Intentemos responder a esta pregunta con un pequeño cuadro de la actividad de un círculo socialdemócrata típico de 1894-1901. Ya hemos señalado el entusiasmo generalizado por el marxismo entre los estudiantes de este período. Este entusiasmo se refería, por supuesto, no solo, y ni siquiera tanto, al marxismo como teoría, sino como respuesta a la pregunta: «¿qué hacer?», como llamamiento a emprender la campaña contra el enemigo. Y los nuevos combatientes iban a la campaña con un equipamiento y una preparación sorprendentemente primitivos. En la mayoría de los casos, no había casi ningún equipamiento y absolutamente ninguna preparación. Iban a la guerra como campesinos que van al arado, armados solo con una estaca. Un círculo de estudiantes, sin vínculo alguno con los viejos militantes del movimiento, sin vínculo alguno con círculos de otras localidades o incluso de otras partes de la ciudad (o de otros centros de enseñanza), sin organización alguna de las distintas partes del trabajo revolucionario, sin plan sistemático alguno de actividad para un período más o menos significativo, establece contactos con los obreros y se pone manos a la obra. El círculo despliega gradualmente una propaganda y agitación cada vez más amplias, atrae por el hecho mismo de su intervención la simpatía de capas bastante amplias de obreros, la simpatía de una parte de la sociedad culta, que proporciona dinero y pone a disposición del «Comité» nuevos y nuevos grupos de jóvenes. Crece el prestigio del comité (o unión de lucha), crece la envergadura de su actividad, y él amplía esta actividad de manera completamente espontánea: las mismas personas que un año o unos meses antes intervenían en los círculos estudiantiles y decidían la cuestión: «¿adónde ir?», que establecían y mantenían relaciones con los obreros, confeccionaban y lanzaban octavillas, establecen vínculos con otros grupos de revolucionarios, consiguen literatura, emprenden la edición de un periódico local, empiezan a hablar de la organización de una manifestación, pasan, finalmente, a las acciones militares abiertas (pudiendo ser esta acción militar abierta, según las circunstancias, la primera octavilla de agitación, el primer número del periódico o la primera manifestación). Y, habitualmente, el primer inicio de estas acciones conduce de inmediato a un fracaso total. Inmediato y total precisamente porque estas acciones militares no eran el resultado de un plan sistemático, previamente meditado y preparado de forma gradual para una lucha larga y tenaz, sino simplemente el crecimiento espontáneo del trabajo de círculo llevado a cabo de forma tradicional; porque la policía, naturalmente, conocía casi siempre a todos los principales militantes del movimiento local, que se habían «destacado» ya desde la época estudiantil, y solo esperaba el momento más conveniente para la redada, dejando a propósito que el círculo creciera y se desplegara lo suficiente para tener un corpus delicti[68] tangible, y dejando siempre a propósito a algunas personas conocidas por ella «para reproducción» (como reza la expresión técnica empleada, por lo que sé, tanto por nuestros hermanos como por los gendarmes). No se puede menos que comparar semejante guerra con la campaña de bandas de campesinos armados con estacas contra un ejército moderno. Y solo cabe asombrarse de la vitalidad del movimiento, que se ampliaba, crecía y obtenía victorias, a pesar de esta total falta de preparación de los combatientes. Es cierto que, desde el punto de vista histórico, el carácter primitivo del equipamiento no solo era inevitable al principio, sino incluso legítimo, como una de las condiciones para atraer ampliamente a los combatientes. Pero tan pronto como comenzaron las acciones militares serias (y comenzaron ya, en esencia, con las huelgas de verano de 1896), las deficiencias de nuestra organización militar empezaron a hacerse sentir cada vez con más fuerza. Desconcertado en los primeros momentos y tras cometer una serie de errores (como dirigirse a la sociedad describiendo las maldades de los socialistas o deportar a los obreros de las capitales a los centros industriales de provincias), el gobierno pronto se adaptó a las nuevas condiciones de la lucha y supo emplazar en los lugares adecuados a sus destacamentos de provocadores, espías y gendarmes, armados con todos los perfeccionamientos. Las derrotas comenzaron a repetirse tan a menudo, a afectar a tal masa de personas, a barrer de manera tan completa los círculos locales, que la masa obrera perdía literalmente a todos sus dirigentes, el movimiento adquiría un carácter increíblemente errático y no podía establecerse absolutamente ninguna continuidad ni coherencia en el trabajo. La asombrosa dispersión de los militantes locales, el carácter casual de la composición de los círculos, la falta de preparación y el estrecho horizonte en el terreno de las cuestiones teóricas, políticas y organizativas eran el resultado inevitable de las condiciones descritas. El asunto llegó hasta el punto de que en algunos lugares los obreros, debido a nuestra falta de perseverancia y de espíritu conspirativo, se imbuyeron de desconfianza hacia la intelectualidad y se apartaron de ella: ¡los intelectuales, dicen, provocan las derrotas por actuar de manera demasiado irreflexiva!

