naródniki. Véase el folleto: «Una cuestión candente», 1894. Ed. del Partido del «Derecho del Pueblo».

Tras dar una excelente réplica a esa variedad de naródniki que dicen «que, bajo ningún concepto, incluso en condiciones de una amplia libertad, Rusia debe renunciar a su organización económica, que asegura (!) al trabajador una posición independiente en la producción», que dicen: «no necesitamos reformas políticas, sino reformas económicas sistemáticas, realizadas de manera planificada», los naródopravtsi continúan:

«No somos defensores de la burguesía ni, menos aún, admiradores de sus ideales, pero si el mal destino ofreciera al pueblo elegir entre “reformas económicas planificadas” bajo la protección de los jefes de los zemstvos, que las guardan celosamente de los atentados de la burguesía, o esta última sobre la base de la libertad política, es decir, en condiciones que garanticen al pueblo la defensa organizada de sus intereses, pensamos que el pueblo, al escoger lo último, saldría ganando netamente. Hoy no tenemos “reformas políticas” que amenacen con arrebatar al pueblo su organización económica supuestamente independiente, sino que tenemos lo que todos y en todas partes consideran como política burguesa, que se manifiesta en la más brutal explotación del trabajo del pueblo. Ahora no tenemos ni una libertad amplia ni una restringida, sino una protección a los intereses estamentales con la que han dejado de soñar los agrarios y los capitalistas de los países constitucionales. Ahora no tenemos “parlamentarismo burgués”; a la sociedad no se le permite ni acercarse a la administración, y en cambio tenemos a los señores Naidénov, Morózov, Kazí y Bélov, que reclaman una muralla china para defender sus intereses, junto a los representantes de “nuestra fiel nobleza”, que llegan a exigir para sí un crédito gratuito de 100 rublos por desiatina. Se los invita a las comisiones, se los escucha con respeto, su voz tiene una importancia decisiva en las cuestiones más importantes de la vida económica del país. Y, al mismo tiempo, ¿quién y dónde sale en defensa del pueblo? ¿Acaso los jefes de los zemstvos? ¿No se proyectan para él compañías de trabajadores agrícolas? ¿No se declaró ahora con una franqueza rayana en el cinismo que la parcela se le ha dado al pueblo únicamente para que pague los impuestos y cumpla las cargas, como lo expresó en su circular el gobernador de Vólogda? Él no hizo más que formular y proclamar en voz alta lo que fatalmente realiza en su política la autocracia o, para decirlo con más exactitud, el absolutismo burocrático».

Por muy confusas que sigan siendo entre los narodopravtsy las ideas sobre ese «pueblo» cuyos intereses quieren defender, sobre esa «sociedad» en la que continúan viendo un órgano digno de confianza para la protección de los intereses del trabajo, en todo caso no se puede dejar de reconocer que la formación del partido «Naródnoye Pravo» es un paso adelante, un paso hacia desprenderse definitivamente de las ilusiones y ensoñaciones sobre «otras vías para la patria», hacia reconocer sin temor los caminos reales y, sobre su base, buscar elementos para la lucha revolucionaria. Aquí se manifiesta claramente la aspiración a formar un partido democrático. Digo «aspiración» únicamente porque los narodopravtsy, por desgracia, no aplican de manera consecuente su punto de vista fundamental. Siguen hablando de unificación y alianza con los socialistas, sin querer comprender que arrastrar a los obreros hacia un simple radicalismo político significa desgajar solo a los obreros intelectuales de la masa obrera, significa condenar a la impotencia al movimiento obrero, ya que este solo puede ser fuerte sobre la base de la realización plena y multilateral de los intereses de la clase obrera, sobre la base de la lucha económica contra el capital, fusionada indisolublemente con la lucha política contra los servidores del capital. No quieren comprender que la «unificación» de todos los elementos revolucionarios se alcanzará mucho mejor mediante la organización separada de los representantes de intereses particulares[136] y la acción conjunta de uno y otro partido en determinados casos. Siguen llamando a su partido «social-revolucionario» (véase el Manifiesto del partido «Naródnoye Pravo», fechado el 19 de febrero de 1894), aunque al mismo tiempo se limitan exclusivamente a reformas políticas, sorteando con sumo cuidado nuestras «malditas» cuestiones socialistas. Un partido que llama tan ardientemente a la lucha contra las ilusiones no debería inducir a otros en ilusiones ya con las primeras palabras de su «manifiesto»; no debería hablar de socialismo donde no hay nada más que constitucionalismo. Repito, sin embargo, que no se puede valorar a los narodopravtsy sin tener en cuenta su origen en los narodovoltsi. No se puede, por tanto, dejar de reconocer que dan un paso adelante al fundamentar una lucha exclusivamente política, que no guarda relación con el socialismo, en un programa también exclusivamente político. Los socialdemócratas desean de todo corazón éxito a los narodopravtsy, desean el crecimiento y desarrollo de su partido, desean su mayor acercamiento a aquellos elementos sociales que se sostienen sobre la base de un orden económico dado[137] y cuyos intereses vitales cotidianos están realmente vinculados del modo más estrecho con el democratismo.

No podrá mantenerse por mucho tiempo el populismo conciliador, pusilánime, sentimental-soñador de los «amigos del pueblo», cuando sea atacado desde ambos lados: los radicales políticos, por ser capaces de expresar confianza en la burocracia, por no comprender la necesidad incondicional de la lucha política; los socialdemócratas, por intentar presentarse casi como socialistas, sin tener ninguna relación con el socialismo, sin tener noción alguna de las causas de la opresión del trabajador ni del carácter de la lucha de clases en curso.