Que este artesanalismo comenzó a ser sentido, por fin, como una enfermedad por todos los socialdemócratas pensantes, lo sabe cualquiera que esté algo familiarizado con el movimiento. Y para que el lector no familiarizado con él no piense que «construimos» artificialmente una etapa especial o una enfermedad especial del movimiento, remitimos al testigo ya mencionado. Que no se nos reproche por una cita larga.

«Si la transición gradual a una actividad práctica más amplia —escribe B—v en el núm. 6 de "Rabócheie Dielo"—, transición que se halla en dependencia directa del período general de transición que atraviesa el movimiento obrero ruso, es un rasgo característico... hay además otro rasgo no menos interesante en el mecanismo general de la revolución obrera rusa. Nos referimos a esa general escasez de fuerzas revolucionarias aptas para la acción[69] que se siente no solo en Petersburgo, sino en toda Rusia. Con la animación general del movimiento obrero, con el desarrollo general de la masa obrera, con los casos cada vez más frecuentes de huelgas, con la lucha de masas cada vez más abierta de los obreros, que intensifica las persecuciones gubernamentales, los arrestos, la deportación y el destierro, esta escasez de fuerzas revolucionarias cualitativamente altas se hace cada vez más notable y, sin duda, no deja de influir en la profundidad y el carácter general del movimiento. Muchas huelgas transcurren sin el impacto fuerte y directo de las organizaciones revolucionarias... se siente escasez de octavillas de agitación y de literatura ilegal... los círculos obreros se quedan sin agitadores... Al mismo tiempo, se observa una constante necesidad de recursos monetarios. En una palabra, el crecimiento del movimiento obrero supera el crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias. El contingente efectivo de revolucionarios en activo resulta demasiado insignificante para concentrar en sus manos la influencia sobre toda la masa obrera en efervescencia, para imprimir a todas las agitaciones aunque sea un matiz de armonía y organización... Los círculos aislados, los revolucionarios aislados no están reunidos, no están unificados, no constituyen una organización única, fuerte y disciplinada con partes desarrolladas de forma planificada»… Y, tras hacer la salvedad de que la aparición inmediata de nuevos círculos en lugar de los desarticulados «solo demuestra la vitalidad del movimiento… pero aún no muestra la existencia de una cantidad suficiente de militantes revolucionarios plenamente aptos», el autor concluye: «La falta de preparación práctica de los revolucionarios de Petersburgo se manifiesta también en los resultados de su trabajo. Los últimos procesos, especialmente los de los grupos "Autoemancipación" y "Lucha del Trabajo contra el Capital" {54}, mostraron claramente que un joven agitador, que no conoce detalladamente las condiciones de trabajo, y por consiguiente, de agitación en una fábrica dada, que no conoce los principios de la conspiración y que ha asimilado» (¿asimilado de verdad?) «solo las ideas generales de la socialdemocracia, puede trabajar unos 4, 5, 6 meses. Luego sobreviene el arresto, que a menudo conlleva la destrucción de toda la organización o al menos de una parte de ella. Cabe preguntarse si es posible una actividad exitosa y fructífera de un grupo cuando el tiempo de existencia de ese grupo se determina en meses. Evidentemente, las deficiencias de las organizaciones existentes no pueden atribuirse por entero a la cuenta del período de transición… evidentemente, la composición cuantitativa y, sobre todo, cualitativa de las organizaciones en activo desempeña aquí un papel nada insignificante, y la primera tarea de nuestros socialdemócratas… debe ser la unificación real de las organizaciones con una selección rigurosa de sus miembros